sábado, 31 de agosto de 2024

Sin indicaciones (25)

 


+ Una extraña melancolía me invade y que, creo yo, está relacionada con una inflada sensación de abandono, con una cierta incapacidad para escribir lo que estoy obligado a escribir. ¿Quién obliga? ¿Yo? Yo, sin duda, pero yo es un otro y ese otro me ha embarcado en un proyecto que hace aguas y que me resisto a abandonar. Resistir. No hay otra. La melancolía no es otra cosa que la inundación de la bilis negra, la etimología es clara. Una enfermedad moral, donde se enfrenta el deber y la ausencia de resultados. Por el momento, no cumplo plazos y eso me duele. Me duele la falta de seriedad. No puedo hacer que los demás pierdan su tiempo y el mes de agosto se termina: todavía queda un buen trecho. Trataré de sacudirme esa podredumbre que me acecha. Lo conseguiré.


+ “El verdadero arte […]”, comienza el poeta. Soy un nihilista, me digo y acierto. No existe un verdadero arte. 


+ “Una casa en la playa, humano / es el viento que durante el amanecer acaricia / la tumba entre los pinos, acero humano.” Simplemente, copio lo que escribí hace casi quince años y no añado nada, tampoco quito nada. 


+ Extraños caminos que me conducen al pasado y me produce este regreso una desazón que se relaciona con la melancolía de la que antes hablaba. Hundirse en biografías de personas que ya nada significan, que se alejan en el espacio y en el tiempo para transformarse en irreconocibles siluetas. Así, la melancolía no es nostalgia, porque yo no añoro nada: no deseo regresar, sino permanecer el aquí y ahora [y no lo logro].


+ Atrapo la palabra “sobredeterminado” y la apunto. ¿Su significado, una posible traducción, una exégesis? No. No es posible. Si elimino el contexto histórico y filosófico de donde la he extraído, ya no tiene sentido. Así, creo, sucede con un pez que se convierte en pescado; ya no es lo que era y ahora es otra cosa. El apunte que acabo de anotar me da medida de cómo los días van pasando: en esta rutina y en esta inercia. Lo veo y así lo quiero.


+ “Religión, política, ciencia. Las tres son formas de saber y son también formas de la organización del poder.” Continúa el curso en línea de QR. Tomo nota y anoto la cita. Aquí y ahora. Sigue una discusión personal sobre la ἀρχή. Reflexionar y tratar de recordar lo escuchado y anotado, el intento de recordar de una manera ordenada y precisa, me da cierta estabilidad. ¿Se ha disuelto la melancolía, en este punto de la semana? Al menos, se ha emboscado. En ese bosque, hundida en sus profundidades, ya no se percibe. Bien así.


+ Imagen: Un muro a las 6:45, hora mágica, en el camino al trabajo.

sábado, 24 de agosto de 2024

Magnificencia / rawdogging

 


+ ¿La escritura o la vida? No puedo elegir. No puedo resolver la ecuación, ya que para mí están íntimamente ensambladas. ¿Podría vivir sin la escritura y la lectura? Sin duda, pero sería otra vida, no esta. Escribo y avanzo, como una suerte de oración laica. Me gusta el silencio, me recojo en la lectura y me expreso en la soledad de la escritura. Pero no busco la salvación, sino un tránsito diario sobre lo real, en su múltiples manifestaciones y fricciones. Aquí, en este diario tiene su particular carnalidad. Palabras que tomo de lo diario y vierto en este espacio. Es un gesto de generosidad hacia mi persona, la brújula y la ruleta (ay, el azar) que se manifiesta en las intenciones, en el disparadero de lo espontáneo. Una vez más, intento resolver la ecuación y no lo consigo. Debo pensar: no hay n Ada que resolver. Aquí queda el testigo del inicio de este mini-break: las vacaciones y su reverso: el trabajo de escritura (aquí y allí).


+ El ensamblaje: el texto, los capítulos, los apartados, los párrafos, las frases, los elementos de la frase, el sonido, la niebla que atraviesa el paisaje.


+ Cita: “Una discusión es algo que, en sí mismo, no tiene fin. Una discusión si no está dotada de principios y procedimientos, llegará hasta la extenuación de los que intervienen en ella.” Recojo lo que acabo de copiar de las clases de Quintín Racionero. No me cabe la menor duda de lo expresado, y, aunque la discusión es necesaria, resulta molesta. En los últimos años esta idea ha determinado mis relaciones sociales.  Ante la imposibilidad de dotar a las conversaciones de principios y procedimientos, he desistido. Me fatiga enormemente tener que mantener una posición y luchar, en un combate que no me aporta nada. Solo discuto cuando hay algo en juego que me afecta.


+ ¿Cómo escribir una vida si todo lo biográfico que hay sobre ella no dejan de ser suposiciones, vaguedades e indicios no confirmados? ¿Se debe abordar esa tarea desde el cuestionamientos mismo de lo escritor anteriormente? La génesis es la clave para cualquier investigación. Centrarse en el nacimiento de la cuestión y, a partir de ahí, desarrollar las posibilidades de crecimiento, la razón que va desde el estado primitivo al estado actual. Indagar en ello no deja de ser indagar en la propia persona, la del investigador. Finalmente, nunca es posible desligar lo personal de lo investigado. No somos robots (por el momento)-


+ Lo robótico tiene su tiempo necesario. La necesidad de distancia y indiferencia. La frialdad, también.


+ Escucho a Rafael Riqueni, Nerja. El tiempo es lo real. Mientras no llega el momento, no se cumple la promesa: y es en la música donde con mayor fidelidad se macera esta verdad. Nadie no puede acelerar el tiempo que ofrece el reloj. Nadie puede acelerar la marcha metafórica de sus agujas. En eso pienso mientras escucho al guitarrista sevillano: más melodía que ritmo, más introspección que alegría. La línea clara de la tarde de agosto. Llegaremos a Sevilla en breve, pero el tiempo debe pasar y nadie ni nada puede intervenir en su exacto discurrir.


+ [información de pobreza 1. f. Der. información que antiguamente se hacía ante los jueces y tribunales para obtener los beneficios de la defensa gratuita]. Surgen del tránsito del día conceptos que se quedan prendidos en la memoria, luego busco o trato de encontrar su significado. En este caso hubo suerte. Quede constancia.


+ Hoy 21 de agosto de 2024 [cuando esto escribo] se cumplen 402 del asesinato de Villamediana. Que conste. Vale.


+ “El fenómeno se conoce como rawdog o rawdogging, anglicismo que podría traducirse, en su literalidad, como perro crudo: y es lo que haría una mascota: sentarse, ajeno a cualquier pantalla, sin libros ni música y hasta sin conversación.” Lo he copiado de una web después de que la palabra me llegase por casualidad. Copio y adapto, un poco, solo un poco, esta definición porque me parece que recoge un momento particular de este primer cuarto del siglo XXI. Las posiciones que buscan lograr una suerte de originalidad, aunque sea a costa de forzar las costumbres, entre lo extravagante y lo anecdótico. El hombre escruta la ruta de vuelo que le ofrece la pantalla (se trata de un término que se aplica a una actitud que se adopta, especialmente, en los vuelos largos). Es un vuelo largo y permanece como un perro o un gato que mira al horizonte, sin inmutarse. No está mal. Yo observo que nuestros gatos lo hacen a diario, en muchos momento del día. Bien. Estoy seguro: es saludable. 


+ Imagen: La continuidad con la foto de la entrada de la semana anterior. No es reverso, es su continuidad.

sábado, 17 de agosto de 2024

Un punto indefinido

 


+ La lectura y el estudio, la escritura también, crean un claustro que me retrotrae a un punto de partida indefinido.


+ Sigo con el curso en línea sobre la filosofía griega. Lo imparte Quintín Racionero, que falleció hace casi quince años. No deja de ser inquietante recibir sus palabras. El hecho de que esté muerto se trenza con la temática del propio curso. Hoy una idea palpita irremediablemente: “La posición del saber es un rapto de lo divino en las que se unen ambiguamente la salvación y la aniquilación.” Pensar en ello es adentrarse en la inmovilidad. Durante un momento reflexiono sobre los peligros que entraña el conocimiento y me hago cargo que es una proposición que se extiende más allá de mi propia individualidad, fuera de mi control. Los riesgos están ahí, como el mono y la ballesta cargada. En ese punto comienza el domingo, que da paso a las cantatas de Bach. Reiteración.


+ El desorden me embarga. La inestabilidad. El impulso y la asunción del error. 


+ Bares que vimos en Londres y no recuerdo, apenas. Fue, casi, en otra vida. Cómo se solapan los tiempos, cómo se difumina el pasado en función de los afanes. No termino de recordar, salvo que un cantante que me gustaba en aquel tiempo había dejado allí una foto dedicada, enmarcada y litúrgica presidía el bar. Agua fría. Desarreglos en la memoria. Hace calor y las asociaciones no son muy afortunadas. 


+ Casi todos los días accedo a un resumen de prensa. Su lectura me adentra en las posibilidades políticas del día, en sus afanes y deserciones. Como un mapa sobre el que escribir rutas posibles, me entretengo durante un buen rato sin pasión. Ese estado próximo a un dolce far niente, tan agradable, tan necesario. La labor no es un desbroce, ni un adecentar el trayecto, si no observar y constatar el camino: las adhesiones y los rechazos. Poco más. En esa lectura entiendo que ha crecido una suerte de desvergüenza, que siempre ha estado ahí, pero hoy tiene una proyección que no había conocido antes, la proyección viene dada por los altavoces cibernéticos que expanden y amplifican el mensaje sin remisión (por cierto: “sin remisión”: traducción de un título de una película norteamericana cuyo título en traducción literal es enjauladas; una película de presidio, no encuentro la ligazón entre lo uno y lo otro, aunque sí sé que si me lo propongo lo lograría: no me interesa). Lo estudio detenidamente y lo comparo con lo que llega de manera aleatoria a mi navegador (ya se sabe: una búsqueda conduce a otra búsqueda y uno termina por no saber a dónde va y aparecen extraños, bizarros [en esa acepción que recoge la RAE: raro, extravagante o fuera de lo común] temas: la ultraderecha, la reivindicación del catolicismo aunque uno no crea en dios, extremos filosóficos y extremos políticos, bien fundamentados y expresados desde una brillante trayectoria profesoral, etc.). A renglón seguido, el día continua y se apagan las pantallas. Es un hartazgo, una ebriedad manifiesta y tóxica. Una niebla, un rumor, la lucha contra lo que nunca   


+ […] pero también cuadros y motivos militares con la caligrafía de la maqueta y sin ningún interés plástico. Ahí están, para que alguien se maraville por esa exacta y prescindible caligrafía.


+ Un texto de Camila Cañeque sobre la escritura. Lo leo y entiendo. Un proceso constructivo y estructural. Bien. De acuerdo. Imprimí este fragmento hace unos día y hoy me decidí a leerlo. “Salvo excepciones, no se escribe un ensayo, ni un artículo, ni una receta, ni siquiera una novela. Se compone, se articula, se indica, se ajusta. Escribir en su única acepción interesante es otra cosa, es casi imposible. Escribir es un milagro.” La cita siempre es un recorte interesado y mi interés es, precisamente, ese resto: la estructura y la construcción, lo que “se articula, se indica, se ajusta.” No dejan de ser pensamientos recurrentes que me embargan durante el camino y el regreso del trabajo. Me he hecho una idea sobre la escritura que me vale y no es personal, sino muy útil. Una destreza que me ayuda a disciplinarme y encontrar algo que se opone, pero también colabora en “El ser agotado, el tiempo agotado. Por saturación, por aburrimiento, por abuso, por lo que sea.” (Cita del mismo texto de Camila Cañeque que, también, me sirve, para expresar esta idea de escritura como “milagro”).


+ En esos resúmenes de prensa de los que hable antes encontré en un diario de una lejana provincia un artículo que hablaba de la vanidad de los logros políticos y, por extensión, de todos los logros. Ahora lo uno a la acumulación de galones en ciertas biografías y me debato entre la perplejidad y la sonrisa. Todo conduce a lo mismo, pero, para el que está inmerso en el torbellino de los afanes, la muerte no tiene ni tendrá lugar. Nunca. ¿La manera correcta de plantearse la existencia? Tal vez, sin embargo, no me interesa.


+ Imagen: lonas que protegen las atracciones de feria, una quietud, la seriedad del reposo en las primeras horas del día, cuando todavía palpitan las fibres nocturnas, la ebria ansiedad de la fiesta..

sábado, 10 de agosto de 2024

Grado cero

 


+ Hay extraños hilos rojos que me conduce a un terreno que no sé nombrar. Tal vez, el ámbito de la casualidad. No sabría regresar a allí. Por ensalmo, compro un libro, una introducción a Hegel, publicada en una editorial y en una colección de los años ochenta. Qué lejano todo. Lo compro en una feria del libro de ocasión y segunda mano. De esa colección me he comprado tres y los tres son sobre filosofía alemana. Hoy, sábado, abro una revista en línea a la que estoy suscrito y encuentro una entrevista con el autor de la introducción al filósofo alemán. En un principio soy reticente, pero según leo, me voy interesando. Copio un fragmento: “Pero vamos, yo de mi familia me considero huérfano: de madre, de padre, de hermanos… y huérfano social, político, huérfano cultural y hasta huérfano religioso. Porque entre la religiosidad de mi madre y la mía no hay nada, muy poco en común. Soy un hombre hecho a sí mismo.” Medito sobre ello. Sobre la orfandad familiar y entiendo que aquello que alguien me dijo no hace tanto tiempo: “la familia no se elige.” Sigo. La cuestión y las preguntas continúan por la senda de las creencias y el marxismo, al anarquismo y la universidad de los años sesenta y setenta. Se destila una arrogancia y una soberbia de gran espesor, pero eso, aunque no se pueda ni se deba perdonar, sí se comprende: recuerdos de una persona brillante y agria, con éxito en lo académico y en lo sexual. La entrevista termina por perder interés y se diluye en cuestiones teológicas que no me interesan (al menos, en este sentido que se plantea). Algo queda en el ambiente, un rumor o una vibración. Todo se resuelve en el sentimiento de culpa que inyecta el catolicismo, lo comparto y certifico su naturaleza. Nunca se libra uno de esa herencia; “Sentía mucha culpabilidad, me sentía juzgado por la perspectiva de aquel cristianismo infernalizante de condenarse para siempre.” Indago un poco y me aparto. Ha sido un acento en el inicio del sábado. Tiene su importancia, pero es un hecho menor que me ha traído la casualidad. Tanto que leer, tan poco tiempo para la lectura. 


+ No soy capaz de localizar mi ubicación. Hay días que me veo en medio del océano, otros días en el oasis de un desierto. Tampoco intento dar con la solución al enigma que me plantea el mapa, un sendero en el mapa que no voy a trazar [hoy]. Esto es una media verdad. Sé quién soy, sé dónde estoy, aunque no lo parezca: formación de haces de reflexión, viajes a la periferia, separación de lo cotidiano y desdibujadas fronteras entre lo ordinario y lo especial. ¿Especial? Mis límites contienen mis anhelos. 


+ Clori, Lisi, Tirsi […] son nombre que me encuentro en cierta poesía aurisecular que leo estos días. Interés tiene fijarse en estos rasgos de época. Siempre ha sido así. Se utiliza una fórmula, se fosiliza y termina por ser una marca, la marca de la antigüedad. Una marca de época. Lo que hoy es muy moderno, mañana identificará una edad. Por esa razón, me gustaría tender a esa idea de un grado cero. ¿Es posible expandirlo más allá de las expresiones, las denominaciones y los nombres propios y sus hipocorísticos? Esa expansión me interesa, en ella descanso.


+ Una vez más, compruebo que tan importante es el saber moverse como el talento, pero no se puede ignorar la suerte. Aunque todo esto se resuelve en una contabilidad. El debe y el haber que nos ofrecen las vidas ejemplares tiene mucho de artificio, no deja de ser un relato para contentar la curiosidad del receptor, en donde el peso recae sobre la paradoja. El talento, el trabajo, el estar y la suerte forman un cuadro que garantiza el éxito. O no. ¿Dónde está el éxito, cuál es la oportunidad del gesto? ¿Quién está contento y quién disgustado? Pienso en la zorra que rechazaba las uvas que no alcanzaba y decía que no le interesaban porque estaban verdes; en este momento no me parece una mala decisión, que se acompasa con el rechazo del pesar. Si no llegas, el desprecio te hará olvidar el fracaso. ¿Desprecio o indiferencia? Quizá, mejor, lo último. 


+ Trato de establecer un procedimiento que rompa la automatización de la percepción, sobre todo, en cuestiones de atuendo. ¿Podría fingir que soy un viajero en el tiempo que se encuentra con los pantalones vaqueros, las camisetas y las zapatillas de deporte? Lo intento, sobre todo en el caso de las zapatillas, con su variedad de formas y colores. Resulta asombroso y recuerdo una cita de Nabokov que insistía que uno debe maravillarse con los logros de la modernidad y entregarse a ellos: la maquinilla de afeitar, el televisor, los viajes a la Luna. Sí, es una renuncia al grado cero: al menos como espectador. Lo consigo, con esfuerzo, pero lo consigo. Así, me aíslo y observo. Acierto en el centro de la diana. El atuendo es una manifestación del tiempo y de la identidad: tampoco descubro nada nuevo, aunque me gusta dejar constancia de ello. Un grado cero. 


+ Esta calurosa tarde de agosto he estado traduciendo un breve texto, aunque denso, del inglés al español. Su temática gira en torno a las disputas judiciales por el oficio de Correo Mayor en el Nápoles en el siglo XVII, disputas que se alargan veinticinco años con diversas implicaciones. Para esta nota no tiene importancia la temática. Importa el trabajo, no el contenido. Lo que el trabajo en sí aporta. En fin: no sé qué extraña satisfacción me ha producido, pero me recuerda a ciertas ebriedades. Nunca se sabe desde dónde llegar. “Siempre la claridad viene del cielo; / es un don: no se halla entre las cosas / sino muy por encima, y las ocupa / haciendo de ello vida y labor propias.” (Claudio Rodríguez)


+ Así, sin desearlo, casi sin desearlo, recabo información de personas que, según se desarrolla el viaje por la red, entiendo que son adineradas y con un importante capital cultural y simbólico. Las estudio en su fisonomía y en los gustos que expresan en sus curricula. Me mantengo intencionadamente en un punto de no entender, de actuar como lo que soy: un observador. Son estos los que poseen la esbeltez de los modernos yates y sus resortes, que se expanden lejanamente en casas, cenas y adecuados atuendos para cada señalada ocasión, para la vida cotidiana. No es envidia, no es desprecio. Es lejanía y asombro. No soy otro, me he desprendido de cierta comunión con lo común. Ni mejor, ni peor. En mi sitio. Soy un observador.


+ Teseo, el Minotauro, Ariadna, el laberinto. Llega un rumor de mar hasta mí. Regreso del trabajo y he conseguido no pensar. Sólo está el mito del laberinto, la ampliación de una posibilidad. He olvidado a aquellos que me referí en el párrafo anterior. Quedan atrás. El laberinto tiene una potencia más relacionada con el saber y la previsión. No es una trampa, no es un truco. El cielo está limpio y hace calor, quizá en exceso.

 

+ Imagen: acumulo imágenes de contraste: construcción, naturaleza y puntos de vista en contrapicado. La foto no atestigua nada, crea una posibilidad de lectura.

sábado, 3 de agosto de 2024

Poder comprender

 


+ Poder comprender. Afán amplio y complejo. Imposible, tal vez. La limitada capacidad que termina por condicionar la visión, la realidad múltiple que no se alcanza. 


+ En el sentido anterior me llega la noticia de que Ferécides de Siros que postula la autocreación del cosmos. La cuestión está viva y mi ignorancia es amplia. Veo una foto de la cueva donde vivía, que se asoma un mar infinito y profundamente azul, el horizonte, en la foto, se confunde con una niebla. ¿Qué es el horizonte? Dejo la nota, para no olvidarme. 


+ Cita cervantina, del Persiles y Segismunda: “llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir”, que no deja de ser una invocación al Conde Lemos para que sufragase el penoso estado del escritor, que poco después moriría (1616). Tomo nota tras la lectura de lo que acabo de copiar. No sé se trata de ese hiato, tan personal, tan rotundo, pero sí hay algo que palpita en el aire, en estos días de tanto calor. Se opone el ánimo al desánimo y el propósito no es otro que alcanzar una cierta templanza, una distancia de lo diario, con sus afanes y deserciones, ambiciones y deseos. El desamparo no entra en los planes, porque es un estado y el estado lo he conseguido coronar mediante estabilidad y lectura. Ahí está la clave. La estabilidad. No soy Cervantes.


+ He vuelo a la feria del libro antiguo y de ocasión. Hay lecciones importantes. Una sección de poesía muy nutrida ofrece títulos interesantes que no voy a comprar. En un momento tomo un libro de un poeta premiado con un importante galardón, una vía de acceso a la institución literaria, la entrada en el canon contemporáneo (la contemporaneidad de los años noventa del siglo XX). Abro la primera página y está dedicada al crítico literario emblema del diario con mayor tirada de aquellos lejanos años (nunca tan lejanos, solo es cuestión perspectiva). Allí, aquella cariñosa dedicatoria, con esa letra exacta y bien encuadrada, la caligrafía del poeta que se extiende hasta este nuestro presente. Leo el primer poema y me gusta. Consigue que la tarde resplandezca, que los colores de mi cuaderno, hoy, tengan sentido. Luego dibujé, luego pensé en la introducción a Hegel que había comprado antes de ver el libro del que acabo de hablar, luego sentí que era feliz y era verdad: era feliz en aquel instante, en aquella esquirla de luz y paz.


+ Pensé con acierto que hay discusiones que podría ganar porque se trata de ámbitos sobre los que no he dejado de leer en los último quince o veinte años, de una manera sistemática. Es una calderilla. Se trata de potencia y no de talento. No me menosprecio, pero mi centralidad está clara (al menos para mí). Cierro la libreta de apuntes, dibujos que luego colorearé en casa, y bebo la deliciosa agua con gas. Nada me puede herir.


+  Entiendo que queda algo inconcluso. La sensación se ha fosilizado, con sus ventajas e inconvenientes.


+ Imagen: El día comienza más tarde, camino del otoño, camino del invierno, todavía en verano.

sábado, 27 de julio de 2024

Sin indicaciones (24)

 


+ Encontré un libro que me puede abrir nuevas vías de exploración. Una introducción a la hermenéutica. El libro tiene sus años. El hallazgo se produjo en una feria de libro de ocasión. Son las ferias que me interesan, son las librerías que me interesan. El resto, lo tengo en internet y las novedades, hasta cierto punto, me resultan indiferentes. ¿Puedo dividir el mundo en buenos lectores y lectores buenos, como si la lectura precisase de una cierta dosis de cinismo? No me pronunciaré, pero la calidad pasa por la ironía y la desconfianza, por el alejamiento de las buenas intenciones sin más fundamento que su soporte moral. 


+ El poder me resulta ajeno. Aquello que leo sobre el mismo no de deja de ser un extraño relato que no alcanzo a poner en relación con una cierta condición de posibilidad. No soy más que un espectador y conforme me sumerjo en el estudio de las costumbres y las personalidad menos seguridad tengo. Me hago cargo de mi ignorancia. No se trata de alcanzar conocimiento, sino de conseguir algún trazo exacto en la descripción. La tarea es imposible y su práctica no deja de ser un afán, un anhelo que me permite disfrutar de mi capacidad predictiva, basada en la espera y la observación, en la desconfianza en mis propias armas. Vale.


+ Mis cuadernos de dibujo contienen una parte de mi yo que se escinde, que se rebela contra el resto. Estos último dibujos no me gustan, pero tampoco me disgustan. Trazos nerviosos, sin demasiada correspondencia, colorido equivocado, pero el yo que los realiza no está de acuerdo. En esta lucha vivo, me mantiene vivo: la lucha entre mis partes. Sin acuerdo.


+ Ha llegado el calor y me afecta de una manera desagradable. Me ralentiza. He tomado café y el efecto no se ha completado. No soy capaz de leer, tampoco de escribir. Cierro la semana sin haber cumplido con mis afanes, el signo y la enseñanza. Los planes siempre son móviles. Cierro la semana, repito.


+ Imagen: En la primera hora de la mañana, cuando el día despierta. [Vivienda militares en Pontevedra, Bar Boo]

sábado, 20 de julio de 2024

Sin indicaciones (23)


+ Pensar en redacciones, en ajustar los textos y en dar órdenes: que esto aquí y allá eso no. Oigo las instrucciones y no sugiero nada. Me complace escuchar. No opino, tampoco nadie me lo ha pedido. El trabajo destila la ansiedad de estar vivo y convierte esa ansiedad en un alcohol peligroso. La vida es peligrosa.


+ Ecos de la historia, como si hubiese un hilo que la explicase. Me gusta pensar que sí, pero mis conocimientos son muy pobres. Escucho, en línea, a Quintín Racionero cuando habla de Hegel, del sentido de la historia, de sí se puede o no se puede desentrañar este. Pienso, cómo no, que murió en 2012 y ahora me está hablando. Qué proximidad con la imposibilidad de interacción con la lectura, ese silencio del escritor hoy lo veo en el brillante profesor, que desde ese éter que es internet me habla. ¿Me habla a mí? La historia es un tema recurrente en ciertas reflexiones que me propongo y no soluciono. La clase resulta importante para volver a plantear esas dudas que no alcanzo a plantear (mis limitaciones).


+ En un paseo vespertino, sin prisa, bajo la humedad y el calor, atisbé un grupo de persona que, en principio, me parecieron curiosas, extrañas, un grupo, tal vez, de cómicos. Según se iban percibiendo mejor, pude distinguir que se trataba de unos nazis. Lo siniestro, lo profundamente desagradable, el asco, la miseria. Con sus atuendos se acentuaba un dolor que como un zumbido llegaba desde el pasado, cuando visitamos Berlín. Uno de ellos llevaba una cita de Hitler en la camiseta, se leía la estúpida frase: “La vida no perdona la debilidad”. Uno de ellos con una camiseta negra, pantalón con miles de bolsillos, botas de policía y un ridículo gorro militar de la IIGM, tal vez de la marina alemana, los demás: ropas de camuflaje, bermudas y sandalias, menos llamativos, igual de asquerosos. Todos tatuados profusamente. Aquel grupo destilaba una violencia sorda, a punto de estallar. Sentí asco. Pasamos a su lado, no había otra, y uno de los gregarios balbuceaba algo sobre defender el espacio que le corresponde a cada uno, el de la camiseta con la vomitiva cita asentía. Estaban de paso, pero el rastro de inmundicia había quedado en las calles, todavía lo percibo.


+ Volví al curso sobre la filosofía de la historia. Escribí, esta tarde de sábado, poco y mal. Leí. La siesta. El gato que caza, un brisa agradable, el rumor del viento entre las hojas de los cerezos. El olvido y la desmemoria como la clave de la felicidad, pero ¿merece la pena esa felicidad? El bienestar se sitúa en el otro bando.


+ Observar el desarrollo de la vida de los gatos es un privilegio. Son extrañas razones de convivencia las que se llegan a comprender. Pero, quizá, la palabra comprender no sea la más adecuada. Una forma de estar, poco más. Solo eso. M. ni quisiera me me mira y se aleja hacia su ocio y pereza, más tarde, tal vez, corretee un poco o se dedique a la caza de topos o ratones, pequeños topos, pequeños ratones. Nada más. Esa es la manera, su inversión también sirve.


+ Espero que termine una descarga. Noticias del siglo XVII. El Barroco. La finitud y ese fino nihilismo, lo efímero, la posición del poeta en el desierto de su esperanza. La espera se me hace larga porque quiero continuar escribiendo y necesito unos datos de una publicación que apareció en 1857. Los arcos temporales atesoran una lección incontestable sobre el paso del tiempo, pero no es su espíritu sino la atmósfera que elevan lo que hoy me interesa, me afecta. Mientras, un desglosarse la fluida melodía de Bach me centra. Sigo con la espera y no me planteo, ya, nada más. Espera, nada más.


+ “Es un mundo: el archivo de la memoria tiene que ser reconstruido”, la frase de Quintín Racionero es una llave. Me abre una puerta que permanecía desde hace mucho tiempo cerrada y me impedía avanzar. ¿Hoy consigo avanzar, traspasar la puerta? Al menos, consigo abrir la puerta. No es poco. 


+ Imagen: dos torres ante las que paso todos los días, pronto tendrán otra piel, serán otras, serán las misma. La reconstrucción es lo diario en sí mismo.

sábado, 13 de julio de 2024

Extraño orden, habitual desorden


+ Continúo con mis indagaciones sobre el tiempo actual, sobre mi presente, que no es un tiempo privativo o privado. No puede ser de otra manera. He visto algunos vídeos sobre Carl Schmitt y he dudado si comprar un libro que se ofrece como una obra de estilo inigualable y, al tiempo, que el ponente pondera al autor también expresa el desagrado que el produce el escritor. Por un momento he dudado, pero decido no comprar el libro y, también, devolver esa Teología política que tomé en la biblioteca. Creo que el resumen en línea que sigo sobre el pensamiento de la ultraderecha es suficiente para tener una idea ajustada. Su estilo, por muy preciso que sea, por muy elevado que sea, no me interesa. Detesto la brutalidad que implica, que se extiende por sus páginas, su justificación del franquismo. No. El estilo no justifica lo abyecto. Ni ahora, ni antes.


+ En el sentido del párrafo anterior, he tomado de la estantería algo de E. Jünger. La calidad de la prosa desvela un tiempo lejano. Con la música sucede lo mismo. El elemento embalsamado no resiste el contacto con el aire fresco. Leo y asiento. Me parecen circunloquios y lo que me gustan son ciertas anotaciones sobre la naturaleza. He leído poco. No me apetece. Recuerdo cuánto me gustó en su momento. Ahora no soy otro, pero he envejecido.


+ Razones que no voy a exponer me llevan a buscar la palabra “arco” en el diccionario. Me asombra la extensión de la entrada. Parece que permanece la idea de curva, la curva es la que le da sentido a la palabra y a su uso en diversas distribuciones. La curva, me digo y pienso en ello mientras suena algo de Bach. La música es una curva, también. Los conflictos, el consenso, la opinión y su refutación, los placeres, el trabajo, los días, la acumulación de conceptos que se diluyen en el morir de cada jornada. El arco, el afán del día.


+ Releo lo que la semana anterior escribí y compruebo que también estaba presente Bach. Podría pensar que se trata de pedantería, pero no es así. Su música me conecta con un espacio amplio y perfecto, personal y único, sin posibilidad de interrupción.


+ Relatos sobre piscinas. Las piscinas son líricas, pero, al mismo tiempo, discretas. En el verano me alejo de ellas, en invierno me atraen. Si tuviera una cámara [¡sí que tienes!, me dice mi Pepito Grillo] documentaría esta realidad. Pienso en ello y es suficiente. Se trata, finalmente, de que hay demasiadas fotos, así: la fotografía ha muerto, a no ser que se trate de una realidad que vaya más allá de la foto en sí misma.


+ Indagar en un vida resulta complejo. Me detengo en los huecos que se presentan en la investigación, la falta de documentos y las suposiciones que se establece mediante indicios. No hay otra posibilidad que una extensa sospecha, primero sobre el biografiado, segundo sobre los biógrafos. Nada queda fuera de esta sospecha. ¿Puedo completar la sospecha con lo que a diario oigo hablar sobre otras personas? Creo que sí. 


+ Fuddy-duddy: [palabras que surgen por ensalmo]. La investigación sobre la ultraderecha no tiene fin. Llego a Sloterdijk, a su página web [en alemán, of course]. Uso el traductor que me ofrece el ordenador y la traducción me ayuda aunque hay algunas lagunas. Lagunas complejas. Restauro la versión alemana y encuentro la palabra [Spießbürger: pequeño burgués], que, a su vez, traduzco al inglés porque no me satisface lo que obtengo y me encuentro con la palabra en cursiva que abre este párrafo. Bien. La palabra se refiere a lo anticuado [old-fashioned] o lo viejo, tradicionalista y conservador, un tanto excéntrico, un tanto ridículo. El gran pensador alemán matiza que esta cualidad de la persona se define porque piensa que tiene más que perder que ganar. Me parece muy acertado y orienta el asunto de la extrema derecha, el cansancio, la degradación de las condiciones vida y un largo etcétera que no voy a detallar, pero que se resume en la desconfianza de lo político. Apunto la palabra y la recordaré como un talismán que me ayudará a abrir la coraza de aquello que nos amenaza. Pequeño burgués, pero hay algo más: lo minúsculo, lo egoísta, el miedo, la identidad, la precariedad, el alza de los precios, el aumento del coste de la vida (etc). ¿No hay, acaso, una pizca de razón en su enfado, en su crispación, en su malestar?


+ Un malestar físico, debido a la inestabilidad del tiempo climatológico, acaba por incidir en mi bienestar emocional. Lo sensible y el deseo de soledad, la constatación de filtros que nos van colocando donde nos corresponde (de otra manera no puede ser, debido a linealidad del tiempo), la sensación de no haber acertado (y esto es falso porque no se trata de aciertos y errores), la voz de las personas, el ruido, la inconstancia en las opiniones, la energía desperdiciada y el esfuerzo de la lectura y la escritura. Todo es una pose, termino por concluir y me refugio, una vez más, ay, en la lectura. Pozos y claustros, silencio o el rumor de un electrodoméstico, el fondo de Bach, tal vez. No soy ordenado, no soy constante, no soy (¿y?).


+ Imagen: extraños modos de mirar a través de la vitrina, a través de la ventana.

sábado, 6 de julio de 2024

Desengaño


+ Las técnicas de redacción me sumergen en la incertidumbre. Soy rehén de sus precisas guías, pero consigo sustraerme y me dejo llevar por mi natural tendencia a la dispersión, que no es bueno, pero es mi principio rector, o, al menos, forma parte de él


+ Hay constantes en los últimos años, constantes temáticas. Una de ellas es las razones del desengaño y su reflejo en la poesía barroca española. He indagado en ello y una parte significativa es codificación, una colección de elementos que se repiten sin mayor novedad que la distribución de las partes en una nueva disposición. Pero, otra cara de la moneda, se resuelve en una sincera sensación de fracaso, que se acentúa por las expectativas puestas en el objeto del deseo. La amada y su desdén, como razón principal de ese desengaño. El síntoma del mal de amor se puede extender a la totalidad de toda la realidad. La realidad como construcción, sin duda. Hoy lo tengo presente y me encuentro con la verdad de lo olvidado, como un tamiz que devuelve lo valioso. Cernir los recuerdos es un ejercicio necesario. El desengaño está en esta senda.


+ “Si queremos ver con evidencia cuán engañosas sean las cosas de este mundo, es un claro argumento de este que ninguno de cuantos las estiman están contentos con su estado, pensando antes de alcanzarlas que lo había que lo había de estar, lo cual es cierto argumento de que se engañaron” [Diferencia entre lo temporal y lo eterno, Juan Eusebio de Nierenberg]


+ ¿Necesito, realmente, discutir al jurista? Sí, sin duda.


+ “Y me di cuenta, como si de una revelación se tratase, que solo Bach me habría de acompañar hasta el último instante. Se detuvo, súbitamente, el vídeo que me arropaba: Die Kunst der Fuge | BWV 1080. No busqué significados ocultos. No había otra literalidad, no había ningún sentido. Todo termina por detenerse y punto. Nada más. Así, Bach establecía los límites, las fronteras vitales, la vida misma se mostraba en su espesor. Caras de la misma moneda. Algo había aprendido y me constaba verbalizarlo, explicarme a mí mismo que todo estaba contenido en esa extraña revelación, tan transparente, tan volátil, evaporada, pero misteriosa y sin posibilidad de interpretación. Quedaría algo similar a la oración, aunque esta alternativa no es posible: se pone el sol y la tarde es noche ya, no queda otra cosa. Llega el sueño, con él, el olvido, el vacío.”


+ No me agrada el calor. El cansancio que me produce, el embotamiento en el que me veo sumido me paralizan. El café hace su trabajo, pero no resulta suficiente. Me gustaría tener el don del trabajo y no lo tengo. Es en estos momentos cuando más consciente soy de esta carencia. Lo fácil, lo muelle, la blanda sensación de la pereza me subyugan. Es mi signo. No creo que se pueda luchar contra las tendencia que nos vienen impuestas antes del nacimiento. Pero ni siquiera me siento necesitado de otro orden, de la imposición de una estricta disciplina. Me vale como me veo. La transparencia de los días y las noches, un fluir armonioso, el descenso al reino del sueño en tranquila disposición. Vale así.


+ Imagen: la solitaria tranquilidad de algunas cafeterías en las tardes calurosas de julio, de principios de julio.