
+ Coubert : [auto]retrato del hombre desesperado. Me reconozco en los rasgos de este retrato, por un momento, sólo por un momento. Pero ni yo soy Coubert, ni yo estoy desesperado, sin embargo el motivo del disfraz me subyuga y me proyecta hacia otra realidad, oculta y a punto de brillar por sí misma. Es ese el comienzo.
+ [Modelos de belleza]: ¿quién configura la belleza que apreciamos? ¿en otro tiempo los pintores y escultores, también los poetas; hoy: la televisión y la publicidad? No hay nada más subjetivo que la belleza, y si se puede objetivar sólo es mediante la simetría y la salud, me dijo alguien en una ocasión. Qué coordenadas son éstas. Hoy vemos a una mujer con una enorme nariz, pero no encuentro en ello una monstruosidad, sino la contrario: una belleza que diferencia la norma de lo excepcional y ese es su triunfo. La oportunidad se viste de lo irregular, lo irregular alcanza un estrato superior, es un distinguirse de lo dado, un estado que humaniza la realidad rutinaria de la mañana. No hay nada que reprochar al incapaz. La belleza reside en el movimiento de la mano, en el aleteo de las sombras, en el vuelo del cabello. Siempre reside en el que ve y en la conexión con el que es visto, sin saberlo: tantas y tantas veces.
+ «Un hombre ha de comportarse en presencia de cualquier tipo de oposición como si todo fuese nominal y efímero, excepto él.» Ralph Waldo Emerson.
+ Aplico, en los últimos días y con una incierta constancia, la etiqueta ‘nominal y efímero’. Tiene un amplio rendimiento, en él me recreo sin cortapisas.
+ Compro un libro que si titula: How to Live in Style: Young Colour Guide to Modern Decoration (Young color), de Hather Standring. Lo sé: es una veleidad. Se trata de algo que vi en un vídeo de Pulp y me gustó el título, la portada y cierta y elegante frivolidad. Soy un decadente, me digo sin despeinarme (pues nunca me peino). Me gustan estos contrastes que se establecen entre mis lecturas y mis temas. A un lado un análisis del barroco español o un tomo de Ralph Waldo Emerson, al otro pequeñas monografías sobre la decoración en diferentes décadas del siglo XX en el Reino Unido, un catalogo de Ikea o una colección de mapas de metro. ¿Busco, como otros hacen, lo paradójico? Creo que lo paradójico habita en mí, incluso, antes de mi nacimiento. Repaso momentos de mi vida y me ha gustado, siempre, desequilibrar lo esperado. Así, me disfracé de Quevedo en mi último viaje a Madrid; me he complacido en mostrar esta imagen, que me subvierte, que me convierte en un cómico. Y así. Pero, mientras espero el libro citado un poco más arriba, escucho a Bach y escribo, escribo esto que lees [si es que tienes tiempo para leer].
+ [Verónica Franco = V.F.]. ¿Quién es V.F.? Veo el retrato de una supuesta V.F., que realizó Domenico Tintoretto a lo largo de diez años y me pregunto por sus razones: las del pintor y las de la modelo. Ella muestra el pecho y mira hacia la derecha, ignora al espectador, pero sus pechos son otra mirada: la textura, la perfección, la verdad de la carne. La manos indican esa verdad sin dudas ni titubeos. Las cortesanas honestas es el eufemismo para denominar a ciertas prostitutas que en Venecia se alejaban del puente Rialto, como si hubiese una elevación de categoría o jerarquía. Se dice de V.F. que era cultivada y una poetisa notable. ¿Tiene alguna importancia que el retrato capture a V.F. o una otra mujer? ¿Erotismo, exhibición, pornografía? Los términos se transforman y no delimitan el impulso que el cuadro tiene. Va más allá del cuerpo, incluso. Ese misterio que no atrapan las palabras porque está, esa totalidad, más allá de lo ‘nominal y efímero’. Cuando llego al final de una lectura sobre el tema, aparece un género que son los retratos de venecianas. Veo en ello un tema poético para un poesía que hoy resulta un tanto envejecida, pero que en los años sesenta y setenta del siglo pasado triunfaba: esa suerte de venecianismo estetizante. En fin, cierro el ordenador a esta hora nocturna y propicia: el sueño me espera.
+ Venecia contiene un tratado de visiones, algo que surge sin necesidad de peregrinar hasta la ciudad, quizá: es un otro algo con el que se nace. Es más, a día de hoy, no resulta posible llegar hasta allí; yo al menos he renunciado a ese viaje y espero morir diciendo: «nunca fui a Venecia». Pero la poesía vibra y consigue que los ecos de la ciudad lleguen hasta mi ‘estudio’; hay ocasiones en que creo que la poesía es eso mismo: la elaboración de territorios y tiempos en el margen de lo verosímil y de lo aceptado. Elementos que resultan complejos en la explicación y, sin embargo, laten con el corazón de un pequeño animal asustado, en nuestras manos: un pájaro o un gatito. Le dejamos escapar, ¿es esto lo poético? Sin duda, pero también lo es su inversión. «Arde el mar» y los teatros nos rinden pleitesía. Yo soy Venecia, en tantas y tantas ocasiones; hoy también, esta noche también.
+ En fin, «Tiene el mar su mecánica como el amor sus símbolos.»
+ Imagen: Madrid esconde su Venecia solitaria y personal, recóndita y engastada en el oro de su cielo. Una foto no es nada, la sensación que trae, un tesoro, ¿se puede compartir?

+ [Visita a la biblioteca]. Cojo tres libros: uno sobre el Conde de Villamediana, el segundo es un atlas histórico y por último una colección de ensayos de R. W. Emerson. La lectura fragmentaria es uno de mis pasatiempos favoritos. Recortes que conforma una nebulosa entorno a un tema. Más en concreto: leo el ensayo de R.W. Emerson La confianza en uno mismo y resuelve dudas planteadas en los últimos días. Tal vez se trate de aceptar el lugar en el mundo que hemos llegado a ocupar. ¿Tenemos suerte? La suerte es una palabra desterrada de un vocabulario que construimos, pero está ahí. Hay algo que se superpone: el destino. Se debe labrar la construcción de la definición, pero en ella estamos. Esa es la nebulosa en la que se integra el fragmento de R. W. Emerson.
+ Ahora, una vez más, retomamos la cita de Heráclito de Éfeso, el Oscuro. «El carácter es el destino». La alianza entre carácter y destino otorga la llave para penetrar en un misterio rector, el misterio que guía la biografía.
+ Finalmente, durante el viaje de regreso de Madrid, leí la Fábula de Faetón completa [una vez más]. Me gusta recordar cómo la noche cayó y la lectura se convirtió en materia viva. El vagón era silencio y oscuridad. Observé como la chica que iba a mi lado medía sonetos, llevaba en una gran cesta cerrada un podenco, tímido y simpático, luego sacaba el teléfono, luego el libro electrónico, un ordenador y, más tarde, regresaba a los sonetos. Entre los coluros y el fuego, el viaje avanzaba; yo estaba refugiado en la música medieval que había bajado para la tableta, todo encajaba con perfección.
+ «Una performance es algo que sucede en un momento determinado en un lugar determinado» Esther Ferrer. Parece sencillo, pero me ha llevado más de treinta años entenderlo.
+ En algún lugar de un periódico digital me encuentro con la historia de una mujer que siente que su hermano la odia. Ella dice que nunca lo ha humillado o despreciado, que no encuentra una razón para ese odio. No se lo explica y, al tiempo, no deja de darle vueltas. La única relación que tiene con él es a través de su mujer, que es una buena persona y comprende la situación, aunque no sea capaz de atenuar la tensión. Las explicaciones que aporta una psicóloga parecen sensatas, los comentarios inciden en ello y hay una conclusión que se dirige hacia la esperanza; pero, a mí, lo que me interesa es la novela que parece encerrar. Veo la foto que encabeza la noticia y reconozco en ella un signo de nuestro tiempo: la soledad y el estrés. Es un emblema. Hay una debilidad generalizada que siempre ha estado ahí, pero ahora no hay cortapisas para mostrarla. El último consejo es que busque aquello que la hace ser ella misma, lo que le da confianza y seguridad, que sea educada con él y que no olvide que ella es sólo el 50 % de esa relación y, por lo tanto, hay una mitad que no depende de ella. Considero que es un buen punto de partida para una narración, de ello dejo constancia: me imagino el escenario: las calles del extrarradio de Londres, el transporte público londinense, una oficina en la City o una coqueta boutique en algún barrio caro, el confort y sus ilusiones, cenas familiares en Navidad, lluvia y paraguas abiertos, el West-End o el turbión de los atascos en día de frío y oscuridad, allá por noviembre. Por ejemplo.
+ [Cesurismo]: en el libro que manejo o leo con calma durante las últimas semanas, Crise e Crises em Portugal de Carlos Leone, me encuentro con la distinción entre un saber discontinuo y un saber acumulativo, y es el primero el que configura nuestra manera de ver y entender el mundo, como herencia de la modernidad, donde se llega a una ruptura [cesura] que invalida todo lo anterior. Creo que se puede aplicar más allá de las ciencias sociales, pero no es algo que no haya existido ya en las ciencias experimentales, al menos en cuanto a trazar las grandes líneas que delimitan el camino del saber: el heliocentrismo desplaza a geocentrismo, pero también aquél se verá desplazado sin remisión. Lo que ocurre es que las ciencias sociales no son equiparables a las ciencias de la naturaleza. Sin embargo, acepto de buen grado esa sensación de discontinuidad que todo lo recubre. Quizá más que de discontinuidad podríamos hablar de fragmentos. Los programas de tv, la música, las noticias que llegan vía electrónica, publicidad, conducción en medio de la oscuridad arropados por las canciones que brotan del reproductor de Mp3, teléfonos, cámaras, desplazamientos masivos, etc. Es nuestro tiempo y su liviana inconsistencia, nunca antes vista por la humanidad. Hay un placer oscuro en recrearse en esta sensación temporal, la nota que un tatuaje aporta a una conversación, v. gr. Los viajes en tren dan mucho de sí, en ellos puedo reconstruir escenas del pasado y encontrar un sentido que sólo este presente les otorga, a sabiendas de que la interpretación está en suspenso. La discontinuidad y lo fragmentario dan el tono de nuestro entender la vida.
+ Poco me falta para terminar el libro de Carlos Leone, pero lo reservo para el fin de semana, casi por un otro placer: el gastronómico.
+ Imagen: patio, posado y disparo [fotográfico].

+ Acumulo libros sobre Portugal. No sé si es adecuado el verbo acumular, pero hay algo de estiva o acopio en mi manera de adquirirlos en librerías, grandes almacenes o puestos callejeros, también, cómo no, en las tiendas electrónicas. Tampoco sé si el hecho de nombrar así mis compras tiene una relación con el contenido, con los temas tratados. En fin, poco importa. Lo último que compré fue un libro de Carlos Leone, un libro hermoso en lo material: un azul perfecto que parece representar el mar donde se hunde un barco de papel, bajo el barco, que está en la parte superior de la portada, las letras amarillas proclaman el título: Crise e Crises em Portugal. En el inicio el autor se ciñe a la mitología para acotar la palabra, esto me hace retrotraerme a lecturas que se han desvanecido y con su recuerdo regresan días hermosos en Portugal. Continuaré la lectura, daré cuenta de ella [aquí] y lo dejaré en un estante, con otros libros que tratan ese mundo que tanto me subyuga: Portugal.
+ Observamos los tatuajes con perplejidad porque somos ajenos a todo lo que ellos portan y no terminamos de comprender su significado y, al tiempo, el significante nos espanta un poco, sólo un poco, ya que también hay algo de seducción en ellos, un guilty pleasure. La ambivalencia nos caracteriza en la misma medida que la paradoja o la contradicción, y en eso estamos. Total, en un restaurante nos precede un chico muy joven que se ha tatuado en negro absoluto todo su brazo izquierdo: hay un troquelado cerca de la muñeca que muestra un rostro japonés, de enfado o de ira. ¿Dies irae? Estoy cerca de él y no puedo menos que ver de cerca ese prodigio: la piel tiene una extraña calidad que va de lo escamoso a lo mortecino o embalsamado. Continuo con el retrato: unas dilataciones grandísimas amplían el perímetro de los lóbulos de sus orejas de una manera monstruosa. Hay algo que pretende luchar contra el tiempo y no lo consigue. El tiempo hará que estos distintivos signos se degraden y así se perderá una de sus funciones, ¿cuál? La respuesta llegará con la degradación. Toda transformación es artística, todo arte remite a la temporalidad y a la finitud, ninguno llega a vencerla, nunca; salvo en sentidos no literales, pero esto, a la hora de la verdad, importan poco.
+ A través de las casualidades, una vez más, llego a la pintura de Francis Bacon. Veo los cuadros y me centro en su carnalidad, no en otra cosa, ni siquiera los colores, ni siquiera las formas. Utilizo la memoria para recomponer los orígenes de todo eso: boxeadores, miembros deformes, peleas. La erupción del cuerpo sobre la llanura de lo diario, la rutina: el trabajo, el sueño, el amor, la reproducción, la amistad, el odio, la compra, la comida, el alcohol, la música y el humo del tabaco rubio. Se eleva el cuerpo y establece su fuerza, pero, también, su derrota. La carne como única verdad, su descomposición es el destino. Fuego, humo, ceniza. El amor y el olvido. La pintura no es sugerencia, sino certeza sin palabras, inexpresiva porque no hay necesidad y este es su ámbito. Un trapecio rasgado de un azul piscina, el correspondiente segmento trapezoidal para completar el rectángulo: una arenisca suave y delicada; la figura abstrae el significado y deja en suspenso la posibilidad de una lectura. La carne siempre tiende al cadáver o a la alimentación; es lo que se lee, es lo que leo.
+ Es
lo que tiene la ausencia de conocimientos precisos: permanece
el aura de la pintura, aunque hoy sea un fetiche, que en el
pasado fue obra viva.
+ Libros para un viaje: El Topo, John le Carré; Obras, Conde de Villamediana, ed. Juan Manuel Rozas. Nada más, dos libros. Y, como siempre, sé que hay muchas probabilidades de que no abra ninguno, sin embargo he aprendido a llevar sólo ¡dos libros! Un día, quizá, llegue el momento de no llevar ninguno, pero ¿qué será de ese equipaje sin libros que no leer?
+ [Estudio de algunos retratos fotográficos]: Desde hace un tiempo observo con atención un ¿estilo? de retrato fotográfico. Se trata del que recoge a una persona célebre con su admirador. He visto fotos de pilotos de motos o coches con aficionados a estos deportes; fotógrafos con prestigio con fotógrafos de provincias, con más rutina que arte; pintores consagrados con retratistas de banqueros, abogados y empresarios; escritores y sus dobles que habitan en oscuras habitaciones entre la lectura y la prosa húmeda del invierno de sus vidas. Hay un hiato entre las expresiones: los primeros están absortos y serios, los segundos sonríen en un intento de un imposible empate. ¿A dónde quiero llegar? La fotografía se ha convertido en una baratija, pero creo que esa creencia que la cámara roba el alma tiene algo de verdad. Los primeros son absorbidos por una cámara que trasvasa un algo a los segundos; pero no es suficiente, no llega y cada uno sigue su camino sin saber que sus almas se han infiltrado la una en la otra y persiste la sensación de robo, en el inconsciente. La cámara tiene un beso mortal que se filtra desde la memoria fósil.
+ Imagen: las líneas, los reflejos, la luz. La consecución de lo abstracto no es menos que una técnica, la visión de un flâneur sin pretensiones en sus días de vacación y holganza.



+ En el fondo de mi ‘estudio’ tengo cuatro diccionarios, tres grandes diccionarios y un tercero de bolsillo [el de alemán]. [Los otros tres: el portugués, el inglés-español y el de la Real Academia, comprado en el año ochenta y cinco, tal vez en el ochenta y seis]. ¿Son cadáveres, me pregunto al verlos, allí: mustios, aburridos, solitarios, perdidos en el olvido? Muchas veces pienso en buscarles una utilidad, fuera de la ornamental, pero no encuentro nada. Me gustaría que se convirtiesen en algo lúdico y nada aparece. Cómo han sido barridas las obras de consulta, me digo mientras recuerdo las grandes enciclopedias, sus tomos, aquellos dorados, esa sensación de muro, la invitación al conocimiento y sus posibilidades. Hoy nada de eso queda y cualquier persona de menos de treinta años puede mostrar el mismo asombro delante del Espasa en más de cien tomos, sin contar con los apéndices, que ante una colección de sellos, monedas o de pipas de espuma de mar. Cosas, sin duda, del pasado. Persisto en mi idea porque tengo cariño por los diccionarios, inevitablemente su utilidad ya no es tal y son trastos de papel, objeto de colección, pero todo lo que ofrecían allí persiste. Quizá, cuando se vaya la luz, cuando se rompa el wifi, cuando el ordenador no arranque; ellos estarán ahí, sin duda. Es esa su esperanza, esa es mi esperanza, lo que nos une.
+ ¿La caracterización negativa que tiene “lujo” en el DRAE se corresponde con la realidad? ¿Para cuántos el lujo no es un accesorio sino una necesidad, una necesidad que se ilumina las razones de su persona? Caminar por esas calles orladas de tiendas imposibles, tanto en sus escaparates como en sus interiores brillantes y carísimos, es aceptar una dolorosa lección. Es en baratijas donde terminan las desigualdades. Botas, joyas, bolsos, adminículos. Son elementos hermosos, pero perversos, propicios para el gasto y símbolo de la frivolidad. A todos nos gustan esas perfecciones portátiles, elevadas a una categoría superior a su función, nos seducen como la modelo o el modelo, al tiempo que desconocemos todo sobre ellos, sobre su identidad, sobre sus aristas y sus huecos. Pero no importa. El lujo es uno de los ítems de nuestra época y para conocer ésta es necesario ver, al menos una vez, todo eso. Como el que se asoma a la boca de un volcán. Allí estaba: New Bond Street a las cuatro de la tarde.
+ Theatrum mundi: las costumbres reprobables: ay, aquél que podía levantar los tejados y ver los dramas y las comedias en cada hogar.
+ Es de noche, la noche del sábado, y me dejo llevar por un documental sobre Amy Winehouse. Siento tristeza y solidaridad y, al tiempo, me doy cuenta de que lo que a ella le sucedió a lo largo de su corta vida es muy habitual y sin embargo ella tenía la losa de la fama, la losa de su propio talento, la losa del personaje que había crecido a su alrededor y no reconocía; losas que no dejaban de acrecentar y acentuar el dolor. Es fácil juzgar. Me paro y pienso en que las adicciones tienen vías de entrada diversas y sin embargo el dolor es particularmente común a todas. El alcohol, el juego, las diversas drogas. Las adicciones son síntomas, pero el documental trata de encontrar una explicación para Amy y yo sé no la hay. No trato yo de atrapar nada, no me interesan ni las explicaciones ni las preguntas. Escuchó otra vez Rehab y la siento extrañamente cercana; sé que es su portentosa voz y la fijación del pasado que suponen sus canciones, pero esto no resta, suma.
+ Recuerdo la mañana tibia cuando fuimos a Cadem a visitar el pequeño parque que hay frente a la que fue la última casa de Amy Winehouse. Unos niños jugaban, las madres se dedicaban a observarlos sin inquietud y los barrenderos hacían su trabajo sin prisa y con esmero. Estudiamos el árbol donde se habían escrito mensajes para la joven diva difunta, tan excelsa como destructiva. Una vela ardía sin convicción, el cielo era hermoso y los rumores de las conversaciones en inglés parecían el arranque de un bello film sobre el amor y el paso del tiempo. Pero no. Nos perdimos calle abajo sin rumbo fijo y hablamos sobre Amy, sobre su tiempo y su obra, sobre su dolor y qué poco importa el dinero cuando la tristeza es una certeza incontestable, una cárcel transparente y hermética.
+ «Há problemas que não têm boa solução - alguns nem sequer solução alguma.» en Crise e Crises em Portugal, Calos Leone.
+ Imagen: tres imágenes que se solapan; sin ser importantes contienen una idea que flotó en la ciudad de Oporto: la sedimentación de una visión: yo soy el amo de mi destino: ése es el desiderátum. [Encontrar fragmentos poéticos en la bolsa de una chica nos reconcilia con nuestro tiempo; el poeta: William Ernest Henley, el poema: Invictus; la relación con Mandela ya la conocemos].

+ No sé cómo llegué hasta allí, aunque el proceso lo conozco. No es sistemático. Enciendo el televisor, conecto el navegador [el AppleTv, v. gr.] y comienzo a ver vídeos sin más propósito que ver vídeos. No hay un criterio para las elecciones. Y así fue como llegué hasta un vídeo que se titula The Many Sad Fates of Mr. Toledano. Mr. Toledano es guapo y, al tiempo, un fotógrafo de éxito, algo que oscila entre lo que apetece en los suplementos dominicales y un cierto arte de vanguardia Siglo XXI. La muerte como tema y el maquillaje, que soporta esa idealización de las posibilidades que otorga el disfraz. Dejo que el vídeo discurra, sin importarme mucho la amplitud de los contenidos gestos y las perfectas facciones del artista. Me gusta su casa, su mujer, sus hijos, su suegra. Todo está pensado para gustar, me digo y creo que hay una totalidad que se ancla en lo dicho: el suplemento dominical: muebles, hijos, ropa, profesión, amigos, calles, la ciudad misma [Nueva York]. Toledano resume en sí lo que es ser un hombre del XXI: la superficie, lo personal y la circunstancia; por esto tiene éxito: la muerte como obsesión, nada que no haya estado antes, nada que no vaya a estar después.
+ Todo termina [ o todo comienza] cuando salto al vídeo del mimo más anciano del mundo. 85 años de un devoto de la comunicación no verbal, reza el resumen que ofrece, en inglés, el portal. Un hombre vital y viejo, que se traslada de su rostro al rostro del mimo. Es más, la transformación lo rejuvenece. Aprecio el contraste entre su figura y el teatro vacío, su espera en el andén del metro de Nueva York, el blanco y negro de la cinta y los pasajeros. He visto esa imagen de metro tantas veces; los mismos rostros, el partir de los trenes, mi sorpresa, mi continua disposición por encontrar sorpresas y alegrías. Aparece, ya en el final, con su verdadero aspecto y una chispa de felicidad surge de su sonrisa. Apago la pantalla y el navegador y encuentro que hay un regalo en lo que acabo de ver, pero prefiero no indagar y lanzarme a la carrera.
+ Cada vez me resulta más difícil mantener posturas formalistas sobre la creación. Admito la posibilidad de observar ‘la obra’ aisladamente, sin referencias, casi sin contexto; es más me parece una visión necesaria, pero, simultáneamente, no deja de ser una etapa de un viaje y no la meta o el destino. Escucho como un director de orquesta bosqueja las razones de un compositor y éstas se cimientan en sus fracasos amorosos, en sus incapacidades, en la ¿fealdad? Una fealdad que contrasta con la intensidad y belleza que atesoran sus composiciones. ¿Se puede excluir la carencia del amor correspondido no ya en el análisis de la obra, sino en el simple disfrute, en la ampliación de esa sensación de gloria y comunión? Lo dudo, aunque la sintaxis de la obra imponga su fuerza siempre aletea ese dolor, esa cala, el fruto de la ausencia de la persona amada, la que nunca estuvo.
+ Con respecto a lo anterior, creo que hay que diferencia artes y este diferenciar es establecer categorías. La presencia de ese genio personal que describe lo que no es posible describir está especialmente presente en la música y en la poesía, por este orden. Más tarde, encontraríamos, mientras descendemos, la pintura, la escultura y, tal vez, la arquitectura. ¿Las artes narrativas? Me da la impresión que se pueden colocar en los cajones superiores e inferiores.
+ Hmmm, debería repasar lo que Hegel dijo, pero hoy no hay tiempo; así queda como está lo que está.
+ Imagen: Busto de Molière, por Caffieri, Paris 1785. Se rescata del archivo la foto y la teatralidad del propio busto se ajusta al momento, al día, a la estación y a este año de 2016. Siempre me ha parecido una buena plantilla la explicación de la vida como teatro, algo tan barroco [donde estoy inmerso sin solución]. Es el busto en sí mismo, la reconstrucción del momento vivido aquella mañana en Lisboa [en el Gulbenkian] lo que se une a esa teatralidad tan ajustada. Los momentos se hacen arte cuando el arte germina: café, conversación y ausencia de obligaciones.

+ Estancias delineadas con exactitud, vistas que se abren a paisajes más medievales que renacentistas, interiores y catálogos de decoración. Elementos fundamentales e imprescindibles, elementos que aportan un acento personal donde se refleja la identidad del propietario. Baldas y su multicolor realidad: los lomos de los libros como mundos posibles. Los hábitos que se retratan en los muebles: una mancha de tinta azul sobre una mesa de comedor que construye un imposible mapa, la silueta de una isla que nunca ha existido; el rastro circular de un vaso que contuvo whisky; ceniza y viento en las cortinas. Cortinas, vistas, visillos o cómodos sofás donde se dibuja la figura del padre de familia, su peso, su estructura y su longitud. La vida tiene mucho de huella y en esa huella se reconoce toda la historia personal y sus derivaciones: los hijos, los nietos. Los cuadros, retratos de personas que no se recuerdan ya sus nombres, cacharros, porcelanas, ceniceros sin uso. La estancia reclama su poder sobre los aromas y son los aromas el rastro incierto de los antiguos habitantes. Qué sorpresa, tras un largo tiempo, volver a entrar en aquella casa. Una pintura, el terciopelo de un viejo peinador, monedas fuera de curso. La nostalgia remite y el brillo de la pantalla del ordenador conmueve al que suspira por el pasado; estamos en otro siglo y las estancias necesitan un nuevo orden, una nueva geometría, un mobiliario renovado que nos reconcilie con nuestro siglo. Todo se reduce a llamar al trapero y comenzar a derribar paredes, hacer grandes y limpias estancia; como el que comienza una nueva vida desde la segunda oportunidad. Sí, sin duda, es metafórico. No hay más preguntas.
+ Hoy me contaron la historia de una peluquería embrujada. Un día cualquiera hizo allí aparición un fantasma, la sombra de un fantasma. Hubo rituales y todo se achacó a un asesinato cometido cuarenta o cincuenta años atrás. Todo superchería, todo falso. Pero el relato resultaba tener una buena presentación y dosis de humor: la peluquería, la peluquera asustadiza, el rito con cartas y velas. Nada hay de verdad, salvo lo que ocurre en aquellas cabecitas. La noche alberga miedos e inseguridades, pero esto sólo es una forma de ver, nada que se pueda reproducir, nada que se pueda observar. Nos reímos y continuamos con nuestro trabajo, los tres. Así se van las mañanas.
+ «Y la vida en incendios se evapora» [Quevedo].
+ Soñé que me moría y el morir no me causaba pesadumbre, me veía ya muerto y todo era olvido, pero desperté, me preparé y salí a correr según la costumbre y la norma que me he impuesto. Ay, no es poco morir todo día que termina, toda noche que comienza.
+ «Esse est percipi» [ser es ser percibido].
+ [Otros personajes en el paseo por donde yo corro]. Los pescadores. Son hombres que superan los cuarenta, incluso la cincuentena. Visten colores pardos, permanecen concentrados y solitarios, a veces se juntan dos y charlan, pero por breve tiempo. Están aislados de todo, son un aparte de los corredores, los piragüistas o los paseantes. Los pescadores poseen una identidad muy individual, sin nexos ni anclajes. Caminan sobre las piedras negras que el río deja al descubierto cuando la marea de la ría baja, sin prisa y con determinación. Lanzan las cañas y parece que en el extremo del hilo hay una destello azul o verde intenso, metálico; es el cebo. Los pescadores se dirían que son prejubilados o parados de larga duración, que encuentran un sentido en este entretenimiento un poco aburrido. No sé, nunca he visto que pescasen nada, quizá pescar es lo que menos importancia tiene.
+ ¿Por qué no emplear el arcaísmo “piscator”? Se documenta el arcaísmo en Góngora y en el DRAE aparece como almanaque con pronósticos meteorológicos, pero no como equivalente a pescador. Sí, es un arcaísmo. En cualquier caso, nos gusta el sustantivo gongorino por las sugerencias que eleva. La captura de palabras resulta ser un deporte con alicientes, decepciones y triunfos, se abre el libro, se llega al diccionario y, si hay suerte, en la libreta se apunta ese fragmento, la pieza que nos ha gustado. Son placeres tan baratos que terminan por ser lujosos remiendos, así: en ello insistimos. Como los pescadores.
+ Imagen: dejar un apunte sobre el objeto, un ítem en un catálogo. Aislar su función y que el hecho extraño de un ventilador con un reloj vuele para cada cual, sin incidir en lo personal, en dirigir la mirada. Una libertad que se condensa en la falta de intenciones.

+ [Un paseo por las playas en inicio de octubre]. La luz del otoño, insisto, baña los paisajes con una limpieza exacta. Comemos sentados sobre los tablones de un paseo sobre la playa; nuestra comida son unos humildes bocadillos de queso y jamón, el agua, igualmente humilde y sublime, nos refresca. Veo la ría y tengo la sensación de asistir a un espectáculo impar. C. se levanta para meter sus pies en el agua, regresa y no puedo dejar de fijarme en las uñas de sus pies, delicadas y pintadas de un azul que no es humano, pues no se encuentra en la naturaleza sino que es una síntesis, una creación que la técnica permite. La poética de los colores y su actualización. Más tarde, conduzco hacia otra playa. Allí, paseamos y observar a las personas que nos encontramos en el camino resulta ser un entretenimiento, también, impar. El día termina y permanece una reconfortante sensación de haber disfrutado, quizá porque no hubo planes previos, quizá porque todo resulta propicio, quizá porque entra en ese orden de cosas que el dinero no puede comprar.
+ Llegan [¿a mis manos?] periódicos y gacetas digitalizadas, papeles muy antiguos pero que traen un viento de aire fresco de otoño. Hojas que vienen del siglo XIX, de principios del XX; hojas de revistas profesionales. Hablan de un futuro que ya fue pasado hace muchísimos años. Son una intriga estos desafíos al futuro que aquí figuran, los problemas de una profesión, los anuncios de productos que son viejísimos y en su momento eran novedades incontestables. Hay algo poético en todo ello, sin duda. Ese barniz que el tiempo otorga y nos permite ver cómo somos y hacia donde conduce todo. Las «enseñanzas de una huelga», las competencias de los «subdelegados» o el «informe del Real Consejo de Sanidad» tienen sobre sí el polvo del tiempo a pesar de estar flotando en la pantalla del ordenador. Nombres, apellidos, direcciones, precios, semestres, fechas, distribuciones o suscripciones. Todo resulta ser materia inerte, destellos que provienen del más allá y se funden en una masa infinita de olvido y espesor. Asumir esa desaparición es reflexionar sobre el día de hoy, sobre su finitud, sobre su estética fulminante y efímera. Muere el día, una vez más. [Fecha escogida al azar: 15 de Septiembre de 1922].
+ Felicitaciones navideñas, postales vacacionales, mapas turísticos, publicidad vinícola. Elementos que se agolpan en el escritorio digital, dibujos con colores optimistas, sensaciones que vienen del pasado, su aroma no se percibe pero se intuye. En la misma senda que el párrafo anterior: todo es transparente para el que quiere ver. Se agota la tensión, fluye el tiempo y toda esperanza es vana, pero el conocimiento que otorga atempera el ánimo.
+ Leo un artículo de Santiago Auserón sobre política, música y deporte en la mitad de los años ochenta. Rescato una cita «La adhesión a un icono musical o a un equipo de fútbol se alimenta de su propia gratuidad; en un caso como en otro, los aficionados conectan sin necesidad de consenso, por más que asuman símbolos colectivos y acepten reglas de juego.» En ausencia de un equipo de futbol, nos sentíamos próximos, y de una manera militante, a un grupo musical. No está desacertado el músico-filósofo, pero creo que hay algunas diferencia, sobre todo en la cuestión pre-lógica a la que alude con anterioridad a la cita. Mi ejemplo son mis preferencias, que se centran en The Smiths, a modo de ejemplo paradigmático. Unas preferencias que mantienen a pesar de haber transcurrido muchos años. La diferencia la veo porque en esto que yo escojo hay algo que es transitivamente íntimo, compartido, pero individual. Las letras contienen poesía y para mí fue una travesía el llegar a su traducción y al dotarlas de sentido partes de pasado cobraron vida y razón propia. Así, la travesía todavía dura. Sin embargo, el equipo de futbol lo veo más como un acopio de datos; hay que citar otra vez a S.A. «... todo ello vuelve a pasar por la conciencia que repite a solas lo que ha escuchado de otros o en compañía. Este hecho da lugar a una cuestión relevante: la rememoración sonora contribuye a configurar el ámbito de la conciencia individual.» Coincidimos; hay un margen para el individuo en la música [o en el arte, en general], algo que no sucede con el futbol.
+ Por cierto, el único deporte que me interesa como espectador es el tenis. ¿No tiene algo muy mío esta falta de contacto físico, la distancia necesaria entre los jugadores? ¿Me retratan estas preferencias o es una falsa impresión?
+ La flecha de oro indica amor, la flecha de plomo indica desdén. ¿Se pueden revertir? Cada vez me interesa más la codificación de la realidad mediante imágenes, me interesan las imágenes porque son una manera de ordenar la vida que reta al aburrimiento, porque son la constatación de que las posibilidades son ilimitadas. El oro y el plomo, ¿podría ser un título pertinenete, el amor y el desdén? Sin duda, la posilidad de otras realidades ofrece vidas [paralelas].
+ He puesto en el reproductor a The Romantics. Acabo de llegar de correr y mientras llovía pude admirar el elegante desplazamiento de dos piraguas sobre el río. Las palas eran alas y las coletas de las chicas que las guíaban una promesa para la eternidad. Pasaron bajo el puente y se perdieron. Queda la pintura del momento, que se desvanece, queda esa sensación tonta de perfección, y, mientras, llueve. La música que oigo, ahora, es sencilla: acordes abiertos y una secuencia trillada, pero tiene poder, ritmo y rabia. Nada que ver con el estatismo que proponía ese avanzar sin aparente esfuerzo sobre la lámina de agua. Las gotas de lluvia trazaban círculos concéntricos, pero ellas continuaban imperturbables. El día termina y la imagen permanece, así nos acoge la noche.
+ Imagen. Un muro que recorta el cielo y sobre él caen las sombras del cableado; toda tendencia a la abstraccón contiene una metamorfosis fotográfica. La pintura se atreve tras la casualidad de la mirada. Disparar fotos sin cámara: nada hay más grande.

+ ¿Qué es más importante: el hecho o el conjunto, la época o el sistema? Son preguntas que me hago a lo largo del día, y desconozco la respuesta. Quizá atacado por una enfermedad que me enfrenta a particulares maneras de expresarme, me detengo en detalles que carecen de importancia: el mal uso de una preposición, un verbo mal conjugado, una falta de ortografía (…) Ahora bien, lo trascendental es lo que circula por debajo: la idea de fuerza. Pero, ¿y su expresión, se puede perdonar? El estilo lo es todo, mucho más, incluso.
+ Qué gran tontería hablar de hecho histórico, una porque no lo es y dos porque, de serlo, resulta irrelevante. No hay manera de sacudirse esa prosa imprecisa y dispersa que se esparce como las esporas de las setas. Es así como las ideas echan raíz y se instalan para ¿siempre? Hora de cerrar el ordenador. Es un hecho histórico, como todo lo humano, por minúsculo que sea, es histórico, político, social, económico (…), pero lo que tiene relevancia es la trayectoria que marca una tendencia, ese leer los datos para aventurar una posibilidad y el dato aislado no es más que un sinsentido, pues ha perdido aquello que le da carta de validez. Ay, cierro, ya, el ordenador.
+ Se inflama el día, arde el día.
+ El ‘arte final’ es el material preparado para enviar a la imprenta. Todo se ha cerrado y ya sólo queda por culminar el proceso de impresión, que es otro proceso distinto al creativo. Parece, en principio, que como metáfora podría dar su rendimiento, elevar comparaciones y establecer nexos con particularidades políticas, sociales y culturales, y sobre ellas: lo económico. Sin embargo, prefiero no utilizar la expresión. ¿Por qué? Intuiciones que se erigen en certezas o se desmoronan.
+ [Otra metáfora: la maqueta y su exactitud]. Primeras horas del día: como una maqueta, perfecta y fría. Los edificios, sus líneas rectas y afiladas; el tren que surca el paisaje, sobre la vía, luces, definición y parsimonia, aparente parsimonia; las farolas y el sendero que marcan. La luz otoñal posee una calidad apropiada para la fotografía [sin cámara]. El paisaje urbano estructura la idea de finitud, la única posibilidad: el presente. Y se desvanece según el sol sale. Pienso en Faetón y el carro solar. Todo intento vano está destinado a transformase en melancolía. Ese humor negro. Esta enfermedad contrasta con la calidad del aire y la definición de todo lo que veo. Comienzo a correr y el frío de la mañana me entrega una sentencia: cumpliré con la tarea diaria que yo me he impuesto. La maqueta otorga una medida, trataré de no olvidarlo.
+ [Ego]. A distancia asistió a la muestra de la cuestión ‘por qué soy artista’. La cuestión es retórica, redundante y aburrida. Muchas veces he pensado que todo lo que se ‘hace’ responde a esa pregunta, aunque se enmascare, con mayor o menor simpleza. Quién inviste al sujeto como artista sino él mismo. Luego está todo el componente sociológico que le lleva a ocupar [o no] un lugar en el conjunto social, pero ese es otro tema. Quizá lo desvele la identidad del sujeto mediante su cuestión no tenga más interés que otro cuestionamiento, pero hay algo nuclear en ello. Así se puede ver a Velázquez en su cuadro más famoso, se puede ver a Hockney en sus retratos o cuestiones de Vanguardia 2.0 que inciden en lo mismo. Finalmente, no cabe otra que comparar lo plástico con lo literario, aunque con menos insistencia: porque toda la cuestión antes tratada no deja de ser literaria: el sentido autobiográfico y la vida como ficción y la ficción como vida.
+ Corto y dejo que suene Karftwerk.
+ ¿2D ó 3D?
+ Imagen. Londres, 2014. La foto es un testimonio de una idea literaria de la ciudad. Incide en su transparencia, en lo cambiante, en una ensoñación romántica


+ Leo sobre Historia, con mayúscula. Me interesa el texto histórico en sí, cómo se compone mediante el uso de datos y cómo estos apoyan una argumentación. Su planificación y construcción son los temas de esta semana; es decir, en busca de definiciones y certezas, que nunca se alcanzan. Necesito reflexionar sobre ello y modular una respuesta a la pregunta que me he formulado. Las dudas me acompañan y las utilizo para restringir la monotonía o el desamparo, la reiteración laboral. Así, conduzco y reflexiono sobre las lecturas realizadas, tomo notas y las recupero mientras camino por los ultrailuminados pasillos del supermercado, me detengo en la carrera, hago los estiramientos y, así, una cita flota entre el cansancio y la tarea recién cumplida. Sé que no voy a encontrar una respuesta que me satisfaga, pero ésta es la manera de conseguir nuevas preguntas. La clave está en plantear bien las preguntas y yo debo afinar el instrumento, me digo y regreso a casa con el cansancio honrado del trabajo o la carrera junto al río. Caras de la misma moneda, me gusta creer.
+ Bach resuena en mi lugar de trabajo. No puedo continuar leyendo, se impone la música. La soledad del violonchelo tiene algo físico que me conmueve. Habla el locutor y da paso a otra obra de Bach, pero, ahora, para un laúd. Me resulta imposible, sin saber por qué, no pensar en desplazamientos en autobús por el sur de Inglaterra. Como cuando llegamos a Bath. Y Bath era una promesa, una ambigua realidad que tiene un pié en el sueño y otro en la verdad de lo recordado. Vuelvo a ver el Crescent. Allí compré, no sin fetichismo, un hermoso tomo de Jane Austin para regalar. Qué hermosa tapa azul con motivos dorados, una azul casi transparente, como el color del cielo en algunas tardes luminosas de otoño. La música tiene esa capacidad inigualable que supera a las palabras, a las imágenes, a los sabores. En un flash pienso, otra vez, en la Historia, y tengo una intuición que se desvanece sin llegar a nacer. Me abandono a la música y pienso, con sensual insistencia, en aquél día. Bath.
+ Escucho el inicio del Concierto de Aranjuez, en una transcripción para arpa realizada por el propio Maestro Rodrigo. Y a lo que voy, un colchón de violines me indica dónde están paisajes visitados en otro tiempo. Permanecen en la memoria y esta rememoración se une al párrafo anterior. A qué se debe esta constante sinestesia, es cosa del inicio del otoño. Algo así pensé el otro día al ser sorprendido por olores que me transmitieron la imagen de personas y situaciones; cuando renové la tarjeta del aparcamiento, creí ver en ello una parte de Madrid, anclada en el pasado. ¿Será la edad? No puedo menos que sonreír y cerrar el ordenador y dejarme en estos colchones de violines que mecen el arpa, que yo casi confundo con una guitarra; pero, sí, es una arpa: avenidas en la noche, el dibujo de las farolas, algún peatón, las luces en los edificios, bares y cafeterías, parques, jardines, árboles que dibujan en la noche formas irregulares, más barrocas que clásicas, más atrevidas y eróticas que geométricas. Cierro y el arpa es otro mundo posible, eso anuncia.
+ Leo en el JotDown electrónico una entrevista a Rosa Olivares y recojo las siguientes afirmaciones: «Ahora todo el mundo se hace una paja con El Bosco, que ha estado toda la vida expuesto en el Museo del Prado pero nadie iba a verlo. Cuando se hizo la gran exposición de Velázquez, había unas colas enormes, y solo habían traído dos cuadros que no estaban en el Museo del Prado.» No puedo estar más de acuerdo. En agosto, cuando visitamos El Prado, intencionadamente evitamos la exposición de El Bosco. Yo todo eso lo vi en su momento, y lo volveré a ver: cuando toque. Cuando sea una hora temprana o al medio día, cuando no haya gente y pueda detenerme en un detalle durante unos minutos, o simplemente volar sobre los cuadros sin fijarme en nada más que en una única pincelada mientras trato de conectar ese instante del pasado con el presente. Hay que huir de la masificación, de todo aquello que, por una razón u otra, aparece en la tv. No sé si es elitismo o tontería, pero me da igual: a mí me funciona.
+ Vuelvo a lo mismo: me interesa atrapar el hilo que va desde el pasado hasta el presente y encontrar una guía común a esas expresiones personales. ¿Son las mismas? Ya no sé qué es pintar bien y si tiene o no tiene importancia el resultado final. He llegado a este punto desde el detritus, un detritus que me aporta una visión de la sociedad muy productiva: todo lo que se tira a las cunetas, que con la lluvia, el humo de los escapes de los coches y la tierra, toda esa totalidad adquiere una nueva vida, una naturaleza entre lo orgánico y lo plástico sin dejar de mostrar un fragmente de la biografía de los que poseyeron el objeto, una parte de un algo, una basura que tiras desde el coche. Hmm: cajetillas de tabaco, libretas, bolígrafos, preservativos usados / sin usar, juguetes, cajas de tampones o cajas de dildos, herramientas inservibles, bolsas, bolsas de colores, glaucas, bolsa grandes o pequeñas que se descuartizan al contacto con la desbrozadora y vuelan como una nieve espuria. Pero yo sigo en lo mío: encontrar ese hilo que une lo que veo y disfruto con lo que otros vieron y disfrutaron en un pasado remoto.
+ El agua del río alcaza un nivel muy alto. No deja de ser algo extraño, sutil y, en cierta medida, poético. Se trata del reflejo de las márgenes, el reflejo de los puentes y el reflejo de esa avanzar de los paseantes, corredores y ciclistas. No me detengo demasiado y creo que es mejor disfrutar sin pensar, sin analíticas dispersas. La suspensión del juico, ἐποχή, es la clave de los beneficios de ir a correr. Como un emblema, una vez más, utilizo ἐποχή. No creo que sea un uso adecuado, pero soy un firme creyente (?) en las inversiones. Suspendemos el juicio, son las siete y media de la mañana y nos encaminamos al trabajo.
+ Imagen (-es): son imágenes complementarias: la arquitectura como pretensión, el círculo como verdad; se solapan y ofrecen, mediante el encabalgamiento, un sentido nuevo.

+ Aunque la mayor parte de las veces conducir me resulte indiferente: lo hago y poco más, hay ocasiones en que me gusta. Pongo un ejemplo. Por razones de trabajo me vi obligado a conducir de noche, entre la niebla mientras una lluvia fina impedía la visión. Las luces de las farolas centelleaban como amebas, como luciérnagas desvaídas. Sintonicé la emisora de música clásica y me dejé llevar por un aliento de ciencia ficción: la música exacta, la iluminación verde de los controles del coche, mi propio atuendo. Elementos que podrían conformar un escenario de película. Mi placer residía en la capacidad para recolectar partes substanciales de una dirección de arte para esa película nunca filmada. También, por momentos, sentía una inquietud debida a la poca visibilidad y un peligro cierto. Y a lo que iba: buscar la inversión de las situaciones aporta fuerza y reduce la desidia. ¿Es un trabajo? Sí, es un trabajo que, como todos los trabajos, requiere esfuerzo, pero, como siempre, el esfuerzo mismo encuentra su recompensa, la tarea bien hecha. Por último, era algo de Strauss lo que sonaba y esa perfección mitigaba todas las aristas y vértices de esa hora. La una y media de la madrugada.
+ Hay amplios catálogos de mal educados e irrespetuosos. No puedo dejar de observar su comportamiento. Un viernes vamos a unas termas de estilo japonés, claramente se dice que es obligatorio guardar silencio: ¿cuántos no guardan silencio?; otro día, en el gimnasio, hay un hombre mayor que clama contra los políticos de la derecha y de la izquierda, sin piedad, se puede ver un cartel que dice que está prohibido afeitarse en recinto de la piscina: él se afeita y protesta; el sábado voy a correr y una vez más hay corredores y caminantes que transitan por el carril-bici. Y así. Tantas cosas. Resulta molesto, pero lo mejor es guardar silencio ya que manifestarse conduce a otra situación desagradable. Yo no soy el policía de nadie. Me llama mucho la atención que personas que actúan al margen de las normas de convivencia, más tarde son inflexibles con la corrupción de los políticos y uno deja de preguntarse: si no son capaces de guardar silencio, respetar el cartel que impide afeitarse, no ir por el carril-bici o, en el caso de los ciclistas, abstenerse de circular por la acera, ¿cómo manejarían un presupuesto si en su manos cayese uno? No sé, es fácil juzgar a los otros y ser muy benévolo con uno mismo. Creo que resulta necesario pensar mucho antes de hablar, como parece ser que hacen los indios de la Amazonia, que creen firmemente en la palabra y por ese compromiso que implica, pesan y miden las suyas. El valor de la palabra está en función del uso y abuso que de ella se haga. ¿Respetar las normas? Sí, creo que es necesario, pero, antes, por favor, un poco de silencio, un largo silencio, si es posible.
+ ¿Es el acero el marido de la acera?
+ «A job for the boys», leo en un resaltado de una columna de un diario portugués. Me gusta la expresión porque comprime una manera de conducirse en política: los favores, las deudas y el pago de las deudas. En inglés suena mejor. Toda una categoría, todo un estilo. Una manera de otorgar beneficios laborales para aquellos que han sido fieles, pero que no están capacitados para desempeñar esa tarea. Vuelvo a la expresión y me parece que es una guía, útil, para conducirse en la actualidad del momento.
+ Periódicos en otro idioma [que no es el mío]. A finales de agosto, fuimos a Caminha, tomamos café, bebimos cerveza y pedimos unas torradas. Bajo el calor de las últimas horas de la tarde, poco a poco, la conversación derivó hacia la relación sentimental que nos une a Portugal y la conclusión se aproximaba a una ausencia de explicación: como si se tratase de un ciego enamoramiento que oscila entre el amor cortés y un amor romántico: de paisajes, medievalismo y ensoñaciones. Aunque, todo sea dicho, me atrae mucho el Portugal moderno, sus jóvenes, su música, las nuevas tramas de las ciudades, los transportes públicos futuristas o las exposiciones de arte contemporáneo, con su leve aire local. Pero, llegado un momento, me levanté de mi silla en la terraza y compré el diario Publico [Publico-pt]. Hoy lo veo, pasado el tiempo, y esa fosilización de la noticia es una invitación al regreso. ¿Cuándo? En breve.
+ Encuentro, por casualidad, una mención a una guitarra Les Paul que Pete Townsend rompió y que ahora se exhibe en el Victoria & Albert. Estudio la fotografía y encuentro en ella una cierta sedimentación de lo ‘moderno’, de todos aquellos años que supusieron una ruptura con el pasado y el afianzamiento de la juventud como una clase social. La guitarra es hermosa y su descuartizamiento le aporta un plus de irracionalidad que contrasta con la perfección y exactitud de cualquier guitarra Gibson. En ella se resume el triunfo de una revolución. El color dorado, la arquitectura de sus micrófonos, las sensuales curvas de su cuerpo. Y por otro lado, las modificaciones que el guitarrista de The Who operó en ella, para, finalmente, darle mayor potencia al sonido. Pero está rota por el mástil y tras él asoma un hierro que es el alma de ese mismo mástil, con esa función de tensarlo y destensarlo. Ahora ya no es una guitarra sino un objeto artístico condicionado por el uso que un día P.T. le otorgó, esa transformación, esa metamorfosis. Y así se cumple aquello de que arte es todo lo está dentro de un museo. Cierto es, pero, también, hay mucho más, muchísimo más. Por ejemplo, su apunte a vuela pluma.
+ Imagen: un día en Oporto. La palabra time es una condensación de toda una temporada, el desarrollo de una intuición. La fotografía certifica la potencia de time, ya que haber pasado de la pared a la substancia de una pantalla sólo es un posibilidad, una entre mil.

+ Vuelvo a ver los folletos que recogí en algunos museos y exposiciones en Madrid, en el mes de Agosto. No hay melancolía en esta recensión. Al contrario. Los momentos se reconstruyen y se extraen enseñanzas dispares, con una utilidad sinuosa. Recuerdo libros en vitrinas blindadas, que en esa protección parecen adquirir, mediante el distanciamiento, una calidad poética de difícil descripción. Sin saber porqué, en un latigazo casi eléctrico, la metempsicosis me asalta y me hace regresar a un viaje en tren desde Londres a Brighton. No importa, no es momento para hablar de ese trayecto, pero la rememoración está ahí, en este instante. Continúo. Los libros en sus urnas remiten a un tiempo que no ha de volver, pero que no permanece estático. La historia se escribe y se reescribe, no es una figura de cera inamovible y sin vida, nuestro pasado tampoco. Por eso, los folletos están vivos gracias a las asociaciones que establecen. En ello estamos y nos surge una duda sobre un autor, los dejamos donde estaban y nos sumergimos en otras lecturas. Ay, las tardes del domingo, tan propicias para el paseo en la provincia.
+ Somos una provincia de nosotros mismos, así es nuestra multiplicidad. Y quiero pensar en un lugar apartado, con profundas rías, rías con islas donde habitan pescadores que viven su vida sencilla y tranquila, bosques, montañas elevadas en la lejanía, lluvias apacibles y aldeas ordenadas, blancas, generosas. Esa región donde penetrar no es fácil y se requiere una contraseña compleja, la admisión transforma al admitido. El domingo es un día propicio para la ensoñación y el paseo.
+ Tengo entre otros libros pendientes uno que trata sobre la biblioteca del Greco. Corresponde a una exposición que se hizo en El Prado hace dos años. El tiempo parece no transcurrir sobre estos libros. La biblioteca del Greco me parece un libro elegante, una edición que reconforta debido al color y a la tipografía, a la distribución de los blancos. Es un placer ver las páginas, pasarlas sin leer nada de nada y quedarse en la estructura formal de la composición. Hay placeres recónditos que rivalizan con lujos prescindibles y perecederos. Pero no hay batalla, sólo una agradable conversación con aquellos que ya no pueden hablar: los muertos.
+ Esto es la lectura: una amistad con quién ya no te puede responder, que la interlocución se resume en un silencio que avanza sobre las líneas y compone un significado nuevo. Una vez más, escribo e insisto en que el pasado muda constantemente. Pensar que el pasado permanece inmóvil resulta ser un error que conduce a múltiples equivocaciones, como si se tratase de una camada de ratones que corretean sin rumbo, aparentemente. Pero no importa eso ahora. Vuelvo a abrir el libro de la exposición sobre la biblioteca del Greco y me hago cargo de cómo una vida se resume en un inventario tras la muerte, un inventario para distribuir una herencia [hoy ha adquirido otra funcionalidad, tan cara al investigador: ese registro que es ahora un documento que permite y ayuda a argumentar]. ¿Son los objetos que nos rodean parte de nosotros, algo que nos descirbe muy bien, que nos describen con una precisión insospechada? Ahora veo la reproducción del pórtico del libro de Vasari Vida de los más excelentes pintores, escultores y arquitectos, editado en Florencia; en la ficha se reseñan sus propietarios, entre ellos el Greco. Y qué decir. Los libros, de ninguna manera, nos pertenecen. Una vez que hayamos muerto se esparcirán en una explosión que los dirigirá a las tiendas de segunda mano, a los rastros o a la librería de lance; alguien tomará este libro del que hablo, considerará que es un pequeño tesoro, pagará por él y, ya en su casa, disfrutará como yo disfruto, a sabiendas, o no, de que un proceso semejante al descrito va a suceder, tarde o temprano. En ello veo una grandeza que une a los lectores de un tiempo por venir y de un tiempo que nunca volverá.
+ [Endecasílabo final de un soneto escrito por Quevedo]: «Con pasos que otros huyen le he buscado». Me subyuga el misterio que transmite este recorte. Queda una vibración de misterio y amor, porque habla del error de los que aman, mientras avisa que no sigan los amantes los caminos que él siguió. A pesar de que hay una codificación innegable, producto de los ecos petrarquistas, prefiero pensar que bajo este esquema la necesidad de expresar un sentimiento auténtico prevalece, se eleva y alcanza la superficie del océano poético. Repito y recuerdo: «Con pasos que otros huyen le he buscado».
+ Busco un libro de T.S. Eliot y no aparece. No resulta infrecuente este fracaso. ¿Una derrota? La búsqueda me lleva a afrontar un escrutinio; la biblioteca refleja tiempos, querencias y desacuerdos. Uno se retrata en estas elecciones que son la compra de libros. Como sucede con los folletos, se rememoran tiempos y lugares, amigos, conocidos y libreros. Ciudades que ya sólo son viento en la memoria, niebla o lluvia fina en el comienzo del día; bajo las celdas de un convento de monjas, cuando ellas comienzan a rezar e inauguran el nuevo día. Llueve ahora en Santiago y a nadie le importa.
+ Imagen: la flor no se puede ni se debe fotografiar; así, parece una blasfemia, un pecado en la mente de los iconoclastas. No es posible resistirse, y cuando el resultado se muestra: la decepción es una enseñanza que perdura, que debe perdurar.



+ «También para los tristes hubo muerte», fragmento de una octava del Conde de Villamedia, que a su vez está tomado de unos versos de un poema de Camoens. En el caso del portugués se trata de un poema de ocasión; en caso del español, no lo sé, por el momento. Con todo, es clara la intención barroca que resalta la fugacidad de la vida, esa verdad que no se puede cuestionar, así como su destino: la muerte. La muerte es en realidad la experiencia humana que determina toda la existencia. Ya sé que lo dicho es una obviedad, pero ayer, mientras transitaba por esas carreteras, oía a uno decir que su viaje a Alaska le había resultado carísimo y le había transformado como persona. No pude menos que reír, reír con ganas. No deja de ser una apreciación bien simple; nada nuevo encontraremos más allá de nuestra vida cotidiana, salvo la calderilla de la novedad. Al mismo tiempo, siempre desconfío de estos cambios tan radicales, pero el hecho de ser un viaje carísimo le da un aspecto muy ornamental en la persona. «Yo, que he estado en Alaska», como argumento de autoridad al calor del gin-tonic helado y el cigarrillo rubio es irrebatible [en ese ámbito]. Pero yo viajaba con aquél verso, que potenció la impresión fugaz de la totalidad, y, simultáneamente, la importancia de exprimir cada instante, sin alejarse del presente. Vuela el tiempo y ese volar es su virtud, aquí y en Alaska.
+ Continuo viendo vídeos de moda. La duración es variable, oscila entre unos pocos minutos y otros que rebasan la hora. Hoy, en concreto, veo uno que trata de un desfile de Jeremy Scott, el diseñador norteamericano. Hay muchas cosas que me llaman la atención, pero sobre ellas una en especial: la ropa mantiene la actualidad, pero los teléfonos, las cámaras de fotos, los ordenadores y la páginas web son viejísimas, y sólo han pasado seis años de aquél desfile. Algo nos lleva a pensar que los artilugios electrónicos tienen una vida muy corta y poco interesante una vez que su momento pasa; por el contrario, la ropa posee alma, vive y muere y resucita [así regresan los años ochenta o los noventa], los devices ni siquiera se expresan, no toman de su propietario su vivir, como sucede con la ropa. Pienso en cómo unos zapatos acaban por pertenecer a la huella del dueño, como los pliegues de un pantalón son el dibujo de unas piernas, o un bolso que atesora en sí las historias de su propietaria, alegrías y penas en ese desgastarse elegante, de la misma manera sucede con los rostros: qué bellos envejecer he encontrado en el camino. Finalmente, sé que todo en su absoluta existencia es un memento mori, el retrato de una vanidad, la vanidad del vivir y creer que el instante es eternidad. Por cierto, en algún lugar leo cómo vanidad y vacío se equiparan. Apago el televisor, apago el AppleTv, apago mi teléfono. Se cierra el tiempo de los devices y se abre el tiempo del sueño.
+ Alguien dice: la gente interesante habla de ideas, la gente mediocre de cosas, la gente vulgar habla de vino. No puedo dejar de reír por la extraña descripción que se produce, extraña y certera.
+ Veo crecer las montañas de libros a mi alrededor como si se tratase de una favela que asciende por la ladera de una montaña. Sin orden, multicolor, propositiva. Así es mi manera de leer; aunque hay una parte sistemática, programada y exacta, tiene su contra en un desorden fértil. Antes de dormir estudio los títulos y veo que esperan muchos por mi atención, esto me lleva a establecer una tregua. No compraré más libros. ¿No? Como dicen todos los adictos, yo controlo.
+ Mientras corro escucho la canción de Prefab Sprout Music Is A Princess. En resumen, una voz dice que la música es una princesa y él un chico vestido de harapos, Oliver Twist: resume. Sin embargo, desde que escuchó su voz por primera vez se entregó a sus banderas, esas que él enarbola. La música. El arte llama a muchos y a muchos digiere, porque el talento es escaso y dentro de esa minoría hay muchos que lo malgastan en artificios, en empresas sin corazón o sin estilo, en sus propios pozos de dolor y auencia. Hay algo en la creación doloroso y difícil de comprender para aquél que nunca se atrevido a escribir un poema, componer una canción o empuñar un lápiz para dibujar un rostro amado, sin ir más lejos. Corro y veo como el día comienza, como se desplazan los patos sobre el agua, las canoas y las piraguas, como otros también corren o pasean; y la música está ahí, con algo tan complicado de explicar y, a la vez, tan intenso. La música nos acerca a una parte desconocida de nosotros mismos, mediante un entramado de sugerencias y sinestesias desde donde emergen episodios vívidos, rostros, aromas, lejanías, ropas, eróticas muchachas que nunca existieron, hombres hermosos y/o andróginos. Sí, somos muchachos harapientos que gozan con las limosnas musicales, mientras otros son devorados por sus tentativos ofrecimientos: ay, muchos son los llamados, pocos los elegidos, y, nosotros, somos espectadores impasibles, mientras corremos.
+ Los disparatados viajes en los noventa que nos llevaron hasta Lisboa en una carambola de licor barato, libros y conversaciones. Así se ha quedado fosilizada aquella Lisboa en una canción de los Smiths. A renglón seguido, regreso al tratamiento de la mitología en el barroco español. ¿Son complementarios estos mundos o se solapan? Sin duda, yo soy esto y mucho más, pero todavía está por descubrir: cada día tiene su afán, cada afán es una propuesta para el triunfo, ya el triunfo es la indiferencia; y así.
+ Imagen(es): ante los jardines, ante un estanque, las formas nos llevan a la abstracción y todo lo que se abstrae se aleja de lo natural, aunque éste sea el punto de partida; lejano suena jazz en alguna emisora, casi imperceptible, como el color verde, como la forma de una hoja, como el giro súbito de un insecto.

+ Escucho en Radio Nacional, (R1) a Emilio Gutiérrez Cava. Me gusta como habla sobre su profesión y sobre los trenes. Estimo la interpretación como un oficio y las circunstancias de este oficio en la boca de un trabajador reflejan una verdad que no admite duda; así, me gusta oírle como me gusta oír a los carpinteros o a los que para ganarse el sustento se ocupan de los jardines, de un huerto o de la limpieza de las playas, y hablan de las labores diarias sin darse mucha importancia, o, mejor, ninguna. Por ejemplo. Hay algo en quién vive el oficio desde el núcleo de su esencia, sin poner, ni quitar; que lleva al elogio de la rutina, los cimientos de las tareas y de los logros. Dice, más tarde, que la crítica en sus inicios no lo estimo demasiado, una porque tenía un aspecto blando y otra por apellidarse Gutiérrez. Una, dos tonterías muy notorias, pero la biografía las desdice sin aspavientos.
+ Los trenes. Yo viví mi época de trenes, en la infancia. Viajes que duraban todo un día, a pesar de que la distancia no llega a los doscientos kilómetros. Trenes correo, enlaces y correspondencia, estaciones de tren con olor a gasoil y a café con leche, pan y leche tibia; por contra, tabacazo y vino mañanero en las manos de los que poblaban los cafés. Recuerdo los billetes, amarillos y azules, pequeños, impresos en un cartón duro y barato. Aquellos trenes con pasillos e infinitas posibilidades narrativas. ¿Dónde anidaron aquellas novelas que nunca nadie escribió y, tal vez, nunca escribirá?
+Nemo dat quod non habet. Nadie da, lo que no tiene.
+ No he dejado de pensar en una película que nunca vi, pero de la que conozco el conflicto con precisión. Se trata de Los Visitantes, con Jean Reno y Chistian Clavier. En primer lugar, no tengo intención de verla, ninguna, y no quiero averiguar si me gustaría o no me gustaría. Pero eso carece de importancia, es algo que va más allá del entretenimiento, aunque, también, sea entreteniento. Lo que me interesa es el punto de vista: dos hombres vienen de la Edad Media mediante un viaje en el tiempo y se plantan en nuestra era. Me interesa la perplejidad. Yo pienso en ello cuando estoy solo y trato de asumir esa condición de extrañamiento, con la idea de maravillarme con todo lo que me rodea, desde el bolígrafo Bic hasta los camiones articulados. Cada elemento del presente merece una glosa, me digo y veo mi anticuado teléfono móvil y me dijo que sí, que también es un prodigio, así: el ordenador, las balizas en la carretera, la iluminación de las gasolineras a las nueve cuarenta y cinco, cuanto todavía la noche no ha cubierto totalmente el paisaje. A renglón seguido, recuerdo imprecisamente una cita de Nabokov en la que reclama las maravillas del presente, y hace hincapié en la llegada del hombre a la luna. Yo hago lo mismo mientras conduzco, cuando corro y no dejo de fijarme en los futuristas atuendos que llevamos los que corremos: azules, naranjas, verdes, amarillos, esas zapatillas multicolores y con reflectancia, las gafas de sol o los auriculares. Finalmente, lo que suma es el asombro y él me descanso cuando me aburro, es decir: nunca.
+ Un poco más sobre la anterior: me dejo sorprender por el coche que me adelanta cuando compruebo que en el asiento trasero un niño ve una película de Winnie The Pooh, veo al osito tras las ventanillas, veo el colorido de la película de dibujos animados en la oscuridad de la noche, en el interior del coche. Con una llama multicolor el coche se aleja y yo quedo a solas con la Pastoral de Beethoven, acogido por las lechosas luces de las farolas. Beethoven, conducción y luces. Todo tan moderno, tan intemporal. Muere el día.
+ Encuentro unos sueltos de un libro de autoayuda. Me detengo y leo con atención para comprobar que todo lo relatado estaba ya en las Meditaciones de Marco Aurelio. Veo un vídeo de un profesor de filosofía en una universidad mexicana y afirma que Zaratustra no deja de ser un libro de autoayuda, le escucho y termino por darle la razón. Ahora me paro y pienso en el concepto y en la necesidad de no tener miedo, de dejar a un lado lo terrible. ¿Es la meta de la vida la felicidad? Probablemente, pero sin pensar mucho en ella, sin marcarse metas, más bien como el que cabalga la ola con lo único que es realmente: lo presente. Amanece, corro, leo, como, trabajo y regreso a la cama. No hay otro proyecto, la lectura es la centralidad pero podría prescindir de ella, eso quiero pensar.
+ Imagen: la pantalla como vehículo de comunicación distorsionada por el disparo fotográfico; una trompe de oeil, el reflejo del reflejo, la reflexión sobre lo reflexionado, las transiciones futuristas hacia lo abstracto.

+ Caminábamos despreocupadamente por la calle de Sagasta en Madrid y C. llamó mi atención sobre un kiosco. Era tal la cantidad de libros que allí se acumulaban que semejaba imposible acceder a su interior, pero, al fondo, una figura agazapada escudriñaba un tomo o lo que parecía un tomo. El día era luminoso y en el interior de aquel angosto local la luz era polvorienta y escasa, salvo el rayo quebrado que baja de una lámpara de aspecto inmemorial. ¿Qué historia se escondía en esa cueva de libros y oscuridad? Estudié los libros que tenía a la venta en las jambas de entrada: unas biografías que se regalaban con un periódico diez o quince años atrás, algunos descoloridos tebeos, también manuales de acupuntura, novelas del oeste, novelas románticas [en ese sentido pastoso y cursi con que se quiere denominar a las folletinescas historias de amor]. Y entre todos ellos un libro de crítica literaria y un texto de introducción a las matemáticas superiores. El revoltijo era considerable, ese torbellino de libros respondía a una desorganizada acumulación de detalles y motivos que traspasaban nuestro momento histórico para posarse en el cantil del presente y asomarse al vértigo del pasado o del futuro, lo que no deja de ser lo mismo: la nada. Ay, náufragos del mundo digital. Y, otra semana, repito: ni tengo whatsapp, ni me he tatuado, así siento una extraña solidaridad con el hombre que en el fondo del kiosco se entretiene con un libro, con todos los libros posibles.
+ Hice una foto del motivo anterior, pero no refleja la realidad del desorden [¿desorden o particular ordenación?, los puntos de vista son los que hacen que lo real varíe, así: tacho lo anterior en la libreta, pero dejo constancia de ello]. La fotografía es muy limitada, puede documentar, pero le resulta imposible capturar el alma, en contra de lo que ciertas culturas presumen. ¿Es un absoluto lo anterior? No, hay fotos que traspasan sus limitaciones, pero eso sucede cuando abandonan la literalidad del instante, cuando se sitúan en el vértice que lo posible establece con lo imposible. Aquí no se dio.
+ «Uno de mis críticos menos perspicaces observó recientemente que parecía reescribir mi propio mito central en cada libro que elaboraba. Desde luego así lo hago, y nunca leería o confiaría en un escritor que no lo hiciera también». De la introducción a El camino crítico, ensayo sobre el contexto social de la crítica literaria, de N. Frye.
+ Una palabra: preternatural: [adjetivo] que se halla fuera del ser y estado natural de algo. Copia y pega del Diccionario de la Real Academia. En un proceso de acotación de la realidad hay palabras que van mostrando las balizas que nos ayudaran a determinar esos lugares donde establecer un campamento, por unos días, por unas horas. Así avanza el viaje y después nos olvidamos de los momentos que allí estuvimos, así es el viaje. Hoy preternatural, ¿mañana? Y el adjetivo no deja de remitirse a poderes especiales, poderes en poder de los vampiros, los ángeles o los zombis. Toda insinuación es inclusiva.
+ Escucho al rapero Bishop Nehru, que nació en 1996, al tiempo comienzo la lectura de mi ración diaria de historia de los Siglos de Oro. Lo reconozco, tengo una acusada tendencia a lo paradójico. He pensado que se trata de una tendencia de mi tiempo que se refleja con perfección en la prensa diaria, en los suplementos dominicales o en la revolución de internet, también en la radio o en la tv. Lo paradójico, esa noticia que salta cuando el hombre muerde al perro o una perra amamanta gatitos. Así es como yo construyo estos mundos efímeros y marginales, en los márgenes de la rutina, la amada rutina. Cierro el ordenador y regreso a Elliott.
+ ¿1996? ¿Fue ayer, antes de ayer? Quién sabe, he dejado las estacas de los años para otra vida.
+ En Noviembre volveré a Madrid. Como si durmiese, como el lecho de un río que se contempla desde un puente.
+ Imagen: los elementos que de los edificios no se ven; como una posibilidad geométrica, un cuadro no pintado, una calderilla de las imágenes pero con la pregunta que late sin llamar la atención, pero que está ahí, sin solemnidades ni pretensiones.

+ La playa, el libro de poesía de todos los años [una antología de versos de Luis Alberto de Cuenca], el fulgor de los cuerpos jóvenes, la limpieza de las edades maduras y el lustre de los viejos que disfrutan de la energía del agua salada y el sol. Hay un rito en este acudir anualmente a la playa, en la manera de conducir hasta allí, en la música y en las conversaciones con mi padre. Ayer C. y yo regresamos de Madrid y el colofón a unos tranquilos y fructíferos días de vacación y cultura no podía ser otro que la playa y sus beneficios. Cuando llegue el invierno este recuerdo será el medicamento con la tristeza de la lluvia y el frío.
+ Tampoco la lluvia y el frío traerán tristeza.
+ Madrid tiene infinitas posibilidades. Lo hemos comprobado, una vez más.
+ El calor, en ningún momento, ha sido un problema, más bien todo lo contrario. Según la tarde declinaba, una brisa cálida y muy agradable nos vestía de sensualidad. Momentos para estudiar cómo los edificios son el decorado ajustado a la obra teatral que cada día interpretamos. El teatro y la vida, qué momentos. Caminar sin rumbo, cerveza en terrazas impares, exposiciones y tiendas ocultas, librerías o tiendas de ropa, té o quincalla. Todavía palpita el tiempo anterior en las calles que dejamos atrás, tiempos que vivimos o tiempos que nos contaron, tiempos que trenzan el relato y nos despistan, nos engañan y hacen que sonriamos: el tiempo se ha detenido.
+ El paso del tiempo es el tema, siempre es el tema. Visitamos la exposición de Hiroshi Sugimoto y encontramos allí la constatación de intuiciones por concretar, vanas nieblas en la mañana de la vida. La simulación articula el sentido de la fotos y traslada esta simulación a la totalidad de la existencia mediante los dioramas, las figuras de cera, los horizontes y los cines vacíos. El disparo en sí de la cámara es una herramienta que pone al descubierto zonas vitales que se enmascaran en artificios; una vez desdeñado, del artificio surge una verdad que ni se impone ni se puede esquivar. Es la técnica la que establece un marco idóneo para la reflexión. Como apunté, hay cuatro series: los dioramas, en donde las escenas naturales adquieren verdad mediante la composición, el blanco y negro y el gran formato; los cines, en los que la larga exposición sobre la pantalla arroja una lechosa certeza que nos aproxima a la muerte; los retratos de figuras de cera oscilan entre lo real y su transposición, una nueva realidad, tan discutible / indiscutible como aquélla de la que parte; y, por último, los horizontes marinos. Estos últimos me trasladaron a un mundo visitado y olvidado, porque recordé una travesía en barco entre islas del archipiélago canario, porque recordé los últimos días de mi madre, porque me sentí muy unido a C. La posesión de una biografía marcada por un sentido poético nos aproxima a una esencia indeleble: no es una cuestión de cantidad, ni calidad, es la manera de estar, de ver y de entender o la capacidad para disfrutar en una mañana de agosto, con la persona amada, del triunfo del arte sobre la muerte. ¿Triunfo? Ya que de esto trato, eso es lo que veo en los horizontes. Me gusta recordar que H. S. no utiliza ni cámaras digitales, ni herramientas de retoque digital; en ello veo un proyecto y una misión simbólica. Yo no tengo whatsapp, ni tatuajes, ni me he anillado, tampoco me interesa la televisión, pero, simultáneamente, no creo que estas carencias, por decirlo de alguna manera, me protejan de peligros o de situaciones incomodas, ni siquiera es una cuestión de estilo o se trate de un código de buenas prácticas, es que no tengo ninguna de estas necesidades, si necesidades son. Necesidades, pocas. Y cierro el ordenador y me dejo llevar por la imagen de una de las esposas de Enrique VIII, una estatua de cera con más vida que difuntos que caminan por la calle.
+ ¿Por qué se han quedado en el tintero las fotos de Hiroshi Sugimoto realizadas sin cámara, fotos de fenómenos eléctricos sobre la superficie de un negativo? Con todo, la foto que he elegido para ilustrar esta entrada nos remite a esa poética abstracta. Los olvidos caracterizan al olvidadizo.
+ La única compra que hice fue un libro sobre la biblioteca del Greco. Compré el libro en la librería del Museo del Prado. Casi no lo he abierto porque deseo reservarlo para el invierno, cuando el viaje sea un grano de nostalgia y el libro permita reconstruir los paseos sin demasiados propósitos por las salas. Sólo por ver pintura, sólo por estar allí.
+ Como complemento al a exposición de Hiroshi Sugimoto, visitamos el Museo Arqueológico Nacional. El recorrido museístico muestra algo sobre el hombre que resulta indiscutible: su negativa a aceptar su temporalidad y la lucha contra esta finitud. ¿Es esto lo que determina el progreso, el conocimiento, lo poético de cada acción poética?
+ Escritores que se desvanecen, al tiempo que se ven sumergidos en el polvo del tiempo. Fotos, botellas, cuadros, togas, birretes, manuscritos, fotos, retratos al óleo, plumas, medallas, diplomas, borradores, oropel y dignidades. Todo se lo come el paso del tiempo; bien, todo no, todavía subsisten jirones, pero la digestión continúa. Y la frase tópica: hasta un día el sol dejará de lucir.
+ Imagen: una foto de una foto de Hiroshi Sugimoto.