sábado, 1 de octubre de 2022

Sin rendición, sin victoria



+ Me pierdo en la contemplación de retratos fotográficos. Están todos ellos disparados por el mismo fotógrafo. No se trata de gustos, sino de inquietud. Me trasladan a una parcela donde se desvanece lo humano, donde lo humano no suma, resta, ha desaparecido y los rostros son un perfil de su propia finitud. La materia plástica de un evanescente vivir. Grandes ciudades, pero el fondo es negro y emergen los colores de la piel, el pelo y los ojos. Inconcebibles ciudades, pero los modelos sonríen en una suerte de ausencia, más una mueca que una sincera expresión de alegría, leve alegría. No hay otra opción, la muerte los une en un solo latido, en un solo ritmo. Las fotos están más allá de su propia expresión y me comunican la hora de mi muerte, no consigo recordar ese susurro. Sólo es zumbido, sordo, aminorado, constante.

+ He vuelto a leer el poema de Miguel Ángel Velasco “La tregua” (Miel salvaje, 2003: 15 y 16) Me reflejo en ese momento de la compra de la heroína, recuerdo adquisiciones similares, el trato con aquella suerte de zombies. Yo era un zombi. Soy un reflejo y un recuerdo. Y pensar en una auténtica poesía, en el trazo seguro y firme que una voz hace sobre lo real, sobre su intransferible realidad. Vi aquellas luces de la calle principal con ese grano negro de tregua y el poema dice: “Te miran unos ojos / al pasar, y no saben / que en tu puño apretado va una tregua / de sombra con la vida” (16)

+ Soy puntilloso con la forma, y es una cala, una falta, una luna negra que habita en mi espacio. ¿Qué es aquello que me falta y no puedo nombrar?

+ Una cosa lleva a la otra y termino viendo fotos de actrices y modelos, fotos que aparecen en la agencias de Londres. Todo me parece muy viejo y eso solo es una percepción, mi percepción, el cristal que todo lo deforma.

+ No aguanto bien el ruido. La música que no me gusta me molesta en exceso, reconozco esta cala y la admito sin arrepentimiento. No se trata de sinceridad sino de rechazo. El rechazo a una perturbación que percute sobre mi concentración: quiero pensar y no puedo. Quiero pensar en aquello que me aguarda, lo que deberé hacer, una suerte de repaso de una agenda que habita en mi memoria. Lo que resta, lo que se alcanza, nada se debe eludir. Pienso en esa doble faceta: lo deontológico y lo teleológico, ese equilibrio que no alcanzo. He rescatado unos relatos autobiográficos de Thomas Bernhard. Emprendo la lectura y llegan bases de bombo y bajo, una música que detesto. Me desconcentra, no soy capaz de fijar mi pensamiento en lo que yo deseo, una suerte de ritmo interno. No deseo otra cosa que el silencio espeso de las últimas horas de la mañana del sábado de septiembre, los últimos días de septiembre. Se trata de una competición deportiva que lanza sus proclamas con una violencia y una energía precisa, destinada a levantar los ánimos e inspirar alegría. Yo prefiero una inerte apatía, que apoye la concentración precisa para la lectura.

+ Por casualidad, mientras buscaba otro libro, me encontré con Las cosas de Georges Perec. Se trata de una vieja edición, quizá la primera en castellano, una edición de 1967. El libro en su materialidad en descubrimiento, ya que tiene el sabor de época que se relaciona muy bien con el contenido; dudo que una edición actual tuviese el mismo tacto, la misma relación con lo que se detalla en la novela y que tan próximo, en este presente, me resulta. El gusto por el confort y su reflejo social y sociológico me interesa hasta el punto de transformar la visión del día, ese punto de ebullición que algunas novelas consiguen en una primera lectura que ya nunca se ha de repetir. Casi un narcótico. Junto a lo de Thomas Bernhard lo de Perec ultima una suerte de explicación de hechos que se han sucedido en los dos últimos años, cuya órbita no es otra que el capital simbólico del trabajo, el capital cultural de la posición en la sociedad y los emblemas de la misma. He leído con precisión estos indicios, que me han llevado a determinar las explicaciones a comportamientos que a otros se le escapaban. Algo espontáneo, que ambas novelas me confirman. La novela es necesariamente un poliedro, entre sus caras esta el uso que se le puede otorgar a la hora de explicar, de indagar en las personas y sus modos. Es el caso de la suma de estas lecturas. La casualidad se conjura en mi beneficio. Vale.

+ Poco tiempo me ha llevado terminar Las cosas de Georges Perec. Ha estado bien la lectura, una suerte de paréntesis, una acotación entre dos tareas. Me ha gustado mucho una suerte de destreza estructural y la acusada capacidad para capturar el detalle sociológico, unas apreciaciones que dan cuenta del espíritu de una época, los años sesenta, el inicio de los treinta gloriosos. La vida y sus complementos, los accesorios necesarios para el confort y la sutileza de sus aristas, que rasgan lo sentimental y la amistad. La felicidad que ofrece el presente venturoso y el futuro prometedor, el sueño de bienestar y la promesa de la burguesía modesta pero con aspiraciones. Lo pequeño burgués y lo literario, el cine y la música, la decoración y la gastronomía, el amor y las afiladas puntas que se ofrecen en la discusión ante una suerte de ruina, no miseria pero sí decepción. En tres partes bien diferenciadas se articula la breve y primera novela de G.P.; así, tiene una construcción musical: el largo preludio en París, la más corta transición en Argel y el epílogo de camino a Burdeos,  tan certero, en el inicio una cita de Malcolm Lowry y una cita final de Marx. El puente entre ambas citas es la novela, como la resolución de una ecuación: de los incalculables beneficios de la civilización en aras de la felicidad hasta llegar a ese “es preciso que la búsqueda de la verdad sea también verdadera” (144) Así, entre dos mundos se define el fin de semana: este recién terminado (Perec) y el que espera a continuar en la tarde domingo (Bernhard)

+ Vimos a S. en silla de ruedas. Tiene esclerosis múltiple y todo apunta a un proceso que paulatinamente la postrará en una cama, hasta llegar al punto de no poder respirar, a no ser con la ayuda de una máquina. La recordé en otro tiempo, cuando ella tenía poco más de veinticuatro años. Fue hace mucho. Su rostro, dolorido pero con una chispa de alegría en los ojos, conserva algo de aquello: el perfil del óvalo de la cara, sus ojos negros y grandes, la boca y unas palabras agradables, su voz. No se pueden reclamar explicaciones porque a nadie hay a quién reclamárselas, punto y seguido. Por la tarde en Vigo, vi a una vieja conocida que saludé y no me reconoció, yo tampoco me di a conocer y ella se alejó. ¿Fantasmas del pasado? Quizá sea este un momento de saturación lectora.

+ “La elaboración biográfica con fines informativos desde las embajadas venecianas alcanzó los máximos resultados.” (Del Olmo Ibáñez, Teoría de la Biografía, 2015: 46) Qué propuestas se abren con esta cita, me digo mientras leo, mientras copio la cita en una suerte de cuaderno digital que sobre la materia biográfica he abierto. Me imagino a una joven novelista que a la que la cita le sugiere el arranque necesario de un relato sobre ese mundo veneciano anterior a la ilustración, tal vez, anclado en una época entre la Edad Media y el Renacimiento. Cierto. Pero me interesa, sobre todo, el momento, el escenario, el perfil de la escritora en su escritorio, con la última luz de los días finales de septiembre. Más un lienzo que un relato, el influjo de David Hockney y la posibilidad de un gran lienzo en un perdido museo en Londres. Sólo es un ensueño propio de la edad.

+ Imagen: gravitan los recuerdos en la tarde de otoño, su materia no es otra que la sucesión de tres fotografías, un viaje a Ponferrada, una parada en el camino, la estela del paisaje, el tiempo que ha transcurrido y que no se hace piedra, que no se fosiliza.

sábado, 24 de septiembre de 2022

Esperas


+ He regresado a El amante de Margarite Duras. Sin duda, me atrae la novela en un sentido no imprevisto, algo que tiene que ver con una suerte de búsqueda de una voz que me sorprenda y con la que identificarme, al menos por un momento, durante un día, tal vez, una semana.

+ La espera se ha instalado en mi vida.  Espero y, afortunadamente, esta espera es un aprendizaje, una suerte oración de ateo. Un adelgazamiento. No sobra lo que falta. Poco, nada, casi. Espero resultados y espero contestaciones a correos electrónicos. No llegan. La espera en sí es una sombra que me acompaña a lo largo del día.

+ Acudo a un funeral, es la madre de P. Ha muerto tras meses de enfermedad, que se resume en la lenta evolución de un tumor, lenta e insistente. La persona se desmorona y todos esperan que desaparezca, que desaparezca en las montañas de su propia ruina, como si se adentrase en un bosque. Me siento al final de la iglesia y reconozco una suerte de perfección en el ritual, algo que nunca había percibido antes con tanta nitidez. La arquitectura, las imágenes, la música, el rito, los ropajes, el cántico, las palabras, la incidencia del olor a iglesia, aunque ya no haya cera, la altura de las bóvedas. Siento una lejanía que me hace dudar. Veo como comulgan y pienso en cuando yo comulgaba y no recuerdo si eran mis creencias o las de los otros, que como obligación se proyectaban en mí, deformando y condicionando mis expectativas. Me doy cuenta de que ya no soy joven y por eso hago este balance, sereno y distante. Escucho con atención la homilía y es una extraña peroración sobre la grandeza de Dios, pero veo como su poder resalta entre todas las otras cualidades. Soy un cero a la izquierda y no me causa pesar, un timbre a lo lejos. Termina el oficio y salgo a la calle. Hablo durante un rato por teléfono con K. Intercambiamos impresiones y estamos de acuerdo en lo frágil que resulta la vida, que nada se puede dar por hecho. Terminamos de hablar y saco mi coche del aparcamiento y transito por la autovía arropado por canciones del pasado. El pasado soy yo, parece susurrar el reproductor de MP3: tienes razón, pero también eres el futuro, pero, sobre todo, si eres es porque yo así lo decido, se ríe. Ha sido un corte en la rutina. Pienso en la muerte, pienso en la mujer que acaba de ser incinerada y pienso en sus hijos. La otra orilla se dibuja con precisión y sé que he olvidado algo mientras asistía a misa, intencionadamente me olvido del que fui, porque no me interesa, porque tal vez yo nunca fui aquel. Espero, sigo en la espera, me digo sin rencor. Soy yo el que habla.

+ Busca resumir en una sola frase su postura, pero no lo consigue. Se ha enamorado, dice alguien y esa parece la mejor explicación. A mí no me basta porque deseo escarbar más en su personalidad, en el centro de su principio rector. Lo tengo, he dibujado su perfil y se ajusta bien a la persona, a sus actos y a sus reacciones. No importa, guardo silencio y reservo para mí el diagnóstico, el certero diagnóstico. Si no me equivoco es porque sé esperar y no precipitarme. Llegado el momento, tendré una opinión.

+ La construcción de párrafos es un arte, la capacidad de apreciar su grandeza otro bien distinto. Es bien conocido este tópico: hay un arte de hacer violines y hay un arte de tocar violines. Ahí estamos.

+ Otro día que termina, otro día que requiere un balance. Me despierto temprano, conduzco cuando todavía no ha amanecido, llego a mi trabajo, mi alimenticio trabajo, ordeno la tarea del día, contesto correos y mensajes de telefonía, consulto en el ordenador las altas que se me comunican en la plataforma, todavía es de noche, palpita en mi paladar el impulso que el café me aporta en la primera hora de la mañana, avanza la jornada y comienzo mi actividad, después de haberla programado con precisión, en un descanso llamo a E. y hablamos, es agradable hablar con E., siempre es agradable hablar con E., conduzco, regreso a casa, como, duermo la siesta, hago mi ejercicio diario [esa hora de bicicleta estática], mientras escucho música, sin saber qué es, sin interés ni por lo título ni por lo interpretes, termino, me entrego a la investigación, termino y escribo esto que escribo. Iremos C. y yo a dar un paseo, hablaremos y veremos la vida desde los balcones de los bares, esos miradores desde donde se contemplan a los turistas, a los estudiantes recién llegados a esta apartada provincia, a los que nunca tienen nada que hacer: acerados noctívagos. Dormiré y no recordaré lo soñado, ahí es cuando rozo la perfección. Así, me olvido que todavía espero.

+ Imagen: momentos superpuestos de una trayectoria errante, queda la huella gráfica que se diluye en el olvido eléctrico: el disparo todo lo emascara.

sábado, 17 de septiembre de 2022

Prolepsis

london

london

london

+ [Le bateau ivre]: “Comme je descendais des Fleuves impassibles, / Je ne me sentis plus guidé par les haleurs : / Des Peaux-Rouges criards les avaient pris pour cibles / Les ayant cloués nus aux poteaux de couleurs.”

+ Inicio del curso, me digo y veo como los niños van al colegio. El declinar de las tardes se produce cada vez más pronto, llega la vendimia y los colores tienden al ocre, los pájaros se resguardan y la naturaleza tiene una ceguera más pronunciada. Escucho conversaciones sobre la posibilidad de admitir desacuerdos con las opiniones de los padres, conversaciones en restaurantes que ensayan con delicados peces y estructurados títulos para los platos. Nada nuevo, todo ha sido visto ya, ninguna novedad en el decurso de las edades, en ese declinar de las tardes, cada vez más temprano, siempre previsible. El barco ebrio sigue su curso y nuestro mirar es el viento que lo impulsa, la corriente río abajo que lo guía. Suena el misterioso tict-tac del reloj en esta mañana de sábado, el segundo sábado de septiembre. No es la libertad, es el golpe certero de la vida contra la impasibilidad de la naturaleza (?)

+ He leído El amante de Margarite Duras ayer sábado. La lectura resultó un ejercicio extraño que afectó a mi estado de ánimo. Nunca antes había leído nada e M.D. y me sorprendió, aunque ya contaba con ello, ese particular tono confesional, ese punto de vista sobre su propio yo. Encaja el libro en la senda de la biografía y la autobiografía, del yo y sus derivadas. Uno de los temas que subrayo, seguro que no con mucha novedad, es la importancia  de la escritura, el núcleo de toda la experiencia que se desarrolla a lo largo del libro, hasta el punto de que el amante en sí me parece una percha y las pocas referencias a la escritura son lo fundamental, unido a la asfixiante presencia de la familia, Quizá esta triada (el amante, la familia y la escritura) establezcan ese perturbador mundo, unido al paisaje y al paisanaje, los ríos, las ciénagas, el sol, los colores y el despertar al mundo, tan particular, tan personal. Queda el libro en la estantería, con algunas anotaciones, leve y complejo, con aperturas extrañas, con una invitación a otras lecturas, pero me siento incapaz: la escritura y la familia. Un abismo.

+ Prolepsis: [DRAE]: 1. f. Fil. En la doctrina de los epicúreos y los estoicos, conocimiento anticipado de algo. / 4. f. Ret. Pasaje de una obra literaria que anticipa una escena posterior rompiendo la secuencia cronológica.

+ Y califica la vida del Conde como “un vivo oxímoron”, una atinada y condensada apreciación. Reflexiono y someto a mi criterio la afirmación, llego a un punto donde la admito pero no me parece suficiente. Debo cimentar mi criterio, establecer una justificación, alzarme contra lo que me hunde. El trabajo hace que me olvide de las lagunas y las tormentas, tempestuosas noches.

+ Pienso un poco en la vida de Margarite Duras, en la necesidad de transformarla en literatura, en arte, en un objeto y en un artefacto, pienso en el autor como “índice”, pero no quiero continuar, solo quiero dormir, domir profundamente.

+ Ha llovido y el calor se instaló desde la primera hora. El lunes tiene un aire renovado, según el verano se aleja. Ahora es de noche, pienso en escritores que acaban de morir, en reinas difuntas. La muerte como equiparación, pero sobre ella el olvido. Obtengo el rédito equívoco de las últimas muertes. ¿Son ejemplares o siempre es la misma muerte, salvo la propia? Hace tiempo que la tarea de la poesía, la lectura de ciertos poetas, se detuvo y no sabría decir muy bien el porqué, salvo la pereza, la rutina contagiosa que me hace ir sobre los puntos de la agenda pero nunca sobre lo que debería improvisar. Veo los tomos en la estantería y me producen cierta melancolía, no puedo dejar se relacionarlo con el inicio del otoño, “[el] conocimiento anticipado” me digo y copio de lo copiado del DRAE un poco más arriba. Así se despide el lunes.

+ ¿Envejecer es despojarse de las capas que se han acumulado en función de las expectativas de los otros o, por el contrario, llegar a un punto de ser uno mismo el que siempre ha tendido a ser, vaya, una solidificación del yo? No podría responder de manera tajante a la pregunta, pero me atrae la primera posibilidad porque todo aquello que sea un adelgazamiento del yo me resulta un punto más que deseable. Una forma de enfrentarse por las mañanas, en soledad, cuando el día todavía no ha abierto y uno no se ha aseado, sin peinarse aun, es pensar en qué pensaría el adolescente que fuimos de ese que tenemos ante nosotros. Me estudio y no respondo, pero sé que no le desagradaría a aquel que fui y eso me hace sentir bien, como si hubiese culminado el proceso de un proyecto que nunca fue explícito. Me veo y sé quién soy, que no es poca cosa porque eso se traduce en que sé lo que quiero y como alcanzarlo. CIerto es que ese querer es querer poca cosa, quizá solo la tranquilidad, el sueño reparador, una mano amada, unas pocas líneas rectas que he conseguido que reflejen la proporción de una fachada, otra entrada en este diario y así. Pocas y  humildes cosas, que ni siquiera está aseguradas. Ese es tesoro, el oculto tesoro de la bendita rutina.

+ En adelanto de lo que habrá de llegar, tomo la antología de Margarit y leo “Cálculo de estructuras” Es lo que tiene el final del día, que, quizá, no recuerde cuando llegue la mañana, ese punto de ebullición que tienen las seis y veinte del nuevo día.

+ De viris illustribus. La necesidad de explicar la vida a partir de un momento del camino se hace dolorosa pero necesaria, la etiqueta “sobre los hombres ilustres” tiende a diluir su influyo y mostrar que todo se equipara. Sigo en la mima senda, en la senda que marcó hace ya tiempo el deseo de minimizar y someter el prestigio y el mérito a una manejable escala, en equiparar a todos los hombres. ¿Lo he conseguido? Sin atributos me veo y esto es un deseo más que una realidad. [Se extiende la reflexión en el ámbito actoral que precede a toda narración, pero no es impostura sin el reflejo inexacto en el espejo]. Ha muerto un hombre ilustre y las loas resultan cargantes, de tan estereotipadas, forzadas, amaneradas. No he leído nada de lo que él escribió y, en un futuro más o menos próximo, tampoco lo haré, pero me quedó con el personaje y el horizonte de expectativas que eleva, que condiciona al lector. Ese soy yo en disolución, el que duda y el que niega, el que se resiste a ver lo que todos ven, el que se excluye y el que se embosca en la tranquilidad de su estudio, bajo la égida de los gatos nocturnos, como ellos desconfío y me quedo dormido con los ojos abiertos, muy abiertos.

+ ¿La relación entre el discurso funerario y la biografía, el epitafio y la autobiografía?

+ Imagen: un tríptico con raíces londinenses; Londres, ese universo tan lejano. Pienso en Holland Park y subo las fotos. Muere el día.

sábado, 10 de septiembre de 2022

Mis dioses lares, los eones

eon

+ [La mala educación] Hay comportamientos que no soporto, comportamientos que rompen un orden casi natural, que al menos tienden a establecer unas rutinas que se confunden con una suerte de orden natural derivado de la costumbre. Sé que soy un maniático y tengo rasgos que me inclinan hacia ciertos trastornos compulsivos, pero sin llegar a la patología, sin embargo, tengo por seguro que mi comportamiento con los demás es el que deseo que tengan conmigo [y salvo los imperativos categóricos sobre los que reflexiono, entre el fin y la regla en sí misma, sin decantarme por ninguna de las opciones: así de dubitativo soy]. Con todo, entiendo que aquello que rompe la convivencia es reprobable, porque me inclino por el silencio y la serenidad. Poco más. Así actué hace más de una semana al indicarle a alguien que debía cerrar la puerta que había abierto y que, antes, estaba cerrada. Me molestaba la puerta abierta. Se lo pedí y me dijo que sí, que podía pero que no le daba la gana de hacerlo. ¿Qué hacer? Nada, no se puede hacer nada salvo conjurar el mal trago y pasar a otra cosa. Yo mismo cerré la puerta después de decirle que tenía una educación exquisita. ¿La ironía es una distancia? Me molestó grandemente el impulso violento que se despertó en mí: deseé agredir a aquel sujeto; obviamente: no lo hice, pero la pulsión continuó vibrando durante un período demasiado largo. Caminos C. y yo, lo comentamos y le expuse mi malestar. Comprendió mi desazón y ahogamos en el malestar en helado, dos bolas: una de fresa y la otra de tutti-frutti. La mala educación, cuando nos ataca, se debe eliminar con ironía, indiferencia y pequeños regalos para nuestra sublime persona [ese yo que triunfa sobre los otros, tan prescindibles como ajenos a una suerte de estabilidad deseada, deseable].

+ ¿En qué se diferencia la explicación de la comprensión, el ámbito de las ciencias naturales y el ámbito de las humanidades? Una senda se abre, ninguna se cierra. He leído un tweet sobre el tema, una pregunta que se deja en el aire y no se resuelve. Basta, sin embargo, ir al buscador e indagar en la dicotomía. ¿Se resuelve? Nunca nada se resuelve satisfactoriamente, salvo si es explicado, pero queda, en el aire, la comprensión. En eso estoy, ahora.

+ Soy fuerza y soy duda, en ello busco un equilibrio.

+ Como tenía previsto, mientras a C. le realizaban una prueba en el Hospital Universitario de Santiago de Compostela, me dediqué a leer con atención del libro de Pozuelo De la autobiografía. Es un texto que manejo últimamente, durante los últimos meses, un texto me abre paisjaes que estaban ocultos. Me fijo, en concreto, en algunos aspectos sobre la crisis de la identidad y como las memorias pasan de ser documentos a convertirse en procesos de búsqueda de la identidad misma. Más que su reflejo, el objeto en sí. La identidad. La identidad me parece un problema fundamental sobre el que reflexionar y sobre el que atraer otros haces temáticos. La escritura es una cuestión de identidad, pero, al tiempo, me digo, qué no es una cuestión de identidad. ¿No lo son, también, los signos externos, el atuendo, la pertenencia a una clase social, la exclusión de ella, […]? Y, sigo con la lectura y se ofrece una posible explicación en una cita de Gusdorf [“creación narrativa de la imagen de identidad”]: “… el hombre que recuerda su pasado hace tiempo que ha dejado de ser el que era en ese pasado.”  Anoté la cita en una hoja de papel y ahora la transcribo porque me parece certera, adecuada para estos días, para esta época donde veo transformación e impermanencia.

+ Sin embargo, queda el pacto con el lector, ya que bajo cualquier libro de memorias se agazapa esa conexión con la realidad que la etiqueta marca sin posibilidad de confusión. Hay un salto entre la ficción y la autobiografía porque el lector toma la última con un no incierto anclaje en la realidad, en algún tipo de realidad, una realidad que quizá no existió en ningún otro lugar que en el acto de la escritura. Ay, la escritura como constitución de la persona, la lectura como elevación de esa misma persona a personaje. El viento parece propicio.

+ El viento es propicio y pronto comenzará a llover. El verano ha terminado y en las montañas se perfilas las nubes, heraldo de una nueva estación. El otoño nos corona de lirismo y nostalgia, así, somos románticos en su estricto sentido, el más profundo, el menos elusivo.

+ “Quién te da el pan te da el afán”, leo y asiento. El trabajo y sus obligaciones, las obligaciones y sus servidumbres. Converso en ocasiones sobre el tema y termino por llegar siempre al mismo punto, donde el debate se centra entre la alimentación y la identidad. El trabajo como identidad, una realización o construcción de la persona o del personaje. Era, tal vez, aquello de la acumulación de capital simbólico. Mi trabajo no es precisamente un refuerzo o una construcción de la identidad, mi trabajo alimenticio tiene un punto de anomia o se establece en un grado cero. Ese grado cero me interesa para elaborar este trabajo que hago ahora, también el de la investigación y, sobre todos ellos, el de la lectura. Ay, trabajo en recóndita madriguera, para mí, sin intención de trascendencia, sometido a mi altura y a mis estrecheces, sin más propósito que el trabajo mismo, el que hace que la temporalidad se someta al dios del instante. Esa tarea imposible. Los eones me protegen de la vanidad.

+ Son los eones, esa medida de las edades geológicas, mis dioses lares, pues ante ellos todo, absolutamente todo, se desvanece, se minimiza, se descompone en fragmentos inapreciables. Cuánto le debo yo a los eones.

+ En la senda, como siempre. Pero, claro, mi tiempo no se rige por los eones, sino por otras edades y en ellas me sumerjo, sobre ellas construyo mi castillo de lectura y olvido, dos polos que orientan lo diario, esa colmena de circunstancias y adjetivos.

+ Imagen: la puerta en la desnuda pared, una cuestión y una propuesta.

sábado, 3 de septiembre de 2022

Desde el presente

o

+ Una palabra que encuentro y desconozco: nefelibata. Nefelibata: según la definición de la RAE tiene origen griego y, en su literalidad, viene a ser la persona que camina por las nubes; por lo tanto, la definición gira en torno a esta circunstancia tan gráfica: el adjetivo se refiere a una persona soñadora, que no se apercibe de la realidad. Qué extensión tiene, si yo fuera o fuese columnista me daría para un artículo o columna; como no paso de emboscado prosista en la sombra, me conformo con dejar constancia de la palabra.

+ ¿De dónde sale la palabra que antes apunté, tiene importancia?

+ Indago en vidas ajenas mediante las herramientas que me proporciona internet: fotos, biografías, declaraciones, vídeos, artículos y resúmenes de libros. Me intereso en una escritora y siento una súbita cercanía. Me llama la atención su último libro. Habla de un tiempo que fue el mío y que ella vio como niña y yo en el tránsito de la adolescencia a una edad madura. El tiempo de la heroína y la muerte, aquellos zombies que se desvanecieron. Indago en las fotos y en los textos de la autora mientras me doy cuenta de que cada vez me siento más inclinado a leer el libro, una suerte de conexión con el presente, con mi otra lengua y con una atmósfera que trato de aquilatar para sentir cierto suelo, la solidez imposible de este tiempo presente.

+ El martes llega a su fin. He pasado una mala noche y dormí poco. Queda la sensación de vacío que otorga el insomnio, quizá sea un regalo, quizá sea un castigo, pero la vigilia nocturna quebranta la percepción de lo diario. Reflexiono sobre el vano esfuerzo de llevar a cabo este diario, desde el presente. El presente, esa meta, la única meta posible.

+ Leo un extracto de la novela que cité antes y veo que este no es el momento, que ahora el tiempo requiera otras lecturas. Me preparo para la espera del jueves. Llevaré a El nacimiento de la tragedia de Nietzsche y De la autobiografía de Pozuelo. Ambos libros se unen en un punto de interés que rebasa el momento actual de mi vida y se proyecta hacia el futuro, como una suerte de proyecto de vida: la lectura y la escritura de la propia vida. En fin, qué otra cosa es este espacio que las dos cosas en una sin llegar a ninguna solución. Y de eso se trata.

+ La lista anterior ha variado, la afinaré. ¿La lectura y la escritura de la propia vida? Tal vez, vidas escritas, vidas leídas. Y así.

+ Ay, este escoger libros, este descartar libros. ¿Me retrata? Creo que no puedo decir otra cosa que sí. Ese un yo querido y deseado. Una oferta, una ofrenda.

+ Regreso al ámbito de la biografía y de la autobiografía. Mañana estaré en Santiago con C., que debe hacerse pruebas. Mientras, yo, leeré, intensamente, leeré. He escogido tres libros y quizá meta en la mochila otro más [¿Llevaré El nacimiento de la tragedia?]. Y continúon: en los últimos tiempos lo he repetido varias veces: la lectura no es un espacio, pero es mi ámbito, el ámbito que me permite acomodarme a los espacios. Mañana, el Hospital Universitario de Santiago, Medicina Nuclear, salas de espera, pasillos y cafeterías de hospital. Sobre el espacio, la lectura triunfa y yo me sumerjo en su reino, mi reino, nuestro reino. Sin patria y sin bandera.

+ Imagen: foto de una playa en invierno, en el invierno pasado [una declaración de intenciones, la batalla que no daremos, la ilusión de otra posibilidad lírica].

sábado, 27 de agosto de 2022

Las batallas [librescas] del final del verano


+ Tomo dos libros de algún estante, los abro y comienzo por el principio y al cabo de unas pocas páginas cierro ambos. Son libros que no me interesan y que, en otro tiempo, me interesaron mucho. La edad es un tamiz y los dos libros, en su momento, no eran tan interesantes ni ahora son prescindibles. Pero no continuo su lectura durante un rato, porque la lectura, hoy, es un placer y un aprendizaje. ¿Un aprendizaje? Esa incapacidad para retenerme no se puede achacar a estos libros sino a la persona que hoy soy, en contraste con la que fui hace unos años. Corroborar esta realidad me hace sentir el paso del tiempo como una áspera verdad, inapelable. Nadie se baña dos veces en el mismo río, tampoco, nunca, lee el mismo libro. Por eso, hay libros, y también, ciudades, a las que es mejor no regresar, a no ser que busquemos ese momento, esa áspera verdad. Somos cambio, somos inconsistencia, somos ese arbitrario sujeto que no permanece.

+ Ciudades a las que no volveremos, lecturas que no regresarán, los veranos perdidos y el aquel invierno en el olvido.

+ Mientras sigo una corriente que me lleva a la tragedia griega, asisto a asuntos de la débil actualidad de agosto. Leves anécdotas que no han de llegar al inicio de curso y que retratan este tiempo histórico, una historia en minúsculas que sirve para caracterizar fragmentos de los social. Charlatanes mayúsculos que se abren en el mundo de internet, sin contención, con ausencia de la vergüenza más elemental, ávidos del lujo, ayunos de sí mismos, porque ya no son otra cosa que una caricatura más o menos lograda, son un personaje que devora a la persona. ¿En dónde está la raíz? En el nacimiento que llega con una personalidad impuesta y rampante, algo que ha tenido tiempo a desarrollar hasta el momento actual. No es otra cosa que determinismo, la determinación que, cómo no, impone e carácter, la personalidad. Lo he estudiado mediante lecturas deslabazadas que conducen a un punto: “el carácter es el destino”, repito una vez más a sabiendas de que todo es discutible pero que hay razones que se han asentado en transcurso de los años y han ganado su solida materia a fuerza de observación, errores y aciertos. No tiene importancia, pronto habrá muerto el verano y las noticias propias de agosto se marcharán por el desagüe, como siempre ha sucedido. Ahora, en este momento glorioso de la tarde, con el sol en lo alto, con el brillo de la música de los insectos lejanos, me siento a leer, con el convencimiento de que este placer se opone a esas personalidades, pero de eso se trata: lo que me lleva aquí no es otra cosa que mi mismidad, la que me inclina a investigar esas funciones del personaje televisivo y a mi recogerme en mi ámbito íntimo [=la lectura]. La línea es la tragedia griega, el teléfono sigue con su proceso de carga, los titulares se diluyen en las estrofas de un poema que tiene más de dos mil año y todavía se presta a interpretaciones, confusas, unas veces, contradictorias, otras.

+ Intento trasladar la idea esquemática que conlleva la tragedia a una suerte de observación que realizo en lo diario. Este esquema tiende a perfilar retratos de los que conmigo van, de mí mismo, también. Como líneas limpias que descubren una personalidad determinada por su carácter, así sus acciones se podrían ver despojadas de innecesarios ornamentos y quedarse solo con su inicio, desarrollo y resultado. Quizá se trate de observar una trayectoria y otorgarle un adjetivo que condense una norma ética, que describa la costumbre que se transforma en ley de esa persona. ¿Necesito plantillas para conducirme? No, pero una cierta idea de estructura y orden que me subyuga. Ahí estoy, en ese punto donde de la literatura solo se puede decir que fundamentalmente es estructura. La estructura y la trayectoria, me digo y cierro este punto.

+ Regreso a los problemas y prolegómenos de la biografía, la biografía que yo debo escribir. La fundamentación teórica me resulta complicada, quizá porque desisto, porque no confío en la tarea, más allá de la narración y de una suerte de ficción anclada en datos que se pueden contrastar con mayor o menor fortuna. Sobre todo cuanto tropiezo con la piedra-palabra científico. Me resulta complicado unir este estatuto a lo biográfico, porque me parece más próxima la biografía al arte narrativo que a la indagación científica.

+ En la línea de lo anterior, no en vano he retomado lecturas lingüísticas, en concreto: la lingüística funcional y la lingüística categorial. Así, como confiar en lo especulativo cuando se embosca con vergüenza de su desnudez.

+ La corriente de la biografía me lleva a la duda, a un extremado alejamiento de la persona, de sus logros y virtudes, pero también aparto la idea del fracaso y la culpa. Me debato en entre la posibilidad y la determinación, y vence, siempre vence, la última, pero creo en la primera. Y si creo en la posibilidad es porque esa es mi determinación: creer en mis posibilidades y luchar por ellas. El debate es estéril y me siento ante el ordenador a dejar constancia de su presencia, de las horas que ocupa, de las lecturas y de los olvidos. Vale.

+ Imagen: las seductoras insinuaciones e indicios de una tarde de otoño [2010].

sábado, 20 de agosto de 2022

La bendición de la rutina

verde-verde

 + El verano se desdibuja según corren los días. Amanece y la niebla está ahí, como un recuerdo de un mundo que no tiene mayor existencia, como una prolongación del sueño. Avanzo hacia mi trabajo en un estado de hipnosis: he dormido bien pero no me parece suficiente, es temprano, muy temprano, la música clásica de la radio me traslada a ensueños y fantasías, nada sé sobre el compositor que ahora suena y hago mis cábalas, me desplazo con fluida prontitud, con diligente conducción [no hay conducción ni rápida ni lenta, sólo hay conducción prudente, la que está acorde con la normativa]. Me planteo escenarios para el día que comienza, recuerdo frases entrecortadas de algún diálogo intuido en una de las terrazas que transitamos, olvido rencores y pullas, no queda nada. Tuerzo y me adentro en la carretera que me ha de conducir a la nave. Otra vez giro y ahí está la puerta abierta. Comienza el día ahora mismo, hasta ahora solo ha sido lo opuesto a la vigilia, pero tampoco, absolutamente, sueño. Profundos mis pasos se encaminan con seguridad hacia la tarea. La tarea bien hecha, ese descanso necesario.

+ Duermo muy bien; qué índice, pues, de la correcta ejecución de la rutina. Bendita rutina.

+ Ciudadanía como condición legal o ciudadanía como identidad. La identidad, ese tema, ese condicionante. He hablado, por teléfono, con E. sobre el asunto y la relación que existe entre ciertos comportamientos y la identidad. La identidad como forma de estar, como afirmación de  una personalidad o como rasgo de la presunción de la misma. También, los tatuajes en su condición de índices de identidad. Al tiempo, en algún otro lugar, leo que lo social determina a la persona hasta el punto que cuestiones como la vergüenza o el arrepentimiento existen en función y con relación a la colectividad. Reflexiono sin mucho convencimiento sobre la identidad: la música, la nación, los tatuajes, el atuendo, las opiniones y los gustos, la regularidad de las amistades, la ausencia de cortapisas, la bandera, el escudo, el futbol o los platos regionales […] Haces que convergen en el individuo para darle sentido, para elevarlo sobre la condición mortal. Todo aquello que nos conduce al olvido está bien, me digo y me retraigo: ¿mi identidad? ¿un hombre sin atributos?

+ Desde tiempos inmemoriales le he tenido miedo, verdadero pánico, a la pobreza. Establezco un título a raíz de la audición de un programa sobre la infancia de los escritores, en este caso de Margarite Duras; el título es: La tristeza, la vergüenza y la pobreza. He pensado mucho en la triada. La pobreza siempre me ha preocupado y conseguí hacer un exorcismo cuando me di cuenta de que las desgracias son una cuestión interior y sobreponerse a ellas, un asunto de técnica y fortaleza. Creo haber superado ese miedo cerval, pero mientras escucho el programa sobre la infancia de M. D. me doy cuenta de que la pobreza es objetiva e inamovible y que no hay ningún tipo de lirismo en ella, sino una cruenta lucha con la verdad literaria, la única que termina por permanecer, me digo y sé que es una afirmación propia y no intercambiable. ¿Vidas ejemplares? Tal vez.

+ O problema da casa portuguesa, de Fernando Távora. La referencia me llega por el periódico portugués “Público”. En las páginas de cultura hay una interesante crónica sobre los 15 libros que de alguna manera han marcado la vida profesional e íntima de Álvaro Siza. Con interés leo la crónica y todos los libros reseñados me interesan y me llama la atención que casi la mitad de ellos sean libros de poesía, pero, sin conocer el porqué, me fijo en el que abre este párrafo. La casa portuguesa, en sí, resulta muy evocativo, al tiempo que poético. El problema de la casa portuguesa, por momentos me parece el título de una novela, en el ámbito de Eça de Queiroz, me digo no sin la nostalgia de los viajes de juventud, esa patria a la que nunca regresaremos, una vez que hemos abdicado de todas las patrias e identidades posibles [un deseo más que un hecho]; al instante cambio y me remito a libros de poesía de arquitectos o matemáticos, siento la música de los números y cierro, sin dolor, mis divagaciones. He visto algunas páginas en internet y me quedo con el inicio del libro:”O País constrói. O País constrói muito. O País constrói cada vez mais. Levantam-se casas, fábricas, escolas -nas cidades, nas vilas, nas aldeias. Mas fica-se cheio de dor ao verificar que essa enorme actividade construtiva tem resultado falseada na sua expressão arquitectónica.” Esa sensación me embarga alguna que otra vez, y cuando esto digo pienso en el viaje que hicimos C. y yo por la costa gallega. El problema es que la arquitectura una vez construida permanece un tiempo que rebasa la vida de las personas, de sucesivas generaciones, pienso yo, pero que el arreglo que se precisa resulta punto menos que imposible. El inicio me basta, quizá indague, quizá no. Hay algo que siento que se derrumba conforme la ciudad crece y es otra, ajena a mi memoria, ajena a un tiempo que no se resiste a sucumbir pero decae, paulatinamente decae. En ese fiel estoy y no sé hacia dónde se inclina la balanza.

+ En línea: veo algunas casas que proyectó Fernando Távora. Qué deseo incompleto el mío, dibujar, tal vez, la geometría, las proporciones, el juego de los rectángulos, el arte incompleto pero en constante perfección: la vida, tal vez, la vida. Así, me enamoro de La Casa en Ofir Cómo no. ¿Arte? ¿Tiene alguna importancia? Soy un lector, soy un espectador, no soy juez, ni parte. Tal vez, describir.

+ “No es un escritor, es un soldado luchando con una hidra [el olvido]”, creo haber escuchado esta mañana en un programa sobre G. Perec. No estoy seguro si es una conclusión que he sacado yo o realmente lo dijo el narrador, pero, en cualquier caso, doy por buena la sentencia y la tomo como emblema porque esa lucha contra el olvido está en el germen de cualquier escritura, aunque se trate de una vano anhelo. El olvido es una condena tan segura como es la de la muerte.

+ Imagen: verde sobre verde .

sábado, 13 de agosto de 2022

Ciudades, viajes, olvido

transparencia

boquete

+ Hoy por la mañana comencé a hacer mi ejercicio diario de bicicleta estática, puse, como siempre la radio francesa, pero no me satisfacía la crónica del momento. Me levanté y cambié. Llegué así a un podcast que me ofreció una serie de reflexiones sobre las Lettres persanes, de Montesquieu. Tuve tiempo para reflexionar sobre el libro, que no he leído por el momento [¿es imposible leer todo, absolutamente todo?], y lo que el libro contiene, la propuesta y el sistema de estructuras que el libro desarrolla. Todo esto me transportó, sin saber cómo ni por qué, a un momento de recuerdo de viajes, de ciudades, y más,  en concreto, del olvido de todos los momentos vividos, la felicidad del viaje en compañía de la persona amada. Mientras yo estaba en esto, C. continuaba con su tratamiento: la llevé al hospital y debía de esperar unas horas para recogerla; en el paréntesis, la bicicleta y las Cartas persas. Así comenzó todo.

+ Capas de realidad y sobre ellas, la coronación del estilo. Poco importa el estilo si no responde coherentemente a una totalidad. El estilo por estilo poco menos es que humo. Vi trenes en estaciones que no recuerdo el nombre, pero sí recuerdo la pátina verdosa de un vagón abandonado, comido por la humedad y el óxido. Un poema que leí, un poema que olvido, pero se mantiene la vibración ilusoria de la lectura. La realidad no es otra cosa que una invitación, un tablero que no admite fáciles modificaciones, cuando no imposibles. El estilo está bien, pero hay más, mucho más. La coherencia que se impone.

+ “Nunca he comprendido muy bien todos esos valores éticos con derechos y deberes. Yo soy un cínico. Así es más fácil. Al menos para mí es más fácil” (Trilogía sucia de la Habana, Juan Pedro Gutiérrez, p. 23 en Anagrama-Compactos).

+ La reflexión sobre la biografía desemboca en una reflexión sobre la escritura del yo. Cuando escribo lo que acabo de escribir pienso en la lectura que acabo de acometer: Pedro Juan Gutiérrez, Trilogía sucia de la Habana. Me interesa la personalidad que percibo, un punto de vista cínico y melancólico. Me interesa la vida de la gente sin importancia, de donde es complicado extraer enseñanzas y consejas, salvo una idea de cómo y por qué sobrevivir; mientras sufro un enamoramiento [literario] de esa Habana Centro. Los territorios literarios no son sí mismo, lo son por aquellos que han escrito sobre ellos; y si tenemos la suficiente habilidad lectora, cualquier territorio puede transformarse en literatura, basta una mirada, una mirada que hurtamos a un escritor, cuando ya solo es humo. El humo del cigarro que no fumo.  A un lado está este libro de Anna Caballé, que tan indiferente me deja, que tanto me cuesta terminar pero que insisto en él porque, quién sabe, siempre hay una posibilidad de encontrar algo útil a mi investigación.

+ No me gusta decir: mi investigación. No soporto la pedantería. Hay cosas que las manifiesto en el silencio de la escritura, quizá porque no tiene mucha transcendencia, salvo este ejercicio gimnástico de la publicación semanal que arrojo a la nada, sin ninguna esperanza, sin ningún miedo.

+ [Ciudades, viajes, olvido]: “Por pasos sin esperanza / me lleva siempre el deseo”, reza el mote que luego glosará el Conde de Villamediana. Entre las ciudades que visitó y habitó, en mi opinión y en mi lírica personal, destaca Nápoles. A Nápoles viajamos C. y yo. Allí traté de encontrar su espíritu, pero un fantasma de poemas y cuadros me devolvió a escenas olvidadas. Tal vez era eso, el olvido y la construcción de una nueva lírica. Esa receta infalible para la felicidad, el olvido. Consejos, citas y grandes dosis de literatura sapiencial me llevan a este punto donde los viajes (o el turismo) tienen sentido por la altura de las ciudades, su altura lírica, el olvido de los poemas que nunca supe de memoria pero que vibraban en algún lugar, a la espera de que los recogiesen de sus tumbas de papel y cartón. No sé, la esperanza y el deseo deben asesinarse, de noche y en silencio, durante el viaje, en la ciudad de los ladrones, bajo la bendición del olvido de los viejos.

+ Me llega la imagen de un hombre de extraño atuendo. Es un político francés que ha estado una temporada en la cárcel. Busco fotos suyas en la red. Qué cambio, es otra persona. Su aspecto físico se ha tornado de la corbata a una extraña mezcla de vacación o turista extraído de una álbum de Tintin [de hecho, en un momento, me recuerda un poco a Hergé]. Tal vez sí, tal vez no. ¿Cómo se ve moldeado nuestro aspecto en función de las circunstancias, cuando dimitimos de una posición, cuando el terno y la corbata son ya un arbitrario ornamento debido a la nuestra identidad? Es un caso para estudiar, pero no lo estudiaré, simplemente, dejo constancia y me retiro. Tampoco me interesa demasiado, salvo por lo paradójico. [Nota complementaria: se trata de un escándalo político en Francia y en una de las páginas a las que estoy suscrito se quejan del tratamiento que la noticia recibe en los medios de comunicación franceses, por tratarse de un delincuente de cuello blanco, se afirma que la calidad de la prensa francesa es nula; quizá tenga más importancia de la que en un primer momento le di, pero queda ahí, sólo dejo constancia].

+ No cumplí mi propósito de hilar entre pedantería y bibliotecas personales. Lo dejé a un lado y no terminé el párrafo. ¿Resulta imperdonable o se trata de un pecado venial? ¿Un error o un despiste, una falta o una carencia? Sin duda, la apertura de la propuesta se desvanece al contacto con la ausencia de respuesta, en eso estoy ahora mismo. Escribiré más adelante [espero no traicionar esta afirmación].

+ Imagen: boquetes y transparencias.

sábado, 6 de agosto de 2022

Nunca neutral y siempre peligrosa



+ En la entrada anterior hacía mención al pedante. He reflexionado sobre ello, sobre sus rasgos y maneras, su estilo y su definición. Como tantas cosas o como casi todo, el pedante depende del punto de vista. El observador debe confrontar su visión del mundo y su estar en el mismo con las afirmaciones, generalmente categóricas, del pedante. El pedante tiene opinión y juicio para todo, donde el reina más por su engolada voz y su planta que por la fuerza de los argumentos. El pedante hace valer una posición de superioridad, sin la cual él no sería ese personaje absurdo y contundente. Pero no importa, me gustaría llevar el hilo hasta la calidad de las bibliotecas personales y la pedantería que reina en ellas, o la humildad.

+ El título de la entrada es un verso del Conde de Villamediana que pertenece a su Faetón. Pertenece a una serie donde se caracteriza a la “Diosa varia” o, lo que es lo mismo, a la Fortuna. He observado las acciones de la Fortuna en los últimos meses. La incertidumbre ante la resolución de la plaza a la que me he presentado [y he conseguido], la enfermedad de C., los vaivenes en lo diario y en lo excepcional. Todo ello parece gobernado por la Fortuna, pero yo así no lo creo. Me interesa más la hilazón que se hace para conseguir explicar lo inexplicable y atribuir a esta diosa voluble razones que carecen de razón. No hay un plan, no hay una urdimbre que conforme un tejido [la vida, la historia]. Lo espontáneo es el país donde habitamos; lo que no se programa configura el destino, si tal cosa existe, aunque sí hay una almendra en la personalidad, en el carácter [otra vez regreso a lo mismo]. Pero el verso me gusta, lo repito y subrayo los dos adjetivos: [nunca] neutral y peligrosa. Así la veo hoy, día de Santiago Apóstol, festivo, sin lluvia, sin calor, con ligeras y pictórica nubes en el horizonte.

+ ¿Qué es más adecuado: rastrear o investigar? La pregunta la hago mientras leo y mientras recuerdo haber empleado yo rastrear en lugar de investigar. Rastrear se relaciona con rastro y tiene un punto que se aproxima a la caza, cuando en la caza siempre hay una violencia implícita y explícita. ¿Rastrear? “El perro rastreó hasta la extenuación” / “Rastreé en los archivos del Palacio Ducal hasta la extenuación.” Pienso en los ejemplos y veo al investigador como un perro de caza, veo los legajos como conejos o ciervos danzantes, que se escabullen en las corrientes intransitivas de anaqueles y pasillos infinitos. La eternidad es una biblioteca, dijo alguien; yo prefiero ver el tablero del mundo como un archivo que ordenar, un orden que lo impone ese rastrear/investigar. Siempre peligrosa, siempre parcial, se presenta esta investigación.

+ Quizá mejor que decir que estamos en un proceso de cambio sería emplear la palabra metamorfosis. Un paso de un estado a otro mediante un cambio inimaginable. No sé. Borro lo que acabo de escribir y pienso un poco más en torno al urbanismo, la revolución industrial y el cambio climático, pienso sobre el optimismo y el pesimismo, la relevancia del ser humano y su reinado sobre la naturaleza, la idea de que la naturaleza en su totalidad está al servicio del hombre. La idea de metamorfosis me ha llegado desde el blog de José Fariña cuando en la última entrada vuelve a citar a Ulrich Beck y su libro La metamorfosis del mundo. Son lecturas que no haré, pues el tiempo es limitado, que me debo conformar con las noticias que de ello da J. F., pero que, al mismo tiempo, me marcan en los indicios a los que trato de atender el discurrir diario. La metamorfosis está presente, un latido que toma fuerza, que se refleja en ciertas tendencias. Las tendencias se hacen materia y en ello estoy, bajo el prima del lector, bajo el prisma del observador.

+ He vuelto a dibujar. Después de una buena noticia, como celebración de la misma, compré un cuaderno de dibujo. Es un bonito cuaderno de bolsillo. Tapas negras, papel de calidad y un grosor adecuado. Siempre llevo conmigo un portaminas. El procedimiento es sencillo. Dibujo con nervio algo que veo, cuatro o cinco trazos, otras veces con mayor detalle, pero siempre en un intento de acentuar los defectos que mi percepción tiene, pero, siempre, con trazo seguro y nervioso. Luego, con calma, los coloreo. Es un proceso que se podría parecer al de la oración, pero el rasgo que tiene en común con ella es el impulso y la conexión con otra realidad [interior, ficticia, sedante]. Es un camino hacia la ataraxia. Uno más. He vuelto a dibujar, pero sin más pretensiones que un play without role.

+ Casi para finalizar, copio una cita de Joan Margarit. Se trata de un fragmento que encuentro en la edición Arquitecturas de la memoria a cargo de José Luis Morante en Cátedra. Me parece significativo: “Con el paso del tiempo se van fijando imágenes, esencias en el sentido platónico, que nos ayudan a reconocernos como algo más que una sucesión de instantes sin demasiado sentido. Esta especie de orden que la conciencia nos impone hace que, por ejemplo, alguien piense: yo soy una persona de los años sesenta. Seguramente quiere decir que la década de los sesenta fue la de su juventud. Personas y lugares se van fijando de una manera determinada y, si no surge ninguna cuestión perentoria que exija un esfuerzo de cambio, es así como aparecen de manera natural en nuestro recuerdo.” (38)

+ Creo que nadie pertenece a una década, sino que todo el transcurso se reduce al presente. Esa cuestión inasible, volátil, fugaz, vaporosa. Bajo un enjambre de sensaciones, el triunfo desmerece ante el olvido, pero es el olvido la raíz de todo cambio. Ahí es donde está el núcleo del presente, me digo. La Fortuna, nunca neutra, siempre peligrosa.

+ Imagen: otro tríptico, que, también, funciona por oposición.

sábado, 30 de julio de 2022

Módulos de saturación


 + [No estoy seguro, yo no lo afirmaría; al menos así]. “«Una vida sin examen no es una vida digna de ser vivida» leemos en Gorgias y esta es la razón de ser de la auto/biografía, la clave de bóveda de una vida verdaderamente humana.” (Anna Caballé, El saber biográfico, p. 95)

+ ¿Qué desprende del párrafo anterior y que a mí, especialmente, no me gusta? No me gusta ese examen de conciencia. Me suena mal tanto examen como conciencia, esa transmisión de la inquietud, la saturación de las responsabilidades, el indeseable peso del pasado, las pretéritas culpas que nos atenazan en el presente. Y, por otro lado, que separa lo que merece ser vivido de lo que no lo merece. ¿La vida, acaso, no tiene un aspecto que resulta totalmente residual, el dolor y el sufrimiento, la vida que no es vida? Ay, los moralistas de última hora siempre piden la pedrada de Nietzsche: “el arrepentimiento es como un perro mordiendo una piedra: no sirve para nada.”

+ “… la marque de l’écrivant n’est plus que la singularité de son absence” (Foucault en “Qu’est-ce qu’un auteur?”).

+ ¿Hasta qué punto la vida no es una vanidad y la biografía el reflejo cotilla de esa irrelevancia?  Basta acercarse a lecturas que rompen con el mármol de la fama y la posteridad, así, al contacto con estos destructores de la arrogancia y la soberbia, el contacto con el ser que todo lo diluye, me asomo a la cita que aúna el examen y la dignidad de la vida que merece la pena ser vivida. No acepto este marco, simplemente, ni la dignidad pero tampoco el examen. No acepto los pasos previos a la confesión, ni los movimientos posteriores. No me confieso, guardo silencio y me detengo en la lectura como afirmación de lo posible, pero soy quien establece el ámbito y el marco.

+ No es un deseo, es una carta de batalla.

+  Abro una historia de la literatura latina, a la que tengo un aprecio no menor, porque estoy buscando algunas noticias sobre Suetonio y su Historia de los doce césares. La abro y me encuentro con el billete de tren que nos franqueó el viaje de Nápoles a Pompeya. Es inmediato el recuerdo del trayecto, de la música de los gitanos rumanos que interpretaban con gracia y cierta maestría Tu Vou Fà L’Americano mientras el convoy se desplazaba por pueblos de nombres sugerentes y espontánea arquitectura y urbanismo, la línea de costa, el Vesubio que aparecía y desparecía, el mar y los rostros de los otros turistas. El libro me devuelve un recuerdo muy agradable, aquellos días, aquella mañana en Pompeya que nunca olvidaré. Solo ha bastado un billete de tren en un libro que he necesitado, es el pago que el pasado me hace hoy, es el rédito de los viajes, esta humilde alegría en la mañana del domingo.

+ Me enteró por una revista digital que sigo que Guy Debord tradujo al francés las coplas de Jorge Manrique. Esto me lleve a la lectura de las coplas, pausada, sin distancia, en la mañana luminosa del domingo, con la compañía del tic-tac del reloj de pared y el vaso colmado de café negro y aguado. La lectura me devuelve a tiempos escolares donde los versos eran un anuncio inquietante, que colisionaba con la altura de la vida en los albores de la adolescencia. Los versos germinaron para hacer crecer esta vegetación estoica que siempre ha circunscrito mi trayectoria. Reflejos del pasado en el presente, esa huidiza realidad que yo intento atrapar mediante este diario, este blog. Las entradas se suceden pero siempre es la misma entrada, la misma razón de ser. El estoicismo y cierta ataraxia me ayudan a comprender como los pliegues de la vida son transitorios, que todo es humo, que nada permanece. Así, ayer, hablamos, C., mi padre y yo, sobre la vida de Jesucristo y como se reconstruye esta con los evangelios. Sentí ese aliento que me da la reflexión sobre las biografías y su imposibilidad ontológica. Jesucristo permanece en la memoria, pero, también, el sol, un día, se apagará.

+ En el Índice de libros prohibidos figura Madame Bovary.

+ Y por azar abro un catálogo de ARCO. Se trata del catálogo de 2018. Paso las páginas con cierta desgana, la desgana del que ya ha visto todo o eso cree él. Las imágenes y la maquetación distribuyen ideas contemporáneas que tienden a construir un mundo exclusivo y hermético. Yo no he penetrado ahí, sin embargo, lo he observado con cierta proximidad, a través de ventanas que se abren brevemente. Todo está contenido ahí, lo arbitrario del juicio humano, en cuanto a moral pero también respecto a la estética. Me siento y vuelvo a abrir el grueso volumen y recuerdo cómo estuve allí, recuerdo rostros y gestos, recuerdo mi aburrimiento y la sensación de feria, cómo no, que me transmitió aquella acumulación de objetos artísticos. Era otro mundo y yo ya era otro, no pertenecía a aquello porque nunca fui parte de ello. Se reproducen los escenarios como la fruición del paso de los días, pero siempre es el mismo escenario. Lo sé.

+ La muestra gana lirismo cuando la vuelvo a ver, impresa, en papel, el recuerdo de la muestra no es agradable, no entro en otras valoraciones.

+ Como colofón de los últimos días de julio recurro al prólogo de The Penguin Classic Book, donde se dice que para leer los libros contenidos en este libro de libros (en torno a 1.200), con una lectura de cincuenta páginas cada día de la semana, serían necesarios para culminar la tarea 27 años. 27 años para leer 1.200 libros. Los libros que contiene este precioso libro son clásicos fundamentales: se puede discutir la pertinencia de la etiqueta en algún caso, pero resulta en un porcentaje no menor la presencia de verdaderos monumentos literarios que, al menos, se debe conocer su existencia. Dicho lo dicho, creo que resulta necesario tener presente este dato cuando nos enfrentemos a manifestaciones gimnásticas de poder lector., entre la estulticia y la arrogancia, la pedantería y la estupidez. Leer mucho no es una tarea sencilla, leer más de cinco mil libro a lo largo de una vida es una tarea, prácticamente imposible, incluso para los lectores profesionales. Agitemos este dato cuando nos encontremos ante el pedante que nos muestra con orgullo su biblioteca.

+ Imagen: fotos antiguas, antiguas fotos, que se dispararon con una cámara desechable. ¿Qué queda de alquel tiempo, 2010, 2011? Su constancia, el rumor de un tiempo, de un espacio, tal vez Madrid, tal vez no.

sábado, 23 de julio de 2022

Esbozos de autobiografía

 

+ Vuelvo a ver las fotos de salas de espera de hospitales que he colgado últimamente. Las veo y creo reconocer un algo distinto, como si llegase a ser capaz de hacer una lectura de los espacios más allá de lo obvio. Su desnuda geometría, ese mobiliario robusto, la palidez de los colores, la ausencia de ornamentación o una ornamentación muy codificada e irrelevante. Con todo, recuerdo una sala donde C. esperaba por una prueba. Era de color cereza y en la pantalla se debatían alegremente animales en un río, en un lago tal vez. Como una almendra asilada de la totalidad plana del hospital. La lectura de los espacios abre posibilidades impensables porque cada lectura personal no es necesariamente intercambiable, aunque se repita. ¿Qué pude leer? Un aliento poético, con la salvedad de la postración del enfermo, que es otra poética, más desnuda, más verdadera, más próxima. Llegué a casa y abrí uno de los libros en curso, Arquitecturas de la memoria de Joan Margarit.

+ C. se encuentra con una mujer. Hablan y yo escucho. Tiene un extraño sobrepeso la extraña mujer. Se ha recogido el pelo y sus rasgos de pájaro se acentúan. Hay en ella esa primitiva voluntad de mando, un orgullo del puesto alcanzado, la irrealidad de la vida, esa ficción. Y dice, agitando un libro: “aquí está el sentido de la enfermedad.” Yo en silencio me digo que, como en casi todo, no hay un sentido, ya que si la vida carece de sentido, o significado, mucho menos le corresponde a la enfermedad, a la muerte, algo similar. No digo nada. Ella no es una persona iletrada, es “alguien”, tiene tablas y posee una aristocracia de la clase media, de chalet adosado y plaza de profesora de enseñanza media, pero vibra esa irrealidad de lo banal. Soy niebla, solo niebla.

+ The The - Giant: la letra de esta canción abre y cierra la novela de José Ángel Mañas Historias del Kronen. Mientras suena, en otra pantalla leo la letra y veo que se trata de un ajustado resumen / invitación a la propia novela. Dejo a un lado la canción, que no me disgusta. El recuerdo de la canción y de la novela llegaron porque en esta calurosa mañana de domingo abrí viejas entradas de este blog. 19 de noviembre de 2019. Recuerdo esos días. Yo estaba postrado porque me había roto la cabeza del radio del brazo izquierdo. La postración siempre cambia el ritmo de los placeres y los días [esto adjetivo así en memoria de un Umbral que ya no recuerdo con precisión]. Leí la novela y regresé a un tiempo y una amistades que el viento de los años han terminado por enterrar bajo sus arenas, arenas de un desierto que se ha desvanecido. La novela, la canción, el tiempo. Poco más. Pero, por lo que se ve, sigo en la senda autobiográfica. Lo apuntalo: esta tarde seguiré con el libro de Pozuelo Yvancos.

+ El autor, Mañas, tiene hoy más de cincuenta años. Qué cosa, qué novedad. Los años traducen la juventud en vejez, pero queda, tras ellos, un acento que matiza la edad adulta. ¿Qué queda del adolescente que fuimos?

+ Hay cuestiones latentes que se agitan en el aire. Se trata de las relaciones entre policías, políticos y periodistas. La manipulación de la opinión pública para impedir determinadas opciones. He visto cuestiones parecidas en ámbitos menores, pero con intereses económicos de cierta importancia. Dejo los detalles de una cosa y la otra a un lado, pero me reafirmo en la idea de que una de las características del ser humano, entre muchas, es, sin duda, la consecución del poder y su mantenimiento, por los medios que resulten necesarios, el lucro y la moneda, la obligación y la imposibilidad de llevar a cabo la propia voluntad. He pensado muchas veces que es la personalidad la que va colocando a cada uno en su lugar y no es un mérito ocupar cierto puesto sino un ardid del destino plasmado en esa misma personalidad [siento repetirlo una vez más: “El carácter es el destino”]. Uno, que tiene pocas ansias de poder, o ninguna, debido a esa naturaleza de observador con la que ha nacido, se encoge de hombros, pero esto no impide observar los meandros y las planicies, las cumbres y los valles del comportamiento, estrategias y tácticas para lograr lo deseado: el poder. El poder: que los demás hagan lo que yo quiero o que no hagan lo que ellos desean. Todo parece grave y es grave, pero el devenir histórico resulta inescrutable, aunque, como decía el gran historiador Julián Casanova, la historia no se repite, rima. En desentrañar la rima, bien asonante, bien consonante, estoy.

+ El regreso a la rutina es un regalo que ofrecen las vacaciones, me dice. Yo entiendo, en su caso, la posición que ha adoptado. Lo admiro, en cierto sentido. Por otra parte, han sido tiempos complicados y con laberintos difíciles de superar. Todo llega. Ha pasado las vacaciones en el sur de Francia y vuelve renovado: ha practicado el idioma, ha bebido vino en plazas amplias y ocres, la lectura y la escritura, una suerte de enamoramiento y el recuerdo de sus hijos. Todo ello es un regalo, me dice, pero yo veo sus ojos y la tristeza asoma. Lo recuerdo en otros tiempos y su rostro era afilado, entre lo literario y lo político se debatía en lo diario, tenía una fuerza decisiva. Sin adjetivos, tal vez, emprendió su particular lucha. Hoy las cartas son otras, tocará barajar, me digo sin esperanza. Se ha despedido y yo le sigo con la mirada. Quizá encuentre su paz en su rutina. Bendita rutina.

+ “Que no te confunda la reflexión sobre la vida entera,. No andas cavilando en cuáles y cuántas cosas penosas es de creer que te han de pasar, sino que a la vista de cada una de las presentes pregúntate a ti mismo qué parte de la tarea es intolerable e insufrible. Sentirás vergüenza de confesártelo. Luego, acuérdate de que ni el futuro ni el pasado te pesan, sino el presente siempre. Éste se minimiza si sólo lo delimitas a él y refutas el pensamiento, si no es capaz de hacerle frente por sí solo.” (Marco Aurelio, Meditaciones [AE, trad. Bartolomé Segura Ramos]: 114, 36].

+ Tras copiar la cita de Marco Aurelio regreso al escritorio con el alivio de saberme en el presente, un presente amplio, pero limitado al afán del día, no más allá [o esa es la pretensión, en intento]. Se limita al trabajo, el ejercicio físico y el estudio. Los momentos de asueto, la compañía de C. y conversaciones entre ambos que se rigen por el respeto y la atención, también la curiosidad de aquellos que comparten la pasión por la lectura, entre otras muchas cosas. ¿Es esto la felicidad? No lo sé, no me importa, no he de investigar sobre este particular.

+ Imagen: del pasado llegan estas fotos que se ven determinadas por el disparo automático y con una clara tendencia a la abstración; una vez más, la yuxtaposición reclama un sentido o un significaco. Podremos elegir, sin dudar.

sábado, 16 de julio de 2022

Emblemas y silencios

+ Como el emblema que es, Faetón permanece en la cabecera de mis pensamientos. El desafío que supone su aventura es ejemplar, pero, y es lo más importante, explicativo. Lo tóxico y lo humano, la ambición y el deseo inconcluso, la petición cumplida que se transforma en maldición. Leo noticias sobre celebridades y no puedo dejar de acudir a lo que Faetón nos muestra. Ahora recuerdo su apuesta, el vuelo y su fracaso. El fracaso es una idea que, siempre es así, anida en el interior y tiene más relación con el poder que le otorgamos que con su propia naturaleza. Dinero, amor, poder. Triadas que amplifican el vuelo del Hijo del Sol. Faetón, a diario, se muestra en lo próximo y en lo distante.

+ Escribir la biografía del Conde de Villamadiana me obliga a reflexionar sobre mi propia vida, lo que no se aleja demasiado de la idea de establecer una autobiografía. ¿Una explicación de la sucesión de personas que he sido y establecer la idea de un hilo conductor de esa misma sucesión, es esa la tarea? Pensar tanto en uno y no prescindir de los cuidados necesarios para no desfallecer. Hoy  me siento triste, me digo y me observo, me estudio y me alejo de mi mismidad, pero solo es un vano intento. No consigo otra cosa que debilitar la negra presencia de la melancolía, porque pensar en el aburrimiento es dejar de estar aburrido, pensar en la tristeza es acotar el sentimiento y transformarlo en un objeto de estudio. ¿Es desde ahí desde donde escribo?

+ “Que todo es opinión”, resuena tras la lectura que realizo al azar cuando abro las Meditaciones, que acabo de encontrar. Es una casualidad, pero no lo parece porque semejan las palabras necesarias para este momento. La cita que hace Marco Aurelio del comediógrafo Menandro termina por completarse con el siguiente comentario: “Clara también es la utilidad de lo que se dice, si uno acepta su alcance en la medida que es verdad.” Por otra parte, alguien en algún sitio decía que tanto Marco Aurelio como Epícteto tenían una obras portentosas, pero que no estaba seguro que fueran muy beneficiosas para su contemporáneos. No sé, ayer vi a un cura agitar una bandera de España con el corazón de Jesús en su centro; este tiempo es extraño y Marco Aurelio me aporta razones para evitar la tristeza que me produce ese sujeto, la bandera y todo lo que representa. Hoy vuelvo a ello, “que todo es opinión”

+ No distingo entre tiempos oscuros, peligrosos o malos tiempos. Hay una reiteración en los sucesos, en aquello que resulta desagradable, pero que se constituye en característica del momento. ¿Hubo un tiempo mejor o peor que el actual? Embebido en lecturas sobre vidas ajenas, en la indagación de las razones para escribir sobre ellas, me dejo llevar por un estoico sentimiento de transitoriedad, fugaz y libre tiempo que no tiene miramiento porque no es otra cosa que una abstracción. Esa abstracción llamada tiempo solo es un nombre, fórmulas matemáticas, estructuras laborales o el gesto del amor que se desmaya ante la vejez. He leído sobre todo que hay de arbitrario en las instituciones políticas, en los títulos y cargos, en lo teológico que se hace patente en las opiniones de los tertulianos y, al tiempo, no se niega, sino que subraya esta cualidad de creencia. Tiempos oscuros, dice alguien en el ronroneo del televisor, alguien sin mucha entidad, pero con presencia y voz engolada, otros le dan el parabien y se entrelazan en zalameras sentencias, pesadas y prescindibles. Guerras ha habido siempre, desamores, pobreza o asesinatos, y mientras esto ocurría, otro eran felices. Me siento alejado, una vez más: un observador. Qué desagradable puede llegar a ser esta cualidad de observador, pero, hasta aquí llego, me sobrepongo a ella con esa herramienta tan útil que es la ironía.

+ Ironía, que no sarcasmo.

+ [Emblemas y silencios]: Faetón se ha constituido en un emblema y guardo silencio ante opiniones que me resultan molestas. El silencio solo se ve interrumpido por una misa de Bach que he elegido y suena en el altavoz desde la conexión inalámbrica del ordenador. Emblema también es lo físico de mi ejemplar de las Meditaciones y de las Metamorfosis. Los textos, pero también las ilustraciones, la portada, el formato y la calidad del papel. Emblemas son mis guitarras, el coche, el reloj barato, el bolígrafo barato y todos los libro que atesoro. Pero, ahí está la clave, siempre prestos a perderlos y no sentir su pérdida. Así, tengo elegido elegidos algunos libros para cuando ya solo quede la lectura y si debo depurar la elección, me quedo con El Quijote, una relectura pendiente. Sin duda.

+ Yo no leo libros sino que integro libros en temas, me digo a mí mismo en esta calurosa mañana de julio. Hay una serie de temas que me interesan, preocupan y asaltan. Hay un territorio vasto: la ficción, donde se incluye la novela, pero también el teatro, el cine, las series […], donde, sin duda y por derecho propio, reina la novela. Tras ello, o previamente [algo que depende del momento y la circunstancia], se encuentra la poesía. Ambas realidades tienen en torno a sí un entramado crítico y académico importante, extenso. Dicho esto, la política en un sentido amplio, la lectura como actividad, el determinismo como explicación del comportamiento y del cursus honorum [o deshonorum], la geografía, la sociología, y un largo etcétera que componen un haz de intereses temático. Y, aquí es a donde quiero llegar, pues ha aparecido un nuevo tema: la biografía y la autobiografía. Percibo claramente como se constituye, como una suerte de flechas me conducen a su centro, al tiempo que este se hace materia de investigación gobernada por el espíritu de la curiosidad. He de tener tiempo, mucho tiempo, para reflexionar sobre las vidas contadas, por las confesiones, por el relato que se establece en un diario, una libro de memorias o el simple contar su vida las personas en el tránsito ordinario de la vida.

+ ¿Qué es sino escritura autobiográfica este blog?

+ ¿Toda escritura en primera persona es necesariamente autobiográfica?

+ En Anna Caballé El saber biográfico me encuentro con una cita de Gramsci que dice en los países especialmente hipócritas la literatura autobiográfica no abunda o si la hay se da en una forma estrechamente estilizada [hago yo una paráfrasis más o menos ajusta al texto del libro]. Luego, ya con una cierta distancia, en una apreciación que yo veo próxima: “estilizada.”  Cuánto hay de verdad en ello, los estilistas son traidores a su propia realidad, y yo me veo ahí y ahí es donde reflexiono sobre lo que llevo escrito. ¿Una estilización? Ay, supongo que es una suma de carencias y miedo lo que nos arroja en los brazos de un estilo, de la búsqueda de un estilo. Carencias y miedo, me repito y lo afirmo, un binomio que se podría traducir en hipocresía.

+ Imagen: cruce de calles, los cables, el cielo, la diluida estela de un avión.

sábado, 9 de julio de 2022

Inquietud


+ Me gustaría reflexionar sobre los consejos que se reciben a diario, especialmente cuando uno está en una situación complicada, límite o se enfrenta a un dilema de elección difícil. Si se analizan en detalle estas recomendaciones se termina por llegar a la conclusión de que son muchos los que hablan por escucharse a sí mismos, sin que la intención de sus palabras esté encauzada a consolar al afligido, al enfermo o al dubitativo. Resuena campanuda la voz, que se adorna con experiencias propias y ajenas, invenciones y chismes. Y nos callamos resignados o guardamos un silencio lóbrego condicionado por la educación, las buenas maneras. Más tarde, ya en soledad, nos damos cuenta del daño que nos han hecho esas supuestas buenas intenciones. ¿Quién les ha pedido consejo? Ay, el silencio, esa oculta y necesaria virtud.

+ El trabajo contra la frustración es un ejercicio que requiere constancia para transformar un hoyo en un juego de espejos, un juego de indiferencia y distancia, un juego de malabarismos que permitan recuperar una cierta calma. Busco las Meditaciones de Marco Aurelio y no las encuentro, las busco y en la búsqueda comienzo a recordar algunos fragmentos. La búsqueda resulta infructuosa, pero hay en ella, en el proceso mismo y en su fracaso, algo de fármaco. Ya lo sabemos, fármaco tiene una doble vertiente: remedio y veneno. El veneno, ahora, queda a un lado, permanece el remedio. Es el caos mi estado habitual, aunque a lo largo de extensos períodos no lo parezca, ¿es bueno es malo?, quizá no entre dentro de esas coordenadas.

+ Los meandros que me conducen a ciertas curiosidades se configuran mediante búsquedas aleatorias, azar e intuición. No se producen por una búsqueda específica, sino que es un brotar espontáneo y ligero, sin sustancia pero con proyección a reflexiones sobre lo cotidiano que me ayudan a plantear nuevas preguntas, ese camino sin final. En una de estas excursiones [es decir, salirse del curso para hacer una suerte de contemplación] me encuentro con el uncanny valley, o lo que, traducido, viene a ser el valle inquietante. Se trata, según leo, de que cuando mayor es la apariencia humana de un robot, la reacción se aproxima hasta la que tendría un humano con otro humano, esto tiene un límite, que no es otro que el reconocimiento de lo artificial, lo no-humano, una sensación que da paso a la repugnancia. Sucede esto también con los maniquíes, los cadáveres embalsamados o los muñecos de cera. ¿A dónde me lleva el valle inquietante? No deja de ser una pregunta, también, inquietante. Una pregunta que cuestiona lo construido frente a lo dado. El valle inquietante se dirige a la voluntad divina que reside en todo acto creativo y su fracaso, que se puede disimular pero no impedir. Seguiré pensado en ello hasta que se diluye en el tráfago diario, donde todo muerte en función de la superposición de capas y matices.

+ Así mismo, se produce un valle inquietante cuando se observa una prótesis.

+ ¿Toda narración en primera persona es, necesariamente, autobiográfica? En los debates sobre el autor encuentro un aliento personal. Este reflejo me lleva, en ocasiones, a plantear la vida sobre una plantilla narrativa. La narración y el relato estructuran el día a día, bajo la égida de una supuesta correlación de hecho, pero más centrado en las imágenes que en el desarrollo de la historia. ¿La historia, la primera persona, el relato de los hechos? Las preguntas ampliamente se abren sin respuesta.

+ ¿La literatura sapiencial que destila el necio? ¿Una épica del fracaso cotidiano? ¿Un significado que no desea ser desvelado? El necio me mira y me doy cuenta de que es un espejo, tras él la estulticia desaparece, cuando me reconozco.

+ Me adentro en De la autobiografía. Teoría y estilos de José María Pozuelo Yvancos. Sé que es un tema importante para mí, perseguido e intuido desde hace tiempo, una suerte de construcción espontánea que ahora tiene una concreción que oscila entre lo académico [el Conde de Villamediana, su estela y sus derivadas] y entre lo personal [la necesidad de una definición, de explicación de mi propio yo, ese anhelo frutado de antemano porque la variación es tal que todo se inclina hacia la evaporación, en cada instante soy un otro yo]. En esa estela de Rimbaud me muevo, creo entender. En esa ambigua posición. Lo que escribo y lo que pienso, lo que sueño y lo que reconstruyo, me veo en el espejo y digo: soy yo. Me doy la vuelta y me asalta la incertidumbre y creo hay un placer malsano en esa aparición del dolor. ¿El dolor? La autobiografía no deja de ser un vano intento por perdurar y trato de explicarme en esta transitiva afirmación, porque ¿deseo perdurar o solo alcanzar un grado de tranquilidad suficiente? Vuela la nube y con ella un endecasílabo que no acabo de concretar, muere el domingo y soy yo el que lee, el que escribe, el que olvida.

+ Antes de que C. entre en la sala que le van a aplicar el tratamiento, leo unas páginas sobre la autobiografía de Roland Barthes. Entiendo bien a que se refiere Pozuelo Yvancos en el texto que enjuicia la obra y la vida de R.B., su plasmación en el texto mismo. Esto me lleva a valorar mi tendencia hacia la lectura de la obra de R.B., que, de alguna manera, una suerte de fallido paralelismo, tiene que ver con una transposición de R.B. al relato que construyo yo [=vida]. Se puede resumir en un fracaso parcial y fragmentario, un equilibrio que explica con precisión decisiones, deserciones y triunfos en el decurso de los trabajos y los días. Ese afán, esa meta que no llega a la concreción, pero que permanece como un motor inmóvil. C. queda en la sala y yo, desde la soledad de este instante, escribo este fragmente. El fragmento, la autonomía y la yuxtaposición son las herramientas, la explicación incompleta del mutable yo la finalidad.

+ Imagen: imágenes que tienen muchos años sobre sí mismas, ¿diez años son muchos años, doce años son muchos años? Testigos mudos de otro tiempo.