sábado, 27 de abril de 2019

Ductus




+ A veces mis antenas funcionan, muchas más veces de las que estimo [en un principio]. El robot-foto del que hablé en una entrada anterior ha producido un debate sobre los límites de la robótica. En realidad, ni siquiera es un robot, sino una imagen creada por ordenador que cumple las funciones de una influencer [una palabra para la que no encuentro en español una equivalencia: ¿influyente?, influyente no sirve porque no recubre esa misma realidad tan de los inicios del Siglo XXI]. Veo las fotos del robot con mayor atención que la primera vez que las vi: se percibe su naturaleza digital, pero entiendo que ha mejorado mucho la técnica que permite estas existencias desligadas de lo palpable, lo que me indica que llegará un momento [no muy lejano] en que será imposible distinguir lo real de lo no real [entonces la distinción no tendrá sentido porque serán dos realidades paralelas y dependientes]. Ay, lo real y su doble: el camino para fusionar la ficción y la vigilia, el sueño y la pesadilla.

+  Esas calles de Madrid que he recorrido en la compañía de K. El ladrillo visto, los bares, los árboles y el asfalto. Sin rumbo, sin una orientación mayor que el conversar. Nos vimos reflejados en el paisaje urbano y la mezcla resultó ser fructífera. Hoy leo algo sobre el recién fallecido Sánchez Ferlosio: la calle donde vivía en los años setenta: Prieto Ureña. Barrio de La Prosperidad. Algo intercambiable en los edificios, en los bares, en las tiendas de barrio. Busco la calle en los mapas electrónicos y ahora me doy cuenta que vi a S. F. subir a un taxi mientras cruzaba yo la ciudad desde Arturo Soria hacia Atocha. Lo recuerdo subir con dificultad a un taxi, pero poco más. Fue hace más de diez años, quince. No tiene mucha importancia, salvo una innecesaria constatación fetichista. Se ha muerto; volví a algún libro suyo, intenté encontrar Alfanhuí, leí en la pantalla un párrafo de otro libro, un pecio que destila certera aspereza. Poca cosa es la vida de un hombre; sin necesidad, certifico en la última hora del día mediante la lectura de Lucrecio y Marco Aurelio. Con esa idea de Madrid y del escritor, abrazo el descanso, un profundo y extenso sueño: nada recuerdo y eso es lo deseable.

+ Observo ciertas trayectorias y no me agradan. No resulta que sean despreciables, pero sí son prescindibles. No sé si afirmar o negar una degradación en le periodismo y en la literatura. Yo, en realidad, me circunscribo a mi limitado ámbito: mi investigación; cuando salgo de esta zona protegida me encuentro con particulares realidades que comprendo, pero que no asumo. Las trayectorias me indican cómo se constituye el campo literario: negocios, amistades, ambición, toma de posición, elevación y descenso, editoriales y reseñas, críticos y entrevistas, fotos y paratextos, revelación y ocultación. Vuelvo a leer la primera frase de este párrafo: observo ciertas trayectorias y no me agradan; ahora, en este momento de escritura, ese «no me agradan» lo eliminaría, pero creo que resulta más adecuado que permanezca, como pincelada sobre un día largo y entregado a la lectura y al estudio. Escucho atentamente a un actor en la radio francesa, ahí descanso y trato de ordenar mis ideas sobre el campo literario, donde tan vasta es mi ignorancia, aunque nunca del todo erradas mis intuiciones: los indicios difusos.

+ Una locutor habla de un programa de ordenador que genera voces que resulta imposible saber si son humanas o producto de una síntesis. La inquietud sobrevuela las primeras noticias del día; se ríen sus compañeros, pero a la risa sucede un silencio que flota sobre un espeso barrizal.

+ Hay días en me resulta claro el porqué de mi empeño en tratar con escritores muertos, con ese conversar con los muertos, que nunca contestan, que siempre dejan flotando una posibilidad. Alzo la vista del libro y me paro a pensar. Hay un punto final que me interesa en cada vida acabada. No se puede añadir nada, salvo el comentario; los hechos se han cerrado sobre sí mismo. Por esta razón, no le veo sentido a buscar al mejor escritor vivo; no lo encuentro esa necesidad en dos direcciones: mientras la muerte no ponga el punto final a la obra-biografía, nada se puede decir / no existe el mejor, así yo quiero verlo y así lo sostengo. ¿El mejor? Resulta tan sumamente variable, inasible. Como un desocupado en domingo. Prefiero esa conversación muda entre el vivo que hoy soy y los muertos que vivos fueron, sin plantar escalafones ni

+ Ductus, en caligrafía, es el modo, la dirección, secuencia y velocidad. La razón de titular la entrada con esta palabra latina, que proviene del verbo ducere (= conducir), se remite a la inexcusable razón del estilo, no como elegancia, sino como marca, como huella indeleble de nuestro paso por la vida; por lo tanto, no se refiere exclusivamente a esta entrada, sino al blog en general: no deja de ser un diario, a ello me remito.

+ Pronto hablaré de los días en Burdeos; pero no adelanto ninguna noticia: tampoco es un pacto, ni siquiera una ruptura.

+ Imagen: Una flor que fotografío en Burdeos, una flor humilde, sin brillo, oculta en una suma de hojas verdes. Aquí queda el adelanto que no ofrezco.

sábado, 20 de abril de 2019

… ya el aire en región herido


Santiago de Compostela - Casino


+ Oigo como la lluvia choca contra los cristales, el reloj marca el ritmo, hay una síncopa, voces que oyen tras las paredes, busco otra canción: Paul Weller, Jarvis Cocker, Los Planetas. Son etapas de mi vida, apuntes para un esquema. Hay una sensación de finitud que todo lo recubre. ¿Soy un snob? Es mi protección. Otra canción. El malestar anega lo diario, la presencia de la muerte: tan cercana. Sé de tres accidentes mortales en las dos últimas semanas. La hermana de K. ha sido desahuciada: se apaga. Reconozco el sentido del zumbido que trae consigo el vacío. La terapia es la escritura o la escritura es la terapia. Llueve y hace frío, el tiempo está loco, oigo decir. Las voces tras las pareces retumban pero no puedo entender nada, a pesar de que trato de escuchar atentamente. ¿Por qué no duermen? Desconcentrarse, retomar el hilo, encontrar una explicación poco satisfactoria. Me han cambiado de médico: mi nuevo médico tiene un algo literario: ¿su anillo de plata, su quevedesco bigote, la niebla en sus ojos? Me fijo en sus dedos, me fijo en el brillo del alambre dorado de sus gafas, me fijo en una cadena que asoma tras el cuello de la camisa. Sonríe y entiendo una idea: debo cuidarme, pero no debo exagerar con mis dolencias, que quizá sean manías. Así, hoy el malestar se instaló como el huésped no esperado, no deseado, no puedo luchar contra él pero he aprendido a soportarlo, a gustar de su presencia porque aporta una distancia que me sume en un indolente spleen, tan agradable, tan certero, tan doloroso.

+ Rescato el libro que compré en Oporto sobre el negocio y la gestión de hoteles: Hotel, os bastidores de Inês Brasão. Me gusta el particular desarrollo de la materia mediante un extenso ejemplo: las tripas y el corazón del hotel. Trato de ver lo contado como reflejo de las ocasiones que estuvimos en hoteles. Por ejemplo: el Hotel Veneza en Aveiro. Su arquitectura, la disposición de las plantas, la sala donde desayunamos. Lo recuerdo con cariño porque sentí una felicidad que sustentaba en el equilibrado confort. El confort. La moqueta, el edredón, la luz amarillenta que llega desde el cielo. El patio con estanque, algunos peces dorados, la trama urbana de la pequeña ciudad. Salinas, playas, olas misteriosas y gigantescas. Todo recuerdo vive mientras vivimos, luego: nada. Regreso al libro.

+ La lluvia transforma el tiempo biográfico; Los Planetas suenan otra vez. La música se suelda a la biografía. ¿Los presupuestos para una biografía, una autobiografía? «Como una temporada en el infierno», Los Planetas citan a Rimbaud. El infierno quedó atrás, pero la canción lo trae de vuelta: «Corrientes circulares en el tiempo». Tener el infierno presente sirve como fármaco, en su triple acepción: droga, medicamento y veneno. No es conveniente olvidar. La lluvia me hace ser paciente, espero: debo traducir, debo leer, tengo que escribir, pero el tiempo se funde con la lluvia y mi biografía no tiene ningún interés, lo que me proporciona una paz solida y duradera. Aquella prolongada adolescencia: viajes en tren, conciertos, cervezas, cigarrillos, amistades, nombres que no recuerdo, bares y terrazas, la música y las guitarras eléctricas, una generación que hoy alcanza los cincuenta años, que los ha sobrepasado hace nada, la percepción y la realidad sus mil caras, amanecía y buscaban la guitarra, la guitarra acústica. La enumeración caótica tiene más de retrato que de acumulación. La división del tiempo. Las preguntas se sumergen y sólo que esa vibración y ese zumbido, es el paso del tiempo, el tiempo y la lluvia.

+ Abro un suplemento semanal: hoy es domingo y llega el suplemento a casa entre los periódicos. La lectura superficial de la revista dominical forma para de una costumbre que he adquirido, a la que no le doy demasiada importancia; y, mientras comienza el día, leo con una impostada tendencia al asombro. Los artículos de opinión (sólo leo el título y los destacados); las tendencias gastronómicas: restaurantes, vinos (yo no bebo) y alimentos, extraños alimentos que nunca probaré ( y ni siquiera estoy seguro de que esto se cumpla); veo [en el suplemento de este domingo] una chica que calza unas enormes zapatillas verdes de maratón y viste un impermeable naranja, un contrapicado, su pelo negro es otro punto de snobismo, un snobismo demasiado forzado que rompe con la necesaria naturalidad del snob (la paradoja siempre vuela sobre mi visión); un reportaje sobre la vida carcelaria o las peculiaridades del trabajo en un estación meteorológica en Groenlandia (frío y aburrimiento). Cierro el suplemento dominical y regreso a mis lecturas sobre la retórica en los Siglos de Oro, en la influencia que esta tiene sobre la poesía, sobre la literatura. No puedo concentrarme, el débil fluir de la calle es propio del domingo y encuentro que hay un aliento de viaje palpitando, un aliento que me desconcierta. Lo sé: busco con insistencia una disonancia que aclare el ritmo de la rutina, que trastoque esa rutina. Se esclarece y regreso al estudio. Ahí descanso, cuando, finalmente, llega la concentración. Lejos de las mundanas opiniones, me crezco en un incierto y cultivado snobismo. Soy yo me digo, y anoto algo sobre Luis Vives.

+ Leo: «En tanto que de rosa y azucena» (Garcilaso de la Vega).

+ Poco antes de la siesta, ya tumbado en mi cama, retomo el suplemento dominical: veo a la chica de las grandes zapatillas y el impermeable naranja. Finalmente, sólo es un ilusión digital: es un robot, leo. Con las ideas que revolotean alrededor de la imagen, caigo en un pesado sueño donde se deslizan razones y rechazos de textos que no he escrito ni escribiré, alguien llora por la muerte de la poesía y otros aplauden sin saber a qué se refiere el aserto. Despierto, y el suplemento está tirado en el suelo. ¿Ha cumplido su función? Sin duda, me digo y regreso al estudio, como el que camina por la arena, el que ve el mar desde la playa, el que regresa a casa tras una excursión de fin de semana y se sabe poseído por la ineluctable cadencia del trabajo y el descanso. Los robots, los textos y el fin de semana, poco más.

+ Para titular esta entrada, otra vez, vuelvo al Conde de Villamediana, a la Fábula mitológica de Faetón, que, desde unos años atrás, me acompaña e ilustra comportamientos que a diario observo: tanto en el contacto, digamos, directo, como a través de los medios de comunicación. La osadía del que emprende la aventura que está fuera del alcance de sus fuerzas, a pesar de la intensidad de su voluntad. Así, queda, mientras Faetón fracasa y Plutón se queja: «… ya el aire en región herido». El atrevimiento, la Fortuna, la Fama.

+ Imagen: tras la cristalera, como el espía que no soy, la foto muestra una tendencia a lo posible, a una posible abstracción: masas de sobra y luz, color y ausencia de color.

sábado, 13 de abril de 2019

Lo vivido, un fragmento


Madrid - Calle Princesa - Escultura - Escaleras


+ La tarde anuncia su fin. He bebido café en abundancia, leí lo suficiente, también dejé algunas notas en alguna libreta, algunas cuartillas cubiertas, pero no lo puedo olvidar. Sería difícil, imposible. Es ese zumbido. Me llama K. y me dice que a su hermana le queda poco tiempo de vida. Hablamos y me recuerda que el cáncer se declaró hace ya diez años: no doy crédito, lo tenía yo por algo que había pasado, a lo sumo, tres años atrás. No, me dice, fue en el 2009, me lo dice y pienso que en aquel tiempo mi madre todavía vivía. El tiempo nos disuelve, a nosotros, a nuestras ideas, lo que fuimos, lo que somos y lo que seremos en la memoria poca importancia tiene. Me entristezco. Escucho con atención los sonidos que me llegan de la calle, observo que es un día soleado de primavera, la luz dorada se estrella contra las ventanas del edificio de enfrente, sobre el papel descansa el Bic de punta fina. Mis ejercicios diarios son una conjuración contra la muerte, pero no venceré, me resisto y sé que lo que cuentas es el ejercicio en sí mismo. Ahora parece dar igual, el zumbido me impide concentrarme. La música, desde el salón, semeja un barco a la deriva, cierta melancolía, cierta levedad. Hoy a la mañana me comunicaron que se había muerto quince días atrás un antiguo compañero de trabajo, un jubilado; recuerdo su nombre pero me cuesta recomponer su cara, lo intento y casi puedo ver su rostro, pero no alcanzo esa claridad necesaria. La muerte es algo cotidiano y tiene sus rutinas: trabajadores de la muerte: el enterrador, los empleados de la funeraria, las floristas, los médicos y las enfermeras, el que compone la esquela, la lápida (…), me pregunto por sus preguntas y lo dejo a un lado. No tiene sentido, sus preguntas son las mismas, intercambiables y absurdas. No hay lugar para preguntas, como el silencio en los pueblos abandonados, que sólo el viento perturba. He de regresar al trabajo y la compañía del sonido de la calle aminora el impacto, esto me gusta creer, esto necesito creer.

+ «El concepto es la necrópolis de la intuición», oído y no identificado.

+ El descanso se interrumpe constantemente. Despierto y no soy capaz de retomar el sueño: me asaltan fantasmas del pasado. Intento pensar en algunos lugares donde C. y yo fuimos felices: ciudades, playas, autopistas entre bosques. Nápoles, La Rochelle, Londres. Finalmente caigo en una pesada continuidad con esos mismos paisajes urbanos, bucólicos, pastoriles, pero el pasado acecha. El otro día alguien hablaba de que nos debemos proteger contra la difamación: el que ha cumplido no debe ser reo de su error de por vida. Buscaría un aforismo que me salvase en el naufragio de la noche. Silencio, oscuridad, el latido de los recuerdos. Me centro, otra vez, en los paisajes y me rescatan. Aquél humilde Twingo, La Rochelle, la casa natal de Michel Foucault. Encontré el medicamento, lo ingerí y ahora me encuentro mejor.

+ Leo que los humanistas consideraban la epístola como una conversación entre amigos en ausencia. Recuerdo escribir cartas, muchas cartas, largos intercambios de cartas. Era una liturgia semanal: escribir, enviar, recibir, contestar. La letra manuscrita o los tipos de la máquina de escribir, el sobre, los sellos. La espera, la dilación, la llegada. Recuerdo una cita de Baudelaire que decía que había un placer perverso en recibir una carta y esperar unos días para abrirla, contemplarla, estudiar el sobre y detenerse en su forma, para finalmente acceder al contenido. Conocí a gente que mantenía correspondencia para llevar a cabo largas partidas de ajedrez, como faros lejanos, que pueden ver sus luces, pero no tocarse. Hoy las cartas han desaparecido y el correo-e es otra cosa, ni peor ni mejor, es otra cosa. Finalmente, cuenta esa conversación entre amigos en la distancia: es lo que se mantiene y constituye en núcleo de la relación.

+ La espera y la llegada, caras de la misma moneda que terminamos por apreciar cuando la edad madura nos alcanza. El reflejo es una distorsión, una distorsión que los años terminan por atenuar: finalmente desaparece, como todo. Pienso en la hermana de K. y me siento conmovido: por ella, por su hija, por su mundo que se desvanece.

+ Eran largas las cartas que K. me enviaba desde Madrid, también las que yo le enviaba desde Pontevedra. Había un fino hilo que nos unía, fino, pero robusto. El hilo se ha mantenido a lo largo de los años. En ello descanso, pienso, ahora, en su hermana, que formaba, forma parte del entramado sobre el que sostiene la amistad. La vida en sí es una narración desordenada, pero dado que en la novela cabe todo: así veo yo el pasado, desde el ámbito de la narración. Somos personas, pero la calidad de personaje flota sobre nuestro centro vital, nuestro principio rector [Marco Aurelio].

+ Escucho la radio y hablan de cómo elegir los libros según los colores de la portada para que haga juego con el outfit [y escribo outfit y no atuendo, con incierta intención]. Este es nuestro mundo, paradójico: como siempre lo ha sido, desde los albores de la humanidad: allí donde surgión el lenguaje, la estructura de nuestra existencia, los cimientos, la coloración y la oscuridad.

+ Ha llovido intensamente durante toda la noche. Dormí profundamente. La estructura de la vida siempre hace su aparición en la sobrevenida muerte. La muerte le da sentido a la vida, ese sentido hermenéutico: el significado que alcanza lo que llega a su fin La ópera, el teatro, la línea argumental de una novela no alcanza su plenitud hasta que se corona la propia narración el explícito implícito: fin. Paradójicamente, el protagonista de su propia vida nunca alcanzará ese punto de vista privilegiado que le permitirá hacer un balance de lo vivido: nunca conoceremos un posible sentido de nuestra vida porque nunca desde fuera podremos ver el relato en su totalidad. Vuelve a llover y hace frío. Burdeos es la próxima estación; completamos un periplo que no hemos programado y eso nos otorga cierto aliento, cierta calma. Llueve y hace frío, me digo y la grisalla tras los cristales reclama otro sentido que ni siquiera intentaré darle: vivo en la tendencia a la invisibilidad.

+ Imagen: a lo largo de los años he fotografíado estas escaleras en la calle Princesa, en Madrid. En esta ocasión la escultura que preside el conjunto, cuando la veo en la pantalla del ordenador, parece haber adquirido una fantasmal apariciencia. El día de hoy oscila entre la lluvia, el frío y la apertura de claros con una luz hiriente. Pienso en esas escaleras, en ese espacio, ahora: cuando escribo y preparo esta entrada. Que conste. Vale.

sábado, 6 de abril de 2019

El mapa negro


Madrid - Hilarión Eslava


+ Una voz habla en inglés y otra la traduce al francés, de fondo una ballena compone una extraña música. Suenan olas, ese gemido intenso e indescifrable, un gruñido, un silbido bajo el agua. Es jueves y la semana llega a su fin. Con este telón de fondo trato de poner en orden mis idea y sólo alcanzo un estado de suspensión. La suspensión del juicio. Es un don: ahora puedo no pensar en nada, salvo en esa respiración profunda bajo el agua, que se confunde con las palabras en inglés, en francés.

+ Regresan las ballenas, pero resultan no ser ballenas. Se trata del triste canto de un triste narval. Si me paro a pensar no sé qué es un narval, salvo que se trata de una mamífero marino, que tiene un larguísimo colmillo exterior por el que es denominado el unicornio del mar. Poco más. Me detengo otra vez en su canto, que lo repiten y ese gemido es una poesía no transcrita, a la espera de un interprete que nunca llegará.

+ [La limpieza de la cocina]: continúo con el programa anterior en France Culture, y las ballenas dan paso a melodías árabes. Mientras limpio la vitrocerámica tengo la extraña sensación de que soy un actor que limpia la cocina y entonces siento la necesidad de esmerarme en el acto mismo, en su gestualidad, en su dimensión inabarcable.

+ En algún momento de la mañana alguien dice: «el mapa negro», cuando se refiere a que la aplicación de mapas no es visible en su teléfono. Lo retengo y pienso en ello, en cómo cuajan los títulos. ¿Podría ser un título válido El mapa negro? ¿Una historia de piratas, de espías, centauros sobre el mar, con acentos clásicos o mitológicos, o una historia sobre las calles de cualquier metrópoli de ese principio de siglo? Se abren las posibilidades que se ven inspiradas por el intenso sabor del café negro, su aroma, ese color: el negro profundo. El mapa negro, me repito mientras salimos del pequeño bar frente al puerto. La mañana es limpia, primaveral, única. Veo a los trabajadores de los astilleros con su cara tiznada y sus fundas azul profundo. ¿Comenzaría en este espacio y en este tiempo la narración? Mi salida del bar, con la decisión de realizar bien el trabajo encomendado, aunque resulte rutinario y redundante. ¿Qué música nos acompañará: un violín neoclásico o el rasgo rugir del hip-hop; veladas armonías y nebulosos deslizamientos de escalas en un amortiguado piano? El estilo, me digo y pienso, como tantas veces últimamente, en La distinción de Pierre Bourdieu? Sí, concluyo, también mi simulacro de interpretación mientras friego la cocina, las ballenas, la captura del sintagma «el mapa negro»; todo ello forma parte de mis maneras y gustos, que me caracterizan como nada me caracteriza: estudiar su estructuración es estudiar mi mismidad, sin alcanzarla, por falta de deseo. Soy yo y mis preferencias, que me condiciona a la vez que intento moldearlas. Apago esas confesiones y regreso al vacío que regala el trabajo rutinario y redundante. Una elemento más que anotar, una extensa lista donde nada ponemos, salvo la espera del salario.

+ La mañana comienza con la radio francesa. Consulto mi cuenta bancaria. Me dispongo a emprender el día. Desayuno y leo un artículo donde el autor distingue entre el creador aficionado y el creador profesional: diarios, poemas, novelas. La mañana, la semana que comienza, el círculo eterno de la jornada laboral y las vespertinas horas de estudio [la sensación de eternidad camufla la ineluctable caducidad del amplio todo]. «Todo lo reduces a la temporalidad», me dijo y yo asentí. La radio de la Baja Normandía me hace transitar por las posibilidades que ofrece un viaje futuro. Las posibilidades y el futuro se pueden teñir de negro en cualquier momento; sin obviarlo, me encomiendo al dios del segundo.

+ Imagen: la ausencia de sujetos carga el decorado de una inquietud e irrealidad, un reflejo, un no-lugar, el olvido.

sábado, 30 de marzo de 2019

Listas


Madrid - fantasmas


+ Tengo dos listas que no sé si llegaré a compartir en algún momento. Son listas que no están terminadas, que quizá no tengan conclusión, son listas que responden a la necesidad de crear  presupuestos para algunas conversaciones. La primera la he nombrado como: «Autores (canon y canonización)»; la segunda: «Haces: indicios difusos y condiciones de posibilidad». Se trata de trenzar, entre ambas listas, una suerte de nebulosa de conversaciones posibles. La conversación tiene pautas anteriores a su concreción, pautas implícitas que, quizá, es preciso caracterizar y explicitar. El diálogo como punto de encuentro e inicio de una construcción, verbi gratia. La primera lista quiere dar forma a los autores que me interesan: agrupo autores por una cierta afinidad que no he determinado pero sí intuyo y creo que es verdadera en un ámbito de lecturas próximas [puntos de vista, matices, atención al detalle (…)]; la segunda lista aborda problemas que me preocupan y se decanta más hacia lo social y lo político, también a las costumbre, modos y gustos [y esto último sirve de enlace con la lista anterior].

+ Continúo con la lectura de los tomos de Pierre Bourdieu. Lectura que se produce cada sábado y cada domingo; sistemáticamente. Se trata del gusto, de los porqués de esto y de aquello, o los rechazos. Según la lectura avanza las explicaciones alcanzan mi formación cultural y sentimental: cómo se ha fosilizado, cuándo se quebró y de qué manera la he reconstruido. La observación del proceso tiene un apoyo en el discurso de los dos tomos [La distinción y Las reglas del arte. Génesis y estructura del campo literario]. Pienso en mi acercamiento a la lectura, los libros, el arte, el viaje como expresión de distinguido elegir, el viaje contrapuesto al turismo [y ahora el turismo contrapuesto al imposible viajar], la ropa, lo límites de las conversaciones, el no reconocimiento de una laguna, el silencio ante un dato ignorado, la elección de una bebida por sus implicaciones artísticas [del ajenjo al té verde o la cerveza sin alcohol, el whisky o la ginebra mala], los venenos y su adorable y maldito reflejo. Lo maldito como expresión general de una inconformista veleidad, derivada de una situación burguesa donde ya lo necesario es obvio e incluso vulgar. Esa construcción tiene su contraste en los dos tomos citados, en la certeza de que el gusto es un emblema, con mayor importancia de que en un principio se pudiera sospechar. La explicación pone en orden viejas y desordenadas ideas: hoy agrupan la constelación de las observaciones espontáneas.

+ La refracción de los estímulos [ocurrencia en el inicio de la semana, que considero poco afortunada, pero que copio como muestra de una serie de procesos de escritura, como la copia del prospecto de un medicamento: sin importancia].

+ Hay fantasmas que no asaltan inesperadamente: noticias en la televisión, fotos del pasado, una canción que trae una época no memorable de nuestro pasado. Todo ello se puede conjurar, el antídoto se encuentra en nuestro interior: hay que desterrar las figuraciones. Evidentemente extraigo el medicamento de las Meditaciones de Marco Aurelio. Evidentemente, Marco Aurelio está en una de las listas, por derecho propio, por su gran rendimiento, por ese estilo que tanta calma me ha aportado, me aporta.

+ Días soleados del inicio de la primavera. La floración, el aire limpio y el incontestable frescor de la mañana. La vida regresa. Los ciclos de la naturaleza son tan metafóricos. Ahora es primera hora de la mañana y me preparo para ir al trabajo, antes leo un artículo sobre la muerte: me decepciona y regreso a la rememoración de la primavera. Me sorprendió la variedad de verde en los árboles, nubes o verde pulverizado, en el paisaje. La muerte y la primavera, que resultan complementarias. Lo opuesto y lo complementario no están separados uno de otro, como la pieza de un puzzle que encaja en otra pieza. Días soleados, la lectura, cierto deseo a la baja, que me beneficia y me calma.

+ Muerte una mujer de 41 años en un accidente de tráfico; de primera mano recibo la noticia, que no difiere de lo que se publica en los periódicos. La opinión sobra. La muerte impone su verdad: todo cesa. Me llamó la atención lo que me dijeron: no había una sola gota de sangre, algo que no figura en la prensa: son estos los detalles que muestra la visión privilegiada por la cercanía y la experiencia. La muerte violenta es un extraño drama que nos alcanza para interpelarnos. Vuelvo a Marco Aurelio, ahora: en la primera hora de la mañana del miércoles, antes de coger el coche. Nunca se detiene, la vida, esa actividad absurda.

+ Imagen: esos fantasmas que sólo la cámara fotográfica puede atrapar.

sábado, 23 de marzo de 2019

Land Marks


Vaso Uned Madrid 2019


+ Los lugares reseñables envuelven al viajero en un estado de sorpresa: comprobar y reconocer el monumento nos aporta un grado, paradójicamente, de irrealidad. ¿Tienen una función estas señeras balizas? No lo creo porque no se trata de funciones sino de venenos. Land Marks.

+ [Vídeos en internet]. Busco unos datos sobre algo que se acerca al arte contemporáneo pero ni lo intenta ni lo alcanza; más tarde decido que resultaría conveniente escuchar una conferencia sobre coleccionismo y arte contemporáneo, pero la conferencia no la encuentro y, sin embargo, aparece un pseudo documental sobre una extensa colección de zapatillas deportivas: una vez visto, en un enlace, me dirijo a una colección de cochecitos. La cantidad de elementos es pasmosamente grande. Casas enteramente dedicadas a estos «archivos». Dejo que la corriente fluya, sin hacer valoraciones, dedicado a escuchar motivos, sistemáticas y relatos sobre las ordenaciones de la colección. En un momento, el coleccionista de autos [un hombre muy meticuloso, cómo no] dice que no ve diferencia entre coleccionar arte y coleccionar autos. Detengo el vídeo y escribo [escribo esto que ahora se puede leer], oigo la lluvia contra los cristales y miro hacia el reloj: son la ocho y cinco, es domingo, ¿tiene razón el coleccionista de autos? Podría establecer un discurso elitista sobre la tarea cultural que supone la creación de una colección [de arte contemporáneo] y la imprecisión que suponen los bibelots, pero no me parece que se ajuste a la idea que me perturba. Anoto, finalmente, un condicionante común: el desasosiego que la vida produce cuando se encuentra con la realidad innegable y que el aburrimiento atestigua. «El coleccionista es el que conoce su límite», sentencia el coleccionista de autos: y ahí está la razón en los límites [precio, escala, color (…)]. Toda una lección, una gran lección.

+ [Termina el vídeo]. Afirma el coleccionista que toda colección tiene un anclaje en la infancia: por eso él colecciona pequeños coches. Tal vez. La tarde es lectura y en el libro de Pierre Bourdieu aparece una larga referencia al Aduanero; según avanzo y las páginas se deslizan, deseo ver los cuadros del Aduanero, otra vez. Así, voy al ordenador y en el buscador de imágenes se despliegan ante mí varios cientos de posibilidades: entre ellas escojo La gitana dormida [la noche, el león, la mujer, la cítara, el jarrón (…)]. ¿Por qué escojo este cuadro y me detengo en su estudio durante largos minutos? Porque este cuadro tuvo un significado en mi infancia, un significado que se ha perdido y del que sólo quedan algunos jirones que se traducen en una idea de extrañamiento, de lejanía, de no comprensión: el color, las figuras, la propia tela que compone el atuendo de la mujer, los pies y las manos de la mujer. El choque se produjo entre una idea de pintura y una realidad de pintura. Con mucha precisión puedo recordar el fascículo que mi padre trajo, aquéllas hermosas reproducciones en tamaño de un A3 (más o menos). Con la recuperación del pintor ha regresado todo un mundo que yo intuía y que nunca llegó a cuajar. El coleccionista tiene mucha razón: la infancia es determinante en ciertas obsesiones; aquí los cochecitos, aquí los cuadros y el arte. Yo tampoco he conseguido desprenderme de ello, pero mi colección no es tan evidente, no tiene ese grado de concreción, pero es igualmente obsesiva.

+ Samanta Schweblin dice que mejor que los premios sería tener un sueldo que le permitiese escribir sin preocupaciones. Las sugerencias de los vídeos son un retrato; el inquietante retrato que ofrece la lectura de nuestras preferencias en línea. Relaciones familiares, parecidos de familia, filias y fobias. Qué sé yo. Recupero el libro de S.S. que compré hace unos meses, quizá esta noche lea algo, quizá no.

+ Llegó la noche y comencé a releer el libro de S.S.; un cuento. Respecto a la primera lectura, la prosa había ganado una suerte de vértigo, el subrayado de inciertos detalles que iluminan la oscuridad del relato, la composición de un espacio y un tiempo que condicionan el giro de los personajes. Todo está abierto y esa apertura ofrece un extraño placer. Me recordó a Salinger, pero llegó la hora de dormir ya apagué la luz.

+ Copio una parte de un diálogo de uno de los cuentos de Samanta Schweblin, Cuarenta centímetros cuadrados: «Cuando le pido algo a Dios pido así: Dios, vos hacé lo mejor que puedes- y dio un gran suspiro-. De verdad, no pido nada puntual. De tanto escuchar a la gente aprendí que no siempre piden lo que es mejor para ellos». Ciertamente es una vieja idea que se remonta más allá de las culturas clásicas, eso creo, pero me ha gustado la actualización, en este momento, con estos filtros que se constituyen en esta hora: el café, la tenue y amarillenta luz, el silencio de la madrugada.

+ Después de terminar la lectura de otro cuento de S.S., E. y yo hablamos por vídeo conferencia. Entre otras muchas cosas, me dijo que la sorprendía que yo la citase. Es cierto, quizá se trate de súper poder, como los súper héroes de Marvel, que a ella le gustan e interesan. ¿Son los súper héroes de hoy una mitología de ayer?

+ He retomado a Lucrecio y no he podido de dejar de pensar en Nápoles, en Pompeya. He pensado en la calles por las que C. y yo caminamos, la retícula de la ciudad, los frescos, el aliento que se sostenía desde el pasado, el remoto pasado. De rerum natura, con una introducción de Agustín García Calvo, un libro que recupero porque alguien dice que es un libro que le acompaña. Por otros motivos, motivos muy diferentes, lo aprecio: reconozco la melancolía que imprime y me digo que la melancolía es el humor negro, una enfermedad que germina sin piedad en los corazones sensibles al dolor de vivir. Me acerco a una historia de la literatura latina y busco el nombre de Lucrecio, leo las noticias sobre su vida, indago en la dedicatoria del libro y encuentro la relación entre el autor y la bahía de Nápoles: los abrasados papiros de Hercúlano. El tiempo no se apiada de nadie, su crueldad es manifiesta; leo y sé que la lectura es humo, pero es en este instante donde debo detenerme y trazar el giro que se me ofrece: la lectura como impreciso veneno, vano y peligroso oficio.

+ Imagen: vaso de agua: hacia la abstracción, sin formas, sin color, las sombras se apartan, queda la luz sobre el vaso: intensa, dura, cruel. Luz de fluorescente, que puede estar en el comedor universitario o en la sala visitas del hospital, y nada le importa, salvo la exactitud de su tarea.

sábado, 16 de marzo de 2019

La imposibilidad del viaje




+ He comenzado a preparar un viaje a Normandía. Lo primero que hice fue comprar una Guía Verde Michelin, en inglés porque en inglés estaba a muy buen precio. Paso las últimas horas del día sumergido en la lectura de las entradas sobre los pueblos y los paisajes, en el estudio de mapas y fotografías; playas, museos o castillos. Es un trabajo laborioso que me agrada. La constitución del territorio como material de indagación, donde se van colocando balizas imaginarias de diversa naturaleza: referencias literarias, noticas gastronómicas, asuntos políticos. La conjunción de las ideas anteriores con los fragmentos de realidad que aporta la guía elevan un imaginario sutil, inasible, pero que se hará materia en el futuro. Otra forma de estudiar el paso del tiempo. Esta es la lectura que guía las últimas horas del día, después de haber terminado la novela de espías y quedar un tanto decepcionado.

+ Espero la llegada de un mapa de carreteras; todavía faltan diez días, como mínimo, según veo en el localizador que tengo en mi correo-e. Para terminar mis gestiones necesito ese mapa, necesito el papel, necesito posar el escalímetro y anotar las distancias, hacer humildes cálculos y tomar decisiones.

+ Hoy viernes ha llegado el mapa de carreteras, lo extiendo sobre una cama y la disposición del territorio me intriga. Me intriga, en sí, Normandía: es un tema que crece y toma cuerpo. Las novelas tienen algo que ver en su constitución, dos novelas. No es la primera vez que, en mi caso, un territorio se une a una serie de paisajes que llegan a través de la narración. Lo sé, es un fetichismo. Pero la posibilidad del viaje se posa en esa, llamémoslas, iluminaciones. Francia es tema, un capítulo: Normandía. He de buscar el escalímetro.

+ [¿La imposibilidad del viaje?] Hoy es domingo y leo un artículo en un semanario que llega junto al periódico. Un escritor habla de que hoy no es posible viajar porque el viaje se ve imposibilitado por los vuelos baratos, la sustancia intercambiable de la oferta hotelera y una suerte de desplazamiento instantáneo que ha suplantado al viaje auténtico. En la prensa digital encuentro una entrevista con S. Pinker, el psicólogo, que dice que no es cierto que los jóvenes escriban mal, que esta es una sentencia repetida a lo largo de la historia y sin base alguna. Comparo las dos aseveraciones y veo que en realidad son caras de la misma moneda: ¿vivimos en el mejor de los mundos posibles? ¿apocalípticos o integrados? ¿es imposible el viaje? En cualquier caso, le resto importancia. No entra dentro de mis planteamientos; no desprecio el turismo.

+ Recuerdo que U. Eco en la introducción de su libro Apocalípticos e integrados decía que era muy injusto encasillar las actitudes humanas con las etiquetas anteriores.

+ Hoy he vuelto a ver a la limpiadora. La he visto feliz y esto me ha alegrado. ¿Ha regresado el hombre que la buscaba anteriormente? Pasa un instánte y los veo juntos y me digo que sí. Caminan sin prisa, juntos, sonrientes, pausados; en la calma de estas primeras y limpias horas de la mañana. El amor reconoce a sus participantes, y en ocasiones es leal con ellos, les regala la sonrisa y las palpitaciones de sus corazones, la agradable cursilería del enamoramiento. Sólo es un suspiro, pero en la decadencia del instante hay una lírica sin explicación: la magia de la finitud. Suficiente.

+ [Una vez más, creo haber repetido una imagen: se trata de la entrada anterior. ¿He insertado dos veces el teléfono del cuadro de D. Hockney? Podría ser, pero no lo comprobaré porque no quiero corregir esa duplicidad, ya que creo que tiene algún tipo de significado, en el sentido de mi reverencial admiración por el pintor. Con todo, me gustaría volver a ver el cuadro, como el que visita una ciudad donde ha sido feliz, pues ante al cuadro de D.H. fuimos felices C. y yo. Para eso deberíamos regresar a Londres, una ciudad en la distancia, un lugar a donde regresar porque allí fuimos felices].

+ Imagen: una hoja de ginkgo sobre la piedra, un recorte contra la mañana fría.

sábado, 9 de marzo de 2019

Arqueología




+ [David Hockney y los retratos, y también un bodegón]. A lo largo de los años hemos visitado algunos museos en varios países [tampoco tantos, pero sí los suficientes]. Museos de arte contemporáneo, museos históricos, museos de artes decorativas (…) Hay lugares especiales, momentos singulares. Finalmente, recuerdo con mucho cariño una mañana en la British Tate donde C. y yo estuvimos largo rato ante el cuadro de David Hockney Mr and Mrs Clark and Percy. Nos situamos frente el cuadro en silencio. Nadie pasó, nadie llegó a la sala y los minutos caían; ni visitantes ni guardias. Había algo mágico en el momento, esos momentos que no se olvidan, que con facilidad instituyen un poso perdurable y fructífero. Para mí, y creo que para C. también, en ese momento se constituyó una idea de Londres y de los londinenses, subjetiva y arbitraria, pero personal y relacionado con nosotros, únicamente con nosotros. Así, la calidad de los tejidos, la voluntad de clasicismo de la puesta en escena y la disposición; la luz, esa luz que otorga el sol en Londres en algunas ocasiones. La teatralidad conduce a una reflexión sobre la vida de la pareja, sobre las costumbres y la decoración, el hogar como reflejo de la unión.  La decoración, ese tema. Todo esto y otras cosas recordé con un cierto desorden cuando rescaté un libro de una exposición de D. Hockney que mi hermano me regaló unas navidades atrás: 82 retratos y 1 bodegón. Leo el texto que introduce el catálogo y regreso a aquella mañana levemente lluviosa, donde una chica nos sonrió en la cola de entrada, donde estudiamos sin demasiado convencimiento unas estilizadas esculturas mitológicas: hierro negro y brillante como charol o asfalto mojado que contrastaban intensamente con los lienzos blancos de la fachada de la British Tate. Poco más. De regreso al libro, los retratos contienen en sí mismos una idea que manejo con frecuencia: la vida cotidiana como posibilidad ilimitada de historias y revelaciones, un tiempo y un espacio donde investigar y donde reconocerse, pero también donde descubrirse: esos actores que somos, sin saberlo. Así, durante la tarde de fiesta me dejé llevar por las reproducciones, por el estudio del gesto, el atuendo y los cuerpos, la silla y el fondo. Lo repito: poco más, que es mucho.

+ Sin saber porqué, hoy cogí un tomo de poemas de Luis Alberto de Cuenca y volví a certificar que su poesía me gusta, me divierte y la siento cercana. Quizá se trate de una frivolidad, lejana a otros peligros, a necesidades más perentorias, más comprometidas, más verdaderas, pero yo encuentro en esta poesía un índice de lo que soy, de lo que me gustaría ser. Playas en invierno, las manos de la amada, el viento sutil en los trayectos en coche por la costa francesa, jugar a espías en Berlín, recorrer París en un día, desayunar en el área de servicio de una autopista cerca de Oporto. Tantas cosas que se reflejan en la fragilidad de los placeres y los días, en fluir de lo cotidiano.

+ Lo anterior se diluye en la lectura de las Meditaciones de Marco Aurelio, aunque permanece un aliento de alegría, una sosegada alegría a punto de quebrar.

+ Pensé en los álbumes de Tintin, pensé en cuando por primera vez vi a Tintin, lo recuerdo ahora: mi padre regresaba de Madrid y cada uno de los hermanos nos trajo un álbum. Recuerdo la casa de mis padres, a mis hermanos, la sorpresa de los dibujos, el descubrimiento de la línea clara, recuerdo el viaje a la Luna, recuerdo a Tornasol, recuerdo a la Castafiore, recuerdo a Haddock, recuerdo que le prestamos El asunto Tornasol y nos lo devolvió pintarrajeado: sé que en ese momento aprendí algo que no olvidaré, recuerdo los coches, las estaciones de tren, recuerdos los árboles, los paisajes, recuerdo las mañanas del sábado, en la infancia, en la adolescencia. ¿Qué queda de todo aquello, a dónde ha ido? Pero, con todo, Tintin permanece, lo sé y me da una seguridad que atraviesa el tiempo.

+ Recordar implica el reconocimiento de una expulsión: desde Hockney hasta Tintin todo se ha desvanecido en el implacable discurrir del tiempo. Nada puedo hacer, salvo olvidar, pues el olvido impacta contra el recuerdo y lo reduce a polvo, un polvo brillante e inasible.

+ No puedo dejar a un lado que la enfermedad de mi tiempo, es decir este mismo, cuando escribo, cuando leo, es la ansiedad. La velocidad y la presión. La ansiedad no es otra cosa que la traducción del miedo. El miedo que se refleja en lo diario. Merece un poema, pero no seré yo quién lo escriba. La capacidad de escuchar, tal vez, tal vez sea otro tema, pero el día se termina y la coherencia desemboca en el sueño, el sueño reparador, que me alivia de esa otra enfermedad: vivir. Tintin vela mi sueño, pero en esa tarea colabora D. Hockney, hoy D. Hockney, mañana quién sabe. Pensaré en los temas: la ansiedad y la persona que escucha; pensaré en ellos y trataré de establecer una conexión con mi vida diaria; tal vez sí, tal vez no.


+ Percy era un gato.

+ Imagen: Fragemento del cuadro de D. H.
Mr and Mrs Clark and Percy.

sábado, 2 de marzo de 2019

Anotaciones en una libreta de tapas negras







+ [5:55 a.m.: miércoles, aeropuerto]. En una pantalla pasan el parte metereológico del NE. de EE.UU. A continuación, en silencio, se desgranan noticias que no alcanzo a entender: es demasiado temprano. Es raro, soy raro. Sólo resultan perceptibles los zumbidos sincopados del eating point. En el no-lugar, el idioma del no-lugar es el inglés. Leo en la pantalla: Noticias de China: «… el ticket de entrada al mercado ha costado más de 600 euros…», apenas se puede comprender el enunciado, el subtítulo dura una pequeñísima fracción de ¿segundo? Me aburro, abro el libro y me aburro, cierro el libro, comienzo a acusar el cansancio.

+ En el aeropuerto comencé la lectura de El espía que surgió del frío de John le Carré. El aeropuerto y la narración de la historia de espías encajan bien; la sensación de falta de identidad y la falta de permanencia de todo lo visible forman un sólido matrimonio. Veo, estudio a las personas que me rodean: cuánto sobre ellas ignoro; todos somos iguales, todos somos diferentes. La novela recorre escenarios que C. y yo hemos recorrido juntos, ahora toman otro sentido. Londres o Berlín, sólo recuerdos con diferentes grados de persistencia.

+ Caminé mucho y caí sobre la cama como un saco, el sueño fue profundo y soñé con asunto laborales. Equívocos, confusiones, un accidente, un pequeño accidente sin consecuencias. Madrid ofrecía un cielo limpio, el perfil exacto de los edificios, las sombras sobre el asfalto, el recuerdo de una luna inmensa, el brillo del sol en los escaparates, árboles adormecidos, pájaros insomnes. Pensaba yo en lo oído durante todo el día y se diluía en el caminar. El caminar es un catalizador, vuelvo a caer en el sueño; y así.

+ [Martes, primera hora de la mañana]. No puedo dejar de observar a las personas, me repito mientras cierro la puerta de casa, mientras le doy dos vueltas a la llave, mientras me digo otra vez lo mismo: nada hay más sorprendente, oculto, misterioso: la gente. Así, hoy he visto a la mujer que limpia los portales que están en las inmediaciones del garaje donde guardo mi coche. Es una mujer que ronda los cincuenta años, quizás los haya sobrepasado, no es muy alta y siempre está muy maquillada, lleva tacones y camina con contundencia. Unas semanas atrás quedaba con un hombre y parecía feliz, se alejaban charlando y riendo en estas primeras horas del día, cuando todavía no ha amanecido; no he vuelto a ver al hombre y ella está triste o nerviosa, quizá ambas cosas. ¿Ha desaparecido de su vida o sólo es una ausencia pasajera? La veo y no puedo dejar de pensar en las múltiples historias que nos rodean y de las que no sabemos nada: las personas que nos saludan o no nos saludan en la entrada de un edificio, las que nos cruzamos en los ascensores, los vecinos, la tendera, el funcionario que levanta los ojos y vemos algo comprometido en su teléfono, en la pantalla de su ordenador (...) Cuántas historias que nadie contará. Pero yo pienso en esta mujer, que a veces me saluda y otras veces no, pienso en ella mientras me dirijo al trabajo con la única compañía de unas viejas canciones napolitanas en las que de alguna manera me veo reflejado. La recuerdo, parecía ilusionada cuando abandonaba su trabajo durante unos momentos y acompañaba al hombre, pero hoy la vi hoy cabizbaja, taciturna, pensativa. ¿Un desengaño, el abandono, el final de un amor que ni siquiera llegó a germinar? Todas las posibilidades que barajo apuntan a la equivocación, pero esa es la condena: trazar líneas sobre el agua fría de la mañana y saber que el error nos configura. Aunque, todo sea dicho, la tristeza palpita en su gesto, la tristeza crece; mi coche se aleja y, ya, otras historias se me ofrecen como la flor que abre sus pétalos.

+ «El trabajo de espionaje tiene una sola ley moral: se justifica por los resultados» [El espía que surgió del frío, John le Carré]. ¿A cuántas actividades se puede extender esta ley moral? ¿La política, los negocios, las relaciones personales, el amor (…)? Siempre podemos elegir, rechazar y aceptar; la elección es cómoda o desagradable, pero la ley moral equilibra las razones y separa lo adecuado de lo inadecuado. Lo importante, me digo, es no engañarse. Mientras, la novela avanza y veo que la calidad del relato no es menor, que hay una enseñanza flotando en todo el desarrollo del hilo narrativo, la duplicidad: creo que hay reside una característica que alcanza a la totalidad. La totalidad.

+ Recuerdo haber leído en un panel de la exposición sobre Auschwitz [Madrid - Salas del Canal] que no debemos rechazar a las personas por su aspecto, porque no nos guste su cara, por razones espontáneas sin fundamento, es más: incluso cuando las razones estén fundadas debemos evitar el odio. La recomendación siempre la tengo muy presente, como un comprimido contra mi propia estupidez [esa estupidez humana que todos tenemos en mayor o menor proporción].  En este panel pensé poco después de ver su foto; la foto de su perfil del programa de mensajería instantánea, pero, al tiempo, no podía dejar de valorar su gesto, su sonrisa, la disposición de los elementos que se distribuían en aquella foto tan sumamente estudiada. Sobre todos los elementos, la sonrisa dominaba el retrato: en mi opinión indicaba una falta, una carencia, el peligro que amenaza tras lo que nos parece una sonrisa falsa. Estudié su rostro otra vez y debí volver al consejo del superviviente de Auschwitz: evita sentir desprecio, porque el mal te absorberá. Dejé que la relación fluyese: hablamos por teléfono con educación. La primera vez que lo vi cara a cara me pareció de una amabilidad fría y condicionada por una jerarquía subterránea donde él dominaba la estratificación, con una gran diferencia sobre mí, algo no podía hacerlo explícito porque ya que necesitaba de mí. Lo estudié. Nervioso, fumador, muy delgado, ojos inexpresivos, una dicción monocorde y firme, una voz profunda que contrastaba con su rostro afilado, esa delgadez que su ropa ligeramente actual remarcaba: los pantalones pitillo, el polo gris, las botas de media caña muy gastadas, falsamente gastadas, el anillo de casado tan brillante en sus dedos largos y esbeltos. Pensé demasiado en el encuentro y no me pareció bien, no nos debemos permitir perder el tiempo en asuntos estériles y el asunto de valorar a X. era estéril. Pasó el tiempo y semanas más tarde me enteré que tenía una tendencia importante al engaño, a las trampas y a romper puentes, con la intención de salirse con la suya, pero con saña y sin educación. ¿Me había equivocado? No, no me había equivocado en mi primera intuición; pero la sentencia del superviviente del campo de concentración me acompaña y sé que se deben evitar el odio, por ligero que sea, incluso, como ya dije, cuando se tiene razón.

+ Dejé de escribir, cerré la libreta y traté de no pensar en nada. El aeropuerto era una inmensidad dominada por ruidos difíciles de identificar. Bebí al carísima agua recién adquirida y la idea, la imagen surgió repentinamente. Aquel rostro que vi en el perfil de la mensajería instantánea era el rostro de la soberbia y todo lo que después vino de X. estaba guiado por la peligrosa sombra de la soberbia. Había acertado. Otra vez, una vez más, recordé las palabras del superviviente de Auschwitz. Nada puedo añadir, nada debo añadir, escribí al final de la nota, en la libreta de tapas de hule negro. Caligrafía nerviosa y definitiva. Punto final.

+ [Todos los puntos de esta entrada los escribí en una libreta de notas de tapas negras; los escribí bien en los aeropuertos, bien en los aviones, en el viaje de ida, en el viaje de vuelta de mi última estancia en Madrid, febrero 2019; ahora las paso a limpio como un ejercicio de estilo, pues cuando escribía en la pequeña y envejecida libreta calculaba este pasar notas a limpio].

+ [Mis observaciones han estado marcadas por la figura literaria del espía y cuando escribía en la libreta negra pensaba en Museo del Espía, en Berlín. Así, los días luchan contra el consustancial aburrimiento].

+ Imagen: arquitecturas sin importancia: patios interiores, pasadizos, blancos lienzos de pared sin atractivo que tanto me intrigan. [En Madrid].

sábado, 23 de febrero de 2019

La cara oculta





+ Al igual que la Luna, todos sabemos que a una cara visible le corresponde una cara oculta, invisible; caras que resultan ser indisociables.

+ Los días previos a un viaje siempre tienen algo de descubrimiento, ya que la percepción pierde automatismos y gana en una renovada ingenuidad. Sabemos que en la noche, mientras conducimos, nos encaminamos al aeropuerto y una tintura de ciencia ficción impregna nuestra alegría, algo que tratamos de subrayar, promover, lanzar al vacío que la música otorga. Los aeropuertos intimidan: los controles, el vidrio y el acero, el hormigón desnudo, los refulgentes espacios de venta [cristal de colores, luz potente, aroma de mil perfumes no deseados]. El avión en sí y la ciudad a donde llegamos y su realidad que adivinamos, que creemos ver, pero nos equivocamos y nada resulta ser como se esperaba. Los comentarios que se suceden tienen un valor especial: unen y hacen que el amor fructifique en un sentido opuesto al meramente sexual, un valor superior y secreto, compartidos y difícil de transformar en mercancía [¿difícil?, me digo y responde al instante: imposible]. Pero cuando uno viaja solo y con un motivo distinto al turismo es otra cosa, algo muy distinto: donde la soledad se encarna como ruptura del automatismo.

+ Viajar cada vez me interesa menos, ya que prefiero el turismo. En el viaje me mantuve durante largo tiempo y ahora veo que era un error. Leo Plataforma de M. Houellebecq y mi visión cambia. El libro lo había leído hace tiempo y no había reparado en los detalles sobre la profesión de la pareja del protagonista. Lo sé, quizá el tema, si de esto se puede todavía hablar, es el turismo, el turismo sexual; pero a mí, en el momento de la lectura, me interesaban otras razones de la novela [he aquí la grandeza de la novela: que la lectura no es una vía única, sino que es polimorfa, inasable y creciente o decreciente, en función del momento lector]. Pero, a lo que iba, y sin más digresiones, el turismo no es un anatema. Deberíamos dejarnos llevar por sus propuestas y tratar de comprender nuestro momento desde ese punto de vista. Los platos regionales, los monumentos, las baratijas y los souvenirs, los folletos, los mapas con puntos de interés señalados en rojo y con tipografía apropiada para la rapidez, los vuelos baratos, los paquetes turísticos, la senda de la multitud. Aunque todo sea dicho, lo que propongo, y no puede ser de otra manera, es irónico, porque sólo desde la ironía se pueden atrapar fragmentos de realidad que de otra manera resultaría imposible.

+ [El origen de las ciudades]: alguien me dice que las ciudades están hechas para que la gente trabaje y a mayor actividad económica mayores dimensiones urbanas. Parece una afirmación sobre la que no cabe discusión. Yo callo, porque la afirmación no me convence del todo, pero tampoco me siento capaz de argumentar en contra en ese preciso instante. Resulta que sin actividad económica la ciudad no es posible, pero reducir la ciudad a un espacio donde trabajar y vivir elimina otras posibilidades y, por lo tanto, se asemeja a mostrar la biografía desde el punto de vista de la alimentación, digestión y expulsión de heces [son datos incontestables, pero no pasan de ahí]. La vida se sostiene sobre la economía de la misma manera que la biografía lo hace sobre la nutrición, la respiración y la circulación sanguínea, pero, aun siendo muy importantes, dan cuenta de una realidad que las supera. La ciudad es reunión, principalmente me digo y lo propósitos son muchísimos. Una agrupación de intereses que entran en colisión y deben buscar un óptimo punto de equilibrio. Un teatro, los bares, los paseos, las tiendas, los centros comerciales, los cines, una plaza, una calle, la calle principal, los callejones, el alcalde y el delincuente, las celebraciones y los entierros, el rastro de las batallas y el olvido de las biografías que pueblan los callejeros, predicadores y asesinos, poetas y funámbulos, pescaderías, anticuarios, restaurantes, abogados o ebanistas y la nómina de lugares, personas y oficios tiende al infinito; aunque tampoco daría cuenta de su realidad, en el caso poder completarla. Por no extenderme, la cuestión radica en el punto de vista y creo que es el momento de recordar a Thomas de Quincey en Las confesiones de un comedor de opio inglés donde afirma que la calidad del sueño que otorga el opio está dentro de la persona y así lo ejemplifica con el tratante de ganada, donde en unos posibles sueños opiáceos sólo podría tratar de vacas. Ahí está el gozne de la afirmación, detrás de cualquier afirmación están nuestras experiencias y, para mí, lo que es más importante, las lecturas o la ausencia de lecturas. Ya que la importancia de la lectura no es patente para los que no le dan importancia; para aquellos que la lectura resulta primordial y constituye más un vicio que una obligación, un vicio más que una virtud: nada se sustrae de la actividad lectora, como un zumbido ahí permanece. La ciudad está condicionada por su presencia o por su ausencia.

+ Tres libros para el viaje y estancia en Madrid: 1) J. le Carré, El Espía que surgió del frío; 2) Villamediana, Obras, ed. de Juan Manuel Rozas; 3) Jan Mukařovský, Escritos de Estética y Semiótica del Arte.

+ Mukařovský no viajará a Madrid, su lugar lo ocupa Foucault, Arqueología del saber. [Qué tema: los libros que se llevan de viaje y nunca se llegan a leer: ¿por qué insistimos en es costumbre, en esta manía?].

+ Asisto a una sesión de vídeo sobre libros de Fernando Castro Flórez y compruebo que él, en su casa, como yo, trabaja en camiseta y en pijama. ¿Es esto un nuevo modelo de posdmodernidad o, quizá, de posthumanismo? [Esta entrada de esa guisa la he escrito: camiseta negra y pantalón del pijama a cuadros que C. me regaló en alguno de mis cumpleaños: J’adore].

+ La charla sobre libros trata del asunto del archivo, un tema que me interesa especialmente. En concreto, me interesa la posibilidad de escribir una pequeña intrahistoria mediante los papeles desordenados de una oficina, reconstruir con esas astillas del naufragio la vida de los que habitaron aquellas dependencias, que rellenaron instancias a la que pusieron sellos y dejaron esas húmedas carpetas en un sótano, donde las historias que podrían documentar duermen inertes, a la espera que alguien las devuelva a la vida. Así, planos, croquis, fotografías, notas, informes, denuncias, folletos, publicidades varias, prontuarios (…) Allí duermen, en el olvido. [Creo que debo volver a este apunte, a ese archivo del que hablo donde se acumulan materiales de diverso tipo, y que compone una historia que nunca se escribirá: el material sin un texto, simplemente, no existe, ni lo que en él se refleja: ya se ha disuelto en el tiempo].

+ Imagen: Valença do Minho un lunes, un lunes cualquiera. Me asombran las calles vacías, la total ausencia de ruidos, las vallas del parking levantadas. Como si un fantasma hubiese desalojado la vida; sólo los restaurantes permanecen abiertos.

sábado, 16 de febrero de 2019

La novela de la vida


Berlin-2018


+ Hay mucho tiempo para pensar, me dijo y yo no respondí, sólo esbocé una sonrisa de aprobación. Había aparcado su coche y hablamos de su nueva situación: nunca es tarde, es un asunto sencillo: debo ponerme bien y encontrarme a mí misma, saber quién soy. La circunstancia lo es todo, añadió y yo asentí. La mañana presentía la lejana primavera: un aire limpio, lavado, el brillo del sol en los edificios más altos y la alegría de los caminantes: ociosos y jubilados, febrero se había inaugurado y los flecos de la Navidad desaparecían, aunque todavía restaban luces ornamentales, una banda roja que volaba y una guirnalda verde en el mismo viento. Parecía contenta, ilusionada; con todo, noté como el tiempo había pasado, como su juventud se diluía en una madurez segura y fértil. Sonrió y nos dimos dos besos; yo me sentí mayor. Se alejó y me quedé, durante treinta segundos, absorto, mientras caminaba hacia su coche, su deportivo negro. No sabría decir si ella acertaba o se equivocaba, su decisión no me parecía totalmente errónea, pero tampoco se ajustaba a lo que yo podría esperar, en pocas palabras: me desconcertaba. Ahí está la cuestión, terminé por decirme, nunca conoces a alguien totalmente y realizar vaticinios es una apuesta por la equivocación. Me dije: no tengo opinión, mi juicio está suspenso, de ahora en adelante me cuidaré de mis intuiciones. Mis dudas se dirigían hacia mi juicio y mi juicio preguntaba por el porqué de mi desconfianza: es imposible acertar: tantas veces te has equivocado. No tenía importancia, se trataba de otra cosa, la única obligación posible: la alegría, la tranquilidad, el mudo susurro del paso de los días. La mañana fluía y yo había comprendido algo, un algo que todavía no se concretaba.

+ Todo es cambio, reiteré mientras conducía: importan más el cambio en los procesos que el proceso en sí. Podría ejemplificarlo con mi variable impresión sobre la realidad, como me influyen las lecturas, el ir y venir de explicaciones, comentarios, interpretaciones; que se decantan y dejan un poso de duda o de asombro ante la inmensidad de lo real, tan inasible. Por ejemplo, me llama poderosamente la distancia: tomo el coche y me sitúo a doscientos kilómetros; tomo el avión y nos hemos alejado mil quinientos kilómetros de nuestra casa. Parece obvio, pero reflexionar sobre cómo se han derribado las distancia me lleva a centrarme en el momento en que vivimos: quien realmente derribó la distancia y la temporalidad fue internet. Libros del siglo xvii en copia fotográfica con posibilidad de búsqueda, compra de billetes de avión, la bolsa en tiempo real, vídeos, comunicaciones, hervor político y social, la crónica del corazón o el pronóstico del tiempo; todo ha mutado. Lo dejo, me centro en la conducción y en la música. La música permanece inalterable en interior hermético de mi coche, inalterable por un momento, pero este fragmento tienda hacia la eternidad; me veo zen y me recojo, apago la música y sólo conduzco. Sólo conduzco.

+ Voy a caminar sobre las doce y media de la mañana del domingo. Bajo una cuesta y veo que el hombre que camina delante de mí se para a hablar con una mujer. Según me acerco ella le sonríe y él se aleja. La miro, su echarpe se ha enganchado en una zarza, se libra y me mira, con intensidad: unos ojos azules profundos. Es joven. No ha ido a dormir, todavía. Debe de tener poco más de treinta años, su aspecto induce a la piedad: no sé quién es, pero hay un rastro de dolor en su gesto; el alcohol vibra en sus ojos, en su boca, en la dificultad de su caminar, en su bolso abierto, en sus zapatos sucios de barro. Todo esto lo he visto hace años y permanece. La luz destruye al vampiro; por un momento la imagino en el cenit de la noche, el maquillaje y el atuendo, el efecto que transmite su figura, su juventud en el ropaje de la oscuridad; pero ahora es de día y el día acentúa los efectos del exceso y la tránsito por la ebriedad habla de y muerte, algo que contrasta con todos los que vamos a caminar, a hacer deporte: como si nosotros fuésemos eterno y ella mortal. No, no es así. Hay algo moral en su presencia, que nos habla del pecado y de la depravación; centrarse en el reproche es equivocarse. Dormirá y volverá a su vida, el paréntesis nocturno no transforma a nadie, pero le causa una herida, las heridas no son necesariamente mortales, pero erosionan un algo por nombrar. La piedad se transforma en indiferencia y me digo que le doy demasiadas vueltas a las cosas, cosas que no me incuben, cosas propias. Las cosas, así, en su generalidad, admiten tantas visión que sólo nos podemos aproximar a su verdad mediante la multiplicidad de sus facetas, para llegar a saber, finalmente, que esa verdad no existe. [En resumen, la mujer con el echarpe enganchado a la zarza era más una posibilidad fotográfica que ninguna otra cosa].

+ Son las siete y media de la tarde: estoy saturado. Suena el teléfono, me levanto, lo descuelgo. Es E. Hablamos sobre los quehaceres del día, las obligaciones y el necesario descanso. La lectura, un sonado juicio que ninguno de los dos seguimos, pues el interés queda preterido, el paso de los días y su ritmo. Terminamos la conversación y regreso al trabajo: la lectura, las notas, los apuntes. Construir un mundo de la nada es imposible, pero a veces parece que así es mi trabajo. Las diez de la noche, el sueño me vence y no soy capaz de leer más que una pocas líneas de la novela que descansa en mi mesilla de noche. Cierro el libro, apago la luz y caigo en el sueño como el que se sumerge en bañera con agua tibia. El sueño me alcanza. Escenas superpuestas con una estructura que va desde lo cotidiano a viejas secuencias de la infancia: ahora trato de coserlas sin éxito, ya que el sueño más que reflejar, limpia y esa limpieza no admite discusión. Son las siete y veintinueve y es hora de volver al trabajo, mi trabajo alimenticio que desarrollo durante la mañana. Cierro el ordenador con la sospecha sobre la organización del día, como un ritmo se impone por encima de nuestra voluntad, de nuestros deseos. Es jueves y no puedo retomar el discurso del día anterior, pero ahora estoy a otra cosa: el tráfico, el trayecto de los commuters, la fibra vibrante de las primeras horas del día.

+ [Jueves; extensión] El paso siguiente es la entrada en el centro de trabajo. La circunstancia y el desarrollo del rito: unas conversaciones, el ordenador, un vaso de agua. Todo parece medido y no lo está, todo semeja dado y por todo hay que luchar, todo debe ser defendido. Preparo café. Me siento en el ordenador y comienzo a realizar las primeras tareas, las previsiones del día anterior. Agradezco la semejanza de los días y la rutina me gusta, es confortable y rechazo esa boba idea que nos invita a abandonar nuestra zona de confort. No estoy dispuesto a alejarme de aquello que garantiza mi tranquilidad por agradar a los predicadores del emprendimiento; me gusta centrarme en mi trabajo, desarrollarlo con prontitud y diligencia, pero a las cuatro de la tarde me gusta mucho más cerrar ese capítulo y pasar al otro: la investigación. Este sistema de compartimentos estancos lo he construido con mucho esfuerzo y no estoy dispuesto a abandonarlo. Todo esto viene a cuento a rechazar las consignas que se nos lanzan a diario sobre cómo debe ser nuestro comportamiento; en este caso ese salmo: abandona tu zona de confort. No quiero, no me apetece, podría pero no quiero. ¿Una rebelión? No importa la etiqueta, no soy un mártir ni los mártires me gustan.

+ No veo la televisión pero la televisión ronronea en la sala, algo más que un zumbido, poco menos que la ráfaga de viento que agita en la lejanía algún árbol al borde de la ría. Una tendencia al zen se dibuja en el aire, pero no la atrapo. Una vez más, la tendencia zen que anida en lo diario.

+ Hoy sé de alguien que ha perdido súbitamente su trabajo. Tiene hijos, tiene una mujer, pero ha perdido el trabajo. Un pequeño drama que a nadie le importa. Así son las cosas. Una decisión en Holanda desemboca en una serie de despidos en la Rías Bajas: 200 despidos. La noticia aparece brevemente en el parte diario pero se desvanece con rapidez. La empresa ha sido escrupulosa con el procedimiento. Es su mujer quien me lo cuenta y no deja de invocar a que no es un final, sino una oportunidad. He oído esas consignas que se deslizan desde no se sabe muy desde dónde, qué aspectos infectan de la realidad, zonas que deberían permanecer limpias y se ven mancilladas por la simpleza del vulgar adagio. Ese tipo de cosas que invitan a pensar que todo es posible con esfuerzo, que la voluntad y el trabajo todo lo pueden; algo que se enlaza con esa desagradable consigna que invita a abandonar la zona de confort. En este caso, en el del despido, acepto que puede ser una oportunidad, aunque sé que de poder elegir, ellos hubieran preferido continuar con el trabajo perdido.

+ Imagen: en Berlín tomo una imagen con mucho cuidado, ya en el disparo se busca la geometría y la distancia con la ciudad misma, como si ese muro, esa hierba pudiese estar en cualquier otro lugar, porque el objetivo no es otro que el no-lugar como sortilegio e ilustración de las novelas que se nos aparecen a diario, esas novelas propuestas que nunca terminan por plasmarse, por resolverse, por, en definitiva, escribirse.

sábado, 9 de febrero de 2019

Derivación [-es]




+ [Derivadas]. Detengo el coche en una gasolinera y entro en la cafetería. Me gusta la cafetería de la gasolinera porque resulta ser una conjunción de no-lugar y de centro de reunión de trabajadores y paisanaje: el chatarrero y su hija [que trabaja con él en la chatarrería], los empleados de la carpintería de aluminio [uno de ellos se ha casado con la camarera], repartidores de pan o vendedores de pescado, jubilados que resultan ser ávidos lectores de periódicos y revistas del corazón, y camioneros, vendedores de cupones de la Once, parlanchines semi-profesionales, simples desocupados o borrachines de ocasión. La cafetería es un enjambre de múltiples conversiones en donde la opinión se cruza con el chiste o el enfado breve y portátil, fingido. Así, entro, cojo un periódico, y me dirijo a la barra. Cuando la camarera me mira, yo le digo que sí, sonríe y  me pone el café americano y un vaso de agua, nada de pastas, ni mini magdalenas, ni mini croissants. Paro allí cada cierto tiempo, evitando hacerme habitual, tal vez dos semanas, tal vez un mes; con la camarera, que es guapa y segura de sí misma, intercambio frases amables, pero nunca hemos conversado: ni siquiera un comentario sobre la lluvia o el sol de verano; yo, como he dicho antes, cojo un periódico de la balda  y me enfrasco en una lectura superficial: titulares, entradillas o tres o cuatro frases entresacadas de una noticia. Hay unas tendencias que se afirman: la degradación salarial, la problemática de las pensiones, el aumento de los precios, y por otro lado los nacionalismos, el auge de la extrema derecha y el liberalismo rampante. Una vez superadas las páginas de nacional e internacional, me centro en las páginas locales: desgajo asuntos de obras, presupuestos y fiestas culturales que no dejan de ser proclamas políticas para construir una identidad [ay, las identidades, cuando es momento de perderlas]. Y entre el mar de cifras y nombres emerge la historia de un amputado que duerme desde hace cuatro días en la calle, bajo un soportal. Observo su rostro y lo reconozco. La historia se puede resumir en que no le alcanzan los casi quinientos euros para alquilar un piso, lo acaban de expulsar de un piso compartido porque la propietaria dice que con la silla le raya las puertas, no puede optar a las pensiones que los servicios sociales del ayuntamiento tiene contratadas porque las escaleras le impiden el acceso. Vuelvo a estudiar la fotografía: tiene el pelo cano, gafas y un rostro tempranamente envejecido, ¿dolor? Sé quién es, lo recuerdo hace años por las calles de la zona vieja borracho y faltón; incluso en una ocasión a K. y a mí nos increpó, pero todo quedó en nada después de sus insultos absurdos, finalmente se declaró fascista [yo creo que desconocía el significado preciso del adjetivo y lo único que podía atrapar era la violencia implícita]; luego, despareció calle abajo. La historia es triste; yo sé que tiene familia, unos padres, unos hermanos; da la impresión de que lo que se narra en la noticia está incompleto, falta el reverso de la moneda, lo que intencionadamente se oculta y resulta ser la clave de la historia. Me digo que todos sus problemas vienen, probablemente, dados por su carácter, repito ante el café mediado, su falta de entendimiento de su propia circunstancia, una cierta soberbia y un punto difuso que va desde la indisposición hasta el dolor, un dolor profundo y sin remedio que se ve agudizado por su incapacidad para comprender las reglas que gobierna su propio mundo, nuestro mundo: la institución y el dinero. Hay un punto conmovedor que se acentúa cuando llego a casa y veo la noticia en la edición digital del periódico, que remite a una página de una red social: hay una piedad compartida, que se matiza con una acusación que niega todo lo vertido en la noticia, en el relato periodístico. Es un borracho y un sinvergüenza, dice una mujer en un comentario. Cierro el ordenador y apago la luz para dormir una siesta de media hora, pero no soy capaz: la visión aletea y vuelvo a pensar en lo ya pensado y oriento mi juicio a la siempre presente máxima: el carácter es el destino, porque veo en todo lo leído en el periódico un abocarse al precipicio que no conoce freno. ¿Está escrito su destino?

+ La primera hora del día. Hoy llueve y la música no resulta propicia. Vuelvo a leer el punto anterior y veo que me ha dañado: no hay nada gratuito. Es curioso como una noticia sin importancia en la página de local de un periódico de provincias nos lleva a plantearnos asuntos sobre el destino, el carácter, la banalidad de todas las empresas humanas. Aunque sé que no es propio de mí, no puedo evitar su contaminación, la visión que ofrece la noticia. Me voy a la cama y pienso en los soportales húmedos, en la lluvia, en el frío. No es cierto que todo el mundo tenga una cama. Recuerdo haber leído no hace demasiado, en otro periódico, en una página de opinión, que una gran parte de la gente que duerme en la calle no desea volver a una vida convencional; no sé si eso se respalda con datos, pero parece razonable, aunque la afirmación no parezca conveniente. En la afirmación se contiene, también, la misma sentencia: el carácter es el destino, y en la permanencia en esa rebeldía hay un punto aristocrático, nos guste o no nos guste. Pero, regreso al mismo punto: el determinismo y no me agrada.

+ Una tristeza sorda se ha instalado desde la lectura de la noticia, como si me obligase a un examen de conciencia. Con esta guía vuelvo a leer un cuento que escribí hace tres años, un ejercicio de estilo para ilustrar los huecos que se producen en el texto y que pueden llegar a ser más importantes que el texto mismo. Me pareció un texto malo, malísimo. Me quedé abatido durante dos o tres días. Me recupero y vuelvo a mantener una calma necesaria para mi investigación. Las piezas que componen mi yo se enfrentan entre sí, pero siempre alcanzan una paz, un equilibrio, un equilibrio precario que debo cuidar.

+ La tristeza se aplaca según fluye la semana, según fluyen el trabajo y la investigación. El trabajo es una vacuna contra la angustia, el aburrimiento es el alimento del dolor; la investigación confirma el camino correcto.

+ Imagen: Insectos.

sábado, 2 de febrero de 2019

Extensión




+ [Sábado]. A las cuatro y media nos dirigimos a Portugal C. y yo. El día era limpio y con las canciones de los Beatles encontramos un ajuste perfecto entre nosotros, el paisaje y la conducción [mi siempre lenta y segura conducción]. Junto al Miño el coche se deslizaba con gracia, con su elegante estela negra, su forma anticuada y la contundencia de un coche no muy caro pero sí muy fiable y económico [qué cariño le tengo a Caballo Loco, que así lo hemos bautiza, o si se prefiere: Crazzy Horse, como el sioux, como la banda de Neil Young, como un bar entrevisto en Madrid o en Zamora, quién sabe]. Sobrepasamos Vilanova da Cerveira y nos encaminamos hacia Caminha. Allí recorrimos las calles, vimos escaparates, bebimos ese mágico café portugués sin dejar de saborear unas mediocres torradas [les falta ser más torradas y les sobraba mantequilla, pero en fin, no todo puede ser perfecto y una leve imperfección contribuye a la perfección: en mi idea particular de paradoja]. Cayó la noche, con suavidad, sin estridencia; las luces en la otra orilla cobraron presencia y el cielo continuaba despejado, un frío casi agradable desde el océano nos remitía vidas olvidadas de naufragios, por ensalmo. Los escaparates y sus botellas vino, ropa de rebajas, semillas o aguacates. Recorrimos las calles y finalmente C. compró un pantalón y unas preciosas Gazelle. Me llamó la atención la profesionalidad del vendedor, la capacidad para leer en los clientes sus necesidades y para adivinar aquello que los clientes iban a comprar, lo que ignoraban que comprarían, su emblema parecía ser dad a cada uno lo que precisa; sobrepasados los cincuenta, con un aspecto entre lo juvenil y lo asentado, muy del momento, algo que se manifiesta especialmente en sus gafas de pasta mate, grandes y cuadradas, como dos televisores de espalda ventruda, aquellos televisores del siglo xx. Salimos y deshicimos el camino, cruzamos el río y nos paramos en Tui, para comer algo. Las calles eran más un escenario que cualquier otra cosa: piedras húmedas, el perfil de la catedral y su vocación de fortaleza, ventanas cerradas, la luz escasa y amarillenta. Entramos en un bar y pedimos algo de queso y ahumados; no era la primera vez que estábamos allí, pero había decaído y todo era un poco desolador, desde los platos hasta el pan, que no llegaban a la corrección precisa. Allí estaba el no muy famoso cantante de los ochenta; con un aspecto envidiable para sus sesenta y un años, una red de relaciones culturales que se desvanecían y sus opiniones trilladas; recordé que no cantaba bien, pero es un gran mérito mantenerse casi cuarenta años en la escena. La jornada declinaba y ya no había otra cosa que hacer que regresar. Podría hacer un balance de la tarde del sábado, pero lo dicho es una contabilidad es más que suficiente. Hablamos, guardamos silencio y nos reímos, una suma de placeres sencillos y baratos. En el aurea mediocritas descansamos, en su justo punto medio.

+ Colecciones de insectos [disecados y vivos], colecciones de botellas de vino [que debido a su edad no se pueden beber], colecciones de guitarras o violines [sin cuerdas], colecciones de sellos y/o monedas, colecciones de estilográficas [tinta seca, tinta verde, tinta muerta], colecciones posavasos, colecciones de relojes [que ya no funcionan], colecciones de guías de viaje, colecciones de camisetas, colecciones de bolsos, colecciones de pintura antigua, colecciones de figuritas, colecciones de zapatos [usados o sin uso], colecciones de zapatillas de deporte [en vitrina, en caja o con celofán], colecciones de cucharillas, colecciones de mecheros [sin gas], colecciones coches en miniatura [todos verdes, todos descapotables], colecciones de cromos [desparejados], colecciones de (…) ¿colecciones de libros, tal vez una biblioteca; la biblioteca o el archivo; el orden o la acumulación arbitraria, caótica, vulnerable?

+ La novela es la epopeya de un mundo sin dioses, decía Lukács, el teórico marxista. A mí me parece que Lukács lo expresa con una cierta pena, con la nostalgia de lo perdido. Qué somos sin los relatos, qué nos dará seguridad, qué nos orienta; y, claro, la novela, muy al contrario, en lugar de responder ni siquiera plantea preguntas, simplemente muestra y somos nosotros los que estamos obligados a reconstruir la propuesta: así se diluye el autor y el lector se constituye en un artista.


+ El arte de leer, afirmo.

+ Los abismos siempre son aterradores, para luchar contra su presencia hay una posibilidad: armarse con el reflejo que la novela moderna ofrece [¿la novela moderna?]. Me detengo ahora que he terminado Serotonina. La ausencia de certezas configura el presente y conforme nos sumergimos en lo digital la apariencia se impone sobre lo posible y lo tangible, lo necesario sucumbe ante la líquida pantalla, la redes sociales, las compras inmediatas a cientos de kilométros, el descrédito de la opinión, la mentira que se esparce como semilla al viento. El pensamiento se desvanece cuando prendo el televisor y surje un enjambre de consignas: soluciones fáciles para problemas difíciles, problemas que han sido mal formulados. Ahí está la novela, que no trata de héroes sino de lectores que se constituyen en dioses ínfimos: el encierro silencioso y solitario,  el núcleo de su verdad siempre en revisión: cada novela un mundo, cada propuesta una extensión.

+ Con todo, Lukács tenía razón: ya no se trata de dioses. Se trata de nosotros y el libro, nada más.

+ E. me las trae impresos los papeles que de internet he bajado: los clasifico, leo, estudio, anoto y subrayo. Es un gran trabajo que hace E. por mí. No puedo perder tiempo y los textos que descargo precisan estar impresos: no me puedo alejar del bolígrafo, del subrayador, del lápiz, la nota rápida, la iluminación que el flexo otorga. ¿Es una cuestión personal o una lírica intersubjetiva? Podría amplificar la pregunta para no llegar a ningún punto razonable, pero hacer preguntas es una estrategia, como recubrir de oro la madera [a esto se llama estofar] y en lugar de ver ya madera se puede ver una voluta de oro: la magia del pan de oro [el sintagma es un hallazgo], y la madera esta ahí.


+ Las anotaciones describen un arco vital: desde el presente el pasado cobra sentido; como si aquello que pasó anunciase una distancia o una unión. Portugal, las compras, las impresiones, la ilusión de la llegada de E. Los dioses son propicios.

+ Imagen: andén y pasajeros a la espera; cada vida, una novela.

sábado, 26 de enero de 2019

Lo suave, el viento, la madera


Munch


+ Una idea sobre la nostalgia, el gusto por lo antiguo,  lo anticuado, lo pasado de moda que vuelve a estar de moda por, precisamente, el hermetismo que el pasado ofrece, ese misterio de ser otros: el disfraz. El disfraz, un aliento de nuestra época.

+ [Tarde del viernes, mientras espero para solucionar un trámite, una consulta legal]. Me ha llegado el mensaje y la reunión se retrasa quince minutos. No es mucho. Había ido a la biblioteca a buscar los Kentukis [la novela de Samanta Schweblin]. Sin saber qué hacer durante esa breve (!) espera, entré en la Facultad de Bellas Artes. Había dos chicos y una chica: ella les planteaba si era lo mismo autorizar que conceder. Paseé por los desoladores pasillos vacíos de la facultad. La encontré especialmente carente de personalidad. El orden administrativo de los tablones, los objetos arrumbados contra las cristaleras, el patio descuidado donde hierbajos crecían indolentes, con despreocupación, un olor a humedad, el cielo no ayudaba mucho: gris plomizo, la panza de un topo, el envés de una pelusa. Fui silencioso, como un gato. Desaparecí con la certeza de la caducidad, un desapego a aquello que me pareció un soplo de aire fresco para la negra provincia [que decía Miguel Sánchez-Ostiz sobre Flaubert: La negra provincia de Flaubert]. Volví a la calle, no sin antes echar un vistazo a las orlas de la entrada y certificar que había pasado mucho tiempo, los que fueron jóvenes se acercaban a la cincuentena, me pregunté por sus vidas y me di cuenta de que eran irrelevantes, seguro que una planicie de hijos, hipotecas, divorcios los había alcanzando mortalmente: esas muertes en vida. Allí seguía la negra provincia, con su pesada digestión.

+ [Mañana del sábado, lluvia intensa y viento moderado, en una farmacia]. Hay una calidez estratificada, el primer estrato es la entrada, da paso al recibidor y él último lo ocupa el mostrador, donde las dependientas o farmacéuticas hablan sobre los problemas de la publicidad en internet. Todo deriva, mientras espero por un extraño preparado, un tinte, hacia un viaje a Tenerife. No me apetece escuchar esos detalles, pero ella lo desgrana sin pasión, para pasar el rato, el aburrimiento de la mañana lluviosa del sábado, tan lluviosa. El aburrimiento es una gran condena.

+ No me gusta interpretar los sueños, prefiero tomarlo en una cierta literalidad conectada con lo cotidiano. Sueño con un poeta muerto y mantenemos una conversación sobre el hecho literario, cosa que no tiene mucha importancia. El diálogo resulta ser conmigo mismo, con lo que espero y lo que me preocupa. Me resulta reconfortante porque hablamos de oír la radio francesa mientras se desayuna, las bibliotecas, la adquisición de libros, bases para establecer una escritura satisfactoria [para el que escribe], la evaluación de lo leído y el olvido. El olvido como resultado de toda trayectoria humana, la incapacidad de superar la barrera de la muerte. Y en eso hay que estar, me dice el poeta y se aleja por una colina y regresa con un ramo de bastones, palos que son coronados por empuñaduras de diamantes: qué contraste; aparece un periodista y lo entrevista: resulta torpe e inculto, con un nivel bajísimo y el poeta responde con admirable educación, preciso y lineal. Me propone ir con él a Zamora y le digo que es imposible; desciendo hacia una estación de autobuses y me percato de estoy en Salamanca. La siguiente imagen consiste en un debate sobre la función pública. Me despierto.

+ El poeta era Claudio Rodríguez, que regresaba más allá de la muerte. Recupero dos libros y los dejo sobre la cama: Hacia el canto y La otra palabra [escritos en prosa]. Una antología de poemas y  una colección de textos ensayísticos.

+ En La otra palabra encuentro una mención a Leopardi. Sin saber por qué, escribo en el buscador fotográfico el nombre de Leopardi y me percato que en Nápoles no visitamos su tumba. ¿Es un motivo para regresar a Nápoles? Sí, es un motivo, pero no el único.

+ Copio las descripciones del trigrama inferior del I Ching de una tirada de monedas que hice hace un tiempo: lo suave, el viento, la madera. Todo indica la constancia, la lentitud, ese crecer de las semilla hasta ser árbol; lo que del árbol se contiene en la semilla. Así conduje durante estos días, por la carretera orlada de bosques: con fluida suavidad acunado por el viento. Es la guía emblemática de estos días. La investigación navega a buen ritmo, eso constituye la esencia de la vida ordinaria, su reflejo en los sueños: agradables y reparadores.

+ He aparcado los Kentukis porque me he puesto con Serotonina.

+ Los sueños se desvanecen, leemos lo que hemos escrito sobre ellos y nos reconocemos perfectamente, pero ya somos otros. Es un resplandor, un brillo que tiene una cualidad que lo inclina hacia su desaparición, un breve reinado. Así, las peripecias vitales se difuminan en la distancia y sólo queda una niebla, una apariencia de realidad donde se confunde el recuerdo con la reconstrucción, la falseada reconstrucción. ¿Todo es interpretar? La sentencia sobrevuela la escritura, la lectura, la opinión. Y si vamos un poco más allá, dónde están aquellos que no hemos vuelto a ver, después de tantos años. La nostalgia no es una enfermedad, es una condición de algunos individuos. Claudio Rodríguez es ahora un fantasma que fuma a las orillas del Duero, una foto en blanco y negro, el recuerdo del sabor del vino o de la ginebra. Los años 50 del siglo pasado, esa situación, ese tiempo aquel espacio; el momento del sueño que no regresa, que pierde su fuerza. Ahora, en este momento, cierro el ordenador y me dispongo a dormir, otra noche más, una noche menos.

+ Imagen: El grito de Munch en muñeco inflable. Es un recuerdo de una casa agradable, de una estancia agradable, y, al mismo tiempo, una segunda distorsión de la realidad: primero el cuadro, segundo el elemento kitsch. En el muñeco se refleja algo de la semana, de su opacidad y ciertas incomodidades que se desavanecen.