sábado, 25 de octubre de 2025

Su noble palabra demiúrgica

 

+ Vuelvo a Roland Barthes. Hoy que llueve y no dejo de pensar en guitarras, regreso a Roland Barthes. Ay, las guitarras y mi mismidad. Leo, una vez más, un artículo que aparece en Mitologías, “El escritor en vacaciones”. Resulta ilustrativo de una idea romántica de la creación literaria y del trabajo que conlleva y que permanece en el imaginario colectivo. El escritor en vacaciones es una asociación entre el mito en sí mismo del escritor y su realidad de la vida cotidiana. El acento que sobre esta circunstancia pone R.B. es definitorio y se extiende desde el momento del artículo hasta el presente. El libro, Mitologías, es un libro propio del momento, de los años sesenta, pero lo que desvela permanece. La duplicidad que encontramos entre la persona y el personaje. A la persona le gusta lo mundano en comunión con el resto de sus conciudadanos, pero tiene aquel rédito intangible: “su noble palabra demiúrgica”. Y es aquí donde se produce la intersección con las guitarras. ¿Por qué? El viernes pasado C. y yo, junto a otra pareja, L. y J., fuimos a lo que se denomina un “clinic” de dos enormes guitarristas. Los guitarritas en su atuendo roquero adquirían un tinte mitológico similar al escritor, pero acentuado por las guitarras y los amplificadores, la interpretación musical y las poses que ornamentan al roquero: herederos de un cierto romanticismo y de una idea cirquense de la vida y el espectáculo. Está bien. Son necesarias estas expresiones de divinidad y armonía. Las guitarras, los libros o las ciudades, mecanismos que activan la ilusión de una existencia verdadera o auténtica, en un sentido que ya nadie utiliza. Lo auténtico quedo relegado por otras formulaciones, pero, tanto en la escritura como en la interpretación musical, permanece incólume. Por un momento, los dioses nos visitan y los honramos en la justa medida del orden, la armonía y la serenidad.


+ Repaso anotaciones a lápiz de L.R.C. en una antología del Conde de Villamediana elaborado por él mismo. Me resulta muy difícil entender su letra, aunque tampoco es mala su caligrafía [bueno, quizá sea redundante lo dicho porque dentro de la palabra está contenido el concepto de belleza: Κάλλος, y ahí no se puede entrar: o es buena o no es caligrafía, con todo: así queda]. Pienso en cuando tomó nota, en la extrema realidad de que nunca se sabe quien terminará por leer lo que escribimos, aunque no sea nuestro propósito que alguien lo lea terminará en otras manos. Reflexiono sobre esta circunstancia a menudo. Escribimos sin saber quién será nuestro destinatario, a pesar de que esto no se considere comunicación stricto sensu, ya que para que la comunicación se produzca debe existir una intencionalidad y en este caso no la hay. La tarea se desarrolla arropada por excelsas interpretaciones de piano y con la lluvia como telón de fondo. He adelgazado mis pretensiones y ahora con observar me conformo. La letra de Luis Rosales me devuelve otra imagen de mí, un otro yo.


+ Apunto: “la imagen del barco varado y la idea de fortuna”. Podría amplificar el apunte, pero así está bien. Así queda.


+ La casualidad me lleva a una frase que flota en la página web de una compañía de logística. La frase, en su literalidad, flota: “Children are like wet cement, whatever falls on them makes an impression” [la traducción automática parece válida: “Los niños son como el cemento húmedo, todo lo que cae sobre ellos les deja una impresión”]. Pensar en la frase es pensar en si las comparaciones son acertadas por la simple inserción de la partícula que establece la comparación misma o se les debe exigir algo más. Supongo que lo último es lo que se impone, pero hay que pensar. Las cuestiones de pragmática lingüística siempre son inquietantes porque parecen desvelar aspectos que se esconden en lo cotidiano y lo dado. En realidad, lo que dice la frase a todos nos sucede y la comparación no hace otra cosa que acentuar la observación con la indiscutible realidad de la infancia, donde todo está magnificado. La frase es de un maestro y psicólogo israelí del siglo pasado, que murió a los cincuenta y un años. Bueno, no es cemento, es hormigón o mortero, por ejemplo, el cemento es un polvo gris que precisa del agua y la grava para ser algo. ¿Podría llevar este error hasta las consecuencias hermenéuticas que de él se desprenden, cuando se confunde el ingrediente con el resultado, una confusión que desarma toda la metáfora? La precisión no es cortesía, sino necesidad. Punto.


+ Las frases de calendario bien se merecen un tatuaje en su punto, siempre que reine la ironía o el sarcasmo. Pero no es posible. El tatuaje es talismán y ni la ironía, ni el sarcasmo protegen de nada.


+ Leo algo sobre Gerhard Richter y encuentro ciertas concomitancias con ideas sobre la imagen y el devenir del presente. Son ideas que tienen algo en común con una forma que he desarrollado de ver, pero que nunca termina de plasmarse [si dejamos a un lado las fotografía de este blog y las imágenes de aquel que abandoné cuando murió mi madre]. Es algo que se relaciona con lo cotidiano, con lo que carece de valor, una suerte de elevación del desecho, pero también con una tendencia hacia un intento de capturar un esbozo de lo contemporáneo, a sabiendas que esto no deja de ser la fundación de una arqueología. En fin. Me interesó el artículo y recordé al artista. Poca cosa no es. 


+ Imagen: la biblioteca, como residencia de aquella palabra demiúrgica que es escritor empuña.


sábado, 18 de octubre de 2025

Sin indicaciones (30)


+ Si me preguntan por mis opiniones sobre el arte, me mantengo al margen. Me cuesta. Cada año que pasa, más me cuesta tener una opinión. Ay, las opiniones. La observación de la realidad me distancia de aquella manera del yo siempre presente y dispuesto para el combate. El concepto me abruma, digo. Solo hay concepto, repito y me abstengo de opinar. Mi interlocutor sonríe. Tiene veintiséis años y hay en su mirada la ilusión que yo he descargado: soy un observador, me digo, casi sin saber que es algo más propio de la edad que de mi condición. Ahora, tras ver las impresiones sobre paneles de madera de grandes páginas de conocidos tabloides que hizo en los años noventa Sarah Lucas, me reafirmo. En realidad, son más balizas que objetos en sí mismos estas extrañas expresiones. Se transforman en expresión de un tiempo. El contexto y del discurso que las ampara le otorga el sentido. Eso busco, le digo y él vuelve a sonreír. Son cosas sin importancia que puntean el día a día de transiciones, agradables transiciones.


+ Clara Shumann, es el sábado. El piano desliza dificultades y soluciones. Una parte de luz, otra de sombra. El piano sugiere las medidas precisas. El sábado resulta luminoso, extraño para esta época del año. Un camino en el bosque, accidentes, conversaciones, silencio. El mar, quizá.


+ En una transcripción de un texto alguien confunde espera con esfera. ¿Es un hallazgo? ¿Es el camino para un hallazgo? La esfera se podría unir a una idea de totalidad y, al tiempo, de perfección. La espera casi se puede tomar como una cualidad. La esfera y la espera, la determinación en la espera de una cierta armonía perfecta. Aunque, claro, ya sabemos, la perfección de la esfera solo existe en la abstracción de una geometría matemática, en cuanto esta se materializa, la perfección desaparece. Ahí está la espera, la espera de la perfección. Solo fue una confusión entre palabras que tienen cierta proximidad en el sonido, pero tender puentes entre orillas imposibles resuelve un entretenimiento más. 


+ Imagen: otro recorte, el recorte acentúa una nota absurda en lo cotidiano. Poco más.


sábado, 11 de octubre de 2025

Le flâneur

 


+ Escucho, en el reproductor en línea, a Miguel Sánchez-Ostiz leer un fragmento de su dietario de 1995. Me quedo con la idea del naufragio y el no saber a dónde de se va. La escritura de los diarios que tienen por objetivo su publicación tiene algo de puesta en escena, un aderezarse en trucos y emboscaduras. He escuchado a M.S.-O. con interés. Me intereso, así mismo, por su libro La negra provincia de Flaubert, que  es más el interés por el título que ninguna otra cosa. No poca cosa, me digo. Y sigue la tarde en su órbita.


+ El bosque, árboles. El monte, árboles esparcidos y otras cosas. No sé. La división entre una realidad y la otra tiende a unos límites imprecisos, pero el bosque se impone magnánimo. Un capricho, solamente.


+ Veo unas fotos y un texto de Sophie Calle en una revista antigua. La revista se acerca, o sobrepasa, ya, los treinta años. Los años noventa, me digo. El Europeo. Es antigua, pero no ha envejecido y mantiene un aliento de actualidad. Reflexiono sobre el texto de S.C., sobre los días que pasé en Madrid, sobre las tareas y su resolución. Esa felicidad que produce rematar bien las tareas, por una parte. Por otra, la suma de conversaciones, paseos y desplazamientos, clases y reuniones informales y productivas. Vuelvo a S. C. y me doy cuenta que hay una serie de intereses que se han mantenido a lo largo de los años. Antes no, pero ahora sí lo comprendo: ciertos meandros me han conducido hasta donde estoy. La travesía es un relato. Todo narrar es un viaje. Llegué a Madrid un domingo y regresé un viernes. Llegué a las dos y a las dos me fui. Ese arco. Los cuerpos, las voces, la silueta de los cuerpos. Una definición que no se deja atrapar. El texto de S. C. habla de matrimonios, divorcios, encuentros y despedidas, Paris o Nueva York, por ejemplo. El aeropuerto de Orly, una avenida sin nombre, el filo de una foto en blanco y negro. Todo deviene en una escritura automática, la que se desliza de las sugerencias que ofrece el tomar de una estantería la revista de la que me había olvidado. Se trata de eso: pasear sin rumbo ni propósito. Je suis le flâneur.


+ La rutina desdibuja el peso de los gestos y el movimiento de los cuerpos. Las personas pierden su sustancia, se diluyen en un gris extraño y profundo. Bastan unos días fuera de los días de trabajo, con sus ritmos y sus pausas, para volver a ver lo que ya no veíamos. Lo decía David Hockney: el mayor espectáculo es ver a las personas en su desarrollo diario. Lo suscribo. 


+ “The idea that figure painting might disappear has always seemed naive to me. The most interesting thing we see in the world is another human being." David Hockney.


+ ”Other people fascinate me, and the most interesting aspect of other people— the point where we go inside them— is the face. It tells all.” David Hockney.


+ Con esta idea implícita fuimos a París y allí nos encontramos con esto que el pintor manifestó en su momento y hace un poco copié. 


+ Imagen: fruto de la casualidad es el recorte. Recorto un pequeño fragmento de una foto y aplico una serie de efectos. Queda lo que queda. Un baño de irrealidad. Como el paseo mismo, como la observación misma. 

sábado, 4 de octubre de 2025

Sin indicaciones (29)

 


+ Las pruebas médicas son balizas en el camino. Separan la rutina de una posible excepcionalidad, pero hemos aprendido a construir cajas herméticas. Ay, las cajas herméticas, qué bien funcionan. El instante eterno, me digo y continuo con la escritura, a la espera de que llegue la noche y pueda leer alguna cosa suelta, algún fragmento que me aleje de la investigación y sus incertidumbres. Cuando llegue a la prueba, esa es mi intención, estudiaré con milimétrico ánimo el escenario, las posibilidades pictóricas, pero no me apartaré del verdadero propósito de la cita: descubrir si algo se esconde, o no, en la oscuridad del cuerpo. La oscuridad del cuerpo, ese sintagma.


+ Próximos viajes a Madrid. Iré, por motivos distintos, dos veces a Madrid antes de que termine el año. No tiene mucha importancia. Antes era distinto. Nos acostumbramos. Hoy intenté hacer un recuento de las veces que he estado en Madrid y me ha resultado imposible. No tiene mucha importancia. Algo que se desliza, un error en la memoria, paisajes, anécdotas, conversaciones. El aeropuerto, la estación del tren o la estación de autobuses, el metro. Rostros indefinidos. No tiene mucha importancia. Retomo el hilo. Antes de que acabe el año iré dos veces a Madrid [de hecho, cuando esto se publique, la primera estancia se habrá terminado]. Largos paseos por calles y parques, las avenidas y los monumentos. Todo se aleja y algo queda en el aire. No comprendo. Me dejo ir y no pienso mucho, eso he ganado con los años. Una reverberación en la última hora de la tarde. Ya está preparados los billetes de tren. Leeré y espero trabajar en la investigación, que no es una investigación sobre le mal, sino sobre la lectura de un poeta. Empresa imposible. Calles. Agenda. Bibliotecas. Mapas. Ocupaciones. Todo me hace olvidar esa condición mortal que me embarga. Soy yo y mi tiempo, limitado y precioso. 


+ Hoy de refilón le vi y él me vio. Me reconoció y yo a él lo reconocí. Bien. No nos saludamos. La última vez que hablé con él fue en un garito de ultimísimas horas, en avance de una ebriedad desaconsejable. No hay que pensar mucho. Veinte, treinta años, tal vez. Me confesó, en aquel momento, su ambición más firme: dinero. Se casó bien. Lo último es una suerte de expresión un tanto desagradable, pero en su léxico encaja perfectamente, supongo hoy, supuse ayer. Ha hecho dinero y eso se refleja en su atuendo, de un gusto pasado de moda y un tanto preppy, en sus coches, en su moto, en la localización de su vivienda, junto al parque principal de la pequeña ciudad [La negra provincia de Flaubert, es el título de un libro de Miguel Sánchez-Ostiz que me viene al pelo], hermosas vistas, suelo de mármol y cuadros con firmas destacadas de la remota región de los ríos y la lluvia, cuadros que están perfectamente ubicados: siempre dentro de un realismo sin escorarse [en la conjetura flota una afinada certeza]. No nos saludamos, yo no tenía ganas, él no lo sé, pero supongo que tampoco. El tiempo cubre de una capa de polvo y oscuridad hechos del pasado. A veces emergen. Hoy, ya no. Mejor así, para todos.


+ Lo reconozco: no evité su mirada y, luego, torcí la cara. No es mala educación, es la moneda falsa y la moneda buena en carne mortal. La moneda falsa desplaza a la buena.


+ Imagen: Un cierto desorden; así, estos días: acumulaciones caóticas que se resuelven en un sistema de mínimos y máximos que termina por darle sentido a las tareas. Así sea.

sábado, 27 de septiembre de 2025

Every day life [la pereza]


 

+ He encontrado en el reproductor en línea un vídeo que contiene las “ Gymnopedies 1, 2, 3 “: las partituras de Satie en bucle. Actúo en consecuencia, es la banda sonora de estos días previos al inicio del otoño. Ay, Honfleur, cuánto tiempo ha pasado.


+ Every day life es el título de un libro que compré hace años y, por pereza, no terminé . En él se establece una relación entre la vida cotidiana y el surrealismo, una conexión que me interesaba, pero, ahora, ya no tanto. Mi interés hoy se encamina hacia la cuestión de los análisis de la realidad cotidiana en sí misma. Llego a una idea de cómo en lo diario se esconden imperceptibles pliegues y meandros que, observados con proximidad, ofrecen una faceta extraña. Ese concepto de la desautomatización me parece clave y productivo. Ver, oír, oler, pero con atención a los detalles: evitar los automatismos de la percepción. Los perfiles de los edificios, el sonido de la ciudad, el estallido de la primavera a o del otoño y su reflejo en los aromas, en la pestilencia o en los perfumes. La gente y su indumentaria, los automóviles y sus colores imposibles, las construcciones, edificios e infraestructuras, y la ciudad en sí, como un todo, o la incursión curiosa en sus elementos. Por ejemplo. Todo esto y más. Por eso me parece una fiesta sin demasiados costes, o ninguno. Es barato, es gratis, es bueno. Y no siempre lo barato sale caro. Me centro esta manera de estar y la someto al escrutinio amplio del día a día, a su balance y a los placeres sencillos. Los placeres sencillos, siempre están ahí para cuidarlos. En ello estamos.


+ A veces se limitan las opiniones, en otras ocasiones los juicios emitidos son precipitados. La precipitación es mala cosa. Pienso en que reflexionar antes de hablar no es necesario, sino que resulta imprescindible. Son lecciones que he atesorado a lo largo de la vida. Ahora entiendo afirmaciones que hablaban de la sabiduría que el avance de la edad va otorgando [no a todos] porque lo he experimentado en mi conducta y en mis conversaciones. Una tendencia al silencio, podría ser un resumen pertinente. Ayer insistí, con una modera vehemencia [¿se percibe el oxímoron?] en la imposibilidad de sustraernos al determinismo. La afirmación del determinación no deja de contener cierta crueldad, pero no se puede evitar la mirada hacia ese destino escrito por la personalidad. ¿Es excesiva la afirmación? ¿Dónde queda la moderación que busco? No lo sé, pero la certeza se impuso.


+ Si con veinte años supiese lo que sé ahora, sería un monstruo. 


+ Imagen: 45.

sábado, 20 de septiembre de 2025

Lo que voy encontrando

 


+ [Desconocimiento]: El primer sábado de mis vacaciones fuimos, como tantas otras veces, C. y yo, a Caminha. Tomamos café con leche y torradas en la explanada. No hacía mucho calor y el viento resultaba agradable. Hablamos de algunas cosas e hicimos previsiones. Terminamos y nos dirigimos hacia la calle donde está la Tabacaria Gomes. Allí cogí el periódico Público y la revista Sábado, poco más de seis euros. Continuamos con el paseo y regresamos a nuestro coche, nuestro querido y humilde coche. Paramos en un supermercado para comprar aceite y vino, Porto. Continuamos nuestro camino hacia España. Cruzamos el río. Portugal quedaba atrás, pero no desaparecía. Días después, cuando comencé la lenta lectura de aquella prensa adquirida el domingo, me encontré con la tercera parte de una serie que ofrece la revista, Sábado. En principio no había llamado mi atención y empecé el artículo, el último de la serie, sin mucha intención, con cierta desgana. Fue comenzar y no poder detenerme. Se narraban los últimos días de Ricarte Dácio de Sousa. Ricarte Dácio era alfarrabista, es decir: un librero de librería de lance. Una suerte de escritor sin obra [algunos así nos hemos encontrado a lo largo de los años y creo que, siempre, esconden misterios difíciles de descifrar]. No se llega a saber, pero se baraja su alcoholismo, la ruina o una cierta náusea por un fracaso mineralizado, le llevan a terminar con su vida, pero también con la de su mujer, su hijo de quince años y su gata. Escribe unas cartas antes de asesinar a los suyos para terminar suicidándose. He leído algunos perfiles del hombre: culto, amable, comunista, con una cierta fortuna que dilapidó, elegante tal vez, mecenas de surrealistas, próximo a la miseria, desengañado, triste. En otro lugar aparece que era ludópata y que su mujer padecía una enfermedad incurable. La acumulación de datos no hace que se olviden los crímenes y la repugnancia que producen. Resulta tan siniestro que el día se oscurece y no puedo dejar de ser una cierta inquietud que proviene de la duda sobre la maldad, sobre su extensión y presencia. La maldad está ahí, pero no siempre es fácil descubrirla o cuando se descubre ya es demasiado tarde. Me recupero y pienso en algún viaje a Lisboa: el límite de la ciudad, en el centro, en bares y figones, las conversaciones fluidas de la adolescencia y una extraña belleza entre la decadencia y la luminosidad. Fue hace muchos años y, en aquel año de 1989 o 1990, Ricarte Dácio caminaba por las calles, su hijo también.


+ Hace tiempo que no leo poesía. Me di cuenta ayer noche, antes de dormir. Luego soñé con galerías de arte donde no me aceptaban. Ahora recuerdo todo. La noche destila inquietud, pero yo veo más allá. Tengo dos estanterías con poesía, solo con poesía, pero tengo, dispersos, muchos más libros de poesías. Me propongo un juego: tomo un libro sin saber cuál será. Es Claves líricas de Ramón María del Valle-Inclán. Abriré al azar una página: “Clave XIX / Rosa de Oriente”, leo soneto. Reconozco algunos aciertos, pero me quedo como estoy [soy yo, no es el poema, no es el artefacto el que falla]. Con intención: Arquitecturas de la memoria de Joan Margarit. “Balada de Montjuï”, me quedo con el primer verso: “He arríbat a l’alba per no trobar ningú / només un canó fred que, si l’acricio, és talment un gos llop indiferent.” Se une este párrafo con el anterior en el punto que aparece la indiferencia ante ese amanecer, ante la hora de llegar a la cama, y uno se desviste y se pone el pijama, llega el momento del arqueo, la contabilidad del día y las calas, simas y cumbres por las que se ha transitado, aunque en su mayor parte no han sido otra cosa que infinitas planicies de tranquila monotonía, ay, la rutina, la bendita rutina.


+ Algo de vídeo-arte en este lunes de vacaciones, a las cinco y cuarto de la tarde. Me interesó y el medio de difusión, la plataforma de vídeos en línea, me pareció muy adecuada. El medio es el mensaje, decía Marshall McLuhan hace tiempo y durante un tiempo se convirtió en un tópico, al menos, en ciertos ambientes que frecuenté, hoy me parece olvidado y producto de época, una época, ya histórica. El vídeo arte, tal como lo vi yo ayer, es asequible y efectivo. Gritos, grandes superficies rojas, un texto más poético que descriptivo, unas manos, el rostro cubierto de un lienzo, también, rojo, la duración adecuada: dos minutos y medio. Todo ello se separaba de la rutina de la tarde, del devenir diario. Me dio razones para pensar sobre cómo nos expresamos y la necesidad de expresarse. Todo tan humano. Mientras, la política seguirá su curso, me dije y, sin se ajeno a todo ello, encontré una isla que me permitió recuperar momentos olvidados, sepultados entre el trasiego del día a día. Los trabajos y los días, esa sucesión de verdades: la obligación del trabajo y su circunscripción: el tiempo. El vídeo que vi estaba relacionada con ello, no en su tema, sino en su voluntad de ser. Está bien así.


+ Imagen: la silla como construcción, encuentro en la silla una construcción que tiende a la perfección. [En algún museo, una silla vacía, el escaño del vigilante que no está, una presencia y una ausencia, así, el museo mismo].

sábado, 13 de septiembre de 2025

Sin indicaciones (28)

 


+ Cuando los verbos se transforman en auxiliares pierden su semanticidad. Así, también hay palabras que pierden su significado porque se desgastan con el uso, debido e indebido. No es así exactamente. Más que una pérdida resulta ser una transformación, aunque, para que esta se produzca, primero la palabra debe vaciarse de  contenido. Ahora, la derecha es el nuevo punk, leo en algún sitio, lo que no quiere decir que la etiqueta haya perdido totalmente sus propiedades designativas, sino que se ha transformado en otra cosa distinta, al tiempo que mantiene algo de su esencia y conserva rasgos del original, pero  adquiere, interesadamente, otros que, de alguna manera, se oponen a su sentido primero. Se adosa a su naturaleza primitiva la idea de que la derecha es lo moderno, lo vanguardista, lo que sustituye a lo viejo porque lo viejo son los derechos sociales y el estado del bienestar. La derecha se viste de ruptura. Ese es el nuevo punk: derrumbar lo construido para volver a lo anterior. La perversión de las palabras se extiende y termina por alcanzar la totalidad para perjudicar al conjunto de los ciudadanos, no solo a los estúpidos.


+ Claude Fontaine, “Laissez-Moi l’Aimer”. Primera hora del día. He dormido bien y encuentro en la mañana razones suficientes para aislarme y no pensar. La canción que suena en la radio en línea me devuelve una idea de Erik Romer sobre el verano y sus infinitas derivaciones, todas tan caducas como la propia estación, que siempre se repite y varía según nosotros envejecemos. Más que una idea es una intuición o el reflejo de unos anhelos no cumplidos. Los paisajes, las playas, el mar. Poco más. Ahora que el otoño se aproxima, se renueva un pacto lírico con las insinuaciones de algunos cuentos que, a su manera, nos hicieron felices.


+ La necesidad de ser alguien, curiosa acuñación. No sé si es el triunfo o el éxito, no sé cómo distinguir ambas palabras y no deseo indagar en la cuestión, pero siempre me ha interesado el tema: la importancia de ser alguien destacado. Investigué los rostros de personas que habían logrado un puesto elevado en la vida, a las que tuve acceso, de una manera u otra en algún momento. Era una escrutinio para ver si así lograba dar con alguna clave. Lógicamente, la investigación fue fallida. En realidad la cuestión del éxito no deja de ser la acumulación de una serie de circunstancias que apuntan a un destino. Una acumulación donde la suerte juega un papel muy importante. Ahora que observo con perspectiva aquellas tribulaciones, achaco al deseo de ser alguien una suerte de carencias que se verían cubiertas por ese estado próximo o equiparable a la fama. La fama como la posibilidad de ascender un escalón sobre el común de los mortales. Por ejemplo, entrar en un restaurante y que a uno de den una mesa estupenda y las gente se gire para verlo a uno. Hay otra cosa: establecerse en la categoría de los semi-dioses. Deberé pensar más en ello.


+ Imagen: lo diario.

sábado, 6 de septiembre de 2025

Castillos de arena, surcos en el mar

 



+ De aquello ya pasó mucho tiempo. El recuerdo modela el pasado, el recuerdo transforma y establece unos límites imprecisos que tienden a la dispersión, pero no deja de ser una construcción. Castillos de arena. Surcos en el mar. Veo fotos de roqueros que han muerto, veo sus tumbas en una grabación que me ofrece el buscador, todo aquello: lo que desapareció. La juventud resplandece y la muerte se ocultaba, todos éramos inmortales. Ellos también. Hoy ya no. Hoy es domingo y llueve a chaparrones, suena, una vez más, Bach, fuimos C. y yo a comprar el periódico, en el coche hablamos sobre los problemas familiares de los otros, sentí cierta tristeza que se relaciona con situaciones que no podemos modificar, pocas cosas podemos modificar, creo, me digo, el coche avanza sobre el asfalto mojado, la luz es especial: luz, ya, luz lavada de otoño, el perfil de los edificios, un recuerdo de París [que es caro, pero no está sucio y no sé si es peligroso: a mí no me lo pareció, pero, lo sé, eso no quiere decir nada, absolutamente nada], ojeo el periódico local y ya sé qué va a decir, tan previsible, el domingo marca una frontera, todo pasa y los ríos desembocan en el mar, escribo y me detengo, es domingo. Todo aquello pasó hace mucho tiempo y el recuerdo no es más que una astilla de verdad, un leve chispazo, construimos nuestro relato y nos sirve para emprender el trabajo diario y su correspondiente descanso. Mejor, el olvido.


+ Viejos grupos de música de garaje cuando la música tenía otro sentido, que se relacionaba con las aspiraciones y las poses destinadas a gustar. Hoy, ese sonido, solo es melancolía, quizá la enfermedad de nuestro tiempo. La enfermedad de la música a Pop. Nuestro tiempo, el tiempo en todos los vivos nos desenvolvemos. Sin distinción. Una vez, en una gasolinera, creo que en la provincia de Granada, los vi salir de sus autocaravanas, dos autocaravanas: fumaban desafiantes y esa pose era una constante en aquel su extraño discurrir: las botas de vaquero, los pantalones ceñidos, las camisas de cuadros, la melena al viento y el eterno cigarrillo rubio. Fue hace tanto tiempo que casi no sé si fue o no fue. La vida se va construyendo mediante fragmentos de discutible realidad. La realidad es una construcción, como decía el título de Peter L. Berger y Thomas Luckmann: La construcción social de la realidad. Yo con esos fragmentos escribo un diario de un tiempo entrevisto, desdibujado, una aproximación a una historia, que tiene más que ver con la novela que con la crónica. La novela de la vida.


+ Puestos a recordar, en falso, retomo una imagen de los años ochenta en Madrid. En una glorieta para un Mercedes negro y bajan cuatro jovenes, vestido, también, de negro, y comienzan a disparar sus cámaras fotográficas [muy grandes], suben al coche y desaparecen. Poco más. No sé qué pensar. La memoria es engañosa y tiende a elaborar relatos y escenas en función de fascinaciones. Yo debería tener dieciséis años y no entendí nada. Hoy sé que no había nada que entender, pero en el momento era muy distinto. Me pareció que asistía a una especie de epifanía, no en lo personal, sino en el punto en que gira la historia. Un cambio, una señal que indicaba: aquí comienza todo, para tu biografía y para el mundo. No era así. Simplemente era unos niños un poco mayores que yo que jugaban a ser artistas, funámbulos, aburridos paseantes de en la ciudad. Sus cámaras eran el espejo que ya no reflejaba nada, solo una ilusión. Queda ahí.


+ No sé si acierto o me equivoco, pero, con el tiempo, he llegado a pensar que toda un sinnúmero de roqueros pertenecía a las clases medias altas de la capital. He tenido muy presente esta idea de un tiempo a esta parte, según indago en sus biografías, las que la red permite y que antes eran herméticas. La idea de unos niños malcriados que rompen los juguetes en el cuarto de los juguetes ante la mirada indiferente de su madre [hermosa, muy delgada, con el sempiterno cigarrillo y los dedos de pianista sin piano], tras ella: la nanny, que no da crédito a tal dispendio. No sé, tal vez me equivoque, pero creo que no.


+ “Al que traía un reloj con las cenizas de su dama por arena”, epígrafe de un soneto de López de Zárate.


+ Hay aciertos esperados. Me basta sentir hablar de moral, de libertad o libertinaje, decadencia o respeto, para saber que me tengo que poner en prevención. Mensajes que me llegan desde el otro lado de la pantalla y no son otra cosa que admoniciones que recriminan mi forma de entender la vida. Los venenos comparten con los fármacos algunas características y aminorar unos perjuicios y ensalzar algunos beneficios es tarea del usuario. No uso venenos a pesar de haberlos usado grandemente, pero me gusta que existan, que exista la posibilidad de decidir. Rechazo las imposiciones morales. Rechazo los disfraces que se usan para imponer la moral.


+ Imagen: la usura del tiempo.

sábado, 30 de agosto de 2025

Sin indicaciones (27)


+ Deseaba las guitarras como el coleccionista ama sus muebles de fina marquetería, mientras el ebanista no podía sentir otra cosa que desdén por esas pasiones que tales beneficios le reportaban. Sólo son muebles bien construidos. Sólo son guitarras, excelentes, pero guitarras. Sólo son cosas. Yo lo sabía, la caricia del nihilismo. Ahí estaba la foto del roquero con su guitarra de diez mil euros, que no era otra cosa que un fetiche y ya no podía impostar más: los fetiches se disuelto en su propio precio, ya sin valor. Es el guitarrista el que hace a la guitarra y no a la inversa. Pensó en Rafael Riqueni en algún lugar de la provincia de Huelva, que en un chiringuito de playa, en algún mes del invierno, toma la Alhambra del niño que acaba de llegar del colegio y tocó en aquella guitarra de cien euros: no tiene timbre, no tiene misterio, pero se afina bien. El duende se lo dio Riqueni. Pensó en el Niño Miguel y la guitarra rota con solo tres cuerdas (2ª,3ª y4ª).  Pensó en la banalidad de las fiestas y de los conciertos, se dijo: como ir a misa. No iré a misa. No volveré.


+ Para pensar eso de que no es la guitarra la que hace al guitarrista, sino al contrario. Resulta válido para cualquier instrumento. Llega la afirmación hasta un adelgazamiento elegante en donde el espíritu o principio rector se impone a cualquier ornamento. Lo veo los coches caros o en las conversaciones baratas [me refiero a la imposición de opiniones sin fundamento, al “conmigo o contra mí”, afirmaciones vanas y sin respaldo, más allá de la altura de la voz o gesto torcido]. Las guías que nos vamos dando han supuesto dolor y sacrificar certezas y solidas ideas heredadas, pero es necesario no engañarse. El instrumento siempre debe estar subordinado a la voluntad del interprete, sea cual se del instrumento, sea quién sea el interprete.


+ Pero, las dificultades que ofrece un instrumento sí configuran al instrumentista, pero se aleja de la vanidad y se recoge en la certeza del esfuerzo y la soledad. El instrumento es una cosa y su fuerza o debilidad proviene del que lo acoge o rechaza.


+ Es el primer endecasílabo de un soneto de Villamediana clasificado en la edición de 1629 como amoroso: “¡Oh cuánto dice en su favor quien calla!” No se trata de un consejo de prudencia, sino que estamos ante  uno de los rasgos del neoplatonismo amoroso que el poeta tanto uso en su obra. El silencio ante a la amada y ese no estar a la altura de la dama, ese no merecer su amor, esa queja. No son otra cosa que un tópicos petrarquistas. Sin el contexto no se entiende el sentido primero y no es posible reconstruir la historia de su recepción. Pero, me digo yo, a quién puede interesar tal escondida erudición en medio de este ruido constante donde todas las opiniones tienen el mismo valor que el criterio acendrado, acrisolado en el tiempo y el estudio. Sin embargo, se debe continuar la lucha contra los desánimos y los arbitrios de utilidad y el presente, contra la calderilla de la ignorancia. Por eso, aunque no se corresponde con su primer sentido, tomo aislado el verso y lo hago mío: el silencio como ornamento traspasa esta cualidad y se establece como núcleo del estar.


+ Escucho a Bach, otra vez. La Suites Inglesas. La maestría se desplaza al paisaje que me sugiere. No hay concreción. Un vuelo que atraviesa la atmósfera. El sabor del café. La promesa de un viaje que se aproxima. Los viajes que se hacen cuando ya nadie viaja son un privilegio hasta el punto de alcanzar la abstracta categoría de viaje, en donde caben adjetivos que tienden a ensalzarlo. Me centro en el paso de los días y creo, equivocadamente, reconocer los acordes. Está bien así. Me reconocerían y no me gustaría. La ciudad es inmensa y cada peatón tiene una etiqueta que lo identifica, los conductores también la tienen. Aunque todo desemboca en la muerte, Bach parece transcender esta inaplazable realidad.


+ Imagen:  recogida, todavía no ha amanecido.

sábado, 23 de agosto de 2025

Ruido Blanco

 


+ Hay cuestiones musicales que tengo olvidadas o relegadas. He visto una cierta tendencia a sacralizar lo musical que me produce rechazo. Son rasgos que la edad acentúa. Lo sé. Escucho una canción de Heavenly [es la primera vez que oigo su nombre y la búsqueda, en principio, conduce a grupos que no son el que yo quiero encontrar] y percibo una sensación que se aproxima al rastro de un pasado que nunca existió. La banda de Oxford resulta evocadora. Esas confusiones. Paisajes, amores, edades. Nada de eso existió, salvo como confusa narración. Ahora cobra forma y, en otro tiempo, se hubiese transformado en barata erudición: saber de música pop. Lo apreciaba y ahora no me dice nada. Me he sumergido en otras aguas más profundas y misteriosas. ¿Me gustan? No lo sé y sí sé que otro tiempo me hubiesen gustado, pero ahora soy otro bien distinto. Cierro el reproductor y el silencio se erige en rey, salvo por el sordo trabajar del deshumificador. Ruido blanco.


+ El ruido blanco cura el alma cuando se aproxima el sueño, pero, también, puede tener un efecto mortal Una medicina sonora, un bálsamo para el alma. Un arma de acoso, también. Silencio, ruido blanco, la mente en blanco. Lo aleatorio y lo desordenado. No es un caos. Tiene propiedades el ruido blanco que se emplean en los interrogatorios porque crea desorientación. La desorientación previa a las simas del sueño. En bajas intensidades favorece el sueño. Particular esta dualidad: para interrogar, por la desorientación, para dormirse, por la relajación. La doble marca de la persona: desorientada o relajada. La esencia dual del fármaco: cura y veneno.


+ Entre los restos de naufragio, el desmantelamiento de la casa de mis padres, encontré diez sellos que rinden homenaje a Federico de Madrazo mediante su cuadro La Condesa de Vilches. Un cuadro que está en el límite de no ser muy conocido a convertirse en un fetiche. A mí el cuadro me gusta, me gusta mucho. Me gusta la carnación de la modelo, su pose, la pose plena de sensualidad. Lo he visto varias veces y siento ese temblor ante los cuadros que no admiten la reproducción. Encontrar en una carpeta esos sellos consiguió que regresase a un tiempo lejano, 1977. En aquel momento la suma del valor de los sellos fue de cien pesetas, que hoy podrían alcanzar los quince euros (esto es algo muy discutible y el cálculo que he realizado admite una horquilla tan amplia que la cifra no da idea alguna, pero dejo la mantengo). Guardo los sellos en una de las primera páginas de Omeros, el libro de Derek Walcott, una cuenta pendiente. Sé que me olvidaré y el día que abra otra vez el libro regresará este apunte. Dejamos rastros y pistas para que nuestra memoria se oriente, pero no hay un propósito preciso en ello.


+ No lo sabía, pero la palabra ‘socializar’ aparece en el diccionario de la Real Academia con la acepción de “intr. Hacer vida de relación social. Para los niños es indispensable socializar.” Está bien así. Yo la utilizo y me parece una buena pieza léxica para ciertas situaciones. No me gusta socializar, por ejemplo, que se equipara a los bailes regionales, a las fiestas o conciertos, a las celebraciones de pandillas, celebraciones familiares o de peñas quinielísticas, por ejemplo. ¿Siempre en negativo? No, no siempre, pero sí este envés es el habitual.


+ El debate, hoy, está en si contemporizar o no contemporizar. No es sencillo saber si ceder y aguantar resulta más beneficioso que la postura contraria. Sin embargo, hay un error analizar al las situaciones desde un punto de vista del caso como piedra de toque para descifrar una realidad compleja. Es más conveniente abstraerse y determinar qué sucede independientemente del momento y el caso concreto (plural o singular). Y lo que yo alcanzo a entender es que esta forma de actuar, la conciliación, está dada por la personalidad, algo que no es ni móvil ni circunstancial. Pero el debate está ahí: debemos guardar silencio ante la estupidez o, por el contrario, emprender una cruzada contra las tonterías que nos llegan con o sin finalidad. He optado por el silencio, de una manera táctica y en consonancia con mi principio rector. Poco más puedo decir. 


+ Nos encaminamos al final del verano y el ruido blanco se alza como emblema. Llega el privilegio del otoño. Ruido blanco.


+ Imagen: Acceso al parking, el no-lugar, la transición entre espacios, el espacio neutro .

sábado, 16 de agosto de 2025

Caos

 





+ “Tout est un chaos”, dice una estrofa de la canción Désenchantée de Mylène Farmer. La sensación que tengo en este momento es esa y la canción contribuye a reforzarla. Veo un concierto en el Estadio de Francia de Mylène Famer y, pese a la aparatosa arquitectura del concierto, no dejo de ver desolación. La letra, la música, el entusiasmo. Désenchantée, la voz de la canción dice pertenecer a una generación desencantada: el caos y el desencanto forman una unidad. Las noticias me afectan, hacen que, por un momento, mi ánimo se venga abajo. Están ahí, al acecho. La estupidez y la crueldad. Los fines espurios. Lo prefiero así, que no me resulte indiferente. Parece ser que Myléne Farmer cuando escribió la canción había caído en una depresión y dice que no se trata de política, sino de un estado de ánimo. Se debe respetar la intención de los autores, pero la interpretación resulta ajena a ellos. Han creado el artefacto, pero el artefacto tiene existencia por sí mismo. Yo no puedo dejar de pensar en esta canción en clave política. No es una letra alegre, pero, con todo, la canción no deja de ser una música de baile, ahí están los conciertos para comprobarlo: suena ese “todo es caótico” y se siente el ritmo y la energía: líneas melódicas, percusión, el acento de un teclado. El baile. La gente baila entusiasmada Una energía bajo la que se agita la tristeza, le malaise. En realidad, no creo que todo sea un caos, porque tampoco creo exista un orden necesario y excluyente, un orden ineludible. Todo está por construir a pesar del desencanto. El desencanto es un punto de partida y la determinación es la llave que abre aquella puerta que todos conocemos.


+ Alguien habla sobre lo complejo que resulta mantenerse sobrio. Inicio la lectura del texto con atención, pero, al poco de comenzar, lo dejo. No me interesa. Pesado, reiterativo, excluyente: beber es una opción, la bebida ni es buena ni mala, decidir no beber está bien. En otro tiempo lo leería blandiendo el escalpelo, pero hoy ya no. Todo queda lejos y no hay más interés que la muerte del día que fluye. No me puedo detener en reflexiones que me resultan ajenas. Yo no bebo y está bien, pero no quiero analizarlo. Está así y así permanecerá. Lo demás, queda al margen.


+ La sobriedad, el desencanto, el malestar. Palabras que giran en un torbellino mientras el calor golpea un día más. El calor me desarma. He leído hoy a la sombra de los cerezos, pero la contemplación de las evoluciones cazadoras de la gata me han desconcentrado. Los pájaros se han librado, otra vez, de sus ataques. La fuerza de la vida se impone. Palabras que nos acechan, palabras que no llegan a describir el estado de ánimo, que, sin embargo, son una aproximación. La sobriedad: un proyecto de vida; el desencanto: una amenaza contra la que luchar; el malestar: el estado de ánimo que nos condena y forma para de nuestra mismidad, pero que no aceptamos como designio. El determinismo está ahí presente. No podemos deponer nuestro principio vital, sino que se trata de incorporarlo, se trata de no sufrir. El calor me aturde y no encuentro consuelo en el agua fría, los abanicos, ni en la esperanza del otoño. Así es, vivir con nosotros mismos sin pedir demasiado. Es hora de perdonarnos.


+ ¿Caos?


+ [Le Louvre II]: Mientras otros se agolpaban frente a la La Gioconda nosotros, C. y yo, casi en soledad, observábamos a La Belle Ferronière. Sin entender demasiado, situarnos ante el paso del tiempo resultó inquietante, no era otra cosa que asomarse ante un abismo. La soledad ante un cuadro y la multitud ante otro no dejaba de hablar del fetichismo, el suyo y el nuestro. Nada se puede poseer, quedaba en suspenso como lección. Ver un cuadro no es poseerlo, tenerlo en propiedad tampoco. Hay un aliento de eternidad que se pierde porque no somos otra cosa que mortales. Hoy, mientras caminaba a primera hora del día escuchaba un podcast sobre el cuadro más caro de la historia, sobre el decurso de las ventas y compras de su materialidad. No es muy interesante, salvo por las cifras que supone su existencia y al mismo tiempo por el debate sobre la autoría. Que Leonardo pintase o no pintase el cuadro es irrelevante para mi propósito. Veo una imagen antes de su restauración y otra posterior. Creo que aquí cabe cualquier cosa. Regresa la vieja idea de valor de uso y valor de cambio con renovados límites. No hay una medida aplicable. Es un mundo que nos resulta tan ajeno como las vidas del pasado nos son ajenas, salvo por un esbozo que establece el relato. Me cuesta hacerme una composición de lugar. Y pienso en aquel momento ante La Belle Ferronière, que tiene un valor muy superior al cuadro más caro del mundo. Pienso en la multitud ante La  Gioconda y no me paro a juzgar a los que contemplan la imagen de aquella mujer, tras siglos de viento y olvido. ¿Es la misma pulsión la que nos lleve a agolparnos ante un cuadro que la que tiene el que paga esa desorbitada cifra? Para pensar.


+ Imagen:  Tres imágenes: la multitud ante La Gioconda, La Gioconda en soledad y La Belle Ferronière. Junio de 2025.