sábado, 24 de agosto de 2019

Las visitas


serralves-2018

 + ¿Por qué titulo la entrada de esta semana: Las visitas? Porque las visitas nunca son definitivas, su carácter provisional me interesa hoy debido a que yo también soy provisional (¿cuándo no?) en mi propia vida. Un yo que se diluye en esa visita que realiza al yo del momento, el que se se desvanece: poemas que leo, recuerdos de viajes, novelas que termino por apreciar (...) Yo soy el que visita a mi yo del presente, en su impenetrable impremanencia.

+ Por laberintos (de los que conozco su planta [la entrada, los nudos y la salida]) llegué a «La tumba negra», de Antonio Colinas en el Libro de la mansedumbre. Fue esta tarde: un viernes feriado, limpio y largo, de lectura y reflexión sobre el arte de persuadir y cómo se aplica sobre la materia literaria [¿hay una materia literaria y una forma literaria, o simplemente es una única realidad indisociable?].  Llegué al poema y comprendí ciertas verdades que tienen que ver más con el paisaje que con la palabra. Montañas de la sierra de la Cabrera, ese límite entre Galicia y Castilla, una frontera, carreteras que orlan las dos provincias (Orense y Zamora), ríos que se frenan en las presas donde mi padre trabajó en su juventud, montañas a las que ascendimos juntos, la historia personal de mi familia, de mi padre: más intuida que certera. Pero no, la cuestión era llegar al poema, a Bach, a las cuestiones de la Segunda Guerra Mundial. Un poema largo y con calas extrañas, donde el acero se da cita con la madera desgastada de las casas de los músicos barrocos, extraña conjunción que yo entreví en Berlín. Lo sé, mejor guardar silencio y escuchar el susurro de la radio: música de cámara, sin electricidad, sin luz apenas. Hoy es viernes, me detengo en el estudio y escribo.

+ «Así que, en la noche / de los ferrocarriles fronterizos, se abrió el atardecer / de una isla». De
«La tumba negra», Antonio Colinas.

+ La lectura del poema me lleva, otra vez, al campo de concentración que C. y yo visitamos hace ya casi un año. Esa visita produjo una vibración que todavía resuena, que no deseo que se apague. Muchas veces me encuentro ante las escenas agradables de la vida y el zumbido se intensifica. Qué frágil resulta la vida, que delicada, cómo acecha en sus cercanías la maldad. No lo olvido, no quiero olvidarlo. El poema me devuelve la imagen de Auschwitz, la imagen tan vívida que recibí en la exposición de la sala del Canal de Isabel II hace, también, casi un año. Una conjunción en esta tarde.

+ «Nunca lo verdadero pudo alcanzar a lo imaginado, porque el fingirse las perfecciones es fácil, y muy dificultoso el conseguirlas» Gracián, Oráculo manual 19

+ Cuando copio una cita es más por gusto que por encontrar un argumento de autoridad. La cita tiene su belleza, y en ella descanso. Lo fragmentario y excepcional.  He copiado esta semana un fragmento de un poema de Antonio Colinas y una sentencia de Gracián. Ambos vienen dados por las lecturas, surgen sin ser esperadas estas citas y las anoto aquí, que no deja de ser una libreta. Quedan flotando en este éter que resulta ser la red. ¿Sabiduría? Coser citas tiene su arte, no sé si me pertenece: me gustaría tener esa habilidad, pero no recibo respuestas. La cita la anoto para mí porque son bellas o recogen algo intuido. Gracián: el contraste entre el deseo y la realidad; Antonio Colinas: un recuerdo de mi infancia que me parece que se contiene en ese fragmento del poema, aunque nunca haya estado ahí esa intención. Suena la canción la Happy, es martes y son las 6:17 [sensación de irrealidad, sensación de finitud].

+ Veo en la red fotos de conciertos de rock o de pop; mejor: estudio al público de los conciertos, de estos festivales veraniegos. No entiendo la razón por la que durante un tiempo todo eso me interesó, me interesó mucho y ahora ya no, ahora no me interesa nada. ¿Soy otro? No. ¿Me he adelgazado? Qué lejano resulta todo, me digo ante ese retrato del paso de las generaciones, de su cenit y su derrumbe. Me veo en conciertos de música clásica y creo que es diferente y no lo es, porque el resultado es el mismo: la búsqueda de una identidad. La identidad es, hoy, un veneno. Yo no soy el veneno.

+ La lectura del tomo 5 de la novela de K.O.K. llega a su fin. Casi setecientas páginas. Me parece una hazaña escribir tanto y mantener el interés, el tono, la confidencial fluidez que lo invade todo. No puedo estar en mayor desacuerdo con las opiniones negativas que he leído al tiempo que me sumergía en la novela. Simplemente, sólo por esa capacidad de narrar y de mantener el pulso durante tan desafiante extensión merece una reflexión más atenta, algo más que exclamar: es la vida cotidiana sin más, como ver crecer la hierba, no hay más interés que (…) La novela contiene lo nuclear de la novela: poner el espejo ante la realidad y que la realidad se convierta en materia artística, con sus descripciones, la elevación y el descenso de los personajes, la ética [positiva y negativa] del narrador y su desesperante sinceridad. ¿Es K.O.K. quien escribe? Bajo ningún término, todavía somos capaces de discernir entre autor y narrador, incluso al narrador como personaje: activo o pasivo. Es un narrador en primera persona y no hay más que hablar, no es K.O.K. No es la realidad, es una novela. Los materiales en bruto utilizados para la composición de la obra artística nos resultan tan indiferentes como lejanos, leemos una novela independientemente desde dónde llegue este barro o el otro mármol, la concreción que hace que la novela sea tal novela. Ha merecido la pena su lectura, más allá de ciertos paralelismos con nuestra propia vida, con las ambiciones del escritor, sus fantasmas y sus fracasos. Me parece propio del momento histórico y eso es mucho, más allá de su recorrido en la academia, las estanterías o los suplementos culturales.

+ Imagen: entrada de museo [Serralves]. Las figuras parecen frágiles y en la distancia lo son. Según nos acercamos, su realidad nos confirma su efimera existencia. Desde una altura considerable observo: disparo sobre la escena y espero el día que ha de transformarse en ilustración de una entrada, de esta entrada. Como la oración del ateo.

sábado, 17 de agosto de 2019

Entre lo fragmentario y la totalidad


Naples


+ Estaba ocupado. Ella me saludó desde el coche. Continué con mi tarea y apareció súbitamente. Había dado la vuelta en un cambio de sentido que había un poco más allá. Su coche era muy viejo, esos coches que se utilizan en un radio de diez o veinte kilómetros. Un azul metalizado con unos interesantes desgastes, que si se observan con un poco de atención tenían una lejana cercanía a algunos cuadros vistos hace unos años. Sonrió. Era una mujer que había sido hermosa, sus profundos ojos azules y su elegancia natural lo desvelaban. Me preguntó por unos asuntos y solventé las dudas. No pude dejar de pensar, mientras hablaba, en lo que he me habían contado sobre sus depresiones y sobre el suicido de su hermano. Todavía no llovía, pero el cielo estaba cubierto y el un viento extrañamente cálido surcaba el aire, los árboles se agitaban y ella sonrió mientras asentía. Se alejó y retomó su camino hacia los pueblos. Volví a estar solo en la montaña, en la carretera que cruza la montaña. Observé el bosque y no pensé en nada. Había un vacío extraño, algo que flotaba. No pensé en nada, no pensé en nada.

+ Navego. Sin casi saber porqué aterrizo en la Estación de comunicación por satélite en Buitrago de Lozoya (1968), de los arquitectos Julio Cano Lasso y Juan A. Ridruejo. Para documentarme bajo un Pdf de una vieja, viejísima revista de arquitectura. Antes de llegar hasta donde está propiamente mi interés, me detengo en las publicidades de sanitarios, muebles, encofrados, saneamientos, linóleos, cocinas (…), asuntos todos que se relacionan con las compras y los proyectos arquitectónicos. Me gustan los dibujos y las fotos, la sensación de antigua modernidad. Me fijo en un despacho de madera muy señorial, con su butacón reclinable de piel, su escritorio suavemente racional, las estanterías, los libros y los adminículos propios del arquitecto o del ingeniero. Un mundo que ya no existe, aunque sus vestigios estén en nuestras ciudades, pues todavía permanece aquello que ellos diseñaron. No siento vértigo, pero me cuesta asomarme a lo que transmite su realidad muerta.

+ Cornelis Norbertus Gysbrechts: El reverso de un cuadro (segunda mitad del siglo XVII). El título no puede ser más descriptivo de esta nihilista obra (lo del nihilismo lo extraigo de Fernando Castro, que me parece muy apropiado). En el buscador investigo sobre la imagen y la observo durante un largo rato. Es una renuncia. Me llama la atención que el pintor dijese que su cuadro debía estar en el suelo, para ser contemplado en su esplendor: supongo que para crear un efecto de confusión. El trampantojo nos da una medida por descubrir.

+ «—Yo sé quién soy —respondió don Quijote—, y sé que puedo ser, no solo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia, y aun todos los nueve de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron se aventajarán las mías.» Don Quijote, Capítulo V, Donde se prosigue la narración de la desgracia de nuestro caballero.  Copio la cita el sábado por la tarde. Hace calor y ese famoso «Yo sé quién soy» me deja pensativo. Trato de indagar en lo mío y no puedo hablar yo  con esa firmeza. ¿No sé quién soy? Tampoco se trata de eso, aunque haya momentos en que sí lo afirmaría, pero no ahora, no hoy. Escribir es comenzar a dejar de ser, a hundirse en las aguas oscuras del olvido. En ello estamos, en la disolución.

+ «Postera nocturnos Aurora removerat ignes, / solque pruinosas radiis siccaverat herbas»

+ [Domingo funesto]: Discusiones sin fin, enfrentamientos, la ausencia de agua corriente durante todo el día. Pasó el domingo y fue un alivio. Dormí y el lunes, de camino al trabajo, no me acordé de nada, al menos ese fue mi propósito.

+ Leo en Quintiliano: «Timoteo, excelente maestro de flauta, pedía mayor salario por enseñar al que hubiese sido enseñado por otro, que si le entregasen uno que nada supiese». Lo apunto como recordatorio para mis tareas. [Jueves, hacia las once de la mañana]

+ Imagen: durante tres semanas las imágenes que he colgado han sido imágenes abstractas. Hoy escojo una silla con un libro sobre ella, es la silla de un vigilante de museo [Museo Nacional de Capodimonte, Nápoles]. La lectura tiene como función ensencial conjurar el aburrimiento, no siempre fue así, pero hoy sin duda está es una de sus razones. [La propuesta da para hilar una larga entrada, lo valoraré] - [Mi sentido común me impidió leer el título del libro, mi curiosidad quedó traicionada, aquí se muestra el producto de mi robo, ¿robo?].

sábado, 10 de agosto de 2019

47040


Porto-2015


+ El título responde a convertir 280 semanas a horas. 47040 horas, por lo tanto. Llevo escritas 280 entradas semanales en este blog. Reflexionar sobre el asunto es reflexionar sobre los cambios y las permanencias. La libertad y la servidumbre. Me mantengo en esa servidumbre elegida que es el estudio, me dejo dominar por su disciplina necesaria, pero el único disciplinario soy yo. La lectura, el trabajo, los días con C. Todo lo que importa se ha decantado, como si hubiese filtrado. Permanecen unos pocos amigos, y esto ha sido una depuración. Debo volver a mirar hacia el pasado y reescribirlo. Eso, lo sé, es la posibilidad de una novela. En algún momento me tendré que enfrentar a esa posibilidad. mientras, descanso en el estudio, esa elegida servidumbre.

+ Sigo con el libro de Karl Ove Knausgård. A la última hora del día, en la cama, leo alguna páginas. Entiendo muy bien la postura del personaje y lucho por no olvidar que es una obra de arte, por lo tanto verosímil, pero no necesariamente veraz. El filtro de la escritura sobre una realidad que ya es particular en sí, no intercambiable pues responde a la percepción de una sola persona, sin mayor contraste que la lectura, que no deja de ser la creación de otro percibir. Dicho esto, la razón del personaje se acerca mucho a lo que fue mi adolescencia y primera juventud. Aspiraciones artísticas, decepción y largas conversaciones sobre vastos campos, en realidad, desconocidos. La violencia que tiene el personaje me aleja de él. Comparto reflexiones y entiendo esa frustración que supone no culminar el deseo. Antes pensaba que era algo privativo, algo personal, hoy sé que es una constante en muchas personas. La imposibilidad de alcanzar la satisfacción. El reflejo es confuso, por contexto y planteamiento, por perspectiva y distancia. Con todo, si la novela es una auto ficción, yo nunca escribiría algo similar, donde poner al descubierto a las personas que me he encontrado en la vida, con mayor o menos grado de intimidad. Sí, no me parece bien, pero una vez plasmado, el objeto artístico tiene su interés, un gran interés, la única vía de conseguir una larga novela, la única vía para un escritor muy poco dotado. De la necesidad, virtud.

+ Muchas veces, algunas veces, me detengo y me paro a hablar con un hombre, es un anciano. Hoy, sonriendo con su risa destentada me dijo que tenía la ilusión de llegar a los noventa años. Me llamó mucho la atención su mejoría respecto al invierno. Sus ojos se habían limpiado de una incierta niebla, estaba ágil, ya no necesitaba el bastón y hablaba con firmeza. Estuvimos unos minutos charlando. A lo lejos evolucionaban unos conejos, me mostró la malla que tuvo que colocar, más de doscientos metros, para proteger la verdura. Nos reímos, no me dejó marchar si enseñarme el árbol de las claudias, todavía verdes y duras: cuando estén maduras te daré unas cuantas, todos los años me dice lo  mismo, pero yo no voy a buscarlas. No sé. Entendí algo sobre el presente, algo que no soy capaz de poner en palabras, pero que ahora, durante la tarde, en el estudio, todavía palpita.

+ El sueño se interrumpe en varias ocasiones durante la noche. Pesadillas. Entre las pesadillas surge un sintagma: líneas de persistencia.  Algo que se relaciona con el cáncer, así lo dicen varios artículos científicos que no llego a descargar. No sé si buscar un sentido a la expresión, un sentido dentro de lo cotidiano. No, lo dejo a un lado.

+ [Pensamientos que se engarzan]. La persistencia me lleva a Dalí: La persistencia de la memoria. Esto me recuerda un cuadro que vi en el Reina Sofía. No lo había visto antes y me quedé impresionado por la capacidad pictórica que revela. Se titula Naturaleza Muerta (1924).El blanco sucio, las sombras, el punto rosa pálido. La disposición y la distribución de los objetos. Aquél día comencé a tener por Dalí un respeto que no tenía. Hay que modificar los juicios, esto es una redención.

+ Algo que encuentro en Jauss como paradójica e irónica propuesta: Historia de la literatura para auxiliares de clínica. ¿Podría tener su recorrido? Sin duda, pero también es cierto que esa casilla de los auxiliares de clínica podría estar ocupada por cualquier oficio o profesión, con sus peculiaridades. ¿Cómo se relacionarían éstas con lo nuclearmente literario? A saber, queda en suspenso y el día se termina.

+ Acabo de hablar con K. En Málaga hacía calor, aquí llueve. Poco más. Ya se sabe, una anotación sobre el tiempo metereológico sirve para comprobar si el canal funciona correctamente, si está abierto. Por escrito, quizá, poco sentido tiene. Ninguno.

+ Imagen: lo abstracto del muro, otro lienzo que no es tal sino una apriencia. Vale.

sábado, 3 de agosto de 2019

Mientras dormía, tal vez una investigación


MNCARS


+ Repentinamente me doy cuenta: entre las muchas, las muchísimas, cosas que me interesan de la lectura ahora destaca una sobre todas: el subrayado que los libros permiten hacer sobre lo cotidiano. En este momento estoy leyendo unos relatos de Patrick Mondiano que cogí esta mañana en la biblioteca pública, cierro el libro porque lo veo claramente y quiero apuntar esta sensación: enciendo el ordenaro y escribo, escribo esto mismo. Como un veneno, hay ciertas prosas que me no me transportan a ningún lugar, sino que consiguen que me concentre en lo que veo todos los días. Como un fármaco, en su doble naturaleza de veneno y remedio, me da un punto de desautomatización muy próximo a la ebriedad del hachís. Lo valoro y lo mantengo. Ay, los efectos que la lectura opera en la percepción.

+ [Viernes, biblioteca]. Este viernes fui a la biblioteca porque tenía un festivo de convenio [esos agradable días libres, que nos corresponden por el convenio colectivo, que trazan puentes hermosos: cuatro días sin ir a trabajar]. La razón: en verano la biblioteca pública no abre, lo que hace imposible que yo pueda ir; mi padre está autorizado para actuar en mi nombre ante los bibliotecarios: préstamos, renovaciones, devoluciones, pero prefiero ir yo en persona.

+ He cogidos dos libros de ficción: uno de Patrick Modino y el otro de Karl Ove Knausgård. El de Modino, Tres desconocidas,  lo he terminado y la sensación ha sido agradable, porque resulta agradable encontrarse con narraciones que entiendo bien construidas, pero que la construcción queda en un segundo plano, como la estructura no visible, imperceptible, necesaria, ya que en la piel del relato se diseminan elementos que nos acercan a una realidad de vida, la realidad de lo cotidiano, percibida por cada sujeto de una manera diferente. La atmósfera me seduce, una Francia que yo entiendo situada temporalmente en los años sesenta y setenta del siglo pasado: bares y cafeterías, calles, tapias, luces, lo nocturno, autobuses, trenes, calles de París, edificios y portales, fotos, transistores. Un mundo que ya no es. Me llevó menos de una hora y media completar la lectura, algo enriquecedor: vibra la imagen de conjunto durante el resto del día, una sensación que tiene algo de narcótica. En ella descansé durante la mañana y la última hora de la tarde. En caso de K.O.K., Tiene que llover, es diferente. La novela de K.O.K. se relaciona con ideas particulares y episodios del pasado que me inquietan. La lectura, como sabían bien los representantes de la estética de la recepción, se construye con las experiencias personales del lector; y hay muchas razones para sentirme próximo a K.O.K., desde un punto de mi adolescencia leo la novela. Es cierto lo que algunos dicen: en las larga serie de novelas de K.O.K. nunca pasa nada, pero eso no es necesariamente un defecto, yo lo considero virtud: así es la experiencia lectora: por definición, inestable. Las aproximaciones a la narración se debaten entre el entretenimiento y la captura poética de lo inasible: el paso del tiempo y su inevitable crueldad. La poética de lo cotidiano es una conquista de la modernidad, para esculpir nuestra propia novela. Ese reflejo en lo diario nos trae una traza de alejamiento. Así, las inquietudes del joven que llega a la escuela de escritura creativa son muy similares a las que tiene cualquier joven un tanto pedante que se ve envenenado por la literatura, por el amor, por la posición del que escribe, ese sucedáneo de la vida. Y es ahí, en la suplantación de la vida, desde donde yo leo. Desde la literaturización de lo vital, con el enorme peligro que ello conlleva: falta de perspectiva, falta de entendimiento, falta de generosidad. El elitismo del lector cierra el círculo. Continuará la lectura de Tiene que llover y me debo plantear terminar un texto que comencé hace cuatro o cinco años sobre el autor y su serie: Mi lucha. Debo valorarlo.

+ Esa inconsistencia de lo escrito anteriormente es parte de los rasgos fundamentales de una serie de personas con las que he tenido trato a lo largo de mi vida. Yo me incluyo, sin duda. Falta de confianza, un cierto elitismo, parálisis social. Ahora lo sé. Lo asumo, casi como si se tratase de un crimen, pero no es un crimen, sino un rasgo de la personalidad, un ingrediente necesario de un cierto principio rector. Lo veo con serenidad, y lo estudio, como el recuento, la contabilidad de toda una vida condicionada por esa constante. Dejo el libro. Duermo y sueño con Nueva York. No es la primera vez que esto sucede. La sensación de inconsistencia continúa durante el sueño y me veo en la vigilia vi en la vigilia. ¿Debo buscar un sentido en el sueño? Los sueños son excreciones.

+ Los veo y me parecen niños gestionando asuntos de adultos, luego me doy cuenta de que ni una cosa ni la otra: ni son niños, ni son asuntos de adultos.

+ El libro de K.O.K. ha resultado desagradable en un sentido no esperado. Me desagrada, pero continúo la lectura. No está en el libro el problema porque no hay ningún problema. Se trata de una relación entre el pasado y yo, una idea de renuncia y de fracaso. Veo cómo resulta el escritor en formación y ahí me veo yo, no puedo menos que compararme [lo que en sí es un gran error]. No voy a dejar el libro, aunque me cause sufrimiento, debo constatar que no me vale esa idea de fracaso, pero sí la de renuncia. ¿Son equiparables? Debo continuar leyendo y continuar con el contraste entre mi vida y lo narrado, que no son paralelas ni equiparables, pero me la tarea me da una pista para indagar en la estética de la recepción, el lector como artista. Una investigación, tal vez, con un sujeto de análisis: mi mismidad.

+ El fracaso siempre es interior, se construye según valoraciones que nos otorgamos. La receta contra su infección es el olvido, la relativa importancia que todo tiene ante la muerte. La muerte es un disolvente, la disolución de todas las ambiciones y de todos los miedos. Tras ella, nada.

+ Imagen: los restos del naufragio, una foto en un museo de arte contemporáneo [no tiene mucha importancia si es éste o es aquél]. El desenfoque y lo antiguo que resulta el televisor catódico sobre el pedestal. Arqueología, todo está llamado a convertirse en arqueología.

sábado, 27 de julio de 2019

Continuidad


Serralves


+ Estudio, trato de estudiar. Suena la de Mahler. No puedo continuar con la lectura, debo esperar a que termine la música, en concreto: el adagietto. Termina y escribo esto que lees [si es que estás ahí]. He llegado a la conclusión de que debería estar prohibido utilizar ciertas piezas para ilustrar campañas publicitarias, películas o noticias, cortinillas de promoción televisiva. Es un pecado, sin duda, un pecado mortal. He visto cómo se destrozaba Vivaldi, Bach o Beethoven, pero también a los Beatles, por poner cuatro ejemplos que se suman a Mahler. Aunque La muerte en Venecia sea una película memorable, el adagietto debería permanecer libre de toda interferencia. Me paro y creo que este subrayado se debe a una tendencia que se está acentuando: mi tendencia a recogerme sobre mí mismo, a construir manías y descartes. ¿Soledad o elección con una argumentación solida? ¿Tiene importancia? Me recuerdo conduciendo y selecciono aquellos pensamientos que me atacaron: como el río revuelto que trae con la corriente los restos de las tormentas, la marea que arroja a la playa los restos del naufragio. Lo sé, debo volver a la lectura y debo abandonar estos excursus que a ningún punto se dirigen, sin embargo las divagaciones son parte constituyente de mi sustancia, a mi pesar. ¿A mi pesar?

+ Me desdigo de lo anterior: Kubrick supo elegir músicas más que adecuadas a las secuencias de sus películas. Desdecirse: me constituye; también. En ello descanso, en asumir lo que soy: cuando me gusta, cuando me disgusta.

+ Las marea sube, la marea baja. Conozco bien sus movimientos. Me dejo llevar, lo siento y creo entender un mecanismo que se relaciona con el pasar de los días, con la llegada de las estaciones, con la caída de los años. Pero este mecanismo, cómo no, tiene que ver con el estado de ánimo, mi estado de ánimo. Unos días arriba y otros abajo, pero siempre con las tareas realizadas, con pulcritud, en la fecha prevista, en la exacta disposición. Cumplir con la obligación es un medicamento, el farmakón: remedio y véneno, tal vez. La prontitud inexcusable. Así, un día, la rutina se ve rota por razones ajenas las previstas, me molesta y me agrada al mismo tiempo. Necesito un paréntesis, me alejo de la tarea y la siento de otra manera. En otro sentido. En este sentido, un sábado, fuimos a un entierro de una mujer de noventa y cinco años. Mi tía, mi tía política, la cuñada de mi padre. La tristeza provenía más del certificado de la crueldad del tiempo que de la muerte en sí misma: había cumplido su ciclo años atrás, y ya no era desde que se sumión en la demencia, en el olvido cruel, la desmoria y el desvanecimiento de su vida, la consciencia de su vida. Me dije: ya no soy joven, lo sé, o quizás nunca lo fui. Volví a ver paisajes que formaban parte de mi infancia, con su regalo mitológico de lobos, culebras y ceniza [globos de ceniza, según el Conde de Villamediana], y el paisaje en sí no han cambiado mucho, salvo las casas que se desmoronan: es sencillo: una grieta en la cubierta, entre las lajas de pizarra, el agua comienza a hacer su trabajo; sin una reparación a tiempo, la cubierta se derrumba y el viento, el agua y el sol destruyen la madera, todo se reduce a polvo, quedan los muros, y los muros semejan la osamenta de grandes animales que fueron y nunca volverán a ser, extintos ya son una curiosidad de museo, una curiosidad fotográfica. Las piedras lavadas de los muros, la maleza, a lo lejos las esquilas de la vacas, algunos árboles por talar, carreteras que no se terminan nunca, ensanches de caminos carentes de función. El mundo se ha detenido y la naturaleza recupera sus dominios: los caminos se ciegan. Es otro mundo muy distinto el de hoy. Me siento otra vez, con desagrado, un observador, el que escruta el espectáculo de la vida sin participar en ella, pero tampoco ve otra posibilidad. La reflexión sobre los años y la desaparición no me inquieta, tampoco resuelve nada asumir esta condición con estoicismo doméstico, las malas horas vendrán sin que nadie las llame, sin que nadie lo pueda remediar, sólo restará saber situarse ante ellas, aceptarlas y, al tiempo, buscarle una utilidad que no es consuelo: son una vara de medir que disuelve los carísimos coches, las soberbias residencias de verano, la calidad del oro que brilla por efecto de hiriente luz del medio día. El oro resulta tan vacuo que ni siquiera se puede comer, me dijo alguien del que no recuerdo su nombre pero sí su rostro: surcado por las arrugas, los ojos acusos, los labios exhaustos. El entierro fue sencillo y rápido. Quedó en el aire vibrando el final de un mundo, lo sé, mi padre también lo percibió: es mundo que agoniza y él es el último testigo, el último superviviente. Todo será borrado, todo, y nosotros también seremos borrados.

+ Un hombre se despidió de mi padre: «…y si nos vemos por aquí, nos veremos en la otra vida, que será más feliz que ésta». Lo dijo con el mismo convencimiento que antes nos había explicado, cuanto estaba al frente de la comunidad de montes, cómo se arregló el campo de la fiesta, cómo se compraron altavoces para la iglesia, que es otro adorno para Dios, dijo, y afirmó que ya el monte comunal casi no daba nada, tampoco las tierras arrendadas a un ganadero de Madrid. Me resultaba tan extraña aquella fe, aquel confiar en volverse a ver en el más allá como el que habla de verse en Bilbao o en las fiestas del patrón. Esa fuerza ya no es habitual, es la rutina de la erosión: un mundo que perece, como perecerá el mundo de los teléfonos y sus arcanos y oráculos.

+ [Tres listas]: Tengo tres listas abiertas, que voy completando sin solución de continuidad: autores / haces, indicios difusos y condiciones de posibilidad / arquitecturas. Son tres contenedores en donde voy depositando aquello que encuentro referido a sus etiquetas. Los autores que, por una u otra razón, me interesan. Los asuntos que conciernen al presente y al futuro inmediato, desde una punto de vista político, social y económico. Las arquitecturas que responden a una idea de vivienda individual y autosuficiente, mínima y enfocada hacia la lectura; como si se tratase de la celda de un monje. Ahora reparo en ellas, pues sus títulos coronan las tres libretas electrónicas que tengo abiertas en este mismo programa, este programa donde ahora escribo esta entrada. La triada, junto al blog, conforma un proyecto de taller o laboratorio, que me sirve en mi indagación en la realidad cotidiana, en lo que me afecta y me preocupa. Es una útil herramienta, y es una herramienta muy sencilla.

+ La indagación en lo propio exige determinar, en primer lugar, qué es lo propio. Lo propio es variable, en mi caso. Propio son las arquitecturas individuales para estudiosos, celdas monacales insertas en el siglo XX con proyección en el siglo XXI. Propio es el intento por concretar un dominio de estudio y explorarlo sin tener muy claras las dimensiones y su topografía. Propio son las seis de la mañana y la radio-escucha de Europe 1 en línea. Propio. Me disuelvo en la posibilidades de los cotidiano, en su extensa e inasible realidad, una transición suave que resulta complejo segmentar, establecer una taxonomía, llegar a una conclusión. Es el cambio fluido de lo diario donde se insertan todas las propiedades que componen los intereses y los rechazos. Así, son las seis de la mañana y hoy termina la semana laboral, mañana estudio, pasado estudio, luego llegará el sábado y tendremos media jornada de estudio. A base de insistir, el objeto toma forma. Ese es el aprendizaje de lo propio: permanecer en lo elegido, sin desfallecer, sin desánimo o con la necesaria flexibilidad para vivir en con su presencia sin permitir que nos gane la partida.

+  Thomas Bernhard: escribir para ser como él, para alcanzar su status, pero en realidad él escribe así porque el es así, primero es la persona y luego la escritura, nunca en el sentido contrario. Este descuido trae consigo nefastas consecuencias. Acabo de ver un vídeo donde él regresa a su casa en su elegante Mercedes, le espera un periodistas y lo atiende con incierta displicencia. No sé alemán, pero comprendo muy bien qué pasa, cómo T. B. es la figura que es, la figura que permite la literatura que escribe. En esa línea, para hacer hay que ser, nunca en sentido contrario.

+ Imagen: abstracción geométrica capturada en el Serralves. ¿Por qué esta tendencia a la abstracción, fotos que quieren eleminar la posibilidad de un referente?

sábado, 20 de julio de 2019

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Lisboa


+ Paseo por la playa. Un furgón grande con la música alta, sinuosa, rimada: ¿Bad Gayl, Open The Door? Una pareja; beisbolera, tatuajes, anillos, un atardecer acrílico, todos los edificios del fondo, los árboles, la música se detiene y recomienza. Es el siglo XXI, la muerte de las guitarras eléctricas [tampoco hay porque exagerar]. Un poema al borde del mar. Un castillo de arena: reyes que en la mano tienen una llama. El ritmo fantástico del mar, indolente e indiferente: qué son los humanos, ni siquiera se pregunta. Lo sé, soy un observador y cada día que pasa más profundizo en mi condición, me agrada y me aporta un extraño placer. El paseo por la playa cumplimenta los meandros de la semana, pero no va hacia ningún lugar: hablar, un helado, el salitre y la brisa. Volvemos a pasar junto a la furgoneta, sigue el trap. Los observo: son tan fotográficos, es su momento, su tiempo, el tiempo de acción. Contemplar la puesta de sol, el día se ha terminado y hay que conducir para regresar a casa. Lo visto palpita como el sueño palpita tras el despertar.

+ [Un jueves libre, un jueves festivo]. Lejos de las obligaciones laborales, he estado casi todo el día en casa. Hace calor y el verano es un hecho. Acabo de ducharme y pronto saldré a pasear con C. y E. Está bien. Durante el día, a ratos, escribí en mi la libreta de notas electrónica de mi proyecto, tomé café [¿en exceso?] y leí, a ratos también, algunas páginas de Gemma Bovery. Dejo la reflexión sobre su lectura para otro momento y me planteo la idea de Normandía. Veo que la tendencia a Normandía es muy literaria, como lo fue nuestro viaje a Nápoles. La unión de viaje [o si se prefiere turismo, que el término no me desagrada y creo que compone una configuración de nuestro particular momento histórico] y literatura logra un equilibrio adecuado, al que se une el paisaje, la gastronomía y los idiomas.

+ Todo se desmorona mientras los gatos permanecen ajenos. Ésta es la única actitud aceptable. Eso dijo y yo la escuché, sin asentir ni disentir. Entendía que deseaba mostrar un aliento poético, una inspiración más grande lo posible o lo probable [no sé] y se calló. Pensé en cómo ciertas personas se constituyen en escritores y este proceso es el proceso que va de larva a otro insecto: la necesidad de agradar a quien puede dar el necesario dinero. Nada dije, por no violentar aquella vocación. La transparencia no es un virtud. Yo soy un observador, simplemente, terminé por decir. Ella volvió a hablar de gatos, de Juan Ramón Jiménez y de una vacaciones en el Sur de Portugal cuando era niña. Su voz de desvanecía y yo debía regresar al estudio, ya sólo escuchaba la música que me aísla del mundo, la música de un órgano un tanto mecánico y ventoso. La tarde es la tarde del sol y el calor: me desagrada. Nada puedo hacer. Nos desvanecemos ante la indiferencia gatuna.

+ [La utilidad de las novelas] ¿Puedo hacerte una pregunta? Sí, por supuesto. ¿Sirve para algo leer novelas? Sin duda alguna, a mí la lectura de Madame Bovary me sirvió para tener un horrible y paralizante miedo a contraer deudas, hasta ahora me ha resultado de gran utilidad tener presente el desagraciado final de Emma, que sobre todo se debe a la acción de las deudas, el peso del dinero contra la persona. No supe que decir, hablaba en serio o era ironía; con todo, el poso de verdad permanece: la muerte a la que Emma se precipita se debe a las deudas contraídas, de no haber deudas, Emma no se hubiese suicidado.

+ Debo hacer dos recados en el centro de la ciudad. Camino con una cierta prisa, quiero regresar pronto al estudio. Las calles están llenas de gentes y son las once y media de la mañana. Después de recorrer algunas tiendas de ropa me doy por vencido. Subo una calle, bajo otra y me estoy en una plaza: no conozco su nombre. Me paro. Ya son las doce menos cuarto, no me gusta perder el tiempo o, mejor, el tiempo si lo pierdo es con una cierta planificación [aunque parezca paradójico me gusta que lo cotidiano encaje en la cuadrícula que previamente he programado, en fin: manías sin consistencia]. Cuando guardé mi vetusto teléfono en el bolsillo los vi. Caminaban rápido. Ella tenía un aspecto extraño: el pelo rizo, ya totalmente blanco y alborotado, muy alborotado, gafas de sol grandes. Él estaba muy delgado y se había dejado barba, una barba espesa, el pelo muy corto. Observé, desde la distancia, su caminar acelerado y los vi desaparecer. Sentí que el tiempo había pasado, sentí que el tiempo es un tirano implacable. Eran personas de una cierta edad, como yo, los sentí como extraños cuando tiempo atrás eran mis amigos: cuánto tiempo hacía que no los veía. Un día le llamé por teléfono y no me devolvió la llamada. C. lo atribuyó a un cambio de terminal, a la pérdida de mi número y a la costumbre, muy extendida, de no devolver las llamadas a números desconocidos. No sé. C. tiene razón, pero aquel día se desvaneció algo, como si se culminase un proceso. Así, los vi por la calle y me parecieron extraños, una pareja de señores que caminan por las calles de una provincia sin mucha importancia. ¿Y yo? Yo me sentí mal porque el paso del tiempo sólo aporta dolor, un dolor sordo, un zumbido que nos habla de nuestra caducidad, de lo banal que resulta toda empresa humana, de la muerte y su triunfo. Lo dejé a un lado, terminé mis recados y regresé al estudio: el siglo XVII, un lugar del que nunca debí de salir, al menos este sábado.

+ La tarde de este mismo sábado fue tormentosa, en su literalidad: calor, lo eléctrico del aire, el ambiente y su espesor, lluvia pesada: gotas gruesas contra el asfalto y el hormigón. Salimos a las siete con rumbo a Vigo, como hacemos tantos sábados. Qué gustos, me digo, tan poco sofisticados: tiendas, librerías y algo de comer, también cerveza 0/0. La realidad de nuestros descansos: charlar, comentar prendas y leer fragmentos de libros que no vamos a comprar. En una de estas conversaciones le conté a C.  el no-encuentro que había tenido por la mañana. Ella es más sensata que yo y dijo que hay un proceso en que los amigos se convierten en conocidos y los conocidos en extraños. Sí, es la propia falta de permanencia que todo tiene. ¿Son las mismas personas que vimos que aquéllas con las que conversábamos en el pasado? No, de ninguna manera. Nadie lee dos veces el mismo libro, porque, fundamentalmente, uno no es el mismo: ese imposible. Seguimos con nuestro periplo y fuimos a pasear a la playa, cuando ya casi no hay nadie, cuando cae la noche. Por el damero de baldosas del paseo se deslizaban patinadores, corrían alegres perros y algunos adolescentes se besaban con verdadera pasión, entrecruzando sus cuerpos como sólo se puede hacer a esa edad. Se acercaba la hora de regresar y nos dijimos que sí, que el día había sido provechoso, a pesar de todo: el aburrimiento, la tarea y los desencuentros con aquél que fui  en el pasado.

+ He terminado de leer Gemma Bovery. Finalmente, el cómic me ha parecido un brillante ejercicio. ¿Es malo que una narración sea un ejercicio, que no vaya un poco más allá con una intención más nuclearmente artística? No lo creo, porque desconfío de las intenciones que buscan la esencia sin más. La evaluación es variable: lo que fue un chiste hoy es un ejemplo a seguir. En esta línea, nada permanece, todo es cambio. El cambio es la característica principal de la vida, de lo biológico y de lo social. Partir de Madame Bovary resulta todo un desafío y Posy Simmons lo salva con mucha habilidad, con una sugerencia que es más que una narración, que puede se entender como una lectura de la novela de Flaubert. La historia en apariencia hace que las coincidencias ocupen un papel destacado: los nombres del matrimonio, el aburrimiento de la esposa, los amantes, las deudas, la muerte de Gemma [que rompe la equiparación con la novela de Flaubert.  Pero el protagonismo, en mi opinión, es la posibilidad misma de utilizar el material, su recreación o reciclaje. COn todo, entre todos los elementos novedosos, me llama la atención la presencia del panadero, el que lee el diario de Gemma, el que lleva el hilo de la narración; ese desplazamiento de la voz que cuenta: ahí difiere de Madame Bovary, pues el relato de Emma viene a través del frío y exacto narrador constituido en el estilo indirecto libre; en Gemma Bovery estamos ante una primera persona que lee, con inigualable deslealtad, el diario de la protagonista. Un punto más a su favor, la lectura ha sido una práctica de la lengua inglesa, con las entreveradas frases en francés, y, al mismo tiempo, una reflexión sobre la narración, sobre Madame Bovary, sobre el hecho mismo de leer. Ahora descansa en una balda, junto a olvidados manuales de guitarra. ¿Lo recuperaré? Esa pregunta flota en el aire y se desvanece según las obligaciones imponen su rutina.

+ Gemma Bovery invita a continuar otros álbumes de P. Simmons. No sé. No hay mucho tiempo.

+ Imagen: el punto de vista abstrae lo real, lo que por real podemos entender: en un determinado momento.

sábado, 13 de julio de 2019

En el inicio del verano


Berlín-auto



+   Días nublados de verano, arropados por la música de Pulp. Conduzco por la una carretera que orla la ría, C. permanece en silencio y nada parece perturbar nuestra tarde del sábado: recogidos en el habitáculo que resulta ser el coche. Como un acento de ciencia-ficción, posibilidades que quedaron ahogadas en los años setenta, lo acrílico y lo pop. Un pop interesadamente elaborado: una construcción para el momento. Hay ciertos matices que me interesan especialmente: novelas de Fernández Mallo, pintura como la D. Hockney, paisajes urbanos en la última hora día, poco antes de entrar la noche: luces diseminadas, azules muy intensos que tienden al negro profundo, los semáforos y la pintura reflectante por acción de las microesferas. Maneras de afrontar los momentos, se moldean en función de nuestros intereses. Una lírica sostenida que nos ayuda a olvidar nuestra condición de mortales, la tendencia a novelizar todo. Personas y personajes, ambientes, contextos, inicio, medio y final: reverberaciones y sustratos de lo leído.

+ Acabo de copiar los títulos de unos poemas que comienzan con la partícula condicional “sí”, para tratar de revelar su carácter argumentativo, su naturaleza retórica. Una tarea mecánica que consigue que me fije en una cierta textura de las palabras. Una palabra según se repite termina por desvanecerse, eso lo sabe todo el mundo, pero lo muy evidente no tiene porque ser falso. En ese fluido llegar que todo lo difumina descanso. La tarde del domingo es más lectura y más música, otra larga evidencia.

+ Por cierto:  les valeurs des annonces son le pouvoir el l'argent. Reflexiones tengo sobre este particular. La ligazón de ambas palabras, de sus referentes y de los posibles equívocos que suscitan. Llegado a una edad, a veces, no puedo dejar de evaluar las dos circunstancias con prevención. Lo evidente no siempre es lo necesario, he visto el dinero como un obstáculo y el poder como una limitación, pero su atractivo nunca decae: hay que protegerse contra su influjo. Yo no tengo ni una cosa ni la otra. Lo sé, vivo en mi papel de observador del mundo. Así estaba yo tasando indumentarias, gestos y caminares, y recordaba, también, la entrada anterior y la frase de Fanny Ardant sobre la seducción, sobre lo que a ella la seducía: la voz y el encanto. Se trasluce el encanto en la voz y eso no se compra con dinero ni tiene una poderosa traducción de dominios y estrategias. El encanto, como el buen gusto precisa una sociología que desmonte la construcción, que establezca unos diques, que tienden siempre a lo mismo: el buen gusto es una imposición de la élites, o al menos así lo entendido yo. ¿El encanto? Oigo la hermosa voz de F. A. y pienso en la playas de Normandía, las calles de París, los viajes en coche, la música de Katy Perry [v. gr.: «Eat with your hands, fine / I'm on the menu» en Bon appétit] mientras rebasamos Nior [la ciudad más fea de Francia según el protagonista de una novela de Houellebecq], el queso y el foie, el champagne y el steak tartar, iglesias, plazas, centros comerciales, viñedos y rosales (…) Bueno, creo que eso me da una idea de charm que hoy me sirve.

+ Hoy vi dos gatitos. Paré el coche, bajé la ventanilla y los llamé. Miraron hacia mí y maullaron. Bajé del coche y se escaparon. Di la vuelta y volvieron a maullar.  Me reí y ellos me miraban. Lo poético estaba cifrado en el azul del cielo, las nubes sin densidad y un aire suave. Etérea, la última hora de la mañana. Los llamé una vez más y se alejaron a saltos por un camino, sin volver la vista, sin maullar. Tenían algo de haikú, otro poco de aristocracia gatuna, la aristocracia de los gatos de campo, que no conocen más ley que la del sueño y el hambre, porque quizá no exista otra ley. Arranqué, sonó un piano intenso en la emisora de música clásica, se detuvo y la locutora habló un poco sobre la tortuosa vida de Mozart, como si el sufrimiento fuese un precio a pagar por tan inabarcable don. Un lunes de julio que ya nunca volverá.

+ Vi un perro abandonado: asustado. Un perro con algo de Basset Hound, pero mestizo al final. Tenía mucho miedo, lo llamé, escapó y se perdió en el bosque. Sé que, finalmente, lo atropellará un coche. Se ve que era un perro acostumbrado a comodidades, el pobre. Quizá tenía hambre. Quizá no lo han abandonado y se ha perdido. Me dio pena, pero yo no puedo hacer nada. Vi como se alejaba por el sendero, como ascendía por el camino y despareció. La pena se distribuye por el paisaje y se ve acogida por la plasmación de la música. Ese plasmarse de la melancolía. Una baliza en el camino hacia la nada, la inefable nada.

+ Un pato se había colado en la autovía. Lo asusté con un escobón y regresó a su mundo, de donde no había haber salido. Hay acciones que compensan la imposibilidad de actuar. El pato por el perro. La vida se compone de extraños equilibrios que nunca alcanzaremos a explicar. Continúa la fluida música de Teleman. No tengo, en este momento, una opinión y es un estado perfecto. Teleman delimita los recortes que los árboles efectúan en el cielo: una sierra irregular y primitiva. No mucho más, la inefable nada: repito.

+ Alguien decía: todo lo que se ve acompañado por el adjetivo “familiar” se transforma en desagradable: comida familiar, viaje familiar, reunión familiar (…) Los peligros más graves nos acechan en lo cotidiano, siempre.

+ Esta semana comencé la lectura de Gemma Bovery [que no Emma Bovary]: un cómic comprado en una librería cibernética del Reino Unido. La historia de una londinense que se muda a Normandía con su marido, un divorciado algo mayor que ella y con ciertos parecidos con Charles Bovary [de hecho se llama: Charlie]. Todo sea dicho, si compré el cómic fue por el viaje a Normandía que se aproxima [hablamos de finales de septiembre principios de octubre]. Del cómic me gusta el planteamiento y los dibujos, la estructura de la narración y lo sugerido, ese mundo donde contrasta la vida en Londres y la vida en la campiña normanda. Bien, llevo unas pocas páginas, pero son suficientes para abrir reflexiones sobre ciudades entrevistas, viajes y modos de vida tan ajenos al nuestro. La infinitud de posibilidades en lo humano cuaja con celeridad en esta narración, una narración que dosifico para no terminar demasiado pronto [una señal del interés que despierta en mí la historia de G. B.].


+ Imagen: la foto tiene un algo que tiende a la maqueta, la representación modélica e inalterable. Me gusta la sensanción de irrealidad, la distancia que marca en el tiempo,  balizas vitales. No hay un regreso posible, son sólo objetos que nos definen: cuando los compramos, conducimos o fotografiamos. Disparé la foto en Berlín y sabía que su destino era estar en el blog, una forma sistemática de actuar, el orden y el método, que no es otra cosa que el cumplimiento del programa: se cierra el círculo virtuoso

sábado, 6 de julio de 2019

La voix et le charm


Berlin


+  Una tarde: Portugal: La Guardia, Bayona. La carretera, la conducción, la música. La suma no está completa: hablamos sobre muchos asuntos y nos encontramos bien, el uno con el otro. Nos entendemos, ya, sin palabras, y el silencio que la música adorna es una comunicación resultado de muchos años. ¿La felicidad? Me constaría encontrar una palabra lo suficientemente amplia, no es fácil: se trata, como ya he dicho, de una suma, pero también de restas. En ello descanso. Es un medicamento para encauzar la semana y sus meandros.

+ Escucho una entrevista con Fanny Ardant, ella dice que no la seducen les valeurs des annonces, sino la voix et le charm. Pienso en esos valores que se anuncian: el poder y el dinero o la conjunción de ambos. Al mismo tiempo, copio las palabras en francés porque creo que la traducción las cercena. La voz de Fanny Ardant llega a la tarde no como una medicina sino como una voz, en su punto inefable, en el que progresivamente cada día creo más porque hay reside lo literario, si se desea concretar, algo se rompe, como el forense que práctica la necesaria autopsia: explica la vida pero no es la vida. Fanny Ardant ilumina el lunes, la voz de Fanny Ardant.

+ Desde hace unos meses no dejo de pensar en ciertos momentos de mi infancia, momentos que se relacionan con la televisión que veíamos en aquellos días: la única que había. Por ejemplo, Rosa León y sus canciones, los vídeos que las ilustraban, el baile y los atuendos.  Orquestaciones, una voz limpia, el cristal de la propia televisión en blanco y negro. Había algo en lo castellano que me fascinaba y que todavía me fascina. Creo que se ha concretado con el paso de los años en una seducción del paisaje, la voz y el estilo; una suerte de un Madrid que intuía en aquel totum revolutum infantil. En este sentido, el sentido de un Madrid soñado, un Madrid construido con fragmentos de la memoria, el sábado pasado, en el programa Documentos de Radio Nacional de España, escuché un documental radiofónico sobre Sánchez Ferlosio y volví a intuir lo intuido, a ver lo visto, a construir lo construido. ¿Hay un puente entre los textos del escritor y las canciones de R. L.; por ejemplo: El reino del revés y Alfanhuí? Es mi historia, pero es la historia que yo construyo y certifico desde este mi presente, que se conecta con aquél pasado pero no es aquel pasado. Ferlosio ha muerto y queda una humareda en horizonte, sus libros, la prosa y la gramática, la sintaxis tal vez, la tendencia a la hipotaxis inmensa, inabarcable (esas subordinaciones de más de una  página: la dificultad de seguirlas aunque sí exista una posibilidad). Recuerdo El Jarama, recuerdo leerle durante un verano mientras trataba de explicarme la prosa, pero sumergido en su música, en el acierto léxico, en la fuerza de la prosa; queda la idea de un territorio. Son mis rarezas, me digo y sonrío en la tarde del sábado, poco antes de ir C. y yo a Portugal, a La Guardia, a Bayona. Mientras conducimos y la música nos arropa. Sé de mi infancia lo que hoy construyo con los recuerdos, pero, finalmente, no es mi patria, sino un paisaje, una música, unas palabras. La prosa del tiempo. El encantamiento de la voz: la voix et le charm.

+ Luego pienso en los avatares vitales de Sánchez Ferlosio. La muerte de su hija, sus rarezas, esa fatigada existencia. Recuerdo haberlo visto en una ocasión: yo iba en autobús desde Arturo Soria hacia Atocha y lo vi subir a un taxi. Vestido de negro, la corbata negra, el traje negro, la camisa blanca, el rostro entre el águila y el lobo, algo de cazador o de pastor, el pelo alborotado, grueso, pesado, asustado, tal vez. Fue una exhalación. El autobús arrancó y él no había conseguido subir al taxi. El autobús se alejó y yo continué mirando aquel taxi y lo que era una un punto, una esquirla en el fondo de la calle. Conmigo viajaba la niebla y el miedo, un tambor sin eco, la certeza de la muerte y ningún temor a su presencia. Recordé este flash unas cuantas veces y ahora lo hago, tras escuchar el documental radiofónico. ¿Fue un sueño? No, pero pudo haberlo sido, ya que tenía todas sus características y razones. Hoy, pasado el tiempo, no hay diferencia entre una cosa y la otra: entre el sueño y la vigilia.

+ Decía alguien que, al morir de Sida su hija, Sánchez Ferlosio dormía bajo la cama arropado por un saco de esparto. No sé, hay cosas que no deberían ser contadas por mucho que ilustren una biografía y sus rarezas. Qué bien, me digo, lejos de todo ese barullo de literatura, emblemas y curiosidades.

+ Voz y encanto, tal vez se puede encontrar en la compra mensual en el supermercado. Salimos del supermercado y asiento. Pienso: qué número es el yo del súper, qué número ocupa el yo que lee a Ferlosio, el yo que se preocupa por su salud. No me reconozco en el espejo después de leer a Villamediana, luego me entretengo con otros poemas y tampoco me encuentro. El súper me devuelve la humanidad necesaria: qué pernicioso es el encierro libresco.

+ La visita al médico resultó satisfactoria porque me tranquilizó. Se resolvieron mis dudas y, al parecer, no estoy tan mal como yo pensaba. Un ligero aire de hipocondría, un acento de romántica tendencia a la enfermedad, entre el teatro y la pulsión. Poco tuve que esperar para ser atendido, pero me proporcionó un espacio y un tiempo en suspenso: había una atmósfera cálida que contrastaba con el acero y el cristal, tan ultramodernos, tan ciencia ficción. Los espacios precisan su lectura, recordé mientras esperaba mi turno. Luz cortada contra el pavimento gris, grandes ventanales, techos de aluminio, puertas de acero, cristal verdoso, cristal glauco, cristal lechoso. La mujer que se sentaba a mi lado estaba nerviosa: muy delgada, seca, pelo muy rubio, no paraba de consultar su teléfono y de organizar unos papeles que traía en un sobre, lo hacía mecánicamente. Miré por el ventanal los tejados de la ciudad, las terrazas, antenas y cúpulas. El cielo azul se matizaba con algunas nubes algodonosas, es verano y no lo parece. La necesidad de buscar un punto de fuga, me dije y salió el médico: atendió a la mujer, que sólo le tenía que mostrar un papel para que su baja fuese efectiva. Su voz era quebradiza, voz de fumadora, nerviosa, como un hilo casi invisible. El médico la tranquilizó y al final una sonrisa hizo que ella se relajase. Entendí que la sonrisa elevaba su capacidad. Entré, hablamos y me dijo que debía repetir el análisis de sangre. No estoy enfermo, me dije, pero me di cuenta que la afirmación es tan inestable como la placidez de la tarde: unas débiles gotas comenzaron a caer sobre la acera, la grisácea acera, su damero y el olvido.

+ Imagen: fragmento arquitectónico de algún museso: el regreso a las 2D, desde las 3D.

sábado, 29 de junio de 2019

Los mundos posibles


Bordeaux


+ Hay libros a los que no he regresado, pero están en la estantería para recordarme su presencia. Su presencia es una idea de narración, la concreta realidad de los elementos que sostienen a ésta. Se abren abanicos de posibilidades, que, de vez en cuando, tengo presentes en lo diario. No dan explicaciones sino que invitan a ver la realidad su amplitud desde mundos posibles. Los mundos posibles. Eso es algo que la literatura atesora: el cambio de punto de vista. De una manera consciente, consigo ver desde ese condicionante.

+ ¿Para quién escribo? ¿Quién me lee? Respondo: para nadie escribo y nadie me lee. Esta declaración manifiesta un punto de escapismo y otro punto de crueldad, de frívola crueldad. Escribir sin lectores es un hecho extraño que se asemeja a las paradojas zen: dar una palmada con una sola mano o si emite sonido o no emite sonido el árbol que cae en el bosque sin nadie que escuche. Por un lado, mi escritura tiene un doble sentido: la terapia y el ejercicio; una escritura como medicamento y una escritura como gimnasia para el futuro. Escribir deshace entuertos, rehabilita caminos y libera de la presión de lo diario. Es un ámbito, un espacio donde el agrimensor y el propietario son el mismo, pero se niegan, porque en el momento de poner el punto final ya no le pertenecen y, al mismo tiempo, desconocen lo escrito: su razón y su sentido.

+ Preguntas ornamentadas con la letra cursiva, como si la letra cursiva les otorgase un estado superior, una distancia respecto a la redonda. Advertencias mayúsculas, la señal que indica la pedantería propia del que se erige en voz. [¿Qué puedo que decir?] En realidad, siempre me he achacado el defecto, la cala del nada tener que decir, pero, sin embargo, el latir de una necesidad ineludible de hablar y escribir se plasma en el discurrir de mi vida. Mi vida: es en sí ya una pedante arrogancia. Dejo la pantalla y regreso al libro, ese.

+ Berkeley: los objetos de sentido sólo son / sólo están cuando son percibidos.

+ El arco entre un momento de lectura y otro momento de lectura habla tanto de nosotros mismos que produce vértigo. Continúo con la lectura de Madame Bovary y más que la novela veo mi reflejo, como el paso del tiempo me ha trabajado, modelado, estratificado. Estratos, sí, esa es la palabra. La textura de las opiniones, su erosión, el desaparecer propio de lo dicho

+ La música que me acompaña: La consagración de la primavera.

+ En ocasiones, no puedo dejar de formular la pregunta ¿si el director de orquesta es la culminación de una pirámide, dónde están todos aquellos que no han llegado, que pusieron toda su ilusión y voluntad y éstas no fueron suficientes? Y me gusta pensar más en los que no llegaron que en el que en este momento dirige la orquesta y recibe los aplausos. La novela de la vida, me digo, es lo que me interesa. Así, los procesos selectivos tienen por por principio necesario la exclusión, donde vemos a uno hay miles que lo intentaron y fracasaron. El fracaso es ante todo una medida que nos da una idea de la organización social, de los capitales que se acumulan y los capitales que se dilapidan. Pero lo expuesto no se refiere exclusivamente al director de orquesta, pues se puede extender a cualquier ámbito: ¿por qué aquél y no yo soy consiguió la plaza de bedel en el ayuntamiento, por ejemplo? Veo esa presencia y prefiero pensar en la ausencia que disgregó a los que no están en el puesto deseado, la colocación deseada. Una vez oí una expresión: una colocación soberbia; ahora pienso en una no-colocación infamante. Sé que tras lo expresado se esconde una tendencia a lo grisáceo que configura mi carácter, pero debo dejar constancia, pues aunque sé que no es conveniente definirse no dejo de hacerlo siempre que se me presenta ocasión [aquí].

+ [Proyecto para un poema que no se escribirá]. Hubo un tiempo en que pensaba que yo era el único que leía poesía en la playa. Gracias a internet sé que hay más gente que lo hace. He dejado de ir a la playa. [¿Un haiku?].

+ Entre las muchas posibilidades temáticas que ofrece Madame Bovary hoy me quedo con la disolución del narrador. Hoy he leído unas cuantas páginas y lo dejo porque necesito dormir ya que mañana [lunes feriado] debo leer otras cosas, elementos necesarios para mi investigación. Dejo la novela en este punto que Emma se dirige hacia la muerte, con la confianza de que sólo será un sueño, dormirse suave, pero el veneno ha comenzado a trabajar. Y en esta muerte veo con claridad la disolución del narrador, la suprema voz en tercera persona que se deshilacha tras el estilo indirecto libre, donde no sabemos nunca quién cuenta, quién nos habla y desde dónde y porqué. Esto se opone a la introducción de P. Bourdieu a su libro Las reglas del arte, ya que por importante que sea el análisis sociológico de la literatura hay razones que quedan fuera: como hoy decía Sábato: razones hay del corazón que la razón de la cabeza no comprende. Hay queda una idea de literatura: técnica e inefable [palabra que P. B. rechaza en pos de la ciencia estricta].

+ Debo reconocer que he crecido como lector y también reconozco que esta madurez me satisface, ahora percibo las sutilezas técnicas con gran deleite y orgullo, presiento la estructura y creo que me aproximo al compositor que asiste al estreno de una sinfonía: un lector privilegiado. ¿Se puede estar orgulloso de alcanzar esta afinación en una una actividad tan vana como peligrosa? El orgullo es lo menos importante, lo que cuenta es el trabajo, el camino que he recorrido hasta llegar aquí.  No me planteo ya una necesidad de realizar un análisis sobre mí como lector ni como ciudadano, pero termino por hacerlo y eso no me gusta, aunque ya con cierta distancia: me recuerdo como se recuerda a un personaje de novela, como recordaba antes a Madame Bovary.

+ Leo, trabajo y estudio. Y quizá sea la misma actividad, si me paro un momento a pensar.

+ Imagen: las puertas tienen su lírica, capturarla no es sencillo, pero el intento merece la pena.

sábado, 22 de junio de 2019

Desnivel


Nubes

Nubes


+ [Un corte de energía eléctrica, sin luz; notas que paso a limpio después de unos cuantos años]: «Sobre un desmonte se eleva el triángulo de una fachada, donde dormita el tejado. Hay una luz hiriente en la oscura y esponjosa noche. Llueve sin ritmo. Coches que bajan la cuesta, prudentes, lentos y brillantes como el charol del que se juega lo que ya no tiene. Libros, chocolate y café. En otro tiempo tendía un pequeño tesoro de cigarrillos, hoy es sólo un recuerdo con el mismo valor que tiene un sueño entrevisto.»

+ No recuerdo cuándo escribí esta nota, que carece de fecha. Me vale para balizar la entrada presente. Hay algo que permanece y según escribo aquí parece que yo lo entendiese, pero sólo es un espejismo, un fenómeno que no se concreta aunque palpite sin cesar. Es un reflejo de mi vida, la escritura. ¿Confesión, terapia, ejercicio; o la suma de los tres momentos? Escribo y me detengo.

+ Hay algo que percibo: es un coche nuevo, muy nuevo, y va a una velocidad excesivamente moderada (¿es posible esta adjetivación, este oxímoron?). Observo. Me doy cuenta de que el conductor deja a un lado cierta prevención y decide que es el momento de comenzar a elevar la velocidad. El conductor comienza a descubrir las posibilidades del motor y de todas la palancas que lo gestionan (tanto mecánicas como informáticas). Lo sé, el conductor nunca volverá a tener esa sensación con este coche, ya que, en realidad, lo que se ha iniciado es un proceso de automatización. Es decir, el coche ha comenzado a envejecer. ¿Hasta dónde se puede extender la apreciación? ¿Una lectura, una persona, una ciudad? La esencia del viaje es reproducir la sensación lo nunca hecho, como el coche: la posibilidad de la potencia. Hoy es lunes, 6:28, es hora de recoger (= apagar el ordenador) y lanzarse a la carretera para comenzar la jornada laboral. Pensaré en lo escrito.

+ Mantengo en la bandeja del gestor de correo electrónico un correo que me envié yo a mí mismo. El único contenido es su título: Jean Dézert. Yo no sabía de su existencia, pero en un paseo por la rive gauche del Garona había unos versos de él. Los leí y luego busqué y busqué. Creo que habla mucho de mi tendencia a lo extraño, a lo marginal, a lo paradójico. Jean de la Ville de Mirmot nación 1886 y murió en 1914, en la Primera Guerra Mundial. Poco más quiero anotar aquí. Lo mantengo como se atesoran fetiches, amuletos o santos patronos. Me gusta saber que está ahí, en un pliegue del correo electrónico.

+ [Revisión médica anual]. Como todos los años acudo a un centro sanitario para que me hagan un chequeo [antes se llamaba así, ahora no; creo que la palabra chequeo es algo del siglo pasado, ahora se emplea, creo yo, reconocimiento médico: ay las denominaciones y su descripción de la cambiante realidad]. Como siempre, me identifico y cubro un formulario en el que doy consentimiento para que me envíen los resultados por correo electrónico. Me siento, pero pronto me llama la doctora. Es más joven que yo, mucho más joven que yo, muy menuda, agradable y emplea con profusión los diminutivos. Miro al techo mientras me coloca los parches adhesivos para el electrocardiograma: los datos se vuelcan directamente en una tableta: la electrónica todo lo impregna. Salgo de la consulta y espero para que me extraigan sangre. Los que se sientan en la sala de espera operan con sus teléfonos; los observo de una manera general y no encuentro nada nuevo: esa concentración extraña que nunca sabemos si se debe a un asunto de importancia o a una simple combinación de noticias íntimas, de confesiones sexuales o sólo es un juego que produce una intensa adicción [así se publicitan las apps: la adicción, pues engancha, como algo positivo]. En realidad, ya lo he dicho, no tiene mucha importancia, pues siempre ha sido así. Estudio la disposición de la sala, la longitud del pasillo, las anodinas vistas que ofrecen las ventanas. Me paro a pensar en Madame Bovary poder precisar la razón. No me gusta la protagonista, y eso contrasta con la anterior lectura: muy influenciada por Vargas Llosa. ¿He cambiado? Sin duda. He cambiado mucho y Madame Bovary no deja de ser un dato entre muchos. Me dejo ir y regreso a la inerte sensación de no lugar que reina en la clínica. Entro. Me toman la tensión, que la tengo un poco alta; comprueban mi audición, la vista y me preguntan por mi peso y mis hábitos alimenticios. Todo se apunta. Pienso en gráficas y en resultados que se pueden llevar a cuadros, diagramas, lecturas discursivas: la explicación de mis males. La noche pasada tuve una extraña pesadilla, me digo. Lo relaciono con la ingesta de sardinas en lata, quizá no tenga relación, pero es el único cambio que he hecho en mi alimentación. No puedo recordar el detalle de la peripecia, sin embargo la sensación permanece. Salgo a la calle y hace frío, hace frío para la época del año. Me encuentro con un conocido que me pregunta que hago a esas horas en la calle, por qué no estoy en mi trabajo. Le cuento lo del reconocimiento y asiente, le dio que tengo un poco alta la tensión. Cosas de la edad. Cierto es, pero no aporta nada el comentario. Todo está bien, todo está en orden. Desayuno en  una panadería/cafetería: zumo de naranja, café largo y croissant. Leo el periódico con calma. Pago y me dirijo al parking donde guardo mi coche. Regreso al trabajo y pienso en todo el periplo del reconocimiento hay un rédito de irrealidad, todo lo visto es humo, pero, al momento, me doy cuenta que esto se extiende a cualquier acto de lo diario. De ahí el verbo esfumarse. Como el viento, como globos de ceniza, como el atardecer de cada día del año. No recuerdo nada ya.

+ Imagen: nubes, como imagen o emblema de un posible acuerdo.

sábado, 15 de junio de 2019

Fortuna mutabile


Pierre Michel Duplessy - Bordeaux


+ Por definición la Fortuna es mudable, cambio: en definitiva. Se percibe muy bien su naturaleza en la imagen que nos transmiten ciertas miniaturas medievales: la rueda de la Fortuna gira y hoy está arriba el rey y mañana se ve convertido en mendigo. Este girar no conoce descanso, pues se conecta con esa indiscutible sustancia de la vida: el cambio: reitero. Por otro lado, la Fortuna no solo hace que se precipiten reyes al abismo de la pobreza, también castiga a los soberbios con la consecución de sus deseos. Parece como si hubiese un juego de justicia poética en la culminación en este tránsito. El que deseó el dinero lo obtuvo, pero no para substraerse de su condición de esclavo, sino para ahondar más en ella; ansió la fama y la fama fue funesta; allí vio el amor y el amor era una ciénaga. Nada de lo que nos parece deseable es necesariamente bueno. Veo al artista que alcanza un puesto destacado, sobre ese zócalo de mármol desde donde muchos le pueden ver: es de una coherencia que asusta: el pelo libre y amplio, la mirada profunda y misteriosa, manos hermosas de pianista sin piano, sonrisa y barba pirata o romántica. La belleza también es arte, arte en las maneras y arte en los silencios y en las incomodas decepciones. Pero yo sé más que otros, me digo. En sus ojos se transparenta el haber alcanzado sin mérito esa altura. ¿Tiene importancia? Quién lo sabe. Ni siquiera estoy muy seguro de lo que escribo, pero me parece verosímil y sabemos que, en tantas ocasiones, lo verosímil rebasa a lo verdadero: sin ir más lejos, en el campo artístico.

+ Como una nube que ensombrece el paisaje, se cubre el día, el domingo: un atisbo de luz en un libro, pero no dura mucho. La tristeza. Hoy ha dejado de llover y el sol luce entre entre la nubes, no me preocupa: trato de leer y no me concentro. Me preocupa que los ruidos me perturben de esta manera. ¿Qué significado tiene buscar el silencio? Ayer escuché algo que me dejo pensativo: la buscada de sentido en la literatura o en el arte es algo relativamente reciente, que comienza en la Reforma y coagula en la Romanticismo. Es una buena vía: no pensar en que necesariamente debe haber un sentido. Tal vez busca un vacío medicinal, una cámara que no aísle de explicaciones y comentarios. Leo a Pierre Bourdieu y me acerco al final de Las reglas del arte (Génesis y estructura del campo literario); sé que una vez terminado el libro volveré a leerlo. Esto me anima y hace que la tristeza se disipe, pero también me lleve a pensar en mi doble condición: la del trabajador y la del dilectante, la del aficionado que en el silencio de su estudio se dedica a indagar en conocimientos herméticos que a ningún lugar conducen: y por lugar entiendo la acción. Todo se diluye en mi actividad de observar, de juzgar sin emitir un juicio, la anticipación de los desastres que no son comunicados, a pesar de mi tendencia al acierto. Me entristece mi falta de acción, me pregunto a la vez que me alejo más de lo práctico, lo social, lo paterno. La vocación de morir sin descendencia tiene un precio, pero no es un precio muy elevado en comparación con el abismo que he evitado.

+ Bach sirve de consuelo en el inicio de la tarde del domingo. Creo en su música porque su música es un fármaco: alivia el alma, construye puentes entre la desazón y su remedio, establece una pausa e invita al no pensamiento, a detenerse en esa abstracción tan comunicativa que resulta ser su música, su música: frágil, orgánica, plena de vida. Dejo que el silencio de la palabra respalde la ascensión.

+ Veo un documental sobre una película española, El cosmonauta. En principio el documental no me interesaba demasiado, pero dejé que avanzase y surgió súbitamente un chispazo. La historia narrada en el documental supera la historia de la película. La película, que está disponible en red, que no veré, parece no ser digna de mención: mal contada, pedante, de la que se salvan las imágenes, imágenes que no restan, pero que tampoco rescatan la deriva: la falta de la solidez narrativa. Recoge lo que las críticas dicen, con el valor que eso pueda tener. En fin, una proyecto fallido; poco más. Y la historia misma está en el proyecto que no llega, que se alarga, donde chocan egos y se multiplica el cansancio y la falta de capacidad. La empresa supera a los tres componentes de la productora: dos chicos y una chica, que comienzan su aventura con poco más de veinte años, todavía en la universidad, que finalizan en la mitad de la treintena. Las entrevistas, las secuencias, las declaraciones, todo apunta a ese mal ambiente, ese límite de la violencia. La verdad, hay momento desagradables, muy desagradables porque se adivina con facilidad lo que se esconde tras las manifestaciones. Sobre todos los que intervienen destaca director: entiendo cómo la empresa lo rebasa y cómo no termina de comprenderlo, debido a una idea sobre sí mismo muy por encima de la verdad de los hechos, de su incapacidad para dar una salida al proyecto. Con todo, la película se estrena en el cine Callao, en Madrid, una sala muy importante. Tras el estreno, el directo comete la torpeza de abroncar con muy malos modos a una persona que envió un currículum, lo pública en Facebook y el mundo se les echa encima. Eso termina por romper lo poco que permanecía unido. La guinda es el embargo de la película por no gestionar bien el papeleo de una subvención del Ministerio de Cultura; la película termina por no poder se exhibida. Un desastre. ¿A quién puedo ver? ¿A Faetón, al Carro del Sol, veo cómo Faetón cae y sus hermanas en álamos se transforman? Fortuna mutabile.

+ El gris toma la tarde, el cielo es gris y se ensombrecen los paseantes. Se anuncia una masa de aire polar. Todavía no es verano y primavera no parece. Se dibuja el objeto de hablar sobre el tiempo: no hablar de nada, o hablar de la nada. Nada menos original que hablar del tiempo metereológico, pero el clima es la paleta de colores, lo que da y quita razones al estado de ánimo. Me interesa en este momento cómo se transforma la calle y esa grisalla tiene un aire de apunte tan artístico como efímero. Sólo es una impresión producto de la lectura, que la lectura se resuelve en una suerte de narcótico. Me quedo en blanco y la calle es hervidero debido a la hora: las seis y media de la tarde, luego el alboroto comienza a decaer. Observar como observaba Baudelaire: la mirada de la modernidad, la poetización de la ciudad, el breve apunto y la elevación de lo cotidiano a sujeto estético. El gris de la tarde es un gris muy artístico, me digo mientras cierro la ventana y regreso a la tarea. La tarea es un otro territorio, un espacio sin dimensión, un algo paradójico y extraño, como yo soy extraño. Silencio.

+ [Epígrafe: Los vanos y poderosos, por defuera resplandecientes, y dentro pálidos y tristes]: «(…) ¿Qué tienes, si te tienen tus cuidados / ¿Qué puedes, si no puedes conocerte / ¿Qué mandas, si obedeces a tus pecados?» Copio el primer terceto de Quevedo, que queda muy bien definido en el epígrafe, que resulta ser de González de Salas. Me parece adecuado para estos días: la negociación de un nuevo gobierno y los gobiernos regionales y los ayuntamientos, una vibración que percibo en el ambiente, respuestas que atrapo en la redes dígito-sociales. Finalmente, el tema es la caducidad y cómo ésta condiciona toda acción humana, pero también la inacción. Descanso en su estela, comienza el día: hoy es miércoles.

+ De la estantería rescato tres libros de poesía: García Montero, Luis Alberto de Cuenca y Miguel Ángel Velasco. Me puedo imponer una tarea: ver la conexión de los tres poetas desde la elección de mi interés, tal vez no tan espontánea como quiero mostrar. En esta línea, ayer no abrí Madame Bovary, de cada libro leí dos o tres poemas y entonces entendí el porqué de mi interés. Se trata de lo cotidiano. Lo cotidiano como eje que ordena una cierta estética, una cierta ética. Lo cotidiano se refleja en cuestiones como la conducción, las calles plenas de gente un domingo y la heroínal el caballo en el bolsillos del poeta, del yo poético, los vuelos de vestidos y otros venenos. Desde hace tiempo construyo estas imágenes, pero desde un tiempo atrás, ¿siete años?, he comenzado a trazar una estructural, una idea vertebral que me acompaña en el día, lo ilumina como una hada con poderes ilimitados, como una droga sin consecuencias indeseables. Otro día comienza: el jueves, con la idea recibida ayer: la de lo que palpita ante nuestros ojos.

+ Imagen: busto de Pierre Michel Duplessy, ¿Quién fue el retratado? Sé que fue arquitecto y que erigió en Burdeos la iglesia de Notre Dame, nada más. Pero nada más quiero saber. El busto es otro emblema: el disparo casual, donde influye el inflamado fondo carmesí más que el retrato en sí: un bulto, que tiene, sin duda, su interés. ¿Por qué? Me parece un reflejo de la disolución de la memoria en el océano del tiempo, el olvido: el gobierno absoluto de la Fortuna. Fotos aleatorias en un mundo aleatorio, el siglo XXI .

sábado, 8 de junio de 2019

Transiit classificando

Houellebecq-parler


+ [Despedidas]. No sólo la muerte es la muerte. La vida cotidiana es plena de despedidas, tan definitivas como la muerte, pues la ruptura o segregación de elementos que componen lo cotidiano establecen fronteras que nunca más se abrirán. Inicio, medio y final, estas tres fases estructuran en silencio la vida. Todo lo que tiene un inicio tiene un final. La vida se desvanece en cada inhalación, pero no somos conscientes hasta que alguien se despide y sabemos que no volverá por nuestro centro de trabajo. Esa luz que se apaga definitivamente es más que una imagen de la muerte.

+ Somnium imago mortis.

+ Estudiamos a los que triunfan y seguimos sus trayectorias como si allí existiese una explicación: orígenes familiares, estudios, trayectoria laboral. Indagamos sin plantearnos que el azar es una razón determinante en el triunfo y en cuanto tomamos esa línea podemos llegar a un cierto cuestionamiento del propio triunfo, algo que resulta inconveniente porque necesario es mantener un punto de indiferencia y alejamiento; así es la postura del observador. ¿Por qué aquél y no este otro ocupa ese lugar en la redacción periodística, cuál es el secreto de la fulgurante carrera del arquitecto, la dedicada entrega del público al extravagante chef? Si se acude a las entrevistas que nos ofrece la prensa diaria y dominical, tanto escritas, radiofónicas o televisadas, se puede comprobar como ese triunfo se termina por cifrar en el trabajo, el trabajo sobre cualquier otra razón, el trabajo duro y bien hecho. Y sin negar esta evidencia, hay que saber que junto al trabajo también suma la suerte, lo que antes se conocía como Fortuna, esa diosa variable, caprichosa, ciega. Yo, en mi calidad de observador, admito ciertas salvedades, pero ese influjo de la diosa varia se extiende por todas las capas de la sociedad, estratos, disposiciones jerárquicas. Me alejo y dejo la reflexión porque la lectura reclama mi momento y, poco antes de continuar, me hago cargo de que mi posición, tan buena, tan poco esperada, responde a esos mismos resortes: lo sé, he triunfado porque tengo suerte, en este recóndito triunfo de amor, trabajo y academia, ¿qué más pedir? Silencio para la lectura, sólo silencio.

+ En mi particular cueva / madriguera: leo, observo y escribo. La radio desgrana algo de Bach, me detengo y sé que nunca llegaré hasta el centro de la música. La humanidad del compositor rebasa la composición misma.

+ Recuperación de un poema, que tiene casi diez años.

[

30.11.10

Date

Calendas

En un buen lugar para morir: una colonia de vacaciones en invierno.
Palmeras agitadas por el vendaval, labios
e infantes, la lluvia entre la hojarasca, los bañistas,
el retrato de Elvis en un escaparate, el sabor
del whisky y la cerveza, el café de la primera hora
del día, atracciones cerradas, son los coches
de choque, caballos de celofán, las gafas,
negro sobre negro, cadenas, oro
y funámbulos, insomnes y la muerte es un instante.

La respiración se debilita. Tintura oscura sobre la almohada,
desciende la mano. La última inspiración.

Invisible mano que ilumina el paisaje
cuando cada mañana surco
los senderos del valle
y se hace altura el humo espeso y humilde
y la violetas amanecen en otra edad:
ésta que hoy poseo.


1941/1966.

Cada instante se ha fosilizado en esta hora,
la sencilla estructura de los abrazos,
no se puede imitar. Las guitarras duermen,
sonámbulas, como herramientas sin engaste.
Elevada canción, el herraje cierto del estuche negro.
También, así, la última derrota, el último noctámbulo
que busca su cama: acero y agua en la mano abierta.

]


+ Transiit classificando [En Roland Barthes, L’anciane rhétorique (aide-mémoier); un epitafio para Quintiliano: con el que, en cierto sentido, me identifico).

+ He cambiado el horario y ahora me levanto a las 5:50. Es otro mundo, la realidad cambiante de las mañanas. Se transforma la visión. Un día todo tendrá otro sentido y casi no nos daremos cuenta. Todo se traduce a tránsito, a impermanencia. Pero, a pesar del paso del tiempo y el cambio, intento que algo permanezca: el principio rector. Ayer, en la última hora, leí una página de las Meditaciones de Marco Aurelio. Antes, otro poco de la segunda lectura de La televisión de Pierre Bourdieu. Esa realidad de la que hablo al inicio del párrafo encuentra un sentido en ambos textos, los comparo y trato de que confluyan en un punto; llega el sueño, descanso, suena el despertador y comienza la jornada. ¿Soy la misma persona que ayer?

+ Los edificios tienen ciertas semejanzas con la configuración de un pueblo, sus habitantes se asemejan a los vecinos de una aldea. Si lo digo esto es porque en nuestro edificio vive un borrachín y parece interpretar ese papel de borracho del pueblo: tan común, tan doloroso. Hace unos meses se murió su madre y fue triste: era una mujer muy delgada, desdentada, con una cola de caballo gris y lacia; siempre vestida de negro y con una voz nasal, pareciese que lloraba constantemente. Murió muy mayor ya, de una neumonía, murió repentinamente cuando casi tenía 88 años. Leí la esquela y recordé que yo la vi rogar al borrachín que dejara de beber de una vez, pero él continuaba, en otra ocasión le pedía que subiese a una ambulancia porque sangraba abundantemente por la nariz y era necesario que fuese a un centro de salud [eso decía el técnico de urgencias que esperaba pacientemente]: él se resistía y los del bar reían porque la escena era cómica aunque gracia no tenía ninguna. Ahora que ella murió, él parece desatado: liberado [aunque yo sólo veo una anulación para soportar el dolor]. Bebe, fuma, habla, habla mucho y nadie comprende lo que dice, algunos sonríen y otros le esquivan. A veces es invisible. Lo he visto desde la ventana: bajaba la cuesta con dificultad y saludó a alguien, que lo evitó; fue entonces cuando yo me dije: los edificios se asemejan a un pueblo (…) Una aldea de voces maldicientes, de hogares malditos, viejas enlutadas, jóvenes que, temprano, han perdido su juventud y ni siquiera se han dado cuenta; señoras sin corazón que todo lo cifran a su presuntuoso baile en sociedad: esas galas de la provincia donde las cortinas se reconvierten en trajes de noche. En este juego el borrachín cumple su función: hace que todos nos sintamos bien porque no somos como él, algo de lo que yo no estoy tan seguro. Lo veo de otra manera: en su huida todos nos parecemos a su caminar, a su finitud evidente. La señor que luce abrigo del pieles, rouge recamado, oro pulido en la esfera bancaria que ofrece su marido; el marido y su moreno de la moto, la playa y en viento en la terraza del casino; la hija que será madre, que formará un hogar, su soberbia colocación. Y así. Yo los veo, yo veo al borrachín y no sé quién me parece menos real, más atravesado por las ficciones cotidianas, esa falta de relevancia en la provincia. Sobreponerse a la tristeza, esa tarea diaria.

+ Imagen: Captura de pantalla de la película sobre M. Houellebecq:
L'enlèvement de Michel Houellebecq (2014). La frase tiene su importancia: Basta hablar con quién ha vivido las cosas. Me quedo pensativo, y después de mucho dudar, elijo esta imagen arrancada de la pantalla donde se reproduce la película citada. ¿Hay transformación en mi disparo? Sí, porque he elegido el fotograma, el momento y, ahora, la recorto, la moldeo con el sencillo programa de edición y  termino por cologarla aquí. La realidad en sus facetas es otra realidad, la que acogemos cuando hablamos con otras de personas de otras cosas: la vida en sí. Vale. [El uso del programa de retoque digital le otorga a la captura un aliento pictórico del que carecía en un primer momento: ahí reside la intención].

sábado, 1 de junio de 2019

Distancia (-s)


Adidas-Bordeaux


+ [El cuestionamiento de la identidad: una tarea]. La afirmación entre corchetes es un apunte una entrada anterior de este mismo blog: creo que el apunte debe extenderse, ampliarse, amplificarse ya que, al transcribirla, pienso en qué es poseer una identidad, pienso en si la identidad es estática o dinámica, lo que dirige la mirada hacia mi propia identidad y cómo ésta se ha generado, destruido y reconstruido, cómo ha girado, cómo se ha limitado o expandido, emboscado o impuesto. En definitiva: no, no es estable, y creo que esta su principal caracterísitica. En primer lugar, me digo: Nadie se baña dos veces en el mismo río y, a renglón seguido: El carácter es el destino:  son dos afirmaciones de Heráclito de Éfeso, Heráclito El Oscuro. Ambas afirmaciones las tengo siempre muy presentes, y para el caso que me ocupa me parecen punto más que oportunas, pues lo puedo traducir en el que la identidad no es estable, pero, al mismo tiempo, hay un principio rector que gobierna su curso desde el inicio hasta el final, un principio rector al que no es posible contradecir pues se define y compone con la trayectoria y sus calas, simas y culminaciones, que solo se obtiene su fórmula cuando la vida ha terminado. Y me digo, arropado por los sonidos que desde la calle llegan, ¿quién soy? Veo, así, mi reflejo en mis inseguridades, en la intranquilidad, en el nerviosismo contenido, pero, también, su otra cara me conforma: voluntad, nobleza, fuerza; oscilo entre estos puntos y hay un algo que se va depurando y tiene más que ver con el mencionado principio rector [con un arranque en Marco Aurelio] que con una noción de identidad conectada con lo plural, lo colectivo social y lingüístico. La identidad me pone en prevención, siempre. La invocación a la nación, al pueblo, a la tradición. La reducción sociológica del individuo a elemento de una clase es válida, pero no lo explica todo. Quizá existan zonas de sombra que se resisten a ser capturadas, quizá es en esas zonas de sombra donde el yo que me interese habite: para lo bueno y para lo malo.

+ Sigo con la lectura de P. Bourdieu. Poner en cuestión nuestras certezas es otra tarea, que unas veces cuaja y otras no, pero siempre resulta ser estimulante para el trabajo diario, el trabajo del investigador en formación, que soy yo.

+ Dejo que suene en reproducción continua un archivo de sonido de unos cinco minutos. Son olas que mueren en una playa. Hoy es domingo y hace sol, yo estoy recluido en mi madriguera, rodeado de libros y entregado a la lectura. Todo el domingo se consagra a la lectura, hasta las ocho de la tarde, cuando C. y yo damos un paseo. El paseo descomprime la saturación adquirida con la lectura. Hablamos mientras bebemos una cerveza helada, el viento es suave y no hace frío. Observar la vida, comentarla sin mucha pasión, decidir entre patatas fritas o aceitunas. Se ve una cometa a lo lejos y parece un signo de ventura, un ciclista, los niños que gritan, fumadores que, en silencio, escrutan el paisaje. Las semanas se deslizan en un fluir inquietante, el tiempo es nuestra materia. Ahora, escucho ese oleaje enlatado, continuo la lectura y me pregunto qué sentido tiene esta construcción. No importa, cuando lleguen las ocho de la tarde se habrá desvanecido. Hoy es día de votación.

+ Voté muy temprano, el sobre azul y el sobre blanco. Ya está me dije, esta es mi contribución a la vida pública. Qué poca cosa. Bueno, también pago impuestos y en mi trabajo la impronta política siempre está presente: el talante, el diálogo, la escucha atenta. En este sentido, una vez me preguntaron si era muy severo en la aplicación de mis obligaciones  y, espontáneamente, respondí:  sólo trato de ser justo. ¿Es esa mi contribución, el trabajo bien hecho y la permanencia de lo conveniente sobre la conveniencia? Tengo mis limitaciones, pero creo cumplir con un incierto cometido que me he marcado. Voté y voté sin convencimiento, con desencanto, lejos de cualquier atisbo de identidad, voté por lo que parece conveniente y me alejé del colegio electoral: desencantado, sumido en la imposibilidad, en la evidente falta de acción en mi vida.

+ Insisto: soy un observador; no es una pesadilla, no es el paraíso de la satisfacción, es una distancia construida.

+ Mientras recorro la red en busca de la nada, me encuentro con un croquis autógrafo de Flaubert. Hay en uno de los márgenes una cuenta. Es una multiplicación y no está bien hecha: multiplica 365 por 16 y su resultado es 5800, cuando debe ser 5840. Compruebo otra vez la operación y el error es palmario. ¿Tiene algún tipo de significado? ¿es en sí el error un elemento paratextual? ¿cuáles son los referentes de las cantidades: 365 días y 16 horas diarias (de trabajo)? Las incógnitas que se plantean son inspiradoras. Veo la materia del artículo semanal en el suplemento del domingo. Irrelevante. Me gusta imaginar esas vidas que están obligadas a la entrega: cada semana un artículo con un cierto acento intemporal aunque con su anclaje en lo diario, ese equilibrio, ligero y profundo, lírico y contundente, político y costumbrista, y, sobre todo, la tendencia al monólogo televisivo: el chiste. He terminado, hace un momento, el libro de P. Bourdieu La televisión.

+ Durante unos días me alejé de Madame Bovary: ayer a la noche regresé, sólo leí un capítulo. Suficiente. El placer es el evidente fluir de la narración, de la prosa. En cuanto termine con la muy buena traducción de Germán Palacios en Cátedra, comenzaré con la novela en francés, porque creo que resulta un texto intraducible: así se trasluce sobre lo leído a cerca del trabajo de Flaubert: vocear la prosa, buscar su música, rectificar hasta encontrar la exactitud. La novela total, un punto sobre el que reflexionar con detenimiento.

+ Ayer noche, otro capítulo de M.B. Cuando Rodolfo aparece me doy cuenta de que los personajes son estereotipados, pero lejos de ser un defecto contribuye a esa totalidad literaria que el libro establece, esa voluntad de estilo realzada por la distancia del cínico narrador. Haber recuperado esta lectura ha sido punto más que un acierto. Ver el pasado a través de las ideas literarias que tuvimos en su momento y ver el presente mediante las nuevas ideas y las que se han mantenido resulta un privilegio que no se compra con dinero. Como si se apuntase una determinación: la narración inunda la totalidad, es un prisma móvil, que explica sin llegar a comprometer su naturaleza artística. Las explicaciones están en la orilla del lector, el autor expone y el texto muestra su independencia.

+ Pensar en las carencias personales y establecer una distancia se afirma como una tarea diaria. Demasiada observación, demasiada distancia.

+ «… ventura - y no razón- vence porfía, / sólo ventura no es merecimiento.», en el segundo cuarteto del poema 272 en Poesía del Conde de Villamediana, ed. de Rozas.

+ Imagen: a través de una oquedad en el escaparate, donde se muestra una zapatilla tan vintage, tan actual, vemos a una pareja que parece valorar la compra de una camisa o una cazadora, quizá otra prenda. ¿La distancia? El observador, el voyeur, el que anota sin tener contacto.