sábado, 29 de mayo de 2021

Levedad / Pesadez

 

Nocturno

 + Un día de esta semana entré en una fábrica acompañado de uno de sus directivos. Era un hombre educado pero distante. Una distancia extraña y correcta. Su corrección era una barrera, pero no me importaba demasiado, es más: prefería que el encuentro discurriese en estos términos. Intercambiamos la información precisa y nos despedimos sin muchas ceremonias pero dentro del marco de la educación y la cordialidad. Mientras atravesaba los caminos de la fábrica me daba cuenta de su aspecto siniestro, que se veía acentuado por los penetrantes olores de azufre y cocciones, pero también por el aspecto de los hierros, las paredes de hormigón y una hierba sucia y negruzca que crecía en zonas más o menos amplias. La impresión resultaba desoladora. Aquellas máquinas con aspecto de animal cruel, los operarios igualados en sus uniformes, las aristas de las edificaciones, el recorte de las chimeneas contra el cielo azul, tan limpio. Volví a cruzar los controles y pensé en la poesía que se podría atesorar en aquel espacio, el reflejo de la modernidad, el trasvase de la revolución industrial y la contaminación. El ser humano no se puede estar quieto, no puede permanecer inactivo porque esa es el único conjuro contra la certeza de la muerte. Esa es la poesía que vi, el reflejo de la caducidad; todo al servicio de ese memento mori.

+ El viernes comienza con una agradable conversación sobre como se ha de estructurar un texto, desde donde partir y la manera adecuada de esquematizar los contenidos. Nunca está de más escuchar al que sabe más que uno, mucho más. Se iluminan zonas que permanecían ocultas bajo el velo oscuro de nuestra inexperiencia. Saber desde dónde se parte y a dónde se quiere llegar es primordial. No hay otra vía, sino la certeza de los principios y los finales porque la estructura lo es todo, su coherencia da la medida del texto. Datos objetivos, valoraciones personales, el contraste con lo dicho y lo escrito, el mundo por alcanzar, el placer de la escritura.

+ Tarde de sábado con C. en Vigo, en Bouzas. Una primera cerveza en una terraza, una conversación sobre cómo han cambiado las cosas en el último año, cómo reconducir las situaciones hasta un punto deseable. La tarde es limpia, estamos sentados en una terraza y se respira una felicidad verdadera, provista de lo auténtico que aporta lo sencillo, esos placeres de cerveza y conversación. Luce el sol  y los niños juegan despreocupados. La pandemia sigue ahí, pero, en algún momento, se olvida y se retorna a ese tiempo pasado que no volverá (pues ningún tiempo pasado regresa). Los problemas laborales asoman en la conversación y sé que la complejidad del mundo presente no atenúa ninguno de los dolores particulares de cada persona que los sufre; si leo el periódico o escucho la radio, percibo, no siempre, una confusión entre los datos y la verdad de los hechos, porque, no siempre, la acumulación y análisis de datos reflejan lo real, el pálpito de lo diario. Incido sobre la necesidad de valorar lo cotidiano, la fluidez de las relaciones y el espacio que nunca nos llega a pertenecer. Terminamos las cervezas y continuamos el paseo. Otros bares, otras personas, una indeterminada inocencia sobrevuela el ambiente. La inocencia de que quien le han robado las ilusiones y comienza a recuperarlas. ¿Un espejismo?

+ Llego a una idea sobre la edades geológicas, sobre el tiempo geológico. No es poco inquietante comparar nuestro desarrollo vital con el tiempo de los estratos, las placas tectónicas o el tiempo de los procesos que constituyen las montañas, los ríos y los valles. Esta comparación tiende a un cierto nihilismo, a ver toda construcción y pretensión humana como la expresión vana de un anhelo imposible. Es conveniente apartarse pronto de tal certero veneno porque su verdad mina la ilusión, aunque aporta un punto de vista que todo lo relativiza. En la senda de Marco Aurelio, tal vez. Paso la página y me centro en lo diario, en el fulgor de la vida ordinaria.

+ Me defino en ese debate entre lo liviano y lo pesado; intento definirme en ese debate planteado por Italo Calvino. “Mi labor ha consistido las más de las veces en sustraer peso; he tratado de quitar peso a las figuras humanas, a los cuerpos celestes, a las ciudades; he tratado, sobre todo, de quitar peso a la estructura del relato y al lenguaje.”, dice Calvino al inicio o en el prólogo de la conferencia sobre el tema que titula la entrada de hoy. Trato de capturar en la cita un motivo para emprender otro relato posible de los últimos meses y veo que esa suerte de adelgazamiento es clave para continuar con múltiples acciones que he emprendido años atrás. Veo en la pesadez las obligaciones heredadas, en las imposiciones del deber y la lógica de un esfuerzo sin recompensa, en ese violento: “si quieres, puedes”. No, no siempre se puede por mucho que nos empeñemos en la empresa. Lo liviano me puede salvar, me digo mientras en silencio conduzco y estudio el paisaje como resultado de la actividad geológica; dejo ese veneno a un lado y trato de centrarme, otra vez, en la magia de lo ordinario, de lo cotidiano.

+ Alejo el temor que inyectan las edades geológicas, tan parejo a aquel miedo infantil al espacio infinito y al tiempo eterno. La ausencia de límites atenaza la razón, pero en el irracionalismo descansa una parte poética de nuestro ser: lo busco y no lo encuentro, pues en lo fugitivo se desvela la transformación diaria.

+ En la radio oigo un programa (Documentos Radio Nacional de España) sobre Carlos Edmundo de Ory y pienso en una idea sobre la libertad creativa y un proyecto de vida que no es otra cosa que la construcción de un personaje en torno a una obra, bendecido por el talento y la oportunidad. La escucha se produce mientras conduzco y observo las blancas y grises nubes contra el cielo de mayo, los poemas y lo que él denomina aerolitos se funden en un desvanecimiento imposible. Una nostalgia de unos paisajes inexistentes, fundados en el fulgor del sueño de las cuatro de la mañana, en el trepidante tren nocturno. El poeta desaparece y surge la idea sobre las biografías y su manera de trenzarse mediante un plan premeditado o espontáneo. En cualquier caso, con una tendencia al ejemplo y la conseja; incluso la vida menos significativa.

+ Imagen: la noche en su espesor, difuminado y movimiento.

sábado, 22 de mayo de 2021

Lo espectacular difuso

 

A Brasileira

+ Después de muchos meses, regresamos a Portugal. Regresamos a Caminha, donde habíamos estado en octubre. Meses en los que han sucedido muchas cosas y no ha sucedido nada. La paradoja está o reside en el estado ánimo, en cómo este se va atemperando y se regenera en un intento de simular serenidad. La serenidad. El café, la torradas, las natas. Placeres humildes, pero intensos. Comprar prensa, hacer un regalo, disfrutar de la conversación con la dependienta sobre la pandemia y la economía, en un intento de ser optimistas. No llueve. No hay mucha gente en las terrazas (esplanadas, como se dice en portugués). Hay un aire triste y el cielo permanece despejado. Han sido unos meses de aislamiento y todo parece no haber cambiado, pero los cambios imperceptibles resultan profundos, como si restaurasen un orden intenso y decisivo. Todo cambia, nada permanece. Pago la prensa en la tabacaria. Dejamos Caminha y nos dirigimos a Vilanova da Cerveira, donde tomamos otro café con natas. Lírica y nostalgia. Nada cambia, todo permanece. La paradoja sobrevuela el paisaje.

+ Como una colección, así lo vio. Algo necesariamente incompleto porque si se culminase la colección carecería la misma de un sentido, el sentido de enfrentarse a la tarea de investigación búsqueda. La colección establece una cartografía total y móvil del mundo, o el mundo se pliega a sus necesidades. ¿Una biblioteca es una colección, una colección imposible; una pinacoteca o una discoteca? Bien, todo ello se suma a una carta donde se da validez a la identidad, la colección aporta rasgos a la persona, la eleva, hace que se distinga por una posesión que contiene conocimiento, un conocimiento, tal vez, hermético. Como una colección, repitió para subrayar ese carácter hermético de su conocimiento sobre la materia. Habla de carreteras, pero podría ser una conversación sobre vinos, arqueología o mecánica. Poco importa, salvo la distancia.

+ “Une œuvre ne reflète pas seulement son temps, mais elle ouvre un monde qu’elle porte en elle-même.” Paul Ricoeur.

+ Un mundo en sí mismo, que se propone y se actualiza en la lectura. A esto aspiramos, pero no se plasma ni se mantiene, se insinúa y asciende por momentos, pero no deja de ser un fantasma que nos desconcierta. El mundo que propone la novela es un mundo que transita entre lo cotidiano y lo excepcional, ese interregno se define el estado tras una intensa tarde de lecturas y afirmaciones sin respuesta. Ahí está, El amante bilingüe de Juan Marsé. Otro mundo, otro tiempo, el mismo mundo, el mismo tiempo. ¿Soy yo el mismo lector?

+ “… el espectáculo de los automóviles exige una circulación perfecta que destruya las viejas ciudades, mientras que el espectáculo de la propia ciudad necesita barrios-museo.” Guy Debrord.

+ Tomo el título de la entrada de G. Debord.

+ “Lo que veo está determinado, al menos parcialmente, por lo que deseo ver”, una cita que recojo al vuelo, copio y no olvido.

+ Tengo en el ordenador una libreta electrónica donde voy apuntando rasgos que me parece que definen esta época. Anoto cuestiones sobre arquitectura, empleo, alimentación, política o literatura. Hay otras áreas, hay otros intereses; pero en definitiva, se trata de perfilar una situación y una posición el mundo. La posición del observador y sus límites. Siento que la consciencia del límite es lo que me puede dar una perspectiva, un punto de apoyo sobre el que edificar el entendimiento. Toda época es cambiante y tienda a la inestabilidad. Hoy he apuntado que se han cumplido diez años del 15M. Recuerdo aquellos días y no me parecen tan lejanos, pero no soy capaz de reconstruir con claridad el discurso del momento, solo es una reconstrucción provocada por el latir de los compases que arroja la radio, mientras hago ejercicio. Recuerdo ver en el escaparate de una librería que ya no existe el libro de Stepháne Hessel ¡Indignaos!, recuerdo unas asambleas que se celebraban frente al ayuntamiento, recuerdo una acampada en un parque céntrico, pero poco más. Luego, tres años más tarde, llegó Podemos, hace poco Pablo Iglesias se retiró de la política y, posteriormente, se cortó la coleta. Todo ha pasado y me pregunto qué lugar ocupa en la historia el movimiento, el partido político, su líder. Nadie es capaz de determinar como se leerá en el futuro el 15M porque se leerá desde un presente que es imposible adivinar; sin embargo, la posibilidad de una novela podría atrapar aquello que sucedió y de lo que hoy se cumplen diez años.

+ Ahí continua el miedo, la incertidumbre, la tormenta que amenaza en el horizonte. La pandemia no es una metáfora, ni un relato construido para la ocasión. La pandemia es la escala, lo que nos da una referencia para compararnos. Desde lo imperceptible, esa minúscula porción de la realidad (el virus), llega un ataque que rompe lo cotidiano y nos pone en el abismo, pero aparece una solución mediante la ciencia: la vacuna, que no responde ni a la casualidad ni a la magia. La ciencia nos saca del problema y nos explica el fenómeno, pero esto no se puede equiparar a una comprensión de la dinámica que comienza y se circunscribe a lo social. Son mimbres para un cesto, pero el cesto no se articula por sí solo, hay que vestirlo de estructura y estilo. El miedo a la pérdida del empleo y con ello a la disolución de la identidad, la incertidumbre por los que dependen de uno, la realidad terca del dinero, las deudas y los embargos o desahucios. El que da una receta desde la frialdad de los altos estamentos e instituciones parece no pensar en personas sino en elementos de un sistema, pero, cabe la posibilidad, de que sí piense en personas y su intención sea buena, pero esto tampoco garantiza ningún acierto. Las ciencias de naturaleza en comparación con las ciencias sociales tienen ventajas

+ Imagen: café en A Brasileira de Braga.

sábado, 15 de mayo de 2021

Crisis

Caminha
 

+ Entre todos los indicios que nos llegan a diario destacan aquellos que nos conducen a la confirmación de nuestras certezas. Los buscamos, los encontramos y los reconocemos. Necesitamos ver que tenemos razón y para ello nada mejor que salir a la caza de verdades y confirmaciones, los indicios que nos llevan hacia ellas son algo más que una cartografía, se trata de nuestra identidad. Leo en línea sobre elecciones, dimisiones, victorias, fracasos, ilusiones y engaños, puedo ver en cada una de las balizas que se elevan sobre los senderos la mano firme de la convicción y la determinación. No tengo yo esa confianza y mi tendencia hacia la sospecha dificulta que encuentre verdaderos asideros en esta materia ofertada, esa mercancía de verdad. La mercancía y la construcción de la verdad, o a la inversa: la construcción y elaboración de esa verdad que será vendida o se convertirá en moneda. La confirmación de las certezas es uno de los temas del presente, que hace que se pierdan y se ganen elecciones en el mismo sentido que un producto obtiene éxito o fracasa. Su medio natural, el teléfono móvil, que ya es más que un teléfono para haberse convertido en una extensión o prótesis del cuerpo humano. Hay que estar atentos a estos indicios difusos.

+ “… donde coincidían la historia sagrada, la doméstica y las coordenadas de la imagen proyectada a un ondulante destino.” [En Paradiso].

+ Que melancolía me produce ver a los jóvenes en las películas de Rohmer, tal es el reflejo que percibo. Así, todo ha quedado atrás.

+ (4) “El espectáculo no es un conjunto de imágenes sino una relación social entre las personas mediatizada por las imágenes”, Guy Debord, La sociedad del espectáculo.

+ Asustarnos ante los malos presagios que se asoman en el horizonte no parece muy conveniente. El miedo tiene gradaciones que se deben observar escrupulosamente. Ni temerosos, ni confiados. Los tiempos que se aproximan no serán buenos y los políticos no desatienden la estrategia comunicativa en lugar de hablar con claridad. ¿Qué política? La política es, en buena medida, comunicación. El miedo si no es paralizante, ayuda. Debemos temer la crisis que se aproxima, de la que tenemos indicios sólidos en cada una de las comunicaciones que gobierno realiza. La cuestión se circunscribe en torno a la pobreza y la necesidad, que aletea sobre la población. Subida de impuestos, reducción de beneficios fiscales, descenso del consumo. El espectáculo, el parque temático, el relato y su flexibilidad limitada. Ya lo decía Borges, como a todos los hombres, le tocaron tiempos difíciles en los que vivir.

+ No le puedes gustar a todos.

+ Ayer, tras mucho tiempo, compré dos libros. Un tomo sobre la obra y la vida de David Hockney y, el segundo, La sociedad del espectáculo de Guy Debord. A partes iguales, condicionan mi estado de ánimo. D. H. me habla de algo que me resulta muy próximo y es la alegría de la vida como juego; G. D. hace que esa misma alegría se vea sumergida en la reflexión sobre la calidad especular del todo que nos rodea, el cuestionamiento de nuestra propia vida cotidiana. Hacía tiempo que no compraba libros porque he llegado a la conclusión de que se trata de un vicio y he encontrado algo morboso [en su verdadero sentido, “Que causa enfermedad, o concierne a ella.”] en la propia compra. Sin embargo, hay un rayo de luz en la propia compra: los dos libros se convierten en importantes ladrillos del edificio que construyo, demuelo y reconstruyo a diario. ¿Quién soy y qué lugar ocupo?, veo que son cuestiones secundarias porque adquiero ese papel de observador, tan frívolo como exacto. Buenos marcadores para los malos tiempos que se aproximan. Siempre, los malos tiempos.  

+ Me asomo al Enquiridion y se inicia el libro con la distinción entre las cosas que dependen de nosotros y las cosas que no dependen de nosotros. Es interesante, parece sencillo, y ni una cosa ni la otra. Tener criterio y serenidad para distinguir lo uno de lo otro es el fiel de la balanza. Uno esto a los libros comprados y me centro en lo que propone la pintura de D. H. Ahí está uno de mis modos de ver, de entender la realidad, mediante el juego de la percepción. Lo que me gusta y lo que me disgusta, eso es algo que puedo decidir. Me centro en la elaboración artística de mis decorados, ambientaciones, atmósferas. Contribuye la música, la pintura y la frivolidad. Mientras, la crisis avanza.

+ “Disimuladamente sobresaltado, saborea un jerez con galletas inglesas.” [En Paradiso].

+ Imagen: un segmento, el cielo y la casa con las ventanas tapiadas; el domingo como ilustración, la casa y su amplia metáfora.

sábado, 8 de mayo de 2021

Papier

 

Bordeaux - papier

+ Encuentro una foto de una maqueta de Redondela, donde se destacan o se subrayan los viaductos ferroviarios (frente al gris del territorio y los edificios, pequeñas elevaciones sobre terreno, se alzan en negro las estructuras de piedra y hierro que articulan los viaductos). Es una maqueta sobria y eficaz en su labor de comunicación de un espacio y un tiempo, quizá el tiempo presente donde las obras todavía perduran. Indago y la foto y la maqueta pertenecen al CEDEX (Centro de Estudios y Experimentación de Obras Públicas). Junto a la foto, se da noticia de la historia de los dos viaductos, que caracterizan la villa, hasta el punto de que hay quien se refiere a la población como la villa de los viaductos. Dicho lo dicho, escrito lo escrito; yo paso por allí con frecuencia y los viaductos se han convertido en una compañía diaria, sin amenazas, sin preguntas, los viaductos se integran y desparecen bajo el influjo de lo cotidiano. Bajo ellos discurre la carretera nacional, mi nexo de unión. Los he observado con detenimiento en los últimos años, he reparado en su estructura y en sus perfiles, en diferentes momentos (con lluvia, con niebla, en días soleados y en días grises), bajo diversos estados de ánimo, he hecho mediciones en su entorno y, a media voz, me repito que son compañeros en lo diario. A veces creo que hay una vida oculta en los elementos que nos acompañan en esta rutina que es la vida cotidiana. En este sentido, los viaductos contienen una leyenda que se remonta a mi infancia, una leyenda de muerte y maldición. Nunca averigüé si respondía a una posible verdad o era un invento propio de pre-adolescentes. Quién sabe. Alguien afirmaba que el ingeniero fue un antepasado suyo y que, al verse en la ruina a causa por el impago del proyecto, se arrojó al vacío desde la obra ya terminada. Me impresionó en su momento y, muchas veces, cuando paso por debajo de su geometría me acuerdo del relato, sin embargo nunca busqué internarme en investigaciones, en desvelar una posible explicación a aquella leyenda, por preservar la lírica de la infancia, de la entrada en la adolescencia. Con todo, cierto es que algo hay, pues se dice que fue un ingeniero italiano el que diseñó uno de los viaductos y la empresa que encargó el trabajo se negó a pagarlo, por lo que el ingeniero se arrojó al vacío desde esa misma obra, pero sobrevivió a la caída. Lo acabo de consultar en un blog, donde se da cuenta de aquel posible suicidio. Se llamaba Pedro Floriani, pero no hay fuentes documentales que lo avalen; el autor del blog titula la entrada como “Un fantasma llamado Pedro Floriani” . Lo recordaré cuando la próxima vez que pase por debajo de los viaductos, pero quiero que se preserve el relato que en el pasado me impresionó y que durante años, cada vez que cruzaba Redondela, venía a mi mente. Son balizas en lo diario que lo revisten de una lírica necesaria y necesitada.

+ ¿Las vidas olvidadas? ¿Qué vida no tiende al olvido, ya que hasta la vida que ha llegado a la cumbre de la fama está condenada a la disolución? ¿Se desvanecen las hazañas en el tráfago de los días, las semanas, los meses, los años, los siglos, los milenios? Nada resiste la percusión del tiempo, el imperio de la nada. Pero contra esto hay que alzarse por la acción del dios del instante, el que nos puede enseñar a construir nuestros propios marcos, en nuestro propio provecho, en contra de los embates vitales. Como un libro de autoayuda, sobrevuela la sombra de Marco Aurelio.

+ La primera vez que me sucedió fue con la Sonata de primavera de Valle-Inclán. Hace unas semanas que abrí Paradiso de Lezama Lima. El milagro se ha vuelto a producir, lo que no deja de ser una ilusión y un estallido de esperanza. Mientras hay un resquicio para una prosa deslumbrante, hay esperanza. Pero una esperanza en el futuro, sino una esperanza modesta, que tiene su objetivo en la próxima página, en el próximo párrafo que se leerá, en encontrar este placer intenso y asequible, que se logra mediante el ejercicio de años de lectura y una determinada personalidad. Lo constato y me alegro; no es pequeño tesoro.

+ Me subyugan los escenarios de las películas de Rohmer. Identifico un tiempo que levemente fue el mío y se refleja en las arquitecturas, en el mobiliario y en las costumbres. Esa niebla, ese ambiente. Nunca volverá o siempre estará ahí mediante rememoraciones diversas. A mi lado, espera Paradiso. Mientras, en otro ámbito, pero, en cierto sentido, en el mismo ámbito (asunto que supone un desarrollo externo) continuo con Rohmer, La mujer del aviador. ¿Se trata de la búsqueda de un fármaco en el dominio de la narración, una narración adelgazada, sutil, donde ambas propuestas de relato se cruzan? Este es el motivo que se baraja en el paréntesis antes abierto: el desarrollo externo de las posibilidades de una narración casi inexistentes (algo que forma parte de mi principio rector, defecto del que hago/haré virtud).

+ Demasiado lirismo, poca noticia, exceso de sentimiento, contemplación y debilidad. Se reconoce en el espejo y se sitúa un paso más atrás de sí mismo. Hay en todas sus explicaciones claves que la contradicen.

+ Imagen: papel.

sábado, 1 de mayo de 2021

Abstracción - 2016 (y ss.)

Abstracción - 2016

 + Quizá mi error parte de juzgar Pauline á la plage aisladamente y no en el conjunto de obra, de la serie que propone el director. Hago esta reflexión mientras comienzo a ver El rayo verde. El universo de Rohmer, para mí, se articula en aspectos ambientales que se relacionan con los diálogos y cierta estatuaria de los actores. Ese punto inmóvil donde se establecen las posibles tensiones entre los sentimientos y las obligaciones, el tiempo primero tras la adolescencia, donde todavía esta extiende sus dominios, una madurez inacabada, estados que me resultan próximos por mis propias carencias y ambiciones. Las ambiciones no cumplidas retratan sin ambages las aristas de una personalidad. Veo a Dephine hablar de la carne en El rayo verde y creo entender o contemplar ciertas simas del pasado. Lo sumo a otros momentos en que el director propone historias que pueden parecer banales o, definitiva, irrelevantemente cotidianas. Pero, yo así lo veo, es en lo cotidiano donde reside lo nuclear de la vida, ya que no hay situaciones excepcionales, a no ser en el ámbito de lo construido, el relato de lo construido. Dejo a un lado los meandros en los que me sumerjo y regreso a la corriente del río que me conduce al mar. Hay una explicación no requerida en la yuxtaposición de los relatos de Rohmer, esta explicación me aleja de demonios que no son tales, salvo en la quiebra recién sufrida, la que ha elevado un terror sin fundamento, porque quien permite este fundamento soy yo. Rohmer, en definitiva, es un fármaco.

+ Hasta quien cometió un asesinato y cumplió su condena tiene derecho al olvido.

+ [Otra palabra, la coherencia]. ¿La coherencia está sobrevalorada? Conduzco y en un programa de radio un profesor lanza está pregunta y yo no sé contestarla. La coherencia es imposible, resuelve el profesor y su explicación me parece satisfactoria. Nunca somos el mismo, y mucho menos cuando estamos en el abismo de la soledad, enfrentados al vacío que el yo nos ofrece. El yo es cambiante y depende más de los otros y de la circunstancia que de nosotros mismos. El yo tiene una función que se confunde con la nociva aristocracia de la arrogancia y el orgullo; pues, cuánto dolor se evitaría si no nos tomásemos tan en serio. ¿Es necesaria la coherencia? Quizá esté yo pensando en términos absolutos y, como en otras ocasiones, sea un asunto gradual, donde la dosis es el éxito. Y, hila que hila, se llega, en el debate, al punto donde la coherencia se une al secreto, pues el secreto es una de las bases sobre las que la coherencia se asienta: cuando menos sabemos de una persona más coherente se nos aparece. De todas maneras, aunque no sea una meta alcanzable sí me parece una tendencia que se debe impones, a pesar de las dificultades. Y me digo, qué espeso resulta todo en este lunes de abril, mientras comienza a llover. El paisaje no necesita precisiones, es y ya está, indiferente a nuestro juicio, como un gato que solo quiere comer y dormir, como el vuelo del cuervo que se interesa por un despojo.

+ Vuelvo a Paul Weller. Este regreso pertenece a un recorrido circular que se relaciona con el estado de ánimo y con las tendencias a la tristeza, a la alegría y la serenidad. Cuando elegí el emblema, ¿busca algo, algo concreto?, me pregunto. Las guitarras son el emblema, repito como solución. Paul Weller ha empuñado el instrumento con una inteligencia y una poesía que siempre he envidiado, pero en realidad no era la inteligencia ni la poesía lo que envidiaba sin la presencia y la persona. Ahora me identifico en el momento, con la permanencia de ciertas referencias. No soy yo cuando estoy en la soledad del estudio, es un reflejo de otro que fue y no alcanzo a distinguir. La música fluye y la disolución del olvido hace su tarea.

+ Podría analizar la palabra olvido, equiparar el olvido con un fármaco, recordar aquello de que la felicidad está relacionada con tener mala memoria, podría tratar de retratar momentos y situaciones donde el olvido fue un regalo y el velo que ofreció una suerte de magia para propiciar el encuentro con el dios del instante. Podría llegar hasta este momento que el golpe de la realidad ofrece con precisión la perspectiva exacta de la vida, esa visión deletérea que se disuelve al contacto con el aire. Podría, pero no lo haré. Hoy no.

+  "Pour bien cuisiner, il faut de bons ingrédients, un palais, du cœur et des amis." Pierre Perret.

+ Oigo la canción de Los Enemigos Siete Mil Canciones. ¿El futuro? El futuro se ha desvanecido porque el futuro se igualaba a la esperanza. ¿La pandemia? No, todo se disolvió mucho antes. Una gran canción, sin duda.

+ Hoy es sábado. A las nueve y cuarto de la mañana, escucho en la radio pública el programa que semanalmente ofrece la Biblioteca Nacional de España. Habla un conservador de papel sobre la enfermedad del ácido que afecta a los libros posteriores al siglo XIX, en torno a su mitad. Se trata de que la elaboración del papel con celulosa arbórea lleva consigo la destrucción del mismo, porque hay una degradación de las moléculas que terminará por convertir este papel en un polvo amarillento (un proceso que se puede apreciar en el mismo amarillear de las páginas de los libros que atesoramos). Por lo tanto, todos estos libros que componen nuestras bibliotecas están condenados a una pronta extinción (por otra parte, ¿qué hay que no esté condenado a su desaparición?, ¿hay algo que se resista a la caducidad?). Tomo nota, mentalmente tomo nota. Hacia las doce y media de la mañana, dentro de mi investigación, abro Paradiso y comienzo su lectura, que, en principio, debía ser superficial, lo que se traduce en la visita a las páginas donde se cita a Villamediana, que no son más de dos o tres dentro de una larga novela. Sin embargo, desde tiempo atrás, siempre me he atraído por el título de la novela, la figura de Lezama Lima, por Cuba en sí misma. Son razones que me llevan a creer en la intuición, el olfato libresco y el buen gusto, mi buen gusto ¿se relaciona con la distinción o con una capacidad estética?

+vNo puedo dejar de maravillarme y unir Paradiso a  la afirmación del conservador de la BN. ¿En qué punto toda caducidad se une a la belleza, a su inasible verdad, ese rasgo de difícil o imposible concreción? La obra de Lezama Lima es una portentosa maquinaria que trastoca el filo de lo diario. No resulta fácil que esta ampulosa visión no se traslade a la vida cotidiana, ordinaria. El papel y su muerte, Lezama Lima, el sábado como artilugio para la lectura. Compases de la misma canción. Todavía no llueve.

+ Domingo: llueve intermitentemente, la tormenta ensombrece el paisaje, llueve y hay un ritmo soterrado en la lluvia. Domingo. Los gatos están tristes, llueve y la lluvia no les gusta.

+ Imagen: abstracción, 2016.

sábado, 24 de abril de 2021

Revisión

Soutelo de Montes
 

+ [Al enemigo, ni agua]. La frase o título con que se inicia este párrafo se relaciona  con el programa político que escucho en la radio cada mañana mientras hago mi ejercicio de bicicleta estática durante una hora. El enemigo es el rival político, aunque siempre flota esa máxima de que los del otro partido son oponentes pero los enemigos están dentro de tu propio partido. Yo sé que se me escapan muchas cosas y, quizá, para comprender con amplitud el desarrollo de estos discursos a los que asisto cada mañana debería tener más información y un conocimiento más preciso de los actores, pero, también, tengo otra mirada. Mi punto de vista inalterable es el del receptor, ese al que se dirige el que lanza el discurso. En este punto asisto a la entrevista a una portavoz parlamentaria y sus contradicciones son manifiestas y muy bien subsanadas con el recorte que sabe operar en su discurso. Se trata de una retórica adaptada a los medios y a lo digital, donde la comunicación es la esencia de la acción política. Lo uno y lo contrario y el ataque al rival se produce sin fisuras ni alternancias. El enemigo dialéctico aprovechará todos los recodos que le ofrezca la ocasión, el enemigo asesinará al oponente si la ocasión lo permite. Sigo con mi observación, esta "investigación del mal".

+ En Sábato está el resultado.

+ Cruzo la autovía, lo veo en la distancia y sé lo que ha pasado. Es un accidente mortal, no hay duda. Aminoro la marcha y me fijo en el dispositivo que se ha montado. En el asfalto, en el carril derecho, está la moto tirada, desposeída de su naturaleza, como si se tratase de una bestia herida de muerte. En el otro lado de la barrera, en la calzada derecha, se distribuyen los sanitarios, los guardia civiles y los empleados de la funeraria. Un guardia civil hace fotos; no alcanzo a ver el objeto de sus disparos pero supongo que se tratará del cadáver. Más tarde, en un diario digital, leo la noticia y veo la fotografía de la moto. Queda el lugar para la reflexión, para el emblema de la caducidad, el espacio vacío que deja el fallecido y del que nada sabemos y, también, así, desconocemos si llegaremos a tener noticias de su circunstancia. La vida sigue, el dispositivo se desmonta y a la moto le espera otro destino alejado del que hasta hace poco fue su propietario. La vida no se detiene y todas las operaciones parecen estar bajo un sistema de protocolos que impiden la improvisación, pero eso solo es un marco, una plantilla  sobre algo que no se deja ordenar, aunque, a veces, dé la impresión de que sí. Ayer fuer viernes y vi a la muerte pasar evaporada entre los que hacían su trabajo, los que documentaban su presencia. Comienza el fin de semana: luminoso, volátil, breve.

+ Creía que la moto herida era una gran moto, pero no es así. Posee la apariencia de una moto importante, pero no hay tal cosa. ¿Qué traducción tiene esto en la trayectoria de este cuaderno? Ninguna, salvo la constatación de los pliegues que se dan en la observación de un hecho, como yo termino derivando por ramas que se alejan del tema principal y como estas resuelven un conflicto con mi impronta en el juicio. Este irse por las ramas es característica de mi manera de entender; mejor o peor, pero es la mía. La moto resume mi idea del accidente, sus rasgos y las característica que le otorgan al motorista. La autovía continua en el mismo lugar, los motoristas la surcan con indiferencia y, ahora, puedo oír como otra moto atruena contra la atmósfera su rasgado rugido.

+ Decía Gómez de la Serna que los plátanos eran las patatas fritas de la fruta o que las violetas son las ojeras del jardín. En la radio lo escuché esta mañana, mientras hacía ejercicio. Pensé y pensé y nada dije. Más tarde, durante un paseo, en France Culture, un periodista y un profesor universitario conversaban sobre Flaubert y su espíritu burgués, aunque el profesor matizó que Flaubert era un rentista (nunca trabajó) y su religión era la perfección literaria o la literatura en sí misma, como posibilidad de perfección absoluta (algo, que sin duda, logra en Madame Bovary). Luego me encontré con una librería de lance y no entré, estudié durante unos minutos los libros que había en el escaparate y poco más. La literatura flotaba en su desorden natural, en dificultad que ofrece para ser atrapada en una definición. No hay definición porque pertenece íntimamente a la vida, en sus múltiples manifestaciones: el amor, la amistad, el odio, la política, la sociología, la esperanza, la muerte […] El día es claro y la tarea amplia; hoy toca hacer un descanso, un extraño y no merecido descanso.

+ Leo sobre la historia de la lengua francesa. Es una vieja espina que me llevó a adquirir un librito para estudiantes de bachillerato donde se describía muy bien su nacimiento y evolución, cómo se fijo, qué supone la institucionalización de cualquier lengua. El libro que tengo en las manos es muchísimo más denso y específico, y la espina sigue ahí clavada, ya que es algo que se relaciona más con el carácter y sus meandros que con el conocimiento. Ahora lo sé, antes no. Hoy leer sobre el tema es un placer, en el pasado era una manera de constatar ciertas debilidades, la apariencia contra el solido grupo de saberes y certezas que se hunden en humillante barro en que se resuelve la falta de amor propio.

+ Acabo de ver Pauline á la plage y no. No me ha gustado, en contra de la últimas películas de Rohmer que había visto. Sin embargo, sí ha funcionado como un catalizador porque me ha hecho recordar tiempos pasado, en ese simulacro para darle una explicación al presente. Recordé a un profesor de guión cinematográfico, recordé una amistad de aquel tiempo que se diluyó en un Londres que desconozco, recordé tiempos que parecía felices y no lo eran, o ni siquiera se trataba de la felicidad. Era, tal vez, un cierto confort que me arropaba y hoy prescindo de él por convicción. Poco importa la película, poco importa el pasado; nada permanece y solo el presente es palpable. Reconstruyo experiencias y visiones para no llegar a ningún punto, la película me ha hecho ver que lo que un día me gustó hoy me deja indiferente, esto debería saberlo, sin embargo, cuántas formas hay de llegar al conocimiento que se muestran inesperada y súbitamente.

+ Imagen: una tienda de muebles, una tarde plomiza.

sábado, 17 de abril de 2021

Hic et nunc

NOtas MNCARS

+ Al fin descubro quién es el arquitecto de unos edificios en Madrid que siempre, desde la primera vez que los vi, llamaron poderosamente mi atención. Están situados los edificios en la calle San Bernardo y tienen esa conjunción entre hormigón y vegetación que tanto me gusta. Brutalismo y vegetación. El arquitecto es Fernando Higueras. Leo su biografía, las anécdotas sobre su persona, leo sobre su obra. Desata mi curiosidad lo que él denominó rascainfierno. El rascainfierno no es otra cosa que la casa que para sí construyó y que consiste en unos huecos en el terreno que se recubren de espesas losas de hormigón, donde la luz penetra desde las alturas. Veo las fotos chez lui y no puedo menos que quedar muy gratamente impresionado, con el deseo de visitar esos espacios (algo que es posible una vez al año, en la semana de la arquitectura que se celebra en Madrid). Ahora allí hay una fundación dedicada a la figura del arquitecto. Lo sé, este es un tema no resuelto: mi relación con la arquitectura, mi gusto por el espacio y sus proporciones, la luz y las sombras, mis prescindibles dudas si en un sentido hegeliano es arte o no es arte la arquitectura. En fin, las viviendas de las que hablaba al inicio forman parte de una cierta educación sentimental, forman parte de largos paseos orlados de interesantes conversaciones; por ello siento una querencia natural a su volumen y al espacio que ocupan en la glorieta de Ruiz Jiménez. Y hay algo más que también ha llamado mi atención: se trata de viviendas militares. Cuando de esto último me entero, me pregunto la relación que puede haber entre estas viviendas y las que hay en Pontevedra, en General Rubín, que son obra del arquitecto Bar Boo. Entre ambas se establece un puente que va de mi infancia a una tardía juventud, donde se dan ensueños de vidas posibles que tienen más de la novela de la vida que de proyectos vitales. La narración se obliga a sí misma en los espacios, la ordenación de los espacios si no es arte, tampoco importa mucho para el relato de esa novela de la vida.

+ El café me posee; más que una debilidad, es un enamoramiento. No se trata de una droga, sino de una comunión necesaria que se produce a diario. Negro, templado, abundante. Es el sabor y es el efecto, ambos me trasladan a un mundo soñado. Esa leve tensión entre lo amargo y el nervio que despierta. Siento su color y su fuerza, atenaza la lectura y la espolea. Nunca neutro, siempre en nuestro bando. Hic et nunc.

+ El sustantivo autenticidad y el adjetivo auténtico me suscitan problemas sobre su empleo, su contexto de uso, la distribución posible de su posible significado. ¿Qué es lo auténtico?, me digo en la tarde lluviosa de abril, en la soledad de la lectura, con el telón de fondo de la Radio Clásica. Decido recurrir exclusivamente al Diccionario de la Real Academia Española. Allí encuentro varias posibilidades. La última acepción del DRAE remite a que lo auténtico es la copia autorizada de “alguna orden, carta, etc.”, la entrada previa habla de certificación; ambas parecen coincidir en lo mismo: la autenticidad se constituye mediante el vínculo más o menos institucional de las copias, a lo que podría añadir que si hay copias es porque hay un original, que resulta ser el auténtico. Ninguna de esas acepciones me satisface en este momento para mi propósito. Hay dos acepciones más que tampoco se ajustan a mi indagación. Es en la segunda acepción donde se haya el núcleo de mi impulso: “Consecuente consigo mismo, que se muestra tal y como es.” Y se ejemplifica con una contundente frase que resume muy bien la idea que yo tengo: “Es una persona muy auténtica.” Ahí está la solución a mi dilema. Cuántas y cuántas veces habré yo oído pronunciar aquello mismo de “es auténtico”, en referencia a un músico, escritor o personaje de la noche, una nueva amistad o a una estrella fulgurante en las aulas, con incierto destino y atractivo indudable. Auténtico es un calificativo que eleva al sujeto a un endiosamiento enraizado en la distinción. Es ahí donde llego porque es a donde yo intuía que quería llegar, a la distinción. Una vez más, la distinción. Criterios que establecían impermeables fronteras entre el buen y el mal gusto, lo adecuado y lo inadecuado, reglas que se adquirían en un equívoco ambiente snob de finales de los ochenta. Todo esto de la autenticidad está muy relacionado con una necesidad de poseer rasgos que conformen una personalidad y una cultura. La creación del personaje, sus modos y su atuendo. Creo entender que he acotado el significado que buscaba y veo que todo ese mundo se desvaneció y los restos del naufragio se hacen materia mediante esta vena auténtica, que ahora sólo es una arqueología; algo que ya nadie recuerda, que, quizá, nunca existió. La identidad rota que no se puede recomponer, el error no es transparente.

+ Recojo las velas en que su prolongación son una veleta, como de la trompa la prolongación es la trompeta. Pensamientos y reflexiones sobre la morfología del momento, que no un intento ni una ilusión sino entretenimiento pasajero sin consecuencias. Hic et nunc.

+ Imagen: notas en una biblioteca, tal vez.

sábado, 10 de abril de 2021

Mil quinientos años

Porto-2016

+ En el ordenador veo un vídeo de un chalet abandonado. Se trata de una propiedad que perteneció a un hombre que ascendió fulgurantemente y cayó con estrépito (tanto en su ascenso como en su caída, las circunstancias fueron oscuras, propias de la crónica negra y con una importancia que se revela en el tránsito empresarial y político de los inicios del siglo XXI). El hombre falleció a los 54 años hace relativamente poco tiempo. Sin entrar en la caracterización del personaje, resulta de interés fijarse en la disposición del chalet abandonado, en la piscina invadida por el liquen y las hojas en putrefacción, en otras partes de la propiedad, que ha sido tomada por la maleza y por  los grafittis. La más que palpable ruina del chalet atesora en sí una enseñanza. Un ejemplo, a la manera medieval. Una vanitas, tal vez.  La cámara avanza hasta lo que un día fue un enorme salón abierto sobre la ría y la vista es hermosa pero ahora todo es humo, o menos que humo. Nada permanece, aunque cabe pensar qué ha sido de aquel presente, de este que nos pertenece, al que pertenecemos. Pasará a ocupar ese lugar en la nada y en la nada es donde se resuelve la cuestión, que valga el ejemplo para lo que ahora valoramos.

+ Se mece la tarde en La Quinta de Mahler, en su adagietto.

+ Con respecto a lo anterior y sin la confianza necesaria para saber si hay una relación con ello y lo que voy a exponer, regreso a una idea muy vieja que anidó en mí hace mil quinientos años, al menos mil quinientos años. Se trata de la íntima correspondencia entre el verano, las vacaciones y el amor, el amor de verano, el amor en el inicio de la juventud, la primera juventud. Todo ello deviene de que he visto Cuento de verano  de Eric Rohmer y se ha materializado esa vieja idea, o, más bien, ha regresado como particular manera de entender el presente, como un locus propicio para explicar nuestra época y la trayectoria de mi tiempo y educación sentimental. Aunque la película tenga ya veinticinco años de antigüedad, para mí posee una capacidad de explicación impagable. ¿Soy yo o es una manera de entender el mundo y las relaciones personales? ¿El amor, la amistad y la forma de ganarse la vida? ¿La idea de la vida sometida a los dictados de la narración cinematográfica, la fotografía de la misma, la concatenación de diálogos, el atuendo y la elección de adminículos destinados a erigir nuestra idea de distinción? Ay, la distinción en los sentimientos y en nuestro ropa, en nuestros gustos literarios y en una posición política y social. ¿Todo humo?

+ La relación entre los dos primeros párrafos gira en torno a la melancolía que se produce tras la clausura de las vacaciones de verano, como si de una edad perdida se tratase. En el primer caso, la ruina en la que se convierte la ostentosa casa de la playa tiene una calidad de emblema, de ejemplo medieval, como dije, una vanitas; en el segundo caso, la relación es íntima, se trata de la construcción de la persona que soy, determinada por un ensueño romántico propio de los años ochenta del siglo pasado, donde se dan cita letras de canciones, novelas y la necesidad de un proyecto vital imbricado en esa misión que es lo distinguido. Ambos apuntes me indican cómo se construyó y articuló nuestra propia educación sentimental. Así, suenan canciones y vemos películas. Jóvenes demasiado impresionables, venenosamente inclinados a la influencia pedagógica de pedantes emisoras de radio, soberbios relatos de lo correcto e incorrecto. ¿Desclasados?

+ “… la distanciation est la condition de la compréhension.” Paul Ricœur.

+ Finalizado El lazarillo. ¿Qué poso queda, qué distancia establezco con el texto, como si la distancia fuese posible? Se niega la comprensión o establezco yo un límite entre mi entender de hoy con lo que había entendido en tiempos pasados, escolares, académicos o en conversaciones sobre lo que es un relato, una historia, un discurso. El agrio dibujo de la naturaleza humana se resume en la ambición, la avaricia y la lujuria. Los pecados capitales son más una suma de rasgos que un catálogo de culpas a redimir. Sumo y sigo. Pero tampoco es posible, ni necesario, resumir la condición humana en la relación de los pecados, veniales o capitales.

+ Mi pecado venial, la indolencia, la acedía, a la que, en breve, me entregaré con apasionada indiferencia.

+ Para mí, Cuento de verano no terminó en el momento en que terminé de ver la película, ese momento cuando Gaspard se aleja en un barco con dirección a La Rochelle. Todavía la historia palpitó durante días, como si yo retornase a un pasado paralelo a la película, algo que me pertenece y que no me había percatado de su existencia hasta ver la película la otra tarde. No considero que se pueda denominar un rasgo de identidad porque en ella no creo, sino que, al contrario, es una disolución de la persona en un grupo, como si me incluyese en ciertos presupuestos que comparto con los personajes, una congregación de snobs. Por ello, me parece magistral la manera cómo se cierra la película sobre sí misma, ya que se constituye en una narración perfecta al establecer el verano como un cronotopo indiscutible y moralizante. Este cierre perfecto es algo más que simbólico, ya que otorga significado a la aparente irrelevancia de los hechos. Se inicia la cinta con la llegada de Gaspard a Saint Lunaire y Garpard y finaliza cuando Garpard se va de Saint Lunaire en el barco que lo conduce a La Rochelle para buscar el multipistas, al tiempo que rompe toda posibilidad amorosa [al menos, aparentemente]. Todo queda ahí, en el paréntesis que abre la llegada y cierra  la partida del joven. Poco sabemos más allá de lo que contienen esas jornadas de verano. Sin embargo, en este fragmento de vida se dan cita algunas verdades sobre el amor, la juventud y la delgada línea entre el amor y la amistad, entre la amistad y el amor; sobre ambas realidades impera la pulsión de la juventud como expresión de un tiempo, la sentimentalidad como concreción de una ideología, sin duda, burguesa en sus diferentes niveles, burguesía a la que pertenece o aspira Gaspard y las muchachas, aunque, quizá, todavía no lo sepan. Queda tras la estela de los leves acontecimientos una sensación de verdad y lejanía, la juventud que nos quedó atrás y se articuló mediante una premisas similares a las que condicionan al protagonista. La música, el arte, la conversación, el paisaje, la aventura veraniega que terminará con el regreso a las obligaciones, el verano como tiempo en suspenso, la alegría y la melancolía, el amor y su imposibilidad, el amor como espejo para el joven, un amor que se mantiene durante ese fragmento de vida. Veo los paisajes y me reconozco en ellos, veo a las protagonistas y siento la  posibilidad de sus enamoramientos, veo a Gaspard y creo reconocerlo, aunque, todavía, no estoy seguro. Una vez estuve allí, pero se ha desdibujado. Ya, pero, me digo poco antes de entregarme al hermoso vicio de la pereza, de todo esto han pasado ya mil quinientos años.

+ Otro cuento de Rohmer: Cuento de otoño. Hay una proximidad estética, paisajística y moral; sería algo cercano a un habitus deseado, no alcanzado, que se materializa en una burguesía ilustrada, lectora, amante de la música, socialdemocrata, un tanto snob, un tanto arrogante. Yo no estoy ahí, pero comparto demasiadas cosas con ellos.

+ Imagen: Oporto, quizá en 2016 o en 2017; foto que se seleccionan y no dejan de ser un recorte del pasado, un recorte sobre los recuerdos.

sábado, 3 de abril de 2021

Fuerza y ambición

Duplicado

+ Dice que le faltó la fuerza y la ambición. Lo escuché en la radio y me quedé pensativo; mientras, conducía. La fuerza se puede equiparar a la capacidad, algo sobre lo que últimamente dudo. Como si carecer de las capacidades necesarias fuese algo que se elige, como si se tratase de una suerte de buen gusto comparable a escoger la corbata adecuada para la ocasión adecuada. En el mismo plano puedo situar la ambición o la voluntad de ser, de erigirse en el que se ha soñado ser. Estas dos caras del mismo objeto se me presentan con reiterada frecuencia. La fuerza y la ambición se reflejan en las carreras de éxito, pero estos rasgos no son muy diferentes a la belleza o al oído musical. Has nacido con ello, pero no hay mérito en ello. ¿El mérito? ¿La falta de fuerza y la falta de ambición? Nunca han estado ahí por mucho que el protagonista se haya empeñado en que estaba en su mano cambiar esos condicionantes del destino. Quizá fuese más fácil pasar de medir 1,68 a medir 1,85.

+ Recupero a Blanquerna. ¿En la estela de Tristán e Iseo? En un cierto sentido, sí.

+ Me adormezco mientras imagino castillos, puertos y destinos propicios para un caballero y su séquito. La imaginación es un bálsamo para el sueño. Me concentro y puedo ver aquellos paisajes que un día contemplé. Todo queda atrás, se ciñe a su propia caducidad y veo que nada se puede hacer contra ello. La fuerza y la ambición se manifiestan una vez más, como una cantinela de la que es imposible huir, con la que nos encontramos a la manera de un balance o dolor de los pecados. Vana tarea, mientras me adormezco y triunfa el caballero sobre los dragones del arrepentimiento.

+ No he tocado Blanquerna, queda postergado pero no en el olvido pues tarea es terminarlo y que sume en esa nómina que se va construyendo con una suerte de series de lectura. Sin embargo, y en esta serie, se incluye El conde Lucanor. Tramo a tramo, investigo en el didactismo, su enfoque y proyección en su tiempo y su vigencia. Los consejos, la sabiduría, el obrar, la función del ejemplo y su circunstancia se me aparecen en la sala de espera; leo en papel mientras otros consultan sus teléfonos y eso es extraño, hoy es extraño y propio de otros tiempos. La sala de espera, Don Juan Manuel, la construcción de mis espacios y tiempos de lectura. Me alejo de mis obligaciones con esta lectura, pero esta lectura me sana. La salud que aporta el ejemplo, el vasallo retirado que precisa consejo y el contraste con su contradictoria biografía. Me centro en el ansia de salvación, el poder, la gloria y me lanzo hacia la pregunta de la semana: ¿fuerza y ambición? En el libro ambos polos se manifiestan a cada tramo, porque sin ellos la pregunta del conde a su criado Patronio carece de sentido. Su propósito no es ingenuo y los debates planteados son debates de poder y dominación. En ese ámbito político se debe leer porque esa es su literalidad, lo que no impide otras lecturas. Lecturas que se manifiestan en el presente personal y delimitado. Dejo constancia de lo que leí en la sala de espera mientras a mi padre lo atendía la fisioterapeuta en la segunda sesión semanal de rehabilitación.

+ El pop como ideología ve su declinar. Esta atardecer de la vida resta fuerza y ambición a lo que un día fue emblema estético y hoy se diluye en el nihilismo pandémico. ¿Se recuperará aquella joie de vivre?

+ La función moralizadora de los ejemplos flota en el aire, donde los días se cruzan con el paisaje. No se trata de reflexionar sobre lo leído, sino de hacerlo parte de un interior oscilante que se construye y destruye a diario, en una constante mudanza. Siento esa intensa tensión entre lo vivido, lo no vivido y lo por vivir, se trata, tal vez, de una oscilación entre el deseo y la realidad, su culminación y el aprendizaje que la edad otorga. La función moral de El Conde Lucanor se ciñe al gobierno y al poder, al papel del aristócrata medieval castellano, así lo recoge y con este contexto lo leo y lo someto al criterio interior. El paisaje me muestra que hubo otros tiempos y otros habitantes, que somos poco menos que una pluma sostenida por el viento como lo fueron aquellos que ahora rememoro. Esto último, quizá, sea la enseñanza que extraigo mientras espero en la sala que antecede a la consulta de rehabilitación; también esta sala esta sumergida en ese río que es la historia, el desvanecimiento de sus protagonistas y su rastro discursivo, lo único que queda. ¿Y la vida de la fama? ¿La estela de la fuerza y la ambición?

+ Mientras escribo, suena la 5ª de Mahler.

+ En la recámara de lectura: La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades

+ Imagen: un duplicado siempre pierde algo, el original se impone y la pérdida determina la condición del primer objeto: aquí está la relación entre un viaje y su plasmación en la foto, en los residuos de lo diario, lo cotidiano, la calderilla de la vida, que, quizá, sea el único rédito posible.

sábado, 27 de marzo de 2021

Conjuros

 

Rombos en Madrid

 + Los protocolos son uno de los rasgos propios de nuestra época. Lo veo cuando asisto a un curso mixto (mixto significa que una parte es presencial y la otra en línea) sobre prevención de accidentes en el ámbito laboral. Mi primera toma de contacto me muestra que todo ha sido previsto y no hay lugar para la improvisación. Una persona dice que los vídeos son siempre los mismos; a lo que se podría añadir que también el profesor, los alumnos, la observaciones de estos últimos son las mismas. Hay una tendencia innegable a la reiteración especular que se manifiesta en gestos, atuendos o maneras de expresarse. Todo se repite uniformemente, como un programa dado. Es un rasgo definitivo y definitorio, la igualación, la reiteración de los movimientos y los espacios. El manual, la explicación, el examen. Todo segrega una identidad neutra, a la que tendemos tanto en las opiniones como en los dictámenes. Como si se tratase de módulos dentro de un sistema modular donde lo intercambiable solo es posible mediante la equiparación. No sé si me produce melancolía o indiferencia la realidad apreciada, pero lo constato como si se tratase de un conjuro.

+ Un poema de Valle-Inclán en Claves líricas, “Clave III - La rosa hiperbólica”. “- Soñé laureles, no los espero, / y tengo el alma libre de hiel. / ¡No envidio nada, si no es dinero! / ¡Ya no me llama ningún laurel!” Hay un cierto cinismo que me recuerda otros momentos de la vida, pero ahora ya no sirve. Se ha desmoronado aquella seguridad y ha dado paso a esa certeza de la renuncia. No me gusta la conexión entre esta lírica y un acento biográfico. El descanso es el olvido, la disolución y la frontera entre el yo y los yoes posibles, aquellos que, quizá, nunca emergerán, salvo en los sueños o en las pesadillas.

+ ¿Tienen los paseos en coche efectos terapéuticos? En mi caso, sin duda. ¿Hay un placer más grande que conducir bajo el mano agradable de Bach, de una otra selecta electrónica, de canciones bien rimadas, bien engastadas en la historia y en el tiempo? Cuando el día decae en el final del otoño, con las luces dibujando senderos rojos en el frente, conforme avanzamos, se siente un filoso acercamiento

+ Cabe preguntarse por el porqué uno hace fotos, cómo las hace y cuándo. Responder las tres cuestiones entraña una proposición de análisis, la analítica del yo, algo que cuestionar y algo que describir. El porqué se ciñe a mi educación sentimental y afectiva, a la admiración que sentía cuando era niño por las fotos y los fotógrafos que había en mi familia, que no eran otros que mis tíos; la amistad con K. fue reveladora y me inspiró con las viejas cámaras de su abuelo, también con la primera EOS que vi, en un viaje a a Portugal, a Oporto; luego, cuando hice el servicio militar, aprendí algunos tecnicismos, pocos, que me han servido hasta hoy. ¿Por qué? Por un cierto erotismo de la imagen, por una idea de transformación de lo cotidiano; ese plasmar vértices y aristas, momentos y los romos e inconsistentes detalles de lo diario. El cómo que está respondido en la frase anterior: la vertiente que se esconde en lo cotidiano. ¿El cuándo? Variable, pero persistente en los viajes. En los viajes busco los desplazamientos y el zócalo sobre lo que se eleva lo que considero cotidiano, en un sentido más narrativo que documental. Las tres cuestiones tratan de indagar en el sentido que podrían las imágenes que aquí voy insertando, pero este sentido no es un bloque monolítico y estable, sino que resulta ser informe e inestable, como la vida en sí misma. Finalmente, hago fotos porque es una actividad placentera y de ahí deriva todo.

+ Conduzco. Salgo de Pontevedra sin rumbo pero, finalmente, me dirijo a Vigo. Pienso en aparcar, pero desisto y cruzo el Puente de Rande y encaro el corredor del Morrazo. El día es claro y la radio me informa sobre virus, estrategias de lucha contra la pandemia y el cambio climático. Los otros coches son tan similares entre sí. La radio es Radio Cinco, todo noticias. Cuando salí de Pontevedra conecté el equipo de música al teléfono para escuchar algo en francés, lo dejé y tomé una de las emisoras francesas de rap. Para pensar la conducción es un catalizador, eso creo. En soledad, mientras asoma la primavera, observo, sin dejar de prestar atención al volante, la ría y pienso en mi situación actual, en el cambio y cómo este es la razón que explica el desarrollo vital y social, también histórico. El cambio. Primavera, verano, otoño, invierno. Las estaciones, la noche que sucede al día, la edad madura a la juventud, la vejez a la edad madura. Conduzco y me centro en una música de bandoneón. Es algo de Astor Piazzolla; me devuelve una sugerencia de cosmopolita fantasía, unas ideas recibidas tiempo atrás, quizá en la infancia o en la adolescencia. Resulta agradable. Sin conocer el porqué, que quizá no lo haya, me he traje El sueño de Polífilo de Colonna; dormita en el asiento del copiloto durante todo el viaje. Ya no es la ría de Vigo, es la ría de Pontevedra. Me deslizo por la carretera con calma, sin prisa, relajado y centrado en la conducción y las noticias que ofrece la radio. De regreso a casa, paro en el hipermercado y hago unas compras. Cojo el coche, otra vez, y noto que ha habido un proceso de limpieza operado por la conducción y los reportajes sobre virus y cambio climático, la música y el paisaje, la primavera y el cielo despejado. El sábado se desvanece y otra semana palpita en el calendario.

+ ¿De dónde sale la ilustración de la semana anterior, me pregunto con fingida ingenuidad? ¿Era un lienzo, una instalación o un algo que estaba en la calle, parte de un grafiti, de una publicidad o de la decoración de una tienda? No lo recuerdo, y digo mi verdad. Sé que fue en Oporto hace ya unos años, pero poco más. La cámara es un extraño artilugio que da sorpresas, incluso, desde el pasado. ¿Tiene vida propia la cámara? La cámara, y por extensión las fotografías, son carne pretérita, todo en ella se toma la dirección del entomólogo que fija con un alfiler a la mariposa contra el corcho. Tal vez se trata de una arqueología, un fino instrumento que nos permite atrapar lo que el tiempo nos hurta. De una manera no consciente se fosiliza el instante, se hace materia lo que solo es humo, dispersión, una desvanecida realidad que se ha evaporado hace nada. La nada y la foto se unen en esa calidad de asombro ante lo perdido y que aletea en la imagen que se nos ofrece. Ahí está, como una baliza, la imagen de la semana anterior, todas las imágenes que ilustran esta humilde bitácora, que soy yo, que es mi reflejo, el que fui y el que seré, porque el presente es obra del pasado y diana del futuro.

+ Qué terrible maldición: te concedió la inmortalidad, pero no la juventud eterna, para, finalmente, transformarte en una cigarra condenada a vivir por siempre. Ay, de los deseos cumplidos.

+ Imagen: durante un paseo, hacia lo que se desdibuja, lo que se embosca.

sábado, 20 de marzo de 2021

Relaciones de buena vecindad

 

Recorte

 + Avanza, capítulo a capítulo, la lectura de Tristán e Iseo. Encuentro un placer remoto en su lectura, en la evocación de momentos que había olvidado. Por ejemplo, hace años, en casa de mi abuela, mientras leía en verano a Valle Inclán, la Sonata de primavera, percibía una cierta calidad del texto, una armonía entre las imágenes y la prosa, algo que desconocía. Ahora mismo no sabría acertar a decir si esto fue positivo o negativo. Lo recuerdo y Tristán e Iseo arrojan una luz sobre el pasado que ilumina recovecos desconocidos, insospechados. Veo en ello que continúa una representación del pasado que tiene mucho que ver con el balance de lo vivido y no me gusta. Prefiero un presente diáfano y sin exámenes de conciencia, pero sé que eso no es posible en este momento, por el momento.

+ La marea extiende los restos del naufragio a lo largo de la playa. Los veo y no sé qué decir. Ya no me pertenecen y lo que fue ahora no es, salvo en el recuerdo, pero ya poca cosa vale, aunque su significado y peso sean grandes. Los paisajes que me ofrece Tristán e Iseo me trasladan a Normandía, donde un día estuvimos y ahora se ha ha convertido en un lugar de fantasía que no es posible más allá de los sueños. Toda esta conjunción junto la lluvia me entristecen, pero no es la agradable tristeza del spleen, sino una bruma pesada contra la que luchar. El viaje diluido ya no marca horizontes y la lluvia y los recuerdo, el peso de las aventuras de los dos amantes me muestran un sentido que pertenece a una vida que no he vivido, que no es la mía sino una alteración perceptiva. No hay nada más que lo que ante ti tienes. Leo, escucho y pienso, quizá piense demasiado y sé que eso no es bueno. La operación de restauración es compleja y me deja un tanto traspuesto, la lluvia no ayuda mucho y el naufragio todavía está presente.

+ He insertado dos veces una foto, se ha duplicado porque ilustra dos entradas. Se trata de la portería de fútbol en un descampado en Ávila. Es significativo que entre miles de fotos haya unas determinadas fotos por las que muestre un especial interés. Lo apunto y dejo la elección en su lugar.

+ Escucho, en línea en el coche del trabajo gracias a la conexión bluetooth entre el teléfono y el aparato de música, una conferencia del Collège de France que pronuncia William Marx, la conferencia es sobre bibliotecas y su orden, los posibles órdenes. De entre lo mucho expuesto, me quedo con la idea de la caracterización de la biblioteca mediante la relación de vecindad, de la buena vecindad entre los libros. ¿Dónde se sitúa tal libro, junto a qué otros libros? Pienso, entonces, en una posible sintaxis de la biblioteca, donde cada ejemplar sería un sintagma y las relaciones sintagmáticas esas proximidades y aquellos alejamientos. Estudio cómo he dispuesto mis libros y entiendo que la reflexión sobre su colocación da pie a una idea sobre mi manera de entender lo leído y lo que queda por leer, lo que venero y lo que he olvidado, la reunión de material y su dispersión. Los libros hablan muchísimo de nosotros, incluso cuando en una casa no hay ninguno o lo que hay no merecen la pena. Relación de buena vecindad, apunto.

+ [Viaje a Vigo]. Debo comprar un regalo y me dirijo a Vigo. Conecto la radio, pero resulta imposible sintonizar adecuadamente Radio Cinco; desisto y pongo Radio Clásica, aunque la dejo rápidamente, pues van a entrevistar a dos jóvenes estudiantes en Viene, dos brillantes mujeres, sin duda, pero no me interesa; abandono la Radio Clásica y me paso al CD de Kurt Weill. Un aliento de cabaret tiñe la atmósfera de la nublada tarde de sábado. Viajo solo. La conducción es agradable. Cruzo el puente y me doy cuenta de que hace meses que no lo cruzaba. No hay ninguna sensación, salvo la que me transmite la música de K. W., que no es, precisamente, de una baja intensidad, aunque sea esta recóndita y subterránea, privada y acogedora. Aparco y siento esa punzada del futuro [ese desfase entre el presente de la juventud y el presente actual que sienten los viejos; no soy cínico, sin embargo, no me queda otra opción]. Salgo a la calle y noto que mi cuerpo responde muy bien, estoy en una envidiable forma física: delgado, ágil, fuerte; la hora diaria de bicicleta estática me rescata de los abismos del sobrepeso: bien. Entro en El Corte Inglés, me dirijo al Club del Gourmet y hago mi compra: dos botella de aceite de extremada calidad, premiado y biológico. Todos estos movimientos y acciones que realizo me traslada a la prosa y a la poesía de Houellebecq, sin llegar un punto estético sino a un centro existencial y angustioso: los rostros tras las mascarillas, los dependientes, los clientes, las personas que me cruzo en la sección de perfumes, la salida a la calle, esa horrible galería que han instalado en la Gran Vía […]  Me siento huraño y hosco, cínico y viejo. No digo nada y trato de centrarme en el regreso al parking. No lo hago, porque el último momento decido ir a la Casa del Libro. Curioseo y todo está ya sabido, no tengo ilusión, aunque por un momento estoy tentado a comprar una novela o un ensayo. No compro nada y observo a una madre con su hija, ambas han seleccionado libros que sostienen contra su pecho, libros que luego pagarán, que leerán, que aportaran ilusión o desidia, quién sabe. Como un poema que tiene su eje en lo cotidiano, salgo de la librería sin nada y me dirijo al parking. No pienso, solo camino. Me doy cuenta de que tengo tantos libros que carezco de tiempo para leerlos todos. No es posible. O si hay una posibilidad estaría esta subordinada al abandono de mi trabajo remunerado y entregarme a jornadas lectoras de ocho o nueve horas diarias: absurdo. Debo repostar combustible y me apetece una Coca-Cola. Salvo de la ciudad y paro en la primera gasolinera que encuentro. Me atienden con amabilidad, me ofrecen una aplicación para el teléfono que me dará descuentos, tomo el folleto y asiento. Salgo y emprendo el regreso. La conducción es agradable. ¿Un viaje? No ha pasado nada especial, salvo la calma y la distancia que he percibido, me caracteriza los momentos pandémicos y me digo que tal vez de eso se trate: conducir plácidamente, ponerse la mascarilla, comprar, repostar, ver libros, ver gente, no pensar, pensar, recordar, olvidar y volver a coger el coche. La nada se presenta y yo la saludo. Hoy he terminado Tristán e Iseo.

+ Mientras, en este tiempo extraño, me obligo a escribir, que es el trabajo más importante de la investigación. Extraña vida la mía.

+ “Conozco la vida, estoy acostumbrado. Confesar que uno ha perdido el coche es casi excluirse del cuerpo social; decididamente, aleguemos un robo.” Ampliación del campo de batalla, Michel Houellebecq. Sin haberlo previsto, comienzo la relectura de la novela de M. H. Recuerdo que en sí el título me había llamado mucho la atención; en francés, mucho más: Extension du domaine de la lutte.  Hoy, en la librería, la vi por 6 € en francés y pensé en comprarla, pero me dije que no. No sé, ¿me estoy volviendo tacaño? [eso me lo dijo alguien en el Ministerio: “con la edad te vuelves tacaño”, podría ser, pero no tiene mucha importancia; lo que sí es cierto es que soy reticente a comprar libros, hace meses que no compro ninguno y esto es algo que se ha instalado para quedarse, creo ahora mismo, en este preciso momento]. He leído ya veinticinco páginas y sé que voy a continuar. Lo sé, me entrego a ese mundo porque hay algo mío en él, porque tiene un extraño poder narcótico que tanta falta me hace en este momento. Vuelvo a copiar la cita: “Conozco la vida […]”

+ Mientras continúo con la lectura de Ampliación del campo de batalla el día comienza. De repente, súbitamente, recuerdo una anécdota que había contado un tío mío en una comida. Se trataba de una presentadora de televisión del informativo regional. Su marido era un artista bohemio, hijo descarriado de la burguesía compostelana. El artista sin más profesión que su arte invendible le dio por hacer un mural o un fresco en el salón de la casa que ella había adquirido. Ella volvió del trabajo muy tarde, se metió en cama y no fue hasta mañana siguiente cuando vio el mural. Aquel día se terminó el matrimonio. Yo cuando lo oí no creo que llegase a los doce años. Me quedó la anécdota grabada y ahora la recuerdo mientras leo a Houellebecq y es como si la novela de M. H. arrojase luz sobre aquel cuento moral. Porque se trata de un cuento moral donde la cabeza muerde la cola. La burguesía arroja las excrecencias de la burguesía fuera de sus dominios. Mi tío, en aquel momento, lo comentaba como una extravagancia incomprensible para él, un empleado de banca que creía en cierto orden, ornato e higiene. Yo lo tomé por otro lado, como un signo de distinción. Hoy sé que la suma de las dos posiciones acerca el hecho a un punto de no retorno, allí donde se puede comenzar a comprender una época. La Compostela de finales de los años setenta del siglo pasado. Qué antiguo resulta hoy todo aquello.

+ Terminé Ampliación del campo de batalla.

+ Imagen: un recorte, una pared, un algo que se queda en el aire y no se llega a atrapar.

sábado, 13 de marzo de 2021

Las paradojas (?)

Blur
 

+ Hablo con K. sobre La posibilidad de una isla, de Houellebecq. Hablamos sobre el presente, sobre la pandemia y las maneras de comunicarse que tiene la política actual. Le damos vueltas a la identidad y las convicciones políticas que se ven guiadas por el lugar que se ocupa por clase, pero también al adverso de esta realidad: el voto que va en contra de los propios intereses. Veo el reflejo en nuestra conversación de que el triunfo va unido al carácter y es el carácter el que determina la trayectoria [cuántas y cuántas veces habré repetido esto]. Poco recuerdo de la novela de Houellebecq, pero hay un aire que palpita, que condiciona la conversación. Es una idea de realidad que me fascina, que tiene que ver con un hiperrealismo plasmado, quizá, en la maqueta. La maqueta como medida de todo. ¿Una maqueta uno-uno? La trinchera de lo diario, el amor, la fe, el escrutinio de las noticias, el velo de un fantasma llamado actualidad. Se confundo lo actual con lo histórico, y lo histórico se desdibuja.

+ En la línea de lo anterior, observo con atención y distancia cómo se construyen las biografías. Esto solo es un intento de comprensión que sé, de partida, que será fallido, pero, al mismo tiempo, me dará guías para tratar de establecer unos puntos donde apoyar mi visión, la idea que de las cosas tengo. Las biografías. Me detengo demasiado tiempo en ello y no es bueno, me digo pero tienen un rédito, una proposición de espiral que podría arrojar luz sobre el momento presente y sus derivadas. La necesidad de una explicación, una necesidad que es consciente de que no es posible tal explicación. La idea de triunfo va unida a una serie de rasgos del carácter que permanecen bajo la superficie pero que resultan determinantes. Yo no los posee, los que me tienen aprecio tampoco. Una manera de ser, una manera de obrar. Presentadores de televisión, directivos, ilustres profesores universitarios, empresarios, abogados, cocineros y actores, directores de cine o directores de museo. Las biografías que nos ofrecen en la televisión, en la prensa, en la radio, son biografías de personas que han triunfado. Así, vemos documentales sobre destacados chefs, sobre su trayectoria, pero yo echo de menos una historia sobre el que lo intentó y sólo gestó ruina. No es posible, el espectáculo va por otros caminos. Sí, es cierto, también hay lugar para la crónica del fracaso, pero no se trata de una crónica, sino de un moralista show, la perpetua necesidad de historias con moraleja. En esa ambivalencia se mueve el discurso: eres el protagonista de tu historia y, cómo no, el responsable de su desarrollo. ¿Las biografías encuadernadas? Necesitamos respuestas a preguntas que no nos atrevemos a plantear mientras el debate presente se ajusta a esa medida que ofrece la paradoja. La paradoja, la biografía y la moraleja.

+ Daniel Cassany en su imprescindible libro La cocina de la escritura plantea cuatro cuestiones: “¿Me gusta escribir? ¿Por qué escribo? ¿Qué siento cuando escribo? ¿Qué pienso sobre escribir?” No voy a dar respuesta a ninguna de estas preguntas, pero sí pensaré en ellas mientras trato de centrarme en la tarea que mañana emprendo: la escritura de un fragmento del total hacia donde debe derivar la investigación. Qué sufrimiento, qué forma de crecer, cada escalón que se avanza causa dolor y satisfacción, secuencialmente y a partes iguales. Y sí, a modo de fallida respuesta, sin entusiasmo resulta imposible la escritura.

+ Laberintos que atravieso en las primeras horas del día y que me conducen a Guillaume Dustan, el escritor francés fallecido en 2005. Veo vídeos y leo artículos, un fragmento de una novela suya me llega enmarcado por un aire de misterio: la identidad del escritor es una construcción singular, una construcción que, yo como lector, erijo durante un instante y luego contemplo como se desmorona. Creo estar condicionado por lo brillante que resulta la biografía del escritor [no en vano era magistrado de lo administrativo y a la vez un provocador novelista, la novela sí mismo: la autoficción], pero también por lo extremo de la apuesta de su obra: su yo que reta a su posición social. ¿Condicionado o fascinado? Esto exige una investigación sobre mis gustos, sobre mi posición ante la literatura, ante la vida misma y las valoraciones que trazo, hago y deshago. Las distinciones y sus fronteras. Porque la literatura no es otra cosa que identidad, identidad del que escribe y del que lee. Creo que es tiempo de hacer recuento, de extrañas contabilidades que oscilan entre el balance positivo y el balance negativo. Tiempos de turbulencias que se apaciguan y tormentas que se rebelan en mi contra, que logro dominar y que olvido mientras las horas pasan entre el estudio y el trabajo, el deporte y la conversación. Un horizonte blanco y previsible. ¿Es esa la vida deseada, la tranquilidad? ¿Hubiera sido posible la vida de Guillaume Dustan de otra manera? Solo queda lo que se ha escrito, pero la lectura se transformará hasta que el que escribió no lo pueda reconocer. Es esta la labor del lector. En ello estamos, en esta indagación.

+ Voy con mi padre a su tratamiento de rehabilitación. Antes, a sabiendas de que tendría que esperar, tomo  Tristán e Iseo de una estantería. Comienzo a leer y la fascinación por el texto es muy distinta a la fascinación anterior, pero yo soy el mismo. ¿Seguro que soy el mismo? Ay, nadie se baña dos veces en el mismo río. Suena Bach y esa solución de continuidad es la respuesta a una pregunta fósil. No quiero despertar viejas pesadillas. Prefiero un sueño reparador y alejado de poses y malditos arcanos. Tristán e Iseo me devuelve el placer de la lectura, tan olvidado este placer, tan constitutivo de una suerte de verdad, tan variable, tan insegura. El placer, ¿dónde está el placer?

+ Sigo adelante con Tristán e Iseo. La versión, la prosa que reconstruye un posible texto, entre tantos. Esta reconstrucción nos la ofrece Alicia Yllera, una prosa  fluida y agradable, con un léxico preciso y sorprendente. La reconstrucción de la novela trae consigo la reflexión sobre el hecho mismo de narrar, que tal vez hoy yo sea capaz de describir un marco para una idea sobre la misma. La expresión del yo, la manifestación de ese torrente interno que desborda el ámbito de la persona y se diluye en un mar casi infinito de sujetos que hablan, escriben sobre sí mismos. Este país por explorar no tiene más consistencia que aquello que forma lo posible, sobre lo que se pude hablar y con ello alumbrar el fenómeno de la literatura. El país del yo. Yo mismo cuando esto tecleo, cuando lo releo, cuando lo olvido me inserto, por un breve tiempo, en ese espacio.

+ Imagen: Blur.

sábado, 6 de marzo de 2021

Una breve nota

MiguelBombarda
 

+ Tomo de la estantería la Poesía  de Houellebecq y busco un poema que se titula “Les lampes”, que termina con un “une vie assez inquiétante”. Releo, en francés, el pequeño poema en prosa sobre las hileras de luces del TGV y presiento esa animalidad de los transportes, su aspecto orgánico en donde la biología tan bien se presta a la metáfora. Recuerdo viajes y desplazamientos, recuerdo pasajeros y paisajes, la disolución del tiempo en la cápsula que supone el trayecto: la imposibilidad de otra razón que el desplazamiento mismo. Cobra ahora, en esta situación de inmovilidad, un especial aspecto esa vida bastante inquietante que en el pasado se daba por hecha y ahora resulta imposible, paralizante. Como me ha sucedido en otras ocasiones, me resulta muy complicado hacerme con las dimensiones que componen un trayecto, ya que me parecen inabarcables, tan extensas y ahora son solo un recuerdo. Así, actúa un todo como la equiparación que ofrece el mapa y el territorio [por seguir con Houellebecq].

+ “… el lugar común de la ideología autorial es la fobia a lo común…” en Los papeles del autor/a, de Fontdevila y Torras. La soberbia y la supremacía sobre lo común, esa búsqueda de un lugar donde elevarse.

+ Imagen: Un azulejo en Miguel Bombarda, Oporto. Hace tiempo, ayer mismo.

sábado, 27 de febrero de 2021

Medicamentos, lazos y límites

MAdrid_Weller
 

+ Como  medicina veo una película de Jacques Tati, Las vacaciones del señor Hulot.

+ De la estantería tomo un libro de Juan José Millás, La soledad era esto. Se trata del premio Nadal de 1990. Recuerdo a una chica que me habló muy mal del libro y recuerdo, también, cómo me había gustado y el porqué de ese placer que me había aportado. Una lectura fácil y conectada con una idea de Madrid que había germinado. Leo unas páginas en un intento de recuperar el placer de la lectura, pero no lo consigo aunque debo reconocer que tiene un aire que todavía me atrae. No sé qué me pasa, me digo. Intento leer y no soy capaz, salvo los mandatos de la investigación, que van por otros caminos. ¿Soy yo o es otro el que ocupa mi lugar? Dejo el libro en su lugar y pienso en cómo el tiempo ha pasado por él y por mí. No soy el mismo que lo compró en una librería que ya no existe. Todo termina por desaparecer, pero el instante es este y en ese sentido es eterno. La novela comienza con la muerte de la madre la protagonista, que se está depilando y cuando la noticia le llega, la tarea le queda a medias. Lo vuelvo a leer y creo que está bien contado y que aquella chica no tenía razón. Tampoco creía yo que tenía razón en su momento. Ahora mi instinto desconfía de las opiniones lejanas, hundidas en el transcurso del tiempo. Y era una buena novela, tal vez, pero ella tenía una cierta autoridad en aquel grupo y desmontaba con su mirada de chica guapa mis argumentos. ¿Dónde está ella ahora? ¿En las imágenes que me devuelve la novela, su portada, en la levedad de su recuerdo? Qué poco importa, salvo por llenar un tiempo en esta tarde de febrero, cuando cae la noche y tengo en reproducción continua un oratorio de Bach. Observo la portada y le doy la vuelta al libro. La ilustración de la portada es un fragmento de un cuadro de Georgia O’Keeffe; no es que me guste mucho la obra de la pintora, pero creo que como ilustración del libro funciona: un atisbo de equilibrio entre los delicados rosa pastel y una idea de muerte, que se transmite mediante el gris de la ciudad que se adivina. Ella no lo entendió, yo acabo de comprenderlo, pero ya nada importa.

+ Durante sesenta años fue Bruno, desde el 13 de febrero de 2019 es Beatriz. Una hoja en el viento, el viento que me arroja el teléfono. Ya soy otro, me digo y si a los sesenta años hay capacidad para el cambio, cómo no la va a haber antes. Mientras hay vida hay esperanza, se dice y la esperanza nunca vista como virtud se torna en una posibilidad, más que en una espera.

+ Extraño entretenimiento pandémico este de ver programas de gastronomía, extrañas maneras de vivir la de los cocineros y la de sus comensales. Extrañas por lejanas, por incomprensibles para mí que mi economía no me permite interesarme por su naturaleza. Supongo que las delicias que se ofrecen requieren un aprendizaje que está ligado a un habitus que me resulta más que ajeno. Es una invitación a la reflexión, sobre la naturaleza de la vida y sus placeres, el sentido que estamos obligados a darle para que se difumine y no nos moleste. Así, la cocina es una suerte de tendencia a lo eterno, a la infinitud, un regalo del dios del instante. Yo lo veo como un exorcismo, y me refiero a ese comprender, comentar o asentir. Mientras, otros deberes de la subsistencia nos arrojan la verdad de la vida y no es otra, que como decía aquel filosofo que hoy esta un tanto abandonado por nuestro yo lector, que la reproducción. Pero dejemos que germine el olvido, al ignorancia del pasado, sus consecuencias, la previsión del futuro y disfrutemos de la sonrisa que provoca la buena vida, la buena mesa, los grandes vinos. Alta cocina, reuniones, cigarros, champagne, todo un elenco de posibilidades para conjurar la mortalidad. Mientras, lo vemos en la pantalla como si se tratase de un otro documental sobre la vida de lejanas tribus. Por ejemplo.

+ ¿Solo contemplación, nada más que contemplación?

+ Y llegan, inesperadamente, algunos poemas de Sophia de Mello. Noches azules, el puro aire de la noche y yo escruto las fotos de la autora, las fotos que me regala la búsqueda electrónica. Dormí profundamente pero no pasé una buena noche. Las seis de la mañana es una hora certeza, cuando me despierto y no deseo otra cosa que volver al sueño y no lo consigo. Se agolpan recuerdos que no deseo recuperar, es un repiqueteo incesante contra el que lucho, trato de que la corriente fluya, que se establezca una barrera, tal vez. Son posiciones encontradas. Vuelvo a la poetisa. Pienso en Oporto, pienso en Lisboa, carreteras secundarias en Portugal, un desvío. Leo un poema y siento que el idioma me penetra. Canciones. Los poemas se desvanecen en el interludio entre una pausa y otra pausa, son palabras que se agolpan. No tiene sentido, me digo y todo parece lo que no es. ¿Soy yo o es otro, quién debe esperar?

+ Copio el poema que leía, el que me llevó a escribir el párrafo anterior: “Pudesse eu não ter laços nem limites / Ó vida de mil faces transbordantes / Para poder responder aos teus convites / Suspensos na surpresa dos instantes.”

+ Lazos y límites. ¿Se trata de esto, de las ataduras y las limitaciones, algo que siempre ha estado ahí y no lo he reconocido? ¿Es solo materia poética que admite una disociación de la vida misma cuando todo tiende a la unidad? ¿El tiempo como única medida posible? Leo las reflexiones sobre el poema que ofrece Paulo Borges en un coloquio en línea al que he sido invitado. La posibilidad de otras formas de ser, tal vez. Ahora no llueve y las nubes se disipan en las alturas del cielo, aparece un color intenso, de un azul insospechado. ¿Soy yo el que ve o es el que me hace? En cualquier caso, las tardes crecen día a día y esto hace que un aliento y una esperanza aniden con una promesa de alegría. Alegría, que palabra tan deseada.

+ La tristeza como tema, lo casual y arbitrario como vehículo que hace que surja este tema. ¿Nos acecha el tema y su vehículo, nos ha cercado? La transitoria naturaleza de la pandemia define el momento, podríamos luchar contra el tiempo pero el tiempo es realidad que constriñe: debe pasar y esto no hay manera de adelgazarlo. Las entradas, últimamente, se elevan por casualidad, sugerencias que abren un espacio y un tiempo para la escritura, como si se tratase de una oración, un rezo que nos sitúa en la línea del ejercicio diario, esa rutina que sana y mantiene el ánimo. La tristeza y lo arbitrario, quizá dos frente de combate, una lucha en la que la voluntad es el arma que otorga la diferencia.

+ Imagen: un bar en Malasaña, el sol acuchilla su fachada, el sol de otoño: hacía frío, lo recuerdo perfectamente.

sábado, 20 de febrero de 2021

Epitafio

Ávila

+ Por casualidad, por azar, me llegan noticias de viejos almacenes de instrumentos musicales en Pontevedra y en otras ciudades de Galicia. El detalle de la publicidad y de los propietarios rescata del pasado una realidad que se ha sumergido para siempre, salvo en el ámbito de la letra impresa, que no es muerte pero sí una otra vida. Esta marea del tiempo, esta incesante marcha del tiempo me condiciona y trato de admitir su realidad sin llegar a comprenderla en su totalidad, quizá porque esto no sea posible, quizá porque no está a mi alcance. Nombres, afanes, logros y derrotas, todo ello sepultado por el olvido y, aunque el olvido no hubiese triunfado, en puridad, lo único que aparece es la nada, salvo, como he dicho, por el relato de ese tiempo perdido. La existencia siempre tiende a la nada y resulta necesario conjurar esta verdad para alcanzar la bendición del dios del instante. Guitarras, pianos y violines. ¿Dónde están hoy estas mercancías, los músicos y los vendedores? La noticia de su existencia, simultáneamente, ilumina el presente, la posibilidad de entender cómo se han desarrollado las ciudades y cómo esto se transmite hasta nuestro presente. Ahí se erige una posibilidad: el disfrute del presente y su naturaleza de sillar de la historia, conforme se sedimenta. En fin, se trata de una tesis doctoral muy interesante, que he de ojear con todo el detalle que mis obligaciones me permitan; su título es A guitarra na Galiza y su autora Isabel Rei Samartim.

+ En poco tiempo visité el hospital dos veces. En ambas ocasiones, mi interés se centró en la lectura de los espacios, tan condicionados por la pandemia. Estacionamientos, soportales, el hall de entrada, salas de espera, consultas. El mobiliario y el atuendo, un tiempo en suspenso, la idea de no-lugar, la idea de aproximación al vacío. El color blanco establece una límite y suspende la posibilidad de la suciedad, de la basura tal vez. La higiene llevada al máximo por el efecto de la pandemia. Hay un arte oculto en todas las disposiciones que se dan en el hospital. Luz dura y perpendicular, luz afilada, luz que transforma los cuerpos en conjuntos escultóricos. Las mascarillas le añaden a la escena un acento de irrealidad que nos invade desde hace tiempo, un acento al que, poco a poco, nos vamos acostumbrando, o eso nos gustaría creer.

+ “Incapaz de un proyecto autobiográfico”. Resuelvo en esta cita ciertas preocupaciones por la imagen sobre la que reflexiono desde hace días, semanas, quizá meses. Es el proyecto de una biografía lo que me entretiene durante demasiado tiempo, un intento de dilucidar como los intentos de forjar un destino se convierten en movimientos estéticos que tienen a solidificar un relato público que se hace patente en la creación de un personaje. Yo lo he intentado y no lo he conseguido y de aquí provienen ciertos problemas que debo resolver; cuanto antes, mejor. De una manera espontánea he llegado a un punto de no retorno porque ya soy el que soy, un alguien o una algo que no se corresponde con una idea que me formé hace demasiado tiempo. ¿Mejor, peor? ¿En otro sentido? Se mantienen ciertas líneas de fuerza pero otras han desaparecido y ello me produce dolor o desasosiego. Lucho contra una idea de identidad, con una venenosa rendición de cuentas ante el narrador que parece escribir la vida, como un notario gris y mortecino que va subrayando los errores y las deserciones. Me arrastra este narrador a una desagradable sensación de identidad fallida, un camino que no resulta beneficioso, demasiado centrado en lo  que está mal, en lo que resta, nunca en lo que suma. Lo dejo a un lado y me centro en la lectura, como si aquí pudiese atrapar una astilla de luz.

+ Leído lo anterior, no puedo menos que sonreír: demasiado teatro, demasiada impostura, demasiada lejanía y articulación adolescente. Pero está bien escribir así, dejar que mane una corriente interior que nos desgasta. La erosión propia del cambio, el cambio como herramienta de conocimiento y revelación.

+ ¿Vale como epitafio: “Incapaz de un proyecto autobiográfico”?

+ Escuchamos en la radio consejos contra la tristeza, una tristeza propia de la pandemia. Quizá en otro momento tendrían su interés, ahora mismo solo aportan previsibles consignas que resultan tan aburridas como tediosas. ¿Qué decirle al que ha perdido su trabajo, al que se le ha muerto el padre o su pareja, al que le constriñen las restricciones y no encuentra consuelo en los males que se vivieron en otras épocas? ¿Mensajes de optimismo y una relación de los muertos, la posiblidad, la luz al final del túnel? Todo suman, nada resta; aprendizaje y optimismo. La noche es oscura y la lluvia es otra tiniebla. Suspira el motor del coche y la radio nos adormence.

+ Imagen: un campo de futbol en Ávila. Lo encuentro en un paseo y me transmite una plasticidad que creo que se conserva en la fotografía. La fotografía la disparé con la intención de que el encuadre se constriñese a una cierta regla que no olvido nunca, entiendo que lo logré, pero ahora es una otra arqueología. Ahí queda, vale.