sábado, 26 de octubre de 2019
Idées reçues
+ Hace muchos años creí ver en el espejo el reflejo del rostro de Baudelaire, esta semana vi en otro espejo al poeta Antonio Colinas. Me he preguntado si esto tiene un significado. Tomé una antología de Antonio Colinas y me dispuse a leer. Caí en el sueño y soñé con librerías y bibliotecas. No tenía solución.
+ [Sobre la precariedad]. Desde hace unos días no dejo de pensar en el gran abismo que se abre ante el que pierde el trabajo y sabe que no va a encontrar otro. En la última entrada del blog hablaba de un conocido que tuvo cargos importantes en la administración del estado, relevancia en el campo artístico como crítico, influencia a través de revistas de artes, no he dejado de pensar en él. En su situación. Tiene más de cincuenta años y se ha convertido en una persona extraña: tan delgado, con ropa vieja y revestido de una tristeza fosilizada. Huidizo, encorvado y, en su estatura, lejano. Lo veo caminar, lo veo en su bicicleta, lo veo en alguna terraza, siempre imbuido en sí mismo. Ha roto con su pareja, vive con sus padres (dos ancianos que superan con creces los ochenta años), y, según me contó quien me lo contó, se dedica a tratar de vender un piso de su propiedad. El dinero es algo serio, me digo. En otros tiempos tenía un punto de soberbia y un acento de seducción, el encanto acanallado y fugitivo. Un hombre atractivo con cierto savoir faire, un estar que nadaba entre el tabaco, el café y la cocaína, tras lo que se entregaba a sesiones interminables de lectura y escritura. Acumulación de libros y el reflejo del amanecer en su estudio. No es culpable de nada, sino que le ha atrapado la rueda de la fortuna. Hoy arriba, mañana abajo. Nunca se detiene en sus caprichos.
+ Los alquileres son imposibles, los salarios escasos y el trabajo poco y malo. La precariedad se extiende. Todo tiende a saturarse, porque hay un punto de no retorno. Los derechos laborales funcionan así, como la marea que sube y baja. No es tolerable que con el salario mínimo interprofesional no se pueda vivir. Mientras, otros, nos entretenemos con libros y escritos, pero los libros tienen su importancia. La lectura es la semilla del pensamiento crítico, alejarse de la lectura es alejarse de la comprensión. Pero los salarios no dejan de perder poder adquisitivo. En eso estamos, en ello pienso, pienso mucho. Vale.
+ En una foto de John le Carré soy capaz de identificar un libro entre muchos: White Teeth de Zadie Smith. Recuerdo cómo me deslumbró la novela. Creí encontrar una explicación a ciertas preguntas sobre el Reino Unido. Sin embargo, yo entiendo que, ahora, más que respuestas se trata de elementos que se van sumando y disuelven las preguntas o las replantean, pero otras nuevas surgen. También recordé las novelas de John le Carré, la lectura que hice a principios de año en un viaje a Madrid. Con las dos novelas en el recuerdo no puedo dejar de reafirmar que la novela es la centralidad del canon, que se impone sobre otras narraciones más fácilmente digeribles. Regreso a la tarea.
+ Me dijo que ya solo escucha música clásica. Asiento sin llegar a responder por qué se van quedando a un lado otras músicas, salvo por envejecimiento. ¿La serenidad, la apatía, la edad? Acabamos el café y hablamos de conocidos, desdibujados en el paisaje de la ciudad, pensé en Sibelius en la Filarmónica de Berlín. Hablamos de Berlín y le dije que no es una ciudad que me guste, pero tampoco me disgusta. Sólo indiferencia. A destacar el transporte público. Se rió, soy paradójico y lo sé manejar. Me envuelvo en mi bandera: la nada. El vacío. Pensé en lo que me había contado y bebí un sobro del café. Su cerveza era dorada y la tarde tenía un tono plomizo que me recordó los días en Normandía. ¿Está lejos Normandía? Lo suficiente. Los viajes, y no abjuro del turismo. El turismo nos define, ya no es posible ser un viajero, sólo nos queda el turismo, pero, esa es mi esencia, somos observadores, observo: gente, edificios, el discurrir de las nubes, los bares, los coches, las playas, las mareas, las granjas, vacas y ovejas. Normandía. Sí, compré algunos libros y compré queso, fue complicado traerlo hasta casa, pero lo conseguí. Hoy es martes, lo sé. Hablamos y terminamos el café y la cerveza. Su perra estaba inquieta y me ladraba, quería que la acariciase. Así lo hice, su pelo encrespado, el calor animal, el olor acre que desprendía todo su volumen. Se alejaron y la perra me volvió a ladrar. Envejecemos, envejecemos bien, es algo que los tres tenemos en común: él, la perra y yo. Música clásica.
+ Me quedé dormido a las once de la noche y caí en un profundo sueño que merecería un análisis de sus imágenes, pero me parecen importantes las imágenes en sí mismas, más que su posible significado. Italia, Bolonia, un viaje en coche. El deseo es ingrato, injusto, venenoso, me dice alguien en un tienda de ropa. Dependientes amables, magníficas americanas, hermosos cuadros donde se pueden ver grandes fotografías de chicas incrustadas en el Renacimiento italiano a pesar de su atuendo actual. Me despierto a las seis de la mañana, desayuno mientras escucho las noticias. Ayer la vi después de mucho tiempo, me pregunto si el sueño tiene que ver con ella, me pregunto que puntos de conexión puede haber entre mi turismo onírico y su persona. Nerviosa, contenta, con extrañas ideas de niña, de mujer que no ha perdido una cierta inocencia y que contrasta con la potencia de su inteligencia. No ha vuelto a tocar el piano, me comentó algo sobre cómo se deben estudiar las partituras, clases de inglés y ejercicio físico, actividad y el horizonte de los hijos, su marido, el adosado en la zona cara de la ciudad, ágil y transparente. Ha engordado y esto es bueno, en su caso es un síntoma de salud. Nos despedimos. Llegué a casa, dejé los libros que había cogido en la biblioteca y me tiré en cama [estaba cansado]. Música clásica aleatoria. Un clave que no puedo identificar. Barroco, profundo, lejano. Pensé en su vida y me dije que pensar no es muy conveniente. Cené frugalmente, hablé con mi padre de novelas y de tiempos lejanos, atesoré sus palabras en previsión de su ausencia y consciente del gran valor que tienen. Le dije que estuve con ella y sólo me preguntó si la había visto bien, si estaba bien de salud. Le dije que sí y me di cuenta que poco más se podía decir. Volví a mi habitación y leí un poco antes de acudir el sueño: las breves entradas de Diccionario de las ideas recibidas de Flaubert. Caí en el sueño e Italia regresó con una presencia tan real que sentí colores y olores, creí sentir colores y olores.
+ El Dictionnaire des idées reçues se debe traducir como Diccionario de tópicos o Diccionario de lugares comunes, pero 'ideas recibidas' está teñida de evocaciones que no admiten sustitución. Así lo dejo, mientras recuerdo el pueblo de Ry y la no visita al estudio de Flaubert (pendiente, en la esperanza de regresar a Normandía).
+ ¿Por qué me gustan tanto los bocetos, los dibujos, las anotaciones en los márgenes? Veo un Pdf que acabo de descargar. Son los dibujos de Oteiza en los márgenes del libro de Zevi Saber ver la arquitectura. Me entretengo en los dibujos y las letras sin buscar nada, entiendo su valor pero los veo como lo que son: apuntes de trabajo, no obras de arte. ¿Obras de arte? Qué complicado se ha hecho manejar esta etiqueta, el tiempo me ha dado ciertas prevenciones, pero lo que busco en la espontánea delineación, en el apunte es una conexión con lo impermanente, con el trazo apresurado del nervio del que estudia. El estudio y el trazo. No busco iluminaciones, sino disfrutar de la reconstrucción de momentos de concentración en lo cotidiano del artista [pero también me sirven operaciones similares, sin ambición, sin traducción artística, sin análisis].
+ Miércoles: fui a la biblioteca, tomé un café, paseé. No trabajé en el artículo. Creo que resulta necesario abandonar la tareas en algún momento, para poder regresar a su disciplina con otra disposición. Contra la reiteración. Poltronísima.
+ Imagen: Mont Saint-Michel, en el interior. La pérdida de foco indica una idea de tránsito, la figura es índice del estado de ánimo de estos días, la fotografía es un otro lenguaje que toma sentido en la selección.
sábado, 19 de octubre de 2019
Vapor
+ [O que arde]. Llevaba mucho tiempo sin ir al cine y tenía muchas ganas de ver la película. O que arde. Fui solo y no había mucha gente en la sala. Me pareció absurdo ver a dos parejas con grandes paquetes de palomitas, que olían a grasa o a mantequilla: me había olvidado de esas cosas. Se hizo la oscuridad en la sala y nos ofrecieron unos adelantos, que no me interesaron mucho, de los que sólo puedo rescatar unas imágenes de Londres, del metro de Londres, de South Bank. Lo sé. Un momento idóneo para ver una película que deseaba ver, con ilusión y en la soledad en el cine. Comenzó y desde el primer momento la película me cautivó: el paisaje, los actores, el delicado fluir de la narración. Poderosamente me llamó la atención la filmación del incendio. Recuerdo, cuando hice el servicio militar, haber asistido a un incendio, tener que meterme con otros cinco soldados por un camino y vernos sorprendidos por el fuego. Recuerdo esa respiración del fuego, palabras que pronunciaba y yo a penas comprendía, pero, sí, hablaba: era el miedo el que hablaba. Me sorprendió cómo se había capturado la esencia del fuego, del incendio. Resulta agradable no equivocarse. Sin embargo, el final me decepcionó, me dejó perplejo el corte abrupto de la narración, sin una solución más allá de un final abierto. Hubo algo que me hizo encontrar mal después de leer las críticas sobre la película. Nadie incidía sobre el final fallido. ¿Quién se equivocaba, yo o los críticos, yo o todos los que habían visto la película, yo o los otros espectadores de la sala, que religiosamente asistieron al pase de los créditos? Nadie se equivoca, pero sí hay algo que se pone en claro: he envejecido y mi forma de entender la narración se aleja de una idea postmoderna, la idea de lo inconsistente, un algo que caracteriza el momento en que vivimos. Yo no entendí porque para mí resulta ajena esa naturaleza abierta.
+ La película vista, en tanto que división del conjunto en una clara bimembridad opuesta. En un primer momento, la contemplación, en un segundo, el incendio y la resolución. Calma / incendio. No carece de importancia la clasificación.
+ «Le cerveau parfaitement vide» Michel Houellebecq, La carte et le territoire, p. 25, ed. J’ai lu. El libro de bolsillo lo compré en Bayeux. Casi sin querer he comenzado a leer el libro otra vez, si lo llego a terminar será la tercera lectura, en esta ocasión: en francés. Michel gana mucho en francés, muchísimo.
+ Comienza la semana y se aproxima el viaje a Madrid. Veré, un año más, a K. Son muchos años ya. El tiempo no es una acumulación, el tiempo no existe, salvo en las agendas y en los relojes, sin ellos no tendría sentido. Pero ahí está el tiempo, condicionante de nuestro discurrir, ordenancista de nuestra vida. Madrid me espera. Serán días para pasear y charlar. Sin embargo, el viaje en sí mismo, me produce pereza: los aeropuertos, el metro, la acumulación de soledad no deseada: esperas, largas esperas.
+ Hoy comienza el otoño. Ha bajado la temperatura y llueve con intensidad, más tarde el cielo abre, el cielo se muestra limpio y las nubes están dibujadas con precisión. El dibujo de las nubes me inspira, se trata de esa luz tan lavada, que otorga exactitud y firmeza al paisaje. Me detengo en la contemplación de las masas arbóreas, en la cresta de una montaña, en los perfiles de las casas esparcidas por el paisaje. Suena Erik Satie en la emisora de música clásica. Recuerdo el reciente viaje a Normandía, su filiación literaria, que parece germinar. Fueron cinco días en Normandía y el otoño todavía no había comenzado. Ahora, aquí y ahora, veo los erizos de las castañas sobre el suelo: me sorprenden. Un verde intenso, esféricos, perfectos, limpios, tan cercanos y tan carentes de preguntas y explicaciones. Me gusta dejarme en esa soledad, en lo inefable que tiene la naturaleza, pero debo volver a las tareas. Retomo la conducción y Erik Satie se ha desvanecido. Yo soy otro, a cada momento cambio, aunque se mantenga el principio rector. La ceniza de los días, ese rescoldo. Otoño.
+ Un poco de Chet Baker. Su sonido me lleve a los años de post-adolescencia, cuando leía con tanto interés Rayuela. Aquel imaginado París, que todavía vibra en mis ilusiones, en ese censo de luces. Francia es algo más que un destino turístico. No sé, la trompeta desgrana paisajes urbanos a media tarde, entre la niebla y el sabor del anís y el tabaco, todo se transforma en una lírica tan próxima a la adolescencia. Ahora lo sé: no me equivocaba. ¿París? Hay algo que encuentro en Francia que se une a una suerte de fascinación por la lírica que más tarde encontré en los escritores franceses. Algo que apareció en Michel Houellebecq, como una revelación. Ese es uno de los haces temáticos del viaje recién terminado. ¿Viaje o turismo? ¿Turismo cultural? Chet Baker desgrana la melodía y vuelvo a las carreteras rurales, con la conducción lenta y la compañía de C., su voz y su presencia. Todavía late la sensación.
+ Comencé a leer La carte et le territoire y no puedo dejar de leer la novela de Houellebecq. Si termino la novela, será la tercera vez que la leo. No es poca cosa.
+ En la radio escucho historias de niños perdidos en el bosque. Asusta. Los peligros del bosque, sus dimensiones, la irrelevancia de lo humano ante la naturaleza. Especialmente débil ante la naturaleza el niño. Como una película, como un fragmento de una narración, desde ahí entiendo lo que cuenta un hombre: vio desaparecer a un compañero de clase en el bosque, un niño que no volvió; el hombre dice que el recuerdo le ha acompañado toda la vida, le ha hecho pensar mucho, ha soñado con el episodio, la incertidumbre y el miedo; el niño nunca apareció. No hay explicaciones. Como la imposibilidad del sonido en el vacío absoluto, una enseñanza nos recubre y no sabemos qué decir, salvo ese mismo silencio.
+ La tristeza que llega el jueves por la tarde, mientras regreso de mis obligaciones en la biblioteca (buscar libros, devolver libros, recoger libros). Me encuentro con un viejo amigo. Hablamos de personas del pasado y eso es una contabilidad, no hay otra. Llegamos a un punto que me relata como es la vida de alguien que hace tiempo que no sé nada. Se ha ido a vivir con sus padres, lo ha dejado con su novia, no tiene trabajo. Yo lo he visto por la ciudad en bicicleta, con un aire fantasmal. El tiempo es un implacable tirano. Entiendo como la vida trabaja nuestro aspecto y nos arroja un rostro indeseado: cincuenta años y ayer eras casi un adolescente. Hay un momento en que resulta necesario no analizar ni valorar las circunstancia, la distancia y la ataraxia es la única posibilidad. Regreso a casa después tomar el café y escuchar las razones del tiempo y la suerte. La Fortuna, la diosa varia, que hoy hace que estés en lo alto de la rueda, mañana en lo más bajo. Me siento afortunado y esto me impide escribir. La escritura, ay.
+ La constante necesidad de calma termina por definirme: mi madriguera, mi reflejo en la rutina diaria, el pasado como la marea: arroja los restos del naufragio, pero evito entrar en su trampa, con éxito. Es viernes y queda en suspenso la evaluación, el trabajo por la mañana, la investigación por la tarde, el sueño reparador y ganado a pulso con el esfuerzo del día en la noche. Sin sueños, en mi madriguera.
+ Imagen: el sábado, C. y yo paseamos. La cabina del socorrista se convierte en motivo fotográfico por un ejercicio que trata de romper un cierto automatismo. Es de noche, otoño, la cabina permanece cerrada y ajena a su función, a la espera de otro verano, la iluminan con demasiada intensidad las farolas del paseo. Lo recojo, pero renuncio a establecer una interpretación porque sólo me interesa la imagen en sí.
sábado, 12 de octubre de 2019
Normandía
+ Después de planear el viaje durante más de cinco meses, llegamos a Beauvais-Tillé, eecogimos el coche alquilado y nos encaminamos hacia Caen. Una fina lluvia perlaba el parabrisas, nos recogíamos en la conversación y en la música que se derramaba desde la emisora, Radio Nostalgie. Canciones de un mundo que ya no existe, las canciones de nuestra juventud. Ascendían recuerdos que no perdura porque el aire flota esa emoción que trasciende el débil impacto de lo previsto. El paisaje normando respondía a lo esperado, pero con una delicada amplificación, ese hiato que se establece entre la foto y la realidad. Allí descansaba la acumulación de recuerdos a lo largo de los años, un poso, una resurrección: el Monte Saint-Michel, la batalla de Normandía, Madame Bovary (…) Al mismo tiempo, se hacían presentes lecturas más recientes, en ellas reconocía mi fascinación por el paisaje y el clima: llovía y en el cielo se abrían claros, esas nubes bajas con algo propio de las aves, con su vida más allá de mi fascinación por la pintura y la fotografía.
+ Es de noche y llueve en Normandía. Pensé en Gaz Coombes, en Supergrass, en su disco Road to Rouen. Hay alineaciones que resultan propicias para el dibujo y el arabesco, alineaciones que nos hablan de nuestros gustos, donde se explica esa tendencia a la melancolía y a una elegante tristeza. ¿Somos nosotros? Como si escuchase otra vez el disco de Road to Rouen, como si fuese la primera vez que lo escuchase. En tantas ocasiones las canciones nos sirven para elaborar una narración, la narración necesaria: adornan nuestros pensamientos y nuestra idea del paisaje con insinuaciones e indicios. Los indicios establecen balizas, nos abandonamos en ellas como el dipsómano se abandona en la ebriedad. Llueve en Normandía.
+ [El Monte Saint-Michel]. Ya lo dije anteriormente, el Monte Saint-Michel era un lugar mágico en mi infancia, en mi adolescencia. Pleno de misterio y grandioso, incomprensible. Recuerdo haber visto la foto en una revista, recuerdo quedar impresionado y no saber nada del lugar, recuerdo cómo durante años indagué sin ningún tipo de sistema, pero llegué al núcleo de mi investigación, por casualidad: El Monte Saint-Michel estaba en Francia, en Normandía, aunque en un principio yo pensé que su localización era Bretaña (tan próxima está, pues el Monte está casi en la frontera entre las dos regiones). Ahí comenzó un hilo que llegó hasta la visita al propio Monte. Me parecía imposible llegar, era como traspasar un espejo, la puerta que nos separa de los sueños, pero llegué. Llegué y no me vi decepcionado. Me emocionó contemplar a diez kilómetros su perfil sobre los prados, su aguja, su contundente figura en el paisaje, contra el cielo gris: como una bandera: gris en lo alto, verde en la parte baja, el escudo en el centro (el propio Monte). Una bandera a la que sumarse porque es la bandera que nos engancha a las fascinaciones de la infancia, de la adolescencia. Una bandera sin más ambición que dormir y reencontrarnos con lo que constituye como sujetos atrapados por la lírica y la narración.
+ [Caen]: Noche, luz pálida, jóvenes que beben y ríen; mujeres en sus cincuenta: hermosas, ligeras, sin maquillaje; la transparencia del agua con gas y el hermoso vaso que la contiene: un cono truncado, la burbujas ascienden y, también, son hermosas; hay música; la nostalgia: ¿nostalgia, nostalgia de qué?; la mano de C. es hermosa, sus ordenados dedos, el color de sus uñas, el cristal de su piel, levemente azulada, un azul imperceptible, salvo para mí; sí, es Caen, la noche, el brillo de las farolas, en el centro de la plaza un hombre trata de dormir: los mendigos nos recuerdan que también estamos desposeídos, no puedo juzgar, me resulta imposible; disparo una foto y la misma foto constata su incapacidad para atrapar el momento: la intención es otra: obtener un algo abstracto: no lo consigo: borro la foto. Caen, la Baja Normandía, dormimos plácidamente. Hacia Bayeux, en Bayeux y su Tapiz pensamos. La noche nos arropa.
+ [Bayeux] El Tapiz de Bayeux, en primer lugar, no es un tapiz sino un bordado. Asomarse a más de mil años de historia es toda una lección sobre el ser humano [todo hay que decirlo: está reconstruido y hay partes que no se corresponden con el original, pero ese es otro tema, porque, realmente, cuando vemos el tapiz nos asomamos a mil años de historia y creemos ver lo que otros vieron y nos equivocamos, esa es la lección: ningún hombre puede ver lo que otro ha visto, aunque se trate del mismo objeto]. Una lección, repito, sobre el ser humano, sobre su necesidad de narraciones, tanto recreativas como propagandísticas. Según explica la audioguía, y que yo ya había supuesto, la función era trasladar a los que no sabían leer la gesta de Guillermo el Conquistador. Ante su eficaz maquinaria narrativa no debe uno dejarse llevar por una cierta idea, errónea, de ingenuidad. Es un instrumento bien afinado y con los detalles donde deben de estar los detalles, funcionales y efectivos. Lo vimos y nos sorprendió. Su presencia nos acompañó el resto del día, cuando nos acercamos a la melancólicas playas del desembarco, cuando visitamos los cementerios. Todas las guerras se hermanan en estas muertes absurdas: todos los muertos en la guerras son adolescentes que ni desean el combate ni comparten sus razones, pero está ahí.
+ [El desembarco, los cementerios]. Caminamos entre las tumbas, leemos las lápidas, nos emocionamos; repito: recuerdo haber oído en alguna ocasión que en la guerra, mayormente, sólo mueren adolescentes y jóvenes. Sí, es cierto. Lo hemos comprobado. Yo ya no soy joven y contemplo los testimonios de todas esas vidas perdidas, yacentes, no menos yacentes que tantas otras en tantos otros lugares, pero ahora estamos aquí y el paisaje condiciona, el silencio, algunos escolares que, a lo lejos caminan, sonrientes por los senderos que orlan las tumbas, las cruces tan blancas de mármol en el cementerio americano, los ancianos alemanes en el sobrio cementerio germano [en un panel se puede leer: no era su combate, tampoco sus razones, antes lo anoté, ahora repito la anotación porque me parece definitiva, incontestable, una afirmación que se puede o se debe trasladar a cualquier guerra, a cualquier confrontación].
+ Siempre son jóvenes los que mueren en la batalla porque si tuviesen más edad se opondrían a las órdenes, se negarían a morir porque ya sabrían que morir sólo conduce a la nada más absoluta. Sólo los adolescentes son eternos, en ello confían y por ello mueren sin casi dase cuenta.
+ [Honfleur] Yo nací cien años y dos días después que Erik Satie. Erik Satie nació en Honfleur, yo no. Escucho las Gymnopédies y recuerdo el horizonte del Canal de la Mancha. No llueve, pero presiento la lluvia Nací cien años dos días después que Erik Satie.
+ [Rouen]: la catedral y su perfil contra el cielo, el recuerdo de Emma, su acelerada vitalidad, ese nerviosismo, el sexo, la pasión, el adulterio, las novelas terminan por ser un veneno. Las calle de Rouen. Las mujeres con las compras del día, la tienda de quesos, la terraza vacía, donde tomamos agua y unos bocadillos de jamón y lechuga, casi sin aliño, casi sin sal. En Rouen no llovió pero la lluvia palpitaba en cada paso dado. Vivimos a Fígaro y él nos reconoció, tan viejos somos ya los tres. La música de Rossini es magia y medicina, nos alegró [ahora pongo la obertura del Barbero de Sevilla]. Me fijé con detalle en los rostros de los otros asistentes a la representación, Fígaro volaba entre ellos y había una cínica comprensión de la ciudad y sus afanes, tengo por cierto que cada rostro se debe a una biografía, con detalle se muestra el tránsito: grandezas y miserias. Camisa blanca, gafas de pasta, el pelo levemente ondulado, pero totalmente blanco. Una mujer me preguntó si era italiano, le dije que no, que español, pareció decepcionada, aunque, finalmente, se rio porque yo le dije que aunque era algo parecido también era distinto: me gusta improvisar y si me dan la oportunidad improviso. Salimos a la calle y había gente en los bares, se reían y alzaban las copas, como si fuesen a brindar, pero no brindaban. Un potente Tesla cruzó la avenida. Ascendimos y allí estaba la estatua de Napoleón [me pareció que no respetaba las proporciones, esto le daba el aspecto de un muñeco subido a un caballo de juguete, tal vez era de eso de lo que se buscaba, quién sabe]. Llegamos a casa y el sueño nos atrapó súbitamente, casi había que regresar: debería conducir al día siguiente hasta Beauvais, para volver a dormir, para coger el avión. Antes queríamos visitar el que pudo ser el pueblo de Emma, Ry. ¿Qué hay de cierto en ello?
+ [Sobre Flaubert y la no visita a su estudio]. «Littérature: Occupation des oisifs», Gustave Flaubert, Le Dictionnaire des idées reçues. No llegamos a estar ni siquiera cerca del estudio de Flaubert. Emprendimos el camino a Ry y no visitamos la Croisset. Queda pendiente, como un talismán que nos obligará a regresar a Normandía, a Rouen, al Pais de Caux.
+Mme. Bovary: Rouen: Catedral, Ry: la distancia a Rouen y el pueblo en sí; comida en una brasserie de Ry, la tumba de Delphine. ¿Qué perseguimos cuando perseguimos a un fantasma? En esto no consistía el desvío hacia Ry: ver si el pueblo se correspondía con el pueblo de la ficción; visitar la tumba de Delphine Delamare, la mujer que, supuestamente, inspiró Madame Bovary. Allí estaba la tumba, la iglesia, tan siniestra, la calle, un pueblo que no me pareció desagradable. La comida fue correcta y la cuenta aceptable, había algo de Emma en aquel comedor tan convencional, en los manteles y los cubiertos, en los cuchillos y en el postre: crême brûlée. Emma cruzó inesperadamente el comedor. Un fantasma, la bruma, el recorte de las copas de las coníferas contra el cielo gris.
+ [Flaubert y nuestra vocación: el trabajo]. En el avión, de regreso, continúo con la lectura de los ensayos de Roland Barthes, me entretengo sobre el que trata sobre Flaubert, sobre la razón de su escritura, que descansa más en una viciosa entrega al trabajo que en la publicación en sí misma. En este ámbito, me reconozco, me veo reflejado en las largas y solitarias jornadas que toda escritura implica, en su osada vaporización de lo tangible, en esa traducción de la estructura previa a la densidad de la prosa, que asesina toda posibilidad de distinguir el fondo (?) de la forma (?).
+ [Moving, just keep moving]: Me dediqué durante casi una hora y media a escuchar canciones de Supergrass, una totalidad de invocaciones y evocaciones. Moverse, simplemente mantener el movimiento. Esa es la idea: continuar hacia el destino y, luego, concretar una nueva meta; y así.
+ Volví a buscar el cómic de Posy Simmonds Gemma Bovery. (ese intencionadísimo paralelismo con la novela de Flaubert). Abrí el cómic y seguí los dibujos y el texto, recordé algunas casas al borde de la carretera, mientras cruzábamos el Pais de Caux. Volví a buscar el tomo de Fenández-Mallo La trilogía de la guerra y leí sobre Honfleur, cuando ya Honfleur es mucho más que un nombre en una página de una novela. Así, ahora que escucho, otra vez, a Erik Satie, todo desparece y hay un instante en que un reflejo de eternidad que nos hace confiar en el poder de la lectura, de la música, de la pintura. Volví a los cuadros de Monet y a un extraño retrato que hizo Marcel Duchamp de un doctor (Duchamp tenía 21 años). Cinco días en Normandía, que han cristalizado: son narración, que no es algo inferior.
+ Tengo ganas de comentar todo esto con E., contrastar pareceres sobre los viajes y la lectura, la novela como vehículo de conocimiento, pero todavía es pronto; E. está muy ocupada y no vendrá hasta pasado, quizá, un mes. La conversación madura en silencio mientras suenan las Gymnopédies.
+ Imagen: cuatro fotos: 1. El Monte Saint-Michel a una distancia de casi diez kilométricos; 2. El cementerio alemán de La Cambe; 3. Honfleur; 4. La placa de un timbre destartaldo, en una pared de lo que fue una vivienda, en Ry. La suma de las cuatro fotos representa lo que del viaje retengo ahora que eligo las imágenes que ilustran la entrada: nostalgia. La nostalgia es el deseo de regresar a la patria. ¿Patria? La lectura, el tranquilo descanso de un domir merecido, el paisaje con el que soñar.
sábado, 5 de octubre de 2019
La lengua de los caballos, la lengua de los pájaros
+ [Sobre amigos y conocidos]. La galería de retratos que se dispone en esa galería que resulta ser la calle me interesa, me interesa mucho. Las posibilidades de indagación que ofrecen todos estos rostros que se nos presentan a diario me inspiran, me dirigen hacia una suerte taxonomía y, como consecuencia, la constitución de un jerárquico orden, que otorga ciertas explicaciones e incide sobre las consecuencias del paso del tiempo, físicas y sociales. Amigos, conocidos y reconocibles, aquellos otros que forman una niebla indistinguible. Ese palpitar de la ciudad arroja una novela no escrita. Los vemos crecer, reproducirse, asistimos a sus entierros y creemos ser sólo observadores de la circunstancia. ¿Estamos equivocados? A veces dudo y me repliego, pero al momento la posibilidad pictórica me vence y recuerdo otros tiempo, ni más felices ni más triste, sino diferentes. Los amigos se desvanecen con el paso del tiempo y pasan a ser unos desconocidos, el tiempo ha trabajado sobre ellos, ha erosionado su rostro y sus ilusiones, ilusiones compartidas. En un apunte de la crónica loca, un periodista, acertadamente, decía que llega un momento en que la vida te muestra su camino a base de perder saludos, algo que, al menos a él, a mí también, le parecía muy provinciano. Sigo en esa reflexión sobre la provincia y, al tiempo, continúo estudiando los rostros de los que ya no me saludan y me pregunto: ¿que les habré hecho?; y me respondo: nada, es su naturaleza, debes aceptarla y continuar con tu camino.
+ El domingo, contra lo esperado, es luminoso. Me alegro por los gatos, ellos que tanto odian la lluvia. M. podrá jugar, desplazarse por el suculento césped, quizá cazar algún ratoncito con el que jugar durante un rato, hasta que el roedor termine por escaparse. El domingo no está mal, sobre todo para los gatos.
+ La política dice en una entrevista que está escribiendo un libro infantil sobre la democracia. Cuántos ornamentos fútiles, sin estilo, estrechos y baratos. Ha envejecido, la pérdida de un cierto brillo y sólo queda eso tan propio de los políticos: la estrategia, pero tampoco hay que extrañarse. Bueno, sin exagerar, algo más queda, pero está por descubrir, e intención no hay. Se acerca a los cincuenta, quizá los haya sobrepasado, ha tenido hijos, se ha divorciado, la veo pasear con su novio reciente y son muy del momento. Conocidos que se recortan contra el paisaje urbano, una elevación sobre la planicie de los días. Yo la he votado y volveré a hacerlo: mi posición política es el desencanto y la responsabilidad con lo que se piensa. Me analizo y veo que soy muy dado a observa las reglas, desde el color rojo de los semáforos al respetar los compromisos adquiridos la palabra dada. Siempre me ha parecido buena persona y lo mantengo, la política escribe un libro infantil o no. Son esos adornos que precisa la entrevista dominical en el periódico.
+ Veo los libros en la estantería, observo con detenimiento la estantería. Los marca páginas, los rotuladores, los post-it, el archivador de fichas (que nunca he usado), libretas y artículos encuadernados en espiral. En la parte baja, atesoro bolsas de papel, cables y cuerdas. ¿Cuerdas? Padezco un síndrome, me digo y leo los lomos de los libros, pienso en otro orden que el dado. Ese orden es un reflejo de mi persona. Mientras, en Europe1, se desgranan las noticias, el parte metereológico, la publicidad. Se acercan las siete de la mañana y escribir es otra observación de la norma, del compromiso adquirido voluntariamente. Cada semana una entrada en este blog, la estantería es una constatación. Mis faltas y mis aciertos son mi fortuna, pero en el secreto aislamiento de mi estudio, donde leo e investigo, investigo con la determinación que me ha sido dada.
+ La lengua de los caballos y la lengua de los pájaros. Esta es una distinción medieval donde se diferencia un sentido que se adquiere por el significado y un sentido que se adquiere por el sonido de las palabras. Pensaré en ello, a lo largo del día. Puede parecer que no son útiles estas taxonomías, que han sido ampliamente superadas, pero hay un poso que se mantiene, un aluvión de sedimentos que puede contribuir a ver el mundo de una manera determinada, esa manera nos ayuda a ver el nuestro desde prisma distintos, sorprendentes. ¿Caballos o pájaros?
+ Días sin visitar la ficción, paréntesis que coincide con la obligada escritura en la que estoy inmerso. ¿Incompatibles? Es la exigencia y la sensación de responsabilidad sobre el texto, sobre su res, sobre su verba, sobre el equilibro necesario.
+ Conferencias en línea sobre el estructuralismo y post-estructuralismo. La teoría francesa. Me asomo a mis libros y allí están. ¿Por una razón explicativa o por una necesidad de identidad, aunque ésta sea tan íntima como poco comunicable? Me sirve, cualquiera de las dos posibilidades. Vuelvo a Foucault, vuelo y me siempre cercano a una manera de ver y entender la historia. He indagado en ello durante años. No veo otra posibilidad, seguir leyendo es ahí donde se articula la posibilidad de mapear el presente, el cambiante presente, su inestable naturaleza. Los amigos y los conocidos sólo son índices, índices de mi estado de ánimo. Me encierro en el estudio y leo, tomo notas y escribo. No acaba de cuajar, pero en ese abandono está la receta para avanzar. Trato de centrarme, lo pienso y creo que lo consigo. La teoría francesa y yo, titulé la tarde y no le di importancia. Reflejos: la historia se repite dos veces, primero como tragedia, después como comedia, ¿fue Napoleón quién pronunció la frase? No importa, sólo es una frase. Me sumerjo otra vez en la lectura. Es sábado y la hora es propicia.
+ «Hemos disfrutado más de nuestros síntomas que peleado con ellos», una cita que no alcanzo a situar, una cita que capturo en una de la charlas en línea de Fernando Castro Flórez. Me interesa, la copio, la difundo. Escrutar la función de los síntomas, lo que los dolores nos quieren comunicar y nos resistimos a oír, es ese núcleo rector que actúa como principio, ahí donde el sufrimiento tiene una causa. Pelear con los síntomas es una equivocación, se debe ir un poco más allá y alcanzar la causa que los establece. Ahí es donde está el principio y la posibilidad, su final, tal vez.
+ A [Es domingo, mañana partimos para Normandía. Aún debo revisar un correo, terminar esta entrada (que quedará programada para el sábado 5 de octubre) y darle unos toques a la redacción del artículo en el que trabajo desde hace meses. Hay, también otra tarea pendiente, repasar las rutas en coche que deberemos acometer C. y yo en los próximos días. En ello estoy, en ello descanso; que quede constancia]. B [Una vez en Normandía, lo sé, recordaré a E. y su gusto por la lectura, su buen gusto que se refleja en sus maneras, en su forma de hablar, en su bondad, de esta manera E. viaja con nosotros]. C [Las fotos que dispararé en los próximos días: un fragmento, una idea, un esbozo].
+ Imagen: tres imágenes que se solapan: un día que emprendí sin demasiado convencimiento un paseo por la ciudad: llovía, la tormenta palpitaba sobre mi cabeza, mi dolor de cabeza, las fotos como comunicación con un otro que fui, ahora soy yo el que dispara y el que constata que llueve, que el gris domina, que el gris no es un color que se deba obviar. Disparo, constato, lo traspaso a este espacio. Domingo.
sábado, 28 de septiembre de 2019
Preparativos
+ En unos días cogeremos el avión y llegaremos a la Picardía, a Beauvais Tillé, y luego nos encaminaremos a Normandía, a Caen. Mientras desde el ordenador gestiono las tarjetas de embarque, no puedo dejar de pensar en dos lugares: el Monte Saint-Michel y el estudio de Flaubert. Ambos se unen en el repertorio de mi imaginario, los dos marcan como hitos, puntos concretos de mi vida: el último tramo de la infancia, la primera juventud. El Monte Saint-Michel me deslumbró cuando vi una foto en una revista, lo recuerdo muy bien: me pareció el espacio necesario para una narración, un lugar con el que soñar, una esquirla de fantasía; Flaubert me enseñó la perfección de la novela, algo que anteriormente vi con el Quijote, me hubiera gustado imitarlo con éxito, pero no lo conseguí. Entiendo que hay un círculo que se cierra con esta visita, un porqué en el que indagar. Metas y trayectorias, el camino y la posada, la visión plasmada en el viaje, en la compañía deseada y necesaria: C.
+ Otros círculos quedan por cerrar, otros nunca se cerrarán.
+ Recuerdo en mi infancia haber visto la foto del Monte Saint-Michel con la marea baja y sentir que había algo allí que me pertenecía. Su perfil, la aguja, la perfecta forma de la isla y la arquitectura incrustada. Ir allí es cerrar un círculo, repito. Siempre me pareció una quimera viajar hasta el Monte Saint-Michel y hoy me preparo surcar la Baja Normandía para llegar hasta allí. Esto me hace presentir una realidad sobre lo posible y lo probable, sobre cómo la vida nos ofrece oportunidades cuando menos lo esperamos. Hay en lo imprevisible una característica que no se debe soslayar: poco podemos decir sobre el futuro.
+ Escojo algunas novelas que se ubican en Normandía: Serotonina, Houellebecq; Trilogía de la guerra, Fernández Mallo. Una tercera: Madame Bovary, Flaubert. Tres novelas que componen una biblioteca imaginaria y portátil para surcar las planicies normandas. Sé que estarán presentes en el viaje en coche, un modesto C3, lo que no deja de constituir una nueva narración. La narración que nosotros trazamos para nuestro uso particular, en exclusiva. Las conversaciones y los silencios, el estudio de los mapas, la noche y el amanecer, la geometría del coche alquilado, la poesía acumulada en los aeropuertos, en las maletas, en los rostros vacíos de los viajeros: el cansancio y la ilusición. El viaje.
+ En el estudio de Flaubert, en la compañía de Madame Bovary. Lo dicho: también Flaubert se une con el pasado y el recuerdo. Se acumulan expectativas de las que no espero mucho, porque su función se cumplió ya, hace tiempo, y visitar su realidad tangible no deja de ser un constatar lo ya sabido. Leí las cartas que le escribía a Louis Collet en busca de las razones para su gran novela, con el objeto de escrutar su disciplinado trabajo, mientras me imaginaba su estudio y su trabajo creía entender un poco mejor la novela. Hoy mi idea es muy distinta, más reposada y próxima, estoy seguro de ello, a la realidad de su trabajo y a sus intenciones. Sin embargo, no creo que la interpretación anterior esté errada, porque aquello que entendí permanece en una suspensión pretérita. Entendí un reflejo del autor en la protagonista; hoy la razón es otra: Madame Bovary es la novela en sí misma y su naturaleza es perfección novelística. Pero el reflejo del autor puede ser un sentido válido, porque los sentidos se mantienen por la argumentación, nunca por una razón fija, digamos, incontestable.
+ ¿Cómo he llegado hasta aquí y cómo mantengo el edificio, sus cimientos, estructura, muros y vanos? Vuelvo a estudiar los libros que atesoro y trato de encontrar una explicación y sé que explicaciones no hay, sólo un destello instantáneo. Ese destello me indica la dirección, un nombre más preciso sería intuición.
+ Hoy jueves, dejo pendientes, para el regreso del trabajo, la guía y el mapa de Normandía con el objeto de estudiar las rutas que haremos: El Monte Saint-Michel, Bayeux, las playas del desembarco y Honfleur. Rouen también está pendiente. La organización lo es todo. Regreso del trabajo y la guía y el mapa continúan donde los dejé. Constatan mi cansancio, debo ponerme con ello, lo sé. Estoy cansado, insisto. Iremos a dar un corto paseo, los paseos de los jueves. Luego, ya en cama, trataré de aclarar mis ideas, tomar notas y traducirlas a los itinerarios de los próximos días. También la programación es una aventura, o una novela en sí, ese arte de que todo sea arte: el arte de lo cotidiano.
+ No falta nada, ya está ahí. Finalmente, observo el paso del tiempo y me perturba. Qué fluidez, qué tiranía. Normandía es otra baliza, el día se completa, dormimos bien porque hemos trabajado bien: a la cama se debe llegar cansado y recibir el sueño merecido. No siempre es así, pero se debe tener presente. Ahí está Normandía, me desvanezco en la niebla de lo diario y su visión es otra visión de lo cotidiano.
+ Imagen: un altavoz cubierto por una protección. Me parece que describe el momento, el momento donde preparamos un viaje: la realidad cotidiana que está oculta, a la espera de ser descubierta. Son esas gamas de grises que tomarán color según se desarrolle nuestro viaje a Normandía. Todo permanece abierto.
sábado, 21 de septiembre de 2019
Memorias en la provincia
+ Siempre me han interesado las memorias, libros que ampliamente muestran la vida desde la perspectiva de su protagonista. A veces creo que siempre las memorias son apócrifas. Encuentro en su naturaleza una colisión con la novela, porque las memorias admiten comprobaciones que las novelas no. ¿Tiene importancia? Estos días se han presentado unas memorias y yo no las leeré a no ser que por casualidad las encuentre en un estante de la biblioteca pública. Sé del autor lo suficiente, hasta en una ocasión cené con él, invitado por el provinciano ateneo. Es arrogante, y tiene motivos para ser arrogante, pero para mí hoy sólo es un aliento de vapor y niebla. Su vida es una vida ejemplar, con un claro sentido moral y eso se reflejará en el libro. Hay una entereza en su vida que me hace desconfiar. ¿Leeré sus memorias?
+ Me recupero con la lectura de algunos poemas. Poemas de Luis Alberto de Cuenca y poemas de Antonio Colinas. Se desvanece la tarde del domingo y descanso en una una música plena de romanticismo, verdadera y solida, aligerada y rectilínea. Fluctúa la sensación de finitud, pero ahí está, en el centro de la vida. La memoria no es otra cosa que una contabilidad injusta, hoy al menos.
+ Hay enfermedades del cuerpo y enfermedades del alma, también hay enfermedades literarias. Convaleciente estoy de atracones de ficción, que distorsionan las primeras horas del día, ese momento en que espero en el coche por O. o que O. espera por mí en su coche. Es una alucinación, una ebriedad que aporta la lectura intensa y prolongada. Se acentúa la geometría de la arquitectura, destaca el contraste de las luces y las sombras, las personas adquieren un aliento pictórico, retratos nunca ejecutados. Rememoro lo leído en Modiano, por ejemplo, la indagación en la vida de una mujer que voluntariamente ha desaparecido. Cuál es el reflejo en lo diario. Indago en mi propia percepción, pero el deslumbrante foco de lo diario me lo impide. He aprendido a apreciar cada latido de la realidad, algo que sólo se puede relacionar con la suma de años donde estoy y con la acumulación de lecturas; era una enfermedad. ¿Enfermedad?
+ Vuelvo a pensar en la arrogancia del memorialista. Sé de un columnista local que guarda silencio sobre el libro. Seguro estoy de que ha sufrido un desplante, un zarpazo. Al memorialista lo conozco un poco, al columnista mucho. La combinación de ambos se traduce en la intolerancia y la soberbia de uno con la indolencia y la falsificación del otro. Ninguno de los dos me interesa mucho, salvo como materia para ficciones que nunca escribiré, me interesan como productos de la negra provincia [La negra provincia de Flaubert, de Miguel Sánchez Ostiz, libro que me gustaría leer, pero el tiempo es muy limitado]. Estas fricciones despiertan mi curiosidad, la articulación de la vida cultural en una pequeña ciudad, algo tan literario. Hay una oposición nuclear entre sus vidas: el primero es un hombre trabajador y tenaz, el segundo: un vago redomado y acomodaticio. Los une la vanidad. ¿El primero ha despreciado o humillado al segundo? Eso sería materia de la novela que no escribo, salvo estos flecos que de la vida se escapan.
+ El memorialista y el escritor de columnas, podría valer como título de una novela que no se escribirá, tampoco un relato; queda la posibilidad, que es equivalente a la nada.
+ El escritor de columnas no se preocupa por su aspecto ni por su salud porque el vicio de la bebida y el tabaco es mucho más fuerte que el miedo a la muerte. Tiene gracia para escribir, pero le falta formación y constancia. A veces se notan sus carencias, a veces no. Yo lo conozco bien y sé de sus defectos y virtudes. En un tiempo teníamos una cierta relación, hoy sólo es un persona que camina por la calle: me saluda de mala gana pero yo preferiría que no me saludase (esas cosas de la negra provincia). Yo creo que él entiende que ha triunfado y yo he fracasado. Nunca lo discutiría, pero yo no busco triunfos ni glorias, sino un pequeño espacio donde desarrollar mi investigación. Mis investigaciones. Lo sé, somos, ambos, ejemplos provincianos. Lo asumo, pero no como un defecto sino como una característica más en mi configuración, en una de mis varias configuraciones. Lo múltiple habita en mí: desde la primera hora de la mañana hasta el inicio del sueño reparador. En fin, lo vimos el otro día fuera de la conferencia de presentación de las memorias del memorialista, me dio pena su soledad ante la gran jarra de cerveza: se veía claramente que había sido despreciado y que con ello venía una comprensión de su totalidad: creo haber leído que estas revelaciones marcan un inicio de una decadencia. Vale. No sé si ha tenido algún tipo de revelación, pero yo sí vi ciertas aspectos de su vida con una claridad extrema y despertaron una compasión que no se restringe a su persona sino que se expande hasta llegar a una totalidad de amigos o conocidos de hace veinte o treinta años, algo que me alcanza: así es la provincia.
+ El memorialista es muy suyo, es un hombre con un grado importante de presunción y soberbia que se refleja en las primeras palabras. La línea de su vida es clara y su inteligencia evidente. Hay un asunto áspero en su dirigirse a los demás que no me gusta, que me produce un rechazo automático, que se relaciona con simas que no consigo alcanzar, pero que tampoco deseo entrar en la exploración de su batimetría. Dejemos las simas en su profundidad silenciosa. ¿El triunfo? Las memorias son un confesarse silencioso y, al tiempo, un verse en comparativa comparación con el resto, yo aporto esto y tú: qué aportas. Vi las fotos de la presentación y se puede decir que fue un éxito. Todos estaban allí, salvo el escritor de columnas, porque el escritor de columnas dialogaba con su generosa jarra de cerveza y su tabacazo liado, húmedo, perfumes del pasado.
+ Noche de pesadillas, me salvo del vacío pero alguien en el otro lado del teléfono me dice que no quiere hablar conmigo. Me levanto y bebo agua, el agua está caliente y un sistema de recuerdos me sume en la tristeza, una tristeza que alcanza el propio sueño. Deseo que llegue el día, un nuevo día.
+ ¿La autoridad?
+ Imagen: recorte.
sábado, 14 de septiembre de 2019
Espejos en Lisboa
+ He escogido esta foto tomada en Lisboa para ilustrar la entrada porque me parece especialmente significativa. Dos espejos superpuestos, nuestras piernas, nuestros pies; somos C. y yo. El único color que destaca es el rosa de las zapatillas de C., el resto es gris. Mis pies salen en un espejo, los de C. en los dos espejos. ¿Qué aventurado sentido le podríamos dar a esta particularidad? ¿Vivir entre dos mundos: el suyo y el mío; o alcanzar a comprender realidades diversas, mientras que yo estoy más sumido en un acotado contexto? Las posibilidades discursivas son muchas, pero todas apuntan a un cierto entendimiento entre ambos, los espejos lo certifican. Y la foto me gusta, una porque es producto del azar, otra porque se vislumbra un proyecto en común que cuaja en el viaje mismo [que no deja de ser otro proyecto más, uno entre muchos compartidos]. Recuerdo perfectamente dónde disparé la foto y la intención con que lo hice; ahora que se plasma en el blog adquiere toda su magnificencia, su innegable pertenencia a mi personal Barroco [que considero más que una época, un estilo], el juego que se plantea y que no se soluciona con una volandera opinión, ni con el acierto ingenioso: la imagen contiene mucho más de lo que se pude glosar. La glosa queda a un lado, resta la foto, ya que la foto multiplica la vida de aquellos días en Lisboa. ¿Es esto lo que permanece? Si lo deseamos, así es.
+ «Arde en su centro el líquido elemento» Villamediana, Faetón (oct. 172 v. 1).
+ Las fotos fijan un momento, lo fosilizan. Las fotos no se pueden entender sin la temporalidad, como sucede con la escritura. Eso las diferencia de la pintura, porque la pintura suspende el tiempo, las fotos usurpan la sustancia de la realidad y la suplantan: común es entender las fotos como realidad, cuando no es así. La ficción que se crea sobre ellas tiene que ver más con una visión literaria que pictórica, de hecho, cuanto más pictórica una foto, menos me interesa. Me interesa esa captura de lo irrelevante, de los oculto tras las vida cotidiana: fantasmas difusos y persistente. Veo las fotos que he disparado a lo largo de los últimos cuatro o cinco año y me resisto a establecer el hilo que las une, pero el hilo está ahí: ¿la resistencia del tiempo?
+ Descansan los libros que me he traído en la última visita a la biblilioteca: Ferlosio, Mondiano y Sebald. Fragmentaria es la lectura. No hay un plan, estará aquí cerca de dos meses. Dos meses es mucho tiempo. En ello descansamos y el tiempo fluye en su tiranía. Al menos, que no figuren fotos de los autores.
+ Ayer perdí mucho tiempo en gestionar el alquiler del coche para Normandía. Estas acciones me fatigan, me fatigan hasta el punto que después no pude hacer otra cosa que, por ejemplo, ver fotografías en ordenador: como un mecanismo, un resorte que emerge del pasado y se hace presente en la contemplación. Londres, Lisboa, La Rochelle, Madrid (…) Así, continué con la espontánea investigación sobre el hilo que engarza el archivo electrónico de fotos. Sé que soy yo, pero no termino de reconocerme: qué puedo hacer. El palpitar que permanece a lo largo de los años se entrega a lo imperceptible de la vida cotidiana. Perdí el tiempo con el coche de alquiler y no aprendí nada, calderilla de la vida, me digo y sé algo sí que aprendí. Creo haber solucionado el asunto adecuadamente, no es para sentirse orgullo, pero siento cierta satisfacción: qué tontería.
+ Sigo la evolución del postoperatorio de mi hermano. Le escucho, veo las fotos que ve envía. Me concentro en la enfermedad y sus remedios. Qué asunto tan lejano la medicina, hasta que se hace presencia, hasta que nos alcanza la enfermedad. Por arte de magia, nos hacemos peritos en una dolencia, en sus síntomas y razones. Un conocimiento arborescente. Cuántos conocimientos se gestan al contacto con el objeto. Me concentro en la enfermedad y sus remedios, lo dejo a un lado y regreso a la lectura. La lectura, esa enfermedad.
+ La lectura del libro de Modiano que cogí en la biblioteca, El café de la juventud perdida, es mi dosis de ficción diaria. Indago en la substancia de lo estudiado días atrás en relación con el texto pragmático y el texto de ficción: el texto de ficción no admite los matices ni las negaciones o perfeccionamientos del texto pragmático [el texto ordinario frente al texto artístico], ¿pero qué sucede cuando el texto pragmático se hace carne de la historia? ¿todavía admite perfecciones? Lo dudo. La literatura como tal literatura es inasible, es algo que cuaja en el presente, en la recepción: tan evanescente, tan líquida o, mejor, gaseosa. Me vale hoy aquello que oí sobre el arte contemporáneo: es arte si está en un museo. Y es literatura si los lectores consideran que es literatura. ¿Una tautología? Las tautologías no son necesariamente inadecuadas.
+ Portadas de libros: deberían ser blancas, color crema, sin más palabras que las del título, sin autor, sin editorial, sin emblemas ni precios. Un libro totalmente desnudo. ¿Sí? Al menos, que no figuren fotos de los autores.
+ Imagen: un intento de plasmar el tiempo que gravitaba sobre Lisboa, sobre los espejos.
sábado, 7 de septiembre de 2019
Hospital
+ Un domingo por la tarde hospitalizaron a mi hermano para realizarle una operación que, aunque compleja, no revestía un gran riesgo. Todo hay que decirlo, no doy nada por hecho y el discurrir de un asunto nunca se puede pronosticar. Bien, sólo creo en las matemáticas, porque son la perfección sobre el papel o en la pantalla, otra cosa es cuando los cálculos deben ser empleadas por el ingeniero o el arquitecto para sus propósitos y fines utilitarios. Se trata más de una aproximación que de un acierto en el pleno de la diana. La operación salió bien.
+ En los últimos meses encontré una clave para leer rostros. Todavía no puedo concretar su forma, pero funciona. Hoy, antes de salir para Santiago D. C., vi algo en la mirada de K.O.K. que me reveló una particular intimidad, algo que ya está en los libros: una constatación: la debilidad, el cinismo y una fuerza agazapada, que puede saltar como un gato, un latigazo certero. Me desconcierta. Nada de eso tiene que ver con la literatura, con sus libros. Esa plantilla me sirve: la utilicé en el hospital y me sorprendió, deseé que se desvaneciese y déjase de mostrarme recuerdos y estelas del pasado, estelas que llegan al presente.
+ Estaba en la sala de visitas tratando de leer y tomar notas. Lo lograba entre el barullo y el calor suspendido de la sala. Entonces llegó un hombre joven, revestido con una seguridad propia del que ha tenido que hacerse cargo de asuntos importantes a temprana edad. Su voz era grave, caminaba en círculos y sentenciaba. Conversaba por teléfono con gestores, oficinas de banca, habilitados de clases pasivas. Se entendía que trataba de arreglar la pensión de su padre. Tenía aplomo. Su cabeza rapada, la barba rala y la curva perfecta que trazaba su cráneo indicaban una fuerza innegable, un atractivo seguro, éxito en el amor, tal vez, tal vez no. No me fío de las primeras impresiones, tampoco de las de segundo grado. De repente se detuvo en medio de la sala y a su interlocutor tras el teléfono le hizo una confesión: «… pero si nuestro padre se gasta seiscientos euros al mes en tabaco y vino, y eso es lo que le ha llevado a estar donde está y estar como está». Su rostro no cambió, escuchó atentamente lo que del otro lado le decía y se encerró en sí mismo. Sentado en la ventana, con el móvil en la mano, balbuceando alguna letanía, componía por sí mismo un interesante retrato: ningún pincel, ninguna cámara fotográfica podría haber capturado lo que yo vi, por lo que yo vi era literatura, no era pintura, no era fotografía.
+ Creí aprender algo y no fue así.
+ Me fijé en el atuendo de las personas que transitaban por la sala de visitas. Traté de encontrar en su ropa y zapatos algo que definiese este tiempo en el que vivimos. No hallé nada, pues sumido estaba en lo automático de mi percepción: era imposible romper su conjuro. Había música, rumores, pasos amortiguados. Iban y venían los trabajadores del hospital: sus ropas, sus zuecos de goma, los fonendos. Ellos hablaban del presente y del futuro. Me trasladé años atrás, con un esfuerzo grande y lo conseguí: todo tomaba otro cariz a través de la vestimenta de las enfermeras y celadores, de las auxiliares de clínica y los médicos. Luego los pantalones pirata, las cibernéticas zapatillas de deporte, los teléfonos y los relojes, los tatuajes y los anillados. ¿Ese era mi tiempo? Me di cuenta, una vez más: sólo soy un espectador.
+ Bonita imagen: los ríos vaporizados / vaporizadores. Me entretengo en ella y continúo con la lectura.
+ Fue entonces cuando recordé aquella conferencia donde se trataba el tema: leer los espacios. Los espacios deben ser leídos, pero no como arquitectos, sino como leen los aficionados viciosos a las novelas. El hospital tiene su narración, la narración desordenada de lo cotidiano. Los enfermos y los familiares, los trabajadores del propio hospital, los trabajadores externos, la cafetería y los camareros, el vendedor de periódicos, el vendedor de lotería, administrativos y conserjes. Una red que junta y separa vidas. Observar, es éste el verbo que vibra en mi cabeza mientras trato de ejercitar mi capacidad de romper con los automatismos. Así, dejé a un lado al libro sobre la naturaleza de la literatura, dejé a un lado la libreta de notas. Me sumergí en la corriente y entendí lo cotidiano como una novela más allá de la novela, sin necesidad de orden ni estructura. Leí el espacio del hospital y la interacción de los trabajadores eran el tema. Me dejé llevar por su fluida realidad. Mi hermano dormía.
+ Me hubiera gustado comentarlo con E., pero E. no estaba. Se encontraba mal y hablamos por teléfono, lo comentamos y noté que ella no estaba. Me gusta escucharla e intercambiar pareceres. Otro día hablaremos. El hospital inició su ritual de sueño y olvido.
+ Imagen: la tendencia al desenfoque y el gusto por las figuras que se desvanecen; como fondo, lo que un día fue un hospital y hoy es un museo [¿siempre regreso?].
sábado, 31 de agosto de 2019
Black Box
+ Me pregunto por la abundancia de imágenes de museos en este blog. Imágenes que en realidad son recortes de su realidad, de sus realidades. Una de las razones es que he visitado muchos museos, que me fascina leer su arquitectura y el estudio de los visitantes: poses, conversaciones, miradas perdidas en el fondo de la sala, como si se buscase la figura del amado. Los cuadros, las obras son importantes y nunca prescindibles, pero se pueden orillar, ya que sólo buscamos el contexto, su relevancia y la posible sugerencia que aporta a la novela de la vida. He disparado mucho en los museos: tal vez una silla, un libro de firmas o la bufanda olvidada en un alféizar, librerías y tiendas de recuerdos, el fuste o el basamento de una columna, la estría en la pared, el cielo a través de una ventana.
+ [Viernes, noche]. Cena fallida. Comida marroquí, platos extraños y platos tradicionales de la cocina marroquí mal elaborados. Hablamos mucho y yo me enzarcé en una polémica en la que no deseaba entrar: ¿cuál es la responsabilidad de los profesores de secundaria en la educación de sus alumnos? Mis argumentos resultaron definitivos, los profesores no tienen la culpa (¿todavía se puede hablar de culpas?) de los comportamientos desviados de una cierta norma, pero tampoco la solución. Afortunadamente, rebajamos el tono y lo olvidamos pronto. Como coda: ¿por qué nadie quiere hacerse cargo de sus responsabilidades, por qué resulta tan reconfortante creer que hay recetas para cambiar algo que nadie, a lo largo de la historia ha conseguido cambiar? La juventud siempre ha sido corrupta y sólo los años libran a las personas de los pecados de los inicios en la edad adulta, algunos ni siquiera llegan a enjuagarlos. Luego fuimos a una terraza y hablamos de tatuajes, del impacto de internet en la vida diaria y la imposibilidad de una vuelta atrás. Acompañé a L. a su casa y me dijo que yo tenía razón en el asunto de los profesores, pero prefería no entrar en la polémica. Le dije que ella era más sensata y que yo debería haberme callado. No me calle y no me arrepiento, pero no lo volvería a hacer. Regresé a casa y vi un largo vídeo sobre el estado de la filosofía en España. La palabra España me chocó y volvía pronunciarla. Era muy tarde, ¿las tres y medita, tal vez? El calor no me impidió dormir profundamente. Me desperté con esa extraña sensación de irrealidad que otorga el trasnochar a los que nunca trasnochamos.
+ [Black Box]. Me parece importante subrayar las habitaciones oscuras donde se proyectan vídeos como obra de arte, emblemas de este momento histórico. [Escribo lo que escribo y me doy cuenta de que el mundo del arte es un mundo muy lejano y extraño para mí, que me interesa pero que nada tengo que ver con él, pero continuo en la certeza de que debe quedar constancia de su presencia: de ahí el título; lo intuyo pero no sé si mis intuiciones son correctas, si es acertado valorar carreras, premios y excelencias].
+ No creo en horóscopo, tengo una mente positivista, pero hay un momento que todo parece conjurarse. A la discusión del viernes a la noche se sumó otra, peor si cabe, este domingo. No pude trabajar porque perdí la concentración, y eso me molesta muchísimo. En fin. No creo en el horóscopo, pero hay conjunciones que parecen responder a alguna causa, cuando tal causa no existe, cuando tal causa es producto de la casualidad.
+ Causalidad / Casualidad.
+ Ayer en Vigo, en la librería, vi el último tomo de la serie de K.O.K, Fin. No lo compré, no lo compraré. La lectura discurrirá por un ejemplar de la biblioteca. Debo restringir la compra de libros y tengo planeado un expurgo, que se realizará en breve: irán a la biblioteca pública, si los quieren, de no ser así: los abandonaré a su suerte en las calles.
+ [vector, -oris m: el que arrastra, que transporta / pasajero en una nave / jinete - algo que surge espontáneamente en el diccionario de latín].
+ Una última cita [por hoy]: «… y ya que no ofenden como un rayo, molestan como el granizo» Quintiliano, Instituciones oratorias.
+ La suma de los dos ítems anteriores resulta de las lecturas en curso. Son más un sistema de balizas en el desarrollo lector, citas en sí mismas. Más que frases escogidas con mayor o menor acierto, objetos que delimitan las fronteras con que acoto mi particular tema, con sus derivadas y subtemas por ordenar. Sirva la aclaración a quien la desee, si esto fuese posible.
+ Imagen: en algún lugar de Madrid, que se resiste a desaparecer; no entra en la black box... o sí? Tal vez, Malasaña.
sábado, 24 de agosto de 2019
Las visitas
+ ¿Por qué titulo la entrada de esta semana: Las visitas? Porque las visitas nunca son definitivas, su carácter provisional me interesa hoy debido a que yo también soy provisional (¿cuándo no?) en mi propia vida. Un yo que se diluye en esa visita que realiza al yo del momento, el que se se desvanece: poemas que leo, recuerdos de viajes, novelas que termino por apreciar (...) Yo soy el que visita a mi yo del presente, en su impenetrable impremanencia.
+ Por laberintos (de los que conozco su planta [la entrada, los nudos y la salida]) llegué a «La tumba negra», de Antonio Colinas en el Libro de la mansedumbre. Fue esta tarde: un viernes feriado, limpio y largo, de lectura y reflexión sobre el arte de persuadir y cómo se aplica sobre la materia literaria [¿hay una materia literaria y una forma literaria, o simplemente es una única realidad indisociable?]. Llegué al poema y comprendí ciertas verdades que tienen que ver más con el paisaje que con la palabra. Montañas de la sierra de la Cabrera, ese límite entre Galicia y Castilla, una frontera, carreteras que orlan las dos provincias (Orense y Zamora), ríos que se frenan en las presas donde mi padre trabajó en su juventud, montañas a las que ascendimos juntos, la historia personal de mi familia, de mi padre: más intuida que certera. Pero no, la cuestión era llegar al poema, a Bach, a las cuestiones de la Segunda Guerra Mundial. Un poema largo y con calas extrañas, donde el acero se da cita con la madera desgastada de las casas de los músicos barrocos, extraña conjunción que yo entreví en Berlín. Lo sé, mejor guardar silencio y escuchar el susurro de la radio: música de cámara, sin electricidad, sin luz apenas. Hoy es viernes, me detengo en el estudio y escribo.
+ «Así que, en la noche / de los ferrocarriles fronterizos, se abrió el atardecer / de una isla». De «La tumba negra», Antonio Colinas.
+ La lectura del poema me lleva, otra vez, al campo de concentración que C. y yo visitamos hace ya casi un año. Esa visita produjo una vibración que todavía resuena, que no deseo que se apague. Muchas veces me encuentro ante las escenas agradables de la vida y el zumbido se intensifica. Qué frágil resulta la vida, que delicada, cómo acecha en sus cercanías la maldad. No lo olvido, no quiero olvidarlo. El poema me devuelve la imagen de Auschwitz, la imagen tan vívida que recibí en la exposición de la sala del Canal de Isabel II hace, también, casi un año. Una conjunción en esta tarde.
+ «Nunca lo verdadero pudo alcanzar a lo imaginado, porque el fingirse las perfecciones es fácil, y muy dificultoso el conseguirlas» Gracián, Oráculo manual 19
+ Cuando copio una cita es más por gusto que por encontrar un argumento de autoridad. La cita tiene su belleza, y en ella descanso. Lo fragmentario y excepcional. He copiado esta semana un fragmento de un poema de Antonio Colinas y una sentencia de Gracián. Ambos vienen dados por las lecturas, surgen sin ser esperadas estas citas y las anoto aquí, que no deja de ser una libreta. Quedan flotando en este éter que resulta ser la red. ¿Sabiduría? Coser citas tiene su arte, no sé si me pertenece: me gustaría tener esa habilidad, pero no recibo respuestas. La cita la anoto para mí porque son bellas o recogen algo intuido. Gracián: el contraste entre el deseo y la realidad; Antonio Colinas: un recuerdo de mi infancia que me parece que se contiene en ese fragmento del poema, aunque nunca haya estado ahí esa intención. Suena la canción la Happy, es martes y son las 6:17 [sensación de irrealidad, sensación de finitud].
+ Veo en la red fotos de conciertos de rock o de pop; mejor: estudio al público de los conciertos, de estos festivales veraniegos. No entiendo la razón por la que durante un tiempo todo eso me interesó, me interesó mucho y ahora ya no, ahora no me interesa nada. ¿Soy otro? No. ¿Me he adelgazado? Qué lejano resulta todo, me digo ante ese retrato del paso de las generaciones, de su cenit y su derrumbe. Me veo en conciertos de música clásica y creo que es diferente y no lo es, porque el resultado es el mismo: la búsqueda de una identidad. La identidad es, hoy, un veneno. Yo no soy el veneno.
+ La lectura del tomo 5 de la novela de K.O.K. llega a su fin. Casi setecientas páginas. Me parece una hazaña escribir tanto y mantener el interés, el tono, la confidencial fluidez que lo invade todo. No puedo estar en mayor desacuerdo con las opiniones negativas que he leído al tiempo que me sumergía en la novela. Simplemente, sólo por esa capacidad de narrar y de mantener el pulso durante tan desafiante extensión merece una reflexión más atenta, algo más que exclamar: es la vida cotidiana sin más, como ver crecer la hierba, no hay más interés que (…) La novela contiene lo nuclear de la novela: poner el espejo ante la realidad y que la realidad se convierta en materia artística, con sus descripciones, la elevación y el descenso de los personajes, la ética [positiva y negativa] del narrador y su desesperante sinceridad. ¿Es K.O.K. quien escribe? Bajo ningún término, todavía somos capaces de discernir entre autor y narrador, incluso al narrador como personaje: activo o pasivo. Es un narrador en primera persona y no hay más que hablar, no es K.O.K. No es la realidad, es una novela. Los materiales en bruto utilizados para la composición de la obra artística nos resultan tan indiferentes como lejanos, leemos una novela independientemente desde dónde llegue este barro o el otro mármol, la concreción que hace que la novela sea tal novela. Ha merecido la pena su lectura, más allá de ciertos paralelismos con nuestra propia vida, con las ambiciones del escritor, sus fantasmas y sus fracasos. Me parece propio del momento histórico y eso es mucho, más allá de su recorrido en la academia, las estanterías o los suplementos culturales.
+ Imagen: entrada de museo [Serralves]. Las figuras parecen frágiles y en la distancia lo son. Según nos acercamos, su realidad nos confirma su efimera existencia. Desde una altura considerable observo: disparo sobre la escena y espero el día que ha de transformarse en ilustración de una entrada, de esta entrada. Como la oración del ateo.
sábado, 17 de agosto de 2019
Entre lo fragmentario y la totalidad
+ Estaba ocupado. Ella me saludó desde el coche. Continué con mi tarea y apareció súbitamente. Había dado la vuelta en un cambio de sentido que había un poco más allá. Su coche era muy viejo, esos coches que se utilizan en un radio de diez o veinte kilómetros. Un azul metalizado con unos interesantes desgastes, que si se observan con un poco de atención tenían una lejana cercanía a algunos cuadros vistos hace unos años. Sonrió. Era una mujer que había sido hermosa, sus profundos ojos azules y su elegancia natural lo desvelaban. Me preguntó por unos asuntos y solventé las dudas. No pude dejar de pensar, mientras hablaba, en lo que he me habían contado sobre sus depresiones y sobre el suicido de su hermano. Todavía no llovía, pero el cielo estaba cubierto y el un viento extrañamente cálido surcaba el aire, los árboles se agitaban y ella sonrió mientras asentía. Se alejó y retomó su camino hacia los pueblos. Volví a estar solo en la montaña, en la carretera que cruza la montaña. Observé el bosque y no pensé en nada. Había un vacío extraño, algo que flotaba. No pensé en nada, no pensé en nada.
+ Navego. Sin casi saber porqué aterrizo en la Estación de comunicación por satélite en Buitrago de Lozoya (1968), de los arquitectos Julio Cano Lasso y Juan A. Ridruejo. Para documentarme bajo un Pdf de una vieja, viejísima revista de arquitectura. Antes de llegar hasta donde está propiamente mi interés, me detengo en las publicidades de sanitarios, muebles, encofrados, saneamientos, linóleos, cocinas (…), asuntos todos que se relacionan con las compras y los proyectos arquitectónicos. Me gustan los dibujos y las fotos, la sensación de antigua modernidad. Me fijo en un despacho de madera muy señorial, con su butacón reclinable de piel, su escritorio suavemente racional, las estanterías, los libros y los adminículos propios del arquitecto o del ingeniero. Un mundo que ya no existe, aunque sus vestigios estén en nuestras ciudades, pues todavía permanece aquello que ellos diseñaron. No siento vértigo, pero me cuesta asomarme a lo que transmite su realidad muerta.
+ Cornelis Norbertus Gysbrechts: El reverso de un cuadro (segunda mitad del siglo XVII). El título no puede ser más descriptivo de esta nihilista obra (lo del nihilismo lo extraigo de Fernando Castro, que me parece muy apropiado). En el buscador investigo sobre la imagen y la observo durante un largo rato. Es una renuncia. Me llama la atención que el pintor dijese que su cuadro debía estar en el suelo, para ser contemplado en su esplendor: supongo que para crear un efecto de confusión. El trampantojo nos da una medida por descubrir.
+ «—Yo sé quién soy —respondió don Quijote—, y sé que puedo ser, no solo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia, y aun todos los nueve de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron se aventajarán las mías.» Don Quijote, Capítulo V, Donde se prosigue la narración de la desgracia de nuestro caballero. Copio la cita el sábado por la tarde. Hace calor y ese famoso «Yo sé quién soy» me deja pensativo. Trato de indagar en lo mío y no puedo hablar yo con esa firmeza. ¿No sé quién soy? Tampoco se trata de eso, aunque haya momentos en que sí lo afirmaría, pero no ahora, no hoy. Escribir es comenzar a dejar de ser, a hundirse en las aguas oscuras del olvido. En ello estamos, en la disolución.
+ «Postera nocturnos Aurora removerat ignes, / solque pruinosas radiis siccaverat herbas»
+ [Domingo funesto]: Discusiones sin fin, enfrentamientos, la ausencia de agua corriente durante todo el día. Pasó el domingo y fue un alivio. Dormí y el lunes, de camino al trabajo, no me acordé de nada, al menos ese fue mi propósito.
+ Leo en Quintiliano: «Timoteo, excelente maestro de flauta, pedía mayor salario por enseñar al que hubiese sido enseñado por otro, que si le entregasen uno que nada supiese». Lo apunto como recordatorio para mis tareas. [Jueves, hacia las once de la mañana]
+ Imagen: durante tres semanas las imágenes que he colgado han sido imágenes abstractas. Hoy escojo una silla con un libro sobre ella, es la silla de un vigilante de museo [Museo Nacional de Capodimonte, Nápoles]. La lectura tiene como función ensencial conjurar el aburrimiento, no siempre fue así, pero hoy sin duda está es una de sus razones. [La propuesta da para hilar una larga entrada, lo valoraré] - [Mi sentido común me impidió leer el título del libro, mi curiosidad quedó traicionada, aquí se muestra el producto de mi robo, ¿robo?].
sábado, 10 de agosto de 2019
47040
+ El título responde a convertir 280 semanas a horas. 47040 horas, por lo tanto. Llevo escritas 280 entradas semanales en este blog. Reflexionar sobre el asunto es reflexionar sobre los cambios y las permanencias. La libertad y la servidumbre. Me mantengo en esa servidumbre elegida que es el estudio, me dejo dominar por su disciplina necesaria, pero el único disciplinario soy yo. La lectura, el trabajo, los días con C. Todo lo que importa se ha decantado, como si hubiese filtrado. Permanecen unos pocos amigos, y esto ha sido una depuración. Debo volver a mirar hacia el pasado y reescribirlo. Eso, lo sé, es la posibilidad de una novela. En algún momento me tendré que enfrentar a esa posibilidad. mientras, descanso en el estudio, esa elegida servidumbre.
+ Sigo con el libro de Karl Ove Knausgård. A la última hora del día, en la cama, leo alguna páginas. Entiendo muy bien la postura del personaje y lucho por no olvidar que es una obra de arte, por lo tanto verosímil, pero no necesariamente veraz. El filtro de la escritura sobre una realidad que ya es particular en sí, no intercambiable pues responde a la percepción de una sola persona, sin mayor contraste que la lectura, que no deja de ser la creación de otro percibir. Dicho esto, la razón del personaje se acerca mucho a lo que fue mi adolescencia y primera juventud. Aspiraciones artísticas, decepción y largas conversaciones sobre vastos campos, en realidad, desconocidos. La violencia que tiene el personaje me aleja de él. Comparto reflexiones y entiendo esa frustración que supone no culminar el deseo. Antes pensaba que era algo privativo, algo personal, hoy sé que es una constante en muchas personas. La imposibilidad de alcanzar la satisfacción. El reflejo es confuso, por contexto y planteamiento, por perspectiva y distancia. Con todo, si la novela es una auto ficción, yo nunca escribiría algo similar, donde poner al descubierto a las personas que me he encontrado en la vida, con mayor o menos grado de intimidad. Sí, no me parece bien, pero una vez plasmado, el objeto artístico tiene su interés, un gran interés, la única vía de conseguir una larga novela, la única vía para un escritor muy poco dotado. De la necesidad, virtud.
+ Muchas veces, algunas veces, me detengo y me paro a hablar con un hombre, es un anciano. Hoy, sonriendo con su risa destentada me dijo que tenía la ilusión de llegar a los noventa años. Me llamó mucho la atención su mejoría respecto al invierno. Sus ojos se habían limpiado de una incierta niebla, estaba ágil, ya no necesitaba el bastón y hablaba con firmeza. Estuvimos unos minutos charlando. A lo lejos evolucionaban unos conejos, me mostró la malla que tuvo que colocar, más de doscientos metros, para proteger la verdura. Nos reímos, no me dejó marchar si enseñarme el árbol de las claudias, todavía verdes y duras: cuando estén maduras te daré unas cuantas, todos los años me dice lo mismo, pero yo no voy a buscarlas. No sé. Entendí algo sobre el presente, algo que no soy capaz de poner en palabras, pero que ahora, durante la tarde, en el estudio, todavía palpita.
+ El sueño se interrumpe en varias ocasiones durante la noche. Pesadillas. Entre las pesadillas surge un sintagma: líneas de persistencia. Algo que se relaciona con el cáncer, así lo dicen varios artículos científicos que no llego a descargar. No sé si buscar un sentido a la expresión, un sentido dentro de lo cotidiano. No, lo dejo a un lado.
+ [Pensamientos que se engarzan]. La persistencia me lleva a Dalí: La persistencia de la memoria. Esto me recuerda un cuadro que vi en el Reina Sofía. No lo había visto antes y me quedé impresionado por la capacidad pictórica que revela. Se titula Naturaleza Muerta (1924).El blanco sucio, las sombras, el punto rosa pálido. La disposición y la distribución de los objetos. Aquél día comencé a tener por Dalí un respeto que no tenía. Hay que modificar los juicios, esto es una redención.
+ Algo que encuentro en Jauss como paradójica e irónica propuesta: Historia de la literatura para auxiliares de clínica. ¿Podría tener su recorrido? Sin duda, pero también es cierto que esa casilla de los auxiliares de clínica podría estar ocupada por cualquier oficio o profesión, con sus peculiaridades. ¿Cómo se relacionarían éstas con lo nuclearmente literario? A saber, queda en suspenso y el día se termina.
+ Acabo de hablar con K. En Málaga hacía calor, aquí llueve. Poco más. Ya se sabe, una anotación sobre el tiempo metereológico sirve para comprobar si el canal funciona correctamente, si está abierto. Por escrito, quizá, poco sentido tiene. Ninguno.
+ Imagen: lo abstracto del muro, otro lienzo que no es tal sino una apriencia. Vale.
sábado, 3 de agosto de 2019
Mientras dormía, tal vez una investigación
+ Repentinamente me doy cuenta: entre las muchas, las muchísimas, cosas que me interesan de la lectura ahora destaca una sobre todas: el subrayado que los libros permiten hacer sobre lo cotidiano. En este momento estoy leyendo unos relatos de Patrick Mondiano que cogí esta mañana en la biblioteca pública, cierro el libro porque lo veo claramente y quiero apuntar esta sensación: enciendo el ordenaro y escribo, escribo esto mismo. Como un veneno, hay ciertas prosas que me no me transportan a ningún lugar, sino que consiguen que me concentre en lo que veo todos los días. Como un fármaco, en su doble naturaleza de veneno y remedio, me da un punto de desautomatización muy próximo a la ebriedad del hachís. Lo valoro y lo mantengo. Ay, los efectos que la lectura opera en la percepción.
+ [Viernes, biblioteca]. Este viernes fui a la biblioteca porque tenía un festivo de convenio [esos agradable días libres, que nos corresponden por el convenio colectivo, que trazan puentes hermosos: cuatro días sin ir a trabajar]. La razón: en verano la biblioteca pública no abre, lo que hace imposible que yo pueda ir; mi padre está autorizado para actuar en mi nombre ante los bibliotecarios: préstamos, renovaciones, devoluciones, pero prefiero ir yo en persona.
+ He cogidos dos libros de ficción: uno de Patrick Modino y el otro de Karl Ove Knausgård. El de Modino, Tres desconocidas, lo he terminado y la sensación ha sido agradable, porque resulta agradable encontrarse con narraciones que entiendo bien construidas, pero que la construcción queda en un segundo plano, como la estructura no visible, imperceptible, necesaria, ya que en la piel del relato se diseminan elementos que nos acercan a una realidad de vida, la realidad de lo cotidiano, percibida por cada sujeto de una manera diferente. La atmósfera me seduce, una Francia que yo entiendo situada temporalmente en los años sesenta y setenta del siglo pasado: bares y cafeterías, calles, tapias, luces, lo nocturno, autobuses, trenes, calles de París, edificios y portales, fotos, transistores. Un mundo que ya no es. Me llevó menos de una hora y media completar la lectura, algo enriquecedor: vibra la imagen de conjunto durante el resto del día, una sensación que tiene algo de narcótica. En ella descansé durante la mañana y la última hora de la tarde. En caso de K.O.K., Tiene que llover, es diferente. La novela de K.O.K. se relaciona con ideas particulares y episodios del pasado que me inquietan. La lectura, como sabían bien los representantes de la estética de la recepción, se construye con las experiencias personales del lector; y hay muchas razones para sentirme próximo a K.O.K., desde un punto de mi adolescencia leo la novela. Es cierto lo que algunos dicen: en las larga serie de novelas de K.O.K. nunca pasa nada, pero eso no es necesariamente un defecto, yo lo considero virtud: así es la experiencia lectora: por definición, inestable. Las aproximaciones a la narración se debaten entre el entretenimiento y la captura poética de lo inasible: el paso del tiempo y su inevitable crueldad. La poética de lo cotidiano es una conquista de la modernidad, para esculpir nuestra propia novela. Ese reflejo en lo diario nos trae una traza de alejamiento. Así, las inquietudes del joven que llega a la escuela de escritura creativa son muy similares a las que tiene cualquier joven un tanto pedante que se ve envenenado por la literatura, por el amor, por la posición del que escribe, ese sucedáneo de la vida. Y es ahí, en la suplantación de la vida, desde donde yo leo. Desde la literaturización de lo vital, con el enorme peligro que ello conlleva: falta de perspectiva, falta de entendimiento, falta de generosidad. El elitismo del lector cierra el círculo. Continuará la lectura de Tiene que llover y me debo plantear terminar un texto que comencé hace cuatro o cinco años sobre el autor y su serie: Mi lucha. Debo valorarlo.
+ Esa inconsistencia de lo escrito anteriormente es parte de los rasgos fundamentales de una serie de personas con las que he tenido trato a lo largo de mi vida. Yo me incluyo, sin duda. Falta de confianza, un cierto elitismo, parálisis social. Ahora lo sé. Lo asumo, casi como si se tratase de un crimen, pero no es un crimen, sino un rasgo de la personalidad, un ingrediente necesario de un cierto principio rector. Lo veo con serenidad, y lo estudio, como el recuento, la contabilidad de toda una vida condicionada por esa constante. Dejo el libro. Duermo y sueño con Nueva York. No es la primera vez que esto sucede. La sensación de inconsistencia continúa durante el sueño y me veo en la vigilia vi en la vigilia. ¿Debo buscar un sentido en el sueño? Los sueños son excreciones.
+ Los veo y me parecen niños gestionando asuntos de adultos, luego me doy cuenta de que ni una cosa ni la otra: ni son niños, ni son asuntos de adultos.
+ El libro de K.O.K. ha resultado desagradable en un sentido no esperado. Me desagrada, pero continúo la lectura. No está en el libro el problema porque no hay ningún problema. Se trata de una relación entre el pasado y yo, una idea de renuncia y de fracaso. Veo cómo resulta el escritor en formación y ahí me veo yo, no puedo menos que compararme [lo que en sí es un gran error]. No voy a dejar el libro, aunque me cause sufrimiento, debo constatar que no me vale esa idea de fracaso, pero sí la de renuncia. ¿Son equiparables? Debo continuar leyendo y continuar con el contraste entre mi vida y lo narrado, que no son paralelas ni equiparables, pero me la tarea me da una pista para indagar en la estética de la recepción, el lector como artista. Una investigación, tal vez, con un sujeto de análisis: mi mismidad.
+ El fracaso siempre es interior, se construye según valoraciones que nos otorgamos. La receta contra su infección es el olvido, la relativa importancia que todo tiene ante la muerte. La muerte es un disolvente, la disolución de todas las ambiciones y de todos los miedos. Tras ella, nada.
+ Imagen: los restos del naufragio, una foto en un museo de arte contemporáneo [no tiene mucha importancia si es éste o es aquél]. El desenfoque y lo antiguo que resulta el televisor catódico sobre el pedestal. Arqueología, todo está llamado a convertirse en arqueología.
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