sábado, 5 de octubre de 2019
La lengua de los caballos, la lengua de los pájaros
+ [Sobre amigos y conocidos]. La galería de retratos que se dispone en esa galería que resulta ser la calle me interesa, me interesa mucho. Las posibilidades de indagación que ofrecen todos estos rostros que se nos presentan a diario me inspiran, me dirigen hacia una suerte taxonomía y, como consecuencia, la constitución de un jerárquico orden, que otorga ciertas explicaciones e incide sobre las consecuencias del paso del tiempo, físicas y sociales. Amigos, conocidos y reconocibles, aquellos otros que forman una niebla indistinguible. Ese palpitar de la ciudad arroja una novela no escrita. Los vemos crecer, reproducirse, asistimos a sus entierros y creemos ser sólo observadores de la circunstancia. ¿Estamos equivocados? A veces dudo y me repliego, pero al momento la posibilidad pictórica me vence y recuerdo otros tiempo, ni más felices ni más triste, sino diferentes. Los amigos se desvanecen con el paso del tiempo y pasan a ser unos desconocidos, el tiempo ha trabajado sobre ellos, ha erosionado su rostro y sus ilusiones, ilusiones compartidas. En un apunte de la crónica loca, un periodista, acertadamente, decía que llega un momento en que la vida te muestra su camino a base de perder saludos, algo que, al menos a él, a mí también, le parecía muy provinciano. Sigo en esa reflexión sobre la provincia y, al tiempo, continúo estudiando los rostros de los que ya no me saludan y me pregunto: ¿que les habré hecho?; y me respondo: nada, es su naturaleza, debes aceptarla y continuar con tu camino.
+ El domingo, contra lo esperado, es luminoso. Me alegro por los gatos, ellos que tanto odian la lluvia. M. podrá jugar, desplazarse por el suculento césped, quizá cazar algún ratoncito con el que jugar durante un rato, hasta que el roedor termine por escaparse. El domingo no está mal, sobre todo para los gatos.
+ La política dice en una entrevista que está escribiendo un libro infantil sobre la democracia. Cuántos ornamentos fútiles, sin estilo, estrechos y baratos. Ha envejecido, la pérdida de un cierto brillo y sólo queda eso tan propio de los políticos: la estrategia, pero tampoco hay que extrañarse. Bueno, sin exagerar, algo más queda, pero está por descubrir, e intención no hay. Se acerca a los cincuenta, quizá los haya sobrepasado, ha tenido hijos, se ha divorciado, la veo pasear con su novio reciente y son muy del momento. Conocidos que se recortan contra el paisaje urbano, una elevación sobre la planicie de los días. Yo la he votado y volveré a hacerlo: mi posición política es el desencanto y la responsabilidad con lo que se piensa. Me analizo y veo que soy muy dado a observa las reglas, desde el color rojo de los semáforos al respetar los compromisos adquiridos la palabra dada. Siempre me ha parecido buena persona y lo mantengo, la política escribe un libro infantil o no. Son esos adornos que precisa la entrevista dominical en el periódico.
+ Veo los libros en la estantería, observo con detenimiento la estantería. Los marca páginas, los rotuladores, los post-it, el archivador de fichas (que nunca he usado), libretas y artículos encuadernados en espiral. En la parte baja, atesoro bolsas de papel, cables y cuerdas. ¿Cuerdas? Padezco un síndrome, me digo y leo los lomos de los libros, pienso en otro orden que el dado. Ese orden es un reflejo de mi persona. Mientras, en Europe1, se desgranan las noticias, el parte metereológico, la publicidad. Se acercan las siete de la mañana y escribir es otra observación de la norma, del compromiso adquirido voluntariamente. Cada semana una entrada en este blog, la estantería es una constatación. Mis faltas y mis aciertos son mi fortuna, pero en el secreto aislamiento de mi estudio, donde leo e investigo, investigo con la determinación que me ha sido dada.
+ La lengua de los caballos y la lengua de los pájaros. Esta es una distinción medieval donde se diferencia un sentido que se adquiere por el significado y un sentido que se adquiere por el sonido de las palabras. Pensaré en ello, a lo largo del día. Puede parecer que no son útiles estas taxonomías, que han sido ampliamente superadas, pero hay un poso que se mantiene, un aluvión de sedimentos que puede contribuir a ver el mundo de una manera determinada, esa manera nos ayuda a ver el nuestro desde prisma distintos, sorprendentes. ¿Caballos o pájaros?
+ Días sin visitar la ficción, paréntesis que coincide con la obligada escritura en la que estoy inmerso. ¿Incompatibles? Es la exigencia y la sensación de responsabilidad sobre el texto, sobre su res, sobre su verba, sobre el equilibro necesario.
+ Conferencias en línea sobre el estructuralismo y post-estructuralismo. La teoría francesa. Me asomo a mis libros y allí están. ¿Por una razón explicativa o por una necesidad de identidad, aunque ésta sea tan íntima como poco comunicable? Me sirve, cualquiera de las dos posibilidades. Vuelvo a Foucault, vuelo y me siempre cercano a una manera de ver y entender la historia. He indagado en ello durante años. No veo otra posibilidad, seguir leyendo es ahí donde se articula la posibilidad de mapear el presente, el cambiante presente, su inestable naturaleza. Los amigos y los conocidos sólo son índices, índices de mi estado de ánimo. Me encierro en el estudio y leo, tomo notas y escribo. No acaba de cuajar, pero en ese abandono está la receta para avanzar. Trato de centrarme, lo pienso y creo que lo consigo. La teoría francesa y yo, titulé la tarde y no le di importancia. Reflejos: la historia se repite dos veces, primero como tragedia, después como comedia, ¿fue Napoleón quién pronunció la frase? No importa, sólo es una frase. Me sumerjo otra vez en la lectura. Es sábado y la hora es propicia.
+ «Hemos disfrutado más de nuestros síntomas que peleado con ellos», una cita que no alcanzo a situar, una cita que capturo en una de la charlas en línea de Fernando Castro Flórez. Me interesa, la copio, la difundo. Escrutar la función de los síntomas, lo que los dolores nos quieren comunicar y nos resistimos a oír, es ese núcleo rector que actúa como principio, ahí donde el sufrimiento tiene una causa. Pelear con los síntomas es una equivocación, se debe ir un poco más allá y alcanzar la causa que los establece. Ahí es donde está el principio y la posibilidad, su final, tal vez.
+ A [Es domingo, mañana partimos para Normandía. Aún debo revisar un correo, terminar esta entrada (que quedará programada para el sábado 5 de octubre) y darle unos toques a la redacción del artículo en el que trabajo desde hace meses. Hay, también otra tarea pendiente, repasar las rutas en coche que deberemos acometer C. y yo en los próximos días. En ello estoy, en ello descanso; que quede constancia]. B [Una vez en Normandía, lo sé, recordaré a E. y su gusto por la lectura, su buen gusto que se refleja en sus maneras, en su forma de hablar, en su bondad, de esta manera E. viaja con nosotros]. C [Las fotos que dispararé en los próximos días: un fragmento, una idea, un esbozo].
+ Imagen: tres imágenes que se solapan: un día que emprendí sin demasiado convencimiento un paseo por la ciudad: llovía, la tormenta palpitaba sobre mi cabeza, mi dolor de cabeza, las fotos como comunicación con un otro que fui, ahora soy yo el que dispara y el que constata que llueve, que el gris domina, que el gris no es un color que se deba obviar. Disparo, constato, lo traspaso a este espacio. Domingo.
sábado, 28 de septiembre de 2019
Preparativos
+ En unos días cogeremos el avión y llegaremos a la Picardía, a Beauvais Tillé, y luego nos encaminaremos a Normandía, a Caen. Mientras desde el ordenador gestiono las tarjetas de embarque, no puedo dejar de pensar en dos lugares: el Monte Saint-Michel y el estudio de Flaubert. Ambos se unen en el repertorio de mi imaginario, los dos marcan como hitos, puntos concretos de mi vida: el último tramo de la infancia, la primera juventud. El Monte Saint-Michel me deslumbró cuando vi una foto en una revista, lo recuerdo muy bien: me pareció el espacio necesario para una narración, un lugar con el que soñar, una esquirla de fantasía; Flaubert me enseñó la perfección de la novela, algo que anteriormente vi con el Quijote, me hubiera gustado imitarlo con éxito, pero no lo conseguí. Entiendo que hay un círculo que se cierra con esta visita, un porqué en el que indagar. Metas y trayectorias, el camino y la posada, la visión plasmada en el viaje, en la compañía deseada y necesaria: C.
+ Otros círculos quedan por cerrar, otros nunca se cerrarán.
+ Recuerdo en mi infancia haber visto la foto del Monte Saint-Michel con la marea baja y sentir que había algo allí que me pertenecía. Su perfil, la aguja, la perfecta forma de la isla y la arquitectura incrustada. Ir allí es cerrar un círculo, repito. Siempre me pareció una quimera viajar hasta el Monte Saint-Michel y hoy me preparo surcar la Baja Normandía para llegar hasta allí. Esto me hace presentir una realidad sobre lo posible y lo probable, sobre cómo la vida nos ofrece oportunidades cuando menos lo esperamos. Hay en lo imprevisible una característica que no se debe soslayar: poco podemos decir sobre el futuro.
+ Escojo algunas novelas que se ubican en Normandía: Serotonina, Houellebecq; Trilogía de la guerra, Fernández Mallo. Una tercera: Madame Bovary, Flaubert. Tres novelas que componen una biblioteca imaginaria y portátil para surcar las planicies normandas. Sé que estarán presentes en el viaje en coche, un modesto C3, lo que no deja de constituir una nueva narración. La narración que nosotros trazamos para nuestro uso particular, en exclusiva. Las conversaciones y los silencios, el estudio de los mapas, la noche y el amanecer, la geometría del coche alquilado, la poesía acumulada en los aeropuertos, en las maletas, en los rostros vacíos de los viajeros: el cansancio y la ilusición. El viaje.
+ En el estudio de Flaubert, en la compañía de Madame Bovary. Lo dicho: también Flaubert se une con el pasado y el recuerdo. Se acumulan expectativas de las que no espero mucho, porque su función se cumplió ya, hace tiempo, y visitar su realidad tangible no deja de ser un constatar lo ya sabido. Leí las cartas que le escribía a Louis Collet en busca de las razones para su gran novela, con el objeto de escrutar su disciplinado trabajo, mientras me imaginaba su estudio y su trabajo creía entender un poco mejor la novela. Hoy mi idea es muy distinta, más reposada y próxima, estoy seguro de ello, a la realidad de su trabajo y a sus intenciones. Sin embargo, no creo que la interpretación anterior esté errada, porque aquello que entendí permanece en una suspensión pretérita. Entendí un reflejo del autor en la protagonista; hoy la razón es otra: Madame Bovary es la novela en sí misma y su naturaleza es perfección novelística. Pero el reflejo del autor puede ser un sentido válido, porque los sentidos se mantienen por la argumentación, nunca por una razón fija, digamos, incontestable.
+ ¿Cómo he llegado hasta aquí y cómo mantengo el edificio, sus cimientos, estructura, muros y vanos? Vuelvo a estudiar los libros que atesoro y trato de encontrar una explicación y sé que explicaciones no hay, sólo un destello instantáneo. Ese destello me indica la dirección, un nombre más preciso sería intuición.
+ Hoy jueves, dejo pendientes, para el regreso del trabajo, la guía y el mapa de Normandía con el objeto de estudiar las rutas que haremos: El Monte Saint-Michel, Bayeux, las playas del desembarco y Honfleur. Rouen también está pendiente. La organización lo es todo. Regreso del trabajo y la guía y el mapa continúan donde los dejé. Constatan mi cansancio, debo ponerme con ello, lo sé. Estoy cansado, insisto. Iremos a dar un corto paseo, los paseos de los jueves. Luego, ya en cama, trataré de aclarar mis ideas, tomar notas y traducirlas a los itinerarios de los próximos días. También la programación es una aventura, o una novela en sí, ese arte de que todo sea arte: el arte de lo cotidiano.
+ No falta nada, ya está ahí. Finalmente, observo el paso del tiempo y me perturba. Qué fluidez, qué tiranía. Normandía es otra baliza, el día se completa, dormimos bien porque hemos trabajado bien: a la cama se debe llegar cansado y recibir el sueño merecido. No siempre es así, pero se debe tener presente. Ahí está Normandía, me desvanezco en la niebla de lo diario y su visión es otra visión de lo cotidiano.
+ Imagen: un altavoz cubierto por una protección. Me parece que describe el momento, el momento donde preparamos un viaje: la realidad cotidiana que está oculta, a la espera de ser descubierta. Son esas gamas de grises que tomarán color según se desarrolle nuestro viaje a Normandía. Todo permanece abierto.
sábado, 21 de septiembre de 2019
Memorias en la provincia
+ Siempre me han interesado las memorias, libros que ampliamente muestran la vida desde la perspectiva de su protagonista. A veces creo que siempre las memorias son apócrifas. Encuentro en su naturaleza una colisión con la novela, porque las memorias admiten comprobaciones que las novelas no. ¿Tiene importancia? Estos días se han presentado unas memorias y yo no las leeré a no ser que por casualidad las encuentre en un estante de la biblioteca pública. Sé del autor lo suficiente, hasta en una ocasión cené con él, invitado por el provinciano ateneo. Es arrogante, y tiene motivos para ser arrogante, pero para mí hoy sólo es un aliento de vapor y niebla. Su vida es una vida ejemplar, con un claro sentido moral y eso se reflejará en el libro. Hay una entereza en su vida que me hace desconfiar. ¿Leeré sus memorias?
+ Me recupero con la lectura de algunos poemas. Poemas de Luis Alberto de Cuenca y poemas de Antonio Colinas. Se desvanece la tarde del domingo y descanso en una una música plena de romanticismo, verdadera y solida, aligerada y rectilínea. Fluctúa la sensación de finitud, pero ahí está, en el centro de la vida. La memoria no es otra cosa que una contabilidad injusta, hoy al menos.
+ Hay enfermedades del cuerpo y enfermedades del alma, también hay enfermedades literarias. Convaleciente estoy de atracones de ficción, que distorsionan las primeras horas del día, ese momento en que espero en el coche por O. o que O. espera por mí en su coche. Es una alucinación, una ebriedad que aporta la lectura intensa y prolongada. Se acentúa la geometría de la arquitectura, destaca el contraste de las luces y las sombras, las personas adquieren un aliento pictórico, retratos nunca ejecutados. Rememoro lo leído en Modiano, por ejemplo, la indagación en la vida de una mujer que voluntariamente ha desaparecido. Cuál es el reflejo en lo diario. Indago en mi propia percepción, pero el deslumbrante foco de lo diario me lo impide. He aprendido a apreciar cada latido de la realidad, algo que sólo se puede relacionar con la suma de años donde estoy y con la acumulación de lecturas; era una enfermedad. ¿Enfermedad?
+ Vuelvo a pensar en la arrogancia del memorialista. Sé de un columnista local que guarda silencio sobre el libro. Seguro estoy de que ha sufrido un desplante, un zarpazo. Al memorialista lo conozco un poco, al columnista mucho. La combinación de ambos se traduce en la intolerancia y la soberbia de uno con la indolencia y la falsificación del otro. Ninguno de los dos me interesa mucho, salvo como materia para ficciones que nunca escribiré, me interesan como productos de la negra provincia [La negra provincia de Flaubert, de Miguel Sánchez Ostiz, libro que me gustaría leer, pero el tiempo es muy limitado]. Estas fricciones despiertan mi curiosidad, la articulación de la vida cultural en una pequeña ciudad, algo tan literario. Hay una oposición nuclear entre sus vidas: el primero es un hombre trabajador y tenaz, el segundo: un vago redomado y acomodaticio. Los une la vanidad. ¿El primero ha despreciado o humillado al segundo? Eso sería materia de la novela que no escribo, salvo estos flecos que de la vida se escapan.
+ El memorialista y el escritor de columnas, podría valer como título de una novela que no se escribirá, tampoco un relato; queda la posibilidad, que es equivalente a la nada.
+ El escritor de columnas no se preocupa por su aspecto ni por su salud porque el vicio de la bebida y el tabaco es mucho más fuerte que el miedo a la muerte. Tiene gracia para escribir, pero le falta formación y constancia. A veces se notan sus carencias, a veces no. Yo lo conozco bien y sé de sus defectos y virtudes. En un tiempo teníamos una cierta relación, hoy sólo es un persona que camina por la calle: me saluda de mala gana pero yo preferiría que no me saludase (esas cosas de la negra provincia). Yo creo que él entiende que ha triunfado y yo he fracasado. Nunca lo discutiría, pero yo no busco triunfos ni glorias, sino un pequeño espacio donde desarrollar mi investigación. Mis investigaciones. Lo sé, somos, ambos, ejemplos provincianos. Lo asumo, pero no como un defecto sino como una característica más en mi configuración, en una de mis varias configuraciones. Lo múltiple habita en mí: desde la primera hora de la mañana hasta el inicio del sueño reparador. En fin, lo vimos el otro día fuera de la conferencia de presentación de las memorias del memorialista, me dio pena su soledad ante la gran jarra de cerveza: se veía claramente que había sido despreciado y que con ello venía una comprensión de su totalidad: creo haber leído que estas revelaciones marcan un inicio de una decadencia. Vale. No sé si ha tenido algún tipo de revelación, pero yo sí vi ciertas aspectos de su vida con una claridad extrema y despertaron una compasión que no se restringe a su persona sino que se expande hasta llegar a una totalidad de amigos o conocidos de hace veinte o treinta años, algo que me alcanza: así es la provincia.
+ El memorialista es muy suyo, es un hombre con un grado importante de presunción y soberbia que se refleja en las primeras palabras. La línea de su vida es clara y su inteligencia evidente. Hay un asunto áspero en su dirigirse a los demás que no me gusta, que me produce un rechazo automático, que se relaciona con simas que no consigo alcanzar, pero que tampoco deseo entrar en la exploración de su batimetría. Dejemos las simas en su profundidad silenciosa. ¿El triunfo? Las memorias son un confesarse silencioso y, al tiempo, un verse en comparativa comparación con el resto, yo aporto esto y tú: qué aportas. Vi las fotos de la presentación y se puede decir que fue un éxito. Todos estaban allí, salvo el escritor de columnas, porque el escritor de columnas dialogaba con su generosa jarra de cerveza y su tabacazo liado, húmedo, perfumes del pasado.
+ Noche de pesadillas, me salvo del vacío pero alguien en el otro lado del teléfono me dice que no quiere hablar conmigo. Me levanto y bebo agua, el agua está caliente y un sistema de recuerdos me sume en la tristeza, una tristeza que alcanza el propio sueño. Deseo que llegue el día, un nuevo día.
+ ¿La autoridad?
+ Imagen: recorte.
sábado, 14 de septiembre de 2019
Espejos en Lisboa
+ He escogido esta foto tomada en Lisboa para ilustrar la entrada porque me parece especialmente significativa. Dos espejos superpuestos, nuestras piernas, nuestros pies; somos C. y yo. El único color que destaca es el rosa de las zapatillas de C., el resto es gris. Mis pies salen en un espejo, los de C. en los dos espejos. ¿Qué aventurado sentido le podríamos dar a esta particularidad? ¿Vivir entre dos mundos: el suyo y el mío; o alcanzar a comprender realidades diversas, mientras que yo estoy más sumido en un acotado contexto? Las posibilidades discursivas son muchas, pero todas apuntan a un cierto entendimiento entre ambos, los espejos lo certifican. Y la foto me gusta, una porque es producto del azar, otra porque se vislumbra un proyecto en común que cuaja en el viaje mismo [que no deja de ser otro proyecto más, uno entre muchos compartidos]. Recuerdo perfectamente dónde disparé la foto y la intención con que lo hice; ahora que se plasma en el blog adquiere toda su magnificencia, su innegable pertenencia a mi personal Barroco [que considero más que una época, un estilo], el juego que se plantea y que no se soluciona con una volandera opinión, ni con el acierto ingenioso: la imagen contiene mucho más de lo que se pude glosar. La glosa queda a un lado, resta la foto, ya que la foto multiplica la vida de aquellos días en Lisboa. ¿Es esto lo que permanece? Si lo deseamos, así es.
+ «Arde en su centro el líquido elemento» Villamediana, Faetón (oct. 172 v. 1).
+ Las fotos fijan un momento, lo fosilizan. Las fotos no se pueden entender sin la temporalidad, como sucede con la escritura. Eso las diferencia de la pintura, porque la pintura suspende el tiempo, las fotos usurpan la sustancia de la realidad y la suplantan: común es entender las fotos como realidad, cuando no es así. La ficción que se crea sobre ellas tiene que ver más con una visión literaria que pictórica, de hecho, cuanto más pictórica una foto, menos me interesa. Me interesa esa captura de lo irrelevante, de los oculto tras las vida cotidiana: fantasmas difusos y persistente. Veo las fotos que he disparado a lo largo de los últimos cuatro o cinco año y me resisto a establecer el hilo que las une, pero el hilo está ahí: ¿la resistencia del tiempo?
+ Descansan los libros que me he traído en la última visita a la biblilioteca: Ferlosio, Mondiano y Sebald. Fragmentaria es la lectura. No hay un plan, estará aquí cerca de dos meses. Dos meses es mucho tiempo. En ello descansamos y el tiempo fluye en su tiranía. Al menos, que no figuren fotos de los autores.
+ Ayer perdí mucho tiempo en gestionar el alquiler del coche para Normandía. Estas acciones me fatigan, me fatigan hasta el punto que después no pude hacer otra cosa que, por ejemplo, ver fotografías en ordenador: como un mecanismo, un resorte que emerge del pasado y se hace presente en la contemplación. Londres, Lisboa, La Rochelle, Madrid (…) Así, continué con la espontánea investigación sobre el hilo que engarza el archivo electrónico de fotos. Sé que soy yo, pero no termino de reconocerme: qué puedo hacer. El palpitar que permanece a lo largo de los años se entrega a lo imperceptible de la vida cotidiana. Perdí el tiempo con el coche de alquiler y no aprendí nada, calderilla de la vida, me digo y sé algo sí que aprendí. Creo haber solucionado el asunto adecuadamente, no es para sentirse orgullo, pero siento cierta satisfacción: qué tontería.
+ Sigo la evolución del postoperatorio de mi hermano. Le escucho, veo las fotos que ve envía. Me concentro en la enfermedad y sus remedios. Qué asunto tan lejano la medicina, hasta que se hace presencia, hasta que nos alcanza la enfermedad. Por arte de magia, nos hacemos peritos en una dolencia, en sus síntomas y razones. Un conocimiento arborescente. Cuántos conocimientos se gestan al contacto con el objeto. Me concentro en la enfermedad y sus remedios, lo dejo a un lado y regreso a la lectura. La lectura, esa enfermedad.
+ La lectura del libro de Modiano que cogí en la biblioteca, El café de la juventud perdida, es mi dosis de ficción diaria. Indago en la substancia de lo estudiado días atrás en relación con el texto pragmático y el texto de ficción: el texto de ficción no admite los matices ni las negaciones o perfeccionamientos del texto pragmático [el texto ordinario frente al texto artístico], ¿pero qué sucede cuando el texto pragmático se hace carne de la historia? ¿todavía admite perfecciones? Lo dudo. La literatura como tal literatura es inasible, es algo que cuaja en el presente, en la recepción: tan evanescente, tan líquida o, mejor, gaseosa. Me vale hoy aquello que oí sobre el arte contemporáneo: es arte si está en un museo. Y es literatura si los lectores consideran que es literatura. ¿Una tautología? Las tautologías no son necesariamente inadecuadas.
+ Portadas de libros: deberían ser blancas, color crema, sin más palabras que las del título, sin autor, sin editorial, sin emblemas ni precios. Un libro totalmente desnudo. ¿Sí? Al menos, que no figuren fotos de los autores.
+ Imagen: un intento de plasmar el tiempo que gravitaba sobre Lisboa, sobre los espejos.
sábado, 7 de septiembre de 2019
Hospital
+ Un domingo por la tarde hospitalizaron a mi hermano para realizarle una operación que, aunque compleja, no revestía un gran riesgo. Todo hay que decirlo, no doy nada por hecho y el discurrir de un asunto nunca se puede pronosticar. Bien, sólo creo en las matemáticas, porque son la perfección sobre el papel o en la pantalla, otra cosa es cuando los cálculos deben ser empleadas por el ingeniero o el arquitecto para sus propósitos y fines utilitarios. Se trata más de una aproximación que de un acierto en el pleno de la diana. La operación salió bien.
+ En los últimos meses encontré una clave para leer rostros. Todavía no puedo concretar su forma, pero funciona. Hoy, antes de salir para Santiago D. C., vi algo en la mirada de K.O.K. que me reveló una particular intimidad, algo que ya está en los libros: una constatación: la debilidad, el cinismo y una fuerza agazapada, que puede saltar como un gato, un latigazo certero. Me desconcierta. Nada de eso tiene que ver con la literatura, con sus libros. Esa plantilla me sirve: la utilicé en el hospital y me sorprendió, deseé que se desvaneciese y déjase de mostrarme recuerdos y estelas del pasado, estelas que llegan al presente.
+ Estaba en la sala de visitas tratando de leer y tomar notas. Lo lograba entre el barullo y el calor suspendido de la sala. Entonces llegó un hombre joven, revestido con una seguridad propia del que ha tenido que hacerse cargo de asuntos importantes a temprana edad. Su voz era grave, caminaba en círculos y sentenciaba. Conversaba por teléfono con gestores, oficinas de banca, habilitados de clases pasivas. Se entendía que trataba de arreglar la pensión de su padre. Tenía aplomo. Su cabeza rapada, la barba rala y la curva perfecta que trazaba su cráneo indicaban una fuerza innegable, un atractivo seguro, éxito en el amor, tal vez, tal vez no. No me fío de las primeras impresiones, tampoco de las de segundo grado. De repente se detuvo en medio de la sala y a su interlocutor tras el teléfono le hizo una confesión: «… pero si nuestro padre se gasta seiscientos euros al mes en tabaco y vino, y eso es lo que le ha llevado a estar donde está y estar como está». Su rostro no cambió, escuchó atentamente lo que del otro lado le decía y se encerró en sí mismo. Sentado en la ventana, con el móvil en la mano, balbuceando alguna letanía, componía por sí mismo un interesante retrato: ningún pincel, ninguna cámara fotográfica podría haber capturado lo que yo vi, por lo que yo vi era literatura, no era pintura, no era fotografía.
+ Creí aprender algo y no fue así.
+ Me fijé en el atuendo de las personas que transitaban por la sala de visitas. Traté de encontrar en su ropa y zapatos algo que definiese este tiempo en el que vivimos. No hallé nada, pues sumido estaba en lo automático de mi percepción: era imposible romper su conjuro. Había música, rumores, pasos amortiguados. Iban y venían los trabajadores del hospital: sus ropas, sus zuecos de goma, los fonendos. Ellos hablaban del presente y del futuro. Me trasladé años atrás, con un esfuerzo grande y lo conseguí: todo tomaba otro cariz a través de la vestimenta de las enfermeras y celadores, de las auxiliares de clínica y los médicos. Luego los pantalones pirata, las cibernéticas zapatillas de deporte, los teléfonos y los relojes, los tatuajes y los anillados. ¿Ese era mi tiempo? Me di cuenta, una vez más: sólo soy un espectador.
+ Bonita imagen: los ríos vaporizados / vaporizadores. Me entretengo en ella y continúo con la lectura.
+ Fue entonces cuando recordé aquella conferencia donde se trataba el tema: leer los espacios. Los espacios deben ser leídos, pero no como arquitectos, sino como leen los aficionados viciosos a las novelas. El hospital tiene su narración, la narración desordenada de lo cotidiano. Los enfermos y los familiares, los trabajadores del propio hospital, los trabajadores externos, la cafetería y los camareros, el vendedor de periódicos, el vendedor de lotería, administrativos y conserjes. Una red que junta y separa vidas. Observar, es éste el verbo que vibra en mi cabeza mientras trato de ejercitar mi capacidad de romper con los automatismos. Así, dejé a un lado al libro sobre la naturaleza de la literatura, dejé a un lado la libreta de notas. Me sumergí en la corriente y entendí lo cotidiano como una novela más allá de la novela, sin necesidad de orden ni estructura. Leí el espacio del hospital y la interacción de los trabajadores eran el tema. Me dejé llevar por su fluida realidad. Mi hermano dormía.
+ Me hubiera gustado comentarlo con E., pero E. no estaba. Se encontraba mal y hablamos por teléfono, lo comentamos y noté que ella no estaba. Me gusta escucharla e intercambiar pareceres. Otro día hablaremos. El hospital inició su ritual de sueño y olvido.
+ Imagen: la tendencia al desenfoque y el gusto por las figuras que se desvanecen; como fondo, lo que un día fue un hospital y hoy es un museo [¿siempre regreso?].
sábado, 31 de agosto de 2019
Black Box
+ Me pregunto por la abundancia de imágenes de museos en este blog. Imágenes que en realidad son recortes de su realidad, de sus realidades. Una de las razones es que he visitado muchos museos, que me fascina leer su arquitectura y el estudio de los visitantes: poses, conversaciones, miradas perdidas en el fondo de la sala, como si se buscase la figura del amado. Los cuadros, las obras son importantes y nunca prescindibles, pero se pueden orillar, ya que sólo buscamos el contexto, su relevancia y la posible sugerencia que aporta a la novela de la vida. He disparado mucho en los museos: tal vez una silla, un libro de firmas o la bufanda olvidada en un alféizar, librerías y tiendas de recuerdos, el fuste o el basamento de una columna, la estría en la pared, el cielo a través de una ventana.
+ [Viernes, noche]. Cena fallida. Comida marroquí, platos extraños y platos tradicionales de la cocina marroquí mal elaborados. Hablamos mucho y yo me enzarcé en una polémica en la que no deseaba entrar: ¿cuál es la responsabilidad de los profesores de secundaria en la educación de sus alumnos? Mis argumentos resultaron definitivos, los profesores no tienen la culpa (¿todavía se puede hablar de culpas?) de los comportamientos desviados de una cierta norma, pero tampoco la solución. Afortunadamente, rebajamos el tono y lo olvidamos pronto. Como coda: ¿por qué nadie quiere hacerse cargo de sus responsabilidades, por qué resulta tan reconfortante creer que hay recetas para cambiar algo que nadie, a lo largo de la historia ha conseguido cambiar? La juventud siempre ha sido corrupta y sólo los años libran a las personas de los pecados de los inicios en la edad adulta, algunos ni siquiera llegan a enjuagarlos. Luego fuimos a una terraza y hablamos de tatuajes, del impacto de internet en la vida diaria y la imposibilidad de una vuelta atrás. Acompañé a L. a su casa y me dijo que yo tenía razón en el asunto de los profesores, pero prefería no entrar en la polémica. Le dije que ella era más sensata y que yo debería haberme callado. No me calle y no me arrepiento, pero no lo volvería a hacer. Regresé a casa y vi un largo vídeo sobre el estado de la filosofía en España. La palabra España me chocó y volvía pronunciarla. Era muy tarde, ¿las tres y medita, tal vez? El calor no me impidió dormir profundamente. Me desperté con esa extraña sensación de irrealidad que otorga el trasnochar a los que nunca trasnochamos.
+ [Black Box]. Me parece importante subrayar las habitaciones oscuras donde se proyectan vídeos como obra de arte, emblemas de este momento histórico. [Escribo lo que escribo y me doy cuenta de que el mundo del arte es un mundo muy lejano y extraño para mí, que me interesa pero que nada tengo que ver con él, pero continuo en la certeza de que debe quedar constancia de su presencia: de ahí el título; lo intuyo pero no sé si mis intuiciones son correctas, si es acertado valorar carreras, premios y excelencias].
+ No creo en horóscopo, tengo una mente positivista, pero hay un momento que todo parece conjurarse. A la discusión del viernes a la noche se sumó otra, peor si cabe, este domingo. No pude trabajar porque perdí la concentración, y eso me molesta muchísimo. En fin. No creo en el horóscopo, pero hay conjunciones que parecen responder a alguna causa, cuando tal causa no existe, cuando tal causa es producto de la casualidad.
+ Causalidad / Casualidad.
+ Ayer en Vigo, en la librería, vi el último tomo de la serie de K.O.K, Fin. No lo compré, no lo compraré. La lectura discurrirá por un ejemplar de la biblioteca. Debo restringir la compra de libros y tengo planeado un expurgo, que se realizará en breve: irán a la biblioteca pública, si los quieren, de no ser así: los abandonaré a su suerte en las calles.
+ [vector, -oris m: el que arrastra, que transporta / pasajero en una nave / jinete - algo que surge espontáneamente en el diccionario de latín].
+ Una última cita [por hoy]: «… y ya que no ofenden como un rayo, molestan como el granizo» Quintiliano, Instituciones oratorias.
+ La suma de los dos ítems anteriores resulta de las lecturas en curso. Son más un sistema de balizas en el desarrollo lector, citas en sí mismas. Más que frases escogidas con mayor o menor acierto, objetos que delimitan las fronteras con que acoto mi particular tema, con sus derivadas y subtemas por ordenar. Sirva la aclaración a quien la desee, si esto fuese posible.
+ Imagen: en algún lugar de Madrid, que se resiste a desaparecer; no entra en la black box... o sí? Tal vez, Malasaña.
sábado, 24 de agosto de 2019
Las visitas
+ ¿Por qué titulo la entrada de esta semana: Las visitas? Porque las visitas nunca son definitivas, su carácter provisional me interesa hoy debido a que yo también soy provisional (¿cuándo no?) en mi propia vida. Un yo que se diluye en esa visita que realiza al yo del momento, el que se se desvanece: poemas que leo, recuerdos de viajes, novelas que termino por apreciar (...) Yo soy el que visita a mi yo del presente, en su impenetrable impremanencia.
+ Por laberintos (de los que conozco su planta [la entrada, los nudos y la salida]) llegué a «La tumba negra», de Antonio Colinas en el Libro de la mansedumbre. Fue esta tarde: un viernes feriado, limpio y largo, de lectura y reflexión sobre el arte de persuadir y cómo se aplica sobre la materia literaria [¿hay una materia literaria y una forma literaria, o simplemente es una única realidad indisociable?]. Llegué al poema y comprendí ciertas verdades que tienen que ver más con el paisaje que con la palabra. Montañas de la sierra de la Cabrera, ese límite entre Galicia y Castilla, una frontera, carreteras que orlan las dos provincias (Orense y Zamora), ríos que se frenan en las presas donde mi padre trabajó en su juventud, montañas a las que ascendimos juntos, la historia personal de mi familia, de mi padre: más intuida que certera. Pero no, la cuestión era llegar al poema, a Bach, a las cuestiones de la Segunda Guerra Mundial. Un poema largo y con calas extrañas, donde el acero se da cita con la madera desgastada de las casas de los músicos barrocos, extraña conjunción que yo entreví en Berlín. Lo sé, mejor guardar silencio y escuchar el susurro de la radio: música de cámara, sin electricidad, sin luz apenas. Hoy es viernes, me detengo en el estudio y escribo.
+ «Así que, en la noche / de los ferrocarriles fronterizos, se abrió el atardecer / de una isla». De «La tumba negra», Antonio Colinas.
+ La lectura del poema me lleva, otra vez, al campo de concentración que C. y yo visitamos hace ya casi un año. Esa visita produjo una vibración que todavía resuena, que no deseo que se apague. Muchas veces me encuentro ante las escenas agradables de la vida y el zumbido se intensifica. Qué frágil resulta la vida, que delicada, cómo acecha en sus cercanías la maldad. No lo olvido, no quiero olvidarlo. El poema me devuelve la imagen de Auschwitz, la imagen tan vívida que recibí en la exposición de la sala del Canal de Isabel II hace, también, casi un año. Una conjunción en esta tarde.
+ «Nunca lo verdadero pudo alcanzar a lo imaginado, porque el fingirse las perfecciones es fácil, y muy dificultoso el conseguirlas» Gracián, Oráculo manual 19
+ Cuando copio una cita es más por gusto que por encontrar un argumento de autoridad. La cita tiene su belleza, y en ella descanso. Lo fragmentario y excepcional. He copiado esta semana un fragmento de un poema de Antonio Colinas y una sentencia de Gracián. Ambos vienen dados por las lecturas, surgen sin ser esperadas estas citas y las anoto aquí, que no deja de ser una libreta. Quedan flotando en este éter que resulta ser la red. ¿Sabiduría? Coser citas tiene su arte, no sé si me pertenece: me gustaría tener esa habilidad, pero no recibo respuestas. La cita la anoto para mí porque son bellas o recogen algo intuido. Gracián: el contraste entre el deseo y la realidad; Antonio Colinas: un recuerdo de mi infancia que me parece que se contiene en ese fragmento del poema, aunque nunca haya estado ahí esa intención. Suena la canción la Happy, es martes y son las 6:17 [sensación de irrealidad, sensación de finitud].
+ Veo en la red fotos de conciertos de rock o de pop; mejor: estudio al público de los conciertos, de estos festivales veraniegos. No entiendo la razón por la que durante un tiempo todo eso me interesó, me interesó mucho y ahora ya no, ahora no me interesa nada. ¿Soy otro? No. ¿Me he adelgazado? Qué lejano resulta todo, me digo ante ese retrato del paso de las generaciones, de su cenit y su derrumbe. Me veo en conciertos de música clásica y creo que es diferente y no lo es, porque el resultado es el mismo: la búsqueda de una identidad. La identidad es, hoy, un veneno. Yo no soy el veneno.
+ La lectura del tomo 5 de la novela de K.O.K. llega a su fin. Casi setecientas páginas. Me parece una hazaña escribir tanto y mantener el interés, el tono, la confidencial fluidez que lo invade todo. No puedo estar en mayor desacuerdo con las opiniones negativas que he leído al tiempo que me sumergía en la novela. Simplemente, sólo por esa capacidad de narrar y de mantener el pulso durante tan desafiante extensión merece una reflexión más atenta, algo más que exclamar: es la vida cotidiana sin más, como ver crecer la hierba, no hay más interés que (…) La novela contiene lo nuclear de la novela: poner el espejo ante la realidad y que la realidad se convierta en materia artística, con sus descripciones, la elevación y el descenso de los personajes, la ética [positiva y negativa] del narrador y su desesperante sinceridad. ¿Es K.O.K. quien escribe? Bajo ningún término, todavía somos capaces de discernir entre autor y narrador, incluso al narrador como personaje: activo o pasivo. Es un narrador en primera persona y no hay más que hablar, no es K.O.K. No es la realidad, es una novela. Los materiales en bruto utilizados para la composición de la obra artística nos resultan tan indiferentes como lejanos, leemos una novela independientemente desde dónde llegue este barro o el otro mármol, la concreción que hace que la novela sea tal novela. Ha merecido la pena su lectura, más allá de ciertos paralelismos con nuestra propia vida, con las ambiciones del escritor, sus fantasmas y sus fracasos. Me parece propio del momento histórico y eso es mucho, más allá de su recorrido en la academia, las estanterías o los suplementos culturales.
+ Imagen: entrada de museo [Serralves]. Las figuras parecen frágiles y en la distancia lo son. Según nos acercamos, su realidad nos confirma su efimera existencia. Desde una altura considerable observo: disparo sobre la escena y espero el día que ha de transformarse en ilustración de una entrada, de esta entrada. Como la oración del ateo.
sábado, 17 de agosto de 2019
Entre lo fragmentario y la totalidad
+ Estaba ocupado. Ella me saludó desde el coche. Continué con mi tarea y apareció súbitamente. Había dado la vuelta en un cambio de sentido que había un poco más allá. Su coche era muy viejo, esos coches que se utilizan en un radio de diez o veinte kilómetros. Un azul metalizado con unos interesantes desgastes, que si se observan con un poco de atención tenían una lejana cercanía a algunos cuadros vistos hace unos años. Sonrió. Era una mujer que había sido hermosa, sus profundos ojos azules y su elegancia natural lo desvelaban. Me preguntó por unos asuntos y solventé las dudas. No pude dejar de pensar, mientras hablaba, en lo que he me habían contado sobre sus depresiones y sobre el suicido de su hermano. Todavía no llovía, pero el cielo estaba cubierto y el un viento extrañamente cálido surcaba el aire, los árboles se agitaban y ella sonrió mientras asentía. Se alejó y retomó su camino hacia los pueblos. Volví a estar solo en la montaña, en la carretera que cruza la montaña. Observé el bosque y no pensé en nada. Había un vacío extraño, algo que flotaba. No pensé en nada, no pensé en nada.
+ Navego. Sin casi saber porqué aterrizo en la Estación de comunicación por satélite en Buitrago de Lozoya (1968), de los arquitectos Julio Cano Lasso y Juan A. Ridruejo. Para documentarme bajo un Pdf de una vieja, viejísima revista de arquitectura. Antes de llegar hasta donde está propiamente mi interés, me detengo en las publicidades de sanitarios, muebles, encofrados, saneamientos, linóleos, cocinas (…), asuntos todos que se relacionan con las compras y los proyectos arquitectónicos. Me gustan los dibujos y las fotos, la sensación de antigua modernidad. Me fijo en un despacho de madera muy señorial, con su butacón reclinable de piel, su escritorio suavemente racional, las estanterías, los libros y los adminículos propios del arquitecto o del ingeniero. Un mundo que ya no existe, aunque sus vestigios estén en nuestras ciudades, pues todavía permanece aquello que ellos diseñaron. No siento vértigo, pero me cuesta asomarme a lo que transmite su realidad muerta.
+ Cornelis Norbertus Gysbrechts: El reverso de un cuadro (segunda mitad del siglo XVII). El título no puede ser más descriptivo de esta nihilista obra (lo del nihilismo lo extraigo de Fernando Castro, que me parece muy apropiado). En el buscador investigo sobre la imagen y la observo durante un largo rato. Es una renuncia. Me llama la atención que el pintor dijese que su cuadro debía estar en el suelo, para ser contemplado en su esplendor: supongo que para crear un efecto de confusión. El trampantojo nos da una medida por descubrir.
+ «—Yo sé quién soy —respondió don Quijote—, y sé que puedo ser, no solo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia, y aun todos los nueve de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron se aventajarán las mías.» Don Quijote, Capítulo V, Donde se prosigue la narración de la desgracia de nuestro caballero. Copio la cita el sábado por la tarde. Hace calor y ese famoso «Yo sé quién soy» me deja pensativo. Trato de indagar en lo mío y no puedo hablar yo con esa firmeza. ¿No sé quién soy? Tampoco se trata de eso, aunque haya momentos en que sí lo afirmaría, pero no ahora, no hoy. Escribir es comenzar a dejar de ser, a hundirse en las aguas oscuras del olvido. En ello estamos, en la disolución.
+ «Postera nocturnos Aurora removerat ignes, / solque pruinosas radiis siccaverat herbas»
+ [Domingo funesto]: Discusiones sin fin, enfrentamientos, la ausencia de agua corriente durante todo el día. Pasó el domingo y fue un alivio. Dormí y el lunes, de camino al trabajo, no me acordé de nada, al menos ese fue mi propósito.
+ Leo en Quintiliano: «Timoteo, excelente maestro de flauta, pedía mayor salario por enseñar al que hubiese sido enseñado por otro, que si le entregasen uno que nada supiese». Lo apunto como recordatorio para mis tareas. [Jueves, hacia las once de la mañana]
+ Imagen: durante tres semanas las imágenes que he colgado han sido imágenes abstractas. Hoy escojo una silla con un libro sobre ella, es la silla de un vigilante de museo [Museo Nacional de Capodimonte, Nápoles]. La lectura tiene como función ensencial conjurar el aburrimiento, no siempre fue así, pero hoy sin duda está es una de sus razones. [La propuesta da para hilar una larga entrada, lo valoraré] - [Mi sentido común me impidió leer el título del libro, mi curiosidad quedó traicionada, aquí se muestra el producto de mi robo, ¿robo?].
sábado, 10 de agosto de 2019
47040
+ El título responde a convertir 280 semanas a horas. 47040 horas, por lo tanto. Llevo escritas 280 entradas semanales en este blog. Reflexionar sobre el asunto es reflexionar sobre los cambios y las permanencias. La libertad y la servidumbre. Me mantengo en esa servidumbre elegida que es el estudio, me dejo dominar por su disciplina necesaria, pero el único disciplinario soy yo. La lectura, el trabajo, los días con C. Todo lo que importa se ha decantado, como si hubiese filtrado. Permanecen unos pocos amigos, y esto ha sido una depuración. Debo volver a mirar hacia el pasado y reescribirlo. Eso, lo sé, es la posibilidad de una novela. En algún momento me tendré que enfrentar a esa posibilidad. mientras, descanso en el estudio, esa elegida servidumbre.
+ Sigo con el libro de Karl Ove Knausgård. A la última hora del día, en la cama, leo alguna páginas. Entiendo muy bien la postura del personaje y lucho por no olvidar que es una obra de arte, por lo tanto verosímil, pero no necesariamente veraz. El filtro de la escritura sobre una realidad que ya es particular en sí, no intercambiable pues responde a la percepción de una sola persona, sin mayor contraste que la lectura, que no deja de ser la creación de otro percibir. Dicho esto, la razón del personaje se acerca mucho a lo que fue mi adolescencia y primera juventud. Aspiraciones artísticas, decepción y largas conversaciones sobre vastos campos, en realidad, desconocidos. La violencia que tiene el personaje me aleja de él. Comparto reflexiones y entiendo esa frustración que supone no culminar el deseo. Antes pensaba que era algo privativo, algo personal, hoy sé que es una constante en muchas personas. La imposibilidad de alcanzar la satisfacción. El reflejo es confuso, por contexto y planteamiento, por perspectiva y distancia. Con todo, si la novela es una auto ficción, yo nunca escribiría algo similar, donde poner al descubierto a las personas que me he encontrado en la vida, con mayor o menos grado de intimidad. Sí, no me parece bien, pero una vez plasmado, el objeto artístico tiene su interés, un gran interés, la única vía de conseguir una larga novela, la única vía para un escritor muy poco dotado. De la necesidad, virtud.
+ Muchas veces, algunas veces, me detengo y me paro a hablar con un hombre, es un anciano. Hoy, sonriendo con su risa destentada me dijo que tenía la ilusión de llegar a los noventa años. Me llamó mucho la atención su mejoría respecto al invierno. Sus ojos se habían limpiado de una incierta niebla, estaba ágil, ya no necesitaba el bastón y hablaba con firmeza. Estuvimos unos minutos charlando. A lo lejos evolucionaban unos conejos, me mostró la malla que tuvo que colocar, más de doscientos metros, para proteger la verdura. Nos reímos, no me dejó marchar si enseñarme el árbol de las claudias, todavía verdes y duras: cuando estén maduras te daré unas cuantas, todos los años me dice lo mismo, pero yo no voy a buscarlas. No sé. Entendí algo sobre el presente, algo que no soy capaz de poner en palabras, pero que ahora, durante la tarde, en el estudio, todavía palpita.
+ El sueño se interrumpe en varias ocasiones durante la noche. Pesadillas. Entre las pesadillas surge un sintagma: líneas de persistencia. Algo que se relaciona con el cáncer, así lo dicen varios artículos científicos que no llego a descargar. No sé si buscar un sentido a la expresión, un sentido dentro de lo cotidiano. No, lo dejo a un lado.
+ [Pensamientos que se engarzan]. La persistencia me lleva a Dalí: La persistencia de la memoria. Esto me recuerda un cuadro que vi en el Reina Sofía. No lo había visto antes y me quedé impresionado por la capacidad pictórica que revela. Se titula Naturaleza Muerta (1924).El blanco sucio, las sombras, el punto rosa pálido. La disposición y la distribución de los objetos. Aquél día comencé a tener por Dalí un respeto que no tenía. Hay que modificar los juicios, esto es una redención.
+ Algo que encuentro en Jauss como paradójica e irónica propuesta: Historia de la literatura para auxiliares de clínica. ¿Podría tener su recorrido? Sin duda, pero también es cierto que esa casilla de los auxiliares de clínica podría estar ocupada por cualquier oficio o profesión, con sus peculiaridades. ¿Cómo se relacionarían éstas con lo nuclearmente literario? A saber, queda en suspenso y el día se termina.
+ Acabo de hablar con K. En Málaga hacía calor, aquí llueve. Poco más. Ya se sabe, una anotación sobre el tiempo metereológico sirve para comprobar si el canal funciona correctamente, si está abierto. Por escrito, quizá, poco sentido tiene. Ninguno.
+ Imagen: lo abstracto del muro, otro lienzo que no es tal sino una apriencia. Vale.
sábado, 3 de agosto de 2019
Mientras dormía, tal vez una investigación
+ Repentinamente me doy cuenta: entre las muchas, las muchísimas, cosas que me interesan de la lectura ahora destaca una sobre todas: el subrayado que los libros permiten hacer sobre lo cotidiano. En este momento estoy leyendo unos relatos de Patrick Mondiano que cogí esta mañana en la biblioteca pública, cierro el libro porque lo veo claramente y quiero apuntar esta sensación: enciendo el ordenaro y escribo, escribo esto mismo. Como un veneno, hay ciertas prosas que me no me transportan a ningún lugar, sino que consiguen que me concentre en lo que veo todos los días. Como un fármaco, en su doble naturaleza de veneno y remedio, me da un punto de desautomatización muy próximo a la ebriedad del hachís. Lo valoro y lo mantengo. Ay, los efectos que la lectura opera en la percepción.
+ [Viernes, biblioteca]. Este viernes fui a la biblioteca porque tenía un festivo de convenio [esos agradable días libres, que nos corresponden por el convenio colectivo, que trazan puentes hermosos: cuatro días sin ir a trabajar]. La razón: en verano la biblioteca pública no abre, lo que hace imposible que yo pueda ir; mi padre está autorizado para actuar en mi nombre ante los bibliotecarios: préstamos, renovaciones, devoluciones, pero prefiero ir yo en persona.
+ He cogidos dos libros de ficción: uno de Patrick Modino y el otro de Karl Ove Knausgård. El de Modino, Tres desconocidas, lo he terminado y la sensación ha sido agradable, porque resulta agradable encontrarse con narraciones que entiendo bien construidas, pero que la construcción queda en un segundo plano, como la estructura no visible, imperceptible, necesaria, ya que en la piel del relato se diseminan elementos que nos acercan a una realidad de vida, la realidad de lo cotidiano, percibida por cada sujeto de una manera diferente. La atmósfera me seduce, una Francia que yo entiendo situada temporalmente en los años sesenta y setenta del siglo pasado: bares y cafeterías, calles, tapias, luces, lo nocturno, autobuses, trenes, calles de París, edificios y portales, fotos, transistores. Un mundo que ya no es. Me llevó menos de una hora y media completar la lectura, algo enriquecedor: vibra la imagen de conjunto durante el resto del día, una sensación que tiene algo de narcótica. En ella descansé durante la mañana y la última hora de la tarde. En caso de K.O.K., Tiene que llover, es diferente. La novela de K.O.K. se relaciona con ideas particulares y episodios del pasado que me inquietan. La lectura, como sabían bien los representantes de la estética de la recepción, se construye con las experiencias personales del lector; y hay muchas razones para sentirme próximo a K.O.K., desde un punto de mi adolescencia leo la novela. Es cierto lo que algunos dicen: en las larga serie de novelas de K.O.K. nunca pasa nada, pero eso no es necesariamente un defecto, yo lo considero virtud: así es la experiencia lectora: por definición, inestable. Las aproximaciones a la narración se debaten entre el entretenimiento y la captura poética de lo inasible: el paso del tiempo y su inevitable crueldad. La poética de lo cotidiano es una conquista de la modernidad, para esculpir nuestra propia novela. Ese reflejo en lo diario nos trae una traza de alejamiento. Así, las inquietudes del joven que llega a la escuela de escritura creativa son muy similares a las que tiene cualquier joven un tanto pedante que se ve envenenado por la literatura, por el amor, por la posición del que escribe, ese sucedáneo de la vida. Y es ahí, en la suplantación de la vida, desde donde yo leo. Desde la literaturización de lo vital, con el enorme peligro que ello conlleva: falta de perspectiva, falta de entendimiento, falta de generosidad. El elitismo del lector cierra el círculo. Continuará la lectura de Tiene que llover y me debo plantear terminar un texto que comencé hace cuatro o cinco años sobre el autor y su serie: Mi lucha. Debo valorarlo.
+ Esa inconsistencia de lo escrito anteriormente es parte de los rasgos fundamentales de una serie de personas con las que he tenido trato a lo largo de mi vida. Yo me incluyo, sin duda. Falta de confianza, un cierto elitismo, parálisis social. Ahora lo sé. Lo asumo, casi como si se tratase de un crimen, pero no es un crimen, sino un rasgo de la personalidad, un ingrediente necesario de un cierto principio rector. Lo veo con serenidad, y lo estudio, como el recuento, la contabilidad de toda una vida condicionada por esa constante. Dejo el libro. Duermo y sueño con Nueva York. No es la primera vez que esto sucede. La sensación de inconsistencia continúa durante el sueño y me veo en la vigilia vi en la vigilia. ¿Debo buscar un sentido en el sueño? Los sueños son excreciones.
+ Los veo y me parecen niños gestionando asuntos de adultos, luego me doy cuenta de que ni una cosa ni la otra: ni son niños, ni son asuntos de adultos.
+ El libro de K.O.K. ha resultado desagradable en un sentido no esperado. Me desagrada, pero continúo la lectura. No está en el libro el problema porque no hay ningún problema. Se trata de una relación entre el pasado y yo, una idea de renuncia y de fracaso. Veo cómo resulta el escritor en formación y ahí me veo yo, no puedo menos que compararme [lo que en sí es un gran error]. No voy a dejar el libro, aunque me cause sufrimiento, debo constatar que no me vale esa idea de fracaso, pero sí la de renuncia. ¿Son equiparables? Debo continuar leyendo y continuar con el contraste entre mi vida y lo narrado, que no son paralelas ni equiparables, pero me la tarea me da una pista para indagar en la estética de la recepción, el lector como artista. Una investigación, tal vez, con un sujeto de análisis: mi mismidad.
+ El fracaso siempre es interior, se construye según valoraciones que nos otorgamos. La receta contra su infección es el olvido, la relativa importancia que todo tiene ante la muerte. La muerte es un disolvente, la disolución de todas las ambiciones y de todos los miedos. Tras ella, nada.
+ Imagen: los restos del naufragio, una foto en un museo de arte contemporáneo [no tiene mucha importancia si es éste o es aquél]. El desenfoque y lo antiguo que resulta el televisor catódico sobre el pedestal. Arqueología, todo está llamado a convertirse en arqueología.
sábado, 27 de julio de 2019
Continuidad
+ Estudio, trato de estudiar. Suena la 5ª de Mahler. No puedo continuar con la lectura, debo esperar a que termine la música, en concreto: el adagietto. Termina y escribo esto que lees [si es que estás ahí]. He llegado a la conclusión de que debería estar prohibido utilizar ciertas piezas para ilustrar campañas publicitarias, películas o noticias, cortinillas de promoción televisiva. Es un pecado, sin duda, un pecado mortal. He visto cómo se destrozaba Vivaldi, Bach o Beethoven, pero también a los Beatles, por poner cuatro ejemplos que se suman a Mahler. Aunque La muerte en Venecia sea una película memorable, el adagietto debería permanecer libre de toda interferencia. Me paro y creo que este subrayado se debe a una tendencia que se está acentuando: mi tendencia a recogerme sobre mí mismo, a construir manías y descartes. ¿Soledad o elección con una argumentación solida? ¿Tiene importancia? Me recuerdo conduciendo y selecciono aquellos pensamientos que me atacaron: como el río revuelto que trae con la corriente los restos de las tormentas, la marea que arroja a la playa los restos del naufragio. Lo sé, debo volver a la lectura y debo abandonar estos excursus que a ningún punto se dirigen, sin embargo las divagaciones son parte constituyente de mi sustancia, a mi pesar. ¿A mi pesar?
+ Me desdigo de lo anterior: Kubrick supo elegir músicas más que adecuadas a las secuencias de sus películas. Desdecirse: me constituye; también. En ello descanso, en asumir lo que soy: cuando me gusta, cuando me disgusta.
+ Las marea sube, la marea baja. Conozco bien sus movimientos. Me dejo llevar, lo siento y creo entender un mecanismo que se relaciona con el pasar de los días, con la llegada de las estaciones, con la caída de los años. Pero este mecanismo, cómo no, tiene que ver con el estado de ánimo, mi estado de ánimo. Unos días arriba y otros abajo, pero siempre con las tareas realizadas, con pulcritud, en la fecha prevista, en la exacta disposición. Cumplir con la obligación es un medicamento, el farmakón: remedio y véneno, tal vez. La prontitud inexcusable. Así, un día, la rutina se ve rota por razones ajenas las previstas, me molesta y me agrada al mismo tiempo. Necesito un paréntesis, me alejo de la tarea y la siento de otra manera. En otro sentido. En este sentido, un sábado, fuimos a un entierro de una mujer de noventa y cinco años. Mi tía, mi tía política, la cuñada de mi padre. La tristeza provenía más del certificado de la crueldad del tiempo que de la muerte en sí misma: había cumplido su ciclo años atrás, y ya no era desde que se sumión en la demencia, en el olvido cruel, la desmoria y el desvanecimiento de su vida, la consciencia de su vida. Me dije: ya no soy joven, lo sé, o quizás nunca lo fui. Volví a ver paisajes que formaban parte de mi infancia, con su regalo mitológico de lobos, culebras y ceniza [globos de ceniza, según el Conde de Villamediana], y el paisaje en sí no han cambiado mucho, salvo las casas que se desmoronan: es sencillo: una grieta en la cubierta, entre las lajas de pizarra, el agua comienza a hacer su trabajo; sin una reparación a tiempo, la cubierta se derrumba y el viento, el agua y el sol destruyen la madera, todo se reduce a polvo, quedan los muros, y los muros semejan la osamenta de grandes animales que fueron y nunca volverán a ser, extintos ya son una curiosidad de museo, una curiosidad fotográfica. Las piedras lavadas de los muros, la maleza, a lo lejos las esquilas de la vacas, algunos árboles por talar, carreteras que no se terminan nunca, ensanches de caminos carentes de función. El mundo se ha detenido y la naturaleza recupera sus dominios: los caminos se ciegan. Es otro mundo muy distinto el de hoy. Me siento otra vez, con desagrado, un observador, el que escruta el espectáculo de la vida sin participar en ella, pero tampoco ve otra posibilidad. La reflexión sobre los años y la desaparición no me inquieta, tampoco resuelve nada asumir esta condición con estoicismo doméstico, las malas horas vendrán sin que nadie las llame, sin que nadie lo pueda remediar, sólo restará saber situarse ante ellas, aceptarlas y, al tiempo, buscarle una utilidad que no es consuelo: son una vara de medir que disuelve los carísimos coches, las soberbias residencias de verano, la calidad del oro que brilla por efecto de hiriente luz del medio día. El oro resulta tan vacuo que ni siquiera se puede comer, me dijo alguien del que no recuerdo su nombre pero sí su rostro: surcado por las arrugas, los ojos acusos, los labios exhaustos. El entierro fue sencillo y rápido. Quedó en el aire vibrando el final de un mundo, lo sé, mi padre también lo percibió: es mundo que agoniza y él es el último testigo, el último superviviente. Todo será borrado, todo, y nosotros también seremos borrados.
+ Un hombre se despidió de mi padre: «…y si nos vemos por aquí, nos veremos en la otra vida, que será más feliz que ésta». Lo dijo con el mismo convencimiento que antes nos había explicado, cuanto estaba al frente de la comunidad de montes, cómo se arregló el campo de la fiesta, cómo se compraron altavoces para la iglesia, que es otro adorno para Dios, dijo, y afirmó que ya el monte comunal casi no daba nada, tampoco las tierras arrendadas a un ganadero de Madrid. Me resultaba tan extraña aquella fe, aquel confiar en volverse a ver en el más allá como el que habla de verse en Bilbao o en las fiestas del patrón. Esa fuerza ya no es habitual, es la rutina de la erosión: un mundo que perece, como perecerá el mundo de los teléfonos y sus arcanos y oráculos.
+ [Tres listas]: Tengo tres listas abiertas, que voy completando sin solución de continuidad: autores / haces, indicios difusos y condiciones de posibilidad / arquitecturas. Son tres contenedores en donde voy depositando aquello que encuentro referido a sus etiquetas. Los autores que, por una u otra razón, me interesan. Los asuntos que conciernen al presente y al futuro inmediato, desde una punto de vista político, social y económico. Las arquitecturas que responden a una idea de vivienda individual y autosuficiente, mínima y enfocada hacia la lectura; como si se tratase de la celda de un monje. Ahora reparo en ellas, pues sus títulos coronan las tres libretas electrónicas que tengo abiertas en este mismo programa, este programa donde ahora escribo esta entrada. La triada, junto al blog, conforma un proyecto de taller o laboratorio, que me sirve en mi indagación en la realidad cotidiana, en lo que me afecta y me preocupa. Es una útil herramienta, y es una herramienta muy sencilla.
+ La indagación en lo propio exige determinar, en primer lugar, qué es lo propio. Lo propio es variable, en mi caso. Propio son las arquitecturas individuales para estudiosos, celdas monacales insertas en el siglo XX con proyección en el siglo XXI. Propio es el intento por concretar un dominio de estudio y explorarlo sin tener muy claras las dimensiones y su topografía. Propio son las seis de la mañana y la radio-escucha de Europe 1 en línea. Propio. Me disuelvo en la posibilidades de los cotidiano, en su extensa e inasible realidad, una transición suave que resulta complejo segmentar, establecer una taxonomía, llegar a una conclusión. Es el cambio fluido de lo diario donde se insertan todas las propiedades que componen los intereses y los rechazos. Así, son las seis de la mañana y hoy termina la semana laboral, mañana estudio, pasado estudio, luego llegará el sábado y tendremos media jornada de estudio. A base de insistir, el objeto toma forma. Ese es el aprendizaje de lo propio: permanecer en lo elegido, sin desfallecer, sin desánimo o con la necesaria flexibilidad para vivir en con su presencia sin permitir que nos gane la partida.
+ Thomas Bernhard: escribir para ser como él, para alcanzar su status, pero en realidad él escribe así porque el es así, primero es la persona y luego la escritura, nunca en el sentido contrario. Este descuido trae consigo nefastas consecuencias. Acabo de ver un vídeo donde él regresa a su casa en su elegante Mercedes, le espera un periodistas y lo atiende con incierta displicencia. No sé alemán, pero comprendo muy bien qué pasa, cómo T. B. es la figura que es, la figura que permite la literatura que escribe. En esa línea, para hacer hay que ser, nunca en sentido contrario.
+ Imagen: abstracción geométrica capturada en el Serralves. ¿Por qué esta tendencia a la abstracción, fotos que quieren eleminar la posibilidad de un referente?
sábado, 20 de julio de 2019
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+ Paseo por la playa. Un furgón grande con la música alta, sinuosa, rimada: ¿Bad Gayl, Open The Door? Una pareja; beisbolera, tatuajes, anillos, un atardecer acrílico, todos los edificios del fondo, los árboles, la música se detiene y recomienza. Es el siglo XXI, la muerte de las guitarras eléctricas [tampoco hay porque exagerar]. Un poema al borde del mar. Un castillo de arena: reyes que en la mano tienen una llama. El ritmo fantástico del mar, indolente e indiferente: qué son los humanos, ni siquiera se pregunta. Lo sé, soy un observador y cada día que pasa más profundizo en mi condición, me agrada y me aporta un extraño placer. El paseo por la playa cumplimenta los meandros de la semana, pero no va hacia ningún lugar: hablar, un helado, el salitre y la brisa. Volvemos a pasar junto a la furgoneta, sigue el trap. Los observo: son tan fotográficos, es su momento, su tiempo, el tiempo de acción. Contemplar la puesta de sol, el día se ha terminado y hay que conducir para regresar a casa. Lo visto palpita como el sueño palpita tras el despertar.
+ [Un jueves libre, un jueves festivo]. Lejos de las obligaciones laborales, he estado casi todo el día en casa. Hace calor y el verano es un hecho. Acabo de ducharme y pronto saldré a pasear con C. y E. Está bien. Durante el día, a ratos, escribí en mi la libreta de notas electrónica de mi proyecto, tomé café [¿en exceso?] y leí, a ratos también, algunas páginas de Gemma Bovery. Dejo la reflexión sobre su lectura para otro momento y me planteo la idea de Normandía. Veo que la tendencia a Normandía es muy literaria, como lo fue nuestro viaje a Nápoles. La unión de viaje [o si se prefiere turismo, que el término no me desagrada y creo que compone una configuración de nuestro particular momento histórico] y literatura logra un equilibrio adecuado, al que se une el paisaje, la gastronomía y los idiomas.
+ Todo se desmorona mientras los gatos permanecen ajenos. Ésta es la única actitud aceptable. Eso dijo y yo la escuché, sin asentir ni disentir. Entendía que deseaba mostrar un aliento poético, una inspiración más grande lo posible o lo probable [no sé] y se calló. Pensé en cómo ciertas personas se constituyen en escritores y este proceso es el proceso que va de larva a otro insecto: la necesidad de agradar a quien puede dar el necesario dinero. Nada dije, por no violentar aquella vocación. La transparencia no es un virtud. Yo soy un observador, simplemente, terminé por decir. Ella volvió a hablar de gatos, de Juan Ramón Jiménez y de una vacaciones en el Sur de Portugal cuando era niña. Su voz de desvanecía y yo debía regresar al estudio, ya sólo escuchaba la música que me aísla del mundo, la música de un órgano un tanto mecánico y ventoso. La tarde es la tarde del sol y el calor: me desagrada. Nada puedo hacer. Nos desvanecemos ante la indiferencia gatuna.
+ [La utilidad de las novelas] ¿Puedo hacerte una pregunta? Sí, por supuesto. ¿Sirve para algo leer novelas? Sin duda alguna, a mí la lectura de Madame Bovary me sirvió para tener un horrible y paralizante miedo a contraer deudas, hasta ahora me ha resultado de gran utilidad tener presente el desagraciado final de Emma, que sobre todo se debe a la acción de las deudas, el peso del dinero contra la persona. No supe que decir, hablaba en serio o era ironía; con todo, el poso de verdad permanece: la muerte a la que Emma se precipita se debe a las deudas contraídas, de no haber deudas, Emma no se hubiese suicidado.
+ Debo hacer dos recados en el centro de la ciudad. Camino con una cierta prisa, quiero regresar pronto al estudio. Las calles están llenas de gentes y son las once y media de la mañana. Después de recorrer algunas tiendas de ropa me doy por vencido. Subo una calle, bajo otra y me estoy en una plaza: no conozco su nombre. Me paro. Ya son las doce menos cuarto, no me gusta perder el tiempo o, mejor, el tiempo si lo pierdo es con una cierta planificación [aunque parezca paradójico me gusta que lo cotidiano encaje en la cuadrícula que previamente he programado, en fin: manías sin consistencia]. Cuando guardé mi vetusto teléfono en el bolsillo los vi. Caminaban rápido. Ella tenía un aspecto extraño: el pelo rizo, ya totalmente blanco y alborotado, muy alborotado, gafas de sol grandes. Él estaba muy delgado y se había dejado barba, una barba espesa, el pelo muy corto. Observé, desde la distancia, su caminar acelerado y los vi desaparecer. Sentí que el tiempo había pasado, sentí que el tiempo es un tirano implacable. Eran personas de una cierta edad, como yo, los sentí como extraños cuando tiempo atrás eran mis amigos: cuánto tiempo hacía que no los veía. Un día le llamé por teléfono y no me devolvió la llamada. C. lo atribuyó a un cambio de terminal, a la pérdida de mi número y a la costumbre, muy extendida, de no devolver las llamadas a números desconocidos. No sé. C. tiene razón, pero aquel día se desvaneció algo, como si se culminase un proceso. Así, los vi por la calle y me parecieron extraños, una pareja de señores que caminan por las calles de una provincia sin mucha importancia. ¿Y yo? Yo me sentí mal porque el paso del tiempo sólo aporta dolor, un dolor sordo, un zumbido que nos habla de nuestra caducidad, de lo banal que resulta toda empresa humana, de la muerte y su triunfo. Lo dejé a un lado, terminé mis recados y regresé al estudio: el siglo XVII, un lugar del que nunca debí de salir, al menos este sábado.
+ La tarde de este mismo sábado fue tormentosa, en su literalidad: calor, lo eléctrico del aire, el ambiente y su espesor, lluvia pesada: gotas gruesas contra el asfalto y el hormigón. Salimos a las siete con rumbo a Vigo, como hacemos tantos sábados. Qué gustos, me digo, tan poco sofisticados: tiendas, librerías y algo de comer, también cerveza 0/0. La realidad de nuestros descansos: charlar, comentar prendas y leer fragmentos de libros que no vamos a comprar. En una de estas conversaciones le conté a C. el no-encuentro que había tenido por la mañana. Ella es más sensata que yo y dijo que hay un proceso en que los amigos se convierten en conocidos y los conocidos en extraños. Sí, es la propia falta de permanencia que todo tiene. ¿Son las mismas personas que vimos que aquéllas con las que conversábamos en el pasado? No, de ninguna manera. Nadie lee dos veces el mismo libro, porque, fundamentalmente, uno no es el mismo: ese imposible. Seguimos con nuestro periplo y fuimos a pasear a la playa, cuando ya casi no hay nadie, cuando cae la noche. Por el damero de baldosas del paseo se deslizaban patinadores, corrían alegres perros y algunos adolescentes se besaban con verdadera pasión, entrecruzando sus cuerpos como sólo se puede hacer a esa edad. Se acercaba la hora de regresar y nos dijimos que sí, que el día había sido provechoso, a pesar de todo: el aburrimiento, la tarea y los desencuentros con aquél que fui en el pasado.
+ He terminado de leer Gemma Bovery. Finalmente, el cómic me ha parecido un brillante ejercicio. ¿Es malo que una narración sea un ejercicio, que no vaya un poco más allá con una intención más nuclearmente artística? No lo creo, porque desconfío de las intenciones que buscan la esencia sin más. La evaluación es variable: lo que fue un chiste hoy es un ejemplo a seguir. En esta línea, nada permanece, todo es cambio. El cambio es la característica principal de la vida, de lo biológico y de lo social. Partir de Madame Bovary resulta todo un desafío y Posy Simmons lo salva con mucha habilidad, con una sugerencia que es más que una narración, que puede se entender como una lectura de la novela de Flaubert. La historia en apariencia hace que las coincidencias ocupen un papel destacado: los nombres del matrimonio, el aburrimiento de la esposa, los amantes, las deudas, la muerte de Gemma [que rompe la equiparación con la novela de Flaubert. Pero el protagonismo, en mi opinión, es la posibilidad misma de utilizar el material, su recreación o reciclaje. COn todo, entre todos los elementos novedosos, me llama la atención la presencia del panadero, el que lee el diario de Gemma, el que lleva el hilo de la narración; ese desplazamiento de la voz que cuenta: ahí difiere de Madame Bovary, pues el relato de Emma viene a través del frío y exacto narrador constituido en el estilo indirecto libre; en Gemma Bovery estamos ante una primera persona que lee, con inigualable deslealtad, el diario de la protagonista. Un punto más a su favor, la lectura ha sido una práctica de la lengua inglesa, con las entreveradas frases en francés, y, al mismo tiempo, una reflexión sobre la narración, sobre Madame Bovary, sobre el hecho mismo de leer. Ahora descansa en una balda, junto a olvidados manuales de guitarra. ¿Lo recuperaré? Esa pregunta flota en el aire y se desvanece según las obligaciones imponen su rutina.
+ Gemma Bovery invita a continuar otros álbumes de P. Simmons. No sé. No hay mucho tiempo.
+ Imagen: el punto de vista abstrae lo real, lo que por real podemos entender: en un determinado momento.
sábado, 13 de julio de 2019
En el inicio del verano
+ Días nublados de verano, arropados por la música de Pulp. Conduzco por la una carretera que orla la ría, C. permanece en silencio y nada parece perturbar nuestra tarde del sábado: recogidos en el habitáculo que resulta ser el coche. Como un acento de ciencia-ficción, posibilidades que quedaron ahogadas en los años setenta, lo acrílico y lo pop. Un pop interesadamente elaborado: una construcción para el momento. Hay ciertos matices que me interesan especialmente: novelas de Fernández Mallo, pintura como la D. Hockney, paisajes urbanos en la última hora día, poco antes de entrar la noche: luces diseminadas, azules muy intensos que tienden al negro profundo, los semáforos y la pintura reflectante por acción de las microesferas. Maneras de afrontar los momentos, se moldean en función de nuestros intereses. Una lírica sostenida que nos ayuda a olvidar nuestra condición de mortales, la tendencia a novelizar todo. Personas y personajes, ambientes, contextos, inicio, medio y final: reverberaciones y sustratos de lo leído.
+ Acabo de copiar los títulos de unos poemas que comienzan con la partícula condicional “sí”, para tratar de revelar su carácter argumentativo, su naturaleza retórica. Una tarea mecánica que consigue que me fije en una cierta textura de las palabras. Una palabra según se repite termina por desvanecerse, eso lo sabe todo el mundo, pero lo muy evidente no tiene porque ser falso. En ese fluido llegar que todo lo difumina descanso. La tarde del domingo es más lectura y más música, otra larga evidencia.
+ Por cierto: les valeurs des annonces son le pouvoir el l'argent. Reflexiones tengo sobre este particular. La ligazón de ambas palabras, de sus referentes y de los posibles equívocos que suscitan. Llegado a una edad, a veces, no puedo dejar de evaluar las dos circunstancias con prevención. Lo evidente no siempre es lo necesario, he visto el dinero como un obstáculo y el poder como una limitación, pero su atractivo nunca decae: hay que protegerse contra su influjo. Yo no tengo ni una cosa ni la otra. Lo sé, vivo en mi papel de observador del mundo. Así estaba yo tasando indumentarias, gestos y caminares, y recordaba, también, la entrada anterior y la frase de Fanny Ardant sobre la seducción, sobre lo que a ella la seducía: la voz y el encanto. Se trasluce el encanto en la voz y eso no se compra con dinero ni tiene una poderosa traducción de dominios y estrategias. El encanto, como el buen gusto precisa una sociología que desmonte la construcción, que establezca unos diques, que tienden siempre a lo mismo: el buen gusto es una imposición de la élites, o al menos así lo entendido yo. ¿El encanto? Oigo la hermosa voz de F. A. y pienso en la playas de Normandía, las calles de París, los viajes en coche, la música de Katy Perry [v. gr.: «Eat with your hands, fine / I'm on the menu» en Bon appétit] mientras rebasamos Nior [la ciudad más fea de Francia según el protagonista de una novela de Houellebecq], el queso y el foie, el champagne y el steak tartar, iglesias, plazas, centros comerciales, viñedos y rosales (…) Bueno, creo que eso me da una idea de charm que hoy me sirve.
+ Hoy vi dos gatitos. Paré el coche, bajé la ventanilla y los llamé. Miraron hacia mí y maullaron. Bajé del coche y se escaparon. Di la vuelta y volvieron a maullar. Me reí y ellos me miraban. Lo poético estaba cifrado en el azul del cielo, las nubes sin densidad y un aire suave. Etérea, la última hora de la mañana. Los llamé una vez más y se alejaron a saltos por un camino, sin volver la vista, sin maullar. Tenían algo de haikú, otro poco de aristocracia gatuna, la aristocracia de los gatos de campo, que no conocen más ley que la del sueño y el hambre, porque quizá no exista otra ley. Arranqué, sonó un piano intenso en la emisora de música clásica, se detuvo y la locutora habló un poco sobre la tortuosa vida de Mozart, como si el sufrimiento fuese un precio a pagar por tan inabarcable don. Un lunes de julio que ya nunca volverá.
+ Vi un perro abandonado: asustado. Un perro con algo de Basset Hound, pero mestizo al final. Tenía mucho miedo, lo llamé, escapó y se perdió en el bosque. Sé que, finalmente, lo atropellará un coche. Se ve que era un perro acostumbrado a comodidades, el pobre. Quizá tenía hambre. Quizá no lo han abandonado y se ha perdido. Me dio pena, pero yo no puedo hacer nada. Vi como se alejaba por el sendero, como ascendía por el camino y despareció. La pena se distribuye por el paisaje y se ve acogida por la plasmación de la música. Ese plasmarse de la melancolía. Una baliza en el camino hacia la nada, la inefable nada.
+ Un pato se había colado en la autovía. Lo asusté con un escobón y regresó a su mundo, de donde no había haber salido. Hay acciones que compensan la imposibilidad de actuar. El pato por el perro. La vida se compone de extraños equilibrios que nunca alcanzaremos a explicar. Continúa la fluida música de Teleman. No tengo, en este momento, una opinión y es un estado perfecto. Teleman delimita los recortes que los árboles efectúan en el cielo: una sierra irregular y primitiva. No mucho más, la inefable nada: repito.
+ Alguien decía: todo lo que se ve acompañado por el adjetivo “familiar” se transforma en desagradable: comida familiar, viaje familiar, reunión familiar (…) Los peligros más graves nos acechan en lo cotidiano, siempre.
+ Esta semana comencé la lectura de Gemma Bovery [que no Emma Bovary]: un cómic comprado en una librería cibernética del Reino Unido. La historia de una londinense que se muda a Normandía con su marido, un divorciado algo mayor que ella y con ciertos parecidos con Charles Bovary [de hecho se llama: Charlie]. Todo sea dicho, si compré el cómic fue por el viaje a Normandía que se aproxima [hablamos de finales de septiembre principios de octubre]. Del cómic me gusta el planteamiento y los dibujos, la estructura de la narración y lo sugerido, ese mundo donde contrasta la vida en Londres y la vida en la campiña normanda. Bien, llevo unas pocas páginas, pero son suficientes para abrir reflexiones sobre ciudades entrevistas, viajes y modos de vida tan ajenos al nuestro. La infinitud de posibilidades en lo humano cuaja con celeridad en esta narración, una narración que dosifico para no terminar demasiado pronto [una señal del interés que despierta en mí la historia de G. B.].
+ Imagen: la foto tiene un algo que tiende a la maqueta, la representación modélica e inalterable. Me gusta la sensanción de irrealidad, la distancia que marca en el tiempo, balizas vitales. No hay un regreso posible, son sólo objetos que nos definen: cuando los compramos, conducimos o fotografiamos. Disparé la foto en Berlín y sabía que su destino era estar en el blog, una forma sistemática de actuar, el orden y el método, que no es otra cosa que el cumplimiento del programa: se cierra el círculo virtuoso
sábado, 6 de julio de 2019
La voix et le charm
+ Una tarde: Portugal: La Guardia, Bayona. La carretera, la conducción, la música. La suma no está completa: hablamos sobre muchos asuntos y nos encontramos bien, el uno con el otro. Nos entendemos, ya, sin palabras, y el silencio que la música adorna es una comunicación resultado de muchos años. ¿La felicidad? Me constaría encontrar una palabra lo suficientemente amplia, no es fácil: se trata, como ya he dicho, de una suma, pero también de restas. En ello descanso. Es un medicamento para encauzar la semana y sus meandros.
+ Escucho una entrevista con Fanny Ardant, ella dice que no la seducen les valeurs des annonces, sino la voix et le charm. Pienso en esos valores que se anuncian: el poder y el dinero o la conjunción de ambos. Al mismo tiempo, copio las palabras en francés porque creo que la traducción las cercena. La voz de Fanny Ardant llega a la tarde no como una medicina sino como una voz, en su punto inefable, en el que progresivamente cada día creo más porque hay reside lo literario, si se desea concretar, algo se rompe, como el forense que práctica la necesaria autopsia: explica la vida pero no es la vida. Fanny Ardant ilumina el lunes, la voz de Fanny Ardant.
+ Desde hace unos meses no dejo de pensar en ciertos momentos de mi infancia, momentos que se relacionan con la televisión que veíamos en aquellos días: la única que había. Por ejemplo, Rosa León y sus canciones, los vídeos que las ilustraban, el baile y los atuendos. Orquestaciones, una voz limpia, el cristal de la propia televisión en blanco y negro. Había algo en lo castellano que me fascinaba y que todavía me fascina. Creo que se ha concretado con el paso de los años en una seducción del paisaje, la voz y el estilo; una suerte de un Madrid que intuía en aquel totum revolutum infantil. En este sentido, el sentido de un Madrid soñado, un Madrid construido con fragmentos de la memoria, el sábado pasado, en el programa Documentos de Radio Nacional de España, escuché un documental radiofónico sobre Sánchez Ferlosio y volví a intuir lo intuido, a ver lo visto, a construir lo construido. ¿Hay un puente entre los textos del escritor y las canciones de R. L.; por ejemplo: El reino del revés y Alfanhuí? Es mi historia, pero es la historia que yo construyo y certifico desde este mi presente, que se conecta con aquél pasado pero no es aquel pasado. Ferlosio ha muerto y queda una humareda en horizonte, sus libros, la prosa y la gramática, la sintaxis tal vez, la tendencia a la hipotaxis inmensa, inabarcable (esas subordinaciones de más de una página: la dificultad de seguirlas aunque sí exista una posibilidad). Recuerdo El Jarama, recuerdo leerle durante un verano mientras trataba de explicarme la prosa, pero sumergido en su música, en el acierto léxico, en la fuerza de la prosa; queda la idea de un territorio. Son mis rarezas, me digo y sonrío en la tarde del sábado, poco antes de ir C. y yo a Portugal, a La Guardia, a Bayona. Mientras conducimos y la música nos arropa. Sé de mi infancia lo que hoy construyo con los recuerdos, pero, finalmente, no es mi patria, sino un paisaje, una música, unas palabras. La prosa del tiempo. El encantamiento de la voz: la voix et le charm.
+ Luego pienso en los avatares vitales de Sánchez Ferlosio. La muerte de su hija, sus rarezas, esa fatigada existencia. Recuerdo haberlo visto en una ocasión: yo iba en autobús desde Arturo Soria hacia Atocha y lo vi subir a un taxi. Vestido de negro, la corbata negra, el traje negro, la camisa blanca, el rostro entre el águila y el lobo, algo de cazador o de pastor, el pelo alborotado, grueso, pesado, asustado, tal vez. Fue una exhalación. El autobús arrancó y él no había conseguido subir al taxi. El autobús se alejó y yo continué mirando aquel taxi y lo que era una un punto, una esquirla en el fondo de la calle. Conmigo viajaba la niebla y el miedo, un tambor sin eco, la certeza de la muerte y ningún temor a su presencia. Recordé este flash unas cuantas veces y ahora lo hago, tras escuchar el documental radiofónico. ¿Fue un sueño? No, pero pudo haberlo sido, ya que tenía todas sus características y razones. Hoy, pasado el tiempo, no hay diferencia entre una cosa y la otra: entre el sueño y la vigilia.
+ Decía alguien que, al morir de Sida su hija, Sánchez Ferlosio dormía bajo la cama arropado por un saco de esparto. No sé, hay cosas que no deberían ser contadas por mucho que ilustren una biografía y sus rarezas. Qué bien, me digo, lejos de todo ese barullo de literatura, emblemas y curiosidades.
+ Voz y encanto, tal vez se puede encontrar en la compra mensual en el supermercado. Salimos del supermercado y asiento. Pienso: qué número es el yo del súper, qué número ocupa el yo que lee a Ferlosio, el yo que se preocupa por su salud. No me reconozco en el espejo después de leer a Villamediana, luego me entretengo con otros poemas y tampoco me encuentro. El súper me devuelve la humanidad necesaria: qué pernicioso es el encierro libresco.
+ La visita al médico resultó satisfactoria porque me tranquilizó. Se resolvieron mis dudas y, al parecer, no estoy tan mal como yo pensaba. Un ligero aire de hipocondría, un acento de romántica tendencia a la enfermedad, entre el teatro y la pulsión. Poco tuve que esperar para ser atendido, pero me proporcionó un espacio y un tiempo en suspenso: había una atmósfera cálida que contrastaba con el acero y el cristal, tan ultramodernos, tan ciencia ficción. Los espacios precisan su lectura, recordé mientras esperaba mi turno. Luz cortada contra el pavimento gris, grandes ventanales, techos de aluminio, puertas de acero, cristal verdoso, cristal glauco, cristal lechoso. La mujer que se sentaba a mi lado estaba nerviosa: muy delgada, seca, pelo muy rubio, no paraba de consultar su teléfono y de organizar unos papeles que traía en un sobre, lo hacía mecánicamente. Miré por el ventanal los tejados de la ciudad, las terrazas, antenas y cúpulas. El cielo azul se matizaba con algunas nubes algodonosas, es verano y no lo parece. La necesidad de buscar un punto de fuga, me dije y salió el médico: atendió a la mujer, que sólo le tenía que mostrar un papel para que su baja fuese efectiva. Su voz era quebradiza, voz de fumadora, nerviosa, como un hilo casi invisible. El médico la tranquilizó y al final una sonrisa hizo que ella se relajase. Entendí que la sonrisa elevaba su capacidad. Entré, hablamos y me dijo que debía repetir el análisis de sangre. No estoy enfermo, me dije, pero me di cuenta que la afirmación es tan inestable como la placidez de la tarde: unas débiles gotas comenzaron a caer sobre la acera, la grisácea acera, su damero y el olvido.
+ Imagen: fragmento arquitectónico de algún museso: el regreso a las 2D, desde las 3D.
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