sábado, 28 de octubre de 2023

Sin indicaciones (9)

+  Los locales de moda. Las tabernas que merecen galardones de las guías. Lo conveniente. Me debato entre opciones y no me decido. Pienso en todos aquellos lugares donde fui feliz y me doy cuenta de que poco puedo decir. Hay una niebla que todo lo cubre. Ayer llovió mucho y la lectura de la prensa me resarció de la melancolía. Leí sobre las valoraciones de bares, cafeterías y pubs. Lugares comunes. La decoración, los productos naturales, los espirituosos bien elegidos, el café, el aroma del café, tan sumamente caro. Me convertido en una persona sin fe. He perdido la fe en la hostelería y eso me ha conducido a disfrutar más. Lo nuclear es el disfrute, nunca el ornamento. No soy el único que ha llegado a esa conclusión. Lo comparto y me siento satisfecho. Locales de moda a los que no voy a ir.


+ Retengo ideas que se vierten en esos vídeos que veo antes de dormir. Es un vicio, lo sé. Sin embargo, contienen una enseñanza sobre la época en que vivimos. La orgía de la mentira, tal vez, la imposición de ideas funestas por sujetos de una formación nula, pero con intenciones malas. Se ha roto algo y la desvergüenza campa a sus anchas, se impone desvergonzadamente la ley de la selva. No sé si en otras épocas era igual, aunque me parece que no, debido a que los medios de difusión de ideas que hoy están a disposición de cualquiera son potentísimos y baratos. Basta un teléfono y una retórica venenosa y efectiva. Uno propone que el acuerdo entre el empresario y el trabajador sea libre, otro que no se paguen impuestos ni cotizaciones sociales y todo ese dinero sea para el trabajador, el de más allá dice que el que no es millonario es porque no quiere. Sois muy quejicas, dice alguno. Yo escucho y pienso en la difusión de los mensajes, en el calado que tendrá en el electorado, en los sinuosos senderos que conducen al desastre. El desastre, el abismo. 


+ Uno se encuentra con autores que tienen interés, pero no tienen éxito, no han tenido éxito. El éxito es un asunto completo en donde el talento no tiene que, necesariamente, porque estar presente. Hay una parte de atractivo personal que pesa mucho. Una suerte de erótica, de sex appeal, que invade toda la persona y le asegura triunfos que se manifiestan más en este don que en el trabajo en sí. Sin embargo, hablaba de autores, de escritores, de poetas, tal vez. Los autores sin éxito me visitan antes de dormir y se quejan de su desgracia y yo les digo que no es una desgracia, sino un rasgo más en el complejo estar de la persona. A ellos les da igual porque lo que desean es el éxito de los otros. Ay, los otros, pero no los habéis conocido, les pregunto. ¿No sabéis que eso que ellos tienen vosotros nunca lo vais a tener? ¿Una vis cómica? No respondo y me entrego a sueño. Sí, eso eso. Como los triunfos de seductor no son explicables desde la racionalidad, desde el análisis de rasgos y elementos [ropa, musculatura, aspecto físico, conversación, artes o picardía], sino de una suma que se manifiesta como un todo, difícil de explicar, imposible de imitar. 


+ Ser un autor sin éxito no implica calidad. El fracaso no es sinónimo de talento, el talento no se refleja, tampoco, en las buenas acciones. Ni siquiera que haya yo planeado una ecuación. Como bien dijo hace tiempo una brillante historiadora del arte mientras bebíamos café y Coca-Cola: me gusta el arte, no me gustan los artistas. Y este resumen se ha convertido en un emblema menor, pero útil. Así soy yo de formalista. Las razones morales en el arte no caben, quedan al margen, la obra persiste sin necesidad del autor. Esto es lo que sucede con la artesanía. Solo el objeto, solo su presencia. Pero hay una relación romántica entre el autor y el receptor, aquellas modas de los álbumes de firmas, con dedicatorias sobre papel inmaculado y levemente ahuesado. Es otra cosa. He terminado La Regenta y veo en su perfección ecos de otro mundo, lejano. Pronto la lectura de muchas obras será compleja. ¿Quién es capaz ya de leer casi setecientas páginas? Y, vaya, todavía es, en cierta medida, un libro cercan y compresible, que no necesita demasiadas [o ningunas] notas a pie de página. Pero, lo dicho, no es sinónimo de talento el fracaso y me pregunto si las consecuencias que la obra de Clarín fue un fracaso para el autor y para su familia. Las consecuencias no son un fracaso literaria, sino que aumentan el interés del estudioso, como un red subterránea capaz de transmitir mensajes variables por descifrar. Cierro la novela y continua la duda, aletea y no me despego de su razón: he visto triunfos que brillan como fracasos.


+ Llueve intensamente. Son las ocho menos cuarto de la mañana y todavía es noche. Una noche intensa. La oscuridad no es un don. La calle es un charol brillante, con puntos de luz que se reflejan en el asfalto y describen amorfos grumos que se esparcen contra las aceras. A los peatones les cuesta caminar y sostener el paraguas, hace viento. El ansia diaria, el trabajo, los afanes. Ecuaciones, contabilidad y prisa. Desde la ventana de la oficina permanezco ante la escena durante un instante, impasible. El vigilante de la rutina. Me retiro y regreso a mi tarea. Hace calor. Es una atmósfera acogedora, confortable  y me detengo para pensar en las novelas que he leído durante los últimos meses. Solo es un momento, una pausa alargada en el trabajo diario, una pausa leve y prescindible. Encuentro un extraño placer en recrearme en la idea de que las novelas son básicamente estructura y sociología. Rechazo la novela como expresión de los sentimientos. La narración es fuerza, la sociología, alma. Es una idea propia de un día lluvioso, deprimente, y me interesa ese retrato de costumbres y no sé si tiene cabida en este mundo de hoy, en el primer cuarto del siglo XXI. Todo ha cambiado tanto. El amor, el sexo, los ritos de seducción, las traiciones y los corsés sociales que ya se han desvanecido. ¿Qué puede retratar ya el novelista? No lo sé y quizá está ahí esta suerte de vida que goza una novela de sentimientos y atmósferas, donde pesan los estados de ánimo y las vaporosas escenas que no conducen a nada más que a resaltar impresiones, sin la arquitectura del entretenimiento. El entretenimiento va por otras vías. ¿Qué contar hoy? ¿Dejar constancia de la nada?


+ La falta de capacidad para anticiparse al futuro se traduce en dolor. Al menos en su caso, me dije. No quiero juzgar, añadí, pero la observación en sí era un juicio moral. Rechazo los juicios morales desde hace tiempo. Debería planificar su futuro, me dije otra vez y sabía que erraba. Mantengo la postura y no me pliego, es mi signo [hoy].


+ Imagen: me encuentro mientras camino a recoger un presupuesto con este taller mecánico vacío. Es el vacío y la aparente ausencia de actividad lo que despierta mi interés. Aquí dejo constancia. Llovía y llovía, nadie levantaba la cabeza, los afanes guiaban los pasos. 

sábado, 21 de octubre de 2023

500 [entradas], lo cotidiano y el no-lugar



+  500 entradas equivalen a 500 semanas, a lo largo de casi diez años. Recuerdo cuando comencé a escribir este diario, porque de otra forma no se le puede denominar. Fue allá por el 2014, de regreso de un viaje a Madrid. Volvía en el avión y pensaba que sería buena idea hacer algo así, algo como esto. Una suerte de taller para, disciplinadamente, anotar a vuela pluma detalles de la vida cotidiana. Creo que salió bien y la prueba es esta, la entrada número 500. Pero, al mismo tiempo, no se debe insistir demasiado en ello y resulta necesario continuar con el trabajo, con la cita, con la obligación que me he impuesto a cambio de nada. ¿A cambio de nada? De acuerdo, no se trata de dinero y una vez que esto queda fuera, lo que se recoge es algo muy valioso, que nos ayuda a sobrellevar los sinsabores de lo cotidiano, traiciones y demás, como decía un grupo allá por los ochenta, cuando éramos muy jóvenes y no sabíamos que éramos, también, eternos. Hoy soy mortal. Mi mortalidad se relaciona con el número quinientos, es todo un logro a lo largo de estos diez años, pero no tiene más valor que el que yo deseo darle, y esto no es estático. Aquí queda, vale.


+ [Regreso a la vida cotidiana, que es lo que se trata: my everyday life].


+ Pronto viajaré a Madrid. Hace ya tres años que no quedamos K. y yo. Ha llegado el momento. Ahora debo esperar un poco más de un mes, no es mucho. Paseos, largos paseos, conversaciones y bares. La ciudad y sus particularidades, esa sociología recreativa. La política. Poco a poco, se aproxima el momento y sabemos que el disfrute está más en la espera que en la consecución. Tal vez era en El Quijote donde se decía que importa más el camino que la posada. Alguna vez lo oí y me pareció bien. Así, oigo citas apócrifas y entiendo esa necesidad que todos tenemos de acudir al argumento de autoridad. Me disipo, me disperso. Madrid está en el horizonte y espero el momento con ilusión. Las ilusiones son necesarias. Soportar la vida, saberse moral, llega el momento de poner en claro el balance. Leo periódicos y retengo datos y anécdotas para cuando llegue el momento. Leo y olvido, pero una huella queda. Todo volverá a ser lo que fue. Estudio el tiempo que me ha tocado vivir y sé que es una tarea compleja de la que nunca llegaré a vislumbrar su solución. Detengo el cronómetro y sé que todo es anécdota, aunque, cómo no, esta también es su fuerza.


+ Vídeos en línea donde se explica la diferencia entre Kronos y Kairós, se cita a Marco Aurelio o a Kierkeegard. Son los mentores en crecimiento personal. Qué bien no ser joven y qué bien no dejarse llevar por esos vientos. Todas estas cosas yo las leí hace tiempo y se han asentado, un proceso de sedimentación que finaliza en su descomposición, su desvanecimiento, el borrado que da paso a la calma, al vacío, a un suerte de ataraxia donde culmina una vida y sus aspiraciones. La conciencia de la muerte es el tema de toda poesía. La épica nos viste de ceremonia distancia, la lírica otorga humanidad, separados de ambas somos nosotros mismos, es decir: la nada de  la que nos elevamos y a la que regresaremos, como barro o humus que somos.


+ Algunos fragmentos de Walter Benjamin, en esta hora, con un sonido de ruido blanco extraído de un avión de pasajeros, turbinas y colchones en la noche que nos acoge. Pienso. Pienso poco. Veo y estudio vídeos en línea que ofrecen consejos de como dirigir la vida. Leo a Benjamin. “En estos momentos, la construcción de la vida se halla mucho más bajo el dominio de hechos que de convicciones.” “Gasolinera”, es el título del fragmento. La convicciones y los hechos, no hay lugar para lo primero y lo segundo no es ya un relato. El fragmento atesora una idea que palpita en mi percepción desde hace tiempo: la imposibilidad de establecer una cartografía de la realidad, porque esta tarea asesina las posibilidades de lo real, lo real como construcción. Por eso no tengo tatuajes, entre otras razones. Hay radica mi rechazo a la identidad, el emboscamiento de la misma. El retratado no se reconoce en el retrato y yo lo veo y descubro aristas y matices que no había percibido y estaban ahí. Lo mismo sucede con las caricaturas. Malas caricaturas que hacen artistas callejeros, pero que, sin embargo, desvelan algo oculto en los rostros. ¿Desvelan, crean o recrean? No hay mucho más.


+ Llueve con intensidad. La intransitividad del verbo refleja muy bien mi estado de ánimo ante la inclemencia meteorológica, una suerte de indiferencia. Un regalo, un don. La indiferencia. Mientras, leo sobre las desgracias que suceden en el mundo o en la provincia, muertes, asesinatos y masacres. Todo permanece inalterable, en apariencia. El cambio lo es todo, pero la lluvia nos sumerge en la melancolía y la reflexión. Mi impasibilidad se embosca, desaparece, muta, se disfraza y ya no es tal. Soy otro. Pienso en los muertos, en esta hora, en los cementerios y en la lluvia que cae sobre el bosque, el que vi esta mañana con S. El árbol caído sobre la calzada, lo apartamos con la ayuda de una machada, pequeña y sin filo. Las ramas rotas eran bellas, las amontoné. Un roble, roto por el viento, su fuerza destronada. Es el inicio del otoño y pienso en los muertos. Mañana S. y yo iremos a visitar a un enfermo. La cosa pinta mal, le digo, cuando comienzan estas intervenciones sin mucho sentido, esta pérdida de peso sin más explicación que la que todos conocemos, el color ceniciento de la piel. Sí. Hablamos de las hijas del enfermo, que no van a visitarlo y él se muere de pena. Con todo lo que ha hecho por ellas. No me sorprendo y llueve. Llueve. 


+ Al enfermo le dieron el alta porque no lo pueden operar, ha bajado muchísimo de peso y eso impide la intervención. He oído cosas esta mañana sobre las hijas, sobre la madre, sobre la idea que tienen de enviarlos a una residencia. Él creo que no durará mucho, ella quizá tampoco, pero sí un poco más. La pena es una enfermedad moral. No reflexiono, describo y en la descripción hay una enseñanza. El tiempo, la cordura, los ahorros, la infancia. Todo ello se convierte en materia de olvido. Una losa, una lápida, un nombre, unas fechas y una cruz. Nos damos al olvido, otros: a la bebida.


+ 500 entradas y casi diez años. No es mucho, no es poco.


+ Imagen: escaleras, otra vez, y la estampa de una pared y la pista de entrada a un parking, podría se cualquier. parking. Imágenes sin relevancia, sin identidad [una otro identidad, tal vez] e intercambiables. Así, celebro las quinientas entradas, en la balsa del no-lugar.

sábado, 14 de octubre de 2023

Sin indicaciones (8)


+ Se ha terminado la convalecencia. Podría prolongarla, pero no quiero. Ha resultado un tiempo provechoso, la lectura y la escritura han estado ahí como siempre han estado, el tiempo se ha ensanchado y me muestra posibilidades insospechadas. La Regenta establece un marco decimonónico que ya no es tal, porque avanza hacia el siglo XX y esa forma de relacionarse se debilita para dar paso a otros usos y maneras, pero lo viejo se resiste a morir. Siempre ha sido así. La muerte de un siglo se prolonga durante un largo tiempo en el siguiente. Este es una idea que me ha acompañado durante la convalecencia, que ya estaba ahí. Lo constato porque la novela y las ideas se unen en un horizonte de expectativas donde el principal actor es el extrañamiento.


+ Tomo prestados libros en la biblioteca. Pido dos libros a dos librerías de lance. Como si tuviese poco con lo que tengo. Es un vicio, no me cabe duda. ¿Cuánto puede leer un hombre, cuánto puede ansiar leer? Cuestiones que no merecen respuesta.


+ He adquirido las actas del simposio internacional celebrado en Oviedo en 1984 bajo el título de “Clarín y La Regenta en su tiempo”; mientras, continuo con la lectura de la novela. Sé que no hay nada que supere el acercamiento a la propia novela, pero sí veo una suerte de oportunidad en acercarme desde la academia a aspectos que me resultan novedosos e iluminadores. Esta iluminación es lo que busco, pero no como un final, sino como inicio. Lo que en otras palabras se podría denominar sugerencia, inspiración, de invitación a la escritura: quizá esta escritura. Recuerdo, así, un viaje que hicimos K. y yo hace cientos de años a Vestuta, a Oviedo. Llegamos por casualidad después de haber estado unos días en Ferrol y decidir coger el Feve sin un destino claro y, por ensalmo, nos encontramos allí, en Oviedo, en las fiestas de San Mateo. No es más que una niebla que se engarza en los recuerdos, distorsiones que la edad hace tomar con precaución. Pero con nitidez regresan las conversaciones sobre La Regenta, sobre la capacidad del autor, la sociología y la prosa, el estamento y su historia, la iglesia, la aristocracia local, la burguesía, y la estampa de la provincia. Me quedé pensativo, ante la catedral y reconocí algo que volvería con la lectura de la novela. No alcanzo a nombrarlo, pero tiene que ver con la eficacia de una estructura, como presentación de una idea, como única vía. Mediante el orden mostramos el desorden. Ahora veo el grupo tomo y regresan aquellos tiempos de la primera juventud. Eran días despreocupados, donde gobernaba la eternidad y La Regenta orlaba el paisaje, el ornamento propio de indigentes y pedantes adolescentes, todavía adolescente. Así me reconozco hoy, pero sin ningún tipo de rencor hacia aquel que fue, muy al contrario. La lectura nos salvó.


+  Poco más, poco menos.


+ Un día festivo que ha transcurrido entre la escritura, la lectura y el estudio de las costumbre y maneras de los gatos. Ninguna de las tres actividades, en principio, parece ni seria ni provechosa. Y por esto mismo es por lo que me interesa. Frente a la híper velocidad que se ha instalado, encuentro en las artes contemplativas un refugio contra el marasmo que nos acosa. Veo una suerte de viaje hacia el interior, un ensueño transitorio. Luego está la vida práctica que desarrollo con total competencia. Es lo mío, saltar de un mundo a otro y que ambos sean compartimentos estancos. Esa capacidad la aprecio ahora, en las puertas de la senectud. Puedo, hábilmente, modular cada impulso y darle el valor que preciso en cada momento, también: el reposo y la contemplación. Ha sido un buen día. Todo se desliza con suave alegría, suavemente fluye.


+ Imagen: Rescato la imagen de un algo a punto de desaparecer y me pregunto: ¿qué no está a punto de desaparecer? Ni soy Tomás de Kempis ni lo deseo. Dejo el ordenador, dejo la cámara y la imagen flota. [En Vigo, cuando se inicia el final del 2023].

sábado, 7 de octubre de 2023

Claves para el inicio del nuevo curso




+ El título de la entrada se relaciona con la línea divisoria que ha supuesto el ingreso hospitalario, la intervención y la posterior y afortunada recuperación. Comienza un nuevo curso, de eso se trata. Simplemente. Leer, escribir, pasear. Poco más. El coche, las caminatas y el agua con gas muy fría y con hielo y limón en las últimas horas de luz, mientras no vemos acogidos por el otoño. Los días se asemejan y eso está bien, me digoy bebo un poco más del bendito café. El propósito para el nuevo curso no es muy distinto al anterior y esa es la clave. Sin embargo, sí creo que se debe insistir en la determinación, en la claridad de objetivos y la perseverancia. Poco más hay. La voluntad como piedra de toque. En fin, no son nuevos propósitos, sino la reiteración de los de años anteriores. El orden delimita este ámbito de tranquila rutina.


+ El orden. La disposición arbitraria de los elementos de trabajo es un retrato en sí. Algo de eso vimos en una exposición que no me aportó nada, a pesar de su innegable pulcritud formal. Con todo, me hizo pensar en los instrumentos de trabajo y su vida, la aproximación a un retrato mediante estos órdenes y selecciones. El fotógrafo, el pintor, el escritor. El médico, el arquitecto, el carpintero. La herramienta es una extensión del cuerpo que caracteriza al que la usa, para terminar siendo una sola unidad. El caso más palpable, el que sobre todos se eleva, es el del instrumentista. Llegado un momento, no se sabe si el violín o el violinista, la guitarra o el guitarras o, en menor medida, debido a su dimensión, el piano o el pianista. Dejo a un lado el aspecto del taller y me centro en la consecución de una agenda, lo diario, la rutina y su fruto. Ay, el orden, me digo en la tarde de inicio del otoño, cuando la luz nos regala los más cinematográficos momentos del año. [No me he librado de la influencia de El espíritu de la colmena, tampoco quiero].


+ He de reflexionar sobre críticas artísticas y críticas de arte, sobre críticos y escritores. ¿Por qué? Leo demasiada prensa y, a veces, me da la impresión que me intoxica. Leo mucho y no recuerdo nada [esto no es cierto, pero entiendo que la impostura en este caso contribuye a una suerte de estado de cosas, en ayuda de tiempos y espacios propicios para una lírica tardía, para un spleen interesado, para tomar una posición o un punto de vista]. No reflexiono y escribo, no reflexiono y leo. Antes de dormir me plantearé si la cultura no es algo político, si está en un estado prístino al margen de cualquier contaminación. Lo dudo y el crítico también lo duda, porque sabe que todo texto es, en su naturaleza, político, pero dice lo contrario porque en realidad su posición está clara y negar el carácter político es afirmar su condición conservadora. La crítica está bien, si no es definitiva.


+ Veo tres documentales, me entra el sueño y apago la luz. Duermo. Me despierto y recuerdo casas en medio del desierto, una modernidad de mediados del siglo pasado. Regreso al sueño y a la mañana siguiente no consigo distinguir entre la narración onírica y los documéntales en sí. El día es claro. Recuerdo aquellas geometrías, las piscinas, los setos, las tumbonas, los cócteles, el bronceado, el desierto, campos de golf, gasolineras art-decó, palmeras y grandes extensiones de césped. Palm Spring. Vi otro documental sobre la arquitectura franquista y me di cuentas que yo ya tenía una idea sobre todo aquello, tantas veces visitado y tantas veces comentado. Yo sabía lo suficiente, quizá más que el que había realizado el documental. Son paseos que K. y yo hicimos durante años. Hay que pensar que el autor del documental era francés y yo me veo enraizado en esas disposiciones delimitadas por paseos y charlas. Está bien. El tercero no lo recuerdo, tampoco hago esfuerzos por recordar. Recordar se relaciona con el corazón. Ay, el corazón. Dormí bien y me desperté despejado. Leí un capítulo entero de La Regenta, el número nueve. Disfruté de la prosa y me supe poseído de una cierta ebriedad que devenía de la arquitectura, la arquitectura del desierto y la arquitectura del franquismo. El sueño las mezcló hasta conseguir la calidad precisa para ser lo que eran, venenos en su justa dosis.


+ [Sobre La Regenta y Fortunata y Jacinta]. No se puede entender la novela decimonónica sin la obligación de entretener y, como derivación de lo anterior, su capacidad de análisis sociológico. Pero, incluso, iría más allá para afirmar que la novela es por antonomasia la novela decimonónica. Quizá sea un tanto vehemente en mi afirmación, pero así lo veo, hoy, al despertarme y leer el capítulo nueve de La Regenta. Se trata de una cuestión de exactitud que se relaciona con un fin, con la finalidad misma de ser fiel a un proyecto. En realidad, cuanto releo la novela, me doy cuenta de que la protagonista de la ciudad no es tanto Ana Ozores como Vetusta misma. Algo que sucede en menor medida con el Madrid de Fortunata y Jacinta. No es esto más que un apunte a primera hora de la mañana, que debería guardar para mí durante un tiempo, pero este cuaderno digital también es una libreta de apuntes que luego deberían pasarse a limpio, cosa que nunca sucede.


+ Laberintos. El lector abre un libro que ha leído hace tiempo y se encuentra con el retrato del que fue. Son fogonazos. Chispas que adelantan un relato. Su relato. La novela es un espero pero también un viaje al pasado. La Regenta me devuelve las lejanas imágenes de un Oporto que conocí con K. hace muchos años. Una presencia que permanece. La novela me permite alejarme del paisaje que hoy en día ofrece esta ciudad. Me gustaría no dar un juicio, sino una aproximación, pero termino por no hacer nada de nada y regresar al libro. El libro en sí. Trabajo me cuentas que las imágenes de otro tiempo no surjan y me interrumpan en el desarrollo de la historia de Ana Ozores, de los otros personajes, de Vetusta, la más auténtica protagonista de la novela, sin desmerecer a la que le da título a la novela, a la obra de arte, como decía el autor. Ahí sigo.


+ “El proceso por el cual se da a las concepciones morales abstractas un contenido histórico específico es un proceso histórico, y además nuestros juicios morales proceden de un marco conceptual que es él mismo creación de la historia” (Carr, 2017: 147). CARR, Edwar Hallet, Qué es la historia, Barcelona, Ariel, 2007.


+ “La técnica se debe olvidar, una vez que se adquirido toca regresar a la espontaneidad, aunque no siempre es posible”. Son consejos que hemos oído y nos parecen grandes tonterías, cosas que nos dijeron y las tomamos en serio. Hoy es distingo. Recuerdo aquellas personas y no son otra cosa que fantasmas en la niebla del olvido. “La memoria es la inteligencia de los tontos”, decía aquel hombre de poblado bigote al tiempo que abrevaba sin cesar cervezas y encendía uno tras otro espesos cigarrillos de tabaco negro. El tiempo ha pasado y en aquel momento eran tontería, ahora son imágenes muy tristes, de desolación, hombres perdidos en su propia selva, enjaulados en la jaula que ellos construyeron. Así recuerdo hoy todo, mientras leo La Regenta, porque, con el tiempo, todo se torna en elementos para reconstruir el pasado y, mediante las novelas o las películas que tanto nos gustaron, elevamos con precisión el tiempo que se fue, las personas que ya no están o aquellos bares que, tal vez, nunca existieron. Hoy no escucho consejos, nunca los di.


+ Indagaciones en torno a La Regenta. Se ve que el libro más que sobre una persona, un  conjunto de persona, versa sobre la totalidad de un pueblo. Hay una sociología que se ve superada por lo literario en el sentido que se puede otorgar al estudio de costumbre que supone la novelística del XIX. Estudio de costumbres, la etiqueta que hay bajo el título de Mme. Bovary.  A través del adulterio se realiza la autopsia social, el análisis del medio y sus contrapesos. Clarín avanza entre la niebla y de la mano de Ana Ozores. Se eleva la ciudad, como una metáfora o una parábola. Vetusta es cualquier ciudad de provincia, esa negra tiniebla que se apostilla en los corazones, el ser y el parecer, la represión y el erotismo. Tormentos silenciosos tras los espesos muros aristocráticos, burgueses, pero también menestrales. La lectura me devuelve ideas que el tiempo no ha borrado, pero sí ha ocultado. Ahora que lo pienso, recupero un tiempo [ya lo dije antes]. Y esta recuperación se ha convertido en la tarea de los últimos meses. La indagación obligada a plantearse la razón misma de la lectura y coligo que es un vicio. Un fetiche o un instrumento.


+ Imagen: la playa en el inicio del otoño. Un algo romántico, un algo de pop de los ochenta, como la costa inglesa. Tal vez. [Ya utilicé las tres imágenes en un estado de WhatsApp, lo que nada quiere decir, salvo la reiteración en sí misma].

sábado, 30 de septiembre de 2023

Un mundo que fue y ya no es

Ya ha pasado la operación y la recuperación resulta satisfactoria. El hospital es una maquinaria precisa. Los médicos, las enfermeras, las auxiliares, el personal de limpieza o el personal de mantenimiento. Yo, un elemento que se procesa. Ha sido todo lo gratificante que resultan los asuntos cuando se desarrollan adecuadamente. Me paro a pensar, recuerdo la imágenes, el sueño que provoca la sedación y la anestesia. Siempre tropiezo con la cuestión de cómo se ha construido un sistema tan preciso, tan eficaz. No lo sé. La pregunta se podría trasladar a otros ámbitos y sé que algún domino del conocimiento, desde la academia o fuera de ella, lo explicará. Pero yo no busco tanto una explicación como dar cuenta de ese resultado de organización colectiva donde todas las piezas son muy importantes o imprescindibles. Me gusta mantenerme en la sorpresa y para mí es un prodigio esta sistemática, esta estructura. Un prodigio, pero no un milagro. En milagros no creo.

+ Ayer, en esta leve recuperación, vi la película de Montxo Armendariz 27 horas. No contaba con ello. Se trata de ver lo que me ofrece la plataforma de Rtve y descartar. Dejo a un lado posibilidades y continuo. Hay un momento en que el título y la caratula de la película aparece en la pantalla. Dudo y recuerdo el momento en que la vi, en que me había gustado mucho. Esto último resulta paralizante. ¿Quién dijo aquello de que no regreses al lugar donde fuiste feliz? Lo tengo presente, pero me adentro en la película. Me atrae el paisaje del Norte, con esos rasgos comunes a Cantabria, Asturias o Galicia. Lo profundo de las montañas de la inmensidad grisácea del mar, las calles húmedas y los bares teñidos de lírica y tristeza, pobres y tristes, tal vez. La película avanza y regresan momentos de mi juventud (1986). Es un ambiente que se ha perdido, que fue y no es, aunque palpite en mi memoria, que he recuperado por ensalmo. ¿Cuándo vi la película en el cine, con quién? Son incógnitas que no tienen una respuesta clara, pero que dan lugar a un desarrollo discreto donde se dan cita lugares y personas, bares, cervezas, cigarrillos y conversaciones. Un mundo que fue y ya no es.

+ He leído críticas sobre la película que vio ayer por la noche [27 horas], unas positivas y otras negativas, también alguna neutra. No me importan mucho. Yo lo sé todo porque lo que me interesa es algo íntimo y excluye esta posición muchas otras, con su importancia, pero lo mío no dejan de ser una redención del tiempo, una reconciliación con el joven que fui y que, ahora, entiendo que no estaba tan equivocado como pensé en otras ocasiones. La sensación es de una agradable impasibilidad ante los acontecimientos. ¿Soy yo el que fui? En algún sentido, sí. En otros, no. Sin embargo, hay algo que se mantiene y que, en términos estoicos, podría decir que es un principio rector que se relaciona con la nobleza, la magnanimidad y un cierto recogimiento, timidez o desinterés por las relaciones sociales. Así soy, me digo ante la pantalla, en la oscuridad. Reconozco a través de esos paisajes que de alguna manera también son míos, como ya dije, aquel que fui, a mis amigos de aquel tiempo, los bares, los cigarrillos […] Recuerdo viajes al final de la tarde en vetusto R-8, el aroma del tabaco y del whisky, la sensación de plenitud y eternidad, las conversaciones y una estilización del gusto, una tendencia, cómo no, al romanticismo y la guitarra eléctrica, como símbolo y como síntoma. Hoy no es ayer, pero ayer no es hoy; hemos cambiado para seguir siendo los mismos y esta reiteración la veo con comulgante simetría en los jóvenes que me cruzo, esos que están en torno a los veinte. Siempre ha sido así, y siempre será. Se termina la película el rostro agonizante de uno de los protagonistas, víctima de una sobredosis, tal vez, es el rostro de aquella prestación. Pareciera que sonaban los Smiths, tal vez, los Smiths: This Charming Man (1984).

+ 27 horas se estrenó en 1986

+ Al siguiente, en la postración de mi convalecencia, ya bien entrada la noche, decido ver otra película. No pensé mucho, pero al poco comenzar a ver Otra ronda me di cuenta que era otra película sobre la ebriedad. Sin embargo, no hablan ambos relatos de lo mismo. En el primero, 27 horas, hay una lírica que traspasa el film y perdura a través de los años, que me interpela directamente a pesar de no haber sido nunca consumidor de heroína. El segundo, con las expectativas que generan conversaciones con personas que se tenía en cuenta su gusto, me decepciona. A pesar de un inicio que me parece muy bueno, de unos interpretes de altura, de una fotografía y una ambientación extraordinaria, la película es una gran mentira o, lo que es peor todavía, un discurso hipócrita que no tiene respeto por la adicción en sí misma. Me llegó a molestar. La relación con el alcohol es complicada y hay una implicación entre él y los personajes que estúpida y poco creíble. Leí críticas y, salvo unas pocas, eran muy elogiosas. No, me dije, es una obra fallida porque se queda en esteticismo prescindibles, en una ensoñación adolescente con el alcohol y no hay profundidad ninguna, que contrasta, para mayor Inri, con el fascinante inicio, que se va desmoronando conforme avanza la película y se transforma en una suerte de gincana etílica sin ninguna lírica, sin épica, sin interés. Se resuelve toco con un pequeño drama fúnebre, reconciliaciones amorosas y un aquelarre alcohólico desagradable, molesto, falso. Mads Mikkelsen me encantó, pero esa es otra historia

+ Paul Weller tocó en Vigo y puede haber asistido y no asistí. No me enteré del cambio de sala. No fui y no me preocupa. Me río. Durante tiempo era una deuda y decía yo que era el único concierto eléctrico al que asistiría. No es necesario. Y lo que pesa es, precisamente, el rechazo a convertir en un drama la pérdida de tan brillante y memorable concierto. Relativizar, quitar importancia, centrarse en lo nuclear, no hay otra. Entiendo que hay una lección, pero no deseo indagar, investigar en la posibilidad de una conseja. Sin moraleja.

+ Vuelvo a leer la frase que da título a la entrada y entiendo que así es. Un rasgo principal de la vida es el cambio. ¿Un rasgo o el rasgo? No es un algo en un amplio conjunto, sino una vía para entender lo que nos sucede y no que no llega a ocurrir. El cambio todo lo articula y todo lo desmota. Un día somos hijos y otro padres. De alumno a profesor. Asalariados, parados, novios, marido, viudas o divorciados. La sensación de quietud no es otra cosa que eso: una sensación. Veo el fallido debate de investidura y son los asuntos del candidato los pilares de una voluntad que los sostiene, podríamos llamarlo soberbia o impericia. Cambia el paso que le marcaron, los augurios ahora son funestos. Cambio y transformación. Dejo el debate y vuelvo sobre los libros.

+ La Regenta como penetración en la realidad de la provincia, de todas las provincias.

+ ¿Debería ver otra película de Thomas Vinterberg? El problema reside en que el cine me interesa de una manera tangencial. Mis intereses son otros. La lectura. La escritura, esta escritura y otras escrituras. Los humildes dibujos coloreados de mis libretas rojas. Si veo cine estos días es porque estoy convaleciente, de otra manera no hubiera visto ninguna película. Lo dejo y sé que no investigaré y así se constituye mi opción en una muy poco fundada opinión. Sin embargo, no se trata de esto, ni de aquello, sino de dar cuenta de los días, los placer, trabajos y descansos.

+ Leo algún suelto sobre el alcoholismo en las sociedades nórdicas. Son cuestiones sabidas, me digo y continuo. Elevado consumo de antidepresivos, soledad, individualismo, autosuficiencia, altas tasas de suicidio. Yo no sé mucho. Hace años conocimos a un enfermero noruego. Tenía una piso en Bergen, una cabaña en un fiordo y frente a ella, una barca muy bonita en un bonito embarcadero de madera. Nos enseñó fotos. Las fotos eran hermosas, una fotos que parecían trascender el disparo del aficionado o la foto meramente documental. Lo acogimos en el grupo sin preguntar demasiado, entre risas. Pasadas unas horas, se acercó a mí y me dijo que me quería preguntar algo. Me dijo si yo sabía cómo se podía convalidar su título para ejercer en España, si era muy difícil trabajar aquí. Por aquellos tiempo, allí cobraba, al cambio, cerca de cinco mil euros. Ayer, la enfermera que me atendió, me dijo que cada día trabajaba en sitio distinto. Me acordé del enfermero noruego, pensé en la felicidad, lo material y lo social. El dolor impidió el curso de mi pensamiento.

+  Cuatro pilares: el ejercicio, la alimentación, el sueño y la tranquilidad [= ausencia de angustia y estrés]. Lo anoto. Valdría esto, que es muy cierto, para fundar una secta que se proclamaría desde YouTube, por ejemplo. No. 

+ El tres es el número mágico. Ayer vi la tercera película, El espíritu de la colmena. Me volvió a conmover. Ana Torrent y yo nacimos en el mismo año. Veo la película y regreso a la infancia. Han sido días de regresos al pasado, de un retorno a lo que creemos, en este momento, haber sido y tal vez sí, tal vez fuimos esos que ahora pensamos. La fina niebla que se levanta entre la vigilia y el sueño me otorgó la estampa de la infancia y la adolescencia y me dije: tampoco está mal. [Fuera queda Otra ronda, pero el contraste es siempre necesario].

+ Imagen: el disparo fortuito encierra una enseñanza: quien hace la foto es la cámara, no el fotógrafo. Con otra técnica esto sería imposible: ¿una novela fortuita, una sinfonía, un soneto, una película? Pero en lugar de ser algo negativo, yo lo prefiero en su grandeza. Así, en esta imagen se contiene el momento especial: verano, regreso en tren, a punto de bajar en la estación y un aroma a juventud que perdura. Más allá de la foto, simple y fungible, sencilla y eterna.

sábado, 23 de septiembre de 2023

Nuevas vías

 

+ Llega la lluvia. Me despierto a las cinco y media de la madrugada y la lluvia está ahí, rítmica y persistente. La lluvia crea una metáfora que no soy capaz de desentrañar y regreso a la cama, vuelvo a dormir y el sueño es agradable aunque no recuerde nada [el resultado ideal]. Los días se van y llegan las noches, un tránsito suave, grácil. Un tránsito que se asemeja bastante a la felicidad y esta palabra en sí no me gusta, pero acierta. La despreocupación cristaliza y la operación está próxima. Un estado de cosas que me permite detenerme durante un momento y rendir pleitesía al dios del momento, soy yo y mi dios lar. Mi dios lar, me digo y recuerdo una clase de una profesora de historia que nos hablaba de esos dioses particulares que los romanos tenían en sus casas para uso y disfrute. Llueve. No despierto hasta las ocho, que para mí es lo contrario a madrugar [una perspectiva arbitraria, finalmente]. No interpretaré los sueños, no leeré la palma de mi mano, tampoco echaré las cartas. No me hacen falta muletas para caminar, ni para interpretar, si de eso se trata, la vida, mi vida.


+ Nuevas vías que se abren al contacto con personas con las que hablamos a diario. Basta prestar atención a sus palabras y a sus gestos, detenidos en el pasmo de un breve instante. La fracción de tiempo es minúscula, pero suficiente. La paternidad, el control de las emociones, la responsabilidad en el trabajo, el amor, la amistad, la buena cocina, una sobremesa, los licores, el futbol, los padres, que ya son mayores, la imagen de la infancia y de la juventud en una conversación pausada, en la hora del café, la niña, que crece, el niño, que hace deporte, lecturas, los periódicos, los amigos, los conocidos, los compañeros de trabajo. Hablamos y las palabras parecen no costar nada y nos equivocamos. Una estela de éxitos y fracasos termina por no ser nada, mientras se diluye. Eso entiendo en la hora del café y de sus conversaciones. Todo lo he oído previamente y esto es un síntoma. La vejez no es otra cosa que un olvido larvado desde la juventud; ahora, que cobra sentido, lo ensalzo. Nuevas vías, tal vez.


+ El gusto nos da una forma de acercamiento a las personas, quizá, y mal está decirlo, un principio de clasificación. Observo las filias y las fobias y todo ello se dirige a crear compartimentos estancos, a distinguirse del otro o a unirse a personas mediante esta suerte de milicia. Lo que me gusta soy yo y lo que me disgusta son ellos. No son baladíes las preferencias, lejos de la frivolidad tienen un punto nuclear en el discurrir del día, de la vida. La vida es poca cosa, a veces, por ello se debe cargar de sentido y estas elecciones no tienen otra función que esa: la subordinación de lo posible a lo necesario.


+ He tomado una decisión. La decisión tiene su origen en el viaje que hicimos C. y yo a Asturias en abril. Llegué a la ciudad y sentí aquello de "La heroica ciudad dormía la siesta”, leí al respecto y elegí para la estancia hospitalaria La Regenta. Ahora ha llegado el momento. Sí. ¿Dudé? Sí. Ahora debo establecer una segunda lectura. Lo haré espontáneamente, pero no tiene tanta importancia. Ha llegado el esperado momento.


+ ¿Necesariamente esta entrada es breve?


+ Imagen: Muros como expresión plástica de una idea de pintura, la fotografía logra atrapar viejos anhelos de creación y aristocracia. Había un error, en el muro no lo hay. Es el tiempo el que triunfa, en su tamiz.

sábado, 16 de septiembre de 2023

Sin indicaciones (7)

 

+ Leo Marinero en tierra y leo La arboleda perdida, una vieja edición de los años setenta. Ambos libros los he comprado en una web de libros de segunda mano. Durante el fin de semana me he dedicado a sumergirme en ese universo que construye Alberti. Resulta próximo, cerrado y vívido. La vitalidad transmitida me inunda y, luego, pienso y reflexiono y sé que la figura del autor no la conozco tanto. Esta primera etapa me conmueve y la siento cercana. ¿Deberé indagar hasta romper esta magia? Con otros autores me ha sucedido. Indagar demasiado en un escritor puede llevar a un rechazo de su obra que no se justifica, salvo por razones morales y, ya sabemos, en literatura las razones morales están de más. Un libro es un objeto, un artefacto que se cierra sobres sí mismo. Qué útil me resulta en este momento la postulada muerte del autor, y así lo tomo: un índice más en el conjunto del artefacto: un paratexto. A nadie quiero escandalizar, salvo utilizar las herramientas que a mi disposición tengo. 


+ “Bendita rutina, quien la denosta es un necio”. 


+ Pierdo el tiempo en extrañas cosas. Entrenadores personales que citan apócrifos de Marco Aurelio. Tatuadores que explican el porqué cubrir de negro uno de sus brazos. Fundiciones indues que fabrican sartenes o crucifijos. Lo sé. Es una pérdida de tiempo y describe nuestro mundo, ese presente del que me veo alejado, cada vez más, mientras me hundo el vicio de la lectura. Otra pérdida de tiempo. ¿Seguro? No lo creo.


+ En breve me operaré y trato de pensar en qué libros me llevaré para mi estancia en el hospital, que será, al menos, de tres días. Es una elección que me gusta hacerla con cuidado. Hay un libro que sé que voy a llevar: La Regenta, estaba planificado desde hace tiempo. Sin embargo, no es suficiente y debo llevar algún refuerzo, pero tampoco puedo excederme. El límite está en tres libros, contando la obra maestra de Clarín. Dos libros. ¿Poesía, ensayo o, quizá, otra novela? La elección es importante. Puede, no lo sé, que llevé Las armas y las letras de Trapiello, porque el tema me interesa mucho y deseo indagar en ciertos aspectos de biografía y la imagen autoría de Alberti. Bien, es una posibilidad. Hay ciertas cosas de Bourdieu que podrían incluirse en esa dupla, pero, lo sé, hay una posibilidad de abandono muy grande, ya que la concentración necesaria, aunque no imposible, se me asemeja muy difícil. Dicho esto, ¿algo de poesía, un libro extenso y complejo, en la línea de las Soledades gongorinas? No me preocupa y me satisface esta movilidad de las lecturas, un regalo de los dioses, el regalo que mis padres me inocularon en la infancia. Hasta aquí. Mi yo lector se conmueve y se emociona, su vida se sobrepone a casi cualquier aspecto vital, incluso a la enfermedad, al defecto que los doctores deben solucionar. Mi objetivo, la lectura en la postración del hospital.


+ Declaraciones que no son otra cosa que la manifestación de la identidad. Mostrar preferencias, disgustos o indiferencia tratan de ofrecer un retrato de lo que se desea que los demás, yo en este caso, vean en la persona que habla. No me puedo sustraer a toda esas suma de rasgos. La entonación, las manos, los ojos, inflexiones, dudas y certezas, sonrisas y el fruncimiento de los párpados. Así, estudio a la persona sin más objetivo que encontrar algo que me indique que sí, es un personaje válido para esa novela que no escribiré. Diálogos y silencios, suficiente.


+ Hay laberintos administrativos de los que puedo intuir su funcionamiento. Cada vez que indago en ellos no dejo de sentir una suerte de estremecimiento. La desprotección del ciudadano ante la máquina que controla y gestiona sus asuntos, muchas veces de vital importancia, es tan abstracta como fría, a pesar de estar integrada por personas que llevan una vida ordinaria de ilusiones, hijos y deudas saldadas. No se trata de apariencia, de sino de la dura realidad: inamovible y lejana, incomprensible y sorda, también muda. Esos laberintos que trato de explicar y no lo consigo ocultan el proceso y eso, aunque no creo que se espontáneo, sí son efectivos. 


+ Imagen: Vacío.

sábado, 9 de septiembre de 2023

Una enfermedad


+ Comienza el mes de septiembre y no puedo menos que admirar la luz con que nos recibe. Anochece sobre la Ría de Vigo, escuchamos algo parecido a música electrónica y apreciamos con satisfacción la lavada luz que recorta con precisión las siluetas de los edificios, matiza y acentúa los pilotos de los coches y los rojos y verdes de los semáforos. Hay poesía. Hay lírica en el momento presente. C. y yo estamos de acuerdo. Hablamos sobre la poesía, sobre como después del arte viene el arte del negocio, como no se puede separar el autor de su figura, que la formación de una obra tiene muchas caras y cada faceta de ese prisma nos da una explicación, y que ni siquiera la suma de explicaciones agota las posibilidades de lectura. Podremos entender que el gusto es algo elitista, pero es impermanente. Nada permanece y la constante es el cambio, ese agotarse en las nuevas lecturas que van erosionando lo que un día se dijo, lo que otro día se ocultó. La tarde fue grata y la noche propicia. Hablamos, una vez más, en nuestro regreso de personas que conocimos, de traiciones y adhesiones, olvidos y manías, como los libros, las personas se prestan, en el recuerdo, a lecturas multiformes, que se establecen como verdaderas, pero, también, terminan por sumergirse en el olvido o en la confusión. Ayer era sábado, hoy es domingo. El mes de septiembre, el mes más hermoso, está en marcha.


+ Una colección de poesía que he construido en función del amontonamiento. Compro en una librería en línea un viejo tomo de Alberti, Marinero en tierra. Me cuesta dos euros setenta y un euro cincuenta los gastos de envío. No sé cuando llegará. Leeré el poemario completo, tal vez. Hay en él dos libros más. A bote pronto, El alba del alhelí, el primer libro de Alberti. Todo viene a raíz del libro que ha publicado su viuda. Recortes de prensa. Polémicas y enfrentamientos de los que nada sé y nada quiero saber. Me interesa la lectura, por añadidura, todo la que rodea, pero sé que hay ocasiones en las que establecer un compartimento estanco es muy necesario, imprescindibles.


+  Una cierta abulia, una acedía desagradable me paraliza. He leído una páginas y no he sido capaz de concentrarme, intentó hacer un breve resumen mental y fallo, recuerdo alguna idea suelta, pero el grueso del argumento desaparece. Un martillo continúa rompiendo una gran roca para abrir una calle, los golpes se meten en mi cabeza. Consigo dormir la siesta. Es un sueño profundo y agradable, trufado con esos extraños sueños que últimamente me asaltan, creo que se deben a una suerte de estado de inquietud, de necesidad de ajustar cuentas con el pasado, aunque no sé de qué manera ni el porqué. Me levanto y me decido a ir a la bicicleta. Intercambio unos mensajes de whats con K., asuntos sobre Italia, sobre el contraste entre España e Italia, resulta agradable. Recuerdo que en el trabajo se bloqueó mi cuenta y no pude pasar a limpio los datos que durante la mañana estuve recolectando, es un pequeño desastre sin consecuencias, pero me desconcertara. Hace calor y amenaza lluvia, pienso en si en el trópico será así, aunque más acusado. Seguro que no, seguro que me equivoco. Debo escribir y no lo hago [esto no es escribir, sino es la particular cita con el diario, con el blog]. La pereza se apodera de mí y no es un placer, tampoco un pecado. Es una enfermedad.


+ Espero por mi operación. Todavía no sé nada. Aprendo a convivir con la espera. Hago una pausa y todo queda en suspenso. Soy yo el que espera, soy yo el que hace una pausa. Todo muy zen, pero el vacío y la irrelevancia permanecen ahí. No voy a luchar contra molinos de viento. Sé quién soy. 


+ La radio penetra en el inicio del día delicadamente. No ha amanecido todavía y escucho noticias en francés, por practicar el idioma. Mientras, a lo lejos, los primeros rayos de sol comienzan a dibujarse. En realidad, según pasan los días, resulta más evidente que los días han menguado. Escucho esas noticias de asuntos que ni me van ni me vienen, pero que despiertan mi interés, por ejemplo: un sociólogo explica como la alta velocidad ferroviaria ha conectado París con ciudades medias y pequeñas y esta conexión ha llevado a ciertos camellos a instalarse en sus periferias, no se hacen notar pero están allí, como una prolongación de sus negocios en las “banlieues”. No importa, me digo y cambio a la emisora de música pop o música electrónica, que ornamentan el día con una magnificencia inesperada. Comenzará el día y el día se parecerá al de ayer, alguien podría repudiar esta reiteración,  pero a mí me agrada, me gusta.


+ Me dijo que como su yerno era psicólogo le tenía un poco de miedo, como si pudiese leerle el pensamiento. No le dije nada. Quedó pensativo. Le dije que no era posible que le leyese el pensamiento, que eso no tenía sentido. Fumó y guardó silencio. Su yerno era un estúpido que le gustaba mirar a la gente por encima del hombro, nada más. Se dejaba acosar, su hija no decía nada. Historias que escuchas y, al contacto con el aire, se inflaman y desaparecen, quedando una silueta ininteligilble.


+ Imagen: la escalera, las sombras, el rumor y la vibración de la enfermedad, en ello pienso.

sábado, 2 de septiembre de 2023

Los asuntos, el embobamiento y sus efectos


 + Me reservo el nombre del poeta, muy apreciado y laureado. ¿Por qué me lo reservo? No doy su nombre porque acepto mi equivocación, de partida, incluso. Ello se puede traducir en que el juicio sobre la literatura es pantanoso e inestable. El asunto es que, una vez más, le doy una oportunidad y abro su antología. Inicio la lectura con los versos de juventud, avanzo y llego a las última creaciones. Reconozco una capacidad y un acabado impecable, pero, a mí, los poemas nada me dicen. Cierro el libro y regreso a otros, que tampoco voy a citar. Veo un reflejo de vida que antes no encontré. ¿Llega con nombrar el amor para sentir su fuerza, la potencia transformadora que se imprime sobre lo vital? ¿Es suficiente nombrar? Creo que no. Hay un poso que se relaciona con incapacidades, dudas y deudas morales que debe ser acometido y esta tarea no deja de ser una conexión entre la sensibilidad del autor y la sensibilidad del lector. Yo estoy en el bando del receptor y en su soberanía me erijo como rey y mendigo.

+ La presencia o la ausencia de una figura en un repertorio [en un corpus] puede indicar muchos asuntos, asuntos que están por esclarecer. Cuando algo de importancia se oculta, se convierte en un rasgo que define y autoriza una investigación sobre ese emboscamiento. Me remito a mis vacaciones y a los asuntos que me he propuesto a cometer. Presencias y ausencias, poco más, ese es el límite. 


+ Tomo de un estante Historia de un abrigo de Soledad Puértolas. Ayer C. y yo estuvimos hablando del libro y de la autora. El libro lo compré por una cantidad ridícula en una tienda de empeños, no creo que llegase a los dos euros. Tiene su lírica esta compra, porque, como el abrigo, el libro vive por sí. Su biografía de librerías, estanterías y tiendas de empeño, anhelos, tiempo de ocio, tiempo de reflexión. Ay, los objetos, cuánto dicen de nosotros en su silencio y en su presencia. Dejo el libro sobre el sofá donde leo, junto a dos tomos de poesía, de los que hablé antes, sin nombrar a los autores. La vida del lector es una vida muy silenciosa y solitaria, este acomodo retrata los días desde un prisma distinto, gobernado por la etérea dimensión de lo imaginado. Hoy leeré algunas páginas y, tal vez, me sienta atrapado por el planteamiento, que recuerdo a la perfección: ese dibujo tan preciso y lírico de lo cotidiano, tal vez: comience y no sea capaz de dejar el libro a un lado. El trabajo del lector no es un trabajo y eso lo redime de tantas cosas que hemos olvidado, un olvido por conveniencia.


+ Un ligero dolor de cabeza, que termina por remediar medio gramo de paracetamol, me hace sentir mi cuerpo como una realidad objetiva, el dolor se convierte en un catalizador de lo cotidiano. Una vez superado este dolor, permanece una sorda sensación de decaimiento. La recapitulación del día resulta exigua. He leído dos capítulos del libro de S.  Puértolas y me dejo llevar por la sensación de irrealidad que transmite dentro del desarrollo de las rutinas. El ritmo lo es todo, me digo y cierro el libro. En la parte posterior aparecen los dos precios: el de la casa del libro: 15,00 €, el de la tienda de empeños: 3,50€ [había pensado que el segundo precio era inferior y he comprado que estaba equivocado]. Vuelvo sobre la idea que los objetos tienen vida propia, no resulta del todo orgánica su vida pero se aproxima. Los lectores de este libro no se terminan con mi propia lectura, sino que hay un vector que lanza hacia el futuro la novela. No se trata de adivinar, sino de las certezas que ofrecen los indicios difusos. Reflexiono un poco más, en silencio. Con los mismos datos se pueden establecer discursos diferentes y no ser, necesariamente, ninguno de ellos, erróneo ni tampoco opuestos. Así, lo que yo aventuro vale, pero también su contrario. Me gusta el libro, concluyo tras el excurso, me gusta su estructura y el tono, el ritmo. Lo sé, es un don y el don se refleja en el libro mismo. Me pregunto si hubo una planificación y sé que esto es indiferente, porque en el sistema emisora-receptor cuenta el efecto, este momento: mi lectura, y el efecto funciona. Otras vendrán y se sedimentará todas esas ideas en una suerte de espíritu de época y el libro ya solo es eso: pasado, historia de la literatura, materia de estudio, pero también un artefacto dispuesto a funcionar mediante una lectura que se traduce en mirada. 


+ Estoy de vacaciones, toda la semana, termino por colegir. 


+ “Poëta non vulgaris venae”, apunta Nicolás Antonio sobre el Conde de Villamediana en su Bibliotheca hispana nova (1672). Un poeta en una vena no vulgar. Pienso en lo que abarcan los términos vulgar y  no vulgar. Se contrapone lo popular al buen gusto con el objetivo de establecer un sistema selectivo, un artefacto de distanciamiento. Lo vulgar se desprende de lo conveniente y se aparta hacia lugares alejados. Pero desde que se produce una democratización educativa y lectora esta sentencia carece de sentido. Quizá su sentido se ciña al momento, en tanto en cuanto contexto, pero sin ir más allá. Sin embargo, la distancia no ha desaparecido, se ha transformado. Hay otras forma culturales de alejar al vulgo, de mantenerlo a raya. Y esta es la razón de una cierta estilización de formas más o menos efectista y fría. Fría, una forma fría. Solo forma, solo efecto. Me alejo y dejo los libros, acaricio a la gata y todo se ilumina. 


+ Con agrado he leído algunas páginas más del libro de Soledad Puértolas.


+ Me tumbo en el sofá para continuar con la lectura y es imposible. Logro avanzar unas cuantas páginas, pero no es suficiente. El ruido impide que me concentre. Es un ruido constante, percutivo, asolador. Me afecta físicamente y no me gusta el efecto que causa, me pone nervioso. De vez en cuando pasa un coche y el amortiguado y sordo ritmo del motor me consuela. No sé, si tuviera talento escribiría un poema. Los mimbres están ahí.


+ La vida de los famosos es extraña. Todas sus vidas tienen algo de ejemplar, aunque en el relato esto no haya sido buscado. Sus bodas, los decorados de su felicidad, la atmósfera de sus desgracias, todo ello se suma y muestra un mundo donde la moraleja es la salsa que hierve y tonifica los rostros, los vehículos y el avance de la historia. La pantalla del teléfono arroja noticias, rostros y sonidos confusos, todo ello es extraño. Basta quebrar un poco los automatismos para ver como el sentido viene dado por la narración misma, por ese encajar piezas y recursos, con la apariencia de lo fluido, como si no hubiese un narrador. Y me pregunto: ¿quién establece la estructura del relato de la vida de los famosos?


+ Vacaciones en la última semana de agosto para recluirse a leer y en la fallida escritura. Espero, antes de que termine la semana, poner remedio a esto último.


+ Me he enganchado sin remedio a la novela de Soledad Puértolas. Poco a poco, he ido cayendo en la novela, sin remedio, como en una suerte de ebriedad. Es la segunda vez que la leo, recuerdo algunas cosas, pero consigo dejar que una suerte de intriga subterránea de la narración se imponga. Aprendo cosas. Cosas sobre mí, sobre las las cosas que me interesan, sobre lo que he olvidado, sobre lo que me ha traído hasta aquí. Por ejemplo hay ciertas maneras de percibir la realidad que me subyugan, apreciaciones que vienen de lejanos anhelos y que yo he sentido en su momento: la humedad que se destila en una ciudad extraña y que la configura, las conversaciones con otros hombres, observar a la gente como camina por calle, su atuendo y sus afanes, el amor, la amistad, una conversación en un bar madrileño a media tarde, en octubre, un teléfono móvil o un ordenador portátil, las esperas en los aeropuertos, la soledad en una estación de tren, la soledad del avión cuando uno se aproxima al destino y se sabe solo. Solo. Al tiempo, reconozco que toda esta forma de ver no deja de ser una forma de ver burguesa, netamente burguesa. Es la narración de alguien que pertenece a una clase social media alta. Y eso no es malo, tampoco bueno; es la realidad de la escritora y desde donde ella observa la vida. Su mundo. Un poco el mío, un mundo un tanto desgastado, una melancolía que recuerda citas de Pessoa, que recuerda poemas leídos en la adolescencia y que mantienen su fuerza. Así, uno la Historia de un abrigo con la lectura de Pierre Bourdieu. Pero, qué bien lo sé, restringir la lectura de una novela a la sociología es asesinarla un poco. Hoy no vulneraré este principio, mañana: no lo sé. 


+ Lo sé, tengo suerte, he tenido suerte de llegar hasta aquí.


+ Leí algunas críticas espontáneas sobre la novela recién terminada y estaba de acuerdo con sus juicios, aunque no me pareciesen relevantes. Nada de lo expresado tenía importancia, obvias apreciaciones sin más peso que la tendencia a determinar la fórmula de planteamiento, nudo y desenlace como posibilidad única. Y está bien, pero lo literario va mucho más allá. Sí, se puede acertar y que el acierto no tenga interés alguno. Recuerdo leer una novela muy construida que al terminarla me quedé como estaba, impasible; se podía decir que no había aprendido nada, pero no sería justo, porque sí aprendí cosas pero no me conmovió en absoluto. Las obras de arte tienen  en sus imperfecciones recónditos valores que conectan mágicamente con el receptor, el lector, el espectador. En el caso de la Historia de un abrigo, la levedad de la prosa, la acumulación de historias, la falta de relieve de los personajes [o de nosotros mismos y de ahí cierta identificación] o la trampa [si trampa se le puede llamar, pues no hay trampa en literatura porque la literatura es en sí misma una emboscada y ese pacto lo gobierna absolutamente todo] de mostrar cuentos mediante un ensartarlos en la historia que no se termina por resolverse, todo ellos, y muchos otros, resultan rasgos que en lugar de restar suman. La novela es una novela coral y, por lo tanto, su mecanismo remite a ese multiplicidad de voces que retrata la vida con una precisión inestable pero efectiva. Dejo esta batalla sin campo de batalla y me dedico a mis labores, más aburridas, menos tolerables.


+ “El embobamiento y sus efectos” me remite a estos días de vacaciones y a lo mal que me sienta un cambio operado en mi medicación. Me mareo. Hay una falta de concentración que me recuerda ebriedades olvidadas. Tiene algo en común, que son el embobamiento pero, también, una percepción acusada de los detalles. Creo que toda la entrada está gobernada por esta circunstancia, este embobamiento y sus efectos.


+ Imagen: conexiones.


sábado, 26 de agosto de 2023

Capitales y balances, las mismas vueltas

                    

+ Leo en Bourdieu algo sobre la capacidad de detectar la legitimidad de una obra literaria o artística. No dejan de ser rasgos que caracterizan la posición de un persona o su falta de posición. A veces, ver claramente, es doloroso. No es mi caso porque yo he alcanzado un punto de observador que me permite cierto cinismo, del que dimito cuando dejo mi soledad [de observador]. Leo mucho y no recuerdo nada, sé donde inscribir cada libro y conozco el porqué de la inscripción. He estudiado para realizar con cierta soltura esta tarea. Lo legítimo produce situaciones cómicas, como cuando el subordinado asigna al ingeniero un gusto especial para detectar lo bello, lo sublime o lo que merece la etiqueta de buen gusto. No es otra cosa que el servil homenaje del que se asombra de una capacidad que no posee y no es capaz de imaginar. Yo lo estudio en detalle y no llego al análisis, pues solo me interesa la descripción, la taxonomía, el censo escrupuloso de los gestos y las sorpresas. Ay, lo legítimo y lo ilegítimo, hoy me subyuga lo segundo porque encuentro en aquello que pertenece al kitsch para adivinar nuevas posibilidades, para conocer el poder de transformación que lleva del desprecio al aprecio [tantas veces lo he visto ya] y me reconforto en esa belleza portátil de lo degradado que nos conmueve por su propia cursilería. Nadie es más que nadie, menos en los gustos, sentencio en esta hora avanzada de la tarde del domingo en agosto.

+ Supero etapas. Un libro y otro libro. Atrapo alguna idea y siento las narraciones como íntimas balizas en un discurrir vital más relacionado con lo rutinario que con una excepción excelsa. Escribir, tal vez sea otra etapa en lo diario. Desempates y encuentros, conversaciones, cuerpos, manos y artilugios. El mapa de lo diario. La rutina. Pero lo reservo para mí, pues busco el silencio y la soledad. La lectura no es otra cosa. La comunicación se produce, pero llegados a una edad mi opción es un recorte en el pasado, algo que no alcanzo a concretar, pero que palpita. Lo sé. Me hago viejo y todo se va adelgazando, deviene hacia una transparencia inquietante. El sentido se embosca.

+ Oigo en el coche la tercera de Brahms. Qué dulce se me hace la conexión entre música y carretera. Disfruto, por un momento, de una suerte de aislamiento y calidad del presente: la frase de la sinfonía, la fluidez del coche, el mapa electrónico en el salpicadero. Tres factores son suficientes y en ellos me centro. No he pensado en otra cosa que en conducir correctamente: respetar las indicaciones que marca la señalización es conducir bien. Brahms me inspira pero la inspiración pronto la olvido. El olvido refleja una manera de estar, un deseo y un anhelo. Lo escribo ahora porque dejé una nota en el correo electrónico, una nota o un recordatorio. No sé, quizá no sea adecuado escribir directamente en el ordenador y sería preferible hacerlo a mano y copiarlo después, pero mi costumbre es esta y escribir es costumbre, ante todo. No quiero contraponer mi sistema a ningún otro, pero no deseo que se me imponga nada. La tercera de Brahms vibra en el recuerdo, recuperado gracias a la nota electrónica.

+ A vueltas con el capital económico, social, cultural o simbólico. Al final se trata de que deseo comprender para explicarme y saber de qué me hablan cuando de buen gusto me hablan. El buen gusto, un tema que casi sin desearlo se ha abierto. Al final, se trata de una posición elitista que esgrime sus preferencias como un enredo de exclusión. La respuesta no la tengo, la herramienta es el reconocimiento de lo arbitrario. Aunque, dicho sea de paso, arbitrario no es equivalente a inmotivado. Las motivaciones me parecen claras: marcar límites y afirmar una identidad. El dinero sin reflejo no sirve, el reflejo es la cultura y el buen gusto, cosa de la que el nuevo rico está desprovistos y nos permite decir: “qué paleto”, ahí queda el centro del día.

+ Sigo con las  vueltas de Tel Quel. Las mismas vueltas que los capitales de Bourdieu. Poco a poco, resulta un recorrido interesante por un mundo que ya es arqueología. No hay archivos sino archiveros, no hay bibliotecas sino libros; esta es la diferencia.

+ Imagen: Muchos días paso por delante de esta fachada, en lo diario se descubren acentos ajenos a lo que se espera, lo esperado tiene una fecha y su caducidad da lugar a nuevas relaciones. Relaciono la ventana con el tránsito de los días, sus afanes y el descanso. Disparo un lunes.

sábado, 19 de agosto de 2023

Sumas y restas, lo banal


+ El verano no termina. El verano parece que nunca terminará. Se expande. Sin embargo, lo sé, la expansión es limitada y su resultado siempre termina por llegar, por muy molestos y persistentes que nos parezcan los efectos del sol, el calor y el ruido, la luz excesiva y cegadora. Leo algo sobre ciencia-ficción y me convence, se enlaza con esa debilidad que me inyecta el verano. Me quedo con la nota de que la ciencia-ficción no habla del futuro sino del presente. Este presente donde más que edificios intuyo volúmenes y el calor tamiza el sentido de las cosas, las debilita. Las lecturas se pueden abordar de muchas maneras, me quedo con esa lectura oblicua, fuera del sentido que se le quiso imprimir, bien por el autor, bien por el editor, bien por su particular marketing. Todo lo que me rodea es ciencia-ficción, porque yo así lo deseo y lo establezco, en función de una idea de control sobre la percepción. Delimito las líneas maestras de mi mirada. Peor, el verano se termina y mi inversión de valores parece no funcionar. No me salva ni la ciencia ficción. El calor, los volúmenes, la lectura, el cansancio y la decepción. Una suma que tiende al cero absoluto.

+ No sé por qué sigo el desarrollo de la investigación de un asesinato en el paraíso. Quizá porque en el sentido anterior, el de la lectura oblicua, el desarrollo narrativo de la noticia describe más a la sociedad donde creció el presunto asesino que los hechos que constituyen el caso. La biografía del muchacho emerge secuencialmente y el perfil que ofrece nos hace dudar de la posibilidad del mal. Tras la buena apariencia y la práctica sacerdotal de esta nueva, siempre presente, religión, la cocina, unge al acusado de una capa de irrealidad. Nada malo puede venir del surfero hacedor de hamburguesas celestiales y su elaboración de carnes casi crudas, con el punto sublimado. La terraza desde donde retransmitía para YouTube es fascinante. Su pelo rubio, su musculación, el ardor que despierta la posibilidad de un erotismo adentrado en el siglo XXI. Lo exótico tiene visos de irrealidad y la pretensión de dibujar un discurso sobre el bien y el mal fracasa, porque lo único que vamos a encontrar en la cenagosa realidad de lo banal. Todo es banal. La cocina, el pelo, la pose, las copas, la musculación, su atuendo y sus abalorios. No cabe ni el bien ni el mal, sino una blanda e inconsistente huida hacia adelante, sin pretensiones. Solo gestos, solo apariencia. El dinero para la fiesta restablece un orden, pero es efímero, todo tiende al desvanecimiento de lo relativo: lo banal.

+ Sigo con las cuentas y hay algo que se traduce en las operaciones: la acumulación de capital siempre está guiada por Hermes. Hermes, el mensajero de los dioses, el patrón del comercio y de los ladrones. Ya los griegos habían previsto esto que yo veo y estudio al tiempo que trenzo las cuentas. Metros cuadrados, metros lineales, porcentajes y reflejos. Las cuentas no salen.

+ Duermo plácidamente y los sueños se conectan con realidades lejanas, pero no desagradables. No recuerdo casi nada, salvo a los protagonistas. Mi yo central pesa poco, los otros personajes son amables y transparentes. Eso queda. Me levanto temprano, desayuno y me dirijo a pie al trabajo. Escucho música y pienso en lo soñado y no me acuerdo. Los dioses regalan olvido, maldicen con una precisa memoria, te destruyen con tus propios deseos. Los dioses no son otra cosa que la sabiduría aquilatada que nos vale para pronosticar el futuro, para estudiar trayectorias y entender lo que pasa y lo que pasará. Duermo como un lirón.

+ Los animales simbolizan con sus características deseos y carencias. Me veo representado por el caballo: determinación, nobleza y voluntad. ¿Los defectos? No es este momento de defectos.

+ Acierta quien guarda silencio.

+ Imagen: patios que viven en el olvido, un día presente y, para siempre, pasado.