sábado, 3 de febrero de 2024

Sin indicaciones (15)

 

+ He terminado El tragaluz. Encuentro entre mis libros dos obras más de Buero Vallejo en un solo tomo. Comienzo Madrugada. Mientras leo no puedo dejar de pensar en el ambiente social de los años cincuenta, en un Madrid que yo no conocí, pero tal vez mi padre sí, pienso en el entretenimiento propio de la época. Esa idea me ayuda a esbozar lo que podrían ser los decorados, pero no se trata de eso, sino de algo lejano y ausente de nuestros días. Son recreaciones que establezco para conciliar el sueño, no son intentos vanos. Luego, al día siguiente, en recuerdo, no puedo dejar de verme sorprendido por la capacidad que tiene la escritura de Buero. Concisión. Los diálogos, los personajes, los estaciones. Una atmósfera que contiene sentimientos cotidianos y, al la vez, ocultos y perversos, negros, con destellos de dignidad. No son contradicciones, es la vida. 


+ En la mañana de hoy, lunes, surgen reflexiones sobre el gasto, el dispendio y la extraña manera de mostrar ahorros que no son tales. Alguien decía: “disparar con pólvora del rey.” De eso se trata. Yo no puedo hacer nada, pero el Ministro tampoco. Es una tendencia, una inercia histórica. En todo ello veo la sombra del XIX donde se enraíza nuestro presente. Aunque nos resistamos, las naciones parecen dotarse de una biografía marcada por un carácter como las personas van hacia donde su particular inercia los lleva. Ese carácter las condiciona, en lo bueno y en lo malo. Ecos del Siglo de Oro, sobre el que reflexiono tras lecturas y silencios. La mañana es una parte del día, la siesta lo parte en dos y, renovadamente, despierto al día por segunda vez: ejercicio, lectura y escritura, el paseo, la cena y el regreso a la cama. En el tránsito descrito se dan las conversaciones y en el regreso a casa termino por relacionarlas con lo leído. Trato de no hacer literatura de todo, a pesar de que me cuesta mucho. No lo evito. La literatura aporta un plus. Veo muy lejos, escruto el horizonte y guardo silencio. El dispendio no me resulta indiferente, la batalla se perdió hace tiempo.


+ Mi estado de ánimo ha cambiado. Sin embargo, contengo un cierto impulso, una tendencia a encontrarme enérgico y decidido. Son los años. Pienso demasiado en el paso del tiempo. He encontrado en los últimos días respuestas que terminarán por diluirse y no sé si está dilución aportará serenidad. Espero que sí. En definitiva, lo intuía: el único sentido que la vida puede tener es la perpetuación de la especie, pero hablar de sentido en sí es un error. Como si la ley de la gravedad universal tuviese un sentido. Ahí dejo yo mi brújula: la arbitrariedad del signo lingüístico. Una voz me aconseja silencio y calma. Somos nosotros y mil voces que se contraponen a nuestra razón. Leeré un poco más del libro de Miguel Morey, a la espera de que el sueño me alcance, de que el viernes llegue. Así son los afanes, nuestro humildes afanes.


+ Sigo con el teatro de Buero.


+ Me cuesta escribir. Escribo, hago ejercicio, leo y trabajo. El paso cambiado, falta de ritmo, ausencia de oído musical. Todo suma y la suma se transforma en resta. Me resisto a la renuncia, a conformarme. Solo la música tiene valor, me digo en las primeras horas del día. Siempre veo pasar a mi lado a las mismas personas. Escribo, ahora, sobre esta circunstancia. Entre cinco y diez personas que nos cruzamos. Me cuesta escribir y debo hacerlo porque son tareas que me he impuesto. Me levanto, desayuno, me lavo los dientes y salgo al mundo. Camino bajo el manto de la noche. Somos fantasmas. El día nos transformará. El estado de ánimo pesa. Soy otro, hoy soy otro y no he renunciado, repito, no me resigno. Leo la prensa y no sé si soy yo el que lee o es otro. Es otro, claro. Una reflexión sobre la personalidad y sus consecuencias. La vida. Un párrafo más. Cierro el ordenador.


+ Imagen: en el bronce confío.

sábado, 27 de enero de 2024

Primera lección, la muerte

 

+ No me consuela. Escucho a Jarvis. House Music All Night Long (Extended All Night Gonz version ft. Chilly Gonzales & Naala). Es otra cosa. No es dolor. No es tristeza. Una vida que no se vivió y que ahora se añora, tal vez. Un juego de espejos. Espejos rotos. Un poema que no se ha leído [todavía]. He comprendido el funcionamiento del éxito y la comprensión causa dolor, no por estar al margen sino porque fracaso y triunfo se equiparan. Triunfo, fracaso y miseria. Un punto de vista, el envés. Todo desemboca en lo mismo.


+ Es lo Barroco del día. Hoy. Mañana, tal vez.


+ Esquivé la visita al cardiólogo. No hizo falta su ciencia porque con la del médico de cabecera fue suficiente. Contaba con ello. Contaba con la visita al cardiólogo y no fue necesaria. Pasillos, blanco nuclear, pasillos, mascarillas, pasillos, sillas, esperas, las palabras técnicas y condescendientes gestos [en realidad, entiendo que los enfermos cansemos a los doctores]. La fatiga. He aprendido a morir y eso cuenta a mi favor. Desapego, indiferencia, aceptación. Renuncia. Entiendo aquello que decía Radio Futura en alguna de sus canciones, mejor: Santiago Auserón: “estoy acostumbrado a morir”. Mis desmayos me han entregado esa lección de vida. Lección de muerte. Rebota la electrónica que ha trenzado Jarvis, me parece un buen decorado para un final. El final no está cerca, pero tampoco me preocupa. Cierta aridez, algo áspero en los días que van pasando. No me encuentro y ni siquiera sentí alegría cuando me dijo mi médico que el electrocardiograma era perfecto. Así, hoy, hice mi ejercicio diario, sin ganas, sin ganas fui al trabajo y trabajé bien, tampoco me apetecía establecer límites en la investigación, pero ahí estaba yo y mis herramientas. Sigo el afán del día y el día muere.


+ “Mecanismos de inclusión y exclusión”, leo y me remiten a la vida cotidiana, pero también a las últimas lecturas. En el día a día, a poco que se fije uno, estas herramientas están muy presentes. A la necesidad de pertenecer a un grupo se une, en no pocas ocasiones, a la imposibilidad misma de colmar estas ansias. Hay incluso estrategias de simulación que intentan esquivar estos mecanismos que impiden ingresar en el grupo: tan deseado. He dejado a un lado la lectura de la novela de Karl Ove Knausgård, toda la novela me parece que responde a una necesidad, necesidad cumplida, de entrar a formar parte de un grupo. Hay más asuntos, pero los dejo a un lado. Ese punto tóxico y luciferino me produce rechazo. Paso página.


+ Abandono la novela de Karl Ove. 


+ He comprado por 1 € El tragaluz de Buero Vallejo. Una lectura sustituye a otra y se emprende por razones bien distintas. Hoy busco la en autenticidad de la expresión algo más sintético y universal. Me asombra la historia, la síntesis, el acierto.


+ Imagen: de camino al trabajo cruzo los campos, antes de que amanezca, mientras: escucho algo de Charlotte Gainsbourg. Jueves.

sábado, 20 de enero de 2024

[No]_Eres_alguien_especial


+ Finalmente encuentro la cita que presidía la consulta de mi médico de cabecera: “La vida es breve, el arte es largo, la oportunidad fugaz, la experiencia engañosa y el juicio difícil”. Me vuelvo a centrar en la engañosa experiencia, porque el juicio ya lo consideraba yo complejo, imposible en muchas ocasiones. El médico se ve obligado a juzgar, la base de la experiencia es muy importante, pero no se debe fiar todo a ella. Tal vez es un instrumento que debe ser afinado cada cierto tiempo, que precisa una comprobación antes de iniciar su uso. Así sucede con la guitarra. Sin embargo, al mismo tiempo, considero que la experiencia cimienta los juicios, que los modera, que los dirige. Sin ella, qué nos queda.


+ No deja de ser una cita de calendario, que está bien, pero que no resuelve. No se deben evitar los discursos y el resumen que ofrece una cita es un atajo y los atajos se resuelven en errores. Cierro el paréntesis.


+ Bien. Ahí está, es el narcisismo. Es la clave. Lo que nos atrae de sus novelas. Él lo reconoce, se percibe claramente, su ex-mujer también lo manifiesta y sabe que ese material produce dolor y atrae a los lectores que buscan ese más difícil todavía. Ahí está la llave que abre las puertas del entendimiento. Resulta claro que lo que me molesta es esa superioridad sobre los demás. Insisto. Es la voz del narrador, el escritor es un otro, la persona no me interesa. Nunca le conoceré. Lo sé. Como los diez mandamientos, dispuestos a transgredirlos uno por uno con el único fin de alcanzar la celebridad. Es un buen escritor y me pregunto exactamente a qué responde ese calificativo. Lo minucioso y lo desvergonzado. Nos sorprende. Eres alguien especial. Una losa con la que vivir. 


+ He dormido la siesta y me he despertado sumido en una cierta confusión. Ahora no llueve, pero pronto lo hará. Me duele la cabeza. Leí un unas cuantas página de los de Karl Ove. Reconozco la capacidad para fascinar al lector, para atraparlo, entiendo que está muy bien construida la novela, la línea entre la persona, el escritor y el narrador es débil, muy fina y eso añade a la lectura un punto de interés. Se trata del cotilleo, me pregunto sin alcanzar a evitar la cuestión. La perversión de adentrarnos en la vida de los otros, en sus conflictos irresolutos. Algo de eso hay. Algo de chismorreo. La indagación en la intimidad, el espionaje sin consecuencias, la certeza de una caída, un error, la posibilidad de ser moralmente superior al que cuenta, al observado. Sí. Al tiempo, me produce rechazo aquello que el libro destila. ¿Aburrimiento? Creo no cabe la cuestión.


+ En un vídeo en línea dicen que la novela de K.O.K. , los seis libro, es una novela generacional y creo que tienen razón. Cuando pienso en mi padre como lector, que ahora está disfrutando con La Regenta, sé que esta novela no le interesaría. Por lo tanto, surge una pregunta: ¿puede resistir un texto tan anclado en el tiempo el paso del mismo? La respuesta es que no hay respuesta, pues tan imprevisible y aleatoria es la posteridad que cualquier juicio apuesta por el error.


+ Sigue lloviendo.


+ [El éxito, el reconocimiento y la soberbia]. Escribir sobre lo propio, sin barreras. Escribir sobre las personas cercanas, sobre el pasado, con detalle y minuciosas apreciaciones, sin barreras. Las barreras. Vender el alma al diablo. ¿Eso es la literatura o es el siglo XX y el siglo XXI? ¿Se puede dejar a un lado el impacto de los medias en los libros de Karl Ove? A mí todo lo de K.O.K. me ha llegado vía internet, desde la primera noticia. No había hablado previamente con nadie sobre el autor. La vida precisa barreras, unas veces son el silencio necesario para poder continuar y otras los buenos modales que evitan la violencia, el insulto, la bestialidad que todos nosotros anida. Romper ese pacto hace que peligre la estabilidad, lo cotidiano. No entiendo el porqué, salvo desde la necesidad de reconocimiento y una soberbia intensa. Creo que la fuerza de los seis libros que componen Mi lucha proviene de ese núcleo: la desvergüenza y la soberbia. Una extraña combinación. Sé que yo nunca sería capaz de escribir algo similar, aunque sé que la materia de la escritura, directa o tamizada, es la propia vida. La existencia. No soporto esa desvergüenza y no soy capaz de parar de leer. Tal vez sea verdad, hay un pacto satánico en todo ello.


+ De alguna manera me molesta que el libro de K.O.K. me interese como me interesa. Creo que tiene que ver bastante con la intriga que genera la vida de los demás. Los recovecos que explican comportamientos misteriosos, lugares a los que nunca terminamos de llegar, que colman conversaciones. Ahí está. De eso se trata. Pero no es sano esta curiosidad. He leído algunas críticas y en algún entrecomillado el autor llega a decir que se arrepiente de haber escrito esa larga novela troceada en seis extensos fragmentos. Miles de páginas. El detalle y el dato que se debe ocultar por pudor, por decencia. No está bien. Lo sabemos mientras leemos las cosas de Karl Ove y su familia, sus amigos, sus parejas, sus hijos […] Nosotros sabemos que no está bien, Karl Ove también lo sabe.


+ Otros asuntos: en el trabajo encuentro equilibrio, pero, no pocas veces, siento pena. Me resulta tan evidente el paso del tiempo. No sé si se trata de mi edad. No sé si es la arquitectura, exterior e interior. El Ministerio como un extraño e incomprensible animal gigantesco. Me levanto temprano y bajo el manto de la noche me dirijo hacia allí. Oigo música. Cuanto más sintética, mejor. Una maniobra de alejamiento. No pienso. Trato de no pensar. Soy yo y el profundo negro nocturno, que la lluvia acentúa. En su tristeza, la vida no se detiene.


+ He pensado en la pena y en la tristeza. Camino del trabajo, otra vez, bajo la lluvia, arropado por la oscuridad. La música me vuelve a salvar y yo reflexiono sobre la pena y la tristeza. Una enfermedad que crece en el interior, se expande por el pecho y la respiración se torna dificultosa, no imposible, pero sí una fatiga suave nos acosa. Decía Pessoa que la tristeza era un vicio. Una vez escuché a un cura utilizar esta máxima y no me pareció bien porque no creo que en la voz de Pessoa haya algo moral. Al contrario. 


+ Una cita de Larra: “¿Quién ignora que los goces acaban [con] la vida, y que cada deseo realizado se lleva una porción de nuestra existencia?” No copio la cita completa sino lo que me interesa. Lo tomo de una larga reflexión sobre que es la historia de la literatura, la historia de la literatura española, de Leonardo Romero Tobar. En el libro tiene peso la segunda parte, en el discurrir del día esta primera que copio. Que conste. 


+ Imagen: la ausencia del contexto es su núcleo.

 

sábado, 13 de enero de 2024

Sin indicaciones (14)

 


+ Se unen fragmentos arquitectónicos en un solaparse fotos nuevas sobre fotos viejas. Ventanas, tubería, rejas. Siempre lo mismo y la tendencia es más que un rasgo. No tienen nobleza, son materiales pobres, vulgares, sin interés. El escombro habla desde su elocuente silencio. Fotografío partes que nadie fotografía [sí que hay fotos muy similares, nada es nuevo]. Imágenes pobres. Sin belleza. Atesoro datos sobre el sentido de las porciones de la realidad [cómo si esta fuese una una, solo una y no un torrente de posibilidades inasibles]. Releo lo escrito y vuelvo sobre mi idea de construir una sistemática en mis disparos fotográficos. Sí, hay un sistema. Sin duda. De una manera espontánea se ha ido consolidando y la reflexión sobre el mismo arroja esa idea de lo falto de interés, los recovecos y rincones, la perecedero y lo perdurable. Nada perdura, me digo. El cambio resuelve cualquier pregunta sobre la vida. Todo es cambio, nada permanece. Los aspectos antiestéticos de la realidad guardan en sí posibilidades que el futuro termina por descubrir.


+ En el sentido anterior, recuerdo bares de Madrid a los que iba sin ningún interés y que me gustaban porque representaban cierto genio del lugar, por el paisanaje y porque me sentía cómodo. Eran lo que luego se denominaron bares feos, como epítome de los mismos: El Palentino. Ahora son modernos y ser moderno me parece lo más antiguo. O lo antiguo es moderno. El pasado termina por apreciarse ya que nunca se podrá volver, y esa imposibilidad alimenta la nostalgia en su sentido lato: el deseo de regresar al hogar, al nostos. Pero el hogar ya no existe, se ha hundido en la niebla de los tiempos. Ahora mismo esos bares ya no me interesan y voy a los bordes de la ciudad, y más allá, en busca de lo que no tiene valor. Esa falta de valor y estilo me subyuga, todas las edades son mi edad. [Paseo por la zona de Las Ventas].


+ [Fragmentos]. Devuelvo un libro en la biblioteca y cojo otro. Fin de K. O. Knausgård. No es el primero ni el segundo de sus libros que leo. Hace tiempo de esas lectura. No sé si yo era otro, pero hoy soy el que soy [frase arrogante donde las haya]. Ayer a la noche comencé su lectura sin saber si llegaré a terminar este libro, de su saga de infausto título. El detalle de lo cotidiano sin atisbos de pudor, la exhibición de las heridas familiares, una extraña puesta en escena de una voz narcisista y sorda. Me interesa y siento cierta desazón o antipatía por la voz narradora, que, desde esa minuciosa reconstrucción de lo cotidiano, nunca me deja de parecer una impostura. Lo estudio, estudio los párrafos y los diálogos. Leo muy despacio y la noche me llama a su seno, el sueño. Dejo el libro con esa mezcla de aversión y fascinación. Karl Ove es un seductor, no me cabe la menor duda. Un seductor con éxito literario indiscutible y no por lo que cuenta, sino por la precisión de su prosa, por sus observaciones minuciosas y definitivas, por el fluido retrato de lo cotidiano. Pero hay algo que aborrezco en la persona del narrador [yo nunca confundo escritor y narrador, si hay algo que la filología me ha enseñado es a separar voces, personas y ámbitos]. Entre tanto que no soy arrebatado por los abismos del sueño, leo Finisterre de Miguel Morey. Lo leo con verdadero placer. Apago la luz y, antes de que el sueño me acoja, me pregunto por la inclinación que sufro hacia ambos libros. Lo cifro en la voz, eso que me gusta escuchar y no llegar a entender, un algo que queda en suspenso y resulta netamente literario. Este rasgo inefable siempre me ha parecido que resulta una característica de lo literario, en la que algunos teóricos han incidido. Quizá sea necesaria este margen de indefinición para perfilar espacios de lo real. El dibujo interior se manifiesta en estos intersticios. Aquí queda esta noticia de algunas lecturas actuales, las que siguen a la Navidad, que ya parece tan lejana como lejana es.


+ Para continuar sobre lo mismo: libros que se acumulan en la mesilla de noche y en las estanterías. La lectura tiende al infinito.


+ Acudo a la cita que tengo con mi médico de cabecera. En una parte del despacho hay unas impresiones con frases de Hipócrates. Las leo mientras el médico escruta la pantalla del ordenador. De todas ellas una llama mi atención porque cuestiona la experiencia. Interesante, me digo. Desconfiar de todo, incluso de propia experiencia. El tiempo pasa y, por fin, me dice que se debe hacer una electrocardiograma. Tiene dudas sobre unas curvas, no le sirven las comparativas que aparecen en el expediente. Bien. Me intriga la medicina como práctica. Llega la noche y leo un poco más de lo de Karl Ove. Algo me repugna en el personaje, ese narrador en primera persona que no quiero identificar con el escritor. Recuerdo que debemos poner en cuarentena la experiencia. La lectura también es un práctica, como la medicina, pero la consecuencias son bien distintas. En ello descanso. Un poco de lo de Miguel Morey y la noche me acoge en su seno.


+ Soñé y no recuerdo lo soñado, salvo los escenario. No sé si se trataba de Málaga o Nápoles. El mar estaba allí, en todas su plenitud. Volví a la habitación después de acudir al baño, eran las cuarto y media de la mañana. Contesté un whatsapp y tardé mucho en dormir. Otra vez pensé en si debe cuestionar la experiencia o no se debe cuestionar. Regresé al sueño y no encontré repuesta. Me desperté, desayuné e hice mi ejercicio diario. La mañana fría perfilaba el final de mis pequeñas vacaciones. También la experiencia nos puede engañar.


+ Imagen: espera: [me pregunté por el porqué de haber arrancado la parte delantera de la encuadernación de los libros, abandonarlos sobre la losa de piedra, un banco, a disposición del paseante, me hice preguntas a sabiendas de que no había respuesta y esto era mejor que una fugaz solución].

sábado, 6 de enero de 2024

Sin indicaciones (13)

 

+ Vídeos, noticias, libros. Por este orden. El sábado es el día anterior a fin de año. No intento hacer recuento. Leo y escucho, poco más. La vida se desliza. Sobre la desigualdad y la cuestión que aparece ante ella: está determinada. Mis problemas con el determino lastran avances, pero no puedo soslayar su peso. El peso de una certeza que se refuerza. De Miguel Morey he cogido un libro en la biblioteca: Hotel Finisterre. Me llamo a engaños, tal vez. El discurso está en el centro. Leo y escucho.


+ Llegamos a la frontera con Portugal y tuvimos que desviarnos. Una confusión. No estaba bien indicada el camino y nos encontramos en la calzada errónea. Íbamos a Portugal y las señales nos habían llevado en sentido contrario. Salimos de la autovía y deshicimos el camino, pero no volvimos sobre los pasos. Nos adentramos en Tui y cruzamos las calles. La noche era profunda y todo se vería revestido de una tiniebla húmeda. Del río ascendía una tenue niebla. El puente viejo nos esperaba y aquello tenía algo de vieja película de espías. Los tonos pastel del entramado de vigas que pertenecen a aquella ingeniería del hierro me recordaron tiempos lejanos. No tan lejanos, terminé por decirme en silencio y el aire cinematográfico permanecía: la sombras, las luces de los otros coches, . Paseamos. Vimos relojes en blindados escaparates, cenicientas mercerías, abacerías plenas de golosinas navideñas. Todo un reflejo del paso del tiempo. Recordé hace mil quinientos años cambiar billetes españoles por moneda portuguesa en una de aquellas tienditas. No fue hace tanto pero han pasado, eso, mil quinientos años. Los límites del recuerdo no permiten establecer con precisión las fechas. No había llegado el año dos mil. Los años noventa. Recordé su música y las tendencias artísticas, novelas y películas. Todo fue un infección que el puente viejo, ese hierro pintado de color pastel, me inoculó. Finalmente, merendamos torradas y café con leche. Portugal continuaba allí, para nuestra tranquilidad.


+Conozco algo sobre la muerte. Se trata de un tipo de desvanecimiento que a veces sufro y me vale para establecer un paralelismo. El sueño es una imagen de la muerte. Veo como se aproxima el desvanecimiento y sé que me derrumbaré, pero no reacciono. Confuso, desorientado, débil. Poco a poco, se adueña de mí el cansancio y el sueño. Me desvanezco, al fin. Y sé que eso mismo es la muerte. Nada recuerdo. Una niebla, poco más. Despierto y no hay nada más que el momento antes de caer. La simetría entre el desvanecimiento o el sueño y la muerte es una tópica clásica, yo lo he comprobado muchas veces y le ha restado temor a la muerte. ¿Morir? Un adormecimiento, poco más. Su presencia me acompaña. Podría tratarse de un ataque al corazón, un ictus, un accidente. Un momento, poco más. Y, como también decían los clásicos, no es poca muerte lo ya vivido. Por esto y otras cosas, hoy toca celebrar la vida. Esa construcción diaria. Sin miedo y sin esperanza.


+ He viajado en el metro bajo la égida de Bach. Veía a los otros pasajeros. Su cansancio, la ausencia, el desanimo. Sentí el impulso, me sentí un ángel en la tierra. Una fantasía infantil. En realidad, lo que yo percibía es la caducidad, la inmensidad de la obra del hombre y su insignificancia ante las magnitudes temporales y espaciales. Poca cosa es. La música describió el recorrido. Una misa, una cantata, el fluido fraseo de un teclado. Claves sin cifra. Ellos allí, yo también. Nadie sabe nada de nadie y todos nos acompañamos. Salí a la superficie y la Navidad estaba allí. La música seguía su curso, la perfección, y  era un camino sin rupturas, una continuidad necesaria. Las luces, los escaparates, la felicidad, los mendigos, los árboles, perfumes, relojes y golosinas, rostros, niños, adolescentes, jóvenes, viejos y ancianos, el atuendo y el gesto, multitudes que necesitan saberse reconocidas. Me resisto a incluirme en la corrientes que se debate entre las calles. Cruzo la calle. El semáforo en verde. Recuerdo un poema, recuerdo a un poeta con el que hablé este verano. Todo estaba allí, antes de que yo llegase. Nunca antes lo había visto. Era algo y hermoso, sabedor de su belleza, la mujer que lo acompaña era muy bella. La belleza. Desaparecieron entre la multitud, con sus paquetes de regalos. Volví al metro de la mano de Bach. Nada nuevo. Los rostros, el cansancio, la música. Necesitaba dormir. No es cansancio, es la acedía que me provoca la gran ciudad. Sonreía y el tren arrancó, pronto sería Noche Buena. Me desvanezco, me diluyo en el sueño.


+ Con frecuencia me encuentro con opiniones contrarias a la democracia y a las instituciones, con alabanzas al liberalismo más feroz, mientras aparecen discutibles relatos, al servicio de intereses espurios, sobre la historia reciente. La mayoría de los asuntos públicos no se resuelven, los privados tampoco, con facilidad. Las recetas sencillas son, necesariamente, erróneas o, directamente, mentiras. La complejidad atraviesa cualquier plano de la realidad y ocultarlo es una falsificación. ¿A quién beneficia estas posiciones iliberales? La respuesta resulta de gran ayuda  para comprender un estado de cosas al que nos dirigimos. El triunfo brutal de la barbarie. El objetivo es torcer el voto. Ahí estoy. Trazo una cartografía de sus canales de difusión e intento llegar al sistema de conexiones que establecen en su nada inocente necesidad de adeptos. Medios carísimos y deficitarios y la pregunta por su financiación es la misma que buscar quién es el beneficiario de sus proclamas. No puedo dejar de enfrentar estos intereses a lo que vi en mis viajes en metro hace unos pocos días y pienso cuántos de los que viven en ese estado de sonambulismo se dejan seducir por las retóricas de la extrema derecha. ¿La extrema derecha o el fascismo? Creo que es una realidad todavía en busca de un nombre, mientras no debemos dormir, aunque no sepamos cómo actuar, más allá de nuestro voto. Cae la noche.


+ Como las obras de arte se ven neutralizadas por el paso del tiempo y el relevo de los receptores, así las ideas políticas corren el riesgo de diluirse en lo automatizado. Pienso en lo cotidiano disolvente, el desvanecerse en la rutina.


+ Ha llegado el frío. Los ciclos se cumplen. Un círculo cerrado. Llegará el fin del invierno y la primavera será la misma de siempre. Otros no estarán. La generación de los hombres y de las mujeres que desaparecen y da paso a una nueva. Leo sobre la naturaleza humana. No hay lugar ya para establecer dos dominios, el físico y el moral. Solo es posible la unidad. No hay mente, espíritu o alma, por una parte y por otra el cuerpo, el cerebro. Lo sabía. De otra manera no puede ser, la materia es el sustento del espíritu. Lo uno, una vez más, con la máxima de Heráclito el Oscuro: el carácter es el destino. Se nace con un principio rector que nos acompañará hasta el último suspiro. No hay mérito en ser guapo, tampoco en ser inteligente. ¿Y en la voluntad, en la bondad, en la generosidad? ¿Tiene sentido hablar de mérito y de culpa? 


+ Imagen: Las traseras de los edificios en Valença do Minho. Un apunte rápido en la transición de un año a otro.

sábado, 30 de diciembre de 2023

Psicopompo

+ [Psicopompo: entidad que en las mitologías o religiones tiene el papel de conducir las almas de los difuntos hacia la utratumba, cielo o infierno]. Aquí incluiría el avión, como animal mitológico de nuestro presente, presente que se remonta a los años sesenta del siglo pasado, pues al Boing 737 me refiero. Sea.


+ No sé si Madrid es la ultratumba, pero a veces sí me lo ha parecido. Por ejemplo, cuando subo al metro en las horas punta, tanto a la ida como a la vuelta del trabajo. Los rostros fijos en la pantalla del teléfono, las caras serias, ausentes, una cierta resignación, un cierto desapego. No me hago preguntas. Llevo la música barroca en mis auriculares. La música proviene de una emisora francesa que no tiene ni comentaristas ni publicada, sin tengo una duda consulto la pantalla. Sonaba Bach. Fue entonces cuando me sentí lejano y diferente, se acentuó mi condición de observador, pensé. Sí. De eso se trataba y no lo veía como un rasgo de superioridad, sino que se trataba de una línea paralela, ajena a aquella realidad del commuter. Yo, aunque en apariencia sí, era ajeno a todo aquello. Mi viaje no era de ocio, pero carecía de premuras y urgencias. Pensé en la fotografía, en la pintura, en la descripción de la escena. Pensé en la sociología, en la política o en el urbanismo. Pero no pensé en la religión, pues en ese momento, y a riesgo de equivocarme, me pareció superada. La ultratumba, me dije. No es el infierno en vida, pero tampoco el paraíso. El sentido de la vida no cabe en este vagón. Todo está en suspenso, el no lugar y el no tiempo. La desconexión certifica la realidad cotidiana. Yo no soy nada, no soy nadie. El avión me ha traído hasta aquí y la ciencia ficción es esto: la anulación, la anomia, el cansancio. Pensé en el avión, en mi libreta de notas y en la tarea que debía acometer. La mitología me ayuda a comprender donde estoy, pero no me da respuestas ni soluciones. Tampoco las busco. El convoy de metro sigue su camino hacia el centro.


+ Dentro de ese mundo estaba la Biblioteca Nacional de España. Rimbombante. Maderas nobles, mullidas moquetas, brillantes herrajes de latón o bronce.  Grandes lienzos con escenas históricas, confort, un ruido blanco que invita a la concentración, mullidas butacas, pupitres inclinados, con su luz roja para los recados, con su flexo de perfecta iluminación. Un techo tan alto, una luz mortecina y perfecta. La lectura, las notas, el latido de los tiempos eternos. No estaba solo, conmigo vibraban todos los que fui. La vida convergía en aquellos instantes, en un perfecto equilibrio, el balance entre las ambiciones, las derrotas y los triunfos. Por un momento, todo daba igual, solo contaban aquellos libros, las notas en la libreta que a tal efecto tengo, el bolígrafo, el portaminas, la libreta de los dibujos, con sus tapas rojas. Los ritos cimientan los trabajos y los días. Vale.


+ Los mundos contemplados lo son en función del espectador, del observador. Yo soy el que los crea. Así, cuando compongo un cuadro que nunca se pintará, elijo personajes y descarto posibilidades, estoy en plena construcción de la visión. La visión se acrecentó los días de Madrid porque me vi sumido en una extraña catarata de nervios y expectativas, que terminó por pasarme factura. El orden, la organización y la estructura constituyen la esencia, aunque no sean visibles y yo rompí mis lazos con esa realidad. La realidad de la estructura. Eso fue, y no otra cosa, lo que me derribó. La visión de mí mismo mientras me desmayaba me llevó hasta el núcleo de la muerte. Entendí que me podría haber muerto y el proceso hubiera sido el mismo. Resucité. Vi los rostros de dos hombre trajeados y con corbata que me auxiliaron. Aquel pasillo inmenso y desangelado. Era la vida, otra vez, y yo dormía plácidamente. El sueño es la imagen de la muerte. En ella me encontré sin reflexionar demasiado. Extensa carreteras bordeadas de bosque de coníferas, cabañas en el centro del bosque, jugadores de tenis que se habían retirado a esa inmensidad, la línea clara, poemas que recuerdo, poemas que no olvido, la mano amiga, la voz del jugador de póker, el silencio del bosque, un pájaro que cruza sobre los árboles, un ave de presa, el coche se desliza, siento frío, el frío del invierno. El frío de la muerte. Pero resucité. Vi la plaza de toros, sentí dolor por los animales maltratados, subí la cuesta y era yo otra vez, pero más viejo. La edad se refleja en nuestro rostro, más tarde: en nuestra voz. Me cedieron el asiento en el metro y me hizo gracia, por primera vez me cedieron en el asiento.


+ Ha pasado la mañana con la resolución de gestiones. Papeles, correos electrónicos, errores y enmiendas. Alguna opinión que vuela a la hora del café. Juicios. Una noticia que leo y olvido. Hay una retórica que le da sentido al discurso, es la retórica misma, el fin es el discurso. No me parece mal. No estoy yo para elegir, lo que me dan lo tomo y lo valoro. La justa medida. No mido, observo. Otros miden y yo me alejo. En la primera hora hacía un frío provocado por la humedad. La presiento. Crece y se resolverá en lluvia intensa. La lluvia no me gusta. Es la incomodidad. Si estuviese todo el día en cama, si la única obligación fuese el perezoso placer de la lectura. No es así. Luego el ambiente se templo y había silencio, un silencio confortable. Llegaron noticias del avance de la gripe, que los servicios de urgencia están al límite. Alguien me comentó algo sobre los problemas de los coches eléctricos. Leí una noticia y entendí que el redactor no sabía mucho del tema. Conocer los límites ayuda. Las horas pasaban sin desmayo. Llegó el momento de apagar el ordenador y regresar a casa. Estaba cansado y no había razón. El clima me mata.


+ Ha regresado la lluvia. 


+ Imagen: Recortes, sombras, un reflejo. La tarde de noviembre es luminosa. Vale.

sábado, 23 de diciembre de 2023

Sin indicaciones (12)



+ Quizá en breve regrese a Madrid. O no. En el momento en que esto escribo no es una certeza, sino una posibilidad. Ha resultado imposible no realizar planes en este previo. Una lista de tareas, de trabajos, visitas y paseos esquinados. Cafeterías, calles, caminatas por El Retiro. Papelerías, librerías, tiendas de ropa. Y una reunión, el único motivo del viaje. Si allá llego espero ir a la Biblioteca Nacional, tomar apuntes, intentar entender quién soy. Nada tan agradable. El silencio, la luz tenue, la nobleza de la madera y la moqueta. Los procedimientos y el tarjetón donde se asigna el puesto de lectura. También está la imagen del tren, la lectura en el tren, la observación de los otros pasajeros. Sé la edad que tengo y la veo reflejada en las grandes cristaleras de los vagones. Establezco distancia. Nadie es insustituible, todo es pasajero, la vida es breve y lo obvio es nuestro reflejo en el cristal.


+ Escribo para completar lo que no he dicho o lo que nunca diré. Adivinanzas en las cartas al director del periódico que leo a media mañana, sentencias en los titulares, acompasadas reiteraciones en el malhumor de la camarera. No soy yo el que juzga. La conducta, decía uno que era la medida de las cosas. No lo creo. La palabra conducta no me gusta. Conducir o conducirse. Analizo la etimología y con facilidad llego al verbo latino, a las formaciones que en español da. Aquí lo digo, fuera no. Es un espacio y un tiempo que se adelgazan. La conducta decía mientras olvidaba los hechos que lo llevaron a la cárcel, pero sumido en su soberbia y en la falta, precisamente, de capacidad de conducir el carro que le habían encomendado, que a sí mismo se había encomendado. Recordé a Faetón y todo el despliegue simbólico que conlleva. No es una obra de arte, es la sabiduría, es conocimiento. La hibris y su contrario. Se completan los silencios, aquí, ahora, cuando se lea esto o cuando en el vació intercibernético se deslice su olvido. Como una oración, me digo. Un ejercicio semanal para reducir la distancia entre lo que soy y lo que fui, lo que seré. Sin invocar conductas ni deserciones, lejos del delito.


+ Expreso tres o cuatro ideas y me dan la razón, sin debatir. Entiendo que no tengo razón, sino que me dan la razón. ¿Por qué? Porque mi posición en el tablero ha variado y cuando uno alcanza un punto superior, aunque no elevado, uno se carga de autoridad. Yo lo observo y no me lo creo. Asumo este nuevo rol, pero no me interesa. El interés se centra en los poetas del siglo de oro, hoy. ¿Mañana? No lo sé.


+ Aparecen inconvenientes que dificultan el viaje a Madrid. Tuve dudas, lo vi y ahora no lo veo. Se ha desvanecido, pero puede regresar. Me sonrío y leo la palabra estoicismo, que luego reflexionaré sobre ella. Tenía cierta ilusión en ir, pero tampoco me siento decepcionado. Los ritmos son así y así se pasan las semanas, los meses y los años. Planes que no se concretan, proyectos que fructifican. Todo deriva en lo mismo. Tomo el soneto de Góngora que cite el otro día en otro espacio y recorto el último terceto: “[…] más tú y ello, juntamente, / en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.” Este final del último terceto contiene la idea que ahora me embarga y me pregunto si es algo de ahora mismo o es un algo que se mantiene desde hace mucho tiempo. Esa tendencia a verlo todo desde este prisma de la caducidad. Sí, ese soy yo, el que se sabe mortal, el que se sobrepone a su condición mortal sin rechazar su finitud. En otro es defecto, en mí virtud. Llamo por teléfono. Se abre una posibilidad. Me resulta curioso como me intereso por el viaje. Cómo yo transito, cómo yo soy el que soy, en un alarde de soberbia. Sí, soy el que soy. No he vencido, tampoco pierdo, porque el juego me resulta indiferente en sus resultados y me centro en su evolución, en sus ornamentos, las volutas y los capiteles desnudos, el fuste y la basa. Mientras, suena Solsbury Hill en versión de Erasure.


+ A mi manera soy un clásico. Un exceso del empleo de la primera persona. Pero, ¿podría ser de otra forma cuando se trata de un diario?


+ El tacto de lo moderno me permite entender el pasado. El pasado como el restaurante automático o la perversión de los teléfonos convertidos en terminales de la personalidad. Leer el pasado es entender el presente, al menos en esta lectura reside esa voluntad de alcanzar el imposible y móvil destino de toda comprensión. Música electrónica, aplicaciones para comprar billetes, billetes mediante códigos en la pantalla, libros en línea, los repositorios de los libros digitalizados, el tren como expresión de la velocidad, la velocidad como guarida del desánimo. El desánimo que vibra en las conversaciones, la ilusión de los adolescentes, los bailes, la música de baile, las listas de reproducción, una queja, el precio de los alimentos, el precio del combustible. Hago recuento y bebo café. El café es mi modernidad. Taza de plástico rojo, termo de acero con un vacío que mantiene el calor del café durante horas, la disipada luz del flexo sobre un extremo del tablero que hace las funciones de mesa. Así, este el afán del día: dejar constancia de los elementos de la decoración. Por ejemplo.


+ Término nuevo: “literatura gris”, aquella que es muy difícil de localizar. ¿Qué puede aparecer en esos pozos inmensos?


+ Para finalizar, cierro el círculo: voy a Madrid. Queda pendiente el relato, si tal cosa se da.


+ Imagen: el propio desorden del momento, la propia foto en sí, ambas realidades se entrelazan y me definen. Aquí y ahora, no sé mañana.

sábado, 16 de diciembre de 2023

Los pequeños trabajos


+ He pedido un día de asuntos propios para hacer puente. Llueve. No es extraño, me he acostumbrado. La lluvia como metáfora, tal vez, aunque la prefiero en su desnuda verdad. Niebla, persistente niebla. Rebusco en la web algo sobre Gerardo Diego y creo que lo he encontrado. Los libros se constituyen en caminos por recorrer, que nunca se sabe a donde conducen, pues el recorrido está determinado por el ánimo y la casualidad. No sé si existe la casualidad, me digo cuanto termino de escribir lo anterior. No importa. Soy determinista en un grado muy elevado y estoy dispuesto a cambiar si se me aportan las razones pertinentes. Llueve. Los gatos están disgustados porque la lluvia no les gusta. Yo no necesito mucho, pero con la lectura a no es suficiente. Tengo frío en las manos y escribir no resulta fácil. Sin embargo, no tengo excusa y sonrío: ayer vi un número cómico sobre cuestiones de motivación y el personaje decía que su fuerza es más fuerte que las excusas. Lo sé, yo también digo tonterías similares. Leo sobre la actualidad política y veo que el liberalismo y la extrema derecha van de la mano. Laminaciones de lo público y degradación de las condiciones laborales, la imposibilidad del acceso a la vivienda y la carestía de los alimentos. Es un todo. Lo sé. Llueve. Cuesta abajo. Todo se tambalea. No le doy demasiadas vueltas, sé que está ahí y es difícil evitar la deriva. Llegarán, no lo dudes, me digo y acaricio al Monito, el último en llegar, nuestro querido gatito.


+ Minuciosos trabajos de investigación. Pequeños, irrelevantes, sencillos. Se llega por acumulación, así se concluye una manera de componer que nos resulta extraña. Hoy es extraña. Cada momento posee su tecnología que se solapa con la anterior, que la hace por menos. La lectura atenta de versos y comentarios sobre estos mismos versos es una labor tediosa, pero que termina por resultar agradable. Así pasa la lluviosa tarde del sábado. También la mañana. Simetrías, confluencias, alejadas sendas. Me detengo. Solo el rumor del ruido blanco.


+ Buscaré el lunes lo de Gerardo Diego. 


+ [Sobre un poeta]. Hace menos de un mes lo vi cruzar La Castellana. Pasó a mi lado. Raudo y anciano. Tenía algún problema en su pierna derecha, cojeaba. Lo observé mientras se acercaba a mí. Nos cruzamos en un paso de peatones. Pantalón vaquero, americana y corbata discreta. Recordé sus versos y cuánto me habían gustado. No sabía si sería conveniente volver a leerlos, pero olvidé pronto. Otras tareas me ocupaban. Los afanes del día se distribuían en visitas a alguna biblioteca y clases que me interesaban, pero no me concernían. Madrid era un motivo más para tomar apuntes en la libreta roja, esos dibujos. Lo vi desaparecer en la esquina del Biblioteca Nacional. Ayer, C. y yo, fuimos a Sanxenxo y cogí el periódico con cierta desgana. Artillería vieja y agotada, me dije. Pasé las páginas y lo local era casi universal, podía decir el redactor en su ebriedad de sábado lluvioso. No. Llegué a un crítica del poeta que se cruzó conmigo en La Castellana. Hablaba el crítico del amor y que el amor vencía a la muerte [en fin, a la muerte nadie al vence]. Y el poeta, como todo gran poeta, es un poeta de la forma, no del amor. Qué importa. La página vibró en mis mano como la mariposa que muerte. Reviví el paseo de aquella tarde de noviembre, recordé algún poema y me dije que leería algo en domingo. Domingo es hoy. Leo y me reafirmo en la calidad de la forma, en el endecasílabo, en la elección de la estructura. El amor, una excusa. La verdad, una línea clara que se concreta en la perfección: el amor cortés, el neoplatonismo, Góngora o el Conde de Villamediana. 


+ “Quién ha soñado el Puente de la Espada”, Luis Alberto de Cuenca en La caja de plata. Pues eso.


+ El inventario de los días y las noches da para mucho. Escribo y recuerdo, pienso y recupero los apuntes que he tomado del natural los días anteriores. Una empresa difunta, una empresa que no da de sí. sin pérdidas ni ganancias. 


+ He recogido el segundo tomo de la obra poética completa de Gerardo Diego. Ahora tengo que revisar lo que al Conde de Villamediana se refiere. Tendrá su momento. Leí algo sobre la marcha y me resultó extraño. Una tesis, un profundo y arquitectónico poema. La arquitectura y la enseñanza. Oí cosas sobre el autor que no recuerdo, pero tenían que ver con sus necesidades económicas. Tenía muchos hijos y una manera de ensanchar los ingresos eran las conferencias. Lo sé. Era otro mundo. Cuando C. y yo fuimos a Santander no me acordé de él. Recordé ciertos poemas de José Hierro, ante la bahía y me dolió no tener mejor memoria. Los poemas no son una idea, un tema, son música en sí misma que si no se reproduce al pié de la letra, valga la redundancia, no valen nada. Pero no, no me acorde de Gerardo Diego. Ahora leo alguno de sus poemas y recuerdo Santander. Era primavera y no llovía, habíamos ido desde Oviedo, sin parar, me dolía un brazo, sentía que el Cantábrico no era mar sino tela extensa e indescifrable. Busco en la estantería y encuentro una antología del 27. Leo un poema cualquiera, que no es cualquier poema. “Están todas// También las que se encienden en las noches de moda// Nace del cielo tanto humo/ Que ha oxidado mis ojos// Son sensibles al tacto las estrellas/ No sé escribir a máquina sin ellas// Ellas lo saben todo/ Graduar el mar febril/ Y refrescar mi sangre con su nieva infantil// La noche ha abierto el piano/ Y yo las digo adiós con la mano” (De Manual de espumas). Citar así el poema es romperlo. Lo sé. Quería dejar constancia de cierta materia, de cierta estructura, el peso de las palabras o su liviana existencia. Queda. Vale. 


+ Noticias que llegan desde el otro lado. Una mujer que cae y termina por morir, al día siguiente de la caída. La vida continua. Su marido está muy enfermo y pronto le quitarán un riñón. No tiene relación con sus hijas, le espera una soledad que siempre ha temido. La vida, la vida, alguien dice tras contarme los detalles. Recuerdo su cara y su mal genio. El tiempo todo lo borra.


+ Estos son los pequeños trabajos que ocupan mis días.


+ Imagen: Un viaje en tren, un viaje a Toledo. Una tarde, desde Madrid. Los poemas resuenan.

sábado, 9 de diciembre de 2023

Sin indicaciones (11)


+ Discos duros, memorias portátiles, memorias de estado solido. Ya no hay disquetes. La información ya no tiene una materialidad o, al menos, a eso tiende. Nada resulta palpable. También sucede con la música. El éter ha conquistado el archivo. Dónde están las fotos una vez que el papel ha desaparecido. Los registros son digitales y el papel desaparece, en apariencia. Las vidas también se diluyen en una suerte de anomia. No sé si siempre ha sido así, pero ahora sí, ahora es así. Oigo historias que me dan pena, veo rostros con dolor y llegan canciones que no recordaba, también tristes. Me sobrepongo y recuerdo la frase de Borges: como a todos los hombres, le tocaron tiempos difíciles en los que vivir.


+ No sé si la cita anterior pertenece a Borges. No sería extraño. Y, con todo, qué más da quién lo haya dicho si de lo que se trata de es de iluminar que nunca ha existido una Arcadia por la que sentir nostalgia. Hay incide la fuerza de la frase, en romper con ese testigo entregado por otro corredor, ese falsa certeza: hubo un tiempo en que los animales hablaban y el lobo era bondadoso. No. Nada de eso sucedió nunca. Siempre los tiempos han sido poco propicios y las ilusiones se han desvanecido según uno cumple años y se da cuenta de que todo lo ha visto ya. No es decepción, sino la lectura que se ha corregido y la vida está hay, para ser percibida en una de sus infinitas posibilidades. Pero sin ingenuidad.


+ Voy a una cena con personas que conozco desde hace tiempo, quizá casi veinte años. Una vez al año quedamos. Las conversaciones suelen transitar por los mismos caminos, año tras año. Puedo adivinar cuales son sus afanes y sus incertidumbres. Sin embargo, cuando M. habla de la demencia de su madre y cómo hipotecará su vida siento que hay algo que se rompe. Resulta conmovedor porque casi llora y son lágrimas con un triste fundamento. Tendrá, quizá, que renunciar a una plaza que ha conseguido tras una oposición o una estabilización del empleo público, no sé. Qué decir. Nada. El silencio no asume las consecuencias de tal situación, ni otorga consuelos que no vienen a cuento. La cena está bien y, salvo el ruido reinante, se está cómodo en el gastro-bar (esa palabra). Sin conocer el porqué, M. habla de los últimos días de su padre, de las vicisitudes de las entrevistas con los urólogos. El brillante urólogo que sale en el periódico y que le dijo que su padre era demasiado mayor para ser operado. Eso se lo dijo en la consulta privada, sin más, sin aportar nada. Pagó doscientos euros, porque en la sanidad publica no la recibía y esta era la única forma de hablar con él. Recordé una entrevista en el periódico local con el afamado médico. Recordé su rostro y la defensa de la unión entre la ciencia, la medicina y la inteligencia artificial. Ciencia, pericia, arte. Tampoco dije nada, salvo que el interés mueve voluntades. Quizá debí callarme, porque lo expresado era de una obviedad estúpida. Luego hablamos de educación, redes sociales y la violencia que se percibe, que S. percibe. ¿Como a todos los hombres, le tocaron malos tiempos para vivir? No lo dudo, me afirmo en ello y los misterios del presente serán campos trillados en el futuro. La depresión, la ausencia, la soledad. La medicación, la terapia, el diálogo como receta. Nos despedimos y hacía frío. Regresé a casa caminando y no pensé en nada, salvo en la soledad, como articulación de la vida moderna. Qué sintagma, me dije, la vida moderna.


+ Determinar la autoría de un poema en numerosas ocasiones no es posible y lo que se logra, que no es poco, es un acercamiento a la persona que lo escribió. Establecer este camino no deja de ser elaborar un personaje, construir una ficción. Y la construcción de la ficción no resta verdad a lo proyectado. Leo algo que podría ser de Quevedo o de Villamediana, me inclino por el primero. Leo el poema y Orfeo transita de un punto a otro. La mitología espera el impulso del lector para resucitar. No necesito autor, en este momento; más tarde, sí. Me quedo con los versos, con la investigación, con las alturas posibles e imposibles y rechazo todo aquello que resulta un estorbo: tratar de encontrar una utilidad a la lectura, pues su propia naturaleza expulsa toda pulsión pragmática.


+ Escuché con atención razones geológicas, físicas, químicas. Lo hice con atención, repito, pero me faltaban conocimientos. Me dejé llevar por el sonido de las palabras y la escasa lírica de los gráficos. Entendí la pasión por cuestiones que no me apasionan y entendí que las personas necesitan un algo sólido a lo que asirse. Yo también necesito ese impulso, aunque sea impostado. El que se desliza hacia la ebriedad, el que tiende hacia oración, los dos, buscan lo mismo. Me dije que el olvido es importante y la clase proseguía. Nada más. El cielo estaba muy limpio y, a pesar de ser mediados de noviembre, hacía calor. Hacía calor en Madrid.  


+ Imagen: el largo pasillo de una escuela de ingeniería. La casi total ausencia de personas en las fotos que aquí publico es una constante a analizar, que prefiero en suspenso.

sábado, 2 de diciembre de 2023

Noviembre: Madrid-Pontevedra




+ Una iluminación. Leo su artículo con interés. Su prosa se caracteriza por una extraña sintaxis. No soy capaz de llegar a comprender qué quiere decir. No sé. Quizá simplemente sea ambiguo o tal vez tampoco él sabe hacia donde va el discurso. Es un carácter que estuvo de moda hace diez o quince años y hoy es una señal del pasado. Hoy se ha solidificado, fosilizado. Es complicado escribir todos los días un artículo, no creo en la posibilidad de ser sublime sin interrupción.Un apunte.


+ [Madrid, 2023] He aprendido a callar. No es poca cosa. Escucho y observo. No lo sé, no sé si habría intervenido en esa circunstancia en otra ocasión. Lo duda. Nunca he sido amigo de participar en debates ajenos. En los propios, tampoco. No intervine. Una discusión en el metro en la que nadie tenía razón, bajo el prisma de mi criterio todos estaban equivocados. Una crispación innecesaria, pero dolorosa. Un malestar. La certeza del error. El silencio abre la puerta al conocimiento, aunque no siempre. No me desdigo. Los observo y no alcanzo a comprender sus razones, salvo en desahogo como un rugido, un gruñido o un lamento. La vida en la gran ciudad es desagradable. El desahogo como función especial de la bronca. Sentirse bien y conectarse con lo que fuimos y lo que somos, en la sabana los cazadores entorpecen el paso de las gacelas y, así, se arrojan sobre ellas, las acorralan y descargan flechas y lanzas. Puntas afiladas de sílex. Así bramaba el hombre, con los auriculares en la mano, la mujer se enervaba y replicaba y el hombre no gritaba aunque su mirada era amenazante, mostraba los incisivos. No creo que yo haya aprendido nada que yo ya sabía, salvo certificar intuiciones que se remontan muchos años atrás. Nadie tenía razón y yo he guardado silencio, observé y casi sin escuchar me dejé mecer por el runrún del metro, esa bestia subterránea.


+ W. Bejamin: una difícil escritura y una difícil lectura. Calle de dirección única. La dificultad es algo más que una virtud. Un rasgo, una estela, una pista. Los indicios construyen una visión. En ella estoy. En el tren: dos chicas, una estudia una partitura y la otra lee. Ruido blanco. Recuerdos recientes de Madrid y también de Toledo. Trenes. Cursos. Laboratorios. Las extrañas capacidades que se resuelven en compartimentos estancos; capacidades de mentes superiores. El tren de regreso: Madrid-Pontevedra.


+ [Recupero un texto del pasado, dieciocho de septiembre de 2008_Título: Five]: “El uso despectivo de una palabra: aficionado. Los cuadros sin gusto, carentes de ejecución, caligráficas y fallidas pinceladas. El domingo por la mañana, con su paseo y la culminación de la exposición del pintor de domingo. De todos modos debían de ser las doce  y cuarto y era tarde, aunque no lo parezca, en principio. Una madre, su niña y una amiga. Faldas de tubo y blusas de domingo y oro reciente y esculpido, bolso imitación cocodrilo, negro y grande, algo de fantasía y un poco de mala lengua, la mala lengua de la provincia. Es esa la extraña relación entre el paseante y las figuras del paisaje, oficios, matrimonios, hijos, pensiones, oftalmólogos e internistas, en cada palabra reside el emblema, sólo sonido, sólo significante. El camarero, el abogado, el pastor, el rey, el oficinista, el funcionario y el parado, la mujer que cruza el semáforo en rojo sin mirar, a la carrera [ya no es joven y fue hermosa, todavía hierven pavesas en sus ojos], compulsivos jugadores [por otro lado, como todos los jugadores: tragaperras, siete y media o los billetes marcados y los préstamos, esa esperanza], serias enfermedades y recientes incomodidades. Todo se soporta, todo se aguanta, por un hijo, suspende la voz y comprende mediante su maternidad el mundo, es equiparable. Músicos, pintores y poetas, el domingo por la mañana se citan en las salas de exposiciones y en las terrazas del centro, no importa: tenderos, mesocracia o menestrales con la copa de coñac de la sobremesa siempre en sus manos, el equipo de música y los recuerdos de los viajes en las vitrinas, en las estanterías, en los álbumes, estuches con monedas y la reproducción del avión que allí nos llevó, una tarjeta o un llavero. Músicos, pintores y poetas reclinados en su traje de domingo. Músicos, pintores y poetas que se desvanecen mientras la tarde del jueves muere.”


+ [Sobre lo anterior]Tampoco he cambiado tanto, me digo. Sé que es cierto y, al tiempo, se embosca en el paso del tiempo. Lo que permanece desaparecerá y así se ha de seguir el camino del olvido. Como una profecía.  Antiguos espacios, textos y olvido, se mantienen en el ciberespacio, pero no para siempre. Nada es para siempre. Leo aquella entrada de aquel lejano septiembre y me reconozco. La rescato. Qué me ocurría en aquel momento. Qué divisiones y estructuras ocupaban mis días. Seguro que la incertidumbre era mayor y los reflejos de la culpa me herían como ahora no me hieren. Me desprendido de todo ello, pero me ha costado trabajo. Lo he conseguido, que no es poca cosa. Lo menor ha crecido. Una encuesta, un examen y se eleva un nuevo día. No, no soy el mismo pero soy el mismo. En la paradoja me defino.


+ Collige, virgo, rosas. “[…] en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.” Así se termina el día, hoy. El lunes. El regreso al trabajo, la tarea, la preparación para nuevas tareas. Y se refleja en el huidizo temblor el olvido de los días pasados en Madrid, el reflejo del año que termina, la sucesión cíclica de los días y las noches, las estaciones, los años. Fui a una clases sobre geotecnia y creo que no aprendí nada tangible. La geología no me resulta indiferente, pero los planos eran paralelos. Sin intersecciones con lo práctica nada tenía sentido. La edad es la medida y yo ya me sentía lejos de aquellas pulsiones, de aquellas emocionantes ilusiones. No hay ya ilusiones nuevas, sino que las aquilatadas inclinaciones hoy son rocas endurecidas por los eones, esa medida de los tiempos geológicos. Hay hablo y ahí se debate mi olvido. Ahora, en este preciso momento, cuando el día llega a su fin, otra vez, el soneto de Góngora, de un temprano Góngora: “Mientras por competir con tu cabello” y así.


+ No es humo del cigarro del que habla el poema, sino del humus, allí donde se relaciona con lo humano y con la tierra. Ese manto vegetal, esa tierra negra producto de la putrefacción y el orgánico discurrir de las generaciones. Humo que no se mezcla con el aire, sino con los muertos.


+ [Pontevedra, 2023] A ello, al humus, sumamos el inicio del primer terceto: “plata o víola troncada” [Vale]


+ Imagen: Los pasillos del Reina Sofía, que son huellas que la cámara devuelve como ensayo de proximidad, como aproximación al ejercicio del observador. Una constatación de los laberintos de las soledad, esa soledad elegida del paseante. [Vale].