sábado, 22 de junio de 2019
Desnivel
+ [Un corte de energía eléctrica, sin luz; notas que paso a limpio después de unos cuantos años]: «Sobre un desmonte se eleva el triángulo de una fachada, donde dormita el tejado. Hay una luz hiriente en la oscura y esponjosa noche. Llueve sin ritmo. Coches que bajan la cuesta, prudentes, lentos y brillantes como el charol del que se juega lo que ya no tiene. Libros, chocolate y café. En otro tiempo tendía un pequeño tesoro de cigarrillos, hoy es sólo un recuerdo con el mismo valor que tiene un sueño entrevisto.»
+ No recuerdo cuándo escribí esta nota, que carece de fecha. Me vale para balizar la entrada presente. Hay algo que permanece y según escribo aquí parece que yo lo entendiese, pero sólo es un espejismo, un fenómeno que no se concreta aunque palpite sin cesar. Es un reflejo de mi vida, la escritura. ¿Confesión, terapia, ejercicio; o la suma de los tres momentos? Escribo y me detengo.
+ Hay algo que percibo: es un coche nuevo, muy nuevo, y va a una velocidad excesivamente moderada (¿es posible esta adjetivación, este oxímoron?). Observo. Me doy cuenta de que el conductor deja a un lado cierta prevención y decide que es el momento de comenzar a elevar la velocidad. El conductor comienza a descubrir las posibilidades del motor y de todas la palancas que lo gestionan (tanto mecánicas como informáticas). Lo sé, el conductor nunca volverá a tener esa sensación con este coche, ya que, en realidad, lo que se ha iniciado es un proceso de automatización. Es decir, el coche ha comenzado a envejecer. ¿Hasta dónde se puede extender la apreciación? ¿Una lectura, una persona, una ciudad? La esencia del viaje es reproducir la sensación lo nunca hecho, como el coche: la posibilidad de la potencia. Hoy es lunes, 6:28, es hora de recoger (= apagar el ordenador) y lanzarse a la carretera para comenzar la jornada laboral. Pensaré en lo escrito.
+ Mantengo en la bandeja del gestor de correo electrónico un correo que me envié yo a mí mismo. El único contenido es su título: Jean Dézert. Yo no sabía de su existencia, pero en un paseo por la rive gauche del Garona había unos versos de él. Los leí y luego busqué y busqué. Creo que habla mucho de mi tendencia a lo extraño, a lo marginal, a lo paradójico. Jean de la Ville de Mirmot nación 1886 y murió en 1914, en la Primera Guerra Mundial. Poco más quiero anotar aquí. Lo mantengo como se atesoran fetiches, amuletos o santos patronos. Me gusta saber que está ahí, en un pliegue del correo electrónico.
+ [Revisión médica anual]. Como todos los años acudo a un centro sanitario para que me hagan un chequeo [antes se llamaba así, ahora no; creo que la palabra chequeo es algo del siglo pasado, ahora se emplea, creo yo, reconocimiento médico: ay las denominaciones y su descripción de la cambiante realidad]. Como siempre, me identifico y cubro un formulario en el que doy consentimiento para que me envíen los resultados por correo electrónico. Me siento, pero pronto me llama la doctora. Es más joven que yo, mucho más joven que yo, muy menuda, agradable y emplea con profusión los diminutivos. Miro al techo mientras me coloca los parches adhesivos para el electrocardiograma: los datos se vuelcan directamente en una tableta: la electrónica todo lo impregna. Salgo de la consulta y espero para que me extraigan sangre. Los que se sientan en la sala de espera operan con sus teléfonos; los observo de una manera general y no encuentro nada nuevo: esa concentración extraña que nunca sabemos si se debe a un asunto de importancia o a una simple combinación de noticias íntimas, de confesiones sexuales o sólo es un juego que produce una intensa adicción [así se publicitan las apps: la adicción, pues engancha, como algo positivo]. En realidad, ya lo he dicho, no tiene mucha importancia, pues siempre ha sido así. Estudio la disposición de la sala, la longitud del pasillo, las anodinas vistas que ofrecen las ventanas. Me paro a pensar en Madame Bovary poder precisar la razón. No me gusta la protagonista, y eso contrasta con la anterior lectura: muy influenciada por Vargas Llosa. ¿He cambiado? Sin duda. He cambiado mucho y Madame Bovary no deja de ser un dato entre muchos. Me dejo ir y regreso a la inerte sensación de no lugar que reina en la clínica. Entro. Me toman la tensión, que la tengo un poco alta; comprueban mi audición, la vista y me preguntan por mi peso y mis hábitos alimenticios. Todo se apunta. Pienso en gráficas y en resultados que se pueden llevar a cuadros, diagramas, lecturas discursivas: la explicación de mis males. La noche pasada tuve una extraña pesadilla, me digo. Lo relaciono con la ingesta de sardinas en lata, quizá no tenga relación, pero es el único cambio que he hecho en mi alimentación. No puedo recordar el detalle de la peripecia, sin embargo la sensación permanece. Salgo a la calle y hace frío, hace frío para la época del año. Me encuentro con un conocido que me pregunta que hago a esas horas en la calle, por qué no estoy en mi trabajo. Le cuento lo del reconocimiento y asiente, le dio que tengo un poco alta la tensión. Cosas de la edad. Cierto es, pero no aporta nada el comentario. Todo está bien, todo está en orden. Desayuno en una panadería/cafetería: zumo de naranja, café largo y croissant. Leo el periódico con calma. Pago y me dirijo al parking donde guardo mi coche. Regreso al trabajo y pienso en todo el periplo del reconocimiento hay un rédito de irrealidad, todo lo visto es humo, pero, al momento, me doy cuenta que esto se extiende a cualquier acto de lo diario. De ahí el verbo esfumarse. Como el viento, como globos de ceniza, como el atardecer de cada día del año. No recuerdo nada ya.
+ Imagen: nubes, como imagen o emblema de un posible acuerdo.
sábado, 15 de junio de 2019
Fortuna mutabile
+ Por definición la Fortuna es mudable, cambio: en definitiva. Se percibe muy bien su naturaleza en la imagen que nos transmiten ciertas miniaturas medievales: la rueda de la Fortuna gira y hoy está arriba el rey y mañana se ve convertido en mendigo. Este girar no conoce descanso, pues se conecta con esa indiscutible sustancia de la vida: el cambio: reitero. Por otro lado, la Fortuna no solo hace que se precipiten reyes al abismo de la pobreza, también castiga a los soberbios con la consecución de sus deseos. Parece como si hubiese un juego de justicia poética en la culminación en este tránsito. El que deseó el dinero lo obtuvo, pero no para substraerse de su condición de esclavo, sino para ahondar más en ella; ansió la fama y la fama fue funesta; allí vio el amor y el amor era una ciénaga. Nada de lo que nos parece deseable es necesariamente bueno. Veo al artista que alcanza un puesto destacado, sobre ese zócalo de mármol desde donde muchos le pueden ver: es de una coherencia que asusta: el pelo libre y amplio, la mirada profunda y misteriosa, manos hermosas de pianista sin piano, sonrisa y barba pirata o romántica. La belleza también es arte, arte en las maneras y arte en los silencios y en las incomodas decepciones. Pero yo sé más que otros, me digo. En sus ojos se transparenta el haber alcanzado sin mérito esa altura. ¿Tiene importancia? Quién lo sabe. Ni siquiera estoy muy seguro de lo que escribo, pero me parece verosímil y sabemos que, en tantas ocasiones, lo verosímil rebasa a lo verdadero: sin ir más lejos, en el campo artístico.
+ Como una nube que ensombrece el paisaje, se cubre el día, el domingo: un atisbo de luz en un libro, pero no dura mucho. La tristeza. Hoy ha dejado de llover y el sol luce entre entre la nubes, no me preocupa: trato de leer y no me concentro. Me preocupa que los ruidos me perturben de esta manera. ¿Qué significado tiene buscar el silencio? Ayer escuché algo que me dejo pensativo: la buscada de sentido en la literatura o en el arte es algo relativamente reciente, que comienza en la Reforma y coagula en la Romanticismo. Es una buena vía: no pensar en que necesariamente debe haber un sentido. Tal vez busca un vacío medicinal, una cámara que no aísle de explicaciones y comentarios. Leo a Pierre Bourdieu y me acerco al final de Las reglas del arte (Génesis y estructura del campo literario); sé que una vez terminado el libro volveré a leerlo. Esto me anima y hace que la tristeza se disipe, pero también me lleve a pensar en mi doble condición: la del trabajador y la del dilectante, la del aficionado que en el silencio de su estudio se dedica a indagar en conocimientos herméticos que a ningún lugar conducen: y por lugar entiendo la acción. Todo se diluye en mi actividad de observar, de juzgar sin emitir un juicio, la anticipación de los desastres que no son comunicados, a pesar de mi tendencia al acierto. Me entristece mi falta de acción, me pregunto a la vez que me alejo más de lo práctico, lo social, lo paterno. La vocación de morir sin descendencia tiene un precio, pero no es un precio muy elevado en comparación con el abismo que he evitado.
+ Bach sirve de consuelo en el inicio de la tarde del domingo. Creo en su música porque su música es un fármaco: alivia el alma, construye puentes entre la desazón y su remedio, establece una pausa e invita al no pensamiento, a detenerse en esa abstracción tan comunicativa que resulta ser su música, su música: frágil, orgánica, plena de vida. Dejo que el silencio de la palabra respalde la ascensión.
+ Veo un documental sobre una película española, El cosmonauta. En principio el documental no me interesaba demasiado, pero dejé que avanzase y surgió súbitamente un chispazo. La historia narrada en el documental supera la historia de la película. La película, que está disponible en red, que no veré, parece no ser digna de mención: mal contada, pedante, de la que se salvan las imágenes, imágenes que no restan, pero que tampoco rescatan la deriva: la falta de la solidez narrativa. Recoge lo que las críticas dicen, con el valor que eso pueda tener. En fin, una proyecto fallido; poco más. Y la historia misma está en el proyecto que no llega, que se alarga, donde chocan egos y se multiplica el cansancio y la falta de capacidad. La empresa supera a los tres componentes de la productora: dos chicos y una chica, que comienzan su aventura con poco más de veinte años, todavía en la universidad, que finalizan en la mitad de la treintena. Las entrevistas, las secuencias, las declaraciones, todo apunta a ese mal ambiente, ese límite de la violencia. La verdad, hay momento desagradables, muy desagradables porque se adivina con facilidad lo que se esconde tras las manifestaciones. Sobre todos los que intervienen destaca director: entiendo cómo la empresa lo rebasa y cómo no termina de comprenderlo, debido a una idea sobre sí mismo muy por encima de la verdad de los hechos, de su incapacidad para dar una salida al proyecto. Con todo, la película se estrena en el cine Callao, en Madrid, una sala muy importante. Tras el estreno, el directo comete la torpeza de abroncar con muy malos modos a una persona que envió un currículum, lo pública en Facebook y el mundo se les echa encima. Eso termina por romper lo poco que permanecía unido. La guinda es el embargo de la película por no gestionar bien el papeleo de una subvención del Ministerio de Cultura; la película termina por no poder se exhibida. Un desastre. ¿A quién puedo ver? ¿A Faetón, al Carro del Sol, veo cómo Faetón cae y sus hermanas en álamos se transforman? Fortuna mutabile.
+ El gris toma la tarde, el cielo es gris y se ensombrecen los paseantes. Se anuncia una masa de aire polar. Todavía no es verano y primavera no parece. Se dibuja el objeto de hablar sobre el tiempo: no hablar de nada, o hablar de la nada. Nada menos original que hablar del tiempo metereológico, pero el clima es la paleta de colores, lo que da y quita razones al estado de ánimo. Me interesa en este momento cómo se transforma la calle y esa grisalla tiene un aire de apunte tan artístico como efímero. Sólo es una impresión producto de la lectura, que la lectura se resuelve en una suerte de narcótico. Me quedo en blanco y la calle es hervidero debido a la hora: las seis y media de la tarde, luego el alboroto comienza a decaer. Observar como observaba Baudelaire: la mirada de la modernidad, la poetización de la ciudad, el breve apunto y la elevación de lo cotidiano a sujeto estético. El gris de la tarde es un gris muy artístico, me digo mientras cierro la ventana y regreso a la tarea. La tarea es un otro territorio, un espacio sin dimensión, un algo paradójico y extraño, como yo soy extraño. Silencio.
+ [Epígrafe: Los vanos y poderosos, por defuera resplandecientes, y dentro pálidos y tristes]: «(…) ¿Qué tienes, si te tienen tus cuidados / ¿Qué puedes, si no puedes conocerte / ¿Qué mandas, si obedeces a tus pecados?» Copio el primer terceto de Quevedo, que queda muy bien definido en el epígrafe, que resulta ser de González de Salas. Me parece adecuado para estos días: la negociación de un nuevo gobierno y los gobiernos regionales y los ayuntamientos, una vibración que percibo en el ambiente, respuestas que atrapo en la redes dígito-sociales. Finalmente, el tema es la caducidad y cómo ésta condiciona toda acción humana, pero también la inacción. Descanso en su estela, comienza el día: hoy es miércoles.
+ De la estantería rescato tres libros de poesía: García Montero, Luis Alberto de Cuenca y Miguel Ángel Velasco. Me puedo imponer una tarea: ver la conexión de los tres poetas desde la elección de mi interés, tal vez no tan espontánea como quiero mostrar. En esta línea, ayer no abrí Madame Bovary, de cada libro leí dos o tres poemas y entonces entendí el porqué de mi interés. Se trata de lo cotidiano. Lo cotidiano como eje que ordena una cierta estética, una cierta ética. Lo cotidiano se refleja en cuestiones como la conducción, las calles plenas de gente un domingo y la heroínal el caballo en el bolsillos del poeta, del yo poético, los vuelos de vestidos y otros venenos. Desde hace tiempo construyo estas imágenes, pero desde un tiempo atrás, ¿siete años?, he comenzado a trazar una estructural, una idea vertebral que me acompaña en el día, lo ilumina como una hada con poderes ilimitados, como una droga sin consecuencias indeseables. Otro día comienza: el jueves, con la idea recibida ayer: la de lo que palpita ante nuestros ojos.
+ Imagen: busto de Pierre Michel Duplessy, ¿Quién fue el retratado? Sé que fue arquitecto y que erigió en Burdeos la iglesia de Notre Dame, nada más. Pero nada más quiero saber. El busto es otro emblema: el disparo casual, donde influye el inflamado fondo carmesí más que el retrato en sí: un bulto, que tiene, sin duda, su interés. ¿Por qué? Me parece un reflejo de la disolución de la memoria en el océano del tiempo, el olvido: el gobierno absoluto de la Fortuna. Fotos aleatorias en un mundo aleatorio, el siglo XXI .
sábado, 8 de junio de 2019
Transiit classificando
+ [Despedidas]. No sólo la muerte es la muerte. La vida cotidiana es plena de despedidas, tan definitivas como la muerte, pues la ruptura o segregación de elementos que componen lo cotidiano establecen fronteras que nunca más se abrirán. Inicio, medio y final, estas tres fases estructuran en silencio la vida. Todo lo que tiene un inicio tiene un final. La vida se desvanece en cada inhalación, pero no somos conscientes hasta que alguien se despide y sabemos que no volverá por nuestro centro de trabajo. Esa luz que se apaga definitivamente es más que una imagen de la muerte.
+ Somnium imago mortis.
+ Estudiamos a los que triunfan y seguimos sus trayectorias como si allí existiese una explicación: orígenes familiares, estudios, trayectoria laboral. Indagamos sin plantearnos que el azar es una razón determinante en el triunfo y en cuanto tomamos esa línea podemos llegar a un cierto cuestionamiento del propio triunfo, algo que resulta inconveniente porque necesario es mantener un punto de indiferencia y alejamiento; así es la postura del observador. ¿Por qué aquél y no este otro ocupa ese lugar en la redacción periodística, cuál es el secreto de la fulgurante carrera del arquitecto, la dedicada entrega del público al extravagante chef? Si se acude a las entrevistas que nos ofrece la prensa diaria y dominical, tanto escritas, radiofónicas o televisadas, se puede comprobar como ese triunfo se termina por cifrar en el trabajo, el trabajo sobre cualquier otra razón, el trabajo duro y bien hecho. Y sin negar esta evidencia, hay que saber que junto al trabajo también suma la suerte, lo que antes se conocía como Fortuna, esa diosa variable, caprichosa, ciega. Yo, en mi calidad de observador, admito ciertas salvedades, pero ese influjo de la diosa varia se extiende por todas las capas de la sociedad, estratos, disposiciones jerárquicas. Me alejo y dejo la reflexión porque la lectura reclama mi momento y, poco antes de continuar, me hago cargo de que mi posición, tan buena, tan poco esperada, responde a esos mismos resortes: lo sé, he triunfado porque tengo suerte, en este recóndito triunfo de amor, trabajo y academia, ¿qué más pedir? Silencio para la lectura, sólo silencio.
+ En mi particular cueva / madriguera: leo, observo y escribo. La radio desgrana algo de Bach, me detengo y sé que nunca llegaré hasta el centro de la música. La humanidad del compositor rebasa la composición misma.
+ Recuperación de un poema, que tiene casi diez años.
[
30.11.10
Date
Calendas
En un buen lugar para morir: una colonia de vacaciones en invierno.
Palmeras agitadas por el vendaval, labios
e infantes, la lluvia entre la hojarasca, los bañistas,
el retrato de Elvis en un escaparate, el sabor
del whisky y la cerveza, el café de la primera hora
del día, atracciones cerradas, son los coches
de choque, caballos de celofán, las gafas,
negro sobre negro, cadenas, oro
y funámbulos, insomnes y la muerte es un instante.
La respiración se debilita. Tintura oscura sobre la almohada,
desciende la mano. La última inspiración.
Invisible mano que ilumina el paisaje
cuando cada mañana surco
los senderos del valle
y se hace altura el humo espeso y humilde
y la violetas amanecen en otra edad:
ésta que hoy poseo.
1941/1966.
Cada instante se ha fosilizado en esta hora,
la sencilla estructura de los abrazos,
no se puede imitar. Las guitarras duermen,
sonámbulas, como herramientas sin engaste.
Elevada canción, el herraje cierto del estuche negro.
También, así, la última derrota, el último noctámbulo
que busca su cama: acero y agua en la mano abierta.
]
+ Transiit classificando [En Roland Barthes, L’anciane rhétorique (aide-mémoier); un epitafio para Quintiliano: con el que, en cierto sentido, me identifico).
+ He cambiado el horario y ahora me levanto a las 5:50. Es otro mundo, la realidad cambiante de las mañanas. Se transforma la visión. Un día todo tendrá otro sentido y casi no nos daremos cuenta. Todo se traduce a tránsito, a impermanencia. Pero, a pesar del paso del tiempo y el cambio, intento que algo permanezca: el principio rector. Ayer, en la última hora, leí una página de las Meditaciones de Marco Aurelio. Antes, otro poco de la segunda lectura de La televisión de Pierre Bourdieu. Esa realidad de la que hablo al inicio del párrafo encuentra un sentido en ambos textos, los comparo y trato de que confluyan en un punto; llega el sueño, descanso, suena el despertador y comienza la jornada. ¿Soy la misma persona que ayer?
+ Los edificios tienen ciertas semejanzas con la configuración de un pueblo, sus habitantes se asemejan a los vecinos de una aldea. Si lo digo esto es porque en nuestro edificio vive un borrachín y parece interpretar ese papel de borracho del pueblo: tan común, tan doloroso. Hace unos meses se murió su madre y fue triste: era una mujer muy delgada, desdentada, con una cola de caballo gris y lacia; siempre vestida de negro y con una voz nasal, pareciese que lloraba constantemente. Murió muy mayor ya, de una neumonía, murió repentinamente cuando casi tenía 88 años. Leí la esquela y recordé que yo la vi rogar al borrachín que dejara de beber de una vez, pero él continuaba, en otra ocasión le pedía que subiese a una ambulancia porque sangraba abundantemente por la nariz y era necesario que fuese a un centro de salud [eso decía el técnico de urgencias que esperaba pacientemente]: él se resistía y los del bar reían porque la escena era cómica aunque gracia no tenía ninguna. Ahora que ella murió, él parece desatado: liberado [aunque yo sólo veo una anulación para soportar el dolor]. Bebe, fuma, habla, habla mucho y nadie comprende lo que dice, algunos sonríen y otros le esquivan. A veces es invisible. Lo he visto desde la ventana: bajaba la cuesta con dificultad y saludó a alguien, que lo evitó; fue entonces cuando yo me dije: los edificios se asemejan a un pueblo (…) Una aldea de voces maldicientes, de hogares malditos, viejas enlutadas, jóvenes que, temprano, han perdido su juventud y ni siquiera se han dado cuenta; señoras sin corazón que todo lo cifran a su presuntuoso baile en sociedad: esas galas de la provincia donde las cortinas se reconvierten en trajes de noche. En este juego el borrachín cumple su función: hace que todos nos sintamos bien porque no somos como él, algo de lo que yo no estoy tan seguro. Lo veo de otra manera: en su huida todos nos parecemos a su caminar, a su finitud evidente. La señor que luce abrigo del pieles, rouge recamado, oro pulido en la esfera bancaria que ofrece su marido; el marido y su moreno de la moto, la playa y en viento en la terraza del casino; la hija que será madre, que formará un hogar, su soberbia colocación. Y así. Yo los veo, yo veo al borrachín y no sé quién me parece menos real, más atravesado por las ficciones cotidianas, esa falta de relevancia en la provincia. Sobreponerse a la tristeza, esa tarea diaria.
+ Imagen: Captura de pantalla de la película sobre M. Houellebecq: L'enlèvement de Michel Houellebecq (2014). La frase tiene su importancia: Basta hablar con quién ha vivido las cosas. Me quedo pensativo, y después de mucho dudar, elijo esta imagen arrancada de la pantalla donde se reproduce la película citada. ¿Hay transformación en mi disparo? Sí, porque he elegido el fotograma, el momento y, ahora, la recorto, la moldeo con el sencillo programa de edición y termino por cologarla aquí. La realidad en sus facetas es otra realidad, la que acogemos cuando hablamos con otras de personas de otras cosas: la vida en sí. Vale. [El uso del programa de retoque digital le otorga a la captura un aliento pictórico del que carecía en un primer momento: ahí reside la intención].
sábado, 1 de junio de 2019
Distancia (-s)
+ [El cuestionamiento de la identidad: una tarea]. La afirmación entre corchetes es un apunte una entrada anterior de este mismo blog: creo que el apunte debe extenderse, ampliarse, amplificarse ya que, al transcribirla, pienso en qué es poseer una identidad, pienso en si la identidad es estática o dinámica, lo que dirige la mirada hacia mi propia identidad y cómo ésta se ha generado, destruido y reconstruido, cómo ha girado, cómo se ha limitado o expandido, emboscado o impuesto. En definitiva: no, no es estable, y creo que esta su principal caracterísitica. En primer lugar, me digo: Nadie se baña dos veces en el mismo río y, a renglón seguido: El carácter es el destino: son dos afirmaciones de Heráclito de Éfeso, Heráclito El Oscuro. Ambas afirmaciones las tengo siempre muy presentes, y para el caso que me ocupa me parecen punto más que oportunas, pues lo puedo traducir en el que la identidad no es estable, pero, al mismo tiempo, hay un principio rector que gobierna su curso desde el inicio hasta el final, un principio rector al que no es posible contradecir pues se define y compone con la trayectoria y sus calas, simas y culminaciones, que solo se obtiene su fórmula cuando la vida ha terminado. Y me digo, arropado por los sonidos que desde la calle llegan, ¿quién soy? Veo, así, mi reflejo en mis inseguridades, en la intranquilidad, en el nerviosismo contenido, pero, también, su otra cara me conforma: voluntad, nobleza, fuerza; oscilo entre estos puntos y hay un algo que se va depurando y tiene más que ver con el mencionado principio rector [con un arranque en Marco Aurelio] que con una noción de identidad conectada con lo plural, lo colectivo social y lingüístico. La identidad me pone en prevención, siempre. La invocación a la nación, al pueblo, a la tradición. La reducción sociológica del individuo a elemento de una clase es válida, pero no lo explica todo. Quizá existan zonas de sombra que se resisten a ser capturadas, quizá es en esas zonas de sombra donde el yo que me interese habite: para lo bueno y para lo malo.
+ Sigo con la lectura de P. Bourdieu. Poner en cuestión nuestras certezas es otra tarea, que unas veces cuaja y otras no, pero siempre resulta ser estimulante para el trabajo diario, el trabajo del investigador en formación, que soy yo.
+ Dejo que suene en reproducción continua un archivo de sonido de unos cinco minutos. Son olas que mueren en una playa. Hoy es domingo y hace sol, yo estoy recluido en mi madriguera, rodeado de libros y entregado a la lectura. Todo el domingo se consagra a la lectura, hasta las ocho de la tarde, cuando C. y yo damos un paseo. El paseo descomprime la saturación adquirida con la lectura. Hablamos mientras bebemos una cerveza helada, el viento es suave y no hace frío. Observar la vida, comentarla sin mucha pasión, decidir entre patatas fritas o aceitunas. Se ve una cometa a lo lejos y parece un signo de ventura, un ciclista, los niños que gritan, fumadores que, en silencio, escrutan el paisaje. Las semanas se deslizan en un fluir inquietante, el tiempo es nuestra materia. Ahora, escucho ese oleaje enlatado, continuo la lectura y me pregunto qué sentido tiene esta construcción. No importa, cuando lleguen las ocho de la tarde se habrá desvanecido. Hoy es día de votación.
+ Voté muy temprano, el sobre azul y el sobre blanco. Ya está me dije, esta es mi contribución a la vida pública. Qué poca cosa. Bueno, también pago impuestos y en mi trabajo la impronta política siempre está presente: el talante, el diálogo, la escucha atenta. En este sentido, una vez me preguntaron si era muy severo en la aplicación de mis obligaciones y, espontáneamente, respondí: sólo trato de ser justo. ¿Es esa mi contribución, el trabajo bien hecho y la permanencia de lo conveniente sobre la conveniencia? Tengo mis limitaciones, pero creo cumplir con un incierto cometido que me he marcado. Voté y voté sin convencimiento, con desencanto, lejos de cualquier atisbo de identidad, voté por lo que parece conveniente y me alejé del colegio electoral: desencantado, sumido en la imposibilidad, en la evidente falta de acción en mi vida.
+ Insisto: soy un observador; no es una pesadilla, no es el paraíso de la satisfacción, es una distancia construida.
+ Mientras recorro la red en busca de la nada, me encuentro con un croquis autógrafo de Flaubert. Hay en uno de los márgenes una cuenta. Es una multiplicación y no está bien hecha: multiplica 365 por 16 y su resultado es 5800, cuando debe ser 5840. Compruebo otra vez la operación y el error es palmario. ¿Tiene algún tipo de significado? ¿es en sí el error un elemento paratextual? ¿cuáles son los referentes de las cantidades: 365 días y 16 horas diarias (de trabajo)? Las incógnitas que se plantean son inspiradoras. Veo la materia del artículo semanal en el suplemento del domingo. Irrelevante. Me gusta imaginar esas vidas que están obligadas a la entrega: cada semana un artículo con un cierto acento intemporal aunque con su anclaje en lo diario, ese equilibrio, ligero y profundo, lírico y contundente, político y costumbrista, y, sobre todo, la tendencia al monólogo televisivo: el chiste. He terminado, hace un momento, el libro de P. Bourdieu La televisión.
+ Durante unos días me alejé de Madame Bovary: ayer a la noche regresé, sólo leí un capítulo. Suficiente. El placer es el evidente fluir de la narración, de la prosa. En cuanto termine con la muy buena traducción de Germán Palacios en Cátedra, comenzaré con la novela en francés, porque creo que resulta un texto intraducible: así se trasluce sobre lo leído a cerca del trabajo de Flaubert: vocear la prosa, buscar su música, rectificar hasta encontrar la exactitud. La novela total, un punto sobre el que reflexionar con detenimiento.
+ Ayer noche, otro capítulo de M.B. Cuando Rodolfo aparece me doy cuenta de que los personajes son estereotipados, pero lejos de ser un defecto contribuye a esa totalidad literaria que el libro establece, esa voluntad de estilo realzada por la distancia del cínico narrador. Haber recuperado esta lectura ha sido punto más que un acierto. Ver el pasado a través de las ideas literarias que tuvimos en su momento y ver el presente mediante las nuevas ideas y las que se han mantenido resulta un privilegio que no se compra con dinero. Como si se apuntase una determinación: la narración inunda la totalidad, es un prisma móvil, que explica sin llegar a comprometer su naturaleza artística. Las explicaciones están en la orilla del lector, el autor expone y el texto muestra su independencia.
+ Pensar en las carencias personales y establecer una distancia se afirma como una tarea diaria. Demasiada observación, demasiada distancia.
+ «… ventura - y no razón- vence porfía, / sólo ventura no es merecimiento.», en el segundo cuarteto del poema 272 en Poesía del Conde de Villamediana, ed. de Rozas.
+ Imagen: a través de una oquedad en el escaparate, donde se muestra una zapatilla tan vintage, tan actual, vemos a una pareja que parece valorar la compra de una camisa o una cazadora, quizá otra prenda. ¿La distancia? El observador, el voyeur, el que anota sin tener contacto.
sábado, 25 de mayo de 2019
El yo elegido, el yo construido
+ Veo, en línea, varios documentales sobre la pintura de Luis Gordillo. La calidad resulta evidente, incluso en la pequeña pantalla del ordenador. Ahora recuerdo todos los cuadros suyo que vi a lo largo del tiempo. Recuerdo la exposición que C. y yo vimos en Santiago D.C., que le recomendamos a E. y no sabemos si ella fue a verla. Para mí resulta muy evidente la capacidad pictórica de Gordillo, entiendo sus evoluciones, entiendo una coherencia que va más allá de lo meramente discursivo y una pintura que no precisa palabras. Me reconfortan sus cuadros. Pienso en que cuando vuelva a Madrid iré al Reina Sofía a ver la sala que a él está dedicada. Necesito esas transfusiones: para integrarlas en lo diario, para ver por ver, para cambiar los puntos de vista, para sentir la superficie de los días, las tardes, las noches y el aroma del café en la primera hora, antes de ir al trabajo. Otro trabajo: levantar el ánimo, en ello colabora L.G.
+ Me pregunto: qué es lo que resulta adecuado en este momento, qué es lo que se debe pensar y manifestar. Cuestiones de gusto y cuestiones de distinción. Ahora la respuesta no deja de estar condicionada por todo lo leído y lo por leer en Pierre Bourdieu. Guardo silencio. Me oculto: es mi discreto personaje, que no tiene ningún tipo de relevancia: con deliberada intención, el disfraz de la nada es un refugio estratégico. Soy un observador, y como tal tomo nota y extiendo mi impresión sobre una cartografía no estática. Una carencia buscada, me digo, porque la elección nos define. Saber que es algo que se ha elegido no me redime, pero la redención no es una meta, en mi caso. No soporto la consigna: debes salir de tu zona de confort: ¿por qué no puedo permanecer donde he encontrado la comodidad, que tanto trabajo ha supuesto? Escucho a Luis Gordillo y disiento: dice que la pintura es para mostrar y no para compartirla con tu esposa. Yo soy partidario de los pequeñísimos círculos: así sucede con este blog, que me niego a publicitar por medios que resultarían absolutamente rentables. Pero no. Yo me ciño en mi investigación, la lectura y esta suerte de diario. Navego por la red y siento que no me pierdo nada. El ejercicio se cierra sobre sí mismo: no hay más fin que su culminación feliz.
+ Ella dice que es a-social: me identifico por un momento, pero me doy cuenta que el adjetivo funciona de diferente manera en cada caso. Yo no soy a-social como ella es a-social. Hay zonas de sobra que el lenguaje no llega a recubrir, a iluminar. No son horas de hacer recuento.
+ [Una casa en Panxón]. A veces, generalmente un sábado y en invierno, otoño o primavera, nunca verano, decidimos ir a pasear a Paxón. Hay algo que nos gusta, que apreciamos: la forma de la ensenada y la vista de Baiona, la disposición del pueblo, y el paseo en sí, las casas bajas, ordenadas, diversas. Resulta agradable tomar una cerveza y unos calamares en alguna de las terrazas, abiertas o cerradas, según el estado del tiempo; ver cómo la gente pasea o las evoluciones de los perros, observar a los ciclistas y sus ocupaciones. Siempre, en primer lugar, damos un paseo hasta el final de la playa, allí nos entramos con una casa que a los dos nos gusta mucho. Es sencilla y se aparta de la tónica general. Nos gustan sus volúmenes y su apertura sobre el paisaje; tiene un estar discreto y contenido. El sábado estuvimos allí y volvimos a verla, C. se fijó con mayor detalle y me mostró el estado de dejadez: la cuarteada pintura de las maderas en las ventanas y paneles, el hundimiento de un paseo de piedra y baldosa, los aleros agrietados. ¿Qué razón había tras tal descuido? ¿Un embargo, una herencia complicada, una ruina, en definitiva? El chalet, como ya dije, tiene un estilo que contrasta con el resto de piezas, pero no es una evidencia: hay que tener una conexión con un algo que no deseo nombrar. Lo sé, todo lo que se puede decir sobre el gusto resulta estar condicionado por nuestra posición en el tablero de juego: el buen gusto es la decantación de una red de distinciones de una cierta clase privilegiada, y no deja de ser, al mismo tiempo, una red de exclusiones. No se puede negar, pero cuando nos encontramos con una casa como el chalet de Paxón entiendo que hay otros elementos que también suman en el juego y, al mismo tiempo, establecen características que van más allá de lo sociológico, de la cuadrícula sociológica. Ahora, mientras escribo, vuelvo a pensar en los volúmenes, en la apertura sobre la ensenada, el paseo. Días de verano que se emboscan tras esas paredes, historias que nunca conoceremos, la condición que tiene el inicio de la ruina: un ejemplo con la lírica propia de los días fríos de primavera, una leve lluvia.
+ Continúa la lectura de Madame Bovary. La lectura de M.B. se ve complementada por Everyday Life (Theories and Practices from Surrealism to the Present) de Michael Sherigham. ¿Por qué se complementan? La vida cotidiana es un territorio inabarcable, importante e interesante en un sentido tanto académico como recreativo. M.B. entra dentro de ese orden de cosas: el detalle, los modos, las costumbres [Falubert define M.B. como una novela de costumbres: un roman de mœurs]. Recuerdo una primera lectura de M.B. y recuerdo como todo aquel mundo que se elevaba ante mí resultaba a la par fascinante e iluminador, iluminador porque se podía trasladar a la supuesta planicie de lo diario la fluida sucesión de las escenas, los cuadros; y también resultaba ser un modelo de escritura que siempre he tenido muy presente: la estructura. Y la estructura es a lo que resiste lo cotidiano, a dar una idea arquitectónica de su naturaleza. Tal vez se trate de que básicamente lo cotidiano es un cruce de fuerzas dinámicas, que en su virtualidad no resulta posible nombrarlas. Imposible y peligrosa, la vida cotidiana.
+ Tengo la ventana abierta: la música de un piano que no identifico se mezcla con los sonidos de la calle: tráfico tranquilo, un golpear sobre metal, voces de mujeres, de niños, un ladrido. La vida en su cocción. No es bueno pensar demasiado, preguntarse por los resortes que consiguen que el día a día avance. Presiento la lluvia. Me asomo a la ventana y veo las nubes, en la calle un hombre con paraguas; consulto el tiempo en el ordenador y me dice que no lloverá, que mañana suben las temperaturas. Lo sé: hablo de nada, nada concreto, pero estoy sumido en una extraña actividad que se ciñe a la lectura y a la contemplación. Observo y anoto, pero no participo; a veces me preocupa, otras me resulta indiferente. La calle mantiene el ritmo y el piano termina por imponerse, me percato de que se trata de Chopin. Está bien. Un niño grita y su madre le riñe, un timbre, una música de trap que se desliza por las costuras del final del día, se impone, desaparece y el piano deshoja acordes: es la certificación del final del día. Cierro el ordenador.
+ Trato de ver un hilo de coherencia entre las anotaciones de esta entrada. Gordillo; mi inseguridad y, al mismo tiempo, esa voluntad que he construido a lo largo de los años; lo social, lo a-social; la casa que nos hace pensar ya no tanto en sus habitantes como en el destino de todas la obras humanas; Madame Bovary y la vida cotidiana. la vida cotidiana y el trabajo diario. Podría parecer desordenado y sin sentido, y en cierta forma así es, pero yo sé que el hilo que le da sentido engarza las cuentas de este collar soy yo: cada párrafo escrito es un punto más en mi indefinición: me reconozco en lo que escribo, soy el yo que he elegido y construyo.
+ [El cuestionamiento de la identidad: una tarea].
+ Imagen: como tantas veces, en busca de lo abstracto como acento de lo cotidiano: escaparate de una peluquería en Madrid, en el inicio de la calle Princesa.
sábado, 18 de mayo de 2019
Los flecos de la niebla
+ Un viernes fui al dentista, el sábado siguiente a la peluquería. Esperas, sillones y lectura: la lectura de La orgía perpetua me entretiene mientras espero. El ambiente cobra densidad, un espesor inesperado que tiene que ver con la fuerza de la vida cotidiana. Tiendo a la improvisación, lo sé. El contraste del orden que impone la novela de G. Flaubert subraya la indefinición y amplitud de lo cotidiano. Observo los elementos de la escena en el dentista y en la peluquería: instrumental, atuendo, mobiliario. El fin último es el cuidado de los cuerpos, su perfección, una simulación de perfección. El peluquero y sus ayudantes se mueven con determinación, pero, al mismo tiempo, serenos. La música que suena no me gusta, pero el ronroneo de los secadores y otros instrumentos otorga ese punto de ruido blanco que arropa la lectura. Me centro y avanzo en el libro. Cómo me interesa, cómo eleva las razones la prosa de Vargas Llosa. ¿Es un arte la crítica? Lo pensaré, aunque la dirección está marcada: sí, es un arte, al menos en este caso. Me detengo para recomponer la lectura y para comparar lo leído con los capítulos que he devorado de la propia Madame Bovary. La disposición del libro es el tema, uno de los temas; esa perfección arquitectónica, donde los pesos están repartidos con una maestría que no recordaba [los recuerdos de la novela se deslizaban a experiencias personales de la época, pero no al libro en sí]. Es mi turno. Poco tiempo le lleva al peluquero hacer su trabajo. Termina, pago y salgo a la calle. Han pasado casi dos horas. La calle se ve iluminada con una cierta violencia, hace calor y ya son las once, casi las once. Me acompaña esa idea de orden estructural.
+ Se impone una necesidad de orden o, mejor, de estructura. Los libros ayudan, pero es el silencio el que cimenta. Ideas que flotan: lo diario, la novela como vía de conocimiento, mi investigación. He alcanzado un equilibrio y debo ordenar mis ideas para alcanzar un sentido [un sentido que ya tiene, lo sé, pero debe cuajar, alcanzar ese estado sólido y permanente]. Comienza la semana: una reiteración circular. Lo cotidiano es algo más que la repetición, hay una idea de orden y de estructura que necesita ser desvelada. Continuo con la lectura, esa suplantación de la vida, un veneno, una droga. Vana y peligrosa.
+ Estoy cansado, aburrido (?) y busco vídeos en el reproductor en línea. Hoy, en el coche, escuché la canción de R.E.M. Un hombre en la Luna. y ahora veo algunos vídeos de Andy Kaufman, que no acabo de entender, vídeos que he terminado por buscar a raíz de la canción, de su letra: tampoco la entiendo y esto me agrada: suspender el entendimiento y aceptar inciertos límites. El salto es grande, pero intuyo cierto punto paradójico, lejano, arrítmico. Vuelvo a escuchar la canción y me pregunto en qué creemos, qué cosas queremos creer, qué mentiras deseamos que nos cuenten. Otro vídeo más. Son las diez de la noche y estoy cansado, el sueño no me vence. Andy Kaufman tiene algo, lo sé, pero no soy capaz de concretarlo y creo que ahí puede estar su gracia. Repito la palabra gracia y le busco una correspondencia, pero tampoco la encuentro. Creo que es el cansancio, las posibilidades que se plantean y no se resuelven. He leído noticias que no me interesaban, busqué en las redes sociales ideas que no encontré y el día termina casi como comenzó: en la oscuridad, en el ámbito del sueño vacío. Dejo la dispersa colección de imágenes: soñé con castillos y luchas sangrientas, soñé con laberintos, soñé con ciudades normandas que no existen. Todo ello me causó desasosiego, me desperté cuarenta minutos antes de que la alarma del reloj sonase, y ya no concilié el sueño. Me pasa factura, lo sé: nerviosismo y falta de seguridad. Ahora se termina el lunes y antes de apagar el ordenador veo otro vídeo, otro vídeo protagonizado por Andy Kaufman: asiste a un concurso donde una rubia muy guapa (o eso es lo que se quiere mostrar) debe escoger un hombre entre tres solteros; Andy es paradójico y absurdo, irregular en su atuendo y sus gestos subrayan la ausencia que el personaje sufre: está fuera de lugar y esa es su condición, esa frontera entre lo que produce risa e inquietud. No entiende porqué no es él el escogido: yo tampoco. Hay un reflejo que me molesta: la realidad de las cosas prescindibles, las imágenes en el espejo no se digieren fácilmente. Me digo que es hora ya, hora de dormir. Apago el ordenador, apago la luz, como un gatito que se va a la cama sin mayor preocupación que cerrar sus párpados, como una mariposa agotada por el vuelo prolongado a lo largo del día.
+ Antes de dormir, una dosis de Madame Bovary.
+ Según avanza la lectura de M. B. me reafirmo en mi idea de que el tema es la novela en sí, la perfección estructural. El reparto de pesos y contrapesos, el equilibrio y la simetría. La trama resulta necesaria, pero no es lo nuclear. El narrador busca una suerte de demostración narrativa, que se tiñe de un fino cinismo: razones cuasi científicas que llevan a entender que cada paso en el desarrollo es necesario y no podría ser de otra manera. Hoy, en Jauss, leo algo sobre Fanny de Feydeau (la novela que en el momento alcanzó un gran éxito de público) y M. B.; la primera nadie la recuerda, la segunda cambió la idea de novela y, sobre todo, se continúa leyendo, se actualiza en este preciso momento: un hilo de lecturas que constituye una razón de ser, una idea, la idea de la estructura, el movimiento y la música del idioma. En ello descanso, en esta hora del día. El cínico narrador que despliega su arte de la medida, que se acerca más al compositor de sinfonías que a cualquier otro creador. Una simulación de la vida cotidiana que supera la propia vida, la anécdota que se ve engrandecida. Esta noche, otra dosis más.
+ La vida cotidiana se ve trastornada por un suicidio [v. gr. Emma B.], la vida cotidiana es algo más que horarios que cumplir, comidas, trabajo y ocio. La vida cotidiana es un vasto territorio donde los pliegues no siempre son evidentes, pero ahí están; una respiración dificultosa tras la fluida repetición de los días, fantasmas y terrores nocturnos. Cuánto ignoramos. Sucede un hecho violento y se despiertan los demonios dormidos. Así, esta semana se tiró un hombre desde el Puente de Rande: dejo constancia.
+ Antes de dormir acudo al libro sobre la hermenéutica del sujeto que compré en Burdeos, es una recopilación de las clases que impartió en el Colegio de Francia Michel Foucault durante el curso 1981-82. El cuidado de sí y las tecnologías del yo. Por la mañana conduzco y hago un exhaustivo e implacable examen de conciencia. Decía Nietzsche que el remordimiento es como un perro mordiendo una piedra: no sirve para nada; no sé si la cita es apócrifa pero ahora me sirve. Me detengo un momento y la carretera tiene su novela, una extensa e inasible novela. Continúo. Los cuidados de sí, el yo como tema, la vida cotidiana. Hay un extraño placer masoquista en ajustar cuentas con el que fuimos; suena algo de Jean-Philippe Rameau, pero no consigue que me separe de los acentos del pasado. Me repito la frase de Nietzsche y sonrío. Por fin logro poner en blanco mi mente, sólo la música: un imitador de Jimmy Hendrix; me gusta y me aleja del pasado, me centra en presente. Llego a casa, como, duermo la siesta, limpio la cocina y leo sobre un político que tiene mi misma edad y siento una punzada que proviene del sueño, que, quizá, se trata de una pesadilla: ¿por qué no estoy yo ahí, me digo? ¿porque no he querido, añado, o porque no he podido? ¿me siento un poco Emma Bovary, termino? Por fin regreso a la vigilia y olvido esa desagradable rememoración de la pesadilla. Ya está. Enciendo el ordenador, busco en el reproductor de vídeo en línea y, ay, encuentro una lectura en viva voz de la novela que me ocupa, M.B., que dura más de seis horas, quizá ocho. Mi tendencia a lo raro. Recuerdo a Andy Kaufman y veo que la depresión es el mal de nuestro tiempo, pero llamar a nuestro mal insatisfacción resulta más preciso.
+ Grafitti lésbico: «Raras somos todas»
+ Las últimas horas de estudio: suena en Radio Venecia El Concierto de Aranjuez, interpretado por Narciso Yepes. Su inicio siempre me levanta el ánimo. Una ayuda. Siempre me lleva a pensar en Castilla, en viajes en autobús, viajes que hice yo solo en coche con la música débil en el pobre reproductor de CD’s, la amplitud del horizonte y un sosegado silencio o el murmullo de conversaciones, zumbidos o un motor lejano y amortiguado por certeros asilamientos. Ahora la guitarra penetra entre evocaciones y olvidos intencionados. Queda ahí la cita, el sonido de la guitarra arropado por la orquesta. Miércoles, ocho y diez de la tarde.
+ Imagen: elijo tres fotos que fueron tomadas en museos de arte contemporáneo [Mncars, Cacg, Serralves]. Me interesan las personas y este interés conecta con ese punto depresivo que ha gobernado la semana, aunque más que depresivo resulta ser un spleen, una desaconsejada forma de ver: pero las personas están ahí, con la ilusión de capturar algo que resulta imposible atrapar por su propia y evanescente naturaleza. Todo momento de lectura, audición o contemplación tienden a la caducidad: nunca te bañarás en el mismo río, nunca volverás a leer el mismo libro: la lectura de M.B. lo atestigua, las fotos que hoy traigo aquí también dan cuenta de esta caducidad. No me sorprendo, no me dejo arrastrar por el ennui. [Basta ya de extranjerismos (!); soy un snob].
sábado, 11 de mayo de 2019
Hacia «El país de Emma Bovary», notas para una propuesta
+ Después mucho tiempo vuelvo a saber de Pete Doherty. Una entrevista en el Chanel 4 News. Ha cumplido 40 años, le preguntan por sus amigos muertos a causa de las sobredosis y se emociona. Un retorno al pasado, un retorno a las ensoñaciones de los venenos y los licores. Hoy el día es limpio pero la semana que viene se anuncia con lluvias. Esa melancolía que se alimenta con canciones y poemas, cuadros y fotografías. Pete ya es mayor, su pelo ha encanecido y las arrugas entregan a su rostro una personalidad extraña y plena de malditismo; insiste en su atuendo: los sombreros de ala ancha, las corbatas, los pantalones tan años cincuenta del siglo pasado: amplios, rayas y tirantes. Insisite en su imagen del mundo, la ropa traduce un fraseo sincopado y hermético. En el reproductor en línea, debo poner los subtítulos, no soy capaz de entender sus declaraciones, pero no tiene importancia, prefiero su voz y casi no entender nada, salvo algún apunte, un acento, una insinuante interjección. La última canción: sus canciones son buenas en un sentido que pertenece a una desafiante y snob adolescencia, que yo entreví en nuestras fugaces visitas a Londres. High Gate, parques y callejones. Ropa de segunda mano, librerías y tiendas de guitarras de segunda mano: carísimas, hermosas, imposibles. Pete representa el triunfo de un estilo que ya no es otra cosa que recuerdo, pero esa consolidación pertenece a un estadio superior. Pete es el artista adolescente que nunca abandona su naufragado barco, a pesar del oculto encantamiento del dinero. La heroína y el crimen se leen en su rostro.
+ El País de Emma Bovary se conecta con la adolescencia o con una prolongación de adolescencia, donde se cita el descubrimiento de Flaubert y el deslumbramiento que me produjo Madame Bovary, el mundo que se elevaba ante mí: mi yo, mi yo-lector. Ahora que se aproxima nuestro viaje a Normandía cobra sentido su recuerdo, se hace necesaria una lectura desde la óptica del paso del tiempo, porque la lectura de Mme. Bovary es un examen de conciencia, la conciencia o la consciencia del lector que fui y que soy, del tránsito de un punto a otro.
+ En la entrada anterior las imágenes que ilustraban el texto las dispararé en Burdeos, pero casi no resulta posible reconocer la ciudad, si excluimos la figura ,que pertenece al grupo escultórico que se ubica en los Quinconces; a los pies de los caballos: la ignorancia, la mentira y el vicio. Yo retraté la mentira; con una máscara en la mano, la mentira encuentra su emblema. La mentira está presta a utilizar la máscara, a emboscarse, mientras huye, ya que es la República quien la expulsa, junto a sus dos hermanos. Pienso en la mentira y en Emma Bovary, en ese trasunto que resulta de la lectura de novelas y programar la vida como si una novela fuese. ¿Qué une a la mentira y al deseo de transformar la muelle existencia en el discurrir armonioso de una ficción perfecta en su desarrollo estructural? Con frecuencia sucede, la ficción infecta con su veneno la vida de algunas personas, que conduce a la confusión entre vida y literatura (¿se puede recordar aquí a Don Quijote, que se hermana en esta confusión con Emma?). La lectura, en demasiadas ocasiones, es un vicio disfrazado de virtud, que inocula deseos, ambiciones y una visión que no es admisible en la vida ordinaria, en lo cotidiano; y no por una ausencia de aventuras, sino por la falta de sentido y estructura que la vida tiene: ¿donde está el principio, el medio y el final de cualquier asunto humano, ya que siempre nos encontramos in media res? Veo las fotos anteriores y me digo que son la sugerencia de un relato, para una novela: la noche; el banco solitario, la papelera, el muro al que ataca el verdín, el árbol desnudo, el pavimento con trazos de vegetación salvaje y la farola: también su soledad; finalmente, la mentira o el emblema de la mentira: la máscara. Por fin, ya cuando se aproximan las ocho de la tarde de este sábado, concluyo que la decisión de ir a Normandía es una decisión totalmente literaria, y su incremento está condicionado por la literatura. C. y yo hemos hecho un pacto: los dos leeremos Madame Bovary antes del viaje, para que éste se vea totalmente condicionado por su lectura. Ay, cuántas e inagotables son las posibilidades de la lectura.
+ Después del último punto, me levanto y, sin saber muy bien el porqué, me dirijo a una estantería y comienzo a revolver, a apartar libros. Bajo cuatro pesados tomos, encuentro las Cartas a Louise Colet, de Flaubert en la antigua edición de Siruela. La tarde del sábado se llena de posibilidades. Cierro el ordenador y apago la luz; es hora de dar un paseo, alguna cerveza y darse a la observación de los ciudadanos y sus ocupaciones, sin transición.
+ [Un sueño, en el paso del domingo al lunes]: No sé con quién, pero hacemos una visita a un arquitecto que termina por enseñarme su trabajo. Me dice, y asiento, que le gustan las casa pequeñas. Hablamos de casas modulares, jardines y la importancia de los libros en la decoración. Cae estruendosamente un árbol y dos personas se hunden en una zona de arenas movedizas: yo las rescato. No buscaré una explicación, pero me sorprende cómo se solapan una escenas con otras, me sorprende la conversación sobre las pequeñas casas [que realmente me interesan, cómo me interesan las pequeñas casas y las viviendas modulares]. Comienza otra semana.
+ He recuperado La orgía perpetua de Vargas Llosa, su ensayo sobre Madame Bovary. La preparación de un viaje es algo más que comprar billetes de avión y alquilar habitaciones, mucho más que planificar los desplazamientos y consultar las tarifas de alquiler de los rent-a-car. Si no hay un acento literario, el viaje no merece la pena; como lector, sé que se debe construir, elevar, asentar los cimientos, unir deseos y propuestas sin mucha esperanza: el milagro se produce. En cada movimiento de lo diario planea el veneno de la literatura: actividad banal y peligrosa, como alguien dijo en algún momento en una radio que ya no recuerdo. Flaubert toma cuerpo, Flaubert es un destino inexcusable.
+ A veces las ciudades tan son sólo nombres, nombres que iluminan o ensombrecen un pié de foto, nombres que nos hacen soñar aunque no tengan una correspondencia clara con una cierta realidad, nombres de ciudades: París, Berlín, Londres, Roma, Nueva York (…) Y así. Como emblemas o invocaciones de un estilo y una misión estética, pero sin anclaje en lo posible. Buen material para postmodernos poemas, entrañables invocaciones del sueño en las noches tan frías de la provincia. No puedo dejar de pensar en el refugio de Flaubert en las afueras de Rouen. Una cápsula para la escritura. Un deseo. Las ciudades se difuminan en el horizonte que plantea la lectura, vemos sus nombres bajo la fotografía de la escritora en el hotel: Berlín. Evito hacer comparaciones.
+ Imagen: Los extraños e impersonales espacios de los aeropuertos, lo extraño en sí, el no lugar que se constituye en otredad opuesta a la idententidad: el viaje como suspensión de la persona. Sin atributos, esperamos el embarque.
sábado, 4 de mayo de 2019
Burdeos
+ [Incipit]. Programo con cuidado cada viaje que C. y yo hacemos. Meses atrás elijo un vuelo barato y barajo las posibilidades de un alojamiento, también barato. No es un proceso pautado, sino que obedece a una suma de acciones que no tienen otro objeto que el viaje pueda cuajar. Y cuaja, vaya si cuaja. Un día encuentro un vuelo y, poco a poco, sumo piezas: un coche alquilado, una habitación, un concierto, la casa de un escritor, un museo, un mercado, las cocheras de una estación con su particular y recóndita novela. Tantas cosas, tantas. Quizá exista una técnica bajo esa sucesión de momentos y elecciones, pero yo no la he expresado ni tal cosa deseo y esta es la primera vez que hablo/escribo sobre el asunto. Sé que en toda acción hay un rédito político, pero tampoco me he planteado su naturaleza en este hacer viajes (o si se prefiere turismo, que tiene mayor precisión), que se engarza en los problemas del momento con otros sentido: la ecología, la disolución de los sujetos, la precarización. En ello pienso mientras escribo esto. Sé quiénes son mis iguales, y trato de elevarlos. El viaje pone de relieve unas realidades que están ocultas al turismo (y al mismo tiempo no abjuro del turismo, como ya he dicho). Una autopista, un aeropuerto, el avión. Llegamos a otro país y nos desplazamos en el transporte público; surge el hiato entre nuestra percepción y los usuarios cotidianos de los autobuses o de los trenes. Caminamos por la ciudad y comenzamos a observar lo sorprendente y lo distinto: para nosotros. La idea de una ciudad que antecede al viaje condiciona las primeras horas de la estancia, pero más tarde se desvanece y resulta complicado recuperar esa primera y falsa impresión producida por ensoñaciones, lecturas e imágenes. Aunque no responden demasiado bien a demasiados interrogantes, me gusta conservar su ingenua sorpresa porque atesoran una respuesta a una pregunta todavía no planteada, una pregunta sobre la naturaleza de nuestras ilusiones y decepciones. Ahora pienso mientras preparo otro viaje cómo se produce el paso de la preparación a la realización, al recuerdo de la realición: Burdeos en el pasado.
+ Goya murió en Burdeos y cuando se quiso trasladar su cadáver, la cabeza faltaba. Este hecho se convierte en una idea que flota en mi imaginario constantemente. Un vapor dorado parece ascender del río, de un color áspero, de tierra y sedimentos. Hablamos sobre ello, pero sin reparar en la cuestión. ¿Qué cuadros pintó en Burdeos Goya? Recordamos La lechera de Burdeos, que se encuentra en El Prado. Descargué el cuadro desde la página propio museo. Lo observo y observo el cielo que se refleja en el cuadro, mayormente una abstracción informalista. El romanticismo ya ha nacido y en el cuadro de Goya se prefigura con maestría. Otro punot: la prosperidad de Burdeos está relacionada con el tráfico de esclavos negros hacia el Caribe. Las contradicciones son palpables. En otro momento, vemos a los chalecos amarillos. Algo que matiza el pasado, porque el pasado no es un hecho fijo, sino que cobra o pierde sentido en relación con los movimientos del presente (que siempre termina por ser pasado). Paseos al borde del río Garona que nos llevan a plantearnos sobre qué cimientos se elevan las ciudades, sus palacios y sus prisiones. Superar la postal que el turista atrapa, aunque también la postal hablae de este rédito que buscamos, esta realidad más auténtica y general, más esencial y verdadera: vano intento, pero intento necesario y enriquecedor. Burdeos tomaba para sí la cara del ejemplo, del punto de partida en el cuestionamiento de lo dado, de lo que a los ojos se manifiesta.
+ Superada aguas arriba la entrada del Pont de Pierre y la Puerta de Borgoña, en los cafés y en los bares hay negros y musulmanes que se agrupan con una calma que oculta una actividad incomprensible; beben té, café o coca-cola, fuman y charlan y gesticulan con intensidad, apenas se ríen, no gritan, se agolpan en las terrazas, deambulan en parejas y se detienen, dicen algo y ese idioma no es francés. El perfume del tabaco, los atuendos, los peinados, el reflejo de otros mundos que habitan en la misma ciudad y que, como turistas que somos, al final, desconocemos. Ciertamente, hay unas costumbres transplantadas, que contrastan con la arquitectura y el clima, pero que, paulatinamente, son también costumbres propias de Burdeos, que para dejar constancia de la ciudad sería necesario investigar con dedicación y paciencia, pero no es posible porque nuestro tiempo es limitado, muy limitado. Mi indagación a adquirir un ejemplar de Les Inrockuptibles, que trata sobre la muerte de Adama Traoré a manos de la policía, un caso particularmente controvertido. Leo y trato de establecer un contexto y no lo logro; debo insistir.
+ Muebles. Tiendas de muebles. Otras vidas que se vivieron allí y hoy sólo hay sugerencias, algo que es tan válido para lo que se entiende como mueble clásico, como para lo que sería otros muebles: esas curvas y materiales plásticos de los años sesenta, que ahora son también historia. Los hieráticos retratos de militares, señoras y juristas, o los que parecen ser juristas y ahora sólo muestran su pasmo ante la indiferencia de la posteridad. La posteridad se conjura en estos muebles, en el abismo que desprenden las posesiones de los muertos. Como las palabras, las obras de arte o las habitaciones, posesiones antiguas de los muertos, que hoy tienen otro valor, otra función. Los objetos son tan indiferentes a sus propietarios que con rapidez adquieren los gustos y hábitos del que acaba de comprar ese mueble estilo imperio para situarlo en el apartamento de cristal, hormigón y cristal: paradojas que hablan de lo efímero.
+ El mercado de las pulgas (Marché aux Puces) o rastro (en el exacto castizo que invoco cuando al fin traduzco puces = pulgas), mediante el diccionario electrónico. Continúa la senda de los muebles. El mismo viento de caducidad.
+ Una tarde de domingo que se desliza hacia su desaparición. Después de haber trabajado con tests y vídeos en línea, me detengo. Dejo a un lado las tareas que me han ocupado y pienso en las calles y las plazas; en la compra de un bolso, en cómo buscamos la dirección de Longchamp y cómo encontramos en la Rue Voltaire la tienda: su línea clara y su contenida elegancia, pero tan patente a pesar de la discreción. Nos atendió un hombre de mediana edad, bien vestido, delgado, y aunque yo creo que era más joven que yo parecía mayor que yo (no sé, siempre he tenido una tendencia a parecer más joven de lo que en realidad soy; y es algo que no considero ni bueno ni malo, es un simple atributo que lo concedo mayor importancia que al grosor de mis uñas). Era, todo sea dicho, un hombre de maneras pulcras y agradables, en algún sentido ejemplar: me gustó especialmente cuando corrigió el nombre del bolso que yo había pronunciado mal o muy mal. Pliage, me dijo y yo no recuerdo qué pronuncié, repitió y yo repetí y sonreísmos los dos. Nuestra conversación fue fluida porque él se esforzó en que fuese fluida. Pagamos con gusto y nos acompañó hasta la puerta con la bolsa en su mano, que nos entregó a la salida con un gesto entre el arabesco y la caligrafía. Tanto a C. como a mí nos dio la impresión de que habíamos comprado algo más que un bolso. Ahora que el domingo declina y un vals muere en el reproductor, veo que hay algo del viaje que permanece. Ese recuerdo sin anclaje fotográfico que establece los necesarios vínculos del amor, que sobrepasa al sexo, a la ebriedad o al interés crematístico; la sintonía en los gustos y en los momentos. La Rue Voltaire relucía y Burdeos tornaba su oro en noche, nos rendimos a la belleza que el dios del momento nos ofrecía con generoso desinterés.
+ Ahora, en este momento, mientras atiendo al vídeo-blog de Fernando Castro, le oigo decir al crítico, con motivo la recuperación de una crítica sobre Muntadas, que uno de los signos de nuestro tiempo son las colas. No puedo menos que estar de acuerdo y en eso radica el viaje, los desplazamientos se tamizan por las esperas y las colas, la alineación del pasajero y del turista (pues esa es nuestra dualidad: pasaje y turismo). Aviones, autobuses, museos, espectáculos, restaurantes, tabernas, bares o conciertos. Habita esta situación, especialmente, en las grandes ciudades, donde el requisito de la cola es materia necesaria para cualquier actividad. Me sorprendo en mi estudio, ante el ordenador, con la tranquilidad que da el estatismo de todo lo que me rodea y mi soledad ante la lectura, la lectura como compañía durante buena parte de la jornada. Romper automatismos, quizá esa sea la tarea. Y, en este momento, recuerdo la gran sala de la terminal donde esperábamos para regresar a Oporto, donde el silencio era incuestionable, donde se percibía con claridad el débil zumbido de las máquinas y las madres reprendían a sus traviesos hijos en voz muy baja y los hijos contestaban, también, en voz baja. Las colas, el ruido, el desorden. Los aviones son los emblemas del momento. Aterrizábamos en Oporto y Portugal continuaba siendo ese refugio que se desea con nostalgia y melancolía, una hermosa posibilidad, un territorio propicio para el amor y la amistad.
+ Desgajo del vídeo una muy conocida cita de Muntadas: «La percepción precisa participación». Mientras, cuando Burdeos se desvanece, construimos un escenario de agradable melancolía en el país de Emma Bovary. [Bientôt nous irons au pays d'Emma Bovary].
+ Imagen: no he buscado que las imágenes sean signficativas, más bien: es una idea sobre el disparo fortuito que cobra sentido una vez que las imágenes se juxtaponen en el tablero que termina por ser el escritorio del blog. Una reflexión sobre este tan extraño trabajo que supone llevar el blog: viajar, pasear, disparar fotos y creer que tendrán una traducción en este espacio. La motivación debe ser alimentada a diario, la lucha contra el desánimo.
sábado, 27 de abril de 2019
Ductus
+ A veces mis antenas funcionan, muchas más veces de las que estimo [en un principio]. El robot-foto del que hablé en una entrada anterior ha producido un debate sobre los límites de la robótica. En realidad, ni siquiera es un robot, sino una imagen creada por ordenador que cumple las funciones de una influencer [una palabra para la que no encuentro en español una equivalencia: ¿influyente?, influyente no sirve porque no recubre esa misma realidad tan de los inicios del Siglo XXI]. Veo las fotos del robot con mayor atención que la primera vez que las vi: se percibe su naturaleza digital, pero entiendo que ha mejorado mucho la técnica que permite estas existencias desligadas de lo palpable, lo que me indica que llegará un momento [no muy lejano] en que será imposible distinguir lo real de lo no real [entonces la distinción no tendrá sentido porque serán dos realidades paralelas y dependientes]. Ay, lo real y su doble: el camino para fusionar la ficción y la vigilia, el sueño y la pesadilla.
+ Esas calles de Madrid que he recorrido en la compañía de K. El ladrillo visto, los bares, los árboles y el asfalto. Sin rumbo, sin una orientación mayor que el conversar. Nos vimos reflejados en el paisaje urbano y la mezcla resultó ser fructífera. Hoy leo algo sobre el recién fallecido Sánchez Ferlosio: la calle donde vivía en los años setenta: Prieto Ureña. Barrio de La Prosperidad. Algo intercambiable en los edificios, en los bares, en las tiendas de barrio. Busco la calle en los mapas electrónicos y ahora me doy cuenta que vi a S. F. subir a un taxi mientras cruzaba yo la ciudad desde Arturo Soria hacia Atocha. Lo recuerdo subir con dificultad a un taxi, pero poco más. Fue hace más de diez años, quince. No tiene mucha importancia, salvo una innecesaria constatación fetichista. Se ha muerto; volví a algún libro suyo, intenté encontrar Alfanhuí, leí en la pantalla un párrafo de otro libro, un pecio que destila certera aspereza. Poca cosa es la vida de un hombre; sin necesidad, certifico en la última hora del día mediante la lectura de Lucrecio y Marco Aurelio. Con esa idea de Madrid y del escritor, abrazo el descanso, un profundo y extenso sueño: nada recuerdo y eso es lo deseable.
+ Observo ciertas trayectorias y no me agradan. No resulta que sean despreciables, pero sí son prescindibles. No sé si afirmar o negar una degradación en le periodismo y en la literatura. Yo, en realidad, me circunscribo a mi limitado ámbito: mi investigación; cuando salgo de esta zona protegida me encuentro con particulares realidades que comprendo, pero que no asumo. Las trayectorias me indican cómo se constituye el campo literario: negocios, amistades, ambición, toma de posición, elevación y descenso, editoriales y reseñas, críticos y entrevistas, fotos y paratextos, revelación y ocultación. Vuelvo a leer la primera frase de este párrafo: observo ciertas trayectorias y no me agradan; ahora, en este momento de escritura, ese «no me agradan» lo eliminaría, pero creo que resulta más adecuado que permanezca, como pincelada sobre un día largo y entregado a la lectura y al estudio. Escucho atentamente a un actor en la radio francesa, ahí descanso y trato de ordenar mis ideas sobre el campo literario, donde tan vasta es mi ignorancia, aunque nunca del todo erradas mis intuiciones: los indicios difusos.
+ Una locutor habla de un programa de ordenador que genera voces que resulta imposible saber si son humanas o producto de una síntesis. La inquietud sobrevuela las primeras noticias del día; se ríen sus compañeros, pero a la risa sucede un silencio que flota sobre un espeso barrizal.
+ Hay días en me resulta claro el porqué de mi empeño en tratar con escritores muertos, con ese conversar con los muertos, que nunca contestan, que siempre dejan flotando una posibilidad. Alzo la vista del libro y me paro a pensar. Hay un punto final que me interesa en cada vida acabada. No se puede añadir nada, salvo el comentario; los hechos se han cerrado sobre sí mismo. Por esta razón, no le veo sentido a buscar al mejor escritor vivo; no lo encuentro esa necesidad en dos direcciones: mientras la muerte no ponga el punto final a la obra-biografía, nada se puede decir / no existe el mejor, así yo quiero verlo y así lo sostengo. ¿El mejor? Resulta tan sumamente variable, inasible. Como un desocupado en domingo. Prefiero esa conversación muda entre el vivo que hoy soy y los muertos que vivos fueron, sin plantar escalafones ni
+ Ductus, en caligrafía, es el modo, la dirección, secuencia y velocidad. La razón de titular la entrada con esta palabra latina, que proviene del verbo ducere (= conducir), se remite a la inexcusable razón del estilo, no como elegancia, sino como marca, como huella indeleble de nuestro paso por la vida; por lo tanto, no se refiere exclusivamente a esta entrada, sino al blog en general: no deja de ser un diario, a ello me remito.
+ Pronto hablaré de los días en Burdeos; pero no adelanto ninguna noticia: tampoco es un pacto, ni siquiera una ruptura.
+ Imagen: Una flor que fotografío en Burdeos, una flor humilde, sin brillo, oculta en una suma de hojas verdes. Aquí queda el adelanto que no ofrezco.
sábado, 20 de abril de 2019
… ya el aire en región herido
+ Oigo como la lluvia choca contra los cristales, el reloj marca el ritmo, hay una síncopa, voces que oyen tras las paredes, busco otra canción: Paul Weller, Jarvis Cocker, Los Planetas. Son etapas de mi vida, apuntes para un esquema. Hay una sensación de finitud que todo lo recubre. ¿Soy un snob? Es mi protección. Otra canción. El malestar anega lo diario, la presencia de la muerte: tan cercana. Sé de tres accidentes mortales en las dos últimas semanas. La hermana de K. ha sido desahuciada: se apaga. Reconozco el sentido del zumbido que trae consigo el vacío. La terapia es la escritura o la escritura es la terapia. Llueve y hace frío, el tiempo está loco, oigo decir. Las voces tras las pareces retumban pero no puedo entender nada, a pesar de que trato de escuchar atentamente. ¿Por qué no duermen? Desconcentrarse, retomar el hilo, encontrar una explicación poco satisfactoria. Me han cambiado de médico: mi nuevo médico tiene un algo literario: ¿su anillo de plata, su quevedesco bigote, la niebla en sus ojos? Me fijo en sus dedos, me fijo en el brillo del alambre dorado de sus gafas, me fijo en una cadena que asoma tras el cuello de la camisa. Sonríe y entiendo una idea: debo cuidarme, pero no debo exagerar con mis dolencias, que quizá sean manías. Así, hoy el malestar se instaló como el huésped no esperado, no deseado, no puedo luchar contra él pero he aprendido a soportarlo, a gustar de su presencia porque aporta una distancia que me sume en un indolente spleen, tan agradable, tan certero, tan doloroso.
+ Rescato el libro que compré en Oporto sobre el negocio y la gestión de hoteles: Hotel, os bastidores de Inês Brasão. Me gusta el particular desarrollo de la materia mediante un extenso ejemplo: las tripas y el corazón del hotel. Trato de ver lo contado como reflejo de las ocasiones que estuvimos en hoteles. Por ejemplo: el Hotel Veneza en Aveiro. Su arquitectura, la disposición de las plantas, la sala donde desayunamos. Lo recuerdo con cariño porque sentí una felicidad que sustentaba en el equilibrado confort. El confort. La moqueta, el edredón, la luz amarillenta que llega desde el cielo. El patio con estanque, algunos peces dorados, la trama urbana de la pequeña ciudad. Salinas, playas, olas misteriosas y gigantescas. Todo recuerdo vive mientras vivimos, luego: nada. Regreso al libro.
+ La lluvia transforma el tiempo biográfico; Los Planetas suenan otra vez. La música se suelda a la biografía. ¿Los presupuestos para una biografía, una autobiografía? «Como una temporada en el infierno», Los Planetas citan a Rimbaud. El infierno quedó atrás, pero la canción lo trae de vuelta: «Corrientes circulares en el tiempo». Tener el infierno presente sirve como fármaco, en su triple acepción: droga, medicamento y veneno. No es conveniente olvidar. La lluvia me hace ser paciente, espero: debo traducir, debo leer, tengo que escribir, pero el tiempo se funde con la lluvia y mi biografía no tiene ningún interés, lo que me proporciona una paz solida y duradera. Aquella prolongada adolescencia: viajes en tren, conciertos, cervezas, cigarrillos, amistades, nombres que no recuerdo, bares y terrazas, la música y las guitarras eléctricas, una generación que hoy alcanza los cincuenta años, que los ha sobrepasado hace nada, la percepción y la realidad sus mil caras, amanecía y buscaban la guitarra, la guitarra acústica. La enumeración caótica tiene más de retrato que de acumulación. La división del tiempo. Las preguntas se sumergen y sólo que esa vibración y ese zumbido, es el paso del tiempo, el tiempo y la lluvia.
+ Abro un suplemento semanal: hoy es domingo y llega el suplemento a casa entre los periódicos. La lectura superficial de la revista dominical forma para de una costumbre que he adquirido, a la que no le doy demasiada importancia; y, mientras comienza el día, leo con una impostada tendencia al asombro. Los artículos de opinión (sólo leo el título y los destacados); las tendencias gastronómicas: restaurantes, vinos (yo no bebo) y alimentos, extraños alimentos que nunca probaré ( y ni siquiera estoy seguro de que esto se cumpla); veo [en el suplemento de este domingo] una chica que calza unas enormes zapatillas verdes de maratón y viste un impermeable naranja, un contrapicado, su pelo negro es otro punto de snobismo, un snobismo demasiado forzado que rompe con la necesaria naturalidad del snob (la paradoja siempre vuela sobre mi visión); un reportaje sobre la vida carcelaria o las peculiaridades del trabajo en un estación meteorológica en Groenlandia (frío y aburrimiento). Cierro el suplemento dominical y regreso a mis lecturas sobre la retórica en los Siglos de Oro, en la influencia que esta tiene sobre la poesía, sobre la literatura. No puedo concentrarme, el débil fluir de la calle es propio del domingo y encuentro que hay un aliento de viaje palpitando, un aliento que me desconcierta. Lo sé: busco con insistencia una disonancia que aclare el ritmo de la rutina, que trastoque esa rutina. Se esclarece y regreso al estudio. Ahí descanso, cuando, finalmente, llega la concentración. Lejos de las mundanas opiniones, me crezco en un incierto y cultivado snobismo. Soy yo me digo, y anoto algo sobre Luis Vives.
+ Leo: «En tanto que de rosa y azucena» (Garcilaso de la Vega).
+ Poco antes de la siesta, ya tumbado en mi cama, retomo el suplemento dominical: veo a la chica de las grandes zapatillas y el impermeable naranja. Finalmente, sólo es un ilusión digital: es un robot, leo. Con las ideas que revolotean alrededor de la imagen, caigo en un pesado sueño donde se deslizan razones y rechazos de textos que no he escrito ni escribiré, alguien llora por la muerte de la poesía y otros aplauden sin saber a qué se refiere el aserto. Despierto, y el suplemento está tirado en el suelo. ¿Ha cumplido su función? Sin duda, me digo y regreso al estudio, como el que camina por la arena, el que ve el mar desde la playa, el que regresa a casa tras una excursión de fin de semana y se sabe poseído por la ineluctable cadencia del trabajo y el descanso. Los robots, los textos y el fin de semana, poco más.
+ Para titular esta entrada, otra vez, vuelvo al Conde de Villamediana, a la Fábula mitológica de Faetón, que, desde unos años atrás, me acompaña e ilustra comportamientos que a diario observo: tanto en el contacto, digamos, directo, como a través de los medios de comunicación. La osadía del que emprende la aventura que está fuera del alcance de sus fuerzas, a pesar de la intensidad de su voluntad. Así, queda, mientras Faetón fracasa y Plutón se queja: «… ya el aire en región herido». El atrevimiento, la Fortuna, la Fama.
+ Imagen: tras la cristalera, como el espía que no soy, la foto muestra una tendencia a lo posible, a una posible abstracción: masas de sobra y luz, color y ausencia de color.
sábado, 13 de abril de 2019
Lo vivido, un fragmento
+ La tarde anuncia su fin. He bebido café en abundancia, leí lo suficiente, también dejé algunas notas en alguna libreta, algunas cuartillas cubiertas, pero no lo puedo olvidar. Sería difícil, imposible. Es ese zumbido. Me llama K. y me dice que a su hermana le queda poco tiempo de vida. Hablamos y me recuerda que el cáncer se declaró hace ya diez años: no doy crédito, lo tenía yo por algo que había pasado, a lo sumo, tres años atrás. No, me dice, fue en el 2009, me lo dice y pienso que en aquel tiempo mi madre todavía vivía. El tiempo nos disuelve, a nosotros, a nuestras ideas, lo que fuimos, lo que somos y lo que seremos en la memoria poca importancia tiene. Me entristezco. Escucho con atención los sonidos que me llegan de la calle, observo que es un día soleado de primavera, la luz dorada se estrella contra las ventanas del edificio de enfrente, sobre el papel descansa el Bic de punta fina. Mis ejercicios diarios son una conjuración contra la muerte, pero no venceré, me resisto y sé que lo que cuentas es el ejercicio en sí mismo. Ahora parece dar igual, el zumbido me impide concentrarme. La música, desde el salón, semeja un barco a la deriva, cierta melancolía, cierta levedad. Hoy a la mañana me comunicaron que se había muerto quince días atrás un antiguo compañero de trabajo, un jubilado; recuerdo su nombre pero me cuesta recomponer su cara, lo intento y casi puedo ver su rostro, pero no alcanzo esa claridad necesaria. La muerte es algo cotidiano y tiene sus rutinas: trabajadores de la muerte: el enterrador, los empleados de la funeraria, las floristas, los médicos y las enfermeras, el que compone la esquela, la lápida (…), me pregunto por sus preguntas y lo dejo a un lado. No tiene sentido, sus preguntas son las mismas, intercambiables y absurdas. No hay lugar para preguntas, como el silencio en los pueblos abandonados, que sólo el viento perturba. He de regresar al trabajo y la compañía del sonido de la calle aminora el impacto, esto me gusta creer, esto necesito creer.
+ «El concepto es la necrópolis de la intuición», oído y no identificado.
+ El descanso se interrumpe constantemente. Despierto y no soy capaz de retomar el sueño: me asaltan fantasmas del pasado. Intento pensar en algunos lugares donde C. y yo fuimos felices: ciudades, playas, autopistas entre bosques. Nápoles, La Rochelle, Londres. Finalmente caigo en una pesada continuidad con esos mismos paisajes urbanos, bucólicos, pastoriles, pero el pasado acecha. El otro día alguien hablaba de que nos debemos proteger contra la difamación: el que ha cumplido no debe ser reo de su error de por vida. Buscaría un aforismo que me salvase en el naufragio de la noche. Silencio, oscuridad, el latido de los recuerdos. Me centro, otra vez, en los paisajes y me rescatan. Aquél humilde Twingo, La Rochelle, la casa natal de Michel Foucault. Encontré el medicamento, lo ingerí y ahora me encuentro mejor.
+ Leo que los humanistas consideraban la epístola como una conversación entre amigos en ausencia. Recuerdo escribir cartas, muchas cartas, largos intercambios de cartas. Era una liturgia semanal: escribir, enviar, recibir, contestar. La letra manuscrita o los tipos de la máquina de escribir, el sobre, los sellos. La espera, la dilación, la llegada. Recuerdo una cita de Baudelaire que decía que había un placer perverso en recibir una carta y esperar unos días para abrirla, contemplarla, estudiar el sobre y detenerse en su forma, para finalmente acceder al contenido. Conocí a gente que mantenía correspondencia para llevar a cabo largas partidas de ajedrez, como faros lejanos, que pueden ver sus luces, pero no tocarse. Hoy las cartas han desaparecido y el correo-e es otra cosa, ni peor ni mejor, es otra cosa. Finalmente, cuenta esa conversación entre amigos en la distancia: es lo que se mantiene y constituye en núcleo de la relación.
+ La espera y la llegada, caras de la misma moneda que terminamos por apreciar cuando la edad madura nos alcanza. El reflejo es una distorsión, una distorsión que los años terminan por atenuar: finalmente desaparece, como todo. Pienso en la hermana de K. y me siento conmovido: por ella, por su hija, por su mundo que se desvanece.
+ Eran largas las cartas que K. me enviaba desde Madrid, también las que yo le enviaba desde Pontevedra. Había un fino hilo que nos unía, fino, pero robusto. El hilo se ha mantenido a lo largo de los años. En ello descanso, pienso, ahora, en su hermana, que formaba, forma parte del entramado sobre el que sostiene la amistad. La vida en sí es una narración desordenada, pero dado que en la novela cabe todo: así veo yo el pasado, desde el ámbito de la narración. Somos personas, pero la calidad de personaje flota sobre nuestro centro vital, nuestro principio rector [Marco Aurelio].
+ Escucho la radio y hablan de cómo elegir los libros según los colores de la portada para que haga juego con el outfit [y escribo outfit y no atuendo, con incierta intención]. Este es nuestro mundo, paradójico: como siempre lo ha sido, desde los albores de la humanidad: allí donde surgión el lenguaje, la estructura de nuestra existencia, los cimientos, la coloración y la oscuridad.
+ Ha llovido intensamente durante toda la noche. Dormí profundamente. La estructura de la vida siempre hace su aparición en la sobrevenida muerte. La muerte le da sentido a la vida, ese sentido hermenéutico: el significado que alcanza lo que llega a su fin La ópera, el teatro, la línea argumental de una novela no alcanza su plenitud hasta que se corona la propia narración el explícito implícito: fin. Paradójicamente, el protagonista de su propia vida nunca alcanzará ese punto de vista privilegiado que le permitirá hacer un balance de lo vivido: nunca conoceremos un posible sentido de nuestra vida porque nunca desde fuera podremos ver el relato en su totalidad. Vuelve a llover y hace frío. Burdeos es la próxima estación; completamos un periplo que no hemos programado y eso nos otorga cierto aliento, cierta calma. Llueve y hace frío, me digo y la grisalla tras los cristales reclama otro sentido que ni siquiera intentaré darle: vivo en la tendencia a la invisibilidad.
+ Imagen: a lo largo de los años he fotografíado estas escaleras en la calle Princesa, en Madrid. En esta ocasión la escultura que preside el conjunto, cuando la veo en la pantalla del ordenador, parece haber adquirido una fantasmal apariciencia. El día de hoy oscila entre la lluvia, el frío y la apertura de claros con una luz hiriente. Pienso en esas escaleras, en ese espacio, ahora: cuando escribo y preparo esta entrada. Que conste. Vale.
sábado, 6 de abril de 2019
El mapa negro
+ Una voz habla en inglés y otra la traduce al francés, de fondo una ballena compone una extraña música. Suenan olas, ese gemido intenso e indescifrable, un gruñido, un silbido bajo el agua. Es jueves y la semana llega a su fin. Con este telón de fondo trato de poner en orden mis idea y sólo alcanzo un estado de suspensión. La suspensión del juicio. Es un don: ahora puedo no pensar en nada, salvo en esa respiración profunda bajo el agua, que se confunde con las palabras en inglés, en francés.
+ Regresan las ballenas, pero resultan no ser ballenas. Se trata del triste canto de un triste narval. Si me paro a pensar no sé qué es un narval, salvo que se trata de una mamífero marino, que tiene un larguísimo colmillo exterior por el que es denominado el unicornio del mar. Poco más. Me detengo otra vez en su canto, que lo repiten y ese gemido es una poesía no transcrita, a la espera de un interprete que nunca llegará.
+ [La limpieza de la cocina]: continúo con el programa anterior en France Culture, y las ballenas dan paso a melodías árabes. Mientras limpio la vitrocerámica tengo la extraña sensación de que soy un actor que limpia la cocina y entonces siento la necesidad de esmerarme en el acto mismo, en su gestualidad, en su dimensión inabarcable.
+ En algún momento de la mañana alguien dice: «el mapa negro», cuando se refiere a que la aplicación de mapas no es visible en su teléfono. Lo retengo y pienso en ello, en cómo cuajan los títulos. ¿Podría ser un título válido El mapa negro? ¿Una historia de piratas, de espías, centauros sobre el mar, con acentos clásicos o mitológicos, o una historia sobre las calles de cualquier metrópoli de ese principio de siglo? Se abren las posibilidades que se ven inspiradas por el intenso sabor del café negro, su aroma, ese color: el negro profundo. El mapa negro, me repito mientras salimos del pequeño bar frente al puerto. La mañana es limpia, primaveral, única. Veo a los trabajadores de los astilleros con su cara tiznada y sus fundas azul profundo. ¿Comenzaría en este espacio y en este tiempo la narración? Mi salida del bar, con la decisión de realizar bien el trabajo encomendado, aunque resulte rutinario y redundante. ¿Qué música nos acompañará: un violín neoclásico o el rasgo rugir del hip-hop; veladas armonías y nebulosos deslizamientos de escalas en un amortiguado piano? El estilo, me digo y pienso, como tantas veces últimamente, en La distinción de Pierre Bourdieu? Sí, concluyo, también mi simulacro de interpretación mientras friego la cocina, las ballenas, la captura del sintagma «el mapa negro»; todo ello forma parte de mis maneras y gustos, que me caracterizan como nada me caracteriza: estudiar su estructuración es estudiar mi mismidad, sin alcanzarla, por falta de deseo. Soy yo y mis preferencias, que me condiciona a la vez que intento moldearlas. Apago esas confesiones y regreso al vacío que regala el trabajo rutinario y redundante. Una elemento más que anotar, una extensa lista donde nada ponemos, salvo la espera del salario.
+ La mañana comienza con la radio francesa. Consulto mi cuenta bancaria. Me dispongo a emprender el día. Desayuno y leo un artículo donde el autor distingue entre el creador aficionado y el creador profesional: diarios, poemas, novelas. La mañana, la semana que comienza, el círculo eterno de la jornada laboral y las vespertinas horas de estudio [la sensación de eternidad camufla la ineluctable caducidad del amplio todo]. «Todo lo reduces a la temporalidad», me dijo y yo asentí. La radio de la Baja Normandía me hace transitar por las posibilidades que ofrece un viaje futuro. Las posibilidades y el futuro se pueden teñir de negro en cualquier momento; sin obviarlo, me encomiendo al dios del segundo.
+ Imagen: la ausencia de sujetos carga el decorado de una inquietud e irrealidad, un reflejo, un no-lugar, el olvido.
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