sábado, 30 de marzo de 2024

Una vez más, silencio

 

+ Han subido las temperaturas y en la última de la tarde sopla un viento que no llega a ser violento aunque se aproxima y aúna un estado de desagrado. Es involuntario. En el cielo se espeja la noche, limpia o transparente. Algo leí sobre la determinación y no me gustó, lo que no implica que fuese falso. El día da de sí lo que da, los afanes se suman su cortante realidad. Ay, la realidad. 


+ Días atrás, en una distendida conversación, se me ocurrió decir que la fotografía estaba cerrada, que resulta imposible hacer más fotos. Mis dos compañeras de trabajo me miraron extrañadas e inmediatamente me arrepentí de haber dicho lo que había dicho. No era el lugar, ni el momento. Una de ellas mencionó a Helmut Newton y yo dije que había visitado su fundación en Berlin y que me había resultado indiferente su provocación. Aquello derivó en qué es bello y qué no es bello. Yo me siento al margen del debate de la belleza. He leído demasiado y siento una nausea cuando alguien se expande a explicar conceptos que me son ajenos, o, dicho de otra manera, habla de algo que desconoce y se expresa desde la atalaya del impresionismo: me gusta o no me gusta. Lo sé: carece de importancia conocer bien el mapa del gusto, la estética y el cementerio artístico. Yo no soy creyente ni de la belleza ni del museo, la sala de conciertos o la fijeza de la cátedra de literatura, pero he transitado por sus bosques, llanuras y desiertos. He de aprender a abstenerme, a no hacer preguntas del tipo: ¿qué es una buena fotografía? Ya no es tiempo para nada, salvo para el silencio.


+ El sábado es una sima. Me siento decaído y cansado. Me he despertado muy temprano y he estado leyendo. He leído algo que se relaciona con lo anterior y la sensación de inutilidad me ha atrapado. Sumergido en el océano de lo que no comprendo y no comprenderé, siento el vértigo del día luminoso. Pienso, por un momento, en la barbaridad de la crucifixión [estamos en el inicio de la Semana Santa]. Con todo, sigo con mi rutina y esa luminosidad del día me afecta, pero sé convivir con mi dolor sin motivo ni concreción. El afán del día.


+ Las fotos documentan instantes, luego llega todo lo demás. Esa razón guía las imágenes de este blog. El hilo conduce a otro sendero y lo cotidiano nunca se embosca. Un archivo, finalmente. Poco más. Hay está la muerte de la fotografía, la plácida muerte de la fotografía.


+ He regresado a los sonetos de Conde. Lo sé. Es un viaje de ida y vuelta. Llego a ese mundo y no soy yo un ciudadano, ni siquiera un viajero, sino un turista. la diferencia entre el viajero y un turista es que el primero tiene algo que hacer, el segundo no. Lo pienso un poco y yo sí tengo una misión, que se oscurece o se ilumina, según el día. Me produce cierta satisfacción verme reflejado en una tarea superior, aunque me cueste tanto esfuerzo y me provoque tanta inseguridad. El crecimiento es doloroso.


+ El día, desde su inicio, hasta el momento, en su discurrir, se ha resuelto en una abundante alegría, contra la que tengo una incierta prevención. Sé quién soy y no es poca cosa este conocimiento: difuso, cambiante y necesario.


+ [He] Speaks to every man at every level. [En inglés y en Semana Santa, un adagio para construir un puente entre la infancia y la edad madura, un sortilegio que no termina de funcionar].


+ Apenas me siento capaz de ver la superficie de la realidad, o ni siquiera esa pulida y espejada superficie. Tendrías un saber inmenso si te mantuvieses en silencio, parece decir la mañana y no le falta razón. Me recojo en la música que suena en el reproductor [Bach]. Esa transmisión entre lo posible y lo improbable me deja en suspenso. Con el tiempo he aprendido a ver que hay sujetos que se dirigen a un objetivo a una velocidad insospechada, he desarrollado la capacidad de explicar(me) trayectorias de éxito, pero también veo los fracasos ominosos. No es un don, es el afilarse de una inquietud. Tampoco es la capacidad para la novela, sino que se trata del silencio, la espera y la observación. La observación, la materia de lo cotidiano, la ruptura de las evidencias. El silencio.


+ De fondo, lleva varios días sonando La Pasión según San Matero de Bach. Diferentes versiones, el mismo espíritu. Trato de no acercarme al contexto primero de la obra y me dejo llevar por una idea personal construida a lo largos de los años de manera espontánea, sin ningún sistema, que me remite a un escenario y a una situación de silencio y aislamiento. Silencio y aislamiento, repito y la arquitectura de la obra de Bach se impone y yo me callo, dejo de escribir.


+ Ha regresado, hoy lunes, la lluvia.


+ Imagen: Cercad del bosque, en el trayecto, aparece una discoteca abandonada. el silencio se impone. Quizá algún pájaro lo rompe. Tal vez no.

sábado, 23 de marzo de 2024

El afán del día

 

+ Los gatos actúan como transparentes metáforas de la vida cotidiana, los afanes y el deseo. Resulta fácil. Comer, dormir y, tal vez, reproducirse. Hay otras acciones fisiológicas que cualquiera puede suponer. El sentido de la vida se manifiesta en su comportamiento diario. Y un día dejan de comer y se les ve tristes. Esa conjunción de falta de apetito y tristeza nos acerca a ellos y en ellos nos vemos reflejados. La metáfora reside en la expansión del dolor, la pérdida o el engaño. Aunque carezcan de lenguaje adecuado para expresarse poéticamente, su vida y sus actos mismos contienen ese impulso: la vida y sus ritmos. Quizá eso sea la poesía, quizá no. Hoy prefiero pensar que hay una explicación para las dudas que me asaltan. 


+ Tomo una cita de las lecturas en las que estoy sumergido, en este momento, domingo por la mañana: “La virtud más grande de los españoles ha sido siempre un especie de resignación respecto a sí mismos.” [En Romero Tobar, La literatura en su historia, y el citado escritor es J. Casssou]. Me interesa esa resignación. En lugar de orgullo, resignación. Algo de esto hay en mi posición política del momento. No me gustan los pactos con los independentistas, no me gusta la amnistía, no me gusta tantas cosas, pero mucho menos me gusta la alternativa que se presenta. ¿Es una virtud esta resignación? No lo sé, pero ahí veo mi reflejo. Preguntaría a los gatos, pero sé que no se pronunciarán. Me quedo con la cita.


+ Lema: “Ven, muerte, tan escondida”, que, en lugar de ser fúnebre, torna el día en ese aprovechar el afán del momento, tan difícil de alcanzar como beneficioso [el aprovechar].


+ Leí que hay gatos que se sienten incómodos con sus dueños y su casa. Se van y no regresan más. He pensado mucho en esa característica de algunos gatos. ¿Característica o cualidad? Es preciso saber tomar la decisión adecuada en el momento adecuado y ser consecuente con ella. Mucho he reflexionado yo a lo largo de mi vida sobre qué hacer en momentos determinados. Ahora, llegados a este punto, y con un sistema muy depurado, entiendo a estos gatos que dejan vida y labor propias. Qué hacer cuando tu sitio no es tu sitio, qué hacer, sino desaparecer para siempre y que un rastro de tristeza quede flotando en el aire al que nunca volverás. He pensado en la articulación poética que posee, pero no es poesía, es lírica y en ella descanso. Hoy descanso, mañana tendremos otro afán.


+ Lema: “Por la caridad entró la peste”. Frase desagradable donde las haya, pero, al mismo tiempo, certera. Lo terrible de su acierto se sitúa en ese límite entre lo conveniente y lo molesto. Asisto sin pasión al desarrollo de su estela en el afán del día.


+ Imagen: la fotos que se hermanan con una idea de pintura, con la abstracción, la expresión y la deliberada ausencia de forma.

sábado, 16 de marzo de 2024

La lírica perdida



+ La tarea de lectura y escritura atraviesa un momento de crisis. Las crisis, según reza su propia etimología, son rupturas. Se rompe lo que está unido y, de inmediato, se trato de recomponer los fragmentos. No tiene porque ser perjudicial. El beneficio es la idea de un todo inconsistente y variable. Esa certeza arranca desde una infancia lejana, que se cocinó por el contexto y la comunicación con la adolescencia. Viajes, lecturas y conversaciones. La tarea volverá a lo suyo. Es la experiencia.


+ Terminada la novela de Miguel Morey. Hotel Finisterre. Ha sido una lectura provechosa y, en su densidad, permanece el deseo de regresar a las proposiciones que se establecen. La narración es debía y, por momentos, se acrecienta hasta alcanzar una densidad extraña. El sueño, el coma, los accidentes, los aviones. Espacios y distancias. En el final, después de haber identificado al perro, reencuentro una idea lejana sobre la vida misma. La idea del cínico, que, muy pronto, supe traducir como perro. La esclavitud que ordena. He devuelto el libro a la biblioteca pública después de dos meses y me pregunto, sin convicción, si volveré a cogerlo. Vale.


+ Es miércoles y en el reproductor suena Paco de Lucía. Una vieja querencia. Viajaremos a Cádiz y hay mucho de rememoración en ello. Reconstruir el pasado para entender el presente, porque de allí vengo y allí vuelvo. ¿Iremos a Algeciras? ¿Qué pesará, el aire o el paisaje? Ahí estoy y no lo haré: no compraré la guitarra flamenca que deseo. Pero sí, ahí está el deseo. Escucho a Paco de Lucía y regresan los años de la adolescencia, ebriedades, conversaciones, poesía y ambiciones. No se trata de que las ambiciones no se cumpliesen, sino que estas se transformaron. La lección se traduce en la permanencia del cambio [aunque parezca contradictorio, no lo es]. La guitarra describe un paisaje nunca hollado, pero que se construirá. Soñaré con todo ese mundo de dunas, playas y caballos. San Roque, la Bahía, Tarifa. Por ejemplo. También, el Puerto. 


+ Queda apuntada la posibilidad de la pintura, pero es un anhelo, no una certeza. Madrid nos espera.


+ La quinta de Mahler en las primeras horas de la mañana, en la radio. La sinfonía completa mientras movía, electrónicamente, papeles. Extraña sensación: la administración, la lluvia, el calor de la calefacción. El jueves es un día más, pero la sinfonía me ha devuelto la lírica perdida.


+ Imagen: los paseos nocturnos, el camino hacia el trabajo cuando falta más de una hora para que amanezca. Las fotos el reflejo de las astillas de esa realidad que palpita bajo la corteza de la ciudad. Vale.

sábado, 9 de marzo de 2024

La espada



 + No he dejado de pensar en la discusión a la que asistí como espectador la semana pasada. Hay una serie de problemáticas que derivan de la incapacidad para saber quién es uno mismo en cada momento de su propia trayectoria. La confusión trae consigo problemas insolubles, ya que el origen está vedado al protagonista. Esto fue lo que pensé. Y, al tiempo, sé que resulta imposible que la persona ofendida (ay, las ofensas) rectifique. Las rectificaciones aparecen cuando hay voluntad, cuando la ceguera provocada por la soberbia y la incapacidad para renacerse en el escenario asoma, la alternativa no es posible. ¿Alternativa? Una enquistada manera de conducirse no cambia, creo y afirmo. Lo dejo y me dedico a asunto más productivos. La aceleración es un robo, el retardo, también. En el justo medio me dispongo yo. Silencio.

+ El robo. La rapiña. Las posiciones alcanzadas que no responden a nada, salvo a un plan trenzado con un propósito espurio. Tal vez, la finalidad no sea despreciable, quizá tenga su punto de grandeza, pero, lo sé, los medios lo son todo. Si los medios fallan, el fin carece de importancia. La función crea el órgano. O, podría ser, se trate de una acendrado impulso, mi tendencia a juzgar en función de la lealtad y la deslealtad. El peso desleído, la organización que se desmorona, la conclusión argumentativa que se había observado en una trayectoria. Aun así, ni siquiera se trata de un algo moral o ético, sino que podría ser, simplemente, una manía. Pero ahí está: mi yo y la manía, materializados en una unidad. Siento que la estrategia para conseguir una colación se expande en la colocación misma, me digo como conclusión. Soy muy ingenuo. Sin embargo, rebasado un límite, la inocencia se transforma en una dura e implacable espada. La espada refleja el rostro. El robo es, ya en su inicio, despreciable.


+ Los dos párrafos anteriores están relacionados con la mencionada discusión. Me afecta en la medida en que durante el fin de semana he estado pensando en ello y, también, en la medida en que fue tema de conversación entre C. y yo. Al final, colijo que se trata de un tema de lealtad, al que sumamos un rasgo entreguista en mi personalidad. Siempre he intentado evitar el conflicto, quizá más por miedo que por una verdadera convicción. Si definí todo el proceso como robo es porque entiendo que se me ha hurtado un punto de confianza, porque se ha roto un acuerdo y ahora ha crecido la desconfianza. El análisis trasforma el prado en murada prevención. No me fío. Quizá soy elíptico y no llamo a las cosas por su nombre, esto también forma parte de lo que he confesado hace poso: soy un queda-bien. ¿Seguro? La espada cimbrea, su vibración responde a mis dudad: no, no eres un queda-bien.


+ Quiero descansar del pensamiento recursivo: los unos se solapan contra los otros. Quién fuera un benedictino en silencio: ora et labora


+ En espiral llovía esta mañana. El viento dibujaba grandísimas caracolas de agua en el aire, matizadas por las turbias farolas. Me mojé. No me importó. Caminaba con seguridad mientras se desgranaba en los auriculares música electrónica francesa. A veces entendía algo, una palabra, una expresión. El amor, el tiempo, la sutura de los reencuentros. El decorado me trasladaba a pesadillas infantiles. Llegué al trabajo y las estancias resultaban acogedoras. Tiempo y espacio, esto es lo que hay. Fuera continuaba implacable la lluvia. Bebí agua y consulté el correo electrónico. Recordé la lectura de la noche y la fuerza regresó. Ese rumor nietzscheano que invade el inicio de la mañana. Llegarán más tarde las conversaciones y el aroma del café, pinchos de tortilla o bizcochos, palabras y lejanías. Las llamadas telefónicas, las respuestas a tiempo, recados y expedientes. Algo que se pierde y no está en su sitio. Así comienza la mañana, sin mucho que reseñar.


+ Demasiada actividad. La frenética disposición de las tareas responde a una necesidad que ignoro, pero, estoy seguro, se relaciona con algún tipo de trauma o carencia. Todo aquello que ayuda a olvidar envenena. El veneno y el olvido van de la mano. El trabajo intenso refleja un interior falto de sosiego. Lo sé. Qué me importará a mí. Pues eso, no es asunto mío, sin embargo, nunca está de más un ligero apunte al vuelo. Vuelan las tareas, se pospone la pereza, qué error.


+ A diario escucho a Bach, no me remito a la oración, pienso en un ejercido de distanciamiento. La distancia entre mi yo y el yo percibido [el que no puedo recomponer]. Toda maniobra de alejamiento dibuja esa carencia. Yo conozco la mía, la cuido, la perfecciono y desparece. Había uno que decía que la manera de conjurar el aburrimiento se resuelve en su definición. Ahí duerme el yo, sin exactitud, sin límites, sin perfil. Un fantasma en el filo del abismo de los cotidiano.


+ El perro y el emperador, el perro ladra y el emperador no consigue que se calle. Le pide algo y el perro se niega, solo quiere tomar el sol. Es la historia de Diogenes de Sínope. Así, el libro de Miguel Morey me traslada a unas ideas que encontré hace tiempo y me han acompañado. Esa maestrías en el desprecio se manifiesta a diario. Saber que careces de posesiones o si algo tienes, nada más, es tu imaginación, sobre la que tal vez ni control tengas. Saberse desposeído otorga un extraño poder, una manifestación de gobierno. Y qué importantes es el gobierno sobre uno mismo.


+ La identidad, a un lado, en la reserva, en el olvido, en la sombra.


+ Imagen: La oposición no es entre imágenes, sino entre momentos. El tiempo juega a mi favor. [Madrid, 2023].

sábado, 2 de marzo de 2024

Un magnífico eje de simetría

 

+ A  veces se abren grietas inesperadas. Su súbita aparición releva la tarea y se imponen con violencia. No una violencia física, no una violencia verbal. Una niebla, un viento, un rumor entre las hojas que no tiene consistencia, pero sí una extraña capacidad para desmontar lo construido: la tranquilidad.


+ Se desplomó, su cabeza batió contra un escalón y murió. 


+ En un arrebato he comprado los billetes de avión e iremos, C. y yo, a ver la exposición de Tápies en MNCARS, La práctica del arte. Al mismo tiempo he comprado el libro que da título a la exposición, que, en su momento, escribió el pintor. Creo en estas iluminaciones. En realidad, la medida del tiempo resulta inexacta y son estas balizas las que ordenan las edades, con suma elegancia: quiero creer. Se trata, finalmente, de una conexión biográfica. Cuanto tenía yo trece o catorce años recuerdo haber visto en Santiago de Compostela un gran lienzo de A.T., me sorprendió y durante tiempo pensé mucho en él. Más tarde, no mucho más tarde, supe de qué se trataba: identifiqué al pintor y la etiqueta: informalismo. En ese momento nació la pregunta o, mejor, una manera de preguntarse por la materia como solución a las dudas sobre lo plástico y aquello a desdeñar. Tal vez, tal vez no. Es cierto que el amor por la plástica nació en aquellas visitas a exposiciones a las que mis padres nos llevaba, pero el conocimiento profundo vino luego. ¿Hablar sin rubor de conocimiento profundo? No se trata de una afirmación cualitativa ni cuantitativa, sino que la huella biográfica pesa en la decisión de acudir a la exposición en MNCARS de A.T. para recuperar o reencontrarse con ese amor a la pintura que surge en la última parte de la infancia. Y, sí, conocimiento profundo que a lo largo de los años se ha ido refinando y su estilización se mantiene en este presente que habito. 


+ Encapsulada, la conversación dio paso al silencio.


+ Cabe el error, y con él cuento. Sin embargo, tengo el convencimiento que la visita a la exposición de Tápies resultará provechosa en lo académico, pero, también, en lo personal. Se trata de recuperar una etapa vital y, al tiempo, fijar un punto de vista. La posibilidad de cambio o, mejor, la necesaria movilidad del observador. Prepararé la visita, pero sin llegar a entrar en una relación religiosa ni con el pintor, ni con la obra. Me mantengo al margen de ritos y comuniones. Lo dicho, personal por llegar a una parte del pasado e intentar reconstruirlo. Académica, en el sentido de trabajar con lecturas que he realizado sobre la impermanencia de las categorías estéticas, la invención del arte y la duración de una idea romántica sobre la percepción y el papel del artista, el lector o el mercado mismo. Ahí está el reto.


+ La preparación del viaje vale más que el viaje en sí mismo. Se puede decir lo mismo del recuerdo del viaje: las fotos, los textos, las conversaciones. El viaje es un magnífico eje de simetría.


+ Hemos hablado esta mañana sobre Paco de Lucía. Mientras mostraba su admiración por el desparecido guitarrista, admiración compartida, yo pensaba en que, quizá, el viaje a Cadiz no sea una casualidad. Se aúna el Tápies de la juventud con una querencia paralela por el flamenco. No creo estar necesitado de identidad, pero si la identidad es esta, estoy conforme. También, esta mañana, en un receso, pasé un rato viendo fotos de García-Alix. En la pantalla parecía otra cosa, pero se mantenía aquello que en su momento me interesó. Living in flashback?


+ [Rubato o tempo rubato (del italiano «robado») es un término musical que se utiliza para hacer referencia a la ligera aceleración o desaceleración del tempo de una pieza a discreción del solista o del director de orquesta con una finalidad expresiva]: la correlación entre el término citado, rubato, y lo cotidiano tiene su explicación. He asistido a una estúpida discusión, estúpida por una de las partes. Una prepotencia endiosada sin motivo, un error que se mantiene de una manera injusta sobre la base de una posición de poder. No me gustan las injusticias, tampoco la soberbia, mucho menos si no hay motivo para tal. En fin, asistí y aprendía algo sobre la persona que protagonizó el incidente. De todas manera, no fue otra cosa que la confirmación de una intuición construida en función de una trayectoria. Caprichos, enfados, ácidas sentencias indisimuladas. Lo dejo y vuelo a intentarlo con la guitarra, no merece la pena acodarse en la estupidez.


+ Imagen: el subsuelo y la realidad emboscada. 

sábado, 24 de febrero de 2024

En silencio


+ Las conversaciones de café tienen la particularidad de que mediante leves rasgos en las opiniones, día tras día, se terminan por desvelar simas de la persona. Ella habla con una particular gracia, rítmica y con acentos precisos. Habla mucho. Sonríe y ríe. La escucho. Yo he aprendido a guardar silencio, no es prudencia, tampoco defensa. Una incertidumbre, un alejarse y estudiar a los humanos, como si yo fuese un gato. Desearía no analizar, y lo consigo y caigo en el vicio de medir y acotar las palabras y las ideas. Mariposas clavadas en el alfiler que se clava, a su vez, en el corcho. Tras el cristal veo y no opino. Llueve. Las palabras tamizadas por las lluvia son menos palabras. El traqueteo contra los cristales me desconcentra y ya ni siquiera escucho. Son rumores. He oído tantas veces la sentencia sobre la paternidad, la crianza y el estado de las cosas presentes. Ya se sabe, podría añadir y guardo silencio. La lluvia es una compañía casi agradable, aunque, a veces, hiriente. Llueve. Hablan. El silencio.


+ Algo de Walter Benjamin sobre la escritura en la primera hora de la mañana del sábado. No es desconcierto lo que inaugura el día. La sorpresa, tampoco. Una lejanía, la certeza de la imposibilidad. Cansancio. No ha amanecido, por el momento. Desayuno y me dirijo a la bicicleta. La música. De pronto, una vieja canción de los Smiths. ¿Soy yo? Reconozco al que está al otro lado del espejo. Un escritor afirma que su impulso es el rechazo a la muerte. Pensamiento y circunstancia que me asaltan mientras pedaleo. No me gusta hacer ejercicio y cada día me entrego a la bicicleta estática con la terca voluntad de la oración. No pido nada. No ofrezco nada. Mi corazón es una máquina que funciona muy bien. Calle de sentido único, ese es el libro de W.B.


+ Me llegan censos de lecturas anuales. El año 2023, que se terminó y no volverá. La acumulación de obras literarias y libros sobre las mismas me deja un tanto en suspenso. La lectura es un vicio, no me cabe la menor duda. Si a ello sumamos una exhaustiva contabilidad sobre su acción y permanencia, el vicio se transforma, quizá, en enfermedad. Una enfermadas que yo también padezco. En realidad, de esto y no de otra cosa trata este diario en línea. La lectura posee la extraña cualidad de hacer perceptible una idea de trabajo, pero no deja de ser un simulacro de tarea. Pienso en el silencio del que hablaba en el primer párrafo y tiene un nexo innegable con lo expresado hace un poco: el silencio me lo da todo aquello leído y olvidado, ese poso que permanece y nos da distancia y pereza. La pereza, el no deseo de intervenir, la grieta entre lo social y lo individual. Ni siquiera es una tendencia elitista, sino un capital simbólico y una identidad secreta pero solida. En ello descansamos, pero silenciosamente.


+ El ruido, la tensión, la fuerza. El día amanece despejado, escucho algo de Bach, reitero mi necesidad de música. La música y el silencio. La lejanía de las montañas ofrece una idea que no desarrollo. Demasiada lectura, poca vida. No son opuestos, pero la simetría no admite matices. Fragmentos de vida, poco más.


+ Aparece en la playa una agenda que llega del pasado. Nombres, teléfonos, direcciones. Cuántos de esos ya no están. La playa de los trabajos y los días. Aquí adivino personas que no recordaba. Hace tanto tiempo de todo esto y fue ayer cuando los vi por última vez. El cambio. La tintura del olvido. 


+ Leí el endecasílabo en el artículo y me dije: ya nada merece la pena. El silencio. Luego, en la ironía y la distancia, me reí. “Quién lo probó lo sabe”, pero omitía, quien el artículo escribía, las primeras sílabas del verso. Ya nada merece la pena, repetí y volví a sonreír. Ahora yo copio otro en descargo del uso espurio del anterior: “queda libre del tiempo y del olvido”, no tan perfecto, no menos cierto. [Realmente, ¿es un uso inadecuado, quién soy yo para juzgar lo conveniente y lo inconveniente de invocar citas clásicas? ¿en virtud de qué autoridad?, pero así lo siento: esa expansión de la letra escrita quizá le dé la razón al que la denigraba. No sé a dónde conduce todo esto, aunque mucho no importa]. Muere el día.


+ En tres lugares muy alejados hoy he encontrado la palabra devenir. No creo que se haya puesto de moda, tampoco me parece significativa su reiterada presencia en el día de hoy, martes. Si tuviese un poco de fe en destino o cosas similares, vería una señal. El único destino que puedo entender es el que marca la genética, los fenómenos que hay a su alrededor y el contexto, todo ello traducido en cierto determinismo. Recuerdo y, al momento, olvido esos tres lugares.


+ Traducción: me voy conociendo y este conocimiento es de gran ayuda para identificar la culpa, una identidad desagradable, un rumor sordo, una deriva indeseable. La culpa. En silencio cae la noche.


+ Imagen: la oficina en la última hora del día, cuando ya la labor de la limpieza ha terminado. Embalsamada, espera un nuevo día, pero la noche todavía no hecho su trabajo.

sábado, 17 de febrero de 2024

Living in Flashback

 


+ El viento ha impuesto su ley. El viento hace y deshace, mueve y golpea. Alguien me dice que le ha resultado imposible dormir la noche pasada, que vive en piso alto y que el viento le da miedo. El miedo. El viento. Las palabras evocan, la lírica las ordena, hay una suerte de indicio que se agita violentamente. Tenía miedo, repitió. La conversación terminó ahí. El miedo. Yo no dije mucho. No sabía qué decir. Cambiamos de tema y volvimos a nuestro asunto. El día y sus obligaciones, cómo no. El trabajo aporta distancia y consigue alejarnos de las preocupaciones. Fuera de la oficina el viento continuaba con su trabajo, pero no se escuchaba su agitada respiración. Estábamos a salvo.


+ Poemas que copio. Los transcribo a una libreta apaisada. Anoto algo. En realidad, solo copio el primer verso y su localización en el libro. Los textos nos invaden y no sabemos lidiar con ellos. Lidiar, término taurino. Lo dejo a un lado. Contemplo las estanterías. Los libros, las libretas de notas, los bolígrafos, alguna fotografía, postales imposibles. Los poemas me acompañan, mudos insectos de una naturaleza sin biología. Pequeños insectos que se esparcen por la página en blanco. Febrero avanza. Hay planes de viaje. Los poemas no me resultan indiferentes, pero no me afectan.


+ Recupero un disco duro que contiene fotos del pasado. Diez, quince años atrás. Mientras, suena una precisa interpretación al piano de una fuga de Bach. La combinación de las imágenes y la música me devuelve otro recordatorio de cómo el tiempo es una magnitud en la que pesa más la impresión que la posible realidad física, que la medición de la misma mediante instrumentos. El calendario, el reloj, las estaciones. La desazón tiene su momento. Nada de esto volverá.


+ [Linving in Flashback]. Hago ejercicio y escucho música. A diario, salvo el viernes (mi día de descanso). Hoy sábado, como todos los sábados, mientras pedaleaba, sonó una canción de Pete Doherty, “The Ballad Of”. En un momento en la letra se dice “living in flascback”. Me pareció instantáneamente un hallazgo. Lo hago mío y lo transcribo. Ese vivir en el pasado, que no es otra cosa que una maldición. Escribir sobre su profundo desagrado no es igual a conjurarlo. Me quedo con el talento de P.D., al tiempo que Normandía está presente. Sin duda.


+ Una constante insatisfacción. Así se puede definir uno de los motores que consiguen el avance de la humanidad. Cuando ganas 100, no entiendes por qué no son 150 y al llegar a los 150 deseas los 200. Y así. Todo este hilo de necesidades articulan un devenir. Nada más próximo a la reproducción. Algo leído en estos días pasados lo atestiguaba. Veo fotos de un escritor que falleció hace dos años, quizá menos. Fotos con sus hijos y hay algo que creo entender. Algo que hermana a los hombres: el rechazo de la muerte, pero la rendición inevitable a ella. Ahí es donde lo veo: la pulsión reproductiva. Yo no estoy ahí. No dudo, tampoco afirmo. Un estilo que decrece. Todo el mundo tiene derecho a su libro, toda vida merece la pena ser contada. Su vida fue exitosa, una línea clara y recta, aunque con baches. Es un motivo de estudio. No lo hago. Me sumerjo en cientos de sonetos que me esperan sin ilusión. Leo otra vez el endecasílabo primero y regreso al estudio. Vivo en el recuerdo.


+ Escribo devenir y no sé lo que escribo. Así se eleva una galaxia de acepciones. ¿Llegar a ser o sobrevenir, suceder, acaecer? Estas son las dos posibilidades que aporta el DRAE. Aunque yo la resumiría en la posibilidad de cambio. El cambio es lo único permanente, de ahí el error de esa vida en el pasado de la que hablé antes. Precisamente centrarse y postularse en el pasado resulta ser un error. El verbo ser no admite el pasado, pero tampoco el futuro. El verbo ser ocupa el presente y no admite la temporalidad, ni la cronológica ni el tiempo de la oportunidad. Las reflexiones que ofrezco responden más a mi estado de ánimo que a un verdadero análisis. Deslavazado estado de ánimo, definiciones y tautologías.


+ Dejo más entradas en el diario electrónico del teléfono. No hay propósito. Disparo alguna foto y escribo una frase. La ausencia de una finalidad le otorga una razón especial que se conecta con el vapor del día. El vapor que se diluye. La disolución del tiempo es un buen tema. Vivo en el pasado, pienso mientras inserto una foto y escribo: “comienza a llover.” Sí, es cierto, llueve, una vez más, llueve.


+ Sentir protección frente a los embates de la estupidez. No es posible. Siempre hay una rendija. Solo materia y tras la materia nada más. Voces que resuenan en la mañana y no soy capaz de ordenar. Una quiebra, un rasguño, incierto desliz. No he argumentado bien y eso me produce desazón. Trato de luchar contra esa incomodidad, la música que tengo el reproductor no ayuda: me sumerge en una lechosa y tibia acedía. Las temperaturas ascienden y vemos que la maleza se adueña del jardín. No es la estupidez, exclusiva y distante. Hay algo más, pero es interno. Es una incapacidad para argumentar, una manera de detenerse que se relaciona con una incierta tendencia a la soledad. Ay, soledad y la vida en el pasado: funesta combinación.


+ Surge la palabra: sprezzatura. La busco. La encuentro. La traducción es distancia, pero no solo distancia. Es una barrera que ciertos elegantes muestran hacia la vulgaridad y los vulgares. Busco imágenes y aparecen una serie de hombres trajeados y con aspecto estúpido. Podríamos traducirlo como “los sobrados”, pero dejaremos en el tono caballero, el que corresponde al cortesano con sus criados. Ese tono. Dejo a un lado una posible cita a Baltasar Castiglione. 


+ Imagen: vieja foto que inspira un estado de ánimo, tal vez, una distancia. Las fotos que se recuperan hablan demasiado y hoy es un día propicio para el silencio. La batería del ordenador está baja, toda una señal.

sábado, 10 de febrero de 2024

Sin indicaciones (16)

 


+ Sin conocer el porqué, llevó un diario electrónico en el teléfono, que se compone de capturas de pantalla (la música que suena en el momento), fotos y breves textos que buscan el hiato, deliberadamente. Poco a poco, hay una colección de momentos. Los he repasado y, por una parte, me reconozco. Sin embargo, veo otro yo que no acostumbra a asombrase. Somos tantos, me digo. Esta escisión me agrada en esta hora de la tarde, cuando casi son las siete, y suena algo de Bach. La música adorna los momentos, los eleva, aporta una solemnidad inesperada. Esa es la palabra: solemnidad. Un yo solemne y distante, que no me juzga, pero me describe en la evolución del día. Apago la música y se sostiene una vibración eléctrica. No soy yo, pero me identifico.


+ “Amor no es voluntad, sino destino”, es el primer endecasílabo de un soneto que acabo de leer. Una vez más, el Conde de Villamediana. Lunes, siete de la tarde.


+ Apunto en el diario algunas ideas, hago una foto y cuelgo otra captura de pantalla. Como si me ayudase a cambiar el punto de vista, cada entrada en este diario electrónico en la pantalla del teléfono me traslada a una suerte de maqueta total. El 1:1. Piensan en ello mientras suena algo de Bach (otra vez). La música camina sin precipitación. Es una marcha suave y acompasada que me ayuda a céntrame. Para eso está. Cada uno siente su utilidad de una manera distinta. Yo hoy la veo reflejada en el camino de ida y el camino de vuelta.


+ “Clima de irrealidad. Hora de regresar a casa. Los días se repiten y no son siempre iguales, lo que pensamos los diferencia: a veces.” Foto en perspectiva cónica de un sendero urbano flanqueado de edificios, captura de pantalla de Sophia Kennedy “Seventeen”, otra foto con una perspectiva similar. Lo irreal como moneda de cambio. La realidad se construye al caminar. En cualquier circunstancia, una invención. Así deseo ver yo el regreso a casa. Lo consigo y ya es otro día. El martes martes fenece.


+ Cada día tiene su afán. Jueves. El viernes asoma. El viernes descanso del ejercicio diario, de la lectura y la escritura. Quizá cerrar la entrada semanal del blog obliga a dejar a un lado razones menos perentorias. Hay tiempo para todo. Reflejos. Un punto en el horizonte: es un gran buque. Lo veo. No distingo la forma, pero lo sé. El viernes se asemeja a ese buque. No importa. Otra foto.


+ Imagen: La noche no se ha desvanecido por completo, el día todavía no es tal, la realidad se trenza. Un elemento que suma, el camino continua. 1:1, la maqueta total.


sábado, 3 de febrero de 2024

Sin indicaciones (15)

 

+ He terminado El tragaluz. Encuentro entre mis libros dos obras más de Buero Vallejo en un solo tomo. Comienzo Madrugada. Mientras leo no puedo dejar de pensar en el ambiente social de los años cincuenta, en un Madrid que yo no conocí, pero tal vez mi padre sí, pienso en el entretenimiento propio de la época. Esa idea me ayuda a esbozar lo que podrían ser los decorados, pero no se trata de eso, sino de algo lejano y ausente de nuestros días. Son recreaciones que establezco para conciliar el sueño, no son intentos vanos. Luego, al día siguiente, en recuerdo, no puedo dejar de verme sorprendido por la capacidad que tiene la escritura de Buero. Concisión. Los diálogos, los personajes, los estaciones. Una atmósfera que contiene sentimientos cotidianos y, al la vez, ocultos y perversos, negros, con destellos de dignidad. No son contradicciones, es la vida. 


+ En la mañana de hoy, lunes, surgen reflexiones sobre el gasto, el dispendio y la extraña manera de mostrar ahorros que no son tales. Alguien decía: “disparar con pólvora del rey.” De eso se trata. Yo no puedo hacer nada, pero el Ministro tampoco. Es una tendencia, una inercia histórica. En todo ello veo la sombra del XIX donde se enraíza nuestro presente. Aunque nos resistamos, las naciones parecen dotarse de una biografía marcada por un carácter como las personas van hacia donde su particular inercia los lleva. Ese carácter las condiciona, en lo bueno y en lo malo. Ecos del Siglo de Oro, sobre el que reflexiono tras lecturas y silencios. La mañana es una parte del día, la siesta lo parte en dos y, renovadamente, despierto al día por segunda vez: ejercicio, lectura y escritura, el paseo, la cena y el regreso a la cama. En el tránsito descrito se dan las conversaciones y en el regreso a casa termino por relacionarlas con lo leído. Trato de no hacer literatura de todo, a pesar de que me cuesta mucho. No lo evito. La literatura aporta un plus. Veo muy lejos, escruto el horizonte y guardo silencio. El dispendio no me resulta indiferente, la batalla se perdió hace tiempo.


+ Mi estado de ánimo ha cambiado. Sin embargo, contengo un cierto impulso, una tendencia a encontrarme enérgico y decidido. Son los años. Pienso demasiado en el paso del tiempo. He encontrado en los últimos días respuestas que terminarán por diluirse y no sé si está dilución aportará serenidad. Espero que sí. En definitiva, lo intuía: el único sentido que la vida puede tener es la perpetuación de la especie, pero hablar de sentido en sí es un error. Como si la ley de la gravedad universal tuviese un sentido. Ahí dejo yo mi brújula: la arbitrariedad del signo lingüístico. Una voz me aconseja silencio y calma. Somos nosotros y mil voces que se contraponen a nuestra razón. Leeré un poco más del libro de Miguel Morey, a la espera de que el sueño me alcance, de que el viernes llegue. Así son los afanes, nuestro humildes afanes.


+ Sigo con el teatro de Buero.


+ Me cuesta escribir. Escribo, hago ejercicio, leo y trabajo. El paso cambiado, falta de ritmo, ausencia de oído musical. Todo suma y la suma se transforma en resta. Me resisto a la renuncia, a conformarme. Solo la música tiene valor, me digo en las primeras horas del día. Siempre veo pasar a mi lado a las mismas personas. Escribo, ahora, sobre esta circunstancia. Entre cinco y diez personas que nos cruzamos. Me cuesta escribir y debo hacerlo porque son tareas que me he impuesto. Me levanto, desayuno, me lavo los dientes y salgo al mundo. Camino bajo el manto de la noche. Somos fantasmas. El día nos transformará. El estado de ánimo pesa. Soy otro, hoy soy otro y no he renunciado, repito, no me resigno. Leo la prensa y no sé si soy yo el que lee o es otro. Es otro, claro. Una reflexión sobre la personalidad y sus consecuencias. La vida. Un párrafo más. Cierro el ordenador.


+ Imagen: en el bronce confío.