sábado, 23 de noviembre de 2019

Días de transición (2)


Honfleur - nostalgie


+ Hablamos sobre Madrid, de las vistas que ofrece la terraza del Edificio España [donde recientemente he estado], también de lo hermosos que resultan los días despejados de otoño en los parques madrileños, el perfil de los árboles y la tonalidad de las hojas esparcidas por los senderos. L. estaba inquieta, su examen se aproxima y, aunque no sea una condena, se percibe un salto en el tiempo, una distancia que la aisla. Fronteras que se equiparan con muros. Lo entiendo. C., L. y yo tomamos un café y en pocos minutos intercambiamos noticias y anécdotas. Viajes, coches y posibilidades. Un reflejo, la transición hacia el futuro, la edad que se posa en nuestros cuerpos, en nuestros rostros. Escribo  y sé que es un hablar silencioso, una conversación con amigos que nunca conoceré. Mientras C. regresaba a la habitación donde su madre se recupera, L. se desdibuja en la masa.

+ Me gusta el negro. Un coche, la noche, unos zapatos. No llevo reloj, mi teléfono es un desastre y está anticuado, es muy viejo. Mi teléfono es negro. Todo ello representa un estudiado snobismo, es mi partido: la individualidad. Pero voy a votar y creo en lo común, me resisto a aceptar las grandes razones de los que sólo buscan su propio interés, se trata de confiar en un deber no escrito y en un contrato con el imperativo categórico. Me gusta el negro y escucho la radio francesa un jueves cualquiera, mi postración y la dificultad para escribir. La tinta azul de la pluma, la pluma que duerme en su estuche negro. La pluma es negra. Un conjunto de razones que restringen el comportamiento. Sin ambigüedad.

+ Le han otorgado el premio Premio Cervantes a Joan Margarit. Recupero de una columna de libros el volumen de Cátedra que se titula Arquitecturas de la memoria. Es una antología y entre todos los poemas busco uno que se titula «Paisarge a prop de l’aeropor - Paisaje cerca del aeropuerto», pertenece el poema al libro Estació de França - Estación de Francia. Vuelo a leerlo y confirmo mi intuición, aquélla mi primera intuición. Compré este libro en la librería Pasaje, en la calle Génova, en Madrid. Fue hace dos o tres años. Recuerdo el momento, recuerdo la sonrisa de la dependienta. La librera era joven y poseía un entusiasmo limpio, una alegría vital que se extendía desde sus afiladas manos hasta su liso pelo negro y sus ojos profundos. Pagué y sonrió mientras me deseaba una buena tarde. Salimos a la calle y ya era noche y caminamos sin rumbo hacia una cafetería que ya no existe, vestigios de los años setenta que se van difuminando, desvaneciendo. Dejé el libro junto a la taza de café negro. Lo observe, observé el rostro de J.M. en la portada, con casco, entre las torres de la Sagrada Familia, entre andamios. Me gustaba la noche desde la atalaya de la cafetería, suave y blanda, con destellos de falsa épica, opacidad en los rostros, equiparados en su inquietante reiteración, el libro era emblema y la conversación era la síntesis de la amistada . Abrí el libro mientras K. iba al baño. Leí un poema y supe que, una vez, más había acertado. Entendí algo sobre el paisaje, la memoria y el amor, sedimentos que trascienden el hecho físico del libro, que se entrelazan con lo biográfico y lo histórico, para ofrecer esas señales que no podemos encontrar en otros ámbitos. Una faceta de la poesía, esa sabiduría de lo inefable [que se debe preservar de los análisis académicos]. Meses más tarde, Joan Margarit dijo en una entrevista en El Mundo que votaría a favor de la independencia el 1 de octubre, aquél simulacro de referéndum. Me molestó y ya no me molesta, porque hoy lo valoro en un sentido muy diferente al que lo valoré en su momento: la ironía es una  herramienta de corte fino y exacto. Tantas cosas han sucedido: nacimientos, muertes, retornos y partidas. Los poemas están aquí, por encima de posiciones políticas, pero, al mismo tiempo, por encima de mis posiciones políticas: el lector tiene esa capacidad para despojarse de casi todo. Abro el libro y regresa aquella tarde en Madrid y los esbozos, el dibujo de las calles, los árboles y los adolescentes que se dirigían a sus ocupaciones, regresa el libro, la librería, aquella sensación de plenitud. Los poemas viven a pesar de los autores, los poemas viven en ese ecosistema que son los anónimos lectores, que debido a su propia finitud dan sentido a lo escrito. La irrelevancia es un regalo. Así es la literatura, un océano de ambigüedad, porque es la ambigüedad moral permite separar con precisión al autor y a la obra. No juzgo, me dejo en esa razón que nunca se alcanza a nombrar.

+ Sigo con interés los discursos políticos. Con interés y distancia. Puedo ver a través de las palabras, pero no creo que sea un don sino es que los velos se han caído. La edad.

+ La nostalgia [= el nostos, el regreso, particularmente en la Odisea, pero también por extensión en la Ilíada] me lleva a consultar el tiempo que hace en Caen. Llueve, hace frío. Recuerdo sus calles, recuerdo un bar, un parque. Todo lo que habita en la memoria ha de morir, pero puede resucitar. He soñado con Normandía. Desde que C. y yo viajamos a Normandía, es un territorio unido a la infancia, siempre estuvo ahí: Le Mont Saint-Michel, las playas del Desembarco, el paisaje (carreras secundarias, los chateaux, el ganado en los prados infinitos). Ahora descanso en su recuerdo, mientras postrado escribo.

+ He perdido el tiempo con los vídeos que me ofrece el reproductor en línea. De un un punto a otro, he llegado a un viejo programa de la TVG donde se presentan diversas casas, que si tienen un punto en común: el precio que yo les supongo elevado, muy elevado. El catálogo es variado, pero, al final, me afirmo que el único sentido del programa es la constatación de una biografía, el certificado de un triunfo que se plasma en la magnificencia del hogar.  Casas de gusto pésimo, donde se han invertido grandes cantidades de dinero, casas agradables, casas neutras. Arquitectos solemnes que no terminan de articular un discurso coherente, salvo por las alabanzas a los materiales y al funcionalismo, para rematar en la unión entre arte y función. Arquitectos discretos, reflexivos y tristes. Propietarios orgullosos de su espacio y de la acumulación de objetos: una casa muy vivida. No comparto ese espíritu de nuestro tiempo, la razón y la exhibición del triunfo y el dinero, pero, lo que es más importante, la suma de emblemas, de temas vitales: la biblioteca, las esculturas, la colección de figuritas, el burgués piano, cuadros, muebles heredados o construidos a medida, vestidores y acumulación de zapatos y bolsos muy caros (“siempre voy a los clásicos, porque son una inversión” y la propietaria nos enseña tres o cuatro bolsos que ninguno baja de 2.000 €, y repite la palabra “inversión”). Apago el ordenador y regreso, por un momento, a Houellebecq y creo que uno de sus grandes hallazgos es capturar esa clase media alta de nuestros tiempos, un nihilismo rampante.

+ [ITV]: Mi hermano E. conduce porque yo no puedo: mi lesión, mi postración. Mi modesto automóvil debe pasar su revisión anual. Para limpiar el tubo de escape de carbonilla, antes de acudir a la estación de la ITV, ascendemos por una carretera de montaña. Marchas cortas y acelerador a fondo. El coche expulsa una espesa nube negra. El trabajo está hecho. Continuamos la ascensión y vemos las montañas arropadas por la niebla, por esa fina niebla que trae lluvia, humedad y frío. Me duele el brazo y siento un mareo conocido, un malestar que he sufrido en otras ocasiones. Paramos y me quito el plumas. El frío hace que me encuentre mejor. Llegamos a la estación de la ITV, seguimos los trámites necesarios y esperamos. Pasamos al corredor donde examinan el coche. Mi hermano baja y sube un operario, le digo que el coche es mío pero que no puedo conducir porque me he roto la cabeza del radio. Lo comentamos y me desea suerte. Resulta un momento agradable. Veo confirmada mi sospecha: ahora la gente es más educada, lo que yo entiendo por un comportamiento europeo. Me satisface ese punto de comprensión mutua. Sigue el proceso y el coche pasa la prueba. Llueve intensamente.

+ Imagen: Honfleur - nostalgie.

sábado, 16 de noviembre de 2019

Días de transición (1)


Carl André, Magnesium Copper Plain, 1969 - 1970


+ Un vídeo sobre Las Torres Blancas. Ya es tarde, casi media noche, llego al vídeo por casualidad. Me gusta, en principio, su montaje, la factura de la imagen, los encuadres. Lo que realmente me llama la atención y me agrada es la persona de Carlos Hurtado, el arquitecto, el primer habitante de las Torres Blancas. C.H. conduce a un grupo de estudiantes de arquitectura por el edificio, por sus entresijos. La precisión de los comentarios son reflejo de otra época, un mundo que se desvanece y al que yo, de alguna manera, todavía pertenezco. Una manera de estar, la búsqueda de un consenso, la educación y el buen gusto. Al mismo tiempo, estudio la casa en sus elementos más humildes: la grifería, las manijas de las puertas, las ventanas, azulejos y baldosines, celosías. Son elementos que he visto repetidos en otras casas y que van desapareciendo, que pertenecen al decorado de mi infancia. Pero el edificio está ahí, en su contundencia, su trasnochada ciencia ficción, con todas las posibilidades cinematográficas o pictóricas, una parte emblemática de la ciudad. Los emblemas nunca son espontáneos. El edificio tuvo desde un principio voluntad singular, por parte del arquitecto, pero también por parte del constructor, ya que éste último buscaba significarse. Sáenz de Oiza y Huarte. Estaba proyectada una segunda torre que nunca llegó a construirse, por lo tanto su nombre no tiene demasiado sentido, ya que es una única torre. Hoy su aspecto tiene un algo de vestigio postindustrial, de nave varada, de fábrica de la que ya nadie recuerda su función.

+ [2D]. Comencé a ver vídeos sobre el trabajo diario de arquitectos (dibujo, planos, elección de materiales, maquetas, pero, sobre todo, su discurso) y tuve que apagar el reproductor. Como decía aquella mujer sabia: «nos interesa el arte, pero no los artistas». Hace tiempo que he tomado esa senda, en la línea de R. Barthes: la muerte del autor. El arquitecto no me interesa, la arquitectura sí, pero en otro sentido diferente al esperado, al propio interés del arquitecto. ¿Decorado, trampantojo, proyección? Escenario, composición de posibilidades. Sobre todo escenario, la posibilidad de devolver el volumen a su inicio: las dos dimensiones del papel, el trazo del lápiz, o a la pantalla (dos dimensiones también). La fotografía, finalmente, es lo que engrandece la arquitectura.


+ ¿He perdido mi existencia, disuelta en mi divagar diario, mientras la lesión me postra? Una vez más, observo en la distancia.

+ Mi lesión de codo evoluciona bien, pero todavía no puedo realizar todos los movimientos que corresponden a la articulación, con la consiguiente incomodidad y limitación. La distancia que establece la lesión tiene un algo de enseñanza. Es sabido que perder una facultad es comenzar a apreciarla. Lo veo claramente ahora que he recuperado la capacidad para escribir mediante el teclado del ordenador. Y ahora sé que hay una corriente entre mi cerebro, mis manos y la pantalla. Es ahí donde coagula el texto, donde se darán las correcciones y la posterior finalización, el último párrafo, tal vez. Observar el proceso desde el automatismo perdido otorga una perspectiva privilegiada. ¿Me conozco mejor o he descubierto partes ignotas? En este sentido, el tiempo me ha colocado en lo que cada vez en más mi lugar, una depuración, un decantado fluir de razones y deserciones, de abandonos y solidaridad, se replantean las preguntas y ya son otras. La lesión me ha servido a manera de cartografía para rehacer el itinerario, ¿para llegar al mismo punto? Es algo que está por determinar.

+ Concretamente, hay una suma de factores que afectan a lo diario de una manera no deseada, pero el conflicto es algo esencialmente humano: digitalización, el precariado, nacionalismos, el e-comercio, la subida de los alquileres o las viviendas turísticas (tan relacionado lo uno con lo otro), el parque temático como razón de vida y explicación vital. El día termina.

+ Me encuentro con un conocido, es médico. Me habla de sus hijos, estudios y trabajo, me habla de los problemas que hay en su profesión. Lo escucho atentamente. Nada sé de la medicina. Son campos ajenos y lejanos, donde la ficción construye más que la realidad. Para mí la medicina es un índice en Mme. Bovary, por ejemplo, que aunque útil en algunos sentidos, no opera como guía. Sin embargo, si me ciño a las lecturas de Foucault todo cambia. He tratado de trasladar lo que me decía a la arquitectura donde se da lo expuesto, los conflictos. No puedo menos que relacionarlo con los espacios y las relaciones personales. Esta forma de aplicar plantillas sobre la realidad da sus frutos y, con mayor frecuencia, la aplico en situaciones diversas y no excepcionales. ¿He aprendido a pensar?, me pregunto ante la música que desgrana la emisora de música clásica.

+ Hoy es día de votación. Iré a votar sin convencimiento.

+ Ya tenemos resultados electorales. El resultado no me gusta y he votado desde la desilusión, lo que restringe la posibilidad de la esperanza [mejor así, pues la esperanza no es una virtud, sino un problema que termina por manifestarse en el futuro]. Ayer a la noche E. y yo estuvimos hablando, ambos llegamos a un punto común, que la historia es una sucesión de crisis [como casi siempre, no es una la única explicación posible, pero sí  resulta ilustrativa en este momento, válida para tratar de explicar como fluye lo diario que nos supera]. Hemos de esperar con el convencimiento que los pronósticos nunca se corresponden con la consecución de los hechos. Aquí lo dejo, en suspenso, ya que mi opinión carece de elementos para el juicio para formarse adecuadamente, a la espera de la evolución de los pactos y sus consecuencias. Los pronósticos tienen, como toda predicción, al error. Pero la desilusión es el tono.

+ Trato de seguir con  mis tareas, pero me cuesta. He perdido la concentración, el impulso, mi actitud. Hay un trabajo diario de recuperación, de aceptar la nueva situación. Me veo en el espejo, por la mañana. Me estudio y trato de encontrar esa chispa vital. Pero no me detengo y rechazo la postración. Cada día es un batalla, pero no me rindo.

+ Imagen: en el MNCARS disparo sobre una obra para crear otra obra (?). La fotografía transforma las 3D (la obra y el espacio expositivo) en 2D (la extensión de la pantalla del ordenador: aséptica); se trata de ejemplificar (?). De un punto a otro punto, sin interrupción. [Carl André, Magnesium Copper Plain, 1969 - 1970].

sábado, 9 de noviembre de 2019

Recuento

Madrid-2019-Riu-Plaza

+ Los delineantes son parte del pasado, tal como se conocieron hasta finales del siglo XX. Por lo tanto, sus dibujos se convierten hoy en materia propicia para una arqueología, pero también adquieren un aliento artístico. Dibujos que todavía conservan el aire del presente, las construcciones que se sirvieron de esta herramienta pertenecen a la actualidad; sin embargo el dibujo en sí mismo, cuando se contempla, se ha transformado en un objeto muy antiguo, hasta el punto que, en ocasiones, reclama ser resaltado, y ello se obtiene mediante el enmarcado. Como siempre, es el tiempo el que otorga el aura que modifica objetos de uso cotidiano para pasar a ser objetos extraordinarios. He tenido la oportunidad de , estudiar tal vez, colecciones de planos de carreteras que arrancan en la mitad del siglo XIX y llegan hasta el final del siglo XX. Apuntes, notas, copias de amoníaco, cuentas sobre el papel de calco, plantillas, láminas de tramas para destacar la característica de un terreno y una larga lista de documentación gráfica que permitió tanto la construcción como la gestión de las vías. Hoy son documentos que posibilitan en su virtualidad la reconstrucción del pasado, de una de las múltiples caras del pasado. Hoy son, ante todo, archivo. Pero, volviendo a los delineantes y su desaparición en el torbellino digital, el pasado no regresa salvo en la historia o en la ficción, narraciones que encuentran ese punto en común que resulta ser el lector. Una realidad absoluta, sin discusión. Los delineantes han perdido su sentido y con ellos han desaparecido sus enseres: plumillas, tiralíneas, compases, el cartabón y la escuadra, lápices y gomas (…), puedo ver este utillaje y lo entiendo como parte de la citada arqueología, un melancólico catálogo de abandonos. Hoy es domingo, he regresado de Madrid y la semana se inicia con lluvia, una lluvia intensa y constante, algo propio de la estación, algo propio de estas tierras.

+ [Días de Madrid]. Días de largos paseos, café y dulces. Llovió poco y hacía una temperatura agradable. Los parques exhibían los colores del otoño, las gradaciones del verde hacia al amarillo. Cielos plomizos y oscuras tabernas donde comer frutos secos o aceitunas muy grandes, rellenas de cebolla. Hablamos mucho K. y yo. Sobre el pasado, el pasado como marca indeleble que nos lleva a constatar la fugacidad de nuestras vidas, lo vano de toda empresa humana y la necesidad de creencia, ya cuajen en la misa diaria como en la ecología. ¿Quién decía que “el ser humano no es trascendente pero precisa creer en la trascendencia”? Este tema se ha repetido mucho en los últimos tiempos y es algo propio de la edad que hemos alcanzado, la conversación política que hemos mantenido se enzarza en esta verdad: el tiempo todo lo borra. El momento parece muy difícil, pero si ve en la longitud, en el nicho que terminará por ocupar como narración, no es nada, una espuma más. Eso hablamos mientras veíamos desde la altura del Edificio España los límites de Madrid, su topografía y perfil.

+ La última semana se iniciaba con una referencia al aeropuerto de Barajas. Hoy domingo ya he regresado. El aeropuerto queda atrás. El sábado me levanté a las siete y media, K. y yo desayunamos juntos, cogí el metro y realicé las operaciones necesarias para cruzar los controles. Compré una botella de agua y una revista (L’Expresso). Leí un poco, pero, finalmente, me fijé en las personas, hombres y mujeres, en sus cuerpos, en sus gestos y en su manera de caminar o de pararse. La variedad en el atuendo me fascina y a todo ello le aplico una visión pictórica, como posibles sujetos de imposible lienzos, ya que nunca serán ejecutados. En este sentido me reconozco en David Hockney y su pintura. Un ejercicio de estilo, sin duda.

+ Me desperté de un sueño no demasiado extraño pero sí pleno de desasosiego: aparcaba el coche y no conseguía recuperarlo, caminaba y me encontraba con personas que me daban inútiles indicaciones, mi coche ya no era negro, sino blanco. Poco más. Había una explicación. La tarde anterior traté de sacar dinero de un cajero, pero llegado el último momento, cuando apareció la excesiva comisión, decidí anular la operación. Llegamos a casa y en la tablet pude comprobar que me habían cargado en la cuenta tanto el importe como la comisión. Me enfadé y durante un rato permanecí enfadado. Llamé a mi banco y me dijeron que lo más probable es que me hicieran un reintegro. No me quedé muy convencido. Se lo dije a K. Poco a poco, ante el televisor, comenzamos a hablar de otras cosas y me entró el sueño, estaba rendido, habían sido muchas horas caminando, entre conversaciones y apreciaciones sobre el pasado o la sociología espontánea del momento. Antes de dormir me dije que no importaba, debía dormir y los problemas los solucionaría al día siguiente; con todo dejé a mano el teléfono de la compañía de cajeros automáticos y una anotación con el número de operación que aparecía en la consulta en la aplicación del banco. Dormí entre sueños espesos y lo único que recuerdo era la desaparición de mi coche. En esa niebla encendí mi tablet y comprobé que se había realizado el reintegro. Algo se cerraba y su nudo era el sueño, donde aparecían personas que nada solucionaban, retales de historias que no deseaba oír, un coche que no era mi coche, ya que era blanco y el mío es negro. Los sueños, más que premonitorio resultan ser depuraciones, bien de los miedos, bien de las ansias o esperanzas, bien de las variadas preocupaciones. Cerré la tablet y Madrid se desplegaba ante nosotros, K. y yo.

+ [Lesión]. El lunes, mientras realizaba una tarea rutinaria en mi trabajo, tropecé y me caí. A consecuencia de ello, tengo el brazo izquierdo inutilizado. No puedo escribir en el ordenador, por el momento. He descubierto el dictado: hablo y el ordenador escribe, transcribe. Al tiempo, tengo la pantalla encendida y hago que surjan entrevistas con escritores, paisajes y reportajes sobre recónditos lugares del planeta. Luego llegan los noticiarios, las tertulias políticas o los programas de entretenimiento, en su amplitud narrativa. Debería estar en el trabajo, pero aquí estoy: varado. La lectura me redime y me da un punto de apoyo. En un primer momento la melancolía me asaltó, pero me he sobrepuesto y la tarea es invertir el estado: las ventajas están ahí. Acabo de terminar dos libros y mañana espero regresar a la investigación. [Hoy miércoles, veo un avance].

+ Ha regresado la mecanografía, como un don. Todo un regalo. Cuánto se valora lo que uno acaba de perder. Escribo, ya, con las dos manos y esto tiene algo de divino. Me regocijo. Tecleo y olvido el dictado, pero no es un olvido definitivo sino un, espero, largo paréntesis. Prefiero la conexión en silencio con el ordenador que el dictado, porque toda escritura está perlada de manías. Tan necesarias las manías, tanta definición acumulan. Me contemplo en ellas y no me reconozco, se ha roto el automatismo. El día llega a su fin.

+ Imagen: La ventana que recorta Madrid, la Gran Vía desde el Edificio España. Un testimonio.

sábado, 2 de noviembre de 2019

El muestrario donde elegir


Madrid-Complutense


+ Madrid - Barajas. La crónica queda en suspenso. Preparación de un equipaje [libros]: deberé permanecer en el aeropuerto de Vigo unas horas, para ello llevaré conmigo Las palabras y las cosas [espero darle un impulso definitivo a esta lectura sistemática, tan importante es para mí, por el contenido pero también por una cuestión interior, como la primera ve que leí el libro y en el se manifestó algo que yo había presentido, la confirmación ahora se hace materia].

+ Recuerdo: una de las terrazas de la Modern Tate Gallery, asomados C. y yo a la geometría de Londres. Permanece esa traza, la calle que se pierde en un horizonte de casas bajas y los árboles diseminados, en el fondo un horizonte gris y vibrante, también recuerdo el marco que formaban algunos edificios de acero y cristal. Una poética del recuerdo que se lastra en la falta de autoría en lo arquitectónico y urbano. El anonimato.

+ Trabajo con dos listas: escritores y temas. La primera tiene pocas entradas, la segunda se extiende sin solución de continuidad. Ambas tratan de establecer motivos para  asentir o disentir, para guardar silencio, para dar algo más que una respuesta escueta. Mapas conceptuales para determinar mi posición. Recuerdo una conversación sobre escritores y razones para le lectura, la conversación derivó hacia un cuestionario sobre gustos, filias y fobias. Apenas respondí con claridad porque creí que era lo oportuno, pero, sin embargo, quedé pensando durante días sobre la realidad de lo que me gusta y me disgusta, lo que me interesa y lo que me resulta indiferente. De esa reflexión nacieron las dos listas, sobre las que trabajo espaciadamente. Las reviso, las cuestiono, las amplio o las reduzco. Son asuntos como el turismo de masas, la precariedad laboral o el nacionalismo, por poner tres ejemplos de la segunda lista (la más extensa). Los escritores están muy medidos.

+ En la biblioteca cojo Los avispones de Peter Handke. También Cosmos, de Onfray.

+ He cogido Los avispones porque es un libro que leí hace veinte años. Quiero saber en qué he cambiado, y eso es algo que me aportará el libro. Estoy seguro. El libro permanece, pero el lector muta, un libro sin lectura no existe. En ello estoy, como un planteamiento, un desafío al que fui. A veces no me acuerdo, me digo y ahí está el ajado libro, sus tapas color crema y en el lomo unas letras de un verde apagado que resulta extrañamente elegantes. Es un libro que ha perdido sus guardas y ahora es otra cosa, como un diseño no previsto, que lo adorna el ordenancista tejuelo. Es el tiempo sobre el libro. Y el libro es el mismo, el mismo de hace veinte años, el mismo que cogí en la misma biblioteca. Pero ya no es el mismo, porque yo no soy el mismo, el lector no es el mismo.

+ En los últimos días me ha comenzado a interesar Michel Onfay y no tengo una idea clara sobre él. Su biografía me resulta próxima. Un sentido de obligación que nace del trabajo manual y se aleja de las aulas, de la lectura, de la meditación sobre la propia escritura. Hoy, al salir de la biblioteca, me tomé un café carísimo y muy bueno, pedí un agua y el agua era agua mineral. Lo disfruté y no me pareció mal pagar un cierto sobre precio. Esto tiene su importancia, pues mientras leí el prólogo de Cosmos me tomé con deleite el café y el agua, con una temperatura adecuada y una precisa salinidad, leve y graciosa. La conjunción del café y el prólogo resultó extrañamente agradable: la tarde del miércoles, la sensación de irrealidad en los rostros que veía a mi paso, las nubes bajas y el perfil de las iglesias y de las ruinas. En el prólogo M.O. habla de la muerte de su padre, de un viaje que hacen al Polo Norte y de una anécdota de cómo los perros de los inuit fueron masacrados por los norteamericanos en la Segunda Guerra Mundial para impedir que pudiesen regresar de la dispersión forzada a los que los sometieron, con el objeto de que no los molestasen en las acciones militares que en el Polo Norte desarrollaban. Leí el prólogo con interés y sentí una proximidad presentida. Pensé en Caen, pensé en los días en Normandía, pensé en cuando nuestro coche alquilado nos transportaba por aquellas hermosas carreteras secundarias. Ay, todo resulta redundante. En el café, unos clientes permanecían en silencio y otros hablaban, pero en contra da la costumbre, lo hacían en voz baja. Terminé el prólogo, pagué y me fui. La vibración permanecía y pensaba en la muerte de los seres queridos, como cada muerte es un peldaño más, un peldaño que se asciende en un conocimiento profundo e inesperado. De algún lugar ascendió el zumbido de la muerte de mi madre. La ciudad perdió todos los colores y los rostros se desvanecieron. Fantasmas que transitan a tu lado, me dije, soy tan misántropo [¿es totalmente cierto?]. Entonces me encontré con mi antigua compañera de trabajo. Yo caminaba y la vi, ella me vio y se acercó. Hablamos. Estaba contenta. Me dijo que su salud había mejorado mucho y así lo certifiqué: una alegría sincera emanaba de sus manos y de sus ojos, su voz tenía el tono adecuado y había desaparecido una crispación cristalizada, una crispación característica de otros momentos. Nos despedimos y me pregunté por qué me interesaba Michel Onfray. No tengo respuesta por el momento, prefiero que lentamente cuaje o se disipe. Entré en la tienda de empeños y me interesé en unos pedales de efectos para guitarra, estudié un amplificador Yamaha y leí los lomos de algunas novelas románticas de portadas color pastel y letras doradas. Es miércoles. Caía la noche. Pensé en Normandía, en C. y en su trabajo, pensé en E. y sus estudios, pensé en la oposición de L., en mis hermanos, en el equilibrio y en el vértigo. Es miércoles. Volvía casa con los dos libros y no había más que decir. Mi padre estaba allí con la televisión encendida. Hablamos un rato y yo sabía que esto era irrepetible, todo es susceptible de ser atesorado, salvo el tiempo, el tiránico tiempo.

+ «El estilo blanco y neutro de una época blanca y neutra», dice Michel Onfray en una entrevista televisiva sobre las novelas de Michel Houellebecq. Continuo con la lectura de La carte et le territoire.

+ Sí. No llevaré el libro de M.O., pero esto, lo sé, es definitivo, me alejo del texto, de su planteamiento. Esperaba más de lo que encuentro. [7:25 de la mañana, pronto iré al trabajo y la entrada en otro compartimento estanco me libera de presión, pero la presión regresará a la tarde: ¿es esa mi droga?, tan amplio es el muestrario donde elegir].

+ Pienso en las piedras que voy acumulando en la bandeja del coche, la que está junto al cambio de marchas. Pompeya, Berlín-Sachsenhausen, Omaha Beach. Piedras que traje de las largas caminatas con mi padre en las montañas de su infancia: la sierra de la Cabrera, Peña Trevinca, el Teleno al fondo. Todas esas piedras conforman una imagen poética que ayuda a conciliar el sueño, a invocar otros mundos, la conjura de la maldad. Me quedaré pronto dormido. El sueño se declara circular.

+ ¿Un título? Diario de un decapitado.

+ Imagen: disparé recientemente esta foto. Es un itinerario que se repite desde hace cinco años. Conozco el edificio, la vegetación, sé de la cuesta que desciendo y luego subo. La repetición de un trama urbana, la ciudad, sus límites. Volveré a disparar otra foto, por constatar una suerte de sistema, una hipótesis sobre mi obsesiones y despistes. Ahí queda.


sábado, 26 de octubre de 2019

Idées reçues


Mont Saint-Michel


+ Hace muchos años creí ver en el espejo el reflejo del rostro de Baudelaire, esta semana vi en otro espejo al poeta Antonio Colinas. Me he preguntado si esto tiene un significado. Tomé una antología de Antonio Colinas y me dispuse a leer. Caí en el sueño y soñé con librerías y bibliotecas. No tenía solución.

+ [Sobre la precariedad]. Desde hace unos días no dejo de pensar en el gran abismo que se abre ante el que pierde el trabajo y sabe que no va a encontrar otro. En la última entrada del blog hablaba de un conocido que tuvo cargos importantes en la administración del estado, relevancia en el campo artístico como crítico, influencia a través de revistas de artes, no he dejado de pensar en él. En su situación. Tiene más de cincuenta años y se ha convertido en una persona extraña: tan delgado, con ropa vieja y revestido de una tristeza fosilizada. Huidizo, encorvado y, en su estatura, lejano. Lo veo caminar, lo veo en su bicicleta, lo veo en alguna terraza, siempre imbuido en sí mismo. Ha roto con su pareja, vive con sus padres (dos ancianos que superan con creces los ochenta años), y, según me contó quien me lo contó, se dedica a tratar de vender un piso de su propiedad. El dinero es algo serio, me digo. En otros tiempos tenía un punto de soberbia y un acento de seducción, el encanto acanallado y fugitivo. Un hombre atractivo con cierto savoir faire, un estar que nadaba entre el tabaco, el café y la cocaína, tras lo que se entregaba a sesiones interminables de lectura y escritura. Acumulación de libros y el reflejo del amanecer en su estudio. No es culpable de nada, sino que le ha atrapado la rueda de la fortuna. Hoy arriba, mañana abajo. Nunca se detiene en sus caprichos.

+ Los alquileres son imposibles, los salarios escasos y el trabajo poco y malo. La precariedad se extiende. Todo tiende a saturarse, porque hay un punto de no retorno. Los derechos laborales funcionan así, como la marea que sube y baja. No es tolerable que con el salario mínimo interprofesional no se pueda vivir. Mientras, otros, nos entretenemos con libros y escritos, pero los libros tienen su importancia. La lectura es la semilla del pensamiento crítico, alejarse de la lectura es alejarse de la comprensión. Pero los salarios no dejan de perder poder adquisitivo. En eso estamos, en ello pienso, pienso mucho. Vale.

+ En una foto de John le Carré soy capaz de identificar un libro entre muchos: White Teeth de Zadie Smith. Recuerdo cómo me deslumbró la novela.  Creí encontrar una explicación a ciertas preguntas sobre el Reino Unido. Sin embargo, yo entiendo que, ahora, más que respuestas se trata de elementos que se van sumando y disuelven las preguntas o las replantean, pero otras nuevas surgen. También recordé las novelas de John le Carré, la lectura que hice a principios de año en un viaje a Madrid. Con las dos novelas en el recuerdo no puedo dejar de reafirmar que la novela es la centralidad del canon, que se impone sobre otras narraciones más fácilmente digeribles. Regreso a la tarea.

+ Me dijo que ya solo escucha música clásica. Asiento sin llegar a responder por qué se van quedando a un lado otras músicas, salvo por envejecimiento. ¿La serenidad, la apatía, la edad? Acabamos el café y hablamos de conocidos, desdibujados en el paisaje de la ciudad, pensé en Sibelius en la Filarmónica de Berlín. Hablamos de Berlín y le dije que no es una ciudad que me guste, pero tampoco me disgusta. Sólo indiferencia. A destacar el transporte público. Se rió, soy paradójico y lo sé manejar. Me envuelvo en mi bandera: la nada. El vacío. Pensé en lo que me había contado y bebí un sobro del café. Su cerveza era dorada y la tarde tenía un tono plomizo que me recordó los días en Normandía. ¿Está lejos Normandía? Lo suficiente. Los viajes, y no abjuro del turismo. El turismo nos define, ya no es posible ser un viajero, sólo nos queda el turismo, pero, esa es mi esencia, somos observadores, observo: gente, edificios, el discurrir de las nubes, los bares, los coches, las playas, las mareas, las granjas, vacas y ovejas. Normandía. Sí, compré algunos libros y compré queso, fue complicado traerlo hasta casa, pero lo conseguí. Hoy es martes, lo sé. Hablamos y terminamos el café y la cerveza. Su perra estaba inquieta y me ladraba, quería que la acariciase. Así lo hice, su pelo encrespado, el calor animal, el olor acre que desprendía todo su volumen. Se alejaron y la perra me volvió a ladrar. Envejecemos, envejecemos bien, es algo que los tres tenemos en común: él, la perra y yo. Música clásica.

+ Me quedé dormido a las once de la noche y caí en un profundo sueño que merecería un análisis de sus imágenes, pero me parecen importantes las imágenes en sí mismas, más que su posible significado. Italia, Bolonia, un viaje en coche. El deseo es ingrato, injusto, venenoso, me dice alguien en un tienda de ropa. Dependientes amables, magníficas americanas, hermosos cuadros donde se pueden ver grandes fotografías de chicas incrustadas en el Renacimiento italiano a pesar de su atuendo actual. Me despierto a las seis de la mañana, desayuno mientras escucho las noticias. Ayer la vi después de mucho tiempo, me pregunto si el sueño tiene que ver con ella, me pregunto que puntos de conexión puede haber entre mi turismo onírico y su persona. Nerviosa, contenta, con extrañas ideas de niña, de mujer que no ha perdido una cierta inocencia y que contrasta con la potencia de su inteligencia. No ha vuelto a tocar el piano, me comentó algo sobre cómo se deben estudiar las partituras, clases de inglés y ejercicio físico, actividad y el horizonte de los hijos, su marido, el adosado en la zona cara de la ciudad, ágil y transparente. Ha engordado y esto es bueno, en su caso es un síntoma de salud. Nos despedimos. Llegué a casa, dejé los libros que había cogido en la biblioteca y me tiré en cama [estaba cansado]. Música clásica aleatoria. Un clave que no puedo identificar. Barroco, profundo, lejano. Pensé en su vida y me dije que pensar no es muy conveniente. Cené frugalmente, hablé con mi padre de novelas y de tiempos lejanos, atesoré sus palabras en previsión de su ausencia y consciente del gran valor que tienen. Le dije que estuve con ella y sólo me preguntó si la había visto bien, si estaba bien de salud. Le dije que sí y me di cuenta que poco más se podía decir. Volví a mi habitación y leí un poco antes de acudir el sueño: las breves entradas de Diccionario de las ideas recibidas de Flaubert. Caí en el sueño e Italia regresó con una presencia tan real que sentí colores y olores, creí sentir colores y olores.


+ El Dictionnaire des idées reçues se debe traducir como Diccionario de tópicos o Diccionario de lugares comunes, pero 'ideas recibidas' está teñida de evocaciones que no admiten sustitución. Así lo dejo, mientras recuerdo el pueblo de Ry y la no visita al estudio de Flaubert (pendiente, en la esperanza de regresar a Normandía).

+ ¿Por qué me gustan tanto los bocetos, los dibujos, las anotaciones en los márgenes?  Veo un Pdf que acabo de descargar. Son los dibujos de Oteiza en los márgenes del libro de Zevi Saber ver la arquitectura. Me entretengo en los dibujos y las letras sin buscar nada, entiendo su valor pero los veo como lo que son: apuntes de trabajo, no obras de arte. ¿Obras de arte? Qué complicado se ha hecho manejar esta etiqueta, el tiempo me ha dado ciertas prevenciones, pero lo que busco en la espontánea delineación, en el apunte es una conexión con lo impermanente, con el trazo apresurado del nervio del que estudia. El estudio y el trazo. No busco iluminaciones, sino disfrutar de la reconstrucción de momentos de concentración en lo cotidiano del artista [pero también me sirven operaciones similares, sin ambición, sin traducción artística, sin análisis].

+ Miércoles: fui a la biblioteca, tomé un café, paseé. No trabajé en el artículo. Creo que resulta necesario abandonar la tareas en algún momento, para poder regresar a su disciplina con otra disposición. Contra la reiteración. Poltronísima.

+ Imagen: Mont Saint-Michel, en el interior. La pérdida de foco indica una idea de tránsito, la figura es índice del estado de ánimo de estos días, la fotografía es un otro lenguaje que toma sentido en la selección.

sábado, 19 de octubre de 2019

Vapor


Sanxenxo


+ [O que arde]. Llevaba mucho tiempo sin ir al cine y tenía muchas ganas de ver la película. O que arde. Fui solo y no había mucha gente en la sala. Me pareció absurdo ver a dos parejas con grandes paquetes de palomitas, que olían a grasa o a mantequilla: me había olvidado de esas cosas. Se hizo la oscuridad en la sala y nos ofrecieron unos adelantos, que no me interesaron mucho, de los que sólo puedo rescatar unas imágenes de Londres, del metro de Londres, de South Bank. Lo sé.  Un momento idóneo para ver una película que deseaba ver, con  ilusión y en la soledad en el cine. Comenzó y desde el primer momento la película me cautivó: el paisaje, los actores, el delicado fluir de la narración. Poderosamente me llamó la atención la filmación del incendio. Recuerdo, cuando hice el servicio militar, haber asistido a un incendio, tener que meterme con otros cinco soldados por un camino y vernos sorprendidos por el fuego. Recuerdo esa respiración del fuego, palabras que pronunciaba y yo a penas comprendía, pero, sí, hablaba: era el miedo el que hablaba. Me sorprendió cómo se había capturado la esencia del fuego, del incendio. Resulta agradable no equivocarse. Sin embargo, el final me decepcionó, me dejó perplejo el corte abrupto de la narración, sin una solución más allá de un final abierto. Hubo algo que me hizo encontrar mal después de leer las críticas sobre la película. Nadie incidía sobre el final fallido. ¿Quién se equivocaba, yo o los críticos, yo o todos los que habían visto la película, yo o los otros espectadores de la sala, que religiosamente asistieron al pase de los créditos? Nadie se equivoca, pero sí hay algo que se pone en claro: he envejecido y mi forma de entender la narración se aleja de una idea postmoderna, la idea de lo inconsistente, un algo que caracteriza el momento en que vivimos. Yo no entendí porque para mí resulta ajena esa naturaleza abierta.

+ La película vista, en tanto que división del conjunto en una clara bimembridad opuesta. En un primer momento, la contemplación, en un segundo, el incendio y la resolución. Calma / incendio. No carece de importancia la clasificación.

+  «Le cerveau parfaitement vide» Michel Houellebecq, La carte et le territoire, p. 25, ed. J’ai lu. El libro de bolsillo lo compré en Bayeux. Casi sin querer he comenzado a leer el libro otra vez, si lo llego a terminar será  la tercera lectura, en esta ocasión: en francés. Michel gana mucho en francés, muchísimo.

+ Comienza la semana y se aproxima el viaje a Madrid. Veré, un año más, a K. Son muchos años ya. El tiempo no es una acumulación, el tiempo no existe, salvo en las agendas y en los relojes, sin ellos no tendría sentido. Pero ahí está el tiempo, condicionante de nuestro discurrir, ordenancista de nuestra vida. Madrid me espera. Serán días para pasear y charlar. Sin embargo, el viaje en sí mismo, me produce pereza: los aeropuertos, el metro, la acumulación de soledad no deseada: esperas, largas esperas.

+ Hoy comienza el otoño. Ha bajado la temperatura y llueve con intensidad, más tarde el cielo abre, el cielo se muestra limpio y las nubes están dibujadas con precisión. El dibujo de las nubes me inspira, se trata de esa luz tan lavada, que otorga exactitud y firmeza al paisaje. Me detengo en la contemplación de las masas arbóreas, en la cresta de una montaña, en los perfiles de las casas esparcidas por el paisaje. Suena Erik Satie en la emisora de música clásica. Recuerdo el reciente viaje a Normandía, su filiación literaria, que parece germinar. Fueron cinco días en Normandía y el otoño todavía no había comenzado. Ahora, aquí y ahora, veo los erizos de las castañas sobre el suelo: me sorprenden. Un verde intenso, esféricos, perfectos, limpios, tan cercanos y tan carentes de preguntas y explicaciones. Me gusta dejarme en esa soledad, en lo inefable que tiene la naturaleza, pero debo volver a las tareas. Retomo la conducción y Erik Satie se ha desvanecido. Yo soy otro, a cada momento cambio, aunque se mantenga el principio rector. La ceniza de los días, ese rescoldo. Otoño.

+ Un poco de Chet Baker. Su sonido me lleve a los años de post-adolescencia, cuando leía con tanto interés Rayuela. Aquel imaginado París, que todavía vibra en mis ilusiones, en ese censo de luces. Francia es algo más que un destino turístico. No sé, la trompeta desgrana paisajes urbanos a media tarde, entre la niebla y el sabor del anís y el tabaco, todo se transforma en una lírica tan próxima a la adolescencia. Ahora lo sé: no me equivocaba. ¿París? Hay algo que encuentro en Francia que se une a una suerte de fascinación por la lírica que más tarde encontré en los escritores franceses. Algo que apareció en Michel Houellebecq, como una revelación. Ese es uno de los haces temáticos del viaje recién terminado. ¿Viaje o turismo? ¿Turismo cultural? Chet Baker desgrana la melodía y vuelvo a las carreteras rurales, con la conducción lenta y la compañía de C., su voz y su presencia. Todavía late la sensación.

+ Comencé a leer La carte et le territoire y no puedo dejar de leer la novela de Houellebecq. Si termino la novela, será la tercera vez que la leo. No es poca cosa.

+ En la radio escucho historias de niños perdidos en el bosque. Asusta. Los peligros del bosque, sus dimensiones, la irrelevancia de lo humano ante la naturaleza. Especialmente débil ante la naturaleza el niño. Como una película, como un fragmento de una narración, desde ahí entiendo lo que cuenta un hombre: vio desaparecer a un compañero de clase en el bosque, un niño que no volvió; el hombre dice que el recuerdo le ha acompañado toda la vida, le ha hecho pensar mucho, ha soñado con el episodio, la incertidumbre y el miedo; el niño nunca apareció. No hay explicaciones. Como la imposibilidad del sonido en el vacío absoluto, una enseñanza nos recubre y no sabemos qué decir, salvo ese mismo silencio.

+ La tristeza que llega el jueves por la tarde, mientras regreso de mis obligaciones en la biblioteca (buscar libros, devolver libros, recoger libros). Me encuentro con un viejo amigo. Hablamos de personas del pasado y eso es una contabilidad, no hay otra. Llegamos a un punto que me relata como es la vida de alguien que hace tiempo que no sé nada. Se ha ido a vivir con sus padres, lo ha dejado con su novia, no tiene trabajo. Yo lo he visto por la ciudad en bicicleta, con un aire fantasmal. El tiempo es un implacable tirano. Entiendo como la vida trabaja nuestro aspecto y nos arroja un rostro indeseado: cincuenta años y ayer eras casi un adolescente. Hay un momento en que resulta necesario no analizar ni valorar las circunstancia, la distancia y la ataraxia es la única posibilidad. Regreso a casa después tomar el café y escuchar las razones del tiempo y la suerte. La Fortuna, la diosa varia, que hoy hace que estés en lo alto de la rueda, mañana en lo más bajo. Me siento afortunado y esto me impide escribir. La escritura, ay.

+ La constante necesidad de calma termina por definirme: mi madriguera, mi reflejo en la rutina diaria, el pasado como la marea: arroja los restos del naufragio, pero evito entrar en su trampa, con éxito. Es viernes y queda en suspenso la evaluación, el trabajo por la mañana, la investigación por la tarde, el sueño reparador y ganado a pulso con el esfuerzo del día en la noche. Sin sueños, en mi madriguera.

+ Imagen:  el sábado, C. y yo paseamos. La cabina del socorrista se convierte en motivo fotográfico por un ejercicio que trata de romper un cierto automatismo. Es de noche, otoño, la cabina permanece cerrada y ajena a su función, a la espera de otro verano, la iluminan con demasiada intensidad las farolas del paseo. Lo recojo, pero renuncio a establecer una interpretación porque sólo me interesa la imagen en sí.

sábado, 12 de octubre de 2019

Normandía


Mont Saint-Michel

La Cambe

Honfleur


+ Después de planear el viaje durante más de cinco meses, llegamos a Beauvais-Tillé, eecogimos el coche alquilado y nos encaminamos hacia Caen. Una fina lluvia perlaba el parabrisas, nos recogíamos en la conversación y en la música que se derramaba desde la emisora, Radio Nostalgie. Canciones de un mundo que ya no existe, las canciones de nuestra juventud. Ascendían recuerdos que no perdura porque el aire flota esa emoción que trasciende el débil impacto de lo previsto. El paisaje normando respondía a lo esperado, pero con una delicada amplificación, ese hiato que se establece entre la foto y la realidad. Allí descansaba la acumulación de recuerdos a lo largo de los años, un poso, una resurrección: el Monte Saint-Michel, la batalla de Normandía, Madame Bovary (…) Al mismo tiempo, se hacían presentes lecturas más recientes, en ellas reconocía mi fascinación por el paisaje y el clima: llovía y en el cielo se abrían claros, esas nubes bajas con algo propio de las aves, con su vida más allá de mi fascinación  por la pintura y la fotografía.

+ Es de noche y llueve en Normandía. Pensé en Gaz Coombes, en Supergrass, en su disco Road to Rouen. Hay alineaciones que resultan propicias para el dibujo y el arabesco, alineaciones que nos hablan de nuestros gustos, donde se explica esa tendencia a la melancolía y a una elegante tristeza. ¿Somos nosotros? Como si escuchase otra vez el disco de Road to Rouen, como si fuese la primera vez que lo escuchase. En tantas ocasiones las canciones nos sirven para elaborar una narración, la narración necesaria: adornan nuestros pensamientos y nuestra idea del paisaje con insinuaciones e indicios. Los indicios establecen balizas, nos abandonamos en ellas como el dipsómano se abandona en la ebriedad. Llueve en Normandía.

+ [El Monte Saint-Michel]. Ya lo dije anteriormente, el Monte Saint-Michel era un lugar mágico en mi infancia, en mi adolescencia. Pleno de misterio y grandioso, incomprensible. Recuerdo haber visto la foto en una revista, recuerdo quedar impresionado y no saber nada del lugar, recuerdo cómo durante años indagué sin ningún tipo de sistema, pero llegué al núcleo de mi investigación, por casualidad: El Monte Saint-Michel estaba en Francia, en Normandía, aunque en un principio yo pensé que su localización era Bretaña (tan próxima está, pues el Monte está casi en la frontera entre las dos regiones). Ahí comenzó un hilo que llegó hasta la visita al propio Monte. Me parecía imposible llegar, era como traspasar un espejo, la puerta que nos separa de los sueños, pero llegué. Llegué y no me vi decepcionado. Me emocionó contemplar a diez kilómetros su perfil sobre los prados, su aguja, su contundente figura en el paisaje, contra el cielo gris: como una bandera: gris en lo alto, verde en la parte baja, el escudo en el centro (el propio Monte). Una bandera a la que sumarse porque es la bandera que nos engancha a las fascinaciones de la infancia, de la adolescencia. Una bandera sin más ambición que dormir y reencontrarnos con lo que constituye como sujetos atrapados por la lírica y la narración.

+ [Caen]: Noche, luz pálida, jóvenes que beben y ríen; mujeres en sus cincuenta: hermosas, ligeras, sin maquillaje; la transparencia del agua con gas y el hermoso vaso que la contiene: un cono truncado, la burbujas ascienden y, también, son hermosas; hay música; la nostalgia: ¿nostalgia, nostalgia de qué?; la mano de C. es hermosa, sus ordenados dedos, el color de sus uñas, el cristal de su piel, levemente azulada, un azul imperceptible, salvo para mí; sí, es Caen, la noche, el brillo de las farolas, en el centro de la plaza un hombre trata de dormir: los mendigos nos recuerdan que también estamos desposeídos, no puedo juzgar, me resulta imposible; disparo una foto y la misma foto constata su incapacidad para atrapar el momento: la intención es otra: obtener un algo abstracto: no lo consigo: borro la foto. Caen, la Baja Normandía, dormimos plácidamente. Hacia Bayeux, en Bayeux y su Tapiz pensamos. La noche nos arropa.

+ [Bayeux] El Tapiz de Bayeux, en primer lugar, no es un tapiz sino un bordado. Asomarse a más de mil años de historia es toda una lección sobre el ser humano [todo  hay que decirlo: está reconstruido y hay partes que no se corresponden con el original, pero ese es otro tema, porque, realmente, cuando vemos el tapiz nos asomamos a mil años de historia y creemos ver lo que otros vieron y nos equivocamos, esa es la lección: ningún hombre puede ver lo que otro ha visto, aunque se trate del mismo objeto]. Una lección, repito, sobre el ser humano, sobre su necesidad de narraciones, tanto recreativas como propagandísticas. Según explica la audioguía, y que yo ya había supuesto, la función era trasladar a los que no sabían leer la gesta de Guillermo el Conquistador. Ante su eficaz maquinaria narrativa no debe uno dejarse llevar por una cierta idea, errónea, de ingenuidad. Es un instrumento bien afinado y con los detalles donde deben de estar los detalles, funcionales y efectivos. Lo vimos y nos sorprendió. Su presencia nos acompañó el resto del día, cuando nos acercamos a la melancólicas playas del desembarco, cuando visitamos los cementerios. Todas las guerras se hermanan en estas muertes absurdas: todos los muertos en la guerras son adolescentes que ni desean el combate ni comparten sus razones, pero está ahí.

+ [El desembarco, los cementerios]. Caminamos entre las tumbas, leemos las lápidas, nos emocionamos; repito: recuerdo haber oído en alguna ocasión que en la guerra, mayormente, sólo mueren adolescentes y jóvenes. Sí, es cierto. Lo hemos comprobado. Yo ya no soy joven y contemplo los testimonios de todas esas vidas perdidas, yacentes, no menos yacentes que tantas otras en tantos otros lugares, pero ahora estamos aquí y el paisaje condiciona, el silencio, algunos escolares que, a lo lejos caminan, sonrientes por los senderos que orlan las tumbas, las cruces tan blancas de mármol en el cementerio americano, los ancianos alemanes en el sobrio cementerio germano [en un panel se puede leer: no era su combate, tampoco sus razones, antes lo anoté, ahora repito la anotación porque me parece definitiva, incontestable, una afirmación que se puede o se debe trasladar a cualquier guerra, a cualquier confrontación].

+ Siempre son jóvenes los que mueren en la batalla porque si tuviesen más edad se opondrían a las órdenes, se negarían a morir porque ya sabrían que morir sólo conduce a la nada más absoluta. Sólo los adolescentes son eternos, en ello confían y por ello mueren sin casi dase cuenta.

+ [Honfleur] Yo nací cien años y dos días después que Erik Satie. Erik Satie nació en Honfleur, yo no. Escucho las Gymnopédies y recuerdo el horizonte del Canal de la Mancha. No llueve, pero presiento la lluvia Nací cien años  dos días después que Erik Satie.

+ [Rouen]: la catedral y su perfil contra el cielo, el recuerdo de Emma, su acelerada vitalidad, ese nerviosismo, el sexo, la pasión, el adulterio, las novelas terminan por ser un veneno. Las calle de Rouen. Las mujeres con las compras del día, la tienda de quesos, la terraza vacía, donde tomamos agua y unos bocadillos de jamón y lechuga, casi sin aliño, casi sin sal. En Rouen no llovió pero la lluvia palpitaba en cada paso dado. Vivimos a Fígaro y él nos reconoció, tan viejos somos ya los tres. La música de Rossini es magia y medicina, nos alegró [ahora pongo la obertura del Barbero de Sevilla]. Me fijé con detalle en los rostros de los otros asistentes a la representación, Fígaro volaba entre ellos y había una cínica comprensión de la ciudad y sus afanes, tengo por cierto que cada rostro se debe a una biografía, con detalle se muestra el tránsito: grandezas y miserias. Camisa blanca, gafas de pasta, el pelo levemente ondulado, pero totalmente blanco. Una mujer me preguntó si era italiano, le dije que no, que español, pareció decepcionada, aunque, finalmente, se rio porque yo le dije que aunque era algo parecido también era distinto: me gusta improvisar y si me dan la oportunidad improviso. Salimos a la calle y había gente en los bares, se reían y alzaban las copas, como si fuesen a brindar, pero no brindaban. Un potente Tesla cruzó la avenida. Ascendimos y allí estaba la estatua de Napoleón [me pareció que no respetaba las proporciones, esto le daba el aspecto de un muñeco subido a un caballo de juguete, tal vez era de eso de lo que se buscaba, quién sabe]. Llegamos a casa y el sueño nos atrapó súbitamente, casi había que regresar: debería conducir al día siguiente hasta Beauvais, para volver a dormir, para coger el avión. Antes queríamos visitar el que pudo ser el pueblo de Emma, Ry. ¿Qué hay de cierto en ello?

+ [Sobre Flaubert y la no visita a su estudio]. «Littérature: Occupation des oisifs», Gustave Flaubert,  Le Dictionnaire des idées reçues. No llegamos a estar ni siquiera cerca del estudio de Flaubert. Emprendimos el camino a Ry y no visitamos la Croisset. Queda pendiente, como un talismán que nos obligará a regresar a Normandía, a Rouen, al Pais de Caux.

+Mme. Bovary: Rouen: Catedral, Ry: la distancia a Rouen y el pueblo en sí; comida en una brasserie de Ry, la tumba de Delphine. ¿Qué perseguimos cuando perseguimos a un fantasma? En esto no consistía el desvío hacia Ry: ver si el pueblo se correspondía con el pueblo de la ficción; visitar la tumba de Delphine Delamare, la mujer que, supuestamente, inspiró Madame Bovary. Allí estaba la tumba, la iglesia, tan siniestra, la calle, un pueblo que no me pareció desagradable. La comida fue correcta y la cuenta aceptable, había algo de Emma en aquel comedor tan convencional, en los manteles y los cubiertos, en los cuchillos y en el postre: crême brûlée. Emma cruzó inesperadamente el comedor. Un fantasma, la bruma, el recorte de las copas de las coníferas contra el cielo gris.

+ [Flaubert y nuestra vocación: el trabajo]. En el avión, de regreso, continúo con la lectura de los ensayos de Roland Barthes, me entretengo sobre el que trata sobre Flaubert, sobre la razón de su escritura, que descansa más en una viciosa entrega al trabajo que en la publicación en sí misma. En este ámbito, me reconozco, me veo reflejado en las largas y solitarias jornadas que toda escritura implica, en su osada vaporización de lo tangible, en esa traducción de la estructura previa a la densidad de la prosa, que asesina toda posibilidad de distinguir el fondo (?) de la forma (?).

+ [Moving, just keep moving]: Me dediqué durante casi una hora y media a escuchar canciones de Supergrass, una totalidad de invocaciones y evocaciones. Moverse, simplemente mantener el movimiento. Esa es la idea: continuar hacia el destino y, luego, concretar una nueva meta; y así.

+ Volví a buscar el cómic de Posy Simmonds Gemma Bovery. (ese intencionadísimo paralelismo con la novela de Flaubert). Abrí el cómic y seguí los dibujos y el texto, recordé algunas casas al borde de la carretera, mientras cruzábamos el Pais de Caux. Volví a buscar el tomo de Fenández-Mallo La trilogía de la guerra y leí sobre Honfleur, cuando ya Honfleur es mucho más que un nombre en una página de una novela. Así, ahora que escucho, otra vez, a Erik Satie, todo desparece y hay un instante en que un reflejo de eternidad que nos hace confiar en el poder de la lectura, de la música, de la pintura. Volví a los cuadros de Monet y a un extraño retrato que hizo Marcel Duchamp de un doctor (Duchamp tenía 21 años). Cinco días en Normandía, que han cristalizado: son narración, que no es algo inferior.

+ Tengo ganas de comentar todo esto con E., contrastar pareceres sobre los viajes y la lectura, la novela como vehículo de conocimiento, pero todavía es pronto; E. está muy ocupada y no vendrá hasta pasado, quizá, un mes. La conversación madura en silencio mientras suenan las Gymnopédies.

+ Imagen: cuatro fotos: 1. El Monte Saint-Michel a una distancia de casi diez kilométricos; 2. El cementerio alemán de La Cambe; 3. Honfleur; 4. La placa de un timbre destartaldo, en una pared de lo que fue una vivienda, en Ry. La suma de las cuatro fotos representa lo que del viaje retengo ahora que eligo las imágenes que ilustran la entrada: nostalgia. La nostalgia es el deseo de regresar a la patria. ¿Patria? La lectura, el tranquilo descanso de un domir merecido, el paisaje con el que soñar.

sábado, 5 de octubre de 2019

La lengua de los caballos, la lengua de los pájaros


fun-fairs-BHW


fun-fairs-BHW


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+ [Sobre amigos y conocidos]. La galería de retratos que se dispone en esa galería que resulta ser la calle me interesa, me interesa mucho. Las posibilidades de indagación que ofrecen todos estos rostros que se nos presentan a diario me inspiran, me dirigen hacia una suerte taxonomía y, como consecuencia, la constitución de un jerárquico orden, que otorga ciertas explicaciones e incide sobre las consecuencias del paso del tiempo, físicas y sociales. Amigos, conocidos y reconocibles, aquellos otros que forman una niebla indistinguible. Ese palpitar de la ciudad arroja una novela no escrita. Los vemos crecer, reproducirse, asistimos a sus entierros y creemos ser sólo observadores de la circunstancia. ¿Estamos equivocados? A veces dudo y me repliego, pero al momento la posibilidad pictórica me vence y recuerdo otros tiempo, ni más felices ni más triste, sino diferentes. Los amigos se desvanecen con el paso del tiempo y pasan a ser unos desconocidos, el tiempo ha trabajado sobre ellos, ha erosionado su rostro y sus ilusiones, ilusiones compartidas. En un apunte de la crónica loca, un periodista, acertadamente, decía que llega un momento en que la vida te muestra su camino a base de perder saludos, algo que, al menos a él, a mí también, le parecía muy provinciano. Sigo en esa reflexión sobre la provincia y, al tiempo, continúo estudiando los rostros de los que ya no me saludan y me pregunto: ¿que les habré hecho?; y me respondo: nada, es su naturaleza, debes aceptarla y continuar con tu camino.

+ El domingo, contra lo esperado, es luminoso. Me alegro por los gatos, ellos que tanto odian la lluvia. M. podrá jugar, desplazarse por el suculento césped, quizá cazar algún ratoncito con el que jugar durante un rato, hasta que el roedor termine por escaparse. El domingo no está mal, sobre todo para los gatos.

+ La política dice en una entrevista que está escribiendo un libro infantil sobre la democracia. Cuántos ornamentos fútiles, sin estilo, estrechos y baratos. Ha envejecido, la pérdida de un cierto brillo y sólo queda eso tan propio de los políticos: la estrategia, pero tampoco hay que extrañarse. Bueno, sin exagerar, algo más queda, pero está por descubrir, e intención no hay. Se acerca a los cincuenta, quizá los haya sobrepasado, ha tenido hijos, se ha divorciado, la veo pasear con su novio reciente y son muy del momento. Conocidos que se recortan contra el paisaje urbano, una elevación sobre la planicie de los días. Yo la he votado y volveré a hacerlo: mi posición política es el desencanto y la responsabilidad con lo que se piensa. Me analizo y veo que soy muy dado a observa las reglas, desde el color rojo de los semáforos al respetar los compromisos adquiridos la palabra dada. Siempre me ha parecido buena persona y lo mantengo, la política escribe un libro infantil o no. Son esos adornos que precisa la entrevista dominical en el periódico.

+ Veo los libros en la estantería, observo con detenimiento la estantería. Los marca páginas, los rotuladores, los post-it, el archivador de fichas (que nunca he usado), libretas y artículos encuadernados en espiral. En la parte baja, atesoro bolsas de papel, cables y cuerdas. ¿Cuerdas? Padezco un síndrome, me digo y leo los lomos de los libros, pienso en otro orden que el dado. Ese orden es un reflejo de mi persona. Mientras, en Europe1, se desgranan las noticias, el parte metereológico, la publicidad. Se acercan las siete de la mañana y escribir es otra observación de la norma, del compromiso adquirido voluntariamente. Cada semana una entrada en este blog, la estantería es una constatación. Mis faltas y mis aciertos son mi fortuna, pero en el secreto aislamiento de mi estudio, donde leo e investigo, investigo con la determinación que me ha sido dada.

+ La lengua de los caballos y la lengua de los pájaros. Esta es una distinción medieval donde se diferencia un sentido que se adquiere por el significado y un sentido que se adquiere por el sonido de las palabras. Pensaré en ello, a lo largo del día. Puede parecer que no son útiles estas taxonomías, que han sido ampliamente superadas, pero hay un poso que se mantiene, un aluvión de sedimentos que puede contribuir a ver el mundo de una manera determinada, esa manera nos ayuda a ver el nuestro desde prisma distintos, sorprendentes. ¿Caballos o pájaros?

+ Días sin visitar la ficción, paréntesis que coincide con la obligada escritura en la que estoy inmerso. ¿Incompatibles? Es la exigencia y la sensación de responsabilidad sobre el texto, sobre su res, sobre su verba, sobre el equilibro necesario.

+ Conferencias en línea sobre el estructuralismo y post-estructuralismo. La teoría francesa. Me asomo a mis libros y allí están. ¿Por una razón explicativa o por una necesidad de identidad, aunque ésta sea tan íntima como poco comunicable? Me sirve, cualquiera de las dos posibilidades. Vuelvo a Foucault, vuelo y me siempre cercano a una manera de ver y entender la historia. He indagado en ello durante años. No veo otra posibilidad, seguir leyendo es ahí donde se articula la posibilidad de mapear el presente, el cambiante presente, su inestable naturaleza. Los amigos y los conocidos sólo son índices, índices de mi estado de ánimo. Me encierro en el estudio y leo, tomo notas y escribo. No acaba de cuajar, pero en ese abandono está la receta para avanzar. Trato de centrarme, lo pienso y creo que lo consigo. La teoría francesa y yo, titulé la tarde y no le di importancia. Reflejos: la historia se repite dos veces, primero como tragedia, después como comedia, ¿fue Napoleón quién pronunció la frase? No importa, sólo es una frase. Me sumerjo otra vez en la lectura. Es sábado y la hora es propicia.

+ «Hemos disfrutado más de nuestros síntomas que peleado con ellos», una cita que no alcanzo a situar, una cita que capturo en una de la charlas en línea de Fernando Castro Flórez. Me interesa, la copio, la difundo. Escrutar la función de los síntomas, lo que los dolores nos quieren comunicar y nos resistimos a oír, es ese núcleo rector que actúa como principio, ahí donde el sufrimiento tiene una causa. Pelear con los síntomas es una equivocación, se debe ir un poco más allá y alcanzar la causa que los establece. Ahí es donde está el principio y la posibilidad, su final, tal vez.

+ A [Es domingo, mañana partimos para Normandía. Aún debo revisar un correo, terminar esta entrada (que quedará programada para el sábado 5 de octubre) y darle unos toques a la redacción del artículo en el que trabajo desde hace meses. Hay, también otra tarea pendiente, repasar las rutas en coche que deberemos acometer C. y yo en los próximos días. En ello estoy, en ello descanso; que quede constancia]. B [Una vez en Normandía, lo sé, recordaré a E. y su gusto por la lectura, su buen gusto que se refleja en sus maneras, en su forma de hablar, en su bondad, de esta manera E. viaja con nosotros]. C [Las fotos que dispararé en los próximos días: un fragmento, una idea, un esbozo].

+ Imagen: tres imágenes que se solapan: un día que emprendí sin demasiado convencimiento un paseo por la ciudad: llovía, la tormenta palpitaba sobre mi cabeza, mi dolor de cabeza, las fotos como comunicación con un otro que fui, ahora soy yo el que dispara y el que constata que llueve, que el gris domina, que el gris no es un color que se deba obviar. Disparo, constato, lo traspaso a este espacio. Domingo.

sábado, 28 de septiembre de 2019

Preparativos


micro-respas


+ En unos días cogeremos el avión y llegaremos a la Picardía, a Beauvais Tillé, y  luego nos encaminaremos a Normandía, a Caen. Mientras desde el ordenador gestiono las tarjetas de embarque, no puedo dejar de pensar en dos lugares: el Monte Saint-Michel y el estudio de Flaubert. Ambos se unen en el repertorio de mi imaginario, los dos marcan como hitos, puntos concretos de mi vida: el último tramo de la infancia, la primera juventud. El Monte Saint-Michel me deslumbró cuando vi una foto en una revista, lo recuerdo muy bien: me pareció el espacio necesario para una narración, un lugar con el que soñar, una esquirla de fantasía; Flaubert me enseñó la perfección de la novela, algo que anteriormente vi con el Quijote, me hubiera gustado imitarlo con éxito, pero no lo conseguí. Entiendo que hay un círculo que se cierra con esta visita, un porqué en el que indagar. Metas y trayectorias, el camino y la posada, la visión plasmada en el viaje, en la compañía deseada y necesaria: C.

+ Otros círculos quedan por cerrar, otros nunca se cerrarán.

+ Recuerdo en mi infancia haber visto la foto del Monte Saint-Michel con la marea baja y sentir que había algo allí que me pertenecía. Su perfil, la aguja, la perfecta forma de la isla y la arquitectura incrustada. Ir allí es cerrar un círculo, repito. Siempre me pareció una quimera viajar hasta el Monte Saint-Michel y hoy me preparo surcar la Baja Normandía para llegar hasta allí. Esto me hace presentir una realidad sobre lo posible y lo probable, sobre cómo la vida nos ofrece oportunidades cuando menos lo esperamos. Hay en lo imprevisible una característica que no se debe soslayar: poco podemos decir sobre el futuro. 

+ Escojo algunas novelas que se ubican en Normandía: Serotonina, Houellebecq; Trilogía de la guerra, Fernández Mallo. Una tercera: Madame Bovary, Flaubert. Tres novelas que componen una biblioteca imaginaria y portátil para surcar las planicies normandas. Sé que estarán presentes en el viaje en coche, un modesto C3, lo que no deja de constituir una nueva narración. La narración que nosotros trazamos para nuestro uso particular, en exclusiva. Las conversaciones y los silencios, el estudio de los mapas, la noche y el amanecer, la geometría del coche alquilado, la poesía acumulada en los aeropuertos, en las maletas, en los rostros vacíos de los viajeros: el cansancio y la ilusición. El viaje.

+ En el estudio  de Flaubert, en la compañía de Madame Bovary. Lo dicho: también Flaubert se une con el pasado y el recuerdo. Se acumulan expectativas de las que no espero mucho, porque su función se cumplió ya, hace tiempo, y visitar su realidad tangible no deja de ser un constatar lo ya sabido. Leí las cartas que le escribía a Louis Collet en busca de las razones para su gran novela, con el objeto de escrutar su disciplinado trabajo, mientras me imaginaba su estudio y su trabajo creía entender un poco mejor la novela. Hoy mi idea es muy distinta, más reposada y próxima, estoy seguro de ello, a la realidad de su trabajo y a sus intenciones. Sin embargo, no creo que la interpretación anterior esté errada, porque aquello que entendí permanece en una suspensión pretérita. Entendí un reflejo del autor en la protagonista; hoy la razón es otra: Madame Bovary es la novela en sí misma y su naturaleza es perfección novelística. Pero el reflejo del autor puede ser un sentido válido, porque los sentidos se mantienen por la argumentación, nunca por una razón fija, digamos, incontestable.

+ ¿Cómo he llegado hasta aquí y cómo mantengo el edificio, sus cimientos, estructura, muros y vanos? Vuelvo a estudiar los libros que atesoro y trato de encontrar una explicación y sé que explicaciones no hay, sólo un destello instantáneo. Ese destello me indica la dirección, un nombre más preciso sería intuición.

+ Hoy jueves, dejo pendientes, para el regreso del trabajo, la guía y el mapa de Normandía con el objeto de estudiar las rutas que haremos: El Monte Saint-Michel, Bayeux, las playas del desembarco y Honfleur. Rouen también está pendiente. La organización lo es todo. Regreso del trabajo y la guía y el mapa continúan donde los dejé. Constatan mi cansancio, debo ponerme con ello, lo sé. Estoy cansado, insisto. Iremos a dar un corto paseo, los paseos de los jueves. Luego, ya en cama, trataré de aclarar mis ideas, tomar notas y traducirlas a los itinerarios de los próximos días. También la programación es una aventura, o una novela en sí, ese arte de que todo sea arte: el arte de lo cotidiano.

+ No falta nada, ya está ahí. Finalmente, observo el paso del tiempo y me perturba. Qué fluidez, qué tiranía. Normandía es otra baliza, el día se completa, dormimos bien porque hemos trabajado bien: a la cama se debe llegar cansado y recibir el sueño merecido. No siempre es así, pero se debe tener presente. Ahí está Normandía, me desvanezco en la niebla de lo diario y su visión es otra visión de lo cotidiano.

+ Imagen: un altavoz cubierto por una protección. Me parece que describe el momento, el momento donde preparamos un viaje: la realidad cotidiana que está oculta, a la espera de ser descubierta. Son esas gamas de grises que tomarán color según se desarrolle nuestro viaje a Normandía. Todo permanece abierto.

sábado, 21 de septiembre de 2019

Memorias en la provincia


Recorte


+ Siempre me han interesado las memorias, libros que ampliamente muestran la vida desde la perspectiva de su protagonista. A veces creo que siempre las memorias son apócrifas. Encuentro en su naturaleza una colisión con la novela, porque las memorias admiten comprobaciones que las novelas no. ¿Tiene importancia? Estos días se han presentado unas memorias y yo no las leeré a no ser que por casualidad las encuentre en un estante de la biblioteca pública. Sé del autor lo suficiente, hasta en una ocasión cené con él, invitado por el provinciano ateneo. Es arrogante, y tiene motivos para ser arrogante, pero para mí hoy sólo es un aliento de vapor y niebla. Su vida es una vida ejemplar, con un claro sentido moral y eso se reflejará en el libro. Hay una entereza en su vida que me hace desconfiar. ¿Leeré sus memorias?

+ Me recupero con la lectura de algunos poemas. Poemas de Luis Alberto de Cuenca y poemas de Antonio Colinas. Se desvanece la tarde del domingo y descanso en una una música plena de romanticismo, verdadera y solida, aligerada y rectilínea. Fluctúa la sensación de finitud, pero ahí está, en el centro de la vida. La memoria no es otra cosa que una contabilidad injusta, hoy al menos.

+ Hay enfermedades del cuerpo y enfermedades del alma, también hay enfermedades literarias. Convaleciente estoy de atracones de ficción, que distorsionan las primeras horas del día, ese momento en que espero en el coche por O. o que O. espera por mí en su coche. Es una alucinación, una ebriedad que aporta la lectura intensa y prolongada. Se acentúa la geometría de la arquitectura, destaca el contraste de las luces y las sombras, las personas adquieren un aliento pictórico, retratos nunca ejecutados. Rememoro lo leído en Modiano, por ejemplo, la indagación en la vida de una mujer que voluntariamente ha desaparecido. Cuál es el reflejo en lo diario. Indago en mi propia percepción, pero el deslumbrante foco de lo diario me lo impide. He aprendido a apreciar cada latido de la realidad, algo que sólo se puede relacionar con la suma de años donde estoy y con la acumulación de lecturas; era una enfermedad. ¿Enfermedad?

+ Vuelvo a pensar en la arrogancia del memorialista. Sé de un columnista local que guarda silencio sobre el libro. Seguro estoy de que ha sufrido un desplante, un zarpazo. Al memorialista lo conozco un poco, al columnista mucho. La combinación de ambos se traduce en la intolerancia y la soberbia de uno con la indolencia y la falsificación del otro. Ninguno de los dos me interesa mucho, salvo como materia para ficciones que nunca escribiré, me interesan como productos de la negra provincia [La negra provincia de Flaubert, de Miguel Sánchez Ostiz, libro que me gustaría leer, pero el tiempo es muy limitado]. Estas fricciones despiertan mi curiosidad, la articulación de la vida cultural en una pequeña ciudad, algo tan literario. Hay una oposición nuclear entre sus vidas: el primero es un hombre trabajador y tenaz, el segundo: un vago redomado y acomodaticio. Los une la vanidad. ¿El primero ha despreciado o humillado al segundo? Eso sería materia de la novela que no escribo, salvo estos flecos que de la vida se escapan.

+ El memorialista y el escritor de columnas, podría valer como título de una novela que no se escribirá, tampoco un relato; queda la posibilidad, que es equivalente a la nada.

+ El escritor de columnas no se preocupa por su  aspecto ni por su salud porque el vicio de la bebida y el tabaco es mucho más fuerte que el miedo a la muerte. Tiene gracia para escribir, pero le falta formación y constancia. A veces se notan sus carencias, a veces no. Yo lo conozco bien y sé de sus defectos y virtudes. En un tiempo teníamos una cierta relación, hoy sólo es un persona que camina por la calle: me saluda de mala gana pero yo preferiría que no me saludase (esas cosas de la negra provincia). Yo creo que él entiende que ha triunfado y yo he fracasado. Nunca lo discutiría, pero yo no busco triunfos ni glorias, sino un pequeño espacio donde desarrollar mi investigación. Mis investigaciones. Lo sé, somos, ambos, ejemplos provincianos. Lo asumo, pero no como un defecto sino como una característica más en mi configuración, en una de mis varias configuraciones. Lo múltiple habita en mí: desde la primera hora de la mañana hasta el inicio del sueño reparador. En fin, lo vimos el otro día fuera de la conferencia de presentación de las memorias del memorialista, me dio pena su soledad ante la gran jarra de cerveza: se veía claramente que había sido despreciado y que con ello venía una comprensión de su totalidad: creo haber leído que estas revelaciones marcan un inicio de una decadencia. Vale. No sé si ha tenido algún tipo de revelación, pero  yo sí vi ciertas aspectos de su vida con una claridad extrema y despertaron una compasión que no se restringe a su persona sino que se expande hasta llegar a una totalidad de amigos o conocidos de hace veinte o treinta años, algo que me alcanza: así es la provincia.

+ El memorialista es muy suyo, es un hombre con un grado importante de presunción y soberbia que se refleja en las primeras palabras. La línea de su vida es clara y su inteligencia evidente. Hay un asunto áspero en su dirigirse a los demás que no me gusta, que me produce un rechazo automático, que se relaciona con simas que no consigo alcanzar, pero que tampoco deseo entrar en la exploración de su batimetría. Dejemos las simas en su profundidad silenciosa. ¿El triunfo? Las memorias son un confesarse silencioso y, al tiempo, un verse en comparativa comparación con el resto, yo aporto esto y tú: qué aportas. Vi las fotos de la presentación y se puede decir que fue un éxito. Todos estaban allí, salvo el escritor de columnas, porque el escritor de columnas dialogaba con su generosa jarra de cerveza y su tabacazo liado, húmedo, perfumes del pasado.

+ Noche de pesadillas, me salvo del vacío pero alguien en el otro lado del teléfono me dice que no quiere hablar conmigo. Me levanto y bebo agua, el agua está caliente y un sistema de recuerdos me sume en la tristeza, una tristeza que alcanza el propio sueño. Deseo que llegue el día, un nuevo día.

+ ¿La autoridad?

+ Imagen: recorte.

sábado, 14 de septiembre de 2019

Espejos en Lisboa


Lisbon-mirror


+ He escogido esta foto tomada en Lisboa para ilustrar la entrada porque me parece especialmente significativa. Dos espejos superpuestos, nuestras piernas, nuestros pies; somos C. y yo. El único color que destaca es el rosa de las zapatillas de C., el resto es gris. Mis pies salen en un espejo, los de C. en los dos espejos. ¿Qué aventurado sentido le podríamos dar a esta particularidad? ¿Vivir entre dos mundos: el suyo y el mío; o alcanzar a comprender realidades diversas, mientras que yo estoy más sumido en un acotado contexto? Las posibilidades discursivas son muchas, pero todas apuntan a un cierto entendimiento entre ambos, los espejos lo certifican. Y la foto me gusta, una porque es producto del azar, otra porque se vislumbra un proyecto en común que cuaja en el viaje mismo [que no deja de ser otro proyecto más, uno entre muchos compartidos]. Recuerdo perfectamente dónde disparé la foto y la intención con que lo hice; ahora que se plasma en el blog adquiere toda su magnificencia, su innegable pertenencia a mi personal Barroco [que considero más que una época, un estilo], el juego que se plantea y que no se soluciona con una volandera opinión, ni con el acierto ingenioso: la imagen contiene mucho más de lo que se pude glosar. La glosa queda a un lado, resta la foto, ya que la foto multiplica la vida de aquellos días en Lisboa. ¿Es esto lo que permanece? Si lo deseamos, así es.

+ «Arde en su centro el líquido elemento» Villamediana, Faetón (oct. 172 v. 1).

+ Las fotos fijan un momento, lo fosilizan. Las fotos no se pueden entender sin la temporalidad, como sucede con la escritura. Eso las diferencia de la pintura, porque la pintura suspende el tiempo, las fotos usurpan la sustancia de la realidad y la suplantan: común es entender las fotos como realidad, cuando no es así. La ficción que se crea sobre ellas tiene que ver más con una visión literaria que pictórica, de hecho, cuanto más pictórica una foto, menos me interesa. Me interesa esa captura de lo irrelevante, de los oculto tras las vida cotidiana: fantasmas difusos y persistente. Veo las fotos que he disparado a lo largo de los últimos cuatro o cinco año y me resisto a establecer el hilo que las une, pero el hilo está ahí: ¿la resistencia del tiempo?

+ Descansan los libros que me he traído en la última visita a la biblilioteca: Ferlosio, Mondiano y Sebald. Fragmentaria es la lectura. No hay un plan, estará aquí cerca de dos meses. Dos meses es mucho tiempo. En ello descansamos y el tiempo fluye en su tiranía. Al menos, que no figuren fotos de los autores.

+ Ayer perdí mucho tiempo en gestionar el alquiler del coche para Normandía. Estas acciones me fatigan, me fatigan hasta el punto que después no pude hacer otra cosa que, por ejemplo, ver fotografías en ordenador: como un mecanismo, un resorte que emerge del pasado y se hace presente en la contemplación. Londres, Lisboa, La Rochelle, Madrid (…) Así, continué con la espontánea investigación sobre el hilo que engarza el archivo electrónico de fotos. Sé que soy yo, pero no termino de reconocerme: qué puedo hacer. El palpitar que permanece a lo largo de los años se entrega a lo imperceptible de la vida cotidiana. Perdí el tiempo con el coche de alquiler y no aprendí nada, calderilla de la vida, me digo y sé algo sí que aprendí. Creo haber solucionado el asunto adecuadamente, no es para sentirse orgullo, pero siento cierta satisfacción: qué tontería.

+ Sigo la evolución del postoperatorio de mi hermano. Le escucho, veo las fotos que ve envía. Me concentro en la enfermedad y sus remedios. Qué asunto tan lejano la medicina, hasta que se hace presencia, hasta que nos alcanza la enfermedad. Por arte de magia, nos hacemos peritos en una dolencia, en sus síntomas y razones. Un conocimiento arborescente. Cuántos conocimientos se gestan al contacto con el objeto. Me concentro en la enfermedad y sus remedios, lo dejo a un lado y regreso a la lectura. La lectura, esa enfermedad.

+ La lectura del libro de Modiano que cogí en la biblioteca, El café de la juventud perdida, es mi dosis de ficción diaria. Indago en la substancia de lo estudiado días atrás en relación con el texto pragmático y el texto de ficción: el texto de ficción no admite los matices ni las negaciones o perfeccionamientos del texto pragmático [el texto ordinario frente al texto artístico], ¿pero qué sucede cuando el texto pragmático se hace carne de la historia? ¿todavía admite perfecciones? Lo dudo. La literatura como tal literatura es inasible, es algo que cuaja en el presente, en la recepción: tan evanescente, tan líquida o, mejor, gaseosa. Me vale hoy aquello que oí sobre el arte contemporáneo: es arte si está en un museo. Y es literatura si los lectores consideran que es literatura. ¿Una tautología? Las tautologías no son necesariamente inadecuadas.

+ Portadas de libros: deberían ser blancas, color crema, sin más palabras que las del título, sin autor, sin editorial, sin emblemas ni precios. Un libro totalmente desnudo. ¿Sí? Al menos, que no figuren fotos de los autores.

+ Imagen: un intento de plasmar el tiempo que gravitaba sobre Lisboa, sobre los espejos.

sábado, 7 de septiembre de 2019

Hospital

Paseo-2019

+ Un domingo por la tarde hospitalizaron a mi hermano para realizarle una operación que, aunque compleja, no revestía un gran riesgo. Todo hay que decirlo, no doy nada por hecho y el discurrir de un asunto nunca se puede pronosticar. Bien, sólo creo en las matemáticas, porque son la perfección sobre el papel o en la pantalla, otra cosa es cuando los cálculos deben ser empleadas por el ingeniero o el arquitecto para sus propósitos y fines utilitarios. Se trata más de una aproximación que de un acierto en el pleno de la diana. La operación salió bien.

+ En los últimos meses encontré una clave para leer rostros. Todavía no puedo concretar su forma, pero funciona. Hoy, antes de salir para Santiago D. C., vi algo en la mirada de K.O.K. que me reveló una particular intimidad, algo que ya está en los libros: una constatación: la debilidad, el cinismo y una fuerza agazapada, que puede saltar como un gato, un latigazo certero. Me desconcierta. Nada de eso tiene que ver con la literatura, con sus libros. Esa plantilla me sirve: la utilicé en el hospital y me sorprendió, deseé que se desvaneciese y déjase de mostrarme recuerdos y estelas del pasado, estelas que llegan al presente.

+ Estaba en la sala de visitas tratando de leer y tomar notas. Lo lograba entre el barullo y el calor suspendido de la sala. Entonces llegó un hombre joven, revestido con una seguridad propia del que ha tenido que hacerse cargo de asuntos importantes a temprana edad. Su voz era grave, caminaba en círculos y sentenciaba. Conversaba por teléfono con gestores, oficinas de banca, habilitados de clases pasivas. Se entendía que trataba de arreglar la pensión de su padre. Tenía aplomo. Su cabeza rapada, la barba rala y la curva perfecta que trazaba su cráneo indicaban una fuerza innegable, un atractivo seguro, éxito en el amor, tal vez, tal vez no. No me fío de las primeras impresiones, tampoco de las de segundo grado. De repente se detuvo en medio de la sala y a su interlocutor tras el teléfono le hizo una confesión: «… pero si nuestro padre se gasta seiscientos euros al mes en tabaco y vino, y eso es lo que le ha llevado a estar donde está y estar como está». Su rostro no cambió, escuchó atentamente lo que del otro lado le decía y se encerró en sí mismo. Sentado en la ventana, con el móvil en la mano, balbuceando alguna letanía, componía por sí mismo un interesante retrato: ningún pincel, ninguna cámara fotográfica podría haber capturado lo que yo vi, por lo que yo vi era literatura, no era pintura, no era fotografía.

+ Creí aprender algo y no fue así.

+ Me fijé en el atuendo de las personas que transitaban por la sala de visitas. Traté de encontrar en su ropa y zapatos algo que definiese este tiempo en el que vivimos. No hallé nada, pues sumido estaba en lo automático de mi percepción: era imposible romper su conjuro. Había música, rumores, pasos amortiguados. Iban y venían los trabajadores del hospital: sus ropas, sus zuecos de goma, los fonendos. Ellos hablaban del presente y del futuro. Me trasladé años atrás, con un esfuerzo grande y lo conseguí: todo tomaba otro cariz a través de la vestimenta de las enfermeras y celadores, de las auxiliares de clínica y los médicos. Luego los pantalones pirata, las cibernéticas zapatillas de deporte, los teléfonos y los relojes, los tatuajes y los anillados. ¿Ese era mi tiempo? Me di cuenta, una vez más: sólo soy un espectador. 

+ Bonita imagen: los ríos vaporizados / vaporizadores. Me entretengo en ella y continúo con la lectura.

+ Fue entonces cuando recordé aquella conferencia donde se trataba el tema: leer los espacios. Los espacios deben ser leídos, pero no como arquitectos, sino como leen los aficionados viciosos a las novelas. El hospital tiene su narración, la narración desordenada de lo cotidiano. Los enfermos y los familiares, los trabajadores del propio hospital, los trabajadores externos, la cafetería y los camareros, el vendedor de periódicos, el vendedor de lotería, administrativos y conserjes. Una red que junta y separa vidas. Observar, es éste el verbo que vibra en mi cabeza mientras trato de ejercitar mi capacidad de romper con los automatismos. Así, dejé a un lado al libro sobre la naturaleza de la literatura, dejé a un lado la libreta de notas. Me sumergí en la corriente y entendí lo cotidiano como una novela más allá de la novela, sin necesidad de orden ni estructura. Leí el espacio del hospital y la interacción de los trabajadores eran el tema. Me dejé llevar por su fluida realidad. Mi hermano dormía.

+ Me hubiera gustado comentarlo con E., pero E. no estaba. Se encontraba mal y hablamos por teléfono, lo comentamos y noté que ella no estaba. Me gusta escucharla e intercambiar pareceres. Otro día hablaremos. El hospital inició su ritual de sueño y olvido.

+ Imagen: la tendencia al desenfoque y el gusto por las figuras que se desvanecen; como fondo, lo que un día fue un hospital y hoy es un museo [¿siempre regreso?].