sábado, 28 de enero de 2017

Elección



 

+ Desde hace dos semanas no dejo de escuchar Los inadaptados de Juan Perro, Santiago Auserón. Me entristece, pero disfruto con esta tristeza. Ya se sabe, esos vicios que germinan en la adolescencia. Pero ahora soy otro. La risa, el día limpio, el brillo del amor. Mi lado mejor (ay, que ha salido una rima interna, pero no cuenta). La película, el concierto, la guitarra afilada y limpia. He aprendido tantas cosas y muchas otras que he olvidado. Así soy yo ahora. Y Radio Futura todavía emerge, de vez en vez, el perfil de los jóvenes que vieron a R.F. en Compostela, en el estrépito de la adolescencia.

+ No sé. Nunca sé. Pienso en calles de Madrid, en paseos por barrios a los que nunca nadie va, salvo para dormir [cosa que si se rasca un poco se ve que es falso y la vida es otra cosa, pero hay que indagar, sin remedio]. Recuerdo con mucha precisión piscinas cerradas, con el agua a media altura y plagadas de hojas secas, recuerdo el perfil de las torres, recuerdo autobuses muy veloces. Más allá de la M-30. Es poético el recuerdo porque el recuerdo es también el recuerdo de la amistad, su presencia en la lejanía del tiempo y de la distancia. Hablamos y caminamos, alguna cerveza. Palomas oscuras, niños, sus madres todavía muy jóvenes y joviales, el deseo latente, belleza y lujuria. El transparente humo de las hogueras a las que nunca se llega. La comunicación es la meta, la clave para penetrar en el mundo mágico de lo posible en la contemplación.

+ Escucho a los pájaros, durante un breve momento. Sólo es silencio.

+ No puedo resistirme a copiar los primeros versos de la Soledad segunda de Góngora. Los copio y pienso en que realmente estos versos dibujan el nacimiento de la Ría de Vigo. Cada vez que estoy cerca de las salinas del Ulló pienso:

Éntrase el mar por un arroyo breve

que a recibillo con sediento paso
de su roca natal se precipita,
y mucha sal no sólo en poco vaso,
mas en su rüina bebe,
y a su fin (cristalina mariposa
—no alada, sino undosa—)
en el farol de Tetis solicita.

+ Me llegan datos sobre A Day in The Life, de los Beatles. Finalmente, veo que la canción es sobre esto: lo cotidiano. Lo que aparece en las páginas de sucesos, el desayuno, los autobuses, un cigarrillo, un sueño, un acorde sostenido que se pierde en la tensión de la aguja contra el microsurco. Suena otra vez, es domingo y se rebela, una vez más, con una superioridad que rebasa a cualquier himno porque su designio es lo ordinario, aquello a lo que no se le presta atención. La música tiene esa magia de la que carece cualquier otro medio de expresión, consiste esta magia en el poder abstracto de la evocación que queda  a disposición. Esa recepción crea arte, el arte no se circunscribe al reducto del museo o la sala de conciertos, la biblioteca o a la voz del conferencia en el aula casi vacía, hay un espacio superior que se llena de lo intangible. Suena otra vez el himno a lo cotidiano y asentimos, con la bandera que hace batalla por el día a día.

+ [Imagen]: disparo contra las gastadas puertas de un abandonado taller mecánico. No serían estas puertas extrañas a la blanca pared de un museo porque ellas atesoran algo muy de nuestro tiempo: lo que se desvanece, la arena que cae de la mano sobre la playa, el olvido y el sosiego de los materiales sin importancia. Arte es todo aquello que cuelga en las paredes de los museos, incluso lo que no cuelga también. Este es el caso, el aleatorio caso.

sábado, 21 de enero de 2017

Quién lo probó lo sabe



+ [El original y la copia]. Mientras conduzco escucho una crónica que trata sobre cómo en China se establece un sistema estético que valora positivamente la falsificación. El entrevistado habla del filosofo coreano Byung-Chul Han, que estudio en Alemania, que vive en Alemania, que da clases en Alemania. El entrevistado hablaba del último libro del filósofo: Shanzhai. El arte de la falsificaicón y la deconstrucción en China . Hace no demasiado leí durante el viaje anual a Londres el libro de Byung-Chul Han titulado La Sociedad del cansancio. Noté yo en este libro que faltaba algo, ¿un punto de indagación, una profundidad o un espesor necesario y ausente? Con todo, el libro me interesó y lo leí con agrado. Sé que leeré Shanzhai, pero todavía no. La cuestión que se trataba en la radio era la de la falsificación, la copia y el original. El periodista ponderaba la posición de lo falsificado con razones peregrinas y decía que él se apuntaba a esta moda de la replicación de lo insustancial. El reloj no de detiene, me digo. No me convenció y veía en su discurso un punto de esnobismo rancio, ese gusto por lo inusual que tantas veces se confunde con el ingenio. Nunca tan lejos. El reloj no se detiene. Pienso en cómo distinguir lo falso de lo auténtico y no sé si es fácil o difícil, yo veo lo auténtico y lo falso no entra en mis planteamientos. Una cuestión de coordenadas y orientación. Hay una alegoría en el relato que hace el periodista, pero no por lo que cuenta sino por el personaje que desarrolla. El personaje es él mismo, un periodista ilustrado pero sin fondo, sin profundidad, quien protagoniza la fábula moral es su atrevimiento de píldora y alegría. Lee, expone y confunde lo leído. Se ufana como un pavo y lanza su mensaje a través de las ondas. Yo cambio y pongo música. Suenan Los indaptados de Juan Perro.

+ «Y después se iba de peregrinaje, en autobús, me parece. Por lo menos entendía que los horarios expresaban una serie de relaciones mutables, cuasiastrológicas, el ir y venir de cuerpos férreos…» [De Mi idea de diversión de Will Self].

+ Tchaikovsky: 1868. Opus 13. «Sueños de invierno». Domingo. Las primeras frases de la sinfonía evocan tiempos pasados y llenan la habitación de misterio, relatos profundos. «País de desolación, país de nieblas», es el título del primer movimiento, nos recuerda el locutor: hay sabiduría en la textura de su voz; discute si la partitura es totalmente abstracta o no. No indago, me dejo llevar por la música y la sugerencia espacial a la que llego. Montañas, niebla, el frío helado en el hocico húmedo del lobo, y se esparce la niebla sobre las desnudas piedras, sobre la hierba transparente, la mañana, el latido, la elevación sinuosa del vuelo de unos cuervos. Me reconcilio con el mundo de la radio. Nunca me había enfadado, pero el momento de disgusto parece desvanecerse.

+ «My childhood is streets upon streets upon streets. Streets to define you and streets to confine you, with no sing of motorway, freeway or highway.» (Auto)Biografía, Morrissey.

+ [Tarde domingo]. A las ocho iremos a ver el concierto de Juan Perro, de Santiago Auserón. La vía de la música es un conocimiento duradero, sólido e intuitivo, sin necesidad de adiestramiento. Pienso y reflexiono. Cuando fui a buscar las entradas a Redondela me vi atrapado en un atasco. Tenía la música en el coche muy alta, rasgando el ronronear del atasco. Me disgusté en un primer momento, pero decidí que no era justo enfadarse y sólo podía entregarme a la música y llegar a lo bueno y a lo verdadero de la situación. Canciones de otro tiempo, de un mundo lejano que no regresará. Yo era joven y descubría las posibilidades de otras líricas muy diferentes a las recibidas, viajes y retratos, amigos desconocidos, tinieblas y transparencias, la brújula y su duplicado, una nueva brújula, que era brillante y alocada. Guitarras con una sola cuerda dormidas en el desván de aquella casa abandonada. Y recuerdo las casas abandonadas que cuando éramos niños recorríamos con ilusión, y recuerdo un sótano donde dormía una muñeca rota, recuerdo su cara de plástico reluciente, el brillo acerado de sus ojos de cristal, un cristal cuarteado. El atasco dio mucho de sí, pero comenzó a fluir el tráfico y pensé en las metáforas náuticas. Mi coche es una nave y yo soy su piloto. Ahora que llega el domingo haremos el mismo camino y será un soplo, un instante de guitarra acústica y voz, una voz no desconocida, llegará la noche y dormiré a la espera de otro lunes y la rueda comienza a girar, si que alguna vez se detuvo.

+ Regreso del concierto [de Juan Pedro]. Algo que no se puede expresar con palabras (…), mejor: que no se debe expresar con palabras. Flotaba en el coche, de regreso, ese imponderable. Supongo que tiene que ver con una capacidad asombrosa en el escenario, una voz prodigiosa y su guitarra mágica. La magia es una cualidad que parece detener el tiempo, y así es. El tiempo en el coche se hace denso, un viaje corto, pero la noche difumina los perfiles de los pueblos, la silueta de los árboles, veo la pequeña isla y recuerdo las Soledades de Góngora, cuando trabajé en la lectura de este largo y complejo poema, cuando estudié sus laberintos y no llegué a ningún sitio, salvo a aquél del que partí. No es poca cosa. Santiago Auserón citó a Góngora, al Marqués de Santillana, al músico ciego Salinas a Fray Luis de León, y habló de Cuba, canto y elevó el pequeño auditorio, con ese asombroso dominio de la escena. La filología palpitaba y eso hizo que me reconciliase con un trabajo diario que me lleva por las sendas del Conde de Villamediana, donde me pierdo y me reencuentro.

+ Volvamos a Lope: «Quién lo probó lo sabe». Lope habla del amor y establece un soneto definición, yo, ahora y siempre, utilizo o robo la frase para prolongar mi visión de las cosas, con ese mal punto de sátira. Y, en suspenso, la afirmación vuela más allá de las montañas en esta primera hora de la mañana: fría, limpia, eterna en su finitud. [Ay, cómo gusto yo de la paradoja y la cerveza helada].


+ Imagen: idea de detritus. Un emblema de la actualidad, por lo tanto: un emblema caduco. Todo lo que está fuera del foco nos concierne, quiero creer mientras elijo la foto. Un combustible, una promesa, el deseo y su envés. Mi idea de detritus se nutre de lo que se le ofrece, sin más destino que su aparición y su efimera existencia. Allí estaba la zapatilla: nueva, impar, olvidada. El relieve del día que muere. El día y su contario. La noche no espera, nunca espera. Una vez más, Auserón [Juan Perro]: «A morir amores / Que en un día marchitan / Las flores».

sábado, 14 de enero de 2017

El destino, una vez más




+ Leo y vuelvo a leer. Una referencia me lleva a Viv Nicholson, una mujer británica que ganó una quiniela en los años sesenta. Hoy serían más de tres millones de libras [es mucho, pero tampoco tanto]. Ella y su marido acuñaron un lema para tal ocasión: «Spend, spend, spend». Su vida se tornó caótica, su marido murió en una accidente automovilístico y ella se vio envuelta en númerosos problemas con los bancos y el fisco. Viv se encumbró como icono para Morrissey. Ese conglomerado simbólico tan suyo. La clase obrera, los suburbios, el dinero. El dinero, todo un tema en sí. Veo sus fotos y la alegría del premio y vuelvo a desconfiar de la lotería. No me gusta lo que rodea a la lotería. Morrissey hace hincapié en como los tabloides la abrasaron, esto resulta responder a una lógica implacable: siempre hay algo moral en la caída, alguien dispuesto a establecer una contabilidad inmisericorde. El que cae es por su propia responsabilidad y a nada ni a nadie se le puede transmitir esa responsabilidad. La culpa y la vergüenza, otra vez. Veo sus fotos y entiendo que su vida y su desgracia se convirtieron en su profesión. Pobres de aquellos que ya nunca se pondrán desprender del personaje que se ha creado para ellos. O bien ellos, o bien las circunstancias.

+ Y, al hilo de lo anterior, cuántos pueden decir que no viven en la piel de un personaje. ¿Cuántas veces nuestro yo, a lo largo del día, sufre una mutación que lo arroja hacia una caricatura? Quizá sin metamorfosis la vida no sería posible, no sería soportable.

+ El carácter es el destino, me digo una vez más: ¿cien veces, mil veces, cien mil veces?

+ Jueves en la ciudad de Braga. Paseos y escaparates. Nos detenemos ante un escaparate donde hay exposición de relojes de segunda mano [¿no sería mejor decir de segunda muñeca, pues todos son de pulsera?].  Uno me gusta especialmente. Se trata de un Omega que tiene los días de la semana en portugués, cuesta casi seiscientos euros. Si me sobrase el dinero lo compraría, o no. Realmente lo que me gusta es conocer de su existencia, verlo durante unos minutos, volver a pasar por delante de la relojería y estudiarlo sin propósito alguno, una vez más. Nada, ningún deseo sobre él. Lo veo como me gusta ver los coches deportivos: sin intención . Sé que hay una relación entre mi carácter y la ausencia de deseos. Una configuración que tiende a la contemplación en lugar de la posesión, quizá porque, en último término, esto no es posible la posesión, ya que la sentencia a muerte se escribe el mismo día del nacimiento, de la fecundación del óvulo. Basta, así, con  recorrer un mercadillo de pulgas, pasear por un rastro y ver cómo ese caudal de objetos se han extraído de las casas de los recién fallecidos: plumas, pipas, relojes, cajas de plata, bolígrafos, ceniceros (…) En ello permanezco mientras conduzco prudentemente mi humilde automóvil: negro, escaso de potencia, cargado con más de diez mil canciones en su Mp3. Música alta y el paisaje que se desvanece en la limpia tarde de invierno.

+ En la ventana que había sobre la esfera del Omega para ver la fecha se podía leer SEX-5, se refiere a sexta feira y no a otra cosa, es decir: el viernes cinco; pero ¿por qué no tomarlo en inglés, en su traducción al español: sexo número cinco? [Tonterías en esta hora de la tarde, entre papeles que debo repasar y una redacción académica que ser me resiste. Esa es la textura de la ocurrencia].

+ El viernes por la tarde es el mejor momento de la semana, me dicen cuando salimos del trabajo y yo lo doy por bueno, aunque sé que todos los momentos pueden ser propicios o funestos, finalmente: de qué depende sino de lo que va llegando, de lo que ponemos en ello y de nuestras elecciones. Sí, un gran momento, pero importancia.


+ Imagen: la abstracción arquitectónica se ve atrapada en el disparo fortuito. Muevo la cámara con violencia y disparo tres veces, ahora eligo la primera de las fotos por una vaga idea de simetría. Veo la foto y me gusta, atrapa una idea que palpita desde hace tiempo: la exactitud no es enemiga de lo casual, lo contrario lleva a la equivocación.

sábado, 7 de enero de 2017

Canciones olvidadas




+ Estos días he vuelto a escuchar algunas canciones que había olvidado. Canciones que tuvieron su importancia [para mí] y se desvanecieron, se transformaron en polvo dorado que se terminó por esparcir sobre los campos [de mi olvido]. La música es muy importante. En un instante regreso a la adolescencia y a una rabia mineralizada. El instinto, el amor, la frustración. Paseos cerca de las vías del tren, guitarras desafinadas, temores impuestos. No sé si trataba del miedo o de la vergüenza, o de ambas cosas al mismo tiempo. Las guitarras aceradas, las cervezas de media noche, cigarrillos hurtados a la paga semanal. Tanto tiempo ha pasado que resulta indiferente, como personajes de una novela sin interés, personajes mal trazados, muñecos de cera. Caía la noche y bebían whisky barato en la playa, eran los últimos días de otoño y creían que eran personas interesantes, con conversaciones llenas de brillo e ingenio, despectivos y altivos. La elegancia se confundía con la mala educación. Fumar y beber y ver cómo el tiempo pasaba. Una historia de hachís y vino, de novelas de bolsillo y poemas renacentistas que se encaramaban en los brazos de las muchachas. Hablar guiados por el humo de la droga blanda, su presión sobre la memoria a corto plazo y las risas nerviosas, el hambre de sexo urgente y la derrota en los amaneceres. El parking, el accidente automovilístico y las primeras traiciones. La adolescencia moría con la llegada de las nóminas, pero su inconsistencia permaneció más allá de lo deseable. Canciones olvidadas, los cimientos de la vejez.

+ Ayer, después de recoger un libro en Correos, me encontré con él. Hacía dos años que no manteníamos una conversación. Le agradó que le dijese si quería tomar un café. No cuentan ya las desavenencias, los enfados. Fue una charla breve y agradable, que versó sobre enfermedades, alejamientos y el trabajo. El trabajo. Qué cosa tan importante es tener un trabajo, una ocupación y una rutina. Me contó como un antiguo conocido había caído en un pozo de inactividad, algo que él suponía y yo corroboraba [aunque sólo de una manera intuitiva]. Había sido mucho y acaba de llegar a nada. Pasea en bicicleta por la orilla del río, fuma, bebe y ya no lee. Se nota en sus ojos, en su delgadez extrema, en la cenicienta piel. Viaja a Compostela en tren y cree que todavía es un hombre ocupado. Bueno, yo estoy convencido que ya no, ya no cree en nada. Nos hemos olvidado de su nombre y nos referimos a él por su apellido. Todo es tránsito, todo pasa, nada permanece, pero la inactividad se empeña en lo contrario. Las consecuencias son funestas. De alguna manera, me daba igual como igual me dan las peripecias de los personajes de una mala novela, que es en lo que terminamos todos por convertirnos.

+ Avanzo en la consecución de una idea general de la novela de Soledad Puértolas Historia de un abrigo. Me costó tres euros cincuenta en una tienda de empeños, su precio era de quince, el ticket está ahí para recordarlo [la traslación a pesetas: 2.496]. Allí estaba. Recuerdo con gratitud a la autora, recuerdo haber asentido y disentido, recuerdo novelas que me hicieron ver las vida de otra manera. Narrativamente tan certera. El bandido doblemente armado. Ay, cuánto tiempo ya. Cogí el libro y me gustó la foto, una foto de Cartier-Berson. Sí, cierto es que estoy en contra de las fotos muy buenas en las portadas de los libros porque sin duda inducen a engaño y a errores no deseados, pero, vaya, la foto está en consonancia con el contenido y, según leo, da una idea ajustada de lo que el libro encierra en sí.


+ He terminado la novela de S.P. y me ha producido una satisfación, una agradable sensación que permanecía varada en el olvido. Ay, las novelas. ¿Desconfío de aquéllos que las desprecian por considerarlas un pecado venial de juventud? Ay, yo creo que son pecados mortales de necesidad, y en ello me recredo. La vida se refleja en esa fluidez como en ningún otro espacio.

+ El año llega a su fin y escucho a Led Zeppelin. Total. Vimos, en Londres, un traje de John Lennon, una guitarra rota de Pete Townsend, visitamos un hospital y nos enseñaron máquinas carísimas que se calientan mucho y crean, dentro de los límites blanquísimos del laboratorio, un micro clima tropical, vimos cuadros sin prisa, vimos instalaciones con demasiada prisa, allí estaba el Sky Line de Londres, al alcance de la mano, de la vista: tan fuera de lugar, ¿es menos Londres este Londres?, bebimos té y comimos deliciosas pizzas, muy picantes, ricas en especias y vegetales imposibles, agua pura y fría, cerveza opaca. John Lennon era muy poquita cosa, eso me pareció al ver su traje blanco, el de la portada de Abbey Road. ¿Realmente medía 1,79? Debía de estar muy delgado, me digo. Desayunábamos bien, comíamos y cenábamos poco. Comida japonesa, algún sandwich, bananas y manzanas. No llovió, no hizo frío. Escucho a Led Zeppelin, Kashmir (Cachemir), y Londres no es mucho más que un hachís no fumado y una copa de champán olvidado sobre el alféizar, una fiesta de fin de año a la que no hemos sido invitados. Sin ebriedad, suena este hipnótico riff, circular como una voluta. Se termina el año y poco significa eso, salvo el evidente paso del tiempo, pero es algo propio de lo diario, un algo que tiene más que ver con la vida cotidiana, nuestro misterioso everyday life.

+ Soñé con un jabalí que me obedecía, un jabalí sumamente dócil. Se relaciona, según encuentro en un sitio cualquiera de la red de redes, con la perseverancia y la capacidad de adaptación. Lo tomo para mí. ¿Un emblema? ¿Su lema? ¿Nec metu, nec spe?

+ Afino una de mis guitarras. Una afinación celta. Hago un poco de ruido, apago el amplificador y la guitarra regresa a su ataúd. Una veleidad, el día muere y todo ha merecido la pena. Todo.


+ Imagen: un cuervo sobre los árboles del cementerio de O.B. [sólo escribo las inciales porque todos los cementerios son el mismo cementerio, I think so].

sábado, 31 de diciembre de 2016

Bordes de encuentro




+ Alguien habla en la televisión sobre los incendios, los incendios que yo presencié este verano pasado. Recuerdo gente llorando, el humo, los coches de las brigadas y sus potentes luces que se internaban en la penumbra de la noche. Yo iba de un lugar a otro en cumplimiento de mis obligaciones y el penetrante olor de los pinos calcinados era un anuncio del infierno. Ahora, aquí, sentado frente al ordenador mientras el televisor ofrece una deshilachada crónica, escucho y trato  de no discutir con el aparato: ese objeto de pantalla plana y brillantes colores, con su trasera negra y misteriosa, tan misteriosa como cuando el televisor está apagado y ese negro profundo refleja nuestro salón, nuestros rostros pasmados ante su incerteza. Bien. Habla el político y esgrime tristes gráficos, cifras y palabras cargadas de razón. Yo recuerdo la impotencia y el miedo. El fuego tiene vida y ahora duerme. Despertará cuando llegue el verano y las explicaciones serán las mismas, es un oficio el de político de datos y junturas, gestos y estadísticas, mentiras y verdades, medias verdades. Vuelvo a aquella reflexión del periodista portugués: lo que se cuenta en los periódicos tiene muchas veces muy poco que ver con la vida y más con lo que en la redacciones se cuenta, con los intereses personales: filias, fobias y servidumbres. Continua la entrevista y yo busco fotos de incendios forestales: no puedo dejar de escuchar el sonido del fuego, el crujir de los troncos, el resplandor de las llamas. La televisión continua con su letanía. ¿La enseñanza dónde está, el agrado dónde está? ¿Enseñar deleitando?

+ [Sobre adolescentes]. Es una costumbre antigua. Cada vez que estamos en Londres no de dejo de hacer acopio de periódicos, revistas, folletos (...), luego: sólo me traigo el del día de la partida [o ni siquiera eso]. No hay ningún propósito en ello, ningún afán investigador, es algo netamente aleatorio. Así, hoy, víspera de Noche Buena, me entretengo mientras espero con un especial de The Guardian sobre aquéllos que en 2016 cumplieron 16 años. ¿Qué me aporta? Bien, en primer lugar siempre renuncié a dar consejos a los que tienen una edad inferior a la mía porque detesto profundamente que me los den a mí. Creo que las relaciones deben ser de igual a igual, y no es correcto hablar a los niños como si fuesen tontos o a los adolescente como a desnortados inconscientes. Dicho lo dicho, me llama la atención un artículo de Tim Dowling que afirma en sus consejos para educar a adolescente que la primera regla es recordar el adolescente que fuimos, y desde ese punto de múltiples sensaciones encauzar la comprensión que requieren. Y, así, en segundo lugar, recuerdo el adolescente que fui, sus inquietudes, sus fracasos y sus victorias. Ahora soy indulgente con él y sé que a él le gustaría tener tratos conmigo y a mí con él. Me parece un triunfo, una conquista que ha llevado más de cincuenta años lograr, pero ahí está.

+ [¿Qué tal fueron tus años de adolescencia?] Parece una buena pregunta, pero no lo es. Y no lo es porque el resultado puede ser aterrador.  Sí, quizá nos dé pistas sobre la persona interrogada. No importa, pero no parece una buena pregunta: a esta hora de la tarde. ¿Disfrutaste? Sí, mucho o muchísimo. Al mismo tiempo hay una estadística que afirma que nunca antes se encontraron tan mal las personas jóvenes: depresión, baja autoestima, auto agresiones, ansiedad, estrés (…), a reglón seguido la periodista [Caelainn Barr] afirma que tampoco nunca antes las personas estaban dispuestas o en condiciones de contar lo que les pasaba. Es un buen punto de partida. Frente a la ansiedad o el estrés, compartir lo propiamente nuestro se convierte en el principio de toda cura. La cura, restablecer la calma, enfrentarse a lo dado y a lo que se espera de nosotros. ¿Defraudarás al adolescentes que fuiste? Estas vidas problemáticas reflejan nuestro momento en un sentido que no admite discusión. Y, en fin, si antes no se narraban los estados de ánimo no quiere decir que no existiese una dolorosa incomodidad, sino que permanecía oculta. No se puede admitir esa perversa imposición de enfermedades y carencias, ya que se trata de otra cosa bien distinta, que no tiene que ver con ninguna terapia new age, que no tiene que ver con la farmacopea. La cura está en esa reconciliación con el adolescente que fuimos, pienso ahora, en este preciso momento en que la Navidad está su punto álgido y pronto comenzará decaer.

+ [Will Self]. Me da la impresión que el libro encargado del autor [entre corchetes] me va a gustar. Hay una consonancia que parte del rostro y llega a la gestualidad. Este es el caso, I think so.

+ Suena Debussy y todo está bien en este día, un fagot y un bajo continuo, música programática y una serie de sonidos que llegan de las otras viviendas: lavadoras, lloros de niños, un desacompasado piano. El reloj marca los segundos con indolencia. Regreso a la lectura y todo está bien, [repito para mí, una vez más].

+ «Making Christmas cards with the mentally ill», recogido de una conocida canción de los Smiths que tiene una lectura clara si se conocen las claves, pero si no es así, la cosa se complica. ¿Se trata del dinero, la fama y los tantos por ciento? Sí, la música independiente también trata del dinero y esto en los Smiths es una constante, en Morrissey en mayor medida. La canción termina con un certero: «Oh, give us your money!». Sin embargo, lo dejaremos en ese hacer felicitaciones de Navidad bajo el estupor de una enfermedad mental, ya que la imagen, la imagen es realmente buena y apropiada.


+ Imagen: hay un extraño placer en encontrar por casualidad los minúsculos detalles que revelan el núcleo sentimental de una ciudad. El vino, el amor, la cenefa antigua que se conserva entre escombros. ¿Somos nosotros o es la ciudad? No pronunciaré el nombre de la ciudad, pero sí recordaré el camino hacia el parque, los niños, los coches plateados y los coches negros, el filtro ambarino de la mañana, la calidez de una mano amada, la textura de las hojas secas recién caídas. La ciudad, ahora mismo, duerme, y yo soy quien la vela.


sábado, 24 de diciembre de 2016

Delectare et prodesse




+ El tópico horaciano de enseñar mediante el agrado titula esta entrada; el tópico funciona como un emblema, en el día de hoy: domingo. Enseñar deleitando, ha sido la traducción más habitual. 

+ Yo soy receptor y muy pocas veces emisor. Queda así.

+ La contemplación de una imagen del Doncel de Sigüenza trae consigo la idea de la lectura perpetua. Una constante, una dirección, un deseo alcanzado. Insisto en la lectura porque en ella encuentro un sentido, una razón que me lleva a comprender y a dudar. La enseñanza tiene que conllevar placer, decía Horacio y en esto estamos. Abro otro libro más y aparece un soneto de Boscán y el primer cuarteto que me da una orientación:

            El tiempo en toda cosa puede tanto,
            que aun la fama por él inmortal muere;
            no hay fuerza tal que el tiempo, si la hiere,
            no le ponga señal de algún quebranto.

+ Pero se desvanece su pulsión para dar paso a otro estadio. Se sucede la presencia del tiempo y sus engastes y derrotas por una implícita alegría de vivir que se puede ver en la manera de jugar de la gata sobre los tejados, su guerra contra los pájaros. Es una asesina y es dulce con su barriga suave, blanda y cálida, en las últimas horas del día, cuando el sueño hace de ella una blanca espuma en la oscuridad de la leñera. Duerme y sueña su paraíso de pájaros recién cazados, de árboles a los que ascender, de tejados y mármoles desgastados por el roce de las oraciones. Boscán atraviesa el tiempo y llega entre los maullidos y el ronroneo, son llamados paralelos y se unen en este tiempo.

+ Tarde de lectura y recurro a Pascal cuando dice que «toda desgracia de los hombres proviene de una sola cosa, que es no saber permanecer en reposo en una habitación.» La cita está tomada de un libro: El arte de la vida de Zigmunt Bauman. Me paro, escucho el discurrir de un piano, veo mis libros, pienso en lo que he escrito hace un momento y me da la impresión de que todo está bien. Hay algo de renuncia y otro poco de apropiación. Los dos extremos se unen en una dirección: la tranquilidad de ánimo, sin buscar la felicidad, el estatismo de la lectura se contrapone a placeres evaporados. Ayer vimos la cocaína volar por los bares, el humo del tabaco malo, los colores del whisky. La decoración de la noche se resume en la música electrónica y el verbo saltarín de las musas de las drogas elegantes y tan perniciosas para el corazón. Deseo, labios rojos, medias negras de seda. Su ropa interior, la precisión de un abrazo, la dejadez mortal del sexo, esa constatación de la finitud. Me detengo, otra vez, y dejo que la música del piano sea lo único posible a las siete y cuarto de la tarde de este martes tan próximo a la Navidad.

+ [En busca de las llaves que abran (...)]. Z. Bauman que postula como una de las claves de la modernidad la tensión entre libertad y seguridad, ambas codiciadas por las clases medias y es aquí donde el sociólogo cifra ese miedo que da fuerzas y dispara intenciones, pero también resulta paralizante. Reconozco esta tensión y la puedo representar con bastante precisión en comentarios y apreciaciones escuchadas con frecuencia. Hoy por hoy, todos nos consideramos clase media, lo que ha ido en detrimento de la clase trabajadora, que se ha licuado para terminar por dejar de existir, para no tener ya integrantes porque han desertado (al menos en su conciencia de clase, no en sus salarios, que dan una medida ajustada de pertenencia real a una casilla u otra). Pienso en los últimos días en Londres y en ese ejercito de camareros, personal de hotel, limpiadores, barrenderos, jardineros, carteros (…), y con ellos me identifico, a ellos me remito. Mientras, la tensión se agudiza con el atentado de Berlin: ¿seguridad o libertad? La clase media establece los miedos, siempre hay algo que perder, por contra las clases populares están más cercanas a la tierra, las clases altas son indiferentes porque los vaivenes nunca les afectan, al contrario: en la cuenta de resultados les benefician. En eso estamos: llaves que  abran puertas, pero ¿quién es el portero? Z. en este caso, sin duda.

+ [Al margen - Lo navideño y la Navidad]. Lo que, para mí, marca la diferencia entre un Belén y otro es que exista una palpable disparidad de escalas. Para mí, sin duda, algo fundamental. Esos cerditos que son más grandes que las casas que se sitúan sobre una montaña de corcho, el río de papel de aluminio donde nadan unos patos imposibles, la minúscula lavandera, el gigantesco pastor, una palmera junto a otra tres veces más grande. Y así. Hay un punto de unión infantil que conviene no olvidar. Hay una agradable enseñanza en ello que nos une a la sabiduría espontánea, gamberra y fértil de los niños. Una otra enseñanza, sin duda.


+ Imagen: el contrate entre la moto y el elefante [con la trompa hacia abajo, signo de no buena suerte] contiene una enseñanza que admite lecturas y sentidos diversos: convergentes y divergentes. Pero el momento del disparo pertenece a otra realidad: la agradable y extraña y cálida noche londinense en diciembre, las palabras y los gestos del momento, entrecordas músicas orientales. Ay, por un momento pensé que estábamos en la India, pero no, lo que nos anclaba al espacio-tiempo es lo que ahora nos transporta a Londres. La foto certifica esa posibilidad.


sábado, 17 de diciembre de 2016

I would prefer do not








+ El título que encabeza esta entrada corresponde a El escribiente Bartlerby, de Melville. Preferiría no hacerlo, dice cada vez que se le encomienda un trabajo y allí permanece, en una esquina del despacho.

+ [Distinciones que no conducen a ningún lugar, o tal vez sí]. Leo con paciencia un breve libro. El avión es un cofre de ruidos especiales, de sonidos amortiguados, rumores que se desvelan con el grito de los niños, los avisos y esa caterva de ventas, sorteos y promociones que ofrece la compañía de bajo coste. Finalmente, en el libro, encuentro un contraste que me interesa: lo arquitectónico de la sociedad disciplinaria se opone al dopaje en la sociedad de la responsabilidad. Hay algo sobre lo que he reflexionado con frecuencia: ¿somos responsables de nuestra biografía? Mejor planteado: ¿qué parte de nuestro éxito o fracaso se debe a nuestra voluntad, a nuestro trabajo y talento? ¿qué es debido a la posición de partida, bien por nacimiento, bien por suerte o casualidad? Se impone la tendencia neoliberal que intenta obviar tantos y tantos detalles minúsculos pero significativos en una biografía. Un golpe de azar violento, brusco, brutal nos puede arrojar a una mendicidad sin contemplaciones, pero la sociedad se constituye en un espacio en el que sólo cabe el optimismo y nombrar la desgracia no es oportuno: la muerte, la vejez, la pobreza. Al tiempo, una vez en casa, me dedico a investigar superficialmente sobre la vivienda en Londres, cómo los states se van demoliendo para dar paso a viviendas inalcanzables para el trabajador del común, el que no supera las veinte mil libras anuales, ¿quién se puede permitir un piso de cuatrocientas mil libras? Desde luego que para los antiguos habitantes de las viviendas sociales esta cantidad resulta imposible. No para ricos de otros países, que compran la vivienda como inversión, lo que se traduce en que en una gran mayoría permanecen vacías. Esta contradicción incide en el punto que inicia este párrafo: la coacción no viene ya desde la disciplina (como explicaba Foucault) sino desde la responsabilidad personal: si no te puedes permitir esta vivienda es por tu culpa, no puedes responsabilizar a nadie ni a nada de tu incapacidad. Ahora veo las fotos que disparé sobre la torre de la ampliación de la Tate Modern y son una confirmación. Según el tiempo pasa, Londres es menos Londres y su silueta responde más a una megalópolis de los Emiratos Árabes. Sé que este problema es emblemático, en él se encierra una explicación del momento en el que vivimos, hacia dónde tiende la historia: ese caballo descabezado que corre sin freno (claro, no tiene boca porque no tiene cabeza: dónde colocar el freno), que sin un plan avanza mediante el crecimiento ilimitado. Hacia el infinito, hacia el absurdo, hacia la nausea. Es la hora del turbocapitalismo, Londres: su mansión.

+ No creo que la sociedad disciplinaria esté clausurada. F. todavía es válido.

+ Los pisos de cuatrocientas mil libras no son los más caros. Hemos visto precios que consiguieron que nos doliesen los ojos. Un piso de un dormitorio, cuarenta y cinco metros cuadrados, en Kensington, un millón doscientas mil libras; tres dormitorios, cuatro millones de libras. Observé a los vendedores tras el cristal, observé sus mesas y el panel con las operaciones futuras y las cerradas, el mapa zonal. Fotografías de nuestro tiempo. Recordé cómo los tulipanes se convirtieron en materia de especulación y un bulbo valía lo que un barco con su cargamento. Luego caminamos y compramos unos insípidos y carísimos sandwiches, una botellita de agua y una banana. Nos sentamos en un parque y a nuestro lado estaban aquellos que vendían y alquilaban (v. gr.: 16.500 el alquiler semanal); allí estaban con su cansancio y la necesidad de encontrar el dopping adecuado para ser productivos, para merecer ese premio, para no precipitarse en el hoyo. Londres, a esa hora, era un lugar triste, a pesar de las luces, de la navidad y de todo optimismo generado con determinación.

+ Copio un poema de Karmelo C. Iribarren: «Madrid, metro, noche»

Gente
exhausta,
con la vista
clavada
en el suelo,

preguntándose
por la vida,
la de verdad...

porque no puede ser
que sea
solo eso...

+ El poema que he copiado recoge una impresión que flota cada vez que regreso de una ciudad muy grande. En realidad, aunque con cierta constancia, sólo voy a Londres o a Madrid. Bien, también a Oporto, pero no tiene Oporto estas dimensiones inhumanas, laberínticas y nerviosas. Trenes, metros, tráfico insomne. El ritmo del desplazamiento y los sombríos rostros que se debaten entre el sueño, el cansancio y la obligación. La obligación de estar vivos, la obligación de respirar, la obligación de reproducirse. Estos días en Londres asistimos a atascos y aglomeraciones, que contrastaban con lujuriosas representaciones navideñas: luces y ángeles más próximos a un anuncio de la muerte que a una invasión de felicidad. Rostros comprimidos que escrutan su teléfono para jugar con frutas electrónicas que se deslizan irónicas por la pantalla, mensajes en blanco y verde, fotos de los hijos, de la amada o los padres ya muertos. El teléfono es hogar y es ludopatía, el teléfono es el otro yo del que hablaba aquel poeta muy prematuro, menos francés que universal, tan francés, tan poco intercambiable como único. El poema de K.C.I. habla en su sencillez y exactitud de algo que percibo como el extraño que soy a las aglomeraciones urbanas, como provinciano perplejo y curioso. El infierno recubre la conurbación y pienso ¿quién ha erigido todo esto, dónde está esa masa humana innombrable que elevó los rascacielos, trazó las calles, delimitó los trayectos del metro? ¿fueron los arquitectos, los ingenieros, los albañiles, fue el obrero o fue la pluma que escrib los nombres y las cifras en una nómina de pagos,  fueron los que les dieron de comer, los que fabricaron los muebles, los que cuidaron y educaron a los niños? ¿quién nos amó en el silencio invisible del pasado con tal intensidad que nos entrega este teatro móvil, eléctrico y peligroso? Hay un enfrentamiento con el ser anónimo que hoy nombraremos: Leviatán, el que nunca duerme, el que siempre vigila. Regresaremos a Londres y todo estará como lo dejamos, a pesar de ser ya otra la ciudad.

+ He estado dos veces en París y sé que desconozco todo sobre la ciudad. La prueba está en que no he percibido, todavía, esa aspereza cruel de lo cotidiano, y, al tiempo, tampoco la grandeza de los que luchan desde el anonimato, los que constituyen la verdadera y auténtica sangre de las ciudades.

+ He comenzado la lectura de un libro de divulgación sobre las redes. Lo escribe un matemático y un periodista, Caldarelli y Cantanzaro. Italianos los dos. Este breve libro se titula: Redes: una breve introducción. Me parece interesante pensar en redes para describir lo cotidiano, en los límites o en las posibilidades que ofrecen. Leo: «los fenómenos políticos que tienen lugar en un país no son tanto el producto de una identidad nacional previa, como del modelo específico de la relaciones sociales dentro de ese país». Lo que nos lleva a situar el debate no tanto en identidades como en los intereses y las luchas por el poder. El poder es la capacidad de hacer e imponer, y, también, de negar o permitir el hacer de los otros. El poder articula la política por lo que la política es la lucha por el poder, en cualquier caso hay una simetría necesaria entre poder y política. Desde luego, todo resulta más complejo, pero la perplejidad ante las situaciones que nos parecen injustas necesita un buen punto de partida, un ángulo, un promontorio: la visión en red de las relaciones sociales me aporta un enfoque para la situación de la vivienda en Londres que estimo adecuado. Pienso en los paralelismos y coincidencias con lo que sucede en mi entorno: precarización del trabajo, el trabajador pobre, la imposibilidad de adquirir o alquilar una vivienda, elevados precios que llevan a situaciones que rozan lo indigno, el deseo inducido por la publicidad y el marketing, el cansancio, la desgana, la melancolía (…) No son anécdotas, es una tendencia que se impone. No tanto en cuanto identidad, sino como vida y relaciones. ¿La identidad se ha diluido? ¿Las redes describen este desvanecimiento? ¿Todo pasa por dibujar grafos que nos permitan entender el problema más allá del individuo? Cierro el ordenador y me dispongo a limpiar el baño y la cocina.

+ Las tareas del hogar son un ámbito propicio para la reflexión, en eso se parecen a salir a correr. Queda algo en suspenso que permite el alejamiento de lo libresco.


+ Imagen(es): tres fotos del último viaje a Londres, tres momentos, dos ideas que se mueven temporalmente entre el presente y el futuro, los tintes del pasado se anclan al autobús desenfocado que surca el Westminster Bridge

sábado, 10 de diciembre de 2016

Lo normal




+ Repaso manuales de escritura y encuentro en todos ellos una nota común: se reclama como principio básico la claridad. La claridad en la exposición, en la frase y en el concepto. Dejo la idea y me centro en el aspecto formal de uno de estos libros: la cubierta sin ilustración, un hermoso rojo, una tipografía muy sencilla, la paginación, el gramaje de sus hojas. Me detengo en este placer que deviene de la contemplación del libro como objeto, en el olvido de que hay un texto que es el que le da sentido y verdad a su existencia. El libro, el manual se titula : How to Write About Contemporary Art, de Gilda Williams. Y eso me lleva a recordar una instalación donde todos sus elementos eran libros con las páginas en blanco o con líneas que representaban un texto que no era posible leer. Así, abiertos como pájaros a punto de emprender el vuelo. ¿Un significado para el significante? El lugar del libro en la vida de las personas atrae para sí una explicación, como si la biblioteca personal no dejase de ser declarativa, una suma de intenciones, una autobiografía no escrita, pero, al tiempo, palpitante tras los títulos. La claridad no es cortesía, es obligación.

+ ¿Es la claridad lo normal? ¿La norma que cada uno establece a diario, siempre presente, siempre cambiante? Hoy la claridad, mañana las tinieblas, entre ellas: el interregno del yo, esa ficción.

+ La tarde del domingo es clara y hace un calor que no se corresponde con el mes de diciembre. El coche se desliza por una carretera que corre paralela a la ría, cruzamos el puente y aparcamos (no sin dificultad). Las calles están llenas de gente y los comercios vacíos. La Navidad es una edad para la infancia, nosotros ya hemos descreído y el reflejo en la cara de los niños permanece como la única verdad que se puede atrapar. En la librería hace un calor desagradable, los dependientes montan estanterías con libros que son objetos para regalar: grandes formatos, portadas azucaradas, títulos solemnes en tipografías elegantes y pesadas. No soy capaz de concentrarme en lo que busco y no sé qué busco, me digo. C. y yo coincidimos en una percepción: hay un proceso hacia lo cutre que anuncia el final del establecimiento. La cutrificación es una de las características de la crisis, vaya: es decir: de nuestra época. Esos libros que no son para leer sino para colocar encima de una mesa, el ruido, el calor, la apertura del negocio en domingo, el cansancio en los rostros de los dependientes y encargados. Una suma que carece de límite y tiende al cansancio, a la abulia, al aburrimiento mineral de las tardes de domingo. No importa.  La librería se agota, como el enfermo postrado sobre esos males de los que no le informan los médicos. Nosotros no somos los médicos, simplemente, y al calor de unas cervezas, dejamos flotar nuestras certezas en lo dorado, en la espuma amarga y deliciosa.

+ Admitir lo normal es someterse a su imposición. Se debe uno rebelar contra esta losa moralizante. «No lo esperaba; tenía otro concepto de ti; pensé que eras de otra manera; no es lo que tú me habías dicho». Yo no había dicho nada, nada prometí, pero en su rostro había chispas de norma y sanciones en consononacia. La normalidad. No acepto reglas  que no me pertenecen: tan permanentes, tan variables, tan contradictorias. Son límites que se fortalecen en lo diario, pero que se podrían descomponer, transformarse, crecer o menguar. Un poco de rabia que se atenua con la carrera.

+ Se aproxima nuestro avión a Londres. Otro año. Hay tres libros en el equipaje. Una historia de los Austrias, Poemas del Conde de Villamediana y La sociedad del cansancio de Byung-Chul Han. Ninguno de ellos tiene demasiadas páginas y son el perfil de un deseo del que desconfío. Siempre los libros que se atesoran para el viaje se aproximan al arpa de la que hablaba Bécquer en su poema El arpa olvidada. Así: «silenciosa y cubierta de polvo». ¿Será el arpa el emblema del viaje? ¿El arpa o el arpista displicente y ocioso? Trataré de leer, me lo propondré cada mañana londinense; allí en Kensington, mientras el underground agoniza.


+ La seducción de la modernidad, el contraste de lo últranovedoso con lo viejo, con lo antiguo, con nuestra idea del presente. Constantemente estamos sumergidos en un escenario cambiante. Hoy toca disfrutar de estas maniobras de extrañamiento en esta ciudad tan amada como desconocida. 

+ Londres sin lluvia es menos Londres.

+ Imagen: un sendero en Bath. El misterio romántico ilumina nuestro interior: una luz mortecina y ámbar, delicada como las patitas del gato que atormenta al ratoncito, que mata al pajarito para luego engullir sus entrañas. Un equilibrio entre la ternura y la crueldad, que flota en nuestro amor y en el viaje. Un propósito para el nuevo año: el viaje como eliminación del yo, y este sendero en Bath trata de comprimir esa posibilidad.

sábado, 3 de diciembre de 2016

Posesiones




+ El retrato del rey equivale a su presencia, el retrato de la amada a su posesión. Leo esto en un artículo sobre pintura y poesía en el Siglo de Oro. No puedo dejar de pensar en ello y en esa implicación que tiene con las culturas orientales donde se estima que disparar una foto sobre uno es lo mismo que robar su alma. Así, veo los retratos que tengo enmarcados: cantantes, músicos, poetas o filósofos. Creo que más que posesiones o presencias, se trata de dioses tutelares, ‘dioses lares’, que pretendo yo que guíen en el inicio del día y me acojan en el final de éste. El retrato como el emblema contienen un propósito, por lo que es mejor dejarlo en suspenso y que cada vez que lo observas se cargue y se actualice su cifrado mensaje. Los veo y trato de mantener la mente en blanco y que sólo sean ‘dioses tutelares’, nada más: significante con significado variable y aleatorio.

+ Llegó Takashima Hisa.

+ Otro día más y me entrego a contemplar la bandera de Venecia, como si eso fuese posible. Llueve y el ritmo de la lluvia es el que marca la elaboración de un soneto que no llega a nada, salvo la traza de las rimas, salvo eso, que no es menos que nada, pero tampoco más.

+ Vemos a los artistas en sus horas de ocio y tratamos de distinguirlos de otros personajes que a diario nos cruzamos. Hemos visto que sólo pequeños detalles los distinguen: unas gafas verdes, un anillo con un ojo de cristal engastado o, tal vez, una corbata con siluetas de Andy Warhol. O no. Ni siquiera eso. No quiero pensar en que su trabajo es la elaboración de obras que son valor, que son tan nítidas como las cifras en un cheque bancario. Porque ellos beben el vino honrado de las tabernas, y hablan de su trabajo con veneración, porque creen que todavía persisten liturgias y comuniones, cuando ya todos hemos descreído de todo. Ellos están ahí: en la penumbra, recostados, un poco gordos, endiosados y sabedores de su condición mortal, con sus hijos, con sus hipotecas, con su mensualidad de electricidad y agua corriente. Les salva el empleo docente, que cada 31 les da esa extraña independencia, que los larva, que los inclina contra la acedía. Son brillantes semidioses, pero su tiempo ya no es éste y esto se debe a que han perdido el hambre de ser, la facultad de verse en el espejo y desafiarse. Ahora abandonamos la taberna y el frío de la calle es la única realidad tangible; su visión ha sido un sueño, un sueño deshilachado.

+ ¿Y el crítico de arte que dormita en los rincones de su propio olvido? Ay, qué triste es la incapacidad, la imposibilidad cuando con una pizca de talento hubiera sido suficiente. Ahora la vida es pedalear con una bicicleta de chica a las orillas del río, pararse y ver cómo la corriente desciende despreocupada. Creo que la solución es que se entregue a la carrera, correr le salvaría de la melancolía. Pero no. El ama la melancolía, refugio de su falta de talento.

+ Nos gusta el arte, pero no nos gustan los artistas. Hace tiempo que oí esta sentencia a una persona brillante en lo suyo: la confección de historias del arte, que así suena como algo entre el ganchillo y la terapia ocupacional. Y no va desencaminada la etiqueta. El arte es una cosa, sus ejecutores otra. Lo he visto unas cuantas veces y en ello me reafirmo. Prefiero no no conocer al poeta y que los versos queden limpios de contaminaciones y máculas que la persona y sus aledaños pueden  empañar: esos versos que hemos encontrado sublimes no resisten el contacto con el que los ha compuesto. A veces me pregunto: ¿soy asocial?

+ Qué sutil resulta la diferencia entre tener y no tener talento, pero cuánto tiempo le lleva al que carece de él hacerse cargo. Cuánto dolor reflejado en su creativo rostro, entre el Greco y la dispersión de un abstracto americano de reciente factura. Suena Heitor Villa-Lobos y todo da igual. Exactamente igual. Ya no llueve y es momento para salir a correr.


+ Imagen: de un archivo [electrónico] rescato una foto que se disparó contra la televisión. Hay algo aleatorio y [anti]artístico que me interesa especialmente. No hay intención, y se distribuye un haz de significados sobre un único que significante que se expande más allá de lo que yo puedo ver, lo que yo puedo entender. Cuenta la hora, el encuadre y la motivación de lo actual que comienza a estar caduco. ¿Una posesión? Lejanía y espera.

sábado, 26 de noviembre de 2016

Venecianismo(-s) vario(-s)



+ Coubert : [auto]retrato del hombre desesperado. Me reconozco en los rasgos de este retrato, por un momento, sólo por un momento. Pero ni yo soy Coubert, ni yo estoy desesperado, sin embargo el motivo del disfraz me subyuga y me proyecta hacia otra realidad, oculta y a punto de brillar por sí misma. Es ese el comienzo.

+ [Modelos de belleza]: ¿quién configura la belleza que apreciamos? ¿en otro tiempo los pintores y escultores, también los poetas; hoy: la televisión y la publicidad? No hay nada más subjetivo que la belleza, y si se puede objetivar sólo es mediante la simetría y la salud, me dijo alguien en una ocasión. Qué coordenadas son éstas. Hoy vemos a una mujer con una enorme nariz, pero no encuentro en ello una monstruosidad, sino la contrario: una belleza que diferencia la norma de lo excepcional y ese es su triunfo. La oportunidad se viste de lo irregular, lo irregular alcanza un estrato superior, es un distinguirse de lo dado, un estado que humaniza la realidad rutinaria de la mañana. No hay nada que reprochar al incapaz. La belleza reside en el movimiento de la mano, en el aleteo de las sombras, en el vuelo del cabello. Siempre reside en el que ve y en la conexión con el que es visto, sin saberlo: tantas y tantas veces.

+ «Un hombre ha de comportarse en presencia de cualquier tipo de oposición como si todo fuese nominal y efímero, excepto él.» Ralph Waldo Emerson.

+ Aplico, en los últimos días y con una incierta constancia, la etiqueta ‘nominal y efímero’. Tiene un amplio rendimiento, en él me recreo sin cortapisas.

+ Compro un libro que si titula: How to Live in Style: Young Colour Guide to Modern Decoration (Young color), de Hather Standring. Lo sé: es una veleidad. Se trata de algo que vi en un vídeo de Pulp y me gustó el título, la portada y cierta y elegante frivolidad. Soy un decadente, me digo sin despeinarme (pues nunca me peino). Me gustan estos contrastes que se establecen entre mis lecturas y mis temas. A un lado un análisis del barroco español o un tomo de Ralph Waldo Emerson, al otro pequeñas monografías sobre la decoración en diferentes décadas del siglo XX en el Reino Unido, un catalogo de Ikea o una colección de mapas de metro. ¿Busco, como otros hacen, lo paradójico? Creo que lo paradójico habita en mí, incluso, antes de mi nacimiento. Repaso momentos de mi vida y me ha gustado, siempre, desequilibrar lo esperado. Así, me disfracé de Quevedo en mi último viaje a Madrid; me he complacido en mostrar esta imagen, que me subvierte, que me convierte en un cómico. Y así. Pero, mientras espero el libro citado un poco más arriba, escucho a Bach y escribo, escribo esto que lees [si es que tienes tiempo para leer].

+ [Verónica Franco = V.F.]. ¿Quién es V.F.? Veo el retrato de una supuesta V.F., que realizó Domenico Tintoretto a lo largo de diez años y me pregunto por sus razones: las del pintor y las de la modelo. Ella muestra el pecho y mira hacia la derecha, ignora al espectador, pero sus pechos son otra mirada: la textura, la perfección, la verdad de la carne. La manos indican esa verdad sin dudas ni titubeos. Las cortesanas honestas es el eufemismo para denominar a ciertas prostitutas que en Venecia se alejaban del puente Rialto, como si hubiese una elevación de categoría o jerarquía. Se dice de V.F. que era cultivada y una poetisa notable. ¿Tiene alguna importancia que el retrato capture a V.F. o una otra mujer? ¿Erotismo, exhibición, pornografía? Los términos se transforman y no delimitan el impulso que el cuadro tiene. Va más allá del cuerpo, incluso. Ese misterio que no atrapan las palabras porque está, esa totalidad, más allá de lo ‘nominal y efímero’.  Cuando llego al final de una lectura sobre el tema, aparece un género que son los retratos de venecianas. Veo en ello un tema poético para un poesía que hoy resulta un tanto envejecida, pero que en los años sesenta y setenta del siglo pasado triunfaba: esa suerte de venecianismo estetizante. En fin, cierro el ordenador a esta hora nocturna y propicia: el sueño me espera.

+ Venecia contiene un tratado de visiones, algo que surge sin necesidad de peregrinar hasta la ciudad, quizá: es un otro algo con el que se nace. Es más, a día de hoy, no resulta posible llegar hasta allí; yo al menos he renunciado a ese viaje y espero morir diciendo: «nunca fui a Venecia». Pero la poesía vibra y consigue que los ecos de la ciudad lleguen hasta mi ‘estudio’; hay ocasiones en que creo que la poesía es eso mismo: la elaboración de territorios y tiempos en el margen de lo verosímil y de lo aceptado. Elementos que resultan complejos en la explicación y, sin embargo, laten con el corazón de un pequeño animal asustado, en nuestras manos: un pájaro o un gatito. Le dejamos escapar, ¿es esto lo poético? Sin duda, pero también lo es su inversión. «Arde el mar» y los teatros nos rinden pleitesía. Yo soy Venecia, en tantas y tantas ocasiones; hoy también, esta noche también.

+ En fin, «Tiene el mar su mecánica como el amor sus símbolos.»


+ Imagen: Madrid esconde su Venecia solitaria y personal, recóndita y engastada en el oro de su cielo. Una foto no es nada, la sensación que trae, un tesoro, ¿se puede compartir?

sábado, 19 de noviembre de 2016

Espejos




+ [Visita a la biblioteca]. Cojo tres libros: uno sobre el Conde de Villamediana, el segundo es un atlas histórico y por último una colección de ensayos de R. W. Emerson. La lectura fragmentaria es uno de mis pasatiempos favoritos. Recortes que conforma una nebulosa entorno a un tema. Más en concreto: leo el ensayo de R.W. Emerson La confianza en uno mismo y resuelve dudas planteadas en los últimos días. Tal vez se trate de aceptar el lugar en el mundo que hemos llegado a ocupar. ¿Tenemos suerte? La suerte es una palabra desterrada de un vocabulario que construimos, pero está ahí. Hay algo que se superpone: el destino. Se debe labrar la construcción de la definición, pero en ella estamos. Esa es la nebulosa en la que se integra el fragmento de R. W. Emerson.

+ Ahora, una vez más, retomamos la cita de Heráclito de Éfeso, el Oscuro. «El carácter es el destino». La alianza entre carácter y destino otorga la llave para penetrar en un misterio rector, el misterio que guía la biografía.

+ Finalmente, durante el viaje de regreso de Madrid, leí la Fábula de Faetón completa [una vez más]. Me gusta recordar cómo la noche cayó y la lectura se convirtió en materia viva. El vagón era silencio y oscuridad. Observé como la chica que iba a mi lado medía sonetos, llevaba en una gran cesta cerrada un podenco, tímido y simpático, luego  sacaba el teléfono, luego el libro electrónico, un ordenador y, más tarde, regresaba a los sonetos. Entre los coluros y el fuego, el viaje avanzaba; yo estaba refugiado en la música medieval que había bajado para la tableta, todo encajaba con perfección.

+ «Una performance es algo que sucede en un momento determinado en un lugar determinado» Esther Ferrer. Parece sencillo, pero me ha llevado más de treinta años entenderlo.

+ En algún lugar de un periódico digital me encuentro con la historia de una mujer que siente que su hermano la odia. Ella dice que nunca lo ha humillado o despreciado, que no encuentra una razón para ese odio. No se lo explica y, al tiempo, no deja de darle vueltas. La única relación que tiene con él es a través de su mujer, que es una buena persona y comprende la situación, aunque no sea capaz de atenuar la tensión. Las explicaciones que aporta una psicóloga parecen sensatas, los comentarios inciden en ello y hay una conclusión que se dirige hacia la esperanza; pero, a mí, lo que me interesa es la novela que parece encerrar. Veo la foto que encabeza la noticia y reconozco en ella un signo de nuestro tiempo: la soledad y el estrés. Es un emblema. Hay una debilidad generalizada que siempre ha estado ahí, pero ahora no hay cortapisas para mostrarla. El último consejo es que busque aquello que la hace ser ella misma, lo que le da confianza y seguridad, que sea educada con él y que no olvide que ella es sólo el 50 %  de esa relación y, por lo tanto, hay una mitad que no depende de ella. Considero que es un buen punto de partida para una narración, de ello dejo constancia: me imagino el escenario: las calles del extrarradio de Londres, el transporte público londinense, una oficina en la City o una coqueta boutique en algún barrio caro, el confort y sus ilusiones, cenas familiares en Navidad, lluvia y paraguas abiertos, el West-End o el turbión de los atascos en día de frío y oscuridad, allá por noviembre. Por ejemplo.

+ [Cesurismo]: en el libro que manejo o leo con calma durante las últimas semanas, Crise e Crises em Portugal de Carlos Leone, me encuentro con la distinción entre un saber discontinuo y un saber acumulativo, y es el primero el que configura nuestra manera de ver y entender el mundo, como herencia de la modernidad, donde se llega a una ruptura [cesura] que invalida todo lo anterior. Creo que se puede aplicar más allá de las ciencias sociales, pero no es algo que no haya existido ya en las ciencias experimentales, al menos en cuanto a trazar las grandes líneas que delimitan el camino del saber: el heliocentrismo desplaza a geocentrismo, pero también aquél se verá desplazado sin remisión. Lo que ocurre es que las ciencias sociales no son equiparables a las ciencias de la naturaleza. Sin embargo, acepto de buen grado esa sensación de discontinuidad que todo lo recubre. Quizá más que de discontinuidad podríamos hablar de fragmentos. Los programas de tv, la música, las noticias que llegan vía electrónica, publicidad, conducción en medio de la oscuridad arropados por las canciones que brotan del reproductor de Mp3, teléfonos, cámaras, desplazamientos masivos, etc. Es nuestro tiempo y su liviana inconsistencia, nunca antes vista por la humanidad. Hay un placer oscuro en recrearse en esta sensación temporal, la nota que un tatuaje aporta a una conversación, v. gr. Los viajes en tren dan mucho de sí, en ellos puedo reconstruir escenas del pasado y encontrar un sentido que sólo este presente les otorga, a sabiendas de que la interpretación está en suspenso. La discontinuidad y lo fragmentario dan el tono de nuestro entender la vida.

+ Poco me falta para terminar el libro de Carlos Leone, pero lo reservo para el fin de semana, casi por un otro placer: el gastronómico.


+ Imagen:  patio, posado y disparo [fotográfico].

sábado, 12 de noviembre de 2016

La carne, las crisis y los dobles




+ Acumulo libros sobre Portugal. No sé si es adecuado el verbo acumular, pero hay algo de estiva o acopio en mi manera de adquirirlos en librerías, grandes almacenes o puestos callejeros, también, cómo no, en las tiendas electrónicas. Tampoco sé si el hecho de nombrar así mis compras tiene una relación con el contenido, con los temas tratados. En fin, poco importa. Lo último que compré fue un libro de Carlos Leone, un libro hermoso en lo material: un azul perfecto que parece representar el mar donde se hunde un barco de papel, bajo el barco, que está en la parte superior de la portada, las letras amarillas proclaman el título: Crise e Crises em Portugal. En el inicio el autor se ciñe a la mitología para acotar la palabra, esto me hace retrotraerme a lecturas que se han desvanecido y con su recuerdo regresan días hermosos en Portugal. Continuaré la lectura, daré cuenta de ella [aquí] y lo dejaré en un estante, con otros libros que tratan ese mundo que tanto me subyuga: Portugal.

+ Observamos los tatuajes con perplejidad porque somos ajenos a todo lo que ellos portan y no terminamos de comprender su significado y, al tiempo, el significante nos espanta un poco, sólo un poco, ya que también hay algo de seducción en ellos, un guilty pleasure. La ambivalencia nos caracteriza en la misma medida que la paradoja o la contradicción, y en eso estamos. Total, en un restaurante nos precede un chico muy joven que se ha tatuado en negro absoluto todo su brazo izquierdo: hay un troquelado cerca de la muñeca que muestra un rostro japonés, de enfado o de ira. ¿Dies irae? Estoy cerca de él y no puedo menos que ver de cerca ese prodigio: la piel tiene una extraña calidad que va de lo escamoso a lo mortecino o embalsamado. Continuo con el retrato: unas dilataciones grandísimas amplían el perímetro de los lóbulos de sus orejas de una manera monstruosa. Hay algo que pretende luchar contra el tiempo y no lo consigue. El tiempo hará que estos distintivos signos se degraden y así se perderá una de sus funciones, ¿cuál? La respuesta llegará con la degradación. Toda transformación es artística, todo arte remite a la temporalidad y a la finitud, ninguno llega a vencerla, nunca; salvo en sentidos no literales, pero esto, a la hora de la verdad, importan poco.

+ A través de las casualidades, una vez más, llego a la pintura de Francis Bacon. Veo los cuadros y me centro en su carnalidad, no en otra cosa, ni siquiera los colores, ni siquiera las formas. Utilizo la memoria para recomponer los orígenes de todo eso: boxeadores, miembros deformes, peleas. La erupción del cuerpo sobre la llanura de lo diario, la rutina: el trabajo, el sueño, el amor, la reproducción, la amistad, el odio, la compra, la comida, el alcohol, la música y el humo del tabaco rubio. Se eleva el cuerpo y establece su fuerza, pero, también, su derrota. La carne como única verdad, su descomposición es el destino. Fuego, humo, ceniza. El amor y el olvido. La pintura no es sugerencia, sino certeza sin palabras, inexpresiva porque no hay necesidad y este es su ámbito. Un trapecio rasgado de un azul piscina, el correspondiente segmento trapezoidal para completar el rectángulo: una arenisca suave y delicada; la figura abstrae el significado y deja en suspenso la posibilidad de una lectura.  La carne siempre tiende al cadáver o a la alimentación; es lo que se lee, es lo que leo. 


+ Es lo que tiene la ausencia de conocimientos precisos: permanece el aura de la pintura, aunque hoy sea un fetiche, que en el pasado fue obra viva.
 
+ Libros para un viaje: El Topo, John le Carré; Obras, Conde de Villamediana, ed. Juan Manuel Rozas. Nada más, dos libros. Y, como siempre, sé que hay muchas probabilidades de que no abra ninguno, sin embargo he aprendido a llevar sólo ¡dos libros! Un día, quizá, llegue el momento de no llevar ninguno, pero ¿qué será de ese equipaje sin libros que no leer?

+ [Estudio de algunos retratos fotográficos]: Desde hace un tiempo observo con atención un ¿estilo? de retrato fotográfico. Se trata del que recoge a una persona célebre con su admirador. He visto fotos de pilotos de motos o coches con aficionados a estos deportes; fotógrafos con prestigio con fotógrafos de provincias, con más rutina que arte; pintores consagrados con retratistas de banqueros, abogados y empresarios; escritores y sus dobles que habitan en oscuras habitaciones entre la lectura y la prosa húmeda del invierno de sus vidas. Hay un hiato entre las expresiones: los primeros están absortos y serios, los segundos sonríen en un intento de un imposible empate. ¿A dónde quiero llegar? La fotografía se ha convertido en una baratija, pero creo que esa creencia que la cámara roba el alma tiene algo de verdad. Los primeros son absorbidos por una cámara que trasvasa un algo a los segundos; pero no es suficiente, no llega y cada uno sigue su camino sin saber que sus almas se han infiltrado la una en la otra y persiste la sensación de robo, en el inconsciente. La cámara tiene un beso mortal que se filtra desde la memoria fósil.

+ Imagen: las líneas, los reflejos, la luz. La consecución de lo abstracto no es menos que una técnica, la visión de un flâneur sin pretensiones en sus días de vacación y holganza.

sábado, 5 de noviembre de 2016

El interior (y 3)






+ En el fondo de mi ‘estudio’ tengo cuatro diccionarios, tres grandes diccionarios y un tercero de bolsillo [el de alemán]. [Los otros tres: el portugués, el inglés-español y el de la Real Academia, comprado en el año ochenta y cinco, tal vez en el ochenta y seis]. ¿Son cadáveres, me pregunto al verlos, allí: mustios, aburridos, solitarios, perdidos en el olvido? Muchas veces pienso en buscarles una utilidad, fuera de la ornamental, pero no encuentro nada. Me gustaría que se convirtiesen en algo lúdico y nada aparece. Cómo han sido barridas las obras de consulta, me digo mientras recuerdo las grandes enciclopedias, sus tomos, aquellos dorados, esa sensación de muro, la invitación al conocimiento y sus posibilidades. Hoy nada de eso queda y cualquier persona de menos de treinta años puede mostrar el mismo asombro delante del Espasa en más de cien tomos, sin contar con los apéndices, que ante una colección de sellos, monedas o de pipas de espuma de mar. Cosas, sin duda, del pasado. Persisto en mi idea porque tengo cariño por los diccionarios, inevitablemente su utilidad ya no es tal y son trastos de papel, objeto de colección, pero todo lo que ofrecían allí persiste. Quizá, cuando se vaya la luz, cuando se rompa el wifi, cuando el ordenador no arranque; ellos estarán ahí, sin duda. Es esa su esperanza, esa es mi esperanza, lo que nos une.

+ ¿La caracterización negativa que tiene “lujo” en el DRAE se corresponde con la realidad? ¿Para cuántos el lujo no es un accesorio sino una necesidad, una necesidad que se ilumina las razones de su persona? Caminar por esas calles orladas de tiendas imposibles, tanto en sus escaparates como en sus interiores brillantes y carísimos, es aceptar una dolorosa lección. Es en baratijas donde terminan las desigualdades. Botas, joyas, bolsos, adminículos. Son elementos hermosos, pero perversos, propicios para el gasto y símbolo de la frivolidad. A todos nos gustan esas perfecciones portátiles, elevadas a una categoría superior a su función, nos seducen como la modelo o el modelo, al tiempo que desconocemos todo sobre ellos, sobre su identidad, sobre sus aristas y sus huecos. Pero no importa. El lujo es uno de los ítems de nuestra época y para conocer ésta es necesario ver, al menos una vez, todo eso. Como el que se asoma a la boca de un volcán. Allí estaba: New Bond Street a las cuatro de la tarde.

+ Theatrum mundi: las costumbres reprobables: ay, aquél que podía levantar los tejados y ver los dramas y las comedias en cada hogar.

+ Es de noche, la noche del sábado, y me dejo llevar por un documental sobre Amy Winehouse. Siento tristeza y solidaridad y, al tiempo, me doy cuenta de que lo que a ella le sucedió a lo largo de su corta vida es muy habitual y sin embargo ella tenía la losa de la fama, la losa de su propio talento, la losa del personaje que había crecido a su alrededor y no reconocía; losas que no dejaban de acrecentar y acentuar el dolor. Es fácil juzgar. Me paro y pienso en que las adicciones tienen vías de entrada diversas y sin embargo el dolor es particularmente común a todas. El alcohol, el juego, las diversas drogas. Las adicciones son síntomas, pero el documental trata de encontrar una explicación para Amy y yo sé no la hay. No trato yo de atrapar nada, no me interesan ni las explicaciones ni las preguntas. Escuchó otra vez Rehab y la siento extrañamente cercana; sé que es su portentosa voz y la fijación del pasado que suponen sus canciones, pero esto no resta, suma.

+ Recuerdo la mañana tibia cuando fuimos a Cadem a visitar el pequeño parque que hay frente a la que fue la última casa de Amy Winehouse. Unos niños jugaban, las madres se dedicaban a observarlos sin inquietud y los barrenderos hacían su trabajo sin prisa y con esmero. Estudiamos el árbol donde se habían escrito mensajes para la joven diva difunta, tan excelsa como destructiva. Una vela ardía sin convicción, el cielo era hermoso y los rumores de las conversaciones en inglés parecían el arranque de un bello film sobre el amor y el paso del tiempo. Pero no. Nos perdimos calle abajo sin rumbo fijo y hablamos sobre Amy, sobre su tiempo y su obra, sobre su dolor y qué poco importa el dinero cuando la tristeza es una certeza incontestable, una cárcel transparente y hermética.

+ «Há problemas que não têm boa solução - alguns nem sequer solução alguma.» en Crise e Crises em Portugal, Calos Leone.

+ Imagen: tres imágenes que se solapan; sin ser importantes contienen una idea que flotó en la ciudad de Oporto: la sedimentación de una visión: yo soy el amo de mi destino: ése es el desiderátum. [Encontrar fragmentos poéticos en la bolsa de una chica nos reconcilia con nuestro tiempo; el poeta: William Ernest Henley, el poema: Invictus; la relación con Mandela ya la conocemos].