sábado, 30 de marzo de 2019

Listas


Madrid - fantasmas


+ Tengo dos listas que no sé si llegaré a compartir en algún momento. Son listas que no están terminadas, que quizá no tengan conclusión, son listas que responden a la necesidad de crear  presupuestos para algunas conversaciones. La primera la he nombrado como: «Autores (canon y canonización)»; la segunda: «Haces: indicios difusos y condiciones de posibilidad». Se trata de trenzar, entre ambas listas, una suerte de nebulosa de conversaciones posibles. La conversación tiene pautas anteriores a su concreción, pautas implícitas que, quizá, es preciso caracterizar y explicitar. El diálogo como punto de encuentro e inicio de una construcción, verbi gratia. La primera lista quiere dar forma a los autores que me interesan: agrupo autores por una cierta afinidad que no he determinado pero sí intuyo y creo que es verdadera en un ámbito de lecturas próximas [puntos de vista, matices, atención al detalle (…)]; la segunda lista aborda problemas que me preocupan y se decanta más hacia lo social y lo político, también a las costumbre, modos y gustos [y esto último sirve de enlace con la lista anterior].

+ Continúo con la lectura de los tomos de Pierre Bourdieu. Lectura que se produce cada sábado y cada domingo; sistemáticamente. Se trata del gusto, de los porqués de esto y de aquello, o los rechazos. Según la lectura avanza las explicaciones alcanzan mi formación cultural y sentimental: cómo se ha fosilizado, cuándo se quebró y de qué manera la he reconstruido. La observación del proceso tiene un apoyo en el discurso de los dos tomos [La distinción y Las reglas del arte. Génesis y estructura del campo literario]. Pienso en mi acercamiento a la lectura, los libros, el arte, el viaje como expresión de distinguido elegir, el viaje contrapuesto al turismo [y ahora el turismo contrapuesto al imposible viajar], la ropa, lo límites de las conversaciones, el no reconocimiento de una laguna, el silencio ante un dato ignorado, la elección de una bebida por sus implicaciones artísticas [del ajenjo al té verde o la cerveza sin alcohol, el whisky o la ginebra mala], los venenos y su adorable y maldito reflejo. Lo maldito como expresión general de una inconformista veleidad, derivada de una situación burguesa donde ya lo necesario es obvio e incluso vulgar. Esa construcción tiene su contraste en los dos tomos citados, en la certeza de que el gusto es un emblema, con mayor importancia de que en un principio se pudiera sospechar. La explicación pone en orden viejas y desordenadas ideas: hoy agrupan la constelación de las observaciones espontáneas.

+ La refracción de los estímulos [ocurrencia en el inicio de la semana, que considero poco afortunada, pero que copio como muestra de una serie de procesos de escritura, como la copia del prospecto de un medicamento: sin importancia].

+ Hay fantasmas que no asaltan inesperadamente: noticias en la televisión, fotos del pasado, una canción que trae una época no memorable de nuestro pasado. Todo ello se puede conjurar, el antídoto se encuentra en nuestro interior: hay que desterrar las figuraciones. Evidentemente extraigo el medicamento de las Meditaciones de Marco Aurelio. Evidentemente, Marco Aurelio está en una de las listas, por derecho propio, por su gran rendimiento, por ese estilo que tanta calma me ha aportado, me aporta.

+ Días soleados del inicio de la primavera. La floración, el aire limpio y el incontestable frescor de la mañana. La vida regresa. Los ciclos de la naturaleza son tan metafóricos. Ahora es primera hora de la mañana y me preparo para ir al trabajo, antes leo un artículo sobre la muerte: me decepciona y regreso a la rememoración de la primavera. Me sorprendió la variedad de verde en los árboles, nubes o verde pulverizado, en el paisaje. La muerte y la primavera, que resultan complementarias. Lo opuesto y lo complementario no están separados uno de otro, como la pieza de un puzzle que encaja en otra pieza. Días soleados, la lectura, cierto deseo a la baja, que me beneficia y me calma.

+ Muerte una mujer de 41 años en un accidente de tráfico; de primera mano recibo la noticia, que no difiere de lo que se publica en los periódicos. La opinión sobra. La muerte impone su verdad: todo cesa. Me llamó la atención lo que me dijeron: no había una sola gota de sangre, algo que no figura en la prensa: son estos los detalles que muestra la visión privilegiada por la cercanía y la experiencia. La muerte violenta es un extraño drama que nos alcanza para interpelarnos. Vuelvo a Marco Aurelio, ahora: en la primera hora de la mañana del miércoles, antes de coger el coche. Nunca se detiene, la vida, esa actividad absurda.

+ Imagen: esos fantasmas que sólo la cámara fotográfica puede atrapar.

sábado, 23 de marzo de 2019

Land Marks


Vaso Uned Madrid 2019


+ Los lugares reseñables envuelven al viajero en un estado de sorpresa: comprobar y reconocer el monumento nos aporta un grado, paradójicamente, de irrealidad. ¿Tienen una función estas señeras balizas? No lo creo porque no se trata de funciones sino de venenos. Land Marks.

+ [Vídeos en internet]. Busco unos datos sobre algo que se acerca al arte contemporáneo pero ni lo intenta ni lo alcanza; más tarde decido que resultaría conveniente escuchar una conferencia sobre coleccionismo y arte contemporáneo, pero la conferencia no la encuentro y, sin embargo, aparece un pseudo documental sobre una extensa colección de zapatillas deportivas: una vez visto, en un enlace, me dirijo a una colección de cochecitos. La cantidad de elementos es pasmosamente grande. Casas enteramente dedicadas a estos «archivos». Dejo que la corriente fluya, sin hacer valoraciones, dedicado a escuchar motivos, sistemáticas y relatos sobre las ordenaciones de la colección. En un momento, el coleccionista de autos [un hombre muy meticuloso, cómo no] dice que no ve diferencia entre coleccionar arte y coleccionar autos. Detengo el vídeo y escribo [escribo esto que ahora se puede leer], oigo la lluvia contra los cristales y miro hacia el reloj: son la ocho y cinco, es domingo, ¿tiene razón el coleccionista de autos? Podría establecer un discurso elitista sobre la tarea cultural que supone la creación de una colección [de arte contemporáneo] y la imprecisión que suponen los bibelots, pero no me parece que se ajuste a la idea que me perturba. Anoto, finalmente, un condicionante común: el desasosiego que la vida produce cuando se encuentra con la realidad innegable y que el aburrimiento atestigua. «El coleccionista es el que conoce su límite», sentencia el coleccionista de autos: y ahí está la razón en los límites [precio, escala, color (…)]. Toda una lección, una gran lección.

+ [Termina el vídeo]. Afirma el coleccionista que toda colección tiene un anclaje en la infancia: por eso él colecciona pequeños coches. Tal vez. La tarde es lectura y en el libro de Pierre Bourdieu aparece una larga referencia al Aduanero; según avanzo y las páginas se deslizan, deseo ver los cuadros del Aduanero, otra vez. Así, voy al ordenador y en el buscador de imágenes se despliegan ante mí varios cientos de posibilidades: entre ellas escojo La gitana dormida [la noche, el león, la mujer, la cítara, el jarrón (…)]. ¿Por qué escojo este cuadro y me detengo en su estudio durante largos minutos? Porque este cuadro tuvo un significado en mi infancia, un significado que se ha perdido y del que sólo quedan algunos jirones que se traducen en una idea de extrañamiento, de lejanía, de no comprensión: el color, las figuras, la propia tela que compone el atuendo de la mujer, los pies y las manos de la mujer. El choque se produjo entre una idea de pintura y una realidad de pintura. Con mucha precisión puedo recordar el fascículo que mi padre trajo, aquéllas hermosas reproducciones en tamaño de un A3 (más o menos). Con la recuperación del pintor ha regresado todo un mundo que yo intuía y que nunca llegó a cuajar. El coleccionista tiene mucha razón: la infancia es determinante en ciertas obsesiones; aquí los cochecitos, aquí los cuadros y el arte. Yo tampoco he conseguido desprenderme de ello, pero mi colección no es tan evidente, no tiene ese grado de concreción, pero es igualmente obsesiva.

+ Samanta Schweblin dice que mejor que los premios sería tener un sueldo que le permitiese escribir sin preocupaciones. Las sugerencias de los vídeos son un retrato; el inquietante retrato que ofrece la lectura de nuestras preferencias en línea. Relaciones familiares, parecidos de familia, filias y fobias. Qué sé yo. Recupero el libro de S.S. que compré hace unos meses, quizá esta noche lea algo, quizá no.

+ Llegó la noche y comencé a releer el libro de S.S.; un cuento. Respecto a la primera lectura, la prosa había ganado una suerte de vértigo, el subrayado de inciertos detalles que iluminan la oscuridad del relato, la composición de un espacio y un tiempo que condicionan el giro de los personajes. Todo está abierto y esa apertura ofrece un extraño placer. Me recordó a Salinger, pero llegó la hora de dormir ya apagué la luz.

+ Copio una parte de un diálogo de uno de los cuentos de Samanta Schweblin, Cuarenta centímetros cuadrados: «Cuando le pido algo a Dios pido así: Dios, vos hacé lo mejor que puedes- y dio un gran suspiro-. De verdad, no pido nada puntual. De tanto escuchar a la gente aprendí que no siempre piden lo que es mejor para ellos». Ciertamente es una vieja idea que se remonta más allá de las culturas clásicas, eso creo, pero me ha gustado la actualización, en este momento, con estos filtros que se constituyen en esta hora: el café, la tenue y amarillenta luz, el silencio de la madrugada.

+ Después de terminar la lectura de otro cuento de S.S., E. y yo hablamos por vídeo conferencia. Entre otras muchas cosas, me dijo que la sorprendía que yo la citase. Es cierto, quizá se trate de súper poder, como los súper héroes de Marvel, que a ella le gustan e interesan. ¿Son los súper héroes de hoy una mitología de ayer?

+ He retomado a Lucrecio y no he podido de dejar de pensar en Nápoles, en Pompeya. He pensado en la calles por las que C. y yo caminamos, la retícula de la ciudad, los frescos, el aliento que se sostenía desde el pasado, el remoto pasado. De rerum natura, con una introducción de Agustín García Calvo, un libro que recupero porque alguien dice que es un libro que le acompaña. Por otros motivos, motivos muy diferentes, lo aprecio: reconozco la melancolía que imprime y me digo que la melancolía es el humor negro, una enfermedad que germina sin piedad en los corazones sensibles al dolor de vivir. Me acerco a una historia de la literatura latina y busco el nombre de Lucrecio, leo las noticias sobre su vida, indago en la dedicatoria del libro y encuentro la relación entre el autor y la bahía de Nápoles: los abrasados papiros de Hercúlano. El tiempo no se apiada de nadie, su crueldad es manifiesta; leo y sé que la lectura es humo, pero es en este instante donde debo detenerme y trazar el giro que se me ofrece: la lectura como impreciso veneno, vano y peligroso oficio.

+ Imagen: vaso de agua: hacia la abstracción, sin formas, sin color, las sombras se apartan, queda la luz sobre el vaso: intensa, dura, cruel. Luz de fluorescente, que puede estar en el comedor universitario o en la sala visitas del hospital, y nada le importa, salvo la exactitud de su tarea.

sábado, 16 de marzo de 2019

La imposibilidad del viaje




+ He comenzado a preparar un viaje a Normandía. Lo primero que hice fue comprar una Guía Verde Michelin, en inglés porque en inglés estaba a muy buen precio. Paso las últimas horas del día sumergido en la lectura de las entradas sobre los pueblos y los paisajes, en el estudio de mapas y fotografías; playas, museos o castillos. Es un trabajo laborioso que me agrada. La constitución del territorio como material de indagación, donde se van colocando balizas imaginarias de diversa naturaleza: referencias literarias, noticas gastronómicas, asuntos políticos. La conjunción de las ideas anteriores con los fragmentos de realidad que aporta la guía elevan un imaginario sutil, inasible, pero que se hará materia en el futuro. Otra forma de estudiar el paso del tiempo. Esta es la lectura que guía las últimas horas del día, después de haber terminado la novela de espías y quedar un tanto decepcionado.

+ Espero la llegada de un mapa de carreteras; todavía faltan diez días, como mínimo, según veo en el localizador que tengo en mi correo-e. Para terminar mis gestiones necesito ese mapa, necesito el papel, necesito posar el escalímetro y anotar las distancias, hacer humildes cálculos y tomar decisiones.

+ Hoy viernes ha llegado el mapa de carreteras, lo extiendo sobre una cama y la disposición del territorio me intriga. Me intriga, en sí, Normandía: es un tema que crece y toma cuerpo. Las novelas tienen algo que ver en su constitución, dos novelas. No es la primera vez que, en mi caso, un territorio se une a una serie de paisajes que llegan a través de la narración. Lo sé, es un fetichismo. Pero la posibilidad del viaje se posa en esa, llamémoslas, iluminaciones. Francia es tema, un capítulo: Normandía. He de buscar el escalímetro.

+ [¿La imposibilidad del viaje?] Hoy es domingo y leo un artículo en un semanario que llega junto al periódico. Un escritor habla de que hoy no es posible viajar porque el viaje se ve imposibilitado por los vuelos baratos, la sustancia intercambiable de la oferta hotelera y una suerte de desplazamiento instantáneo que ha suplantado al viaje auténtico. En la prensa digital encuentro una entrevista con S. Pinker, el psicólogo, que dice que no es cierto que los jóvenes escriban mal, que esta es una sentencia repetida a lo largo de la historia y sin base alguna. Comparo las dos aseveraciones y veo que en realidad son caras de la misma moneda: ¿vivimos en el mejor de los mundos posibles? ¿apocalípticos o integrados? ¿es imposible el viaje? En cualquier caso, le resto importancia. No entra dentro de mis planteamientos; no desprecio el turismo.

+ Recuerdo que U. Eco en la introducción de su libro Apocalípticos e integrados decía que era muy injusto encasillar las actitudes humanas con las etiquetas anteriores.

+ Hoy he vuelto a ver a la limpiadora. La he visto feliz y esto me ha alegrado. ¿Ha regresado el hombre que la buscaba anteriormente? Pasa un instánte y los veo juntos y me digo que sí. Caminan sin prisa, juntos, sonrientes, pausados; en la calma de estas primeras y limpias horas de la mañana. El amor reconoce a sus participantes, y en ocasiones es leal con ellos, les regala la sonrisa y las palpitaciones de sus corazones, la agradable cursilería del enamoramiento. Sólo es un suspiro, pero en la decadencia del instante hay una lírica sin explicación: la magia de la finitud. Suficiente.

+ [Una vez más, creo haber repetido una imagen: se trata de la entrada anterior. ¿He insertado dos veces el teléfono del cuadro de D. Hockney? Podría ser, pero no lo comprobaré porque no quiero corregir esa duplicidad, ya que creo que tiene algún tipo de significado, en el sentido de mi reverencial admiración por el pintor. Con todo, me gustaría volver a ver el cuadro, como el que visita una ciudad donde ha sido feliz, pues ante al cuadro de D.H. fuimos felices C. y yo. Para eso deberíamos regresar a Londres, una ciudad en la distancia, un lugar a donde regresar porque allí fuimos felices].

+ Imagen: una hoja de ginkgo sobre la piedra, un recorte contra la mañana fría.

sábado, 9 de marzo de 2019

Arqueología




+ [David Hockney y los retratos, y también un bodegón]. A lo largo de los años hemos visitado algunos museos en varios países [tampoco tantos, pero sí los suficientes]. Museos de arte contemporáneo, museos históricos, museos de artes decorativas (…) Hay lugares especiales, momentos singulares. Finalmente, recuerdo con mucho cariño una mañana en la British Tate donde C. y yo estuvimos largo rato ante el cuadro de David Hockney Mr and Mrs Clark and Percy. Nos situamos frente el cuadro en silencio. Nadie pasó, nadie llegó a la sala y los minutos caían; ni visitantes ni guardias. Había algo mágico en el momento, esos momentos que no se olvidan, que con facilidad instituyen un poso perdurable y fructífero. Para mí, y creo que para C. también, en ese momento se constituyó una idea de Londres y de los londinenses, subjetiva y arbitraria, pero personal y relacionado con nosotros, únicamente con nosotros. Así, la calidad de los tejidos, la voluntad de clasicismo de la puesta en escena y la disposición; la luz, esa luz que otorga el sol en Londres en algunas ocasiones. La teatralidad conduce a una reflexión sobre la vida de la pareja, sobre las costumbres y la decoración, el hogar como reflejo de la unión.  La decoración, ese tema. Todo esto y otras cosas recordé con un cierto desorden cuando rescaté un libro de una exposición de D. Hockney que mi hermano me regaló unas navidades atrás: 82 retratos y 1 bodegón. Leo el texto que introduce el catálogo y regreso a aquella mañana levemente lluviosa, donde una chica nos sonrió en la cola de entrada, donde estudiamos sin demasiado convencimiento unas estilizadas esculturas mitológicas: hierro negro y brillante como charol o asfalto mojado que contrastaban intensamente con los lienzos blancos de la fachada de la British Tate. Poco más. De regreso al libro, los retratos contienen en sí mismos una idea que manejo con frecuencia: la vida cotidiana como posibilidad ilimitada de historias y revelaciones, un tiempo y un espacio donde investigar y donde reconocerse, pero también donde descubrirse: esos actores que somos, sin saberlo. Así, durante la tarde de fiesta me dejé llevar por las reproducciones, por el estudio del gesto, el atuendo y los cuerpos, la silla y el fondo. Lo repito: poco más, que es mucho.

+ Sin saber porqué, hoy cogí un tomo de poemas de Luis Alberto de Cuenca y volví a certificar que su poesía me gusta, me divierte y la siento cercana. Quizá se trate de una frivolidad, lejana a otros peligros, a necesidades más perentorias, más comprometidas, más verdaderas, pero yo encuentro en esta poesía un índice de lo que soy, de lo que me gustaría ser. Playas en invierno, las manos de la amada, el viento sutil en los trayectos en coche por la costa francesa, jugar a espías en Berlín, recorrer París en un día, desayunar en el área de servicio de una autopista cerca de Oporto. Tantas cosas que se reflejan en la fragilidad de los placeres y los días, en fluir de lo cotidiano.

+ Lo anterior se diluye en la lectura de las Meditaciones de Marco Aurelio, aunque permanece un aliento de alegría, una sosegada alegría a punto de quebrar.

+ Pensé en los álbumes de Tintin, pensé en cuando por primera vez vi a Tintin, lo recuerdo ahora: mi padre regresaba de Madrid y cada uno de los hermanos nos trajo un álbum. Recuerdo la casa de mis padres, a mis hermanos, la sorpresa de los dibujos, el descubrimiento de la línea clara, recuerdo el viaje a la Luna, recuerdo a Tornasol, recuerdo a la Castafiore, recuerdo a Haddock, recuerdo que le prestamos El asunto Tornasol y nos lo devolvió pintarrajeado: sé que en ese momento aprendí algo que no olvidaré, recuerdo los coches, las estaciones de tren, recuerdos los árboles, los paisajes, recuerdo las mañanas del sábado, en la infancia, en la adolescencia. ¿Qué queda de todo aquello, a dónde ha ido? Pero, con todo, Tintin permanece, lo sé y me da una seguridad que atraviesa el tiempo.

+ Recordar implica el reconocimiento de una expulsión: desde Hockney hasta Tintin todo se ha desvanecido en el implacable discurrir del tiempo. Nada puedo hacer, salvo olvidar, pues el olvido impacta contra el recuerdo y lo reduce a polvo, un polvo brillante e inasible.

+ No puedo dejar a un lado que la enfermedad de mi tiempo, es decir este mismo, cuando escribo, cuando leo, es la ansiedad. La velocidad y la presión. La ansiedad no es otra cosa que la traducción del miedo. El miedo que se refleja en lo diario. Merece un poema, pero no seré yo quién lo escriba. La capacidad de escuchar, tal vez, tal vez sea otro tema, pero el día se termina y la coherencia desemboca en el sueño, el sueño reparador, que me alivia de esa otra enfermedad: vivir. Tintin vela mi sueño, pero en esa tarea colabora D. Hockney, hoy D. Hockney, mañana quién sabe. Pensaré en los temas: la ansiedad y la persona que escucha; pensaré en ellos y trataré de establecer una conexión con mi vida diaria; tal vez sí, tal vez no.


+ Percy era un gato.

+ Imagen: Fragemento del cuadro de D. H.
Mr and Mrs Clark and Percy.

sábado, 2 de marzo de 2019

Anotaciones en una libreta de tapas negras







+ [5:55 a.m.: miércoles, aeropuerto]. En una pantalla pasan el parte metereológico del NE. de EE.UU. A continuación, en silencio, se desgranan noticias que no alcanzo a entender: es demasiado temprano. Es raro, soy raro. Sólo resultan perceptibles los zumbidos sincopados del eating point. En el no-lugar, el idioma del no-lugar es el inglés. Leo en la pantalla: Noticias de China: «… el ticket de entrada al mercado ha costado más de 600 euros…», apenas se puede comprender el enunciado, el subtítulo dura una pequeñísima fracción de ¿segundo? Me aburro, abro el libro y me aburro, cierro el libro, comienzo a acusar el cansancio.

+ En el aeropuerto comencé la lectura de El espía que surgió del frío de John le Carré. El aeropuerto y la narración de la historia de espías encajan bien; la sensación de falta de identidad y la falta de permanencia de todo lo visible forman un sólido matrimonio. Veo, estudio a las personas que me rodean: cuánto sobre ellas ignoro; todos somos iguales, todos somos diferentes. La novela recorre escenarios que C. y yo hemos recorrido juntos, ahora toman otro sentido. Londres o Berlín, sólo recuerdos con diferentes grados de persistencia.

+ Caminé mucho y caí sobre la cama como un saco, el sueño fue profundo y soñé con asunto laborales. Equívocos, confusiones, un accidente, un pequeño accidente sin consecuencias. Madrid ofrecía un cielo limpio, el perfil exacto de los edificios, las sombras sobre el asfalto, el recuerdo de una luna inmensa, el brillo del sol en los escaparates, árboles adormecidos, pájaros insomnes. Pensaba yo en lo oído durante todo el día y se diluía en el caminar. El caminar es un catalizador, vuelvo a caer en el sueño; y así.

+ [Martes, primera hora de la mañana]. No puedo dejar de observar a las personas, me repito mientras cierro la puerta de casa, mientras le doy dos vueltas a la llave, mientras me digo otra vez lo mismo: nada hay más sorprendente, oculto, misterioso: la gente. Así, hoy he visto a la mujer que limpia los portales que están en las inmediaciones del garaje donde guardo mi coche. Es una mujer que ronda los cincuenta años, quizás los haya sobrepasado, no es muy alta y siempre está muy maquillada, lleva tacones y camina con contundencia. Unas semanas atrás quedaba con un hombre y parecía feliz, se alejaban charlando y riendo en estas primeras horas del día, cuando todavía no ha amanecido; no he vuelto a ver al hombre y ella está triste o nerviosa, quizá ambas cosas. ¿Ha desaparecido de su vida o sólo es una ausencia pasajera? La veo y no puedo dejar de pensar en las múltiples historias que nos rodean y de las que no sabemos nada: las personas que nos saludan o no nos saludan en la entrada de un edificio, las que nos cruzamos en los ascensores, los vecinos, la tendera, el funcionario que levanta los ojos y vemos algo comprometido en su teléfono, en la pantalla de su ordenador (...) Cuántas historias que nadie contará. Pero yo pienso en esta mujer, que a veces me saluda y otras veces no, pienso en ella mientras me dirijo al trabajo con la única compañía de unas viejas canciones napolitanas en las que de alguna manera me veo reflejado. La recuerdo, parecía ilusionada cuando abandonaba su trabajo durante unos momentos y acompañaba al hombre, pero hoy la vi hoy cabizbaja, taciturna, pensativa. ¿Un desengaño, el abandono, el final de un amor que ni siquiera llegó a germinar? Todas las posibilidades que barajo apuntan a la equivocación, pero esa es la condena: trazar líneas sobre el agua fría de la mañana y saber que el error nos configura. Aunque, todo sea dicho, la tristeza palpita en su gesto, la tristeza crece; mi coche se aleja y, ya, otras historias se me ofrecen como la flor que abre sus pétalos.

+ «El trabajo de espionaje tiene una sola ley moral: se justifica por los resultados» [El espía que surgió del frío, John le Carré]. ¿A cuántas actividades se puede extender esta ley moral? ¿La política, los negocios, las relaciones personales, el amor (…)? Siempre podemos elegir, rechazar y aceptar; la elección es cómoda o desagradable, pero la ley moral equilibra las razones y separa lo adecuado de lo inadecuado. Lo importante, me digo, es no engañarse. Mientras, la novela avanza y veo que la calidad del relato no es menor, que hay una enseñanza flotando en todo el desarrollo del hilo narrativo, la duplicidad: creo que hay reside una característica que alcanza a la totalidad. La totalidad.

+ Recuerdo haber leído en un panel de la exposición sobre Auschwitz [Madrid - Salas del Canal] que no debemos rechazar a las personas por su aspecto, porque no nos guste su cara, por razones espontáneas sin fundamento, es más: incluso cuando las razones estén fundadas debemos evitar el odio. La recomendación siempre la tengo muy presente, como un comprimido contra mi propia estupidez [esa estupidez humana que todos tenemos en mayor o menor proporción].  En este panel pensé poco después de ver su foto; la foto de su perfil del programa de mensajería instantánea, pero, al tiempo, no podía dejar de valorar su gesto, su sonrisa, la disposición de los elementos que se distribuían en aquella foto tan sumamente estudiada. Sobre todos los elementos, la sonrisa dominaba el retrato: en mi opinión indicaba una falta, una carencia, el peligro que amenaza tras lo que nos parece una sonrisa falsa. Estudié su rostro otra vez y debí volver al consejo del superviviente de Auschwitz: evita sentir desprecio, porque el mal te absorberá. Dejé que la relación fluyese: hablamos por teléfono con educación. La primera vez que lo vi cara a cara me pareció de una amabilidad fría y condicionada por una jerarquía subterránea donde él dominaba la estratificación, con una gran diferencia sobre mí, algo no podía hacerlo explícito porque ya que necesitaba de mí. Lo estudié. Nervioso, fumador, muy delgado, ojos inexpresivos, una dicción monocorde y firme, una voz profunda que contrastaba con su rostro afilado, esa delgadez que su ropa ligeramente actual remarcaba: los pantalones pitillo, el polo gris, las botas de media caña muy gastadas, falsamente gastadas, el anillo de casado tan brillante en sus dedos largos y esbeltos. Pensé demasiado en el encuentro y no me pareció bien, no nos debemos permitir perder el tiempo en asuntos estériles y el asunto de valorar a X. era estéril. Pasó el tiempo y semanas más tarde me enteré que tenía una tendencia importante al engaño, a las trampas y a romper puentes, con la intención de salirse con la suya, pero con saña y sin educación. ¿Me había equivocado? No, no me había equivocado en mi primera intuición; pero la sentencia del superviviente del campo de concentración me acompaña y sé que se deben evitar el odio, por ligero que sea, incluso, como ya dije, cuando se tiene razón.

+ Dejé de escribir, cerré la libreta y traté de no pensar en nada. El aeropuerto era una inmensidad dominada por ruidos difíciles de identificar. Bebí al carísima agua recién adquirida y la idea, la imagen surgió repentinamente. Aquel rostro que vi en el perfil de la mensajería instantánea era el rostro de la soberbia y todo lo que después vino de X. estaba guiado por la peligrosa sombra de la soberbia. Había acertado. Otra vez, una vez más, recordé las palabras del superviviente de Auschwitz. Nada puedo añadir, nada debo añadir, escribí al final de la nota, en la libreta de tapas de hule negro. Caligrafía nerviosa y definitiva. Punto final.

+ [Todos los puntos de esta entrada los escribí en una libreta de notas de tapas negras; los escribí bien en los aeropuertos, bien en los aviones, en el viaje de ida, en el viaje de vuelta de mi última estancia en Madrid, febrero 2019; ahora las paso a limpio como un ejercicio de estilo, pues cuando escribía en la pequeña y envejecida libreta calculaba este pasar notas a limpio].

+ [Mis observaciones han estado marcadas por la figura literaria del espía y cuando escribía en la libreta negra pensaba en Museo del Espía, en Berlín. Así, los días luchan contra el consustancial aburrimiento].

+ Imagen: arquitecturas sin importancia: patios interiores, pasadizos, blancos lienzos de pared sin atractivo que tanto me intrigan. [En Madrid].

sábado, 23 de febrero de 2019

La cara oculta





+ Al igual que la Luna, todos sabemos que a una cara visible le corresponde una cara oculta, invisible; caras que resultan ser indisociables.

+ Los días previos a un viaje siempre tienen algo de descubrimiento, ya que la percepción pierde automatismos y gana en una renovada ingenuidad. Sabemos que en la noche, mientras conducimos, nos encaminamos al aeropuerto y una tintura de ciencia ficción impregna nuestra alegría, algo que tratamos de subrayar, promover, lanzar al vacío que la música otorga. Los aeropuertos intimidan: los controles, el vidrio y el acero, el hormigón desnudo, los refulgentes espacios de venta [cristal de colores, luz potente, aroma de mil perfumes no deseados]. El avión en sí y la ciudad a donde llegamos y su realidad que adivinamos, que creemos ver, pero nos equivocamos y nada resulta ser como se esperaba. Los comentarios que se suceden tienen un valor especial: unen y hacen que el amor fructifique en un sentido opuesto al meramente sexual, un valor superior y secreto, compartidos y difícil de transformar en mercancía [¿difícil?, me digo y responde al instante: imposible]. Pero cuando uno viaja solo y con un motivo distinto al turismo es otra cosa, algo muy distinto: donde la soledad se encarna como ruptura del automatismo.

+ Viajar cada vez me interesa menos, ya que prefiero el turismo. En el viaje me mantuve durante largo tiempo y ahora veo que era un error. Leo Plataforma de M. Houellebecq y mi visión cambia. El libro lo había leído hace tiempo y no había reparado en los detalles sobre la profesión de la pareja del protagonista. Lo sé, quizá el tema, si de esto se puede todavía hablar, es el turismo, el turismo sexual; pero a mí, en el momento de la lectura, me interesaban otras razones de la novela [he aquí la grandeza de la novela: que la lectura no es una vía única, sino que es polimorfa, inasable y creciente o decreciente, en función del momento lector]. Pero, a lo que iba, y sin más digresiones, el turismo no es un anatema. Deberíamos dejarnos llevar por sus propuestas y tratar de comprender nuestro momento desde ese punto de vista. Los platos regionales, los monumentos, las baratijas y los souvenirs, los folletos, los mapas con puntos de interés señalados en rojo y con tipografía apropiada para la rapidez, los vuelos baratos, los paquetes turísticos, la senda de la multitud. Aunque todo sea dicho, lo que propongo, y no puede ser de otra manera, es irónico, porque sólo desde la ironía se pueden atrapar fragmentos de realidad que de otra manera resultaría imposible.

+ [El origen de las ciudades]: alguien me dice que las ciudades están hechas para que la gente trabaje y a mayor actividad económica mayores dimensiones urbanas. Parece una afirmación sobre la que no cabe discusión. Yo callo, porque la afirmación no me convence del todo, pero tampoco me siento capaz de argumentar en contra en ese preciso instante. Resulta que sin actividad económica la ciudad no es posible, pero reducir la ciudad a un espacio donde trabajar y vivir elimina otras posibilidades y, por lo tanto, se asemeja a mostrar la biografía desde el punto de vista de la alimentación, digestión y expulsión de heces [son datos incontestables, pero no pasan de ahí]. La vida se sostiene sobre la economía de la misma manera que la biografía lo hace sobre la nutrición, la respiración y la circulación sanguínea, pero, aun siendo muy importantes, dan cuenta de una realidad que las supera. La ciudad es reunión, principalmente me digo y lo propósitos son muchísimos. Una agrupación de intereses que entran en colisión y deben buscar un óptimo punto de equilibrio. Un teatro, los bares, los paseos, las tiendas, los centros comerciales, los cines, una plaza, una calle, la calle principal, los callejones, el alcalde y el delincuente, las celebraciones y los entierros, el rastro de las batallas y el olvido de las biografías que pueblan los callejeros, predicadores y asesinos, poetas y funámbulos, pescaderías, anticuarios, restaurantes, abogados o ebanistas y la nómina de lugares, personas y oficios tiende al infinito; aunque tampoco daría cuenta de su realidad, en el caso poder completarla. Por no extenderme, la cuestión radica en el punto de vista y creo que es el momento de recordar a Thomas de Quincey en Las confesiones de un comedor de opio inglés donde afirma que la calidad del sueño que otorga el opio está dentro de la persona y así lo ejemplifica con el tratante de ganada, donde en unos posibles sueños opiáceos sólo podría tratar de vacas. Ahí está el gozne de la afirmación, detrás de cualquier afirmación están nuestras experiencias y, para mí, lo que es más importante, las lecturas o la ausencia de lecturas. Ya que la importancia de la lectura no es patente para los que no le dan importancia; para aquellos que la lectura resulta primordial y constituye más un vicio que una obligación, un vicio más que una virtud: nada se sustrae de la actividad lectora, como un zumbido ahí permanece. La ciudad está condicionada por su presencia o por su ausencia.

+ Tres libros para el viaje y estancia en Madrid: 1) J. le Carré, El Espía que surgió del frío; 2) Villamediana, Obras, ed. de Juan Manuel Rozas; 3) Jan Mukařovský, Escritos de Estética y Semiótica del Arte.

+ Mukařovský no viajará a Madrid, su lugar lo ocupa Foucault, Arqueología del saber. [Qué tema: los libros que se llevan de viaje y nunca se llegan a leer: ¿por qué insistimos en es costumbre, en esta manía?].

+ Asisto a una sesión de vídeo sobre libros de Fernando Castro Flórez y compruebo que él, en su casa, como yo, trabaja en camiseta y en pijama. ¿Es esto un nuevo modelo de posdmodernidad o, quizá, de posthumanismo? [Esta entrada de esa guisa la he escrito: camiseta negra y pantalón del pijama a cuadros que C. me regaló en alguno de mis cumpleaños: J’adore].

+ La charla sobre libros trata del asunto del archivo, un tema que me interesa especialmente. En concreto, me interesa la posibilidad de escribir una pequeña intrahistoria mediante los papeles desordenados de una oficina, reconstruir con esas astillas del naufragio la vida de los que habitaron aquellas dependencias, que rellenaron instancias a la que pusieron sellos y dejaron esas húmedas carpetas en un sótano, donde las historias que podrían documentar duermen inertes, a la espera que alguien las devuelva a la vida. Así, planos, croquis, fotografías, notas, informes, denuncias, folletos, publicidades varias, prontuarios (…) Allí duermen, en el olvido. [Creo que debo volver a este apunte, a ese archivo del que hablo donde se acumulan materiales de diverso tipo, y que compone una historia que nunca se escribirá: el material sin un texto, simplemente, no existe, ni lo que en él se refleja: ya se ha disuelto en el tiempo].

+ Imagen: Valença do Minho un lunes, un lunes cualquiera. Me asombran las calles vacías, la total ausencia de ruidos, las vallas del parking levantadas. Como si un fantasma hubiese desalojado la vida; sólo los restaurantes permanecen abiertos.

sábado, 16 de febrero de 2019

La novela de la vida


Berlin-2018


+ Hay mucho tiempo para pensar, me dijo y yo no respondí, sólo esbocé una sonrisa de aprobación. Había aparcado su coche y hablamos de su nueva situación: nunca es tarde, es un asunto sencillo: debo ponerme bien y encontrarme a mí misma, saber quién soy. La circunstancia lo es todo, añadió y yo asentí. La mañana presentía la lejana primavera: un aire limpio, lavado, el brillo del sol en los edificios más altos y la alegría de los caminantes: ociosos y jubilados, febrero se había inaugurado y los flecos de la Navidad desaparecían, aunque todavía restaban luces ornamentales, una banda roja que volaba y una guirnalda verde en el mismo viento. Parecía contenta, ilusionada; con todo, noté como el tiempo había pasado, como su juventud se diluía en una madurez segura y fértil. Sonrió y nos dimos dos besos; yo me sentí mayor. Se alejó y me quedé, durante treinta segundos, absorto, mientras caminaba hacia su coche, su deportivo negro. No sabría decir si ella acertaba o se equivocaba, su decisión no me parecía totalmente errónea, pero tampoco se ajustaba a lo que yo podría esperar, en pocas palabras: me desconcertaba. Ahí está la cuestión, terminé por decirme, nunca conoces a alguien totalmente y realizar vaticinios es una apuesta por la equivocación. Me dije: no tengo opinión, mi juicio está suspenso, de ahora en adelante me cuidaré de mis intuiciones. Mis dudas se dirigían hacia mi juicio y mi juicio preguntaba por el porqué de mi desconfianza: es imposible acertar: tantas veces te has equivocado. No tenía importancia, se trataba de otra cosa, la única obligación posible: la alegría, la tranquilidad, el mudo susurro del paso de los días. La mañana fluía y yo había comprendido algo, un algo que todavía no se concretaba.

+ Todo es cambio, reiteré mientras conducía: importan más el cambio en los procesos que el proceso en sí. Podría ejemplificarlo con mi variable impresión sobre la realidad, como me influyen las lecturas, el ir y venir de explicaciones, comentarios, interpretaciones; que se decantan y dejan un poso de duda o de asombro ante la inmensidad de lo real, tan inasible. Por ejemplo, me llama poderosamente la distancia: tomo el coche y me sitúo a doscientos kilómetros; tomo el avión y nos hemos alejado mil quinientos kilómetros de nuestra casa. Parece obvio, pero reflexionar sobre cómo se han derribado las distancia me lleva a centrarme en el momento en que vivimos: quien realmente derribó la distancia y la temporalidad fue internet. Libros del siglo xvii en copia fotográfica con posibilidad de búsqueda, compra de billetes de avión, la bolsa en tiempo real, vídeos, comunicaciones, hervor político y social, la crónica del corazón o el pronóstico del tiempo; todo ha mutado. Lo dejo, me centro en la conducción y en la música. La música permanece inalterable en interior hermético de mi coche, inalterable por un momento, pero este fragmento tienda hacia la eternidad; me veo zen y me recojo, apago la música y sólo conduzco. Sólo conduzco.

+ Voy a caminar sobre las doce y media de la mañana del domingo. Bajo una cuesta y veo que el hombre que camina delante de mí se para a hablar con una mujer. Según me acerco ella le sonríe y él se aleja. La miro, su echarpe se ha enganchado en una zarza, se libra y me mira, con intensidad: unos ojos azules profundos. Es joven. No ha ido a dormir, todavía. Debe de tener poco más de treinta años, su aspecto induce a la piedad: no sé quién es, pero hay un rastro de dolor en su gesto; el alcohol vibra en sus ojos, en su boca, en la dificultad de su caminar, en su bolso abierto, en sus zapatos sucios de barro. Todo esto lo he visto hace años y permanece. La luz destruye al vampiro; por un momento la imagino en el cenit de la noche, el maquillaje y el atuendo, el efecto que transmite su figura, su juventud en el ropaje de la oscuridad; pero ahora es de día y el día acentúa los efectos del exceso y la tránsito por la ebriedad habla de y muerte, algo que contrasta con todos los que vamos a caminar, a hacer deporte: como si nosotros fuésemos eterno y ella mortal. No, no es así. Hay algo moral en su presencia, que nos habla del pecado y de la depravación; centrarse en el reproche es equivocarse. Dormirá y volverá a su vida, el paréntesis nocturno no transforma a nadie, pero le causa una herida, las heridas no son necesariamente mortales, pero erosionan un algo por nombrar. La piedad se transforma en indiferencia y me digo que le doy demasiadas vueltas a las cosas, cosas que no me incuben, cosas propias. Las cosas, así, en su generalidad, admiten tantas visión que sólo nos podemos aproximar a su verdad mediante la multiplicidad de sus facetas, para llegar a saber, finalmente, que esa verdad no existe. [En resumen, la mujer con el echarpe enganchado a la zarza era más una posibilidad fotográfica que ninguna otra cosa].

+ Son las siete y media de la tarde: estoy saturado. Suena el teléfono, me levanto, lo descuelgo. Es E. Hablamos sobre los quehaceres del día, las obligaciones y el necesario descanso. La lectura, un sonado juicio que ninguno de los dos seguimos, pues el interés queda preterido, el paso de los días y su ritmo. Terminamos la conversación y regreso al trabajo: la lectura, las notas, los apuntes. Construir un mundo de la nada es imposible, pero a veces parece que así es mi trabajo. Las diez de la noche, el sueño me vence y no soy capaz de leer más que una pocas líneas de la novela que descansa en mi mesilla de noche. Cierro el libro, apago la luz y caigo en el sueño como el que se sumerge en bañera con agua tibia. El sueño me alcanza. Escenas superpuestas con una estructura que va desde lo cotidiano a viejas secuencias de la infancia: ahora trato de coserlas sin éxito, ya que el sueño más que reflejar, limpia y esa limpieza no admite discusión. Son las siete y veintinueve y es hora de volver al trabajo, mi trabajo alimenticio que desarrollo durante la mañana. Cierro el ordenador con la sospecha sobre la organización del día, como un ritmo se impone por encima de nuestra voluntad, de nuestros deseos. Es jueves y no puedo retomar el discurso del día anterior, pero ahora estoy a otra cosa: el tráfico, el trayecto de los commuters, la fibra vibrante de las primeras horas del día.

+ [Jueves; extensión] El paso siguiente es la entrada en el centro de trabajo. La circunstancia y el desarrollo del rito: unas conversaciones, el ordenador, un vaso de agua. Todo parece medido y no lo está, todo semeja dado y por todo hay que luchar, todo debe ser defendido. Preparo café. Me siento en el ordenador y comienzo a realizar las primeras tareas, las previsiones del día anterior. Agradezco la semejanza de los días y la rutina me gusta, es confortable y rechazo esa boba idea que nos invita a abandonar nuestra zona de confort. No estoy dispuesto a alejarme de aquello que garantiza mi tranquilidad por agradar a los predicadores del emprendimiento; me gusta centrarme en mi trabajo, desarrollarlo con prontitud y diligencia, pero a las cuatro de la tarde me gusta mucho más cerrar ese capítulo y pasar al otro: la investigación. Este sistema de compartimentos estancos lo he construido con mucho esfuerzo y no estoy dispuesto a abandonarlo. Todo esto viene a cuento a rechazar las consignas que se nos lanzan a diario sobre cómo debe ser nuestro comportamiento; en este caso ese salmo: abandona tu zona de confort. No quiero, no me apetece, podría pero no quiero. ¿Una rebelión? No importa la etiqueta, no soy un mártir ni los mártires me gustan.

+ No veo la televisión pero la televisión ronronea en la sala, algo más que un zumbido, poco menos que la ráfaga de viento que agita en la lejanía algún árbol al borde de la ría. Una tendencia al zen se dibuja en el aire, pero no la atrapo. Una vez más, la tendencia zen que anida en lo diario.

+ Hoy sé de alguien que ha perdido súbitamente su trabajo. Tiene hijos, tiene una mujer, pero ha perdido el trabajo. Un pequeño drama que a nadie le importa. Así son las cosas. Una decisión en Holanda desemboca en una serie de despidos en la Rías Bajas: 200 despidos. La noticia aparece brevemente en el parte diario pero se desvanece con rapidez. La empresa ha sido escrupulosa con el procedimiento. Es su mujer quien me lo cuenta y no deja de invocar a que no es un final, sino una oportunidad. He oído esas consignas que se deslizan desde no se sabe muy desde dónde, qué aspectos infectan de la realidad, zonas que deberían permanecer limpias y se ven mancilladas por la simpleza del vulgar adagio. Ese tipo de cosas que invitan a pensar que todo es posible con esfuerzo, que la voluntad y el trabajo todo lo pueden; algo que se enlaza con esa desagradable consigna que invita a abandonar la zona de confort. En este caso, en el del despido, acepto que puede ser una oportunidad, aunque sé que de poder elegir, ellos hubieran preferido continuar con el trabajo perdido.

+ Imagen: en Berlín tomo una imagen con mucho cuidado, ya en el disparo se busca la geometría y la distancia con la ciudad misma, como si ese muro, esa hierba pudiese estar en cualquier otro lugar, porque el objetivo no es otro que el no-lugar como sortilegio e ilustración de las novelas que se nos aparecen a diario, esas novelas propuestas que nunca terminan por plasmarse, por resolverse, por, en definitiva, escribirse.

sábado, 9 de febrero de 2019

Derivación [-es]




+ [Derivadas]. Detengo el coche en una gasolinera y entro en la cafetería. Me gusta la cafetería de la gasolinera porque resulta ser una conjunción de no-lugar y de centro de reunión de trabajadores y paisanaje: el chatarrero y su hija [que trabaja con él en la chatarrería], los empleados de la carpintería de aluminio [uno de ellos se ha casado con la camarera], repartidores de pan o vendedores de pescado, jubilados que resultan ser ávidos lectores de periódicos y revistas del corazón, y camioneros, vendedores de cupones de la Once, parlanchines semi-profesionales, simples desocupados o borrachines de ocasión. La cafetería es un enjambre de múltiples conversiones en donde la opinión se cruza con el chiste o el enfado breve y portátil, fingido. Así, entro, cojo un periódico, y me dirijo a la barra. Cuando la camarera me mira, yo le digo que sí, sonríe y  me pone el café americano y un vaso de agua, nada de pastas, ni mini magdalenas, ni mini croissants. Paro allí cada cierto tiempo, evitando hacerme habitual, tal vez dos semanas, tal vez un mes; con la camarera, que es guapa y segura de sí misma, intercambio frases amables, pero nunca hemos conversado: ni siquiera un comentario sobre la lluvia o el sol de verano; yo, como he dicho antes, cojo un periódico de la balda  y me enfrasco en una lectura superficial: titulares, entradillas o tres o cuatro frases entresacadas de una noticia. Hay unas tendencias que se afirman: la degradación salarial, la problemática de las pensiones, el aumento de los precios, y por otro lado los nacionalismos, el auge de la extrema derecha y el liberalismo rampante. Una vez superadas las páginas de nacional e internacional, me centro en las páginas locales: desgajo asuntos de obras, presupuestos y fiestas culturales que no dejan de ser proclamas políticas para construir una identidad [ay, las identidades, cuando es momento de perderlas]. Y entre el mar de cifras y nombres emerge la historia de un amputado que duerme desde hace cuatro días en la calle, bajo un soportal. Observo su rostro y lo reconozco. La historia se puede resumir en que no le alcanzan los casi quinientos euros para alquilar un piso, lo acaban de expulsar de un piso compartido porque la propietaria dice que con la silla le raya las puertas, no puede optar a las pensiones que los servicios sociales del ayuntamiento tiene contratadas porque las escaleras le impiden el acceso. Vuelvo a estudiar la fotografía: tiene el pelo cano, gafas y un rostro tempranamente envejecido, ¿dolor? Sé quién es, lo recuerdo hace años por las calles de la zona vieja borracho y faltón; incluso en una ocasión a K. y a mí nos increpó, pero todo quedó en nada después de sus insultos absurdos, finalmente se declaró fascista [yo creo que desconocía el significado preciso del adjetivo y lo único que podía atrapar era la violencia implícita]; luego, despareció calle abajo. La historia es triste; yo sé que tiene familia, unos padres, unos hermanos; da la impresión de que lo que se narra en la noticia está incompleto, falta el reverso de la moneda, lo que intencionadamente se oculta y resulta ser la clave de la historia. Me digo que todos sus problemas vienen, probablemente, dados por su carácter, repito ante el café mediado, su falta de entendimiento de su propia circunstancia, una cierta soberbia y un punto difuso que va desde la indisposición hasta el dolor, un dolor profundo y sin remedio que se ve agudizado por su incapacidad para comprender las reglas que gobierna su propio mundo, nuestro mundo: la institución y el dinero. Hay un punto conmovedor que se acentúa cuando llego a casa y veo la noticia en la edición digital del periódico, que remite a una página de una red social: hay una piedad compartida, que se matiza con una acusación que niega todo lo vertido en la noticia, en el relato periodístico. Es un borracho y un sinvergüenza, dice una mujer en un comentario. Cierro el ordenador y apago la luz para dormir una siesta de media hora, pero no soy capaz: la visión aletea y vuelvo a pensar en lo ya pensado y oriento mi juicio a la siempre presente máxima: el carácter es el destino, porque veo en todo lo leído en el periódico un abocarse al precipicio que no conoce freno. ¿Está escrito su destino?

+ La primera hora del día. Hoy llueve y la música no resulta propicia. Vuelvo a leer el punto anterior y veo que me ha dañado: no hay nada gratuito. Es curioso como una noticia sin importancia en la página de local de un periódico de provincias nos lleva a plantearnos asuntos sobre el destino, el carácter, la banalidad de todas las empresas humanas. Aunque sé que no es propio de mí, no puedo evitar su contaminación, la visión que ofrece la noticia. Me voy a la cama y pienso en los soportales húmedos, en la lluvia, en el frío. No es cierto que todo el mundo tenga una cama. Recuerdo haber leído no hace demasiado, en otro periódico, en una página de opinión, que una gran parte de la gente que duerme en la calle no desea volver a una vida convencional; no sé si eso se respalda con datos, pero parece razonable, aunque la afirmación no parezca conveniente. En la afirmación se contiene, también, la misma sentencia: el carácter es el destino, y en la permanencia en esa rebeldía hay un punto aristocrático, nos guste o no nos guste. Pero, regreso al mismo punto: el determinismo y no me agrada.

+ Una tristeza sorda se ha instalado desde la lectura de la noticia, como si me obligase a un examen de conciencia. Con esta guía vuelvo a leer un cuento que escribí hace tres años, un ejercicio de estilo para ilustrar los huecos que se producen en el texto y que pueden llegar a ser más importantes que el texto mismo. Me pareció un texto malo, malísimo. Me quedé abatido durante dos o tres días. Me recupero y vuelvo a mantener una calma necesaria para mi investigación. Las piezas que componen mi yo se enfrentan entre sí, pero siempre alcanzan una paz, un equilibrio, un equilibrio precario que debo cuidar.

+ La tristeza se aplaca según fluye la semana, según fluyen el trabajo y la investigación. El trabajo es una vacuna contra la angustia, el aburrimiento es el alimento del dolor; la investigación confirma el camino correcto.

+ Imagen: Insectos.

sábado, 2 de febrero de 2019

Extensión




+ [Sábado]. A las cuatro y media nos dirigimos a Portugal C. y yo. El día era limpio y con las canciones de los Beatles encontramos un ajuste perfecto entre nosotros, el paisaje y la conducción [mi siempre lenta y segura conducción]. Junto al Miño el coche se deslizaba con gracia, con su elegante estela negra, su forma anticuada y la contundencia de un coche no muy caro pero sí muy fiable y económico [qué cariño le tengo a Caballo Loco, que así lo hemos bautiza, o si se prefiere: Crazzy Horse, como el sioux, como la banda de Neil Young, como un bar entrevisto en Madrid o en Zamora, quién sabe]. Sobrepasamos Vilanova da Cerveira y nos encaminamos hacia Caminha. Allí recorrimos las calles, vimos escaparates, bebimos ese mágico café portugués sin dejar de saborear unas mediocres torradas [les falta ser más torradas y les sobraba mantequilla, pero en fin, no todo puede ser perfecto y una leve imperfección contribuye a la perfección: en mi idea particular de paradoja]. Cayó la noche, con suavidad, sin estridencia; las luces en la otra orilla cobraron presencia y el cielo continuaba despejado, un frío casi agradable desde el océano nos remitía vidas olvidadas de naufragios, por ensalmo. Los escaparates y sus botellas vino, ropa de rebajas, semillas o aguacates. Recorrimos las calles y finalmente C. compró un pantalón y unas preciosas Gazelle. Me llamó la atención la profesionalidad del vendedor, la capacidad para leer en los clientes sus necesidades y para adivinar aquello que los clientes iban a comprar, lo que ignoraban que comprarían, su emblema parecía ser dad a cada uno lo que precisa; sobrepasados los cincuenta, con un aspecto entre lo juvenil y lo asentado, muy del momento, algo que se manifiesta especialmente en sus gafas de pasta mate, grandes y cuadradas, como dos televisores de espalda ventruda, aquellos televisores del siglo xx. Salimos y deshicimos el camino, cruzamos el río y nos paramos en Tui, para comer algo. Las calles eran más un escenario que cualquier otra cosa: piedras húmedas, el perfil de la catedral y su vocación de fortaleza, ventanas cerradas, la luz escasa y amarillenta. Entramos en un bar y pedimos algo de queso y ahumados; no era la primera vez que estábamos allí, pero había decaído y todo era un poco desolador, desde los platos hasta el pan, que no llegaban a la corrección precisa. Allí estaba el no muy famoso cantante de los ochenta; con un aspecto envidiable para sus sesenta y un años, una red de relaciones culturales que se desvanecían y sus opiniones trilladas; recordé que no cantaba bien, pero es un gran mérito mantenerse casi cuarenta años en la escena. La jornada declinaba y ya no había otra cosa que hacer que regresar. Podría hacer un balance de la tarde del sábado, pero lo dicho es una contabilidad es más que suficiente. Hablamos, guardamos silencio y nos reímos, una suma de placeres sencillos y baratos. En el aurea mediocritas descansamos, en su justo punto medio.

+ Colecciones de insectos [disecados y vivos], colecciones de botellas de vino [que debido a su edad no se pueden beber], colecciones de guitarras o violines [sin cuerdas], colecciones de sellos y/o monedas, colecciones de estilográficas [tinta seca, tinta verde, tinta muerta], colecciones posavasos, colecciones de relojes [que ya no funcionan], colecciones de guías de viaje, colecciones de camisetas, colecciones de bolsos, colecciones de pintura antigua, colecciones de figuritas, colecciones de zapatos [usados o sin uso], colecciones de zapatillas de deporte [en vitrina, en caja o con celofán], colecciones de cucharillas, colecciones de mecheros [sin gas], colecciones coches en miniatura [todos verdes, todos descapotables], colecciones de cromos [desparejados], colecciones de (…) ¿colecciones de libros, tal vez una biblioteca; la biblioteca o el archivo; el orden o la acumulación arbitraria, caótica, vulnerable?

+ La novela es la epopeya de un mundo sin dioses, decía Lukács, el teórico marxista. A mí me parece que Lukács lo expresa con una cierta pena, con la nostalgia de lo perdido. Qué somos sin los relatos, qué nos dará seguridad, qué nos orienta; y, claro, la novela, muy al contrario, en lugar de responder ni siquiera plantea preguntas, simplemente muestra y somos nosotros los que estamos obligados a reconstruir la propuesta: así se diluye el autor y el lector se constituye en un artista.


+ El arte de leer, afirmo.

+ Los abismos siempre son aterradores, para luchar contra su presencia hay una posibilidad: armarse con el reflejo que la novela moderna ofrece [¿la novela moderna?]. Me detengo ahora que he terminado Serotonina. La ausencia de certezas configura el presente y conforme nos sumergimos en lo digital la apariencia se impone sobre lo posible y lo tangible, lo necesario sucumbe ante la líquida pantalla, la redes sociales, las compras inmediatas a cientos de kilométros, el descrédito de la opinión, la mentira que se esparce como semilla al viento. El pensamiento se desvanece cuando prendo el televisor y surje un enjambre de consignas: soluciones fáciles para problemas difíciles, problemas que han sido mal formulados. Ahí está la novela, que no trata de héroes sino de lectores que se constituyen en dioses ínfimos: el encierro silencioso y solitario,  el núcleo de su verdad siempre en revisión: cada novela un mundo, cada propuesta una extensión.

+ Con todo, Lukács tenía razón: ya no se trata de dioses. Se trata de nosotros y el libro, nada más.

+ E. me las trae impresos los papeles que de internet he bajado: los clasifico, leo, estudio, anoto y subrayo. Es un gran trabajo que hace E. por mí. No puedo perder tiempo y los textos que descargo precisan estar impresos: no me puedo alejar del bolígrafo, del subrayador, del lápiz, la nota rápida, la iluminación que el flexo otorga. ¿Es una cuestión personal o una lírica intersubjetiva? Podría amplificar la pregunta para no llegar a ningún punto razonable, pero hacer preguntas es una estrategia, como recubrir de oro la madera [a esto se llama estofar] y en lugar de ver ya madera se puede ver una voluta de oro: la magia del pan de oro [el sintagma es un hallazgo], y la madera esta ahí.


+ Las anotaciones describen un arco vital: desde el presente el pasado cobra sentido; como si aquello que pasó anunciase una distancia o una unión. Portugal, las compras, las impresiones, la ilusión de la llegada de E. Los dioses son propicios.

+ Imagen: andén y pasajeros a la espera; cada vida, una novela.

sábado, 26 de enero de 2019

Lo suave, el viento, la madera


Munch


+ Una idea sobre la nostalgia, el gusto por lo antiguo,  lo anticuado, lo pasado de moda que vuelve a estar de moda por, precisamente, el hermetismo que el pasado ofrece, ese misterio de ser otros: el disfraz. El disfraz, un aliento de nuestra época.

+ [Tarde del viernes, mientras espero para solucionar un trámite, una consulta legal]. Me ha llegado el mensaje y la reunión se retrasa quince minutos. No es mucho. Había ido a la biblioteca a buscar los Kentukis [la novela de Samanta Schweblin]. Sin saber qué hacer durante esa breve (!) espera, entré en la Facultad de Bellas Artes. Había dos chicos y una chica: ella les planteaba si era lo mismo autorizar que conceder. Paseé por los desoladores pasillos vacíos de la facultad. La encontré especialmente carente de personalidad. El orden administrativo de los tablones, los objetos arrumbados contra las cristaleras, el patio descuidado donde hierbajos crecían indolentes, con despreocupación, un olor a humedad, el cielo no ayudaba mucho: gris plomizo, la panza de un topo, el envés de una pelusa. Fui silencioso, como un gato. Desaparecí con la certeza de la caducidad, un desapego a aquello que me pareció un soplo de aire fresco para la negra provincia [que decía Miguel Sánchez-Ostiz sobre Flaubert: La negra provincia de Flaubert]. Volví a la calle, no sin antes echar un vistazo a las orlas de la entrada y certificar que había pasado mucho tiempo, los que fueron jóvenes se acercaban a la cincuentena, me pregunté por sus vidas y me di cuenta de que eran irrelevantes, seguro que una planicie de hijos, hipotecas, divorcios los había alcanzando mortalmente: esas muertes en vida. Allí seguía la negra provincia, con su pesada digestión.

+ [Mañana del sábado, lluvia intensa y viento moderado, en una farmacia]. Hay una calidez estratificada, el primer estrato es la entrada, da paso al recibidor y él último lo ocupa el mostrador, donde las dependientas o farmacéuticas hablan sobre los problemas de la publicidad en internet. Todo deriva, mientras espero por un extraño preparado, un tinte, hacia un viaje a Tenerife. No me apetece escuchar esos detalles, pero ella lo desgrana sin pasión, para pasar el rato, el aburrimiento de la mañana lluviosa del sábado, tan lluviosa. El aburrimiento es una gran condena.

+ No me gusta interpretar los sueños, prefiero tomarlo en una cierta literalidad conectada con lo cotidiano. Sueño con un poeta muerto y mantenemos una conversación sobre el hecho literario, cosa que no tiene mucha importancia. El diálogo resulta ser conmigo mismo, con lo que espero y lo que me preocupa. Me resulta reconfortante porque hablamos de oír la radio francesa mientras se desayuna, las bibliotecas, la adquisición de libros, bases para establecer una escritura satisfactoria [para el que escribe], la evaluación de lo leído y el olvido. El olvido como resultado de toda trayectoria humana, la incapacidad de superar la barrera de la muerte. Y en eso hay que estar, me dice el poeta y se aleja por una colina y regresa con un ramo de bastones, palos que son coronados por empuñaduras de diamantes: qué contraste; aparece un periodista y lo entrevista: resulta torpe e inculto, con un nivel bajísimo y el poeta responde con admirable educación, preciso y lineal. Me propone ir con él a Zamora y le digo que es imposible; desciendo hacia una estación de autobuses y me percato de estoy en Salamanca. La siguiente imagen consiste en un debate sobre la función pública. Me despierto.

+ El poeta era Claudio Rodríguez, que regresaba más allá de la muerte. Recupero dos libros y los dejo sobre la cama: Hacia el canto y La otra palabra [escritos en prosa]. Una antología de poemas y  una colección de textos ensayísticos.

+ En La otra palabra encuentro una mención a Leopardi. Sin saber por qué, escribo en el buscador fotográfico el nombre de Leopardi y me percato que en Nápoles no visitamos su tumba. ¿Es un motivo para regresar a Nápoles? Sí, es un motivo, pero no el único.

+ Copio las descripciones del trigrama inferior del I Ching de una tirada de monedas que hice hace un tiempo: lo suave, el viento, la madera. Todo indica la constancia, la lentitud, ese crecer de las semilla hasta ser árbol; lo que del árbol se contiene en la semilla. Así conduje durante estos días, por la carretera orlada de bosques: con fluida suavidad acunado por el viento. Es la guía emblemática de estos días. La investigación navega a buen ritmo, eso constituye la esencia de la vida ordinaria, su reflejo en los sueños: agradables y reparadores.

+ He aparcado los Kentukis porque me he puesto con Serotonina.

+ Los sueños se desvanecen, leemos lo que hemos escrito sobre ellos y nos reconocemos perfectamente, pero ya somos otros. Es un resplandor, un brillo que tiene una cualidad que lo inclina hacia su desaparición, un breve reinado. Así, las peripecias vitales se difuminan en la distancia y sólo queda una niebla, una apariencia de realidad donde se confunde el recuerdo con la reconstrucción, la falseada reconstrucción. ¿Todo es interpretar? La sentencia sobrevuela la escritura, la lectura, la opinión. Y si vamos un poco más allá, dónde están aquellos que no hemos vuelto a ver, después de tantos años. La nostalgia no es una enfermedad, es una condición de algunos individuos. Claudio Rodríguez es ahora un fantasma que fuma a las orillas del Duero, una foto en blanco y negro, el recuerdo del sabor del vino o de la ginebra. Los años 50 del siglo pasado, esa situación, ese tiempo aquel espacio; el momento del sueño que no regresa, que pierde su fuerza. Ahora, en este momento, cierro el ordenador y me dispongo a dormir, otra noche más, una noche menos.

+ Imagen: El grito de Munch en muñeco inflable. Es un recuerdo de una casa agradable, de una estancia agradable, y, al mismo tiempo, una segunda distorsión de la realidad: primero el cuadro, segundo el elemento kitsch. En el muñeco se refleja algo de la semana, de su opacidad y ciertas incomodidades que se desavanecen.

sábado, 19 de enero de 2019

Política (-s)


Madrid-La Taranta


+ En el coche, camino al trabajo, intentamos definir qué es la política en relación con las crónicas que establecen el periodismo y la historia, como si hubiese un hilo común entre las tres disciplinas, que parece bifurcarse o formar, quizá, un triángulo. La vocación de comentarista se manifiesta en nuestras palabras con cierta vehemencia contenida, pero hay un hueco que no se puede salvar: nuestra condición laboral. Esto determina nuestras opiniones, o yo así lo quiero [algo común a todas las personas ya que nadie opina fuera de su yo, de su propio contexto y de sus intereses individuales o de grupo]. Una pausa. La estrategia, la táctica y la verdad; no son solo palabras. Pero hay operarios [antes llamados obreros] que votan a la derecha o a la extrema derecha y profesionales liberales que votan a los comunistas. ¿Votan en contra sus intereses? La psicología es algo que debe ser tenido en el análisis del voto, y yo no sé, pues mi ignorancia es vasta, si se tiene en cuenta. Bien, regreso a nuestro viaje diario, los desplazamientos de los commuters, nuestras opiniones son opiniones y en esta tautología se esconde que en las opiniones hay un río subterráneo que condiciona su objetivo, que marcha y dirige la flecha hacia la diana. ¿Ingresos, estética, psicología? ¿Qué determina la posición política? ¿Periodismo, política e historia? Sí, tres brazos del mismo candelabro. La jornada laboral comienza y por ahí se desagua la conversación. El trabajo y los ingresos ponen a cada cual en su sitio.

+ He comprado Serotonina, pero sigo leyendo Sumisión. Houellebecq, sin duda. Según avanzo más me reafirmo. La capacidad de Houellebecq para retratar nuestro tiempo es asombrosa, por un lado está el detalle pop y por otro la sensación de nausea que invade nuestra superabundancia, esa incapacidad para digerir nuestro bienestar al tiempo que aflora la depresión ante la fragilidad y la vacua sucesión de los días. Sobre todo esto se puede escribir, pero la realidad no se ve modificada y el escritor lo sabe, y avanza con maestría por el mundo que propone, que dibuja con su mejor herramienta: la narración. En el balance final no pesa lo sociológico, lo político o lo económico, sino lo artístico: la indefinible literatura. Así, la narración encaja en una suma de tradiciones, mientras supera a la televisión o al cine porque hay una solución indiscutible: el desastre. El discurso es tan contundente que no hay  otra posibilidad de expresión.

+ Con el ejemplar que pertenece a la Biblioteca Pública, Sumisión,  me impuesto un trabajo: borrar todos los subrayados a lápiz que emborronan la narración. Me parece que contribuyo a que este mundo sea un mundo mejor.

+ Hoy miércoles he terminado de eliminar los subrayados en el ejemplar de Sumisión de la Biblioteca pública. Hoy el mundo es un lugar un poco mejor.

+ Retomo una cierta lectura de Iser donde se nos dice que la ficción nos comunica algo sobre la realidad; esta comunicación nunca ha de ser explícita, nunca será un manual de instrucciones porque así perdería toda su funcionalidad [que no es, ni mucho menos, su razón de ser]. La máscara es parte del mensaje y en el caso de Sumisión va mucho más allá de la peripecia del relato para alcanzar una cierta idea de la política, sus meandros, afluentes y desembocaduras.

+ [Interiores holandeses donde se bebe vino blanco, calvados o armagnac]. Llego a un cuadro desde la peripecia que supone encontrar la diferencia entre el cognac, el armagnac y el brandy. Sólo me interesan los textos que de ello hablan, no las sensaciones que producen los licores. No me interesa la ebriedad, me interesa las vías y la constitución de la ebriedad. Pero, finalmente, a donde accedo a es a un interior holandés de Pieter de Hooch; durante un rato me fijo con atención en el detalle de los elementos que forman el cuadro, que la pantalla me ofrece, como si me situase ante una escena definitiva y no ante el reflejo de un hecho cotidiano, una escena costumbrista sin mayor implicación. La luz, el mapa en el fondo, la actitud alegre de los hombres, la mujer de espaldas, la otra mujer; el hombre del lateral izquierda tiene dos pipas en sus manos; la mujer ofrece la copa a este hombre [en otro lugar leo que se dispone a beber]; [hago un zoom profundo], la otra mujer sonríe, parece sonreír como si adivinase o conociese ya el desenlace que se aproxima. Podría seguir detallando los elementos del cuadro y llegar a una conclusión o no llegar a ningún sitio, pero lo que me interesa es el proceso de ebriedad, que el cuadro parece manifestarse en el rostro de los hombres y es lo que produce el gesto de la mujer del fondo, la sátira contenida, la sátira que toda ebriedad conlleva. ¿Sátiro o sátira? ¿El filo de lo sexual se refleja en la sonrisa de la mujer del fondo?

+ Bajo archivos que reproducen fotográficamente libros del siglo xviii, me llama la atención como se van solapando ex libris hasta llegar al sello definitivo de la biblioteca, con sus códigos de barras [ya anticuados] y [los actuales, por un momento] códigos QR. Esa historia que se esconde tras las marcas de propiedad [el ex libris y sus arabescos variados]  no tiene una correspondencia con nuestro mundo, con nuestra época, donde ya ha desaparecido esa singularidad de la biblioteca burguesa, como elemento dentro del hogar burgués que se debe mostrar como signo, como símbolo, como emblema. Como decoración, también. Ahora, el libro se constituye en algo mucho más sentimental y lo que se muestra en las casas son muros multicolores que apuntan a la sensibilidad del propietario, o a la labor de acumulación de años de estudio universitario. ¿Existen todavía los ex libris? Supongo que sí, pero más como una arqueología que como elemento vivo, supongo yo que han de pertenecer a personas que tienen gustos un tanto anticuados: fumar en pipa, coleccionar sellos, llevar un proyecto tal que hacer fotos de los autobuses que ven en las ciudades que visitan [esto último no es una invención mía, en una ocasión oí la historia de un señor que hacía estas cosas: disparaba, imprimía y distribuía las fotos de los autobuses en álbumes de considerables dimensiones]. Bien, el ex libris forma parte del pasado, debemos admitirlo ya; pero su estela en el archivo permanece y eso me hace pensar en todo lo que hoy es muy moderno mañana no lo será, porque en la misma palabra moderno está su condena: moderno no deja de ser el modo de lo de hoy [modiernus = reciente]. En fin, el domingo se acaba y yo termino de escribir esta breve nota sobre los libros y las señales que indican la propiedad de los mismos, sobre su perenne declive y el color de los lomos: antes oscuros y pardos, ahora multicolores y optimistas. Así somos, creo ver y cierro el procesador de textos.

+ Palabra de la semana: colmatar. Tal vez, la acumulación de sedimentos, tal vez cuando un terreno pierde su porosidad. No estoy muy seguro; y creo que es más productivo no buscar en el diccionario y  jugar con las posibles definiciones [finalmente iré al diccionario o a un libro técnico] por el simple placer de la palabra, del concepto y su amplitud. La semana se recubre con la posibilidad conceptual: la perdida de porosidad y, por lo tanto, la elasticidad.

+ Y dice Whinnom: «la literatura es claramente una patología, un producto como el foie-gras, el almizcle o las perlas». Poco antes W. había comparado la mitología con lo que podemos leer en las revistas del corazón, cine o política. Debería desarrollar ambas ideas y ver cómo las puedo encuadrar en mi contexto y en mis visiones, en mis lecturas, pero no es momento [aunque no lo descarto en el futuro]. Me parecen dos apreciaciones muy acertadas, acertadas en extremo y en un sentido con el que coincido. En el corazón del estudio de la literatura y el lenguaje, en el universo pop que nos define, que especialmente me define.

+ Entiendo, según alcanzo el final de Sumisión, que la cuestión islámica no es absolutamente relevante, teniendo una importancia central, más bien se constituye como un elemento de un paradigma; es decir, resulta intercambiable. El tema, aunque sea obvio, resulta ser la política y la posibilidad, lo contingente. Podemos llegar a ver extrañas y peligrosas acciones o alianzas, traiciones, lealtades súbitas o cesiones inexplicables con tal de alcanzar el poder o mantenerlo. El tema es cómo esta acomodación del poder va modelando la sociedad, las instituciones, los individuos; no es el credo musulmán, que también, sino cualquier credo en función de los intereses personales: católicos, nacionalistas, comunistas, socialistas, liberales (...) La vertebración de la política. Lo sé; pero tampoco es el tema de la novela porque como todo obra de arte de altura su núcleo, su principio rector resulta ser la fusión entre fondo y forma [si es que fuesen disociables, pero es muy cierto que cuando la forma es demasiado evidente, algo no funciona].

+ Imagen: foto en Madrid, La Taranta; por la tendencia, mi tendencia a la abstracción: el seductor rojo.

sábado, 12 de enero de 2019

Conversaciones


+ En Serotonina, la última novela de Michel Houellebecq: Niort es la ciudad más fea de Francia. C. y yo estuvimos en Niort y puedo decir que eso no es necesariamente verdad. Pero mi opinión no tiene demasiado peso. M.H. está en promoción, Serotonina. Me debato en si leer la novela o no leerla. Por el momento he cogido en la biblioteca Sumisión.

+ Lo anterior lo comento por teléfono con C. Se ríe y dice que no tiene un recuerdo especial ni claro de Niort. Yo tampoco. Hurgo en las fotos que esos días disparé y encuentro con la foto de un graffiti que he me había gustado, especialmente. Hila hilando, me doy cuenta de que estaba en Niort. No quiere decir mucho, no quiere nada. Como la frase de M. H. Recuerdo que pensé en comprar en Lafallete una cazadora, no me decidí, fuera llovía, compré un tubo para llevar con seguridad un cartel que me regalaron en Angoulême. Y así. Pero los habitantes de Niort se han enfadado mucho. El nacionalismo no conoce fronteras ni dimensiones. No me identifico con el territorio, más allá de las necesidades administrativas: prefiero la palabra estado a la palabra nación.

+ [Lo que escuchamos en los aviones sin desearlo no es comunicación, pero contiene un pellizco de cata sociológica]. Regresaba de Madrid en Iberia [compañía con la que casi nunca viajo, sin razón aparente] y delante de mí se sentó una pareja, a su lado se debía sentar una mujer pero finalmente intercambió el asiento con un hombre de unos treinta años [una edad que compartía con la pareja]: los tres se conocía. Hicieron una pequeña fiesta, con apretones de manos y besos. Me parecieron correctamente agradables, lozanos, sanos, limpios de vicios y con sus vidas bien enfocadas, dirigidas a un objetivo preciso y adecuado. Eso me pareció. Comenzó su charla. Los tres eran ingenieros de automoción y con mucho viaje en sus curricula. La pareja volvía de Nueva York y hablaban de la Moderna Babilonia con soltura y encanto, los parques y las calles que habían transitado en numerosas ocasiones, paisanajes y tipologías urbanas para mí totalmente extrañas, enumeraciones extrañísimas, los taxis o los sencillos restaurantes de moda: comida exótica, cerveza excelente y música para imaginar otras vidas que no son la nuestra, un breve intervalo. El hombre les explicó sus peripecias con equipajes, con visados, agentes de aduanas. Viajaba con una cierta frecuencia a Detroit. Sé que en otro tiempo me hubieras impresionado estos viajes, en ese momento, de regreso de unos días en Madrid, entre la amistad y las obligaciones académicas, me parecían unos personajes intercambiables, un tanto tristes y con un ocio previsible y aburrido. Entonces comenzaron a hablar de robótica, entonces comenzaron a parecerme menos simpáticos. Ella hablaba de las posibilidades de reducción de personal en una fábrica y él asentía, el tercero dijo que ahora trabaja en homologaciones pero le gustaría volver a la programación de autómatas. Pero no ganarías lo mismo, dijo ella; el tercero se rio y dijo que tenía razón. Aterrizamos, los vi alejarse y parecían buenas personas; son buenas personas que hacen bien su trabajo. Salí del estacionamiento subterráneo, recorrí la autopista [tuve que utilizar un peaje sin peajista], salí del garaje y volví a casa. No hablé con nadie, nadie me dijo nada, no había nadie en todo el recorrido. Pensé en aquellos tres, en Nueva York y en la robótica. Abrí un libro de poemas, pero no conseguí leer nada.

+ Abandono el libro de W.G. Sebald Austerlitz, debo devolverlo en la Biblioteca Pública porque tengo que coger otros, que entran dentro de la obligaciones [ay, mis obligaciones]. Me da pena dejarlo, pero sé que regresaré: más un propósito que una certeza [tanto que leer y tan poco tiempo].

+ Hablamos sobre la polémica que ha levantado un reputado cocinero a raíz de su comentario sobre la llegada de la extrema derecha a Andalucía, a España [¿no estaba antes aquí?]. ¿Debió o no debió tomar esta posición, públicamente, o debió proteger su negocio?, me pregunta. En realidad el debate trata de si uno debe remitirse a su campo de acción y apartarse de todo aquello que resulte ajeno a su profesión, máxime si esto le perjudica, dijo. Cuando opinar es una obligación, cuando el silencio nos hace cómplices, añadió. Pensé que no tenía importancia, pero las redes sociales hacían su digestión. Una pena, le dije, y ella dijo que sí, que era una pena.

+ [Como dije antes, cogí en la biblioteca Sumisión de M. Houellebecq].  Comienzo el libro y según avanzo me voy encontrando con desagradables subrayados. Los subrayados que no son los propios resultan tremendamente molestos. Además, no comprendo por qué subrayar en un libro que debemos devolver, que no nos pertenece. Soy reacio a subrayar, pero esto no es cierto [quiero establecer una tendencia al no subrayado, pero todavía lo hago; se trata de sustituir el subrayado por un sistema de notas, un folleto donde se acumulen las citas bien identificadas: número de página, número de párrafo]. En fin, copio un subrayado y me pregunto quién pudo resaltar en la novela de H. «En ausencia de una verdadera adhesión emocional», que luego continua con la explicación del ateo que se ve obligado a escribir sobre «las aventuras espirituales de Durtal»; las cuestiones  espirituales que aparecen en las novelas de Huysmans, del que el protagonista es una autoridad menor universitaria. Podría aventurar a que la persona que subrayó le gustó el sintagma, un sintagma prescindible si se mira bien el desarrollo y finalización del párrafo. Verdadera - adhesión - emocional. Repito la sucesión de palabras con intencionado engolamiento y quiero pensar que el autor del subrayado memoriza este esquema, que luego lo suelta y lo convierte en una subespecie de muletilla, tan propia como idiota [que viene a ser la misma cosa: lo propio y lo idiota]; dudo mucho que esta retahíla tenga alguna conexión con una posibilidad de realidad, pero me gusta pensar que es así. Finalmente, he comparado unos subrayados con otros y llego a la conclusión de que se trata de un lector sentimental, que atesora conocimientos sobre las relaciones en los libros, una especie de recolección de herramientas para desentrañar los arcanos del ¿amor? Vuelvo al libro, lo cierro, tomo la goma de borrar, abro el libro y elimino el subrayado. Creo haber hecho algo bueno por la Literatura, con esta L. mayúscula que enfatiza mi buena acción. Nadie volverá a tropezar en esta piedra.

+ El resultado de la extrema derecha en Andalucía es una tendencia. Prefiero obviar los sondeos, porque la tendencia es clara. No me gusta nada. Se anuncian malos tiempos.

+ Imagen: El grafitti de Niort. Queda la elegancia del motivo que contrasta con los cubos de basura, las señales y los desconchones. Siempre en la paradoja habita la respuesta: la crisis.

sábado, 5 de enero de 2019

Nunca volveré a Londres




+ Bad Gyal, Más raro. Un vídeo que se localiza en Londres, con mayor precisión: en el Norte de Londres [puedo ver una parada de autobús y encuentro el barrio en el mapa en línea]. Londres y sus infinitas caras. Nunca volveré a Londres, me dijo alguien y no terminé de entender la sentencia porque, lo sé, desconozco la clave para llegar a un significado oculto, al menos eso se pretende cuando tal cosa se expresa. No indagué, no pregunté. Los significados y los sentidos.

+ Hoy es el último día del año, leo y escribo. He visto algunos vídeos en la red sobre las bondades del liberalismo [del anarco-capitalismo, mejor: un por más allá], leí sobre los peligros de la tecnología, me asomé a la venta y vi a la gente pasar ajetreada. Pienso en sus vidas y en el gobierno de sus personas. Las personalidades y sus fosas insondables. Cada persona tiene su novela, una narración, un desarrollo particular. Pienso en mis ideas sobre el determinismo, que no terminan de cuajar. Hablamos C. y yo sobre ello el otro día en una cafetería al borde del mar [música electrónica, luz mediada, parejas jóvenes con hijos]. Recordé, una vez más, la cita de Heráclito de Éfeso: Heráclito el oscuro, el carácter es el destino. La cita me ayuda a explicar muchas cosas. No sé, ¿no es posible el cambio? No lo creo, hay una posibilidad de mejora, pero el principio rector se mantiene. Sobre ese principio rector se construye la biografía. No discutía, se trataba de exponer las dudas que me asaltan, porque creo que todos tenemos derecho a rectificar y que aquél que fuimos hace diez años no debe condicionar el somos hoy [esto tiene relación con el arrepentimiento y la conciencia; el dolor que a lo largo de los años percute sin descanso, cuando todo parece ya olvidado]. C. me escuchó atentamente y sentenció con sabiduría que siempre hay una posibilidad de salvación, siempre podemos ante un dilema ético tomar la decisión adecuada o la inadecuada, algo que nos aleja radicalmente de los animales. Hoy es el último día del año y veo que estoy conforme.

+ La personalidad del catedrático anarco-capitalista se opone a la personalidad del poeta. Si son así, es porque no hay otra posibilidad. Biología, contexto, tendencias. Bien cierto es que los factores ambientales contribuyen en la configuración, pero esto también determina. ¿Es posible una conversión artística, una inversión de sus valores: del turbo capitalismo a la bohemia; y al contrario: del verso al asiento contable? Ambas posibilidades han coexistido en algunos hombres, sin llegar a ser contradictorias; porque las posibilidades son muchas, muchísimas. Me quedo con el poeta que con el catedrático que viaja en Bentley con chofer y predica las bondades de eliminar el estado mientras trabaja en una universidad pública.

+ Me he hecho un marcapáginas con el recorte de la publicidad de una tienda vintage de Madrid, situada en la calle Atocha. En el recorte se ve a un chico con la barba cerrada, una camisa floreada y la actitud previa a la asistencia a la galería de arte o a la noche eterna; también se ve a una chica: camiseta de baloncesto que deja ver su costado libre de sujetador, el dibujo del inicio de su pecho izquierdo, su cara es seria y sus labios son de un rouge intenso y retador, la melena abundante, espesa, pelirroja. Me gusta llegar a ese libro [El acto de leer, Iser], entre otras razones, razones de mayor peso, por ver a los dos jóvenes, porque los dos jóvenes me recuerdan Madrid en una dirección, una entre muchas. Aprendo en cada viaje lo que olvidé en el anterior, así se crea un poso. A este poso acuden las dos figuras, como elementos de una narración. Los he visto en plazas, en museos, en nocturnidades varias. En el amor, en la distancia, en el olvido. Me gusta pensar en ellos, en la ciudad y sus ramificaciones, las conexiones que establece el paisaje urbano con los habitantes y los viajeros. Cierro el libro y duermen los dos jóvenes su sueño de papel, es el último día del año y ello conlleva un deslizarse hacia la nostalgia, la nostalgia de lo no vivido.

+ Por momentos leo Hotel, os batidores, de Inês Brasão. La crónica de los hoteles tiene su lírica, sin duda. Me gusta el ejemplo lisboeta, la idea de haber vivido en el escenario estas peripecias e ignorar la trastienda. Yo trabajé en un hotel y sé de que se habla: eso creo pero no estoy totalmente seguro. Me parece adecuado, interesante, un análisis muy del tiempo en el que vivimos: el mundo de las posibilidades infinitas, la información inabarcable, la reunión de oferta y demanda en una misma mano. Los entresijos tras los bastidores me ayudan a alejarme del esfuerzo que supone la lectura pautada, las tareas bajo programación, ese tachar con rotulador rojo lo que se cumple, en negro lo que no se ha culminado. Un pequeño libro, entre el ensayo y la narración, disfruto de la prosa y del idioma. ¿Disfrutar? ¿Esto es la lectura? Aquí me detengo y admito la función, que me lleva a ampliar el conocimiento sobre mí mismo, un conocimiento impermanente, que desagua en el olvido. Somos olvido, pero los hoteles tienen el mineral remedio: la no identidad, que tiene a la permanencia.

+ Me pregunto por la identidad y regreso a Pierre Bourdieu y elijo esa elevación sobre lo real que resulta ser la constitución del campo literario, la elaboración de un panorama social, más allá del arte, pero dentro el arte. El arte. Leer es un arte, termino por afirmar en mi ecléctica estética de la recepción.

+ [Repaso por encima los temas que tratamos en nuestra conversaciones en inglés E. y yo]. Los temas de los ejercicios de conversación son una cartografía del mundo, de un universo particular que no tiene porque tener una correspondencia necesaria con una cierta realidad, a pesar de aproximarse con cierta exactitud a esa misma realidad, a una realidad tangible en su momento, únicamente en su momento: conectada a un tiempo y a un espacio concreto y no intercambiable. La realidad como tal es problemática dada su multipicidad y acercase a ella sólo es posible mediante esquema variables. Eso son los temas sobre los que conversamos [en inglés] E. y yo. Admiro su fluidez y precisión, me ayuda y encuentro un extraño placer en la conversación [a través de la pantalla]. La realidad propuesta es un simulacro que tiene su gracia, me interesa la distancia entre el simulacro y lo posible: donde se eleva el estudio y la improvisación.

+ [Una posible explicación del título de la entrada]. Londres siempre fue para mí un destino entre la magia y la identidad. Una parte de la construcción de mi persona: el idioma, su literatura, la música. Ante todo la música, sobre todo la música. Esa forma de entender la vida que arranca en los años sesenta y alcanza el presente: The Beatles, The Jam, The Smiths. Cito los tres grupos como puntas de lanza de tres tendencia que he observado en mi biografía. Cada uno estos grupos se alinea con un tiempo, un tiempo que no ha de regresar pero que compone el presente. ¿No volveré a Londres? No volveré a Londres, sólo es una frase que se ramifica y se destruye a sí misma, un ejercicio de estilo, una posibilidad por construir: el texto que arraca desde la paradoja. Descanso ahí.

+ Imágenes: a) [foto sobre/contra] Muro, Londres, 8/12/2018 -  b) [captura de] Pantalla, Pierre Bourdieu, ¿1999 / 2019?