sábado, 25 de mayo de 2019

El yo elegido, el yo construido


Madrid-Calle Princesa


+ Veo, en línea, varios documentales sobre la pintura de Luis Gordillo. La calidad resulta evidente, incluso en la pequeña pantalla del ordenador. Ahora recuerdo todos los cuadros suyo que vi a lo largo del tiempo. Recuerdo la exposición que C. y yo vimos en Santiago D.C., que le recomendamos a E. y no sabemos si ella fue a verla. Para mí resulta muy evidente la capacidad pictórica de Gordillo, entiendo sus evoluciones, entiendo una coherencia que va más allá de lo meramente discursivo y una pintura que no precisa palabras. Me reconfortan sus cuadros. Pienso en que cuando vuelva a Madrid iré al Reina Sofía a ver la sala que a él está dedicada. Necesito esas transfusiones: para integrarlas en lo diario, para ver por ver, para cambiar los puntos de vista, para sentir la superficie de los días, las tardes, las noches y el aroma del café en la primera hora, antes de ir al trabajo. Otro trabajo: levantar el ánimo, en ello colabora L.G.

+ Me pregunto: qué es lo que resulta adecuado en este momento, qué es lo que se debe pensar y manifestar. Cuestiones de gusto y cuestiones de distinción. Ahora la respuesta no deja de estar condicionada por todo lo leído y lo por leer en Pierre Bourdieu. Guardo silencio. Me oculto: es mi discreto personaje, que no tiene ningún tipo de relevancia: con deliberada intención, el disfraz de la nada es un refugio estratégico. Soy un observador, y como tal tomo nota y extiendo mi impresión sobre una cartografía no estática. Una carencia buscada, me digo, porque la elección nos define. Saber que es algo que se ha elegido no me redime, pero la redención no es una meta, en mi caso. No soporto la consigna: debes salir de tu zona de confort: ¿por qué no puedo permanecer donde he encontrado la comodidad, que tanto trabajo ha supuesto? Escucho a Luis Gordillo y disiento: dice que la pintura es para mostrar y no para compartirla con tu esposa. Yo soy partidario de los pequeñísimos círculos: así sucede con este blog, que me niego a publicitar por medios que resultarían absolutamente rentables. Pero no. Yo me ciño en mi investigación, la lectura y esta suerte de diario. Navego por la red y siento que no me pierdo nada. El ejercicio se cierra sobre sí mismo: no hay más fin que su culminación feliz.

+ Ella dice que es a-social: me identifico por un momento, pero me doy cuenta que el adjetivo funciona de diferente manera en cada caso. Yo no soy a-social como ella es a-social. Hay zonas de sobra que el lenguaje no llega a recubrir, a iluminar.  No son horas de hacer recuento.

+ [Una casa en Panxón]. A veces, generalmente un sábado y en invierno, otoño o primavera, nunca verano, decidimos ir a pasear a Paxón. Hay algo que nos gusta, que apreciamos: la forma de la ensenada y la vista de Baiona, la disposición del pueblo, y el paseo en sí, las casas bajas, ordenadas, diversas. Resulta agradable tomar una cerveza y unos calamares en alguna de las terrazas, abiertas o cerradas, según el estado del tiempo; ver cómo la gente pasea o las evoluciones de los perros, observar a los ciclistas y sus ocupaciones. Siempre, en primer lugar, damos un paseo hasta el final de la playa, allí nos entramos con una casa que a los dos nos gusta mucho. Es sencilla y se aparta de la tónica general. Nos gustan sus volúmenes y su apertura sobre el paisaje; tiene un estar discreto y contenido. El sábado estuvimos allí y volvimos a verla, C. se fijó con mayor detalle y me mostró el estado de dejadez: la cuarteada pintura de las maderas en las ventanas y paneles, el hundimiento de un paseo de piedra y baldosa, los aleros agrietados. ¿Qué razón había tras tal descuido? ¿Un embargo, una herencia complicada, una ruina, en definitiva? El chalet, como ya dije, tiene un estilo que contrasta con el resto de piezas, pero no es una evidencia: hay que tener una conexión con un algo que no deseo nombrar. Lo sé, todo lo que se puede decir sobre el gusto resulta estar condicionado por nuestra posición en el tablero de juego: el buen gusto es la decantación de una red de distinciones de una cierta clase privilegiada, y no deja de ser, al mismo tiempo, una red de exclusiones. No se puede negar, pero cuando nos encontramos con una casa como el chalet de Paxón entiendo que hay otros elementos que también suman en el juego y, al mismo tiempo, establecen características que van más allá de lo sociológico, de la cuadrícula sociológica. Ahora, mientras escribo, vuelvo a pensar en los volúmenes,  en la apertura sobre la ensenada, el paseo. Días de verano que se emboscan tras esas paredes, historias que nunca conoceremos, la condición que tiene el inicio de la ruina: un ejemplo con la lírica propia de los días fríos de primavera, una leve lluvia.

+ Continúa la lectura de Madame Bovary. La lectura de M.B. se ve complementada por Everyday Life (Theories and Practices from Surrealism to the Present) de Michael Sherigham. ¿Por qué se complementan? La vida cotidiana es un territorio inabarcable, importante e interesante en un sentido tanto académico como recreativo. M.B. entra dentro de ese orden de cosas: el detalle, los modos, las costumbres [Falubert define M.B. como una novela de costumbres: un roman de mœurs]. Recuerdo una primera lectura de M.B. y recuerdo como todo aquel mundo que se elevaba ante mí resultaba a la par fascinante e iluminador, iluminador porque se podía trasladar a la supuesta planicie de lo diario la fluida sucesión de las escenas, los cuadros; y también resultaba ser un modelo de escritura que siempre he tenido muy presente: la estructura. Y la estructura es a lo que resiste lo cotidiano, a dar una idea arquitectónica de su naturaleza. Tal vez se trate de que básicamente lo cotidiano es un cruce de fuerzas dinámicas, que en su virtualidad no resulta posible nombrarlas. Imposible y peligrosa, la vida cotidiana.

+ Tengo la ventana abierta: la música de un piano que no identifico se mezcla con los sonidos de la calle: tráfico tranquilo, un golpear sobre metal, voces de mujeres, de niños, un ladrido. La vida en su cocción. No es bueno pensar demasiado, preguntarse por los resortes que consiguen que el día a día avance. Presiento la lluvia. Me asomo a la ventana y veo las nubes, en la calle un hombre con paraguas; consulto el tiempo en el ordenador y me dice que no lloverá, que mañana suben las temperaturas. Lo sé: hablo de nada, nada concreto, pero estoy sumido en una extraña actividad que se ciñe a la lectura y a la contemplación. Observo y anoto, pero no participo; a veces me preocupa, otras me resulta indiferente. La calle mantiene el ritmo y el piano termina por imponerse, me percato de que se trata de Chopin. Está bien. Un niño grita y su madre le riñe, un timbre, una música de trap que se desliza por las costuras del final del día, se impone, desaparece y el piano deshoja acordes: es la certificación del final del día. Cierro el ordenador.

+ Trato de ver un hilo de coherencia entre las anotaciones de esta entrada. Gordillo; mi inseguridad y, al mismo tiempo, esa voluntad que he construido a lo largo de los años; lo social, lo a-social; la casa que nos hace pensar ya no tanto en sus habitantes como en el destino de todas la obras humanas; Madame Bovary y la vida cotidiana. la vida cotidiana y el trabajo diario. Podría parecer desordenado y sin sentido, y en cierta forma así es, pero yo sé que el hilo que le da sentido engarza las cuentas de este collar soy yo: cada párrafo escrito es un punto más en mi indefinición: me reconozco en lo que escribo, soy el yo que he elegido y construyo.

+ [El cuestionamiento de la identidad: una tarea].

+ Imagen: como tantas veces, en busca de lo abstracto como acento de lo cotidiano: escaparate de una peluquería en Madrid, en el inicio de la calle Princesa.

sábado, 18 de mayo de 2019

Los flecos de la niebla


MNCARS


CACG


Serralves Porto


+ Un viernes fui al dentista, el sábado siguiente a la peluquería. Esperas, sillones y lectura: la lectura de La orgía perpetua me entretiene mientras espero. El ambiente cobra densidad, un espesor inesperado que tiene que ver con la fuerza de la vida cotidiana. Tiendo a la improvisación, lo sé. El contraste del orden que impone la novela de G. Flaubert subraya la indefinición y amplitud de lo cotidiano. Observo los elementos de la escena en el dentista y en la peluquería: instrumental, atuendo, mobiliario. El fin último es el cuidado de los cuerpos, su perfección, una simulación de perfección. El peluquero y sus ayudantes se mueven con determinación, pero, al mismo tiempo, serenos. La música que suena no me gusta, pero el ronroneo de los secadores y otros instrumentos otorga ese punto de ruido blanco que arropa la lectura. Me centro y avanzo en el libro. Cómo me interesa, cómo eleva las razones la prosa de Vargas Llosa. ¿Es un arte la crítica? Lo pensaré, aunque la dirección está marcada: sí, es un arte, al menos en este caso. Me detengo para recomponer la lectura y para comparar lo leído con los capítulos que he devorado de la propia Madame Bovary. La disposición del libro es el tema, uno de los temas; esa perfección arquitectónica, donde los pesos están repartidos con una maestría que no recordaba [los recuerdos de la novela se deslizaban a experiencias personales de la época, pero no al libro en sí]. Es mi turno. Poco tiempo le lleva al peluquero hacer su trabajo. Termina, pago y salgo a la calle. Han pasado casi dos horas. La calle se ve iluminada con una cierta violencia, hace calor y ya son las once, casi las once. Me acompaña esa idea de orden estructural.

+ Se impone una necesidad de orden o, mejor, de estructura. Los libros ayudan, pero es el silencio el que cimenta. Ideas que flotan: lo diario, la novela como vía de conocimiento, mi investigación. He alcanzado un equilibrio y debo ordenar mis ideas para alcanzar un sentido [un sentido que ya tiene, lo sé, pero debe cuajar, alcanzar ese estado sólido y permanente]. Comienza la semana: una reiteración circular. Lo cotidiano es algo más que la repetición, hay una idea de orden y de estructura que necesita ser desvelada. Continuo con la lectura, esa suplantación de la vida, un veneno, una droga. Vana y peligrosa.

+ Estoy cansado, aburrido (?) y busco vídeos en el reproductor en línea. Hoy, en el coche, escuché la canción de R.E.M. Un hombre en la Luna. y ahora veo algunos vídeos de Andy Kaufman, que no acabo de entender, vídeos que he terminado por buscar a raíz de la canción, de su letra: tampoco la entiendo y esto me agrada: suspender el entendimiento y aceptar inciertos límites. El salto es grande, pero intuyo cierto punto paradójico, lejano, arrítmico. Vuelvo a escuchar la canción y me pregunto en qué creemos, qué cosas queremos creer, qué mentiras deseamos que nos cuenten. Otro vídeo más. Son las diez de la noche y estoy cansado, el sueño no me vence. Andy Kaufman tiene algo, lo sé, pero no soy capaz de concretarlo y creo que ahí puede estar su gracia. Repito la palabra gracia y le busco una correspondencia, pero tampoco la encuentro. Creo que es el cansancio, las posibilidades que se plantean y no se resuelven. He leído noticias que no me interesaban, busqué en las redes sociales ideas que no encontré y el día termina casi como comenzó: en la oscuridad, en el ámbito del sueño vacío. Dejo la dispersa colección de imágenes: soñé con castillos y luchas sangrientas, soñé con laberintos, soñé con ciudades normandas que no existen. Todo ello me causó desasosiego, me desperté cuarenta minutos antes de que la alarma del reloj sonase, y ya no concilié el sueño. Me pasa factura, lo sé: nerviosismo y falta de seguridad. Ahora se termina el lunes y antes de apagar el ordenador veo otro vídeo, otro vídeo protagonizado por Andy Kaufman: asiste a un concurso donde una rubia muy guapa (o eso es lo que se quiere mostrar) debe escoger un hombre entre tres solteros; Andy es paradójico y absurdo, irregular en su atuendo y sus gestos subrayan la ausencia que el personaje sufre: está fuera de lugar y esa es su condición, esa frontera entre lo que produce risa e inquietud. No entiende porqué no es él el escogido: yo tampoco. Hay un reflejo que me molesta: la realidad de las cosas prescindibles, las imágenes en el espejo no se digieren fácilmente. Me digo que es hora ya, hora de dormir. Apago el ordenador, apago la luz, como un gatito que se va a la cama sin mayor preocupación que cerrar sus párpados, como una mariposa agotada por el vuelo prolongado a lo largo del día.

+ Antes de dormir, una dosis de Madame Bovary.

+ Según avanza la lectura de M. B. me reafirmo en mi idea de que el tema es la novela en sí, la perfección estructural. El reparto de pesos y contrapesos, el equilibrio y la simetría. La trama resulta necesaria, pero no es lo nuclear. El narrador busca una suerte de demostración narrativa, que se tiñe de un fino cinismo: razones cuasi científicas que llevan a entender que cada paso en el desarrollo es necesario y no podría ser de otra manera. Hoy, en Jauss, leo algo sobre Fanny  de Feydeau (la novela que en el momento alcanzó un gran éxito de público) y M. B.; la primera nadie la recuerda, la segunda cambió la idea de novela y, sobre todo, se continúa leyendo, se actualiza en este preciso momento: un hilo de lecturas que constituye una razón de ser, una idea, la idea de la estructura, el movimiento y la música del idioma. En ello descanso, en esta hora del día. El cínico narrador que despliega su arte de la medida, que se acerca más al compositor de sinfonías que a cualquier otro creador. Una simulación de la vida cotidiana que supera la propia vida, la anécdota que se ve engrandecida. Esta noche, otra dosis más.

+ La vida cotidiana se ve trastornada por un suicidio [v. gr. Emma B.], la vida cotidiana es algo más que horarios que cumplir, comidas, trabajo y ocio. La vida cotidiana es un vasto territorio donde los pliegues no siempre son evidentes, pero ahí están; una respiración dificultosa tras la fluida repetición de los días, fantasmas y terrores nocturnos. Cuánto ignoramos. Sucede un hecho violento y se despiertan los demonios dormidos.  Así, esta semana se tiró un hombre desde el Puente de Rande: dejo constancia.

+ Antes de dormir acudo al libro sobre la hermenéutica del sujeto que compré en Burdeos, es una recopilación de las clases que impartió en el Colegio de Francia Michel Foucault durante el curso 1981-82. El cuidado de sí y las tecnologías del yo. Por la mañana conduzco y hago un exhaustivo e implacable examen de conciencia. Decía Nietzsche que el remordimiento es como un perro mordiendo una piedra: no sirve para nada; no sé si la cita es apócrifa pero ahora me sirve. Me detengo un momento y la carretera tiene su novela, una extensa e inasible novela. Continúo. Los cuidados de sí, el yo como tema, la vida cotidiana. Hay un extraño placer masoquista en ajustar cuentas con el que fuimos; suena algo de Jean-Philippe Rameau, pero no consigue que me separe de los acentos del pasado. Me repito la frase de Nietzsche y sonrío. Por fin logro poner en blanco mi mente, sólo la música: un imitador de Jimmy Hendrix; me gusta y me aleja del pasado, me centra en presente. Llego a casa, como, duermo la siesta, limpio la cocina y leo sobre un político que tiene mi misma edad y siento una punzada que proviene del sueño, que, quizá, se trata de una pesadilla: ¿por qué no estoy yo ahí, me digo? ¿porque no he querido, añado, o porque no he podido? ¿me siento un poco Emma Bovary, termino? Por fin regreso a la vigilia y olvido esa desagradable rememoración de la pesadilla. Ya está. Enciendo el ordenador, busco en el reproductor de vídeo en línea y, ay, encuentro una lectura en viva voz de la novela que me ocupa, M.B., que dura más de seis horas, quizá ocho. Mi tendencia a lo raro. Recuerdo a Andy Kaufman y veo que la depresión es el mal de nuestro tiempo, pero llamar a nuestro mal insatisfacción resulta más preciso.

+ Grafitti lésbico: «Raras somos todas»

+ Las últimas horas de estudio: suena en Radio Venecia El Concierto de Aranjuez,  interpretado por Narciso Yepes. Su inicio siempre me levanta el ánimo. Una ayuda. Siempre me lleva a pensar en Castilla, en viajes en autobús, viajes que hice yo solo en coche con la música débil en el pobre reproductor de CD’s, la amplitud del horizonte y un sosegado silencio o el murmullo de conversaciones, zumbidos o un motor lejano y amortiguado por certeros asilamientos. Ahora la guitarra penetra entre evocaciones y olvidos intencionados. Queda ahí la cita, el sonido de la guitarra arropado por la orquesta. Miércoles, ocho y diez de la tarde.

+ Imagen: elijo tres fotos que fueron tomadas en museos de arte contemporáneo [Mncars, Cacg, Serralves]. Me interesan las personas y este interés conecta con ese punto depresivo que ha gobernado la semana, aunque más que depresivo resulta ser un spleen, una desaconsejada forma de ver: pero las personas están ahí, con la ilusión de capturar algo que resulta imposible atrapar por su propia y evanescente naturaleza. Todo momento de lectura, audición o contemplación tienden a la caducidad: nunca te bañarás en el mismo río, nunca volverás a leer el mismo libro: la lectura de M.B. lo atestigua, las fotos que hoy traigo aquí también dan cuenta de esta caducidad. No me sorprendo, no me dejo arrastrar por el ennui. [Basta ya de extranjerismos (!); soy un snob].

sábado, 11 de mayo de 2019

Hacia «El país de Emma Bovary», notas para una propuesta


Bordeaux


+ Después mucho tiempo vuelvo a saber de Pete Doherty. Una entrevista en el Chanel 4 News. Ha cumplido 40 años, le preguntan por sus amigos muertos a causa de las sobredosis y se emociona. Un retorno al pasado, un retorno a las ensoñaciones de los venenos y los licores. Hoy el día es limpio pero la semana que viene se anuncia con lluvias. Esa melancolía que se alimenta con canciones y poemas, cuadros y fotografías. Pete ya es mayor, su pelo ha encanecido y las arrugas entregan a su rostro una personalidad extraña y plena de malditismo; insiste en su atuendo: los sombreros de ala ancha, las corbatas, los pantalones tan años cincuenta del siglo pasado: amplios, rayas y tirantes. Insisite en su imagen del mundo, la ropa traduce un fraseo sincopado y hermético. En el reproductor en línea, debo poner los subtítulos, no soy capaz de entender sus declaraciones, pero no tiene importancia, prefiero su voz y casi no entender nada, salvo algún apunte, un acento, una insinuante interjección. La última canción: sus canciones son buenas en un sentido que pertenece a una desafiante y snob adolescencia, que yo entreví en nuestras fugaces visitas a Londres. High Gate, parques y callejones. Ropa de segunda mano, librerías y tiendas de guitarras de segunda mano: carísimas, hermosas, imposibles. Pete representa el triunfo de un estilo que ya no es otra cosa que recuerdo, pero esa consolidación pertenece a un estadio superior. Pete es el artista adolescente que nunca abandona su naufragado barco, a pesar del oculto encantamiento del dinero. La heroína y el crimen se leen en su rostro.

+ El País de Emma Bovary se conecta con la adolescencia o con una prolongación de adolescencia, donde se cita el descubrimiento de Flaubert y el deslumbramiento que me produjo Madame Bovary, el mundo que se elevaba ante mí: mi yo, mi yo-lector. Ahora que se aproxima nuestro viaje a Normandía cobra sentido su recuerdo, se hace necesaria una lectura desde la óptica del paso del tiempo, porque la lectura de Mme. Bovary es un examen de conciencia, la conciencia o la consciencia del lector que fui y que soy, del tránsito de un punto a otro.

+ En la entrada anterior las imágenes que ilustraban el texto las dispararé en Burdeos, pero casi no resulta posible reconocer la ciudad, si excluimos la figura ,que pertenece al grupo escultórico que se ubica en los Quinconces; a los pies de los caballos: la ignorancia, la mentira y el vicio. Yo retraté la mentira; con una máscara en la mano, la mentira encuentra su emblema. La mentira está presta a utilizar la máscara, a emboscarse, mientras huye, ya que es la República quien la expulsa, junto a sus dos hermanos. Pienso en la mentira y en Emma Bovary, en ese trasunto que resulta de la lectura de novelas y programar la vida como si una novela fuese. ¿Qué une a la mentira y al deseo de transformar la muelle existencia en el discurrir armonioso de una ficción perfecta en su desarrollo estructural? Con frecuencia sucede, la ficción infecta con su veneno la vida de algunas personas, que conduce a la confusión entre vida y literatura (¿se puede recordar aquí a Don Quijote, que se hermana en esta confusión con Emma?). La lectura, en demasiadas ocasiones, es un vicio disfrazado de virtud, que inocula deseos, ambiciones y una visión que no es admisible en la vida ordinaria, en lo cotidiano; y no por una ausencia de aventuras, sino por la falta de sentido y estructura que la vida tiene: ¿donde está el principio, el medio y el final de cualquier asunto humano, ya que siempre nos encontramos in media res? Veo las fotos anteriores y me digo que son la sugerencia de un relato, para una novela: la noche; el banco solitario, la papelera, el muro al que ataca el verdín, el árbol desnudo, el pavimento con trazos de vegetación salvaje y la farola: también su soledad; finalmente, la mentira o el emblema de la mentira: la máscara. Por fin, ya cuando se aproximan las ocho de la tarde de este sábado, concluyo que la decisión de ir a Normandía es una decisión totalmente literaria, y su incremento está condicionado por la literatura. C. y yo hemos hecho un pacto: los dos leeremos Madame Bovary antes del viaje, para que éste se vea totalmente condicionado por su lectura. Ay, cuántas e inagotables son las posibilidades de la lectura.

+ Después del último punto, me levanto y, sin saber muy bien el porqué, me dirijo a una estantería y comienzo a revolver, a apartar libros. Bajo cuatro pesados tomos, encuentro las Cartas a Louise Colet, de Flaubert en la antigua edición de Siruela. La tarde del sábado se llena de posibilidades. Cierro el ordenador y apago la luz; es hora de dar un paseo, alguna cerveza y darse a la observación de los ciudadanos y sus ocupaciones, sin transición.

+ [Un sueño, en el paso del domingo al lunes]: No sé con quién, pero hacemos una visita a un arquitecto que termina por enseñarme su trabajo. Me dice, y asiento, que le gustan las casa pequeñas. Hablamos de casas modulares,  jardines y la importancia de los libros en la decoración. Cae estruendosamente un árbol y dos personas se hunden en una zona de arenas movedizas: yo las rescato. No buscaré una explicación, pero me sorprende cómo se solapan una escenas con otras, me sorprende la conversación sobre las pequeñas casas [que realmente me interesan, cómo me interesan las pequeñas casas y las viviendas modulares]. Comienza otra semana.

+ He recuperado La orgía perpetua de Vargas Llosa, su ensayo sobre Madame Bovary. La preparación de un viaje es algo más que comprar billetes de avión y alquilar habitaciones, mucho más que planificar los desplazamientos y consultar las tarifas de alquiler de los rent-a-car. Si no hay un acento literario, el viaje no merece la pena; como lector, sé que se debe construir, elevar, asentar los cimientos, unir deseos y propuestas sin mucha esperanza: el milagro se produce. En cada movimiento de lo diario planea el veneno de la literatura: actividad banal y peligrosa, como alguien dijo en algún momento en una radio que ya no recuerdo. Flaubert toma cuerpo, Flaubert es un destino inexcusable.

+ A veces las ciudades tan son sólo nombres, nombres que iluminan o ensombrecen un pié de foto, nombres que nos hacen soñar aunque no tengan una correspondencia clara con una cierta realidad, nombres de ciudades: París, Berlín, Londres, Roma, Nueva York (…) Y así. Como emblemas o invocaciones de un estilo y una misión estética, pero sin anclaje en lo posible. Buen material para postmodernos poemas, entrañables invocaciones del sueño en las noches tan frías de la provincia. No puedo dejar de pensar en el refugio de Flaubert en las afueras de Rouen. Una cápsula para la escritura. Un deseo. Las ciudades se difuminan en el horizonte que plantea la lectura, vemos sus nombres bajo la fotografía de la escritora en el hotel: Berlín. Evito hacer comparaciones.

+ Imagen: Los extraños e impersonales espacios de los aeropuertos, lo extraño en sí, el no lugar que se constituye en otredad opuesta a la idententidad: el viaje como suspensión de la persona. Sin atributos, esperamos el embarque.

sábado, 4 de mayo de 2019

Burdeos







+ [Incipit]. Programo con cuidado cada viaje que C. y yo hacemos. Meses atrás elijo un vuelo barato y barajo las posibilidades de un alojamiento, también barato. No es un proceso pautado, sino que obedece a una suma de acciones que no tienen otro objeto que el viaje pueda cuajar. Y cuaja, vaya si cuaja. Un día encuentro un vuelo y, poco a poco, sumo piezas: un coche alquilado, una habitación, un concierto, la casa de un escritor, un museo, un mercado, las cocheras de una estación con su particular y recóndita novela. Tantas cosas, tantas. Quizá exista una técnica bajo esa sucesión de momentos y elecciones, pero yo no la he expresado ni tal cosa deseo y esta es la primera vez que hablo/escribo sobre el asunto. Sé que en toda acción hay un rédito político, pero tampoco me he planteado su naturaleza en este hacer viajes (o si se prefiere turismo, que tiene mayor precisión), que se engarza en los problemas del momento con otros sentido: la ecología, la disolución de los sujetos, la precarización. En ello pienso mientras escribo esto. Sé quiénes son mis iguales, y trato de elevarlos. El viaje pone de relieve unas realidades que están ocultas al turismo (y al mismo tiempo no abjuro del turismo, como ya he dicho). Una autopista, un aeropuerto, el avión. Llegamos a otro país y nos desplazamos en el transporte público; surge el hiato entre nuestra percepción y los usuarios cotidianos de los autobuses o de los trenes. Caminamos por la ciudad y comenzamos a observar lo sorprendente y lo distinto: para nosotros. La idea de una ciudad que antecede al viaje condiciona las primeras horas de la estancia, pero más tarde se desvanece y resulta complicado recuperar esa primera y falsa impresión producida por ensoñaciones, lecturas e imágenes. Aunque no responden demasiado bien a demasiados interrogantes, me gusta conservar su ingenua sorpresa porque atesoran una respuesta a una pregunta todavía no planteada, una pregunta sobre la naturaleza de nuestras ilusiones y decepciones. Ahora pienso mientras preparo otro viaje cómo se produce el paso de la preparación a la realización, al recuerdo de la realición: Burdeos en el pasado.

+ Goya murió en Burdeos y cuando se quiso trasladar su cadáver, la cabeza faltaba. Este hecho se convierte en una idea que flota en mi imaginario constantemente. Un vapor dorado parece ascender del río, de un color áspero, de tierra y sedimentos. Hablamos sobre ello, pero sin reparar en la cuestión. ¿Qué cuadros pintó en Burdeos Goya? Recordamos La lechera de Burdeos, que se encuentra en El Prado. Descargué el cuadro desde la página propio museo. Lo observo y observo el cielo que se refleja en el cuadro, mayormente una abstracción informalista. El romanticismo ya ha nacido y en el cuadro de Goya se prefigura con maestría. Otro punot: la prosperidad de Burdeos está relacionada con el tráfico de esclavos negros hacia el Caribe. Las contradicciones son palpables. En otro momento, vemos a los chalecos amarillos. Algo que matiza el pasado, porque el pasado no es un hecho fijo, sino que cobra o pierde sentido en relación con los movimientos del presente (que siempre termina por ser pasado). Paseos al borde del río Garona que nos llevan a plantearnos sobre qué cimientos se elevan las ciudades, sus palacios y sus prisiones. Superar la postal que el turista atrapa, aunque también la postal hablae de este rédito que buscamos, esta realidad más auténtica y general, más esencial y verdadera: vano intento, pero intento necesario y enriquecedor. Burdeos tomaba para sí la cara del ejemplo, del punto de partida en el cuestionamiento de lo dado, de lo que a los ojos se manifiesta.

+ Superada aguas arriba la entrada del Pont de Pierre y la Puerta de Borgoña, en los cafés y en los bares hay negros y musulmanes que se agrupan con una calma que oculta una actividad incomprensible;  beben té, café o coca-cola, fuman y charlan y gesticulan con intensidad, apenas se ríen, no gritan, se agolpan en las terrazas, deambulan en parejas y se detienen, dicen algo y ese idioma no es francés. El perfume del tabaco, los atuendos, los peinados, el reflejo de otros mundos que habitan en la misma ciudad y que, como turistas que somos, al final, desconocemos. Ciertamente, hay unas costumbres transplantadas, que contrastan con la arquitectura y el clima, pero que, paulatinamente, son también costumbres propias de Burdeos, que para dejar constancia de la ciudad sería necesario investigar con dedicación y paciencia, pero no es posible porque nuestro tiempo es limitado, muy limitado. Mi indagación a adquirir un ejemplar de Les Inrockuptibles, que trata sobre la muerte de Adama Traoré a manos de la policía, un caso particularmente controvertido. Leo y trato de establecer un contexto y no lo logro; debo insistir.

+ Muebles. Tiendas de muebles. Otras vidas que se vivieron allí y hoy sólo hay sugerencias, algo que es tan válido para lo que se entiende como mueble clásico, como para lo que sería otros muebles: esas curvas y materiales plásticos de los años sesenta, que ahora son también historia. Los hieráticos retratos de militares, señoras y juristas, o los que parecen ser juristas y ahora sólo muestran su pasmo ante la indiferencia de la posteridad. La posteridad se conjura en estos muebles, en el abismo que desprenden las posesiones de los muertos. Como las palabras, las obras de arte o las habitaciones, posesiones antiguas de los muertos, que hoy tienen otro valor, otra función. Los objetos son tan indiferentes a sus propietarios que con rapidez adquieren los gustos y hábitos del que acaba de comprar ese mueble estilo imperio para situarlo en el apartamento de cristal, hormigón y cristal: paradojas que hablan de lo efímero. 

+ El mercado de las pulgas (Marché aux Puces) o rastro (en el exacto castizo que invoco cuando al fin traduzco puces = pulgas), mediante el diccionario electrónico. Continúa la senda de los muebles. El mismo viento de caducidad.

+ Una tarde de domingo que se desliza hacia su desaparición. Después de haber trabajado con tests y vídeos en línea, me detengo. Dejo a un lado las tareas que me han ocupado y pienso en las calles y las plazas; en la compra de un bolso, en cómo buscamos la dirección de Longchamp y cómo encontramos en la Rue Voltaire la tienda: su línea clara y su contenida elegancia, pero tan patente a pesar de la discreción. Nos atendió un hombre de mediana edad, bien vestido, delgado, y aunque yo creo que era más joven que yo parecía mayor que yo (no sé, siempre he tenido una tendencia a parecer más joven de lo que en realidad soy; y es algo que no considero ni bueno ni malo, es un simple atributo que lo concedo mayor importancia que al grosor de mis uñas). Era, todo sea dicho, un hombre de  maneras pulcras y agradables, en algún sentido ejemplar: me gustó especialmente cuando corrigió el nombre del bolso que yo había pronunciado mal o muy mal. Pliage, me dijo y yo no recuerdo qué pronuncié, repitió y yo repetí y sonreísmos los dos. Nuestra conversación fue fluida porque él se esforzó en que fuese fluida. Pagamos con gusto y nos acompañó hasta la puerta con la bolsa en su mano, que nos entregó  a la salida con un gesto entre el arabesco y la caligrafía. Tanto a C. como a mí nos dio la impresión de que habíamos comprado algo más que un bolso. Ahora que el domingo declina y un vals muere en el reproductor, veo que hay algo del viaje que permanece. Ese recuerdo sin anclaje fotográfico que establece los necesarios vínculos del amor, que sobrepasa al sexo, a la ebriedad o al interés crematístico; la sintonía en los gustos y en los momentos. La Rue Voltaire relucía y Burdeos tornaba su oro en noche, nos rendimos a la belleza que el dios del momento nos ofrecía con generoso desinterés.

+ Ahora, en este momento, mientras atiendo al vídeo-blog de Fernando Castro, le oigo decir al crítico, con motivo la recuperación de una crítica sobre Muntadas, que uno de los signos de nuestro tiempo son las colas. No puedo menos que estar de acuerdo y en eso radica el viaje, los desplazamientos se tamizan por las esperas y las colas, la alineación del pasajero y del turista (pues esa es nuestra dualidad: pasaje y turismo). Aviones, autobuses, museos, espectáculos, restaurantes, tabernas, bares o conciertos. Habita esta situación, especialmente, en las grandes ciudades, donde el requisito de la cola es materia necesaria para cualquier actividad. Me sorprendo en mi estudio, ante el ordenador, con la tranquilidad que da el estatismo de todo lo que me rodea y mi soledad ante la lectura, la lectura como compañía durante buena parte de la jornada. Romper automatismos, quizá esa sea la tarea. Y, en este momento, recuerdo la gran sala de la terminal donde esperábamos para regresar a Oporto, donde el silencio era incuestionable, donde se percibía con claridad el débil zumbido de las máquinas y las madres reprendían a sus traviesos hijos en voz muy baja y los hijos contestaban, también, en voz baja. Las colas, el ruido, el desorden. Los aviones son los emblemas del momento. Aterrizábamos en Oporto y Portugal continuaba siendo ese refugio que se desea con nostalgia y melancolía, una hermosa posibilidad, un territorio propicio para el amor y la amistad.

+ Desgajo del vídeo una muy conocida cita de Muntadas: «La percepción precisa participación». Mientras, cuando Burdeos se desvanece, construimos un escenario de agradable melancolía en el país de Emma Bovary. [Bientôt nous irons au pays d'Emma Bovary].

+ Imagen: no he buscado que las imágenes sean signficativas, más bien: es una idea sobre el disparo fortuito que cobra sentido una vez que las imágenes se juxtaponen en el tablero que termina por ser el escritorio del blog. Una reflexión sobre este tan extraño trabajo que supone llevar el blog: viajar, pasear, disparar fotos y creer que tendrán una traducción en este espacio. La motivación debe ser alimentada a diario, la lucha contra el desánimo.

sábado, 27 de abril de 2019

Ductus




+ A veces mis antenas funcionan, muchas más veces de las que estimo [en un principio]. El robot-foto del que hablé en una entrada anterior ha producido un debate sobre los límites de la robótica. En realidad, ni siquiera es un robot, sino una imagen creada por ordenador que cumple las funciones de una influencer [una palabra para la que no encuentro en español una equivalencia: ¿influyente?, influyente no sirve porque no recubre esa misma realidad tan de los inicios del Siglo XXI]. Veo las fotos del robot con mayor atención que la primera vez que las vi: se percibe su naturaleza digital, pero entiendo que ha mejorado mucho la técnica que permite estas existencias desligadas de lo palpable, lo que me indica que llegará un momento [no muy lejano] en que será imposible distinguir lo real de lo no real [entonces la distinción no tendrá sentido porque serán dos realidades paralelas y dependientes]. Ay, lo real y su doble: el camino para fusionar la ficción y la vigilia, el sueño y la pesadilla.

+  Esas calles de Madrid que he recorrido en la compañía de K. El ladrillo visto, los bares, los árboles y el asfalto. Sin rumbo, sin una orientación mayor que el conversar. Nos vimos reflejados en el paisaje urbano y la mezcla resultó ser fructífera. Hoy leo algo sobre el recién fallecido Sánchez Ferlosio: la calle donde vivía en los años setenta: Prieto Ureña. Barrio de La Prosperidad. Algo intercambiable en los edificios, en los bares, en las tiendas de barrio. Busco la calle en los mapas electrónicos y ahora me doy cuenta que vi a S. F. subir a un taxi mientras cruzaba yo la ciudad desde Arturo Soria hacia Atocha. Lo recuerdo subir con dificultad a un taxi, pero poco más. Fue hace más de diez años, quince. No tiene mucha importancia, salvo una innecesaria constatación fetichista. Se ha muerto; volví a algún libro suyo, intenté encontrar Alfanhuí, leí en la pantalla un párrafo de otro libro, un pecio que destila certera aspereza. Poca cosa es la vida de un hombre; sin necesidad, certifico en la última hora del día mediante la lectura de Lucrecio y Marco Aurelio. Con esa idea de Madrid y del escritor, abrazo el descanso, un profundo y extenso sueño: nada recuerdo y eso es lo deseable.

+ Observo ciertas trayectorias y no me agradan. No resulta que sean despreciables, pero sí son prescindibles. No sé si afirmar o negar una degradación en le periodismo y en la literatura. Yo, en realidad, me circunscribo a mi limitado ámbito: mi investigación; cuando salgo de esta zona protegida me encuentro con particulares realidades que comprendo, pero que no asumo. Las trayectorias me indican cómo se constituye el campo literario: negocios, amistades, ambición, toma de posición, elevación y descenso, editoriales y reseñas, críticos y entrevistas, fotos y paratextos, revelación y ocultación. Vuelvo a leer la primera frase de este párrafo: observo ciertas trayectorias y no me agradan; ahora, en este momento de escritura, ese «no me agradan» lo eliminaría, pero creo que resulta más adecuado que permanezca, como pincelada sobre un día largo y entregado a la lectura y al estudio. Escucho atentamente a un actor en la radio francesa, ahí descanso y trato de ordenar mis ideas sobre el campo literario, donde tan vasta es mi ignorancia, aunque nunca del todo erradas mis intuiciones: los indicios difusos.

+ Una locutor habla de un programa de ordenador que genera voces que resulta imposible saber si son humanas o producto de una síntesis. La inquietud sobrevuela las primeras noticias del día; se ríen sus compañeros, pero a la risa sucede un silencio que flota sobre un espeso barrizal.

+ Hay días en me resulta claro el porqué de mi empeño en tratar con escritores muertos, con ese conversar con los muertos, que nunca contestan, que siempre dejan flotando una posibilidad. Alzo la vista del libro y me paro a pensar. Hay un punto final que me interesa en cada vida acabada. No se puede añadir nada, salvo el comentario; los hechos se han cerrado sobre sí mismo. Por esta razón, no le veo sentido a buscar al mejor escritor vivo; no lo encuentro esa necesidad en dos direcciones: mientras la muerte no ponga el punto final a la obra-biografía, nada se puede decir / no existe el mejor, así yo quiero verlo y así lo sostengo. ¿El mejor? Resulta tan sumamente variable, inasible. Como un desocupado en domingo. Prefiero esa conversación muda entre el vivo que hoy soy y los muertos que vivos fueron, sin plantar escalafones ni

+ Ductus, en caligrafía, es el modo, la dirección, secuencia y velocidad. La razón de titular la entrada con esta palabra latina, que proviene del verbo ducere (= conducir), se remite a la inexcusable razón del estilo, no como elegancia, sino como marca, como huella indeleble de nuestro paso por la vida; por lo tanto, no se refiere exclusivamente a esta entrada, sino al blog en general: no deja de ser un diario, a ello me remito.

+ Pronto hablaré de los días en Burdeos; pero no adelanto ninguna noticia: tampoco es un pacto, ni siquiera una ruptura.

+ Imagen: Una flor que fotografío en Burdeos, una flor humilde, sin brillo, oculta en una suma de hojas verdes. Aquí queda el adelanto que no ofrezco.

sábado, 20 de abril de 2019

… ya el aire en región herido


Santiago de Compostela - Casino


+ Oigo como la lluvia choca contra los cristales, el reloj marca el ritmo, hay una síncopa, voces que oyen tras las paredes, busco otra canción: Paul Weller, Jarvis Cocker, Los Planetas. Son etapas de mi vida, apuntes para un esquema. Hay una sensación de finitud que todo lo recubre. ¿Soy un snob? Es mi protección. Otra canción. El malestar anega lo diario, la presencia de la muerte: tan cercana. Sé de tres accidentes mortales en las dos últimas semanas. La hermana de K. ha sido desahuciada: se apaga. Reconozco el sentido del zumbido que trae consigo el vacío. La terapia es la escritura o la escritura es la terapia. Llueve y hace frío, el tiempo está loco, oigo decir. Las voces tras las pareces retumban pero no puedo entender nada, a pesar de que trato de escuchar atentamente. ¿Por qué no duermen? Desconcentrarse, retomar el hilo, encontrar una explicación poco satisfactoria. Me han cambiado de médico: mi nuevo médico tiene un algo literario: ¿su anillo de plata, su quevedesco bigote, la niebla en sus ojos? Me fijo en sus dedos, me fijo en el brillo del alambre dorado de sus gafas, me fijo en una cadena que asoma tras el cuello de la camisa. Sonríe y entiendo una idea: debo cuidarme, pero no debo exagerar con mis dolencias, que quizá sean manías. Así, hoy el malestar se instaló como el huésped no esperado, no deseado, no puedo luchar contra él pero he aprendido a soportarlo, a gustar de su presencia porque aporta una distancia que me sume en un indolente spleen, tan agradable, tan certero, tan doloroso.

+ Rescato el libro que compré en Oporto sobre el negocio y la gestión de hoteles: Hotel, os bastidores de Inês Brasão. Me gusta el particular desarrollo de la materia mediante un extenso ejemplo: las tripas y el corazón del hotel. Trato de ver lo contado como reflejo de las ocasiones que estuvimos en hoteles. Por ejemplo: el Hotel Veneza en Aveiro. Su arquitectura, la disposición de las plantas, la sala donde desayunamos. Lo recuerdo con cariño porque sentí una felicidad que sustentaba en el equilibrado confort. El confort. La moqueta, el edredón, la luz amarillenta que llega desde el cielo. El patio con estanque, algunos peces dorados, la trama urbana de la pequeña ciudad. Salinas, playas, olas misteriosas y gigantescas. Todo recuerdo vive mientras vivimos, luego: nada. Regreso al libro.

+ La lluvia transforma el tiempo biográfico; Los Planetas suenan otra vez. La música se suelda a la biografía. ¿Los presupuestos para una biografía, una autobiografía? «Como una temporada en el infierno», Los Planetas citan a Rimbaud. El infierno quedó atrás, pero la canción lo trae de vuelta: «Corrientes circulares en el tiempo». Tener el infierno presente sirve como fármaco, en su triple acepción: droga, medicamento y veneno. No es conveniente olvidar. La lluvia me hace ser paciente, espero: debo traducir, debo leer, tengo que escribir, pero el tiempo se funde con la lluvia y mi biografía no tiene ningún interés, lo que me proporciona una paz solida y duradera. Aquella prolongada adolescencia: viajes en tren, conciertos, cervezas, cigarrillos, amistades, nombres que no recuerdo, bares y terrazas, la música y las guitarras eléctricas, una generación que hoy alcanza los cincuenta años, que los ha sobrepasado hace nada, la percepción y la realidad sus mil caras, amanecía y buscaban la guitarra, la guitarra acústica. La enumeración caótica tiene más de retrato que de acumulación. La división del tiempo. Las preguntas se sumergen y sólo que esa vibración y ese zumbido, es el paso del tiempo, el tiempo y la lluvia.

+ Abro un suplemento semanal: hoy es domingo y llega el suplemento a casa entre los periódicos. La lectura superficial de la revista dominical forma para de una costumbre que he adquirido, a la que no le doy demasiada importancia; y, mientras comienza el día, leo con una impostada tendencia al asombro. Los artículos de opinión (sólo leo el título y los destacados); las tendencias gastronómicas: restaurantes, vinos (yo no bebo) y alimentos, extraños alimentos que nunca probaré ( y ni siquiera estoy seguro de que esto se cumpla); veo [en el suplemento de este domingo] una chica que calza unas enormes zapatillas verdes de maratón y viste un impermeable naranja, un contrapicado, su pelo negro es otro punto de snobismo, un snobismo demasiado forzado que rompe con la necesaria naturalidad del snob (la paradoja siempre vuela sobre mi visión); un reportaje sobre la vida carcelaria o las peculiaridades del trabajo en un estación meteorológica en Groenlandia (frío y aburrimiento). Cierro el suplemento dominical y regreso a mis lecturas sobre la retórica en los Siglos de Oro, en la influencia que esta tiene sobre la poesía, sobre la literatura. No puedo concentrarme, el débil fluir de la calle es propio del domingo y encuentro que hay un aliento de viaje palpitando, un aliento que me desconcierta. Lo sé: busco con insistencia una disonancia que aclare el ritmo de la rutina, que trastoque esa rutina. Se esclarece y regreso al estudio. Ahí descanso, cuando, finalmente, llega la concentración. Lejos de las mundanas opiniones, me crezco en un incierto y cultivado snobismo. Soy yo me digo, y anoto algo sobre Luis Vives.

+ Leo: «En tanto que de rosa y azucena» (Garcilaso de la Vega).

+ Poco antes de la siesta, ya tumbado en mi cama, retomo el suplemento dominical: veo a la chica de las grandes zapatillas y el impermeable naranja. Finalmente, sólo es un ilusión digital: es un robot, leo. Con las ideas que revolotean alrededor de la imagen, caigo en un pesado sueño donde se deslizan razones y rechazos de textos que no he escrito ni escribiré, alguien llora por la muerte de la poesía y otros aplauden sin saber a qué se refiere el aserto. Despierto, y el suplemento está tirado en el suelo. ¿Ha cumplido su función? Sin duda, me digo y regreso al estudio, como el que camina por la arena, el que ve el mar desde la playa, el que regresa a casa tras una excursión de fin de semana y se sabe poseído por la ineluctable cadencia del trabajo y el descanso. Los robots, los textos y el fin de semana, poco más.

+ Para titular esta entrada, otra vez, vuelvo al Conde de Villamediana, a la Fábula mitológica de Faetón, que, desde unos años atrás, me acompaña e ilustra comportamientos que a diario observo: tanto en el contacto, digamos, directo, como a través de los medios de comunicación. La osadía del que emprende la aventura que está fuera del alcance de sus fuerzas, a pesar de la intensidad de su voluntad. Así, queda, mientras Faetón fracasa y Plutón se queja: «… ya el aire en región herido». El atrevimiento, la Fortuna, la Fama.

+ Imagen: tras la cristalera, como el espía que no soy, la foto muestra una tendencia a lo posible, a una posible abstracción: masas de sobra y luz, color y ausencia de color.

sábado, 13 de abril de 2019

Lo vivido, un fragmento


Madrid - Calle Princesa - Escultura - Escaleras


+ La tarde anuncia su fin. He bebido café en abundancia, leí lo suficiente, también dejé algunas notas en alguna libreta, algunas cuartillas cubiertas, pero no lo puedo olvidar. Sería difícil, imposible. Es ese zumbido. Me llama K. y me dice que a su hermana le queda poco tiempo de vida. Hablamos y me recuerda que el cáncer se declaró hace ya diez años: no doy crédito, lo tenía yo por algo que había pasado, a lo sumo, tres años atrás. No, me dice, fue en el 2009, me lo dice y pienso que en aquel tiempo mi madre todavía vivía. El tiempo nos disuelve, a nosotros, a nuestras ideas, lo que fuimos, lo que somos y lo que seremos en la memoria poca importancia tiene. Me entristezco. Escucho con atención los sonidos que me llegan de la calle, observo que es un día soleado de primavera, la luz dorada se estrella contra las ventanas del edificio de enfrente, sobre el papel descansa el Bic de punta fina. Mis ejercicios diarios son una conjuración contra la muerte, pero no venceré, me resisto y sé que lo que cuentas es el ejercicio en sí mismo. Ahora parece dar igual, el zumbido me impide concentrarme. La música, desde el salón, semeja un barco a la deriva, cierta melancolía, cierta levedad. Hoy a la mañana me comunicaron que se había muerto quince días atrás un antiguo compañero de trabajo, un jubilado; recuerdo su nombre pero me cuesta recomponer su cara, lo intento y casi puedo ver su rostro, pero no alcanzo esa claridad necesaria. La muerte es algo cotidiano y tiene sus rutinas: trabajadores de la muerte: el enterrador, los empleados de la funeraria, las floristas, los médicos y las enfermeras, el que compone la esquela, la lápida (…), me pregunto por sus preguntas y lo dejo a un lado. No tiene sentido, sus preguntas son las mismas, intercambiables y absurdas. No hay lugar para preguntas, como el silencio en los pueblos abandonados, que sólo el viento perturba. He de regresar al trabajo y la compañía del sonido de la calle aminora el impacto, esto me gusta creer, esto necesito creer.

+ «El concepto es la necrópolis de la intuición», oído y no identificado.

+ El descanso se interrumpe constantemente. Despierto y no soy capaz de retomar el sueño: me asaltan fantasmas del pasado. Intento pensar en algunos lugares donde C. y yo fuimos felices: ciudades, playas, autopistas entre bosques. Nápoles, La Rochelle, Londres. Finalmente caigo en una pesada continuidad con esos mismos paisajes urbanos, bucólicos, pastoriles, pero el pasado acecha. El otro día alguien hablaba de que nos debemos proteger contra la difamación: el que ha cumplido no debe ser reo de su error de por vida. Buscaría un aforismo que me salvase en el naufragio de la noche. Silencio, oscuridad, el latido de los recuerdos. Me centro, otra vez, en los paisajes y me rescatan. Aquél humilde Twingo, La Rochelle, la casa natal de Michel Foucault. Encontré el medicamento, lo ingerí y ahora me encuentro mejor.

+ Leo que los humanistas consideraban la epístola como una conversación entre amigos en ausencia. Recuerdo escribir cartas, muchas cartas, largos intercambios de cartas. Era una liturgia semanal: escribir, enviar, recibir, contestar. La letra manuscrita o los tipos de la máquina de escribir, el sobre, los sellos. La espera, la dilación, la llegada. Recuerdo una cita de Baudelaire que decía que había un placer perverso en recibir una carta y esperar unos días para abrirla, contemplarla, estudiar el sobre y detenerse en su forma, para finalmente acceder al contenido. Conocí a gente que mantenía correspondencia para llevar a cabo largas partidas de ajedrez, como faros lejanos, que pueden ver sus luces, pero no tocarse. Hoy las cartas han desaparecido y el correo-e es otra cosa, ni peor ni mejor, es otra cosa. Finalmente, cuenta esa conversación entre amigos en la distancia: es lo que se mantiene y constituye en núcleo de la relación.

+ La espera y la llegada, caras de la misma moneda que terminamos por apreciar cuando la edad madura nos alcanza. El reflejo es una distorsión, una distorsión que los años terminan por atenuar: finalmente desaparece, como todo. Pienso en la hermana de K. y me siento conmovido: por ella, por su hija, por su mundo que se desvanece.

+ Eran largas las cartas que K. me enviaba desde Madrid, también las que yo le enviaba desde Pontevedra. Había un fino hilo que nos unía, fino, pero robusto. El hilo se ha mantenido a lo largo de los años. En ello descanso, pienso, ahora, en su hermana, que formaba, forma parte del entramado sobre el que sostiene la amistad. La vida en sí es una narración desordenada, pero dado que en la novela cabe todo: así veo yo el pasado, desde el ámbito de la narración. Somos personas, pero la calidad de personaje flota sobre nuestro centro vital, nuestro principio rector [Marco Aurelio].

+ Escucho la radio y hablan de cómo elegir los libros según los colores de la portada para que haga juego con el outfit [y escribo outfit y no atuendo, con incierta intención]. Este es nuestro mundo, paradójico: como siempre lo ha sido, desde los albores de la humanidad: allí donde surgión el lenguaje, la estructura de nuestra existencia, los cimientos, la coloración y la oscuridad.

+ Ha llovido intensamente durante toda la noche. Dormí profundamente. La estructura de la vida siempre hace su aparición en la sobrevenida muerte. La muerte le da sentido a la vida, ese sentido hermenéutico: el significado que alcanza lo que llega a su fin La ópera, el teatro, la línea argumental de una novela no alcanza su plenitud hasta que se corona la propia narración el explícito implícito: fin. Paradójicamente, el protagonista de su propia vida nunca alcanzará ese punto de vista privilegiado que le permitirá hacer un balance de lo vivido: nunca conoceremos un posible sentido de nuestra vida porque nunca desde fuera podremos ver el relato en su totalidad. Vuelve a llover y hace frío. Burdeos es la próxima estación; completamos un periplo que no hemos programado y eso nos otorga cierto aliento, cierta calma. Llueve y hace frío, me digo y la grisalla tras los cristales reclama otro sentido que ni siquiera intentaré darle: vivo en la tendencia a la invisibilidad.

+ Imagen: a lo largo de los años he fotografíado estas escaleras en la calle Princesa, en Madrid. En esta ocasión la escultura que preside el conjunto, cuando la veo en la pantalla del ordenador, parece haber adquirido una fantasmal apariciencia. El día de hoy oscila entre la lluvia, el frío y la apertura de claros con una luz hiriente. Pienso en esas escaleras, en ese espacio, ahora: cuando escribo y preparo esta entrada. Que conste. Vale.

sábado, 6 de abril de 2019

El mapa negro


Madrid - Hilarión Eslava


+ Una voz habla en inglés y otra la traduce al francés, de fondo una ballena compone una extraña música. Suenan olas, ese gemido intenso e indescifrable, un gruñido, un silbido bajo el agua. Es jueves y la semana llega a su fin. Con este telón de fondo trato de poner en orden mis idea y sólo alcanzo un estado de suspensión. La suspensión del juicio. Es un don: ahora puedo no pensar en nada, salvo en esa respiración profunda bajo el agua, que se confunde con las palabras en inglés, en francés.

+ Regresan las ballenas, pero resultan no ser ballenas. Se trata del triste canto de un triste narval. Si me paro a pensar no sé qué es un narval, salvo que se trata de una mamífero marino, que tiene un larguísimo colmillo exterior por el que es denominado el unicornio del mar. Poco más. Me detengo otra vez en su canto, que lo repiten y ese gemido es una poesía no transcrita, a la espera de un interprete que nunca llegará.

+ [La limpieza de la cocina]: continúo con el programa anterior en France Culture, y las ballenas dan paso a melodías árabes. Mientras limpio la vitrocerámica tengo la extraña sensación de que soy un actor que limpia la cocina y entonces siento la necesidad de esmerarme en el acto mismo, en su gestualidad, en su dimensión inabarcable.

+ En algún momento de la mañana alguien dice: «el mapa negro», cuando se refiere a que la aplicación de mapas no es visible en su teléfono. Lo retengo y pienso en ello, en cómo cuajan los títulos. ¿Podría ser un título válido El mapa negro? ¿Una historia de piratas, de espías, centauros sobre el mar, con acentos clásicos o mitológicos, o una historia sobre las calles de cualquier metrópoli de ese principio de siglo? Se abren las posibilidades que se ven inspiradas por el intenso sabor del café negro, su aroma, ese color: el negro profundo. El mapa negro, me repito mientras salimos del pequeño bar frente al puerto. La mañana es limpia, primaveral, única. Veo a los trabajadores de los astilleros con su cara tiznada y sus fundas azul profundo. ¿Comenzaría en este espacio y en este tiempo la narración? Mi salida del bar, con la decisión de realizar bien el trabajo encomendado, aunque resulte rutinario y redundante. ¿Qué música nos acompañará: un violín neoclásico o el rasgo rugir del hip-hop; veladas armonías y nebulosos deslizamientos de escalas en un amortiguado piano? El estilo, me digo y pienso, como tantas veces últimamente, en La distinción de Pierre Bourdieu? Sí, concluyo, también mi simulacro de interpretación mientras friego la cocina, las ballenas, la captura del sintagma «el mapa negro»; todo ello forma parte de mis maneras y gustos, que me caracterizan como nada me caracteriza: estudiar su estructuración es estudiar mi mismidad, sin alcanzarla, por falta de deseo. Soy yo y mis preferencias, que me condiciona a la vez que intento moldearlas. Apago esas confesiones y regreso al vacío que regala el trabajo rutinario y redundante. Una elemento más que anotar, una extensa lista donde nada ponemos, salvo la espera del salario.

+ La mañana comienza con la radio francesa. Consulto mi cuenta bancaria. Me dispongo a emprender el día. Desayuno y leo un artículo donde el autor distingue entre el creador aficionado y el creador profesional: diarios, poemas, novelas. La mañana, la semana que comienza, el círculo eterno de la jornada laboral y las vespertinas horas de estudio [la sensación de eternidad camufla la ineluctable caducidad del amplio todo]. «Todo lo reduces a la temporalidad», me dijo y yo asentí. La radio de la Baja Normandía me hace transitar por las posibilidades que ofrece un viaje futuro. Las posibilidades y el futuro se pueden teñir de negro en cualquier momento; sin obviarlo, me encomiendo al dios del segundo.

+ Imagen: la ausencia de sujetos carga el decorado de una inquietud e irrealidad, un reflejo, un no-lugar, el olvido.

sábado, 30 de marzo de 2019

Listas


Madrid - fantasmas


+ Tengo dos listas que no sé si llegaré a compartir en algún momento. Son listas que no están terminadas, que quizá no tengan conclusión, son listas que responden a la necesidad de crear  presupuestos para algunas conversaciones. La primera la he nombrado como: «Autores (canon y canonización)»; la segunda: «Haces: indicios difusos y condiciones de posibilidad». Se trata de trenzar, entre ambas listas, una suerte de nebulosa de conversaciones posibles. La conversación tiene pautas anteriores a su concreción, pautas implícitas que, quizá, es preciso caracterizar y explicitar. El diálogo como punto de encuentro e inicio de una construcción, verbi gratia. La primera lista quiere dar forma a los autores que me interesan: agrupo autores por una cierta afinidad que no he determinado pero sí intuyo y creo que es verdadera en un ámbito de lecturas próximas [puntos de vista, matices, atención al detalle (…)]; la segunda lista aborda problemas que me preocupan y se decanta más hacia lo social y lo político, también a las costumbre, modos y gustos [y esto último sirve de enlace con la lista anterior].

+ Continúo con la lectura de los tomos de Pierre Bourdieu. Lectura que se produce cada sábado y cada domingo; sistemáticamente. Se trata del gusto, de los porqués de esto y de aquello, o los rechazos. Según la lectura avanza las explicaciones alcanzan mi formación cultural y sentimental: cómo se ha fosilizado, cuándo se quebró y de qué manera la he reconstruido. La observación del proceso tiene un apoyo en el discurso de los dos tomos [La distinción y Las reglas del arte. Génesis y estructura del campo literario]. Pienso en mi acercamiento a la lectura, los libros, el arte, el viaje como expresión de distinguido elegir, el viaje contrapuesto al turismo [y ahora el turismo contrapuesto al imposible viajar], la ropa, lo límites de las conversaciones, el no reconocimiento de una laguna, el silencio ante un dato ignorado, la elección de una bebida por sus implicaciones artísticas [del ajenjo al té verde o la cerveza sin alcohol, el whisky o la ginebra mala], los venenos y su adorable y maldito reflejo. Lo maldito como expresión general de una inconformista veleidad, derivada de una situación burguesa donde ya lo necesario es obvio e incluso vulgar. Esa construcción tiene su contraste en los dos tomos citados, en la certeza de que el gusto es un emblema, con mayor importancia de que en un principio se pudiera sospechar. La explicación pone en orden viejas y desordenadas ideas: hoy agrupan la constelación de las observaciones espontáneas.

+ La refracción de los estímulos [ocurrencia en el inicio de la semana, que considero poco afortunada, pero que copio como muestra de una serie de procesos de escritura, como la copia del prospecto de un medicamento: sin importancia].

+ Hay fantasmas que no asaltan inesperadamente: noticias en la televisión, fotos del pasado, una canción que trae una época no memorable de nuestro pasado. Todo ello se puede conjurar, el antídoto se encuentra en nuestro interior: hay que desterrar las figuraciones. Evidentemente extraigo el medicamento de las Meditaciones de Marco Aurelio. Evidentemente, Marco Aurelio está en una de las listas, por derecho propio, por su gran rendimiento, por ese estilo que tanta calma me ha aportado, me aporta.

+ Días soleados del inicio de la primavera. La floración, el aire limpio y el incontestable frescor de la mañana. La vida regresa. Los ciclos de la naturaleza son tan metafóricos. Ahora es primera hora de la mañana y me preparo para ir al trabajo, antes leo un artículo sobre la muerte: me decepciona y regreso a la rememoración de la primavera. Me sorprendió la variedad de verde en los árboles, nubes o verde pulverizado, en el paisaje. La muerte y la primavera, que resultan complementarias. Lo opuesto y lo complementario no están separados uno de otro, como la pieza de un puzzle que encaja en otra pieza. Días soleados, la lectura, cierto deseo a la baja, que me beneficia y me calma.

+ Muerte una mujer de 41 años en un accidente de tráfico; de primera mano recibo la noticia, que no difiere de lo que se publica en los periódicos. La opinión sobra. La muerte impone su verdad: todo cesa. Me llamó la atención lo que me dijeron: no había una sola gota de sangre, algo que no figura en la prensa: son estos los detalles que muestra la visión privilegiada por la cercanía y la experiencia. La muerte violenta es un extraño drama que nos alcanza para interpelarnos. Vuelvo a Marco Aurelio, ahora: en la primera hora de la mañana del miércoles, antes de coger el coche. Nunca se detiene, la vida, esa actividad absurda.

+ Imagen: esos fantasmas que sólo la cámara fotográfica puede atrapar.

sábado, 23 de marzo de 2019

Land Marks


Vaso Uned Madrid 2019


+ Los lugares reseñables envuelven al viajero en un estado de sorpresa: comprobar y reconocer el monumento nos aporta un grado, paradójicamente, de irrealidad. ¿Tienen una función estas señeras balizas? No lo creo porque no se trata de funciones sino de venenos. Land Marks.

+ [Vídeos en internet]. Busco unos datos sobre algo que se acerca al arte contemporáneo pero ni lo intenta ni lo alcanza; más tarde decido que resultaría conveniente escuchar una conferencia sobre coleccionismo y arte contemporáneo, pero la conferencia no la encuentro y, sin embargo, aparece un pseudo documental sobre una extensa colección de zapatillas deportivas: una vez visto, en un enlace, me dirijo a una colección de cochecitos. La cantidad de elementos es pasmosamente grande. Casas enteramente dedicadas a estos «archivos». Dejo que la corriente fluya, sin hacer valoraciones, dedicado a escuchar motivos, sistemáticas y relatos sobre las ordenaciones de la colección. En un momento, el coleccionista de autos [un hombre muy meticuloso, cómo no] dice que no ve diferencia entre coleccionar arte y coleccionar autos. Detengo el vídeo y escribo [escribo esto que ahora se puede leer], oigo la lluvia contra los cristales y miro hacia el reloj: son la ocho y cinco, es domingo, ¿tiene razón el coleccionista de autos? Podría establecer un discurso elitista sobre la tarea cultural que supone la creación de una colección [de arte contemporáneo] y la imprecisión que suponen los bibelots, pero no me parece que se ajuste a la idea que me perturba. Anoto, finalmente, un condicionante común: el desasosiego que la vida produce cuando se encuentra con la realidad innegable y que el aburrimiento atestigua. «El coleccionista es el que conoce su límite», sentencia el coleccionista de autos: y ahí está la razón en los límites [precio, escala, color (…)]. Toda una lección, una gran lección.

+ [Termina el vídeo]. Afirma el coleccionista que toda colección tiene un anclaje en la infancia: por eso él colecciona pequeños coches. Tal vez. La tarde es lectura y en el libro de Pierre Bourdieu aparece una larga referencia al Aduanero; según avanzo y las páginas se deslizan, deseo ver los cuadros del Aduanero, otra vez. Así, voy al ordenador y en el buscador de imágenes se despliegan ante mí varios cientos de posibilidades: entre ellas escojo La gitana dormida [la noche, el león, la mujer, la cítara, el jarrón (…)]. ¿Por qué escojo este cuadro y me detengo en su estudio durante largos minutos? Porque este cuadro tuvo un significado en mi infancia, un significado que se ha perdido y del que sólo quedan algunos jirones que se traducen en una idea de extrañamiento, de lejanía, de no comprensión: el color, las figuras, la propia tela que compone el atuendo de la mujer, los pies y las manos de la mujer. El choque se produjo entre una idea de pintura y una realidad de pintura. Con mucha precisión puedo recordar el fascículo que mi padre trajo, aquéllas hermosas reproducciones en tamaño de un A3 (más o menos). Con la recuperación del pintor ha regresado todo un mundo que yo intuía y que nunca llegó a cuajar. El coleccionista tiene mucha razón: la infancia es determinante en ciertas obsesiones; aquí los cochecitos, aquí los cuadros y el arte. Yo tampoco he conseguido desprenderme de ello, pero mi colección no es tan evidente, no tiene ese grado de concreción, pero es igualmente obsesiva.

+ Samanta Schweblin dice que mejor que los premios sería tener un sueldo que le permitiese escribir sin preocupaciones. Las sugerencias de los vídeos son un retrato; el inquietante retrato que ofrece la lectura de nuestras preferencias en línea. Relaciones familiares, parecidos de familia, filias y fobias. Qué sé yo. Recupero el libro de S.S. que compré hace unos meses, quizá esta noche lea algo, quizá no.

+ Llegó la noche y comencé a releer el libro de S.S.; un cuento. Respecto a la primera lectura, la prosa había ganado una suerte de vértigo, el subrayado de inciertos detalles que iluminan la oscuridad del relato, la composición de un espacio y un tiempo que condicionan el giro de los personajes. Todo está abierto y esa apertura ofrece un extraño placer. Me recordó a Salinger, pero llegó la hora de dormir ya apagué la luz.

+ Copio una parte de un diálogo de uno de los cuentos de Samanta Schweblin, Cuarenta centímetros cuadrados: «Cuando le pido algo a Dios pido así: Dios, vos hacé lo mejor que puedes- y dio un gran suspiro-. De verdad, no pido nada puntual. De tanto escuchar a la gente aprendí que no siempre piden lo que es mejor para ellos». Ciertamente es una vieja idea que se remonta más allá de las culturas clásicas, eso creo, pero me ha gustado la actualización, en este momento, con estos filtros que se constituyen en esta hora: el café, la tenue y amarillenta luz, el silencio de la madrugada.

+ Después de terminar la lectura de otro cuento de S.S., E. y yo hablamos por vídeo conferencia. Entre otras muchas cosas, me dijo que la sorprendía que yo la citase. Es cierto, quizá se trate de súper poder, como los súper héroes de Marvel, que a ella le gustan e interesan. ¿Son los súper héroes de hoy una mitología de ayer?

+ He retomado a Lucrecio y no he podido de dejar de pensar en Nápoles, en Pompeya. He pensado en la calles por las que C. y yo caminamos, la retícula de la ciudad, los frescos, el aliento que se sostenía desde el pasado, el remoto pasado. De rerum natura, con una introducción de Agustín García Calvo, un libro que recupero porque alguien dice que es un libro que le acompaña. Por otros motivos, motivos muy diferentes, lo aprecio: reconozco la melancolía que imprime y me digo que la melancolía es el humor negro, una enfermedad que germina sin piedad en los corazones sensibles al dolor de vivir. Me acerco a una historia de la literatura latina y busco el nombre de Lucrecio, leo las noticias sobre su vida, indago en la dedicatoria del libro y encuentro la relación entre el autor y la bahía de Nápoles: los abrasados papiros de Hercúlano. El tiempo no se apiada de nadie, su crueldad es manifiesta; leo y sé que la lectura es humo, pero es en este instante donde debo detenerme y trazar el giro que se me ofrece: la lectura como impreciso veneno, vano y peligroso oficio.

+ Imagen: vaso de agua: hacia la abstracción, sin formas, sin color, las sombras se apartan, queda la luz sobre el vaso: intensa, dura, cruel. Luz de fluorescente, que puede estar en el comedor universitario o en la sala visitas del hospital, y nada le importa, salvo la exactitud de su tarea.

sábado, 16 de marzo de 2019

La imposibilidad del viaje




+ He comenzado a preparar un viaje a Normandía. Lo primero que hice fue comprar una Guía Verde Michelin, en inglés porque en inglés estaba a muy buen precio. Paso las últimas horas del día sumergido en la lectura de las entradas sobre los pueblos y los paisajes, en el estudio de mapas y fotografías; playas, museos o castillos. Es un trabajo laborioso que me agrada. La constitución del territorio como material de indagación, donde se van colocando balizas imaginarias de diversa naturaleza: referencias literarias, noticas gastronómicas, asuntos políticos. La conjunción de las ideas anteriores con los fragmentos de realidad que aporta la guía elevan un imaginario sutil, inasible, pero que se hará materia en el futuro. Otra forma de estudiar el paso del tiempo. Esta es la lectura que guía las últimas horas del día, después de haber terminado la novela de espías y quedar un tanto decepcionado.

+ Espero la llegada de un mapa de carreteras; todavía faltan diez días, como mínimo, según veo en el localizador que tengo en mi correo-e. Para terminar mis gestiones necesito ese mapa, necesito el papel, necesito posar el escalímetro y anotar las distancias, hacer humildes cálculos y tomar decisiones.

+ Hoy viernes ha llegado el mapa de carreteras, lo extiendo sobre una cama y la disposición del territorio me intriga. Me intriga, en sí, Normandía: es un tema que crece y toma cuerpo. Las novelas tienen algo que ver en su constitución, dos novelas. No es la primera vez que, en mi caso, un territorio se une a una serie de paisajes que llegan a través de la narración. Lo sé, es un fetichismo. Pero la posibilidad del viaje se posa en esa, llamémoslas, iluminaciones. Francia es tema, un capítulo: Normandía. He de buscar el escalímetro.

+ [¿La imposibilidad del viaje?] Hoy es domingo y leo un artículo en un semanario que llega junto al periódico. Un escritor habla de que hoy no es posible viajar porque el viaje se ve imposibilitado por los vuelos baratos, la sustancia intercambiable de la oferta hotelera y una suerte de desplazamiento instantáneo que ha suplantado al viaje auténtico. En la prensa digital encuentro una entrevista con S. Pinker, el psicólogo, que dice que no es cierto que los jóvenes escriban mal, que esta es una sentencia repetida a lo largo de la historia y sin base alguna. Comparo las dos aseveraciones y veo que en realidad son caras de la misma moneda: ¿vivimos en el mejor de los mundos posibles? ¿apocalípticos o integrados? ¿es imposible el viaje? En cualquier caso, le resto importancia. No entra dentro de mis planteamientos; no desprecio el turismo.

+ Recuerdo que U. Eco en la introducción de su libro Apocalípticos e integrados decía que era muy injusto encasillar las actitudes humanas con las etiquetas anteriores.

+ Hoy he vuelto a ver a la limpiadora. La he visto feliz y esto me ha alegrado. ¿Ha regresado el hombre que la buscaba anteriormente? Pasa un instánte y los veo juntos y me digo que sí. Caminan sin prisa, juntos, sonrientes, pausados; en la calma de estas primeras y limpias horas de la mañana. El amor reconoce a sus participantes, y en ocasiones es leal con ellos, les regala la sonrisa y las palpitaciones de sus corazones, la agradable cursilería del enamoramiento. Sólo es un suspiro, pero en la decadencia del instante hay una lírica sin explicación: la magia de la finitud. Suficiente.

+ [Una vez más, creo haber repetido una imagen: se trata de la entrada anterior. ¿He insertado dos veces el teléfono del cuadro de D. Hockney? Podría ser, pero no lo comprobaré porque no quiero corregir esa duplicidad, ya que creo que tiene algún tipo de significado, en el sentido de mi reverencial admiración por el pintor. Con todo, me gustaría volver a ver el cuadro, como el que visita una ciudad donde ha sido feliz, pues ante al cuadro de D.H. fuimos felices C. y yo. Para eso deberíamos regresar a Londres, una ciudad en la distancia, un lugar a donde regresar porque allí fuimos felices].

+ Imagen: una hoja de ginkgo sobre la piedra, un recorte contra la mañana fría.

sábado, 9 de marzo de 2019

Arqueología




+ [David Hockney y los retratos, y también un bodegón]. A lo largo de los años hemos visitado algunos museos en varios países [tampoco tantos, pero sí los suficientes]. Museos de arte contemporáneo, museos históricos, museos de artes decorativas (…) Hay lugares especiales, momentos singulares. Finalmente, recuerdo con mucho cariño una mañana en la British Tate donde C. y yo estuvimos largo rato ante el cuadro de David Hockney Mr and Mrs Clark and Percy. Nos situamos frente el cuadro en silencio. Nadie pasó, nadie llegó a la sala y los minutos caían; ni visitantes ni guardias. Había algo mágico en el momento, esos momentos que no se olvidan, que con facilidad instituyen un poso perdurable y fructífero. Para mí, y creo que para C. también, en ese momento se constituyó una idea de Londres y de los londinenses, subjetiva y arbitraria, pero personal y relacionado con nosotros, únicamente con nosotros. Así, la calidad de los tejidos, la voluntad de clasicismo de la puesta en escena y la disposición; la luz, esa luz que otorga el sol en Londres en algunas ocasiones. La teatralidad conduce a una reflexión sobre la vida de la pareja, sobre las costumbres y la decoración, el hogar como reflejo de la unión.  La decoración, ese tema. Todo esto y otras cosas recordé con un cierto desorden cuando rescaté un libro de una exposición de D. Hockney que mi hermano me regaló unas navidades atrás: 82 retratos y 1 bodegón. Leo el texto que introduce el catálogo y regreso a aquella mañana levemente lluviosa, donde una chica nos sonrió en la cola de entrada, donde estudiamos sin demasiado convencimiento unas estilizadas esculturas mitológicas: hierro negro y brillante como charol o asfalto mojado que contrastaban intensamente con los lienzos blancos de la fachada de la British Tate. Poco más. De regreso al libro, los retratos contienen en sí mismos una idea que manejo con frecuencia: la vida cotidiana como posibilidad ilimitada de historias y revelaciones, un tiempo y un espacio donde investigar y donde reconocerse, pero también donde descubrirse: esos actores que somos, sin saberlo. Así, durante la tarde de fiesta me dejé llevar por las reproducciones, por el estudio del gesto, el atuendo y los cuerpos, la silla y el fondo. Lo repito: poco más, que es mucho.

+ Sin saber porqué, hoy cogí un tomo de poemas de Luis Alberto de Cuenca y volví a certificar que su poesía me gusta, me divierte y la siento cercana. Quizá se trate de una frivolidad, lejana a otros peligros, a necesidades más perentorias, más comprometidas, más verdaderas, pero yo encuentro en esta poesía un índice de lo que soy, de lo que me gustaría ser. Playas en invierno, las manos de la amada, el viento sutil en los trayectos en coche por la costa francesa, jugar a espías en Berlín, recorrer París en un día, desayunar en el área de servicio de una autopista cerca de Oporto. Tantas cosas que se reflejan en la fragilidad de los placeres y los días, en fluir de lo cotidiano.

+ Lo anterior se diluye en la lectura de las Meditaciones de Marco Aurelio, aunque permanece un aliento de alegría, una sosegada alegría a punto de quebrar.

+ Pensé en los álbumes de Tintin, pensé en cuando por primera vez vi a Tintin, lo recuerdo ahora: mi padre regresaba de Madrid y cada uno de los hermanos nos trajo un álbum. Recuerdo la casa de mis padres, a mis hermanos, la sorpresa de los dibujos, el descubrimiento de la línea clara, recuerdo el viaje a la Luna, recuerdo a Tornasol, recuerdo a la Castafiore, recuerdo a Haddock, recuerdo que le prestamos El asunto Tornasol y nos lo devolvió pintarrajeado: sé que en ese momento aprendí algo que no olvidaré, recuerdo los coches, las estaciones de tren, recuerdos los árboles, los paisajes, recuerdo las mañanas del sábado, en la infancia, en la adolescencia. ¿Qué queda de todo aquello, a dónde ha ido? Pero, con todo, Tintin permanece, lo sé y me da una seguridad que atraviesa el tiempo.

+ Recordar implica el reconocimiento de una expulsión: desde Hockney hasta Tintin todo se ha desvanecido en el implacable discurrir del tiempo. Nada puedo hacer, salvo olvidar, pues el olvido impacta contra el recuerdo y lo reduce a polvo, un polvo brillante e inasible.

+ No puedo dejar a un lado que la enfermedad de mi tiempo, es decir este mismo, cuando escribo, cuando leo, es la ansiedad. La velocidad y la presión. La ansiedad no es otra cosa que la traducción del miedo. El miedo que se refleja en lo diario. Merece un poema, pero no seré yo quién lo escriba. La capacidad de escuchar, tal vez, tal vez sea otro tema, pero el día se termina y la coherencia desemboca en el sueño, el sueño reparador, que me alivia de esa otra enfermedad: vivir. Tintin vela mi sueño, pero en esa tarea colabora D. Hockney, hoy D. Hockney, mañana quién sabe. Pensaré en los temas: la ansiedad y la persona que escucha; pensaré en ellos y trataré de establecer una conexión con mi vida diaria; tal vez sí, tal vez no.


+ Percy era un gato.

+ Imagen: Fragemento del cuadro de D. H.
Mr and Mrs Clark and Percy.

sábado, 2 de marzo de 2019

Anotaciones en una libreta de tapas negras







+ [5:55 a.m.: miércoles, aeropuerto]. En una pantalla pasan el parte metereológico del NE. de EE.UU. A continuación, en silencio, se desgranan noticias que no alcanzo a entender: es demasiado temprano. Es raro, soy raro. Sólo resultan perceptibles los zumbidos sincopados del eating point. En el no-lugar, el idioma del no-lugar es el inglés. Leo en la pantalla: Noticias de China: «… el ticket de entrada al mercado ha costado más de 600 euros…», apenas se puede comprender el enunciado, el subtítulo dura una pequeñísima fracción de ¿segundo? Me aburro, abro el libro y me aburro, cierro el libro, comienzo a acusar el cansancio.

+ En el aeropuerto comencé la lectura de El espía que surgió del frío de John le Carré. El aeropuerto y la narración de la historia de espías encajan bien; la sensación de falta de identidad y la falta de permanencia de todo lo visible forman un sólido matrimonio. Veo, estudio a las personas que me rodean: cuánto sobre ellas ignoro; todos somos iguales, todos somos diferentes. La novela recorre escenarios que C. y yo hemos recorrido juntos, ahora toman otro sentido. Londres o Berlín, sólo recuerdos con diferentes grados de persistencia.

+ Caminé mucho y caí sobre la cama como un saco, el sueño fue profundo y soñé con asunto laborales. Equívocos, confusiones, un accidente, un pequeño accidente sin consecuencias. Madrid ofrecía un cielo limpio, el perfil exacto de los edificios, las sombras sobre el asfalto, el recuerdo de una luna inmensa, el brillo del sol en los escaparates, árboles adormecidos, pájaros insomnes. Pensaba yo en lo oído durante todo el día y se diluía en el caminar. El caminar es un catalizador, vuelvo a caer en el sueño; y así.

+ [Martes, primera hora de la mañana]. No puedo dejar de observar a las personas, me repito mientras cierro la puerta de casa, mientras le doy dos vueltas a la llave, mientras me digo otra vez lo mismo: nada hay más sorprendente, oculto, misterioso: la gente. Así, hoy he visto a la mujer que limpia los portales que están en las inmediaciones del garaje donde guardo mi coche. Es una mujer que ronda los cincuenta años, quizás los haya sobrepasado, no es muy alta y siempre está muy maquillada, lleva tacones y camina con contundencia. Unas semanas atrás quedaba con un hombre y parecía feliz, se alejaban charlando y riendo en estas primeras horas del día, cuando todavía no ha amanecido; no he vuelto a ver al hombre y ella está triste o nerviosa, quizá ambas cosas. ¿Ha desaparecido de su vida o sólo es una ausencia pasajera? La veo y no puedo dejar de pensar en las múltiples historias que nos rodean y de las que no sabemos nada: las personas que nos saludan o no nos saludan en la entrada de un edificio, las que nos cruzamos en los ascensores, los vecinos, la tendera, el funcionario que levanta los ojos y vemos algo comprometido en su teléfono, en la pantalla de su ordenador (...) Cuántas historias que nadie contará. Pero yo pienso en esta mujer, que a veces me saluda y otras veces no, pienso en ella mientras me dirijo al trabajo con la única compañía de unas viejas canciones napolitanas en las que de alguna manera me veo reflejado. La recuerdo, parecía ilusionada cuando abandonaba su trabajo durante unos momentos y acompañaba al hombre, pero hoy la vi hoy cabizbaja, taciturna, pensativa. ¿Un desengaño, el abandono, el final de un amor que ni siquiera llegó a germinar? Todas las posibilidades que barajo apuntan a la equivocación, pero esa es la condena: trazar líneas sobre el agua fría de la mañana y saber que el error nos configura. Aunque, todo sea dicho, la tristeza palpita en su gesto, la tristeza crece; mi coche se aleja y, ya, otras historias se me ofrecen como la flor que abre sus pétalos.

+ «El trabajo de espionaje tiene una sola ley moral: se justifica por los resultados» [El espía que surgió del frío, John le Carré]. ¿A cuántas actividades se puede extender esta ley moral? ¿La política, los negocios, las relaciones personales, el amor (…)? Siempre podemos elegir, rechazar y aceptar; la elección es cómoda o desagradable, pero la ley moral equilibra las razones y separa lo adecuado de lo inadecuado. Lo importante, me digo, es no engañarse. Mientras, la novela avanza y veo que la calidad del relato no es menor, que hay una enseñanza flotando en todo el desarrollo del hilo narrativo, la duplicidad: creo que hay reside una característica que alcanza a la totalidad. La totalidad.

+ Recuerdo haber leído en un panel de la exposición sobre Auschwitz [Madrid - Salas del Canal] que no debemos rechazar a las personas por su aspecto, porque no nos guste su cara, por razones espontáneas sin fundamento, es más: incluso cuando las razones estén fundadas debemos evitar el odio. La recomendación siempre la tengo muy presente, como un comprimido contra mi propia estupidez [esa estupidez humana que todos tenemos en mayor o menor proporción].  En este panel pensé poco después de ver su foto; la foto de su perfil del programa de mensajería instantánea, pero, al tiempo, no podía dejar de valorar su gesto, su sonrisa, la disposición de los elementos que se distribuían en aquella foto tan sumamente estudiada. Sobre todos los elementos, la sonrisa dominaba el retrato: en mi opinión indicaba una falta, una carencia, el peligro que amenaza tras lo que nos parece una sonrisa falsa. Estudié su rostro otra vez y debí volver al consejo del superviviente de Auschwitz: evita sentir desprecio, porque el mal te absorberá. Dejé que la relación fluyese: hablamos por teléfono con educación. La primera vez que lo vi cara a cara me pareció de una amabilidad fría y condicionada por una jerarquía subterránea donde él dominaba la estratificación, con una gran diferencia sobre mí, algo no podía hacerlo explícito porque ya que necesitaba de mí. Lo estudié. Nervioso, fumador, muy delgado, ojos inexpresivos, una dicción monocorde y firme, una voz profunda que contrastaba con su rostro afilado, esa delgadez que su ropa ligeramente actual remarcaba: los pantalones pitillo, el polo gris, las botas de media caña muy gastadas, falsamente gastadas, el anillo de casado tan brillante en sus dedos largos y esbeltos. Pensé demasiado en el encuentro y no me pareció bien, no nos debemos permitir perder el tiempo en asuntos estériles y el asunto de valorar a X. era estéril. Pasó el tiempo y semanas más tarde me enteré que tenía una tendencia importante al engaño, a las trampas y a romper puentes, con la intención de salirse con la suya, pero con saña y sin educación. ¿Me había equivocado? No, no me había equivocado en mi primera intuición; pero la sentencia del superviviente del campo de concentración me acompaña y sé que se deben evitar el odio, por ligero que sea, incluso, como ya dije, cuando se tiene razón.

+ Dejé de escribir, cerré la libreta y traté de no pensar en nada. El aeropuerto era una inmensidad dominada por ruidos difíciles de identificar. Bebí al carísima agua recién adquirida y la idea, la imagen surgió repentinamente. Aquel rostro que vi en el perfil de la mensajería instantánea era el rostro de la soberbia y todo lo que después vino de X. estaba guiado por la peligrosa sombra de la soberbia. Había acertado. Otra vez, una vez más, recordé las palabras del superviviente de Auschwitz. Nada puedo añadir, nada debo añadir, escribí al final de la nota, en la libreta de tapas de hule negro. Caligrafía nerviosa y definitiva. Punto final.

+ [Todos los puntos de esta entrada los escribí en una libreta de notas de tapas negras; los escribí bien en los aeropuertos, bien en los aviones, en el viaje de ida, en el viaje de vuelta de mi última estancia en Madrid, febrero 2019; ahora las paso a limpio como un ejercicio de estilo, pues cuando escribía en la pequeña y envejecida libreta calculaba este pasar notas a limpio].

+ [Mis observaciones han estado marcadas por la figura literaria del espía y cuando escribía en la libreta negra pensaba en Museo del Espía, en Berlín. Así, los días luchan contra el consustancial aburrimiento].

+ Imagen: arquitecturas sin importancia: patios interiores, pasadizos, blancos lienzos de pared sin atractivo que tanto me intrigan. [En Madrid].