sábado, 8 de junio de 2024

El rumor del hastío



+ “Solo como ficción el ser perdura”, leo un poema de Jaime Siles. Me quedo atónito, se trata de una revelación. La ficción de lo diario sobrepasa a la novela, pero no alcanza a la lírica. Pienso en el complemento directo y en la presencia/ausencia de la preposición “a”: “a la lírica/ la lírica” o “a la novela / la novela”. El tiempo se desliza en la ambigua tarde de primavera mientras la espera del viaje no ws una posposición. Atardecer aristocrático del gato que no le interesa más que su pereza. Así, la noche fagocita al día.


+ Vídeos donde escruto las viviendas de los poetas, unos ciertos poetas burgueses. Siento que la poesía es menos poesía cuando me asomo a esta cotidianidad. La culpa, ¿la culpa?, es mía. Mi tendencia a la taxonomía me traiciona, cada nicho resuelve un problema. Es cómodo. Regreso a los libros y trato de olvidar el decorado. Pero mi decorado también es un retrato. Me gusta el anónimo paseo por los arrabales en las últimas horas de la tarde y la falta de atributos. Ay, ese hombre sin atributos que no alcanzo. Mi imagen, mi traición. Los gatos guardarán mi secreto.


+ Y recordé un tren de juguete que reproducía con gran exactitud los vagones en los que viajábamos, cuando niños, hacia la tierra de mi padre. Vagones verde oliva que enlazan tiempos grises y profundos con el ahora presente. Lo recuerdo. Compartimentos que olían a tabaco y a bronce (cuál es el olor a bronce), a gastados anhelos, esperanzas y traiciones, el trabajo duro y los viajes eternos. El paisaje se desarrollaba ante nuestros ojos y, luego, meses más tarde, aquel tren de juguete daba vueltas. También nosotros. Fuimos y volvimos. Estaciones de tren, cantinas, refrescos color naranja y amarillo, vasos muy gastados, mesas refregadas, el sabor de las chacinas, el reflejo del río contra las casas, en la otra orilla, mientras el tren se desliza. Recordé ese tren de juguete, aquellos vagones en los que viajábamos a la tierra de mi padre, porque leí un poema y era ya la mitad de la primavera. La prosa poética se diluye en el tráfago de la rutina oficinesca. Ese rumor de hastío.


+ [Reconciliación con la fotografía (o no)]: La muy breve visita a Madrid nos ha permitido, a C. y a mí, visitar la exposición de Erwin Olaf. Después de tanto tiempo, vemos fotos que nos muestran realidades con un interés que va más allá de la representación, la exacta representación que he últimamente tanto hastío me produce. Sin embargo, la fotografía de E. O. es una posibilidad o un soporte para la expresión narrativa, teatral o cinematográfica. Va mucho más allá de lo que por foto se entiende habitualmente. El marco fotográfico resuelve el problema del soporte, pero, como instrumento que es, no termina la obra en sí misma. Me gustó mucho la apertura al criterio del espectador, también una suerte de reflexión política que trasciende la denuncia testimonial o documental, porque crea y la creación no es otra cosa que forma, la calidad y la puesta en escena, el desvelar el proceso mediante un vídeo, superó todas mis expectativas. Se unió a la visita a lo de Tàpies y el día fue redondeado mediante paseos, compras y golosinas en caras confiterías. La vida adquiere sentido por estos gesto de amor y ternura. El paseo, la cultura, la conversación.


+ [Breve reflexión o un apunte sin mucho fundamento]: Cada nueva tecnología abre una posibilidades que facilitan a ciertos individuos fundar un ecosistema perfecto para su propio desarrollo y para su propia vida. En este sentido, las redes sociales aportan músicos, críticos literarios, periodistas, actores (…), que son en virtud de ellas. Por ejemplo, hace poco leí algo que decía una figura del flamenco: en las escuelas de flamenco deberían orientar a los alumnos a las redes sociales en lugar de los festivales, porque estos últimos hoy por hoy no tienen relevancia. Así, surgen estrellas que su poder está en el número de seguidores. Triunfos del pasado hoy no serían posibles, a no ser que pasasen por del dominio de ese filtro que ha impuesto este primer cuarto del siglo XXI.


+ Vibra la cuestión de si estamos o no estamos en un periodo similar al de entreguerras en la Alemania del siglo pasado. Recordamos la cita de que el pasado no se repite sino que rima. Creo que el fascismo pertenece, como término, al ámbito de la historia y en este momento nos encontramos en un ámbito “post”, que se relaciona con camaleónicas derivas autoritarias que adoptan la piel de la democracia sin aceptar el principio básico del respeto a la institución. El movimiento oscilatorio se percibe a lo largo de la historia sin dificultad: ahora bajamos hacia sabe dios qué, pero lo estudiado puede contribuir en adivinar consecuencias. Eso vi en la Madrid, la calma y la desigualdad, la aceleración y el reducto de la exposición de Erwin Olaf. Con todo, las batallas nunca se pueden dar por perdidas.


+ [Tàpies]: Fue un reencuentro con la infancia, la adolescencia y la juventud. Me encuentro con la capacidad de descubrir lo importante, con un afinado gusto que nace, ahí, en la infancia. Grandes formatos, la experiencia de descubrir la figuración y la trayectoria de un pintor. ¿Es pintura o se trata de otra cosa? Enfrentarse al paso del tiempo y ver que sigue en pie la obra, el gusto por la obra, ese haber acertado y alzar la palabra, aunque sea susurrando al oído de C., con acierto me produce satisfacción. Qué necesitado estoy yo de ciertas satisfacciones. Pues de fortalecer la confianza se trata, porque si la tarea deseo terminar solo puede ser por esa vía: el convencimiento, la seguridad, el amor por la trabajo bien hecho. Vale. 


+ Una foto antigua en este mismo blog retrata a Manuel Segade, el que ahora es director del Reina Sofía. La foto tiene más de cinco años, quizá siete. En realidad, no soy capaz de fechar la foto. Quizá fue en una conferencia en ARCO. Mi tendencia al arte y mi alejamiento del arte, un viaje de ida y vuelta. Sé que comprendo algunas cosas y confío en que puedo determinar los límites de mi conocimiento. Esto último es más importante que el saber mismo, porque estructura el conocimiento. No hay otra posibilidad que esta amplia concesión a lo inútil, que, al final, es lo que realmente importa. Tengo un mapa con grandes lagunas, pero percibo el contorno. Recuerdo la conferencia de M. S. Sigo con lo mío, a pesar de dudar, trabajo por fortalecer la confianza en la empresa.


+ El rumor del hastío, lo acallo. 


+ [una posible] Lista de intereses: la prehistoria, el siglo de oro, el siglo xix, el periodo que va desde la 2ª República hasta la restauración de la democracia, la España de los Austrias menores. Una lista que salta espontáneamente tras coger de su lugar en la estantería un grueso tomo de Historia de España dirigido por Tuñón de Lara, eso creo, y editado por Historia16. Queda constancia, sin más.


+ Imagen: arquitectura recortada, un escalera interior, el edificio neoclásico, su extensión en lo diario. Una atenuación. 

sábado, 1 de junio de 2024

La educación sentimental


+ “He estado durmiendo hasta las seis / Y después he leído / Unos tebeos de Spiderman / Que casi no recordaba / Y he salido de la cama”, suena la canción de Los Planetas en el surtidor aleatorio que la radio en línea ofrece. Conduzco. Fluido y vaporoso es el desplazamiento. Vamos de regreso. C. y yo compartimos la idea sobre la perenne adolescencia que ciertas canciones aportan. La  impermanecia es palpable en el lluvioso día. Todo pasa y nada permanece, un hecho que contrasta con la negativa a crecer que la canción de Los Planetas transmite (los que disfrutábamos en el momento de estas canciones tenemos más de cincuenta años, como mínimo). El cambio explica casi cualquier cuestión (el resto se resuelven mediante la arbitrariedad de lo social), digo sin pensar mucho. La música acota el tiempo y define personalidades. Elecciones y rechazos. Una guía de estilo, un manual de buenas costumbres, que sancionan lo correcto y desprecian lo incorrecto (cuánta vanidad, qué estúpidas poses adquiridas). Acatamos principios de ese manual por el simple hecho de sentirnos aceptados. La tristeza, la inmadurez, concluyo y la vía se muestra limpia, con una conducción, otra vez, fluida. La tristeza es elegante. El concepto de elegancia y el concepto de autenticidad se dan la mano. Y suena, tras lo de Los Planetas, “Emborracharme” de Lori Meyers. Me fatigo ante el despliegue de quejas y flaquezas. El cansancio y el recuerdo, la distancia. El tiempo ha pasado, queda una sensación desagradable que pronto se transforma en ironía, entre la risa y la equivocación. Yo ya sabía en su momento que esos credos eran inflamables y poco duraderos. La atracción de la tristeza ocasiona daños que se perpetúan durante años, décadas. Enfados y malhumor, el intervalo entre lo sublime y lo abyecto es un hueco profundo, aunque estrecho. Ay, los huecos.


+ “Me he despertado casi a las diez / Y me he quedado en la cama / Más de tres cuartos de hora / Y ha merecido la pena”, de la misma canción de Los Planetas copio otro fragmento y trato de no pensar en nada, pero, termino por decirme, cuánto daño han hecho estas subterráneas ideas que por capilaridad han demolido cómodas vidas destinadas a reinar sobre lo cotidiano. Qué vanos anhelos se superpusieron a las necesidades del día a día. ¿Escuchamos pop porque estamos tristes o estamos tristes porque escuchamos pop?, alguien planteaba y yo sé, hoy, que ambas posibilidades son caras de la misma moneda. Antigua templanza, ahítos de mismidad, enrocados en la adolescencia que algunos prolongan hasta la cincuentena o más (ad nauseam). Esa fue una parte importante de una cierta educación sentimental.


+ La educación sentimental es una novela de Flaubert, que descansa en algún anaquel. Es más, creo tener dos o tres ediciones. La recuerdo como una explicación de las decepciones del paso del tiempo. Cómo estudié en su momento a Frederic Moreau (!). El discurrir vital y amoroso F. M. explicaba muy las derivas frívolas de una adolescencia prolongada en exceso. Lo altivo del arte y lo fútil de los cuerpos, su degradación y el camino hacia la vejez. Cuando ella accedió a los de deseos de F. M., ya era una anciana. K. y yo hablamos sobre el tema. Todo está abocado a esa decadencia que tan bien plasma Flaubert, asunto, en buena medida, autobiográfico. Lo recupero hoy, tras escuchar sobre Los Planeta y Lori Meyers, por ejemplo. Hoy, aquí y ahora, estamos en esa decadencia, cuando se estrena una película sobre los primeros, que, obviamente, no iré a ver.


+ Por casualidad un poema de Pound y comprendo cosas que había olvidado. El momento es este. “Francesca”, un tiempo y un triunfo sobre ese mismo tiempo. Poemas que no leí hasta ese momento pero que rememoraban paisajes y voces del pasado, que ahí estaban, a la espera. Transparencia en la tarde de los últimos días de mayo, mayo de 2024 (como si escondieses una rima imperfecta, 2024). Obtengo una impresión no equivocada de cierta poesía olvidada. Como una vibración. Hablé con el autor el verano pasado en Ávila y fue un algo agradable. Pero nada más. Aquella llama de la poesía que todo lo incendia no existe más allá de los propios libros. Como “Francesca”, nada más que libros. Los libros son un triunfo sobre el tiempo. Oquedades en la biografía, también: la educación sentimental.


+ No tiene sentido, pero he comenzado a sentir un extraño rechazo por la fotografía en su totalidad. No me agrada. Un rechazo que no deja de crecer. Sé a qué se debe y guardo este secreto. Es un talismán rato y absurdo. Tampoco está mal contemplar lo visto y lo olvidado desde otra perspectiva. Se trata de establecer fronteras, límites y olvidos. El olvido. Pero, ¿qué culpa tiene el arte fotográfico?


+ Ay, la culpa, si no se trata ya de eso. Bien, al contrario. Ni culpa, ni mérito.


+ Imagen: una pulida rutina.

sábado, 25 de mayo de 2024

Silencio, otra vez


+ El mes emprende su segunda mitad  y la primavera reina en los jardines. Huyo de lo esencial y me centro en la circunstancia. Camino temprano bajo el influjo de la luna. Todavía no ha amanecido y la ciudad comienza a moverse. Reflexiono sobre el hecho de contar una vida y me encuentro que todo es opinión, la estructura eleva el edificio, pero luego debe ser habitado. 


+ El motor del coche dispara mi imaginación. Lo observo mientras M. cambia la bombilla fundida. Cuántos kilómetros hemos surcado juntos. Le agradezco todo este tiempo y su aristocrática humildad, ese recogimiento. Es negro y su tiempo es otro, como también el mío navega entre el pasado y el presente. Yo aparto el tiempo y me centro en lo que de Bach suena en el reproductor. No soy yo, pero sé quién soy.


+ Debates sobre lo que es arte y lo que no es arte, cuanto todo se reduce a que lo arbitrario guía lo humano de manera incuestionable. La arbitrariedad del signo lingüístico gobierna lo humano, como la muerte condiciona toda su realidad. ¿Arte? Buena definición que establece que arte es lo que en el museo se cuelga, lo que como tal aparece en los libros de historia del arte. Lo sabemos, la etiqueta nace en el XVIII y se hace solida en el XIX, el decurso de los siglos siguientes matiza los aspectos secundarios, pero el núcleo permanece, Pronto iremos a la exposición de Tàpies en Madrid, en el Reina. Bien, comprobar los tiempos, adecuar las esperas y realzar el criterio. ¿Es el mismo pintor de mi infancia, aquel que tanto me llamó la atención? No lo sé, pero debo comprobar que el paso del tiempo afina el criterio. Vale.


+ Leo sobre el silencio en un poeta determinado, en él en concreto. El silencio lo reclama como bandera o emblema y yo lo acepto. Hoy guardo silencio (es el día mi cumpleaños). Detenidamente, leo con atención su poema sobre el petrarquista silencio de la dama, ese conjunto convencional de motivos. Lo extraño es poder leer, poder entender, crear contextos que se adaptan a nuestro presente con aquella lejana partitura. El silencio otra vez ocupa mi tiempo, mi interés retrata mi presente, mi pasado. El silencio, un espejo.


+ Imagen: Un elemento arquitectónico que no destaca especialmente, pero el paseo hacia el trabajo lo ilumina: todavía no ha amanecido y la luz viste el hormigón de una extraña apariencia, no será lo mismo durante el día. Vale. 

sábado, 18 de mayo de 2024

Sin indicaciones (21)



+ Los vídeos en línea me ofrecen la posibilidad, nunca ponderada en su importancia, de escuchar conciertos. Hoy he escogido uno de Carlos Trepat en A Coruña, con una guitarra Torres. Me asombra la comunicación que establece entre el interprete y la guitarra, me satisface lo que yo recojo de esa acción. El tiempo tiende a teñir de melancolía toda obra humana, las que sobreviven a los autores. Esta guitarra representa con maestría el trabajo y la perfección. La importancia de la guitarra de Torres inunda la estancia donde leo y escribo, donde, tal vez, estudio. Trato de encajar su sonido en el ámbito de mi rutina. Lo consigo. Pienso en otras guitarras, en otros interpretes. Ahí está todo, a disposición de nuestro capricho. Nunca la música fue tan accesible. Lo celebro. ¿Apocalípticos o integrados?


+ Un cierto cansancio, levedad, niebla: tal vez. Jugar con la puntuación dibuja la extravagancia propia del dilentante. Lo veo. Pasear, charlar, tomar una coca-cola. El viento de la mañana. Llueve. Humo en las montañas, también hay lluvia, espesas nubes de lluvia. El sueño aporta un espacio de espera, posterga la tarea y se encienden las luces de un mundo nuevo. No merece la pena. El cansancio de los últimos días me sumerge en la inacción, no me gusta y no sé cómo soportarlo, aunque no duela. Escucho música de guitarra, hago una pausa e intento, otra vez, leer. No puedo. Ay, la tristeza.


+ Otro concierto en línea. Rafael Riqueni.  ¿Cuántas veces he escuchado este concierto, precisamente este? Como si no fuese capaz de evitar una cierta esencialidad, me centro en el desarrollo de la melodía, escucho y no soy capaz de alcanzar ese núcleo. Ahí está el misterio, algo que susurra entre los bits.


+ Vidas trágicas que habitan en el papel de mi desordenada, tampoco tan desordenada, biblioteca. Hay una ejemplaridad que me acompaña en lo diario, a la que acudo para resolver dudas y afirmaciones que escucho y necesito valorar. Las vidas de santos contaminan una suerte de entender la literatura y la vida misma, como si todo tuviese un propósito, un destino que cumplir. Y no es así. La casualidad dibuja con trazo inseguro la vida, aunque haya un poso de determinación de la que no se puede escapar nadie. Vidas en papel que muestran el camino por recorrer, con gloria o vergüenza. Lo anoto. Escribo otra frase y me olvido. La guitarra de Riqueni suena y puedo pensar en que a finales de septiembre C. y yo estaremos en Sevilla e iremos al concierto que dará en los Alcázares. Esa visión me ayuda a escapar del ejemplo de las vidas ejemplares, de su trágico destino, el que irremisiblemente se cumple in poder escapar de él: algo de esto también lo hay en la guitarra que se desangra en este momento, ahora mismo. Vale.


+ Hay ocasiones en que la unión entre genio y locura se traducen en la frivolidad del comentario o la opinión. Escucho detalles sobre la enfermedad. Sobre el genio. Todo queda en el olvido cuando escucho la guitarra. La guitarra no hace al guitarrista. Hay comunicación y silencio. La locura y el genio. La ansiedad, una vuelta atrás y el regreso a lo mismo. Cerrar círculos, también, es olvidar. 


+ Imagen: escalera.

sábado, 11 de mayo de 2024

Sin indicaciones (20)


 


+ He visto dos fotos. Médicos en sus despachos. Entre las fotos media un siglo. Incluso más de un siglo. Si algo hay que destacar, sería la estilización del vestuario, el mobiliario y la papelería. El contraste entre dos realidades. Ahí está mi interés. En la cáscara, el escenario y su actualización. Es lo mínimo que ha triunfado. Un adelgazamiento de la puesta en escena de la profesión. Han desparecido los ornamentos, tanto el atuendo como en el escenario mismo. Así, ahora, el médico posa con las manos cruzadas sobre una mesa en la que apenas hay papeles, a su derecha está la pantalla, en negro, el teclado y la impresora, un teléfono blanco y el ratón. Sabemos que es médico por la bata y el titular del artículo, de no ser por estos dos datos, podría desempeñar cualquier otra profesión. No lleva fonendo y creo que es un error del fotógrafo, pues es señal inequívoca de la condición del médico. En su muñeca izquierda viste discretamente lo que se denomina un reloj inteligente. Las gafas son aéreas, livianas, casi imperceptibles (en el filo de la tecnología). Encuentro una gran disparidad con los despachos plenos de motivos vegetales, con los trajes y las corbatas, con las poses patricias, encuentro el rasgo definitorio de nuestra época: la disolución del envoltorio de la identidad. La identidad se transmuta y permanece, a pesar de los cambios indumentarios.


+ Se disuelve el dios del momento en la lectura. Se transportan los hechos al papel, la lectura no es otra cosa que un simulacro de vida, pero la vida se explica mediante ella, o, al menos, es ese el intento. Dejo los libro y me adentro en la música y el dios del momento y la oportunidad resucita.


+ Música que me acompaña y me ayuda a rememorar aquellos lugares donde C. y yo fuimos felices. Cádiz, por ejemplo.


+ Consultorios médicos. El examen de salud anual. Preguntas, extracciones de sangre, el peso y la altura, relación entre ambos. Tengo sobrepeso. No es preocupante. La mañana, tras el examen médico, resulta fluida. Las preguntas sobre el bienestar y el estado de ánimo son satisfactorias. En mi adorable vida rutinaria, los hechos y las esperas se transforman en una entrada más en la agenda. El debe y el haber.


+ No sé cómo, pero llego a Fernanda y Bernarda de Utrera. Escuchar sus voces resuelve cuestiones antiguas, un balance entre lo esencial y lo fallido. No siempre se llega, pero el intento magnifica el duende. El duende espera a la vuelta de la esquina. Algo aprendí ayer en la sala de espera del dentista. Mientras, sonaban las dos hermanas de Utrera.


+ Se funde la semana con la siguiente y, así, avanzamos hacia el viaje hacia Madrid. Evitamos esencialismos y descansamos en esa idea de viaje o desplazamiento mínimo. Una promesa cumplida. Vale.


+ Imagen: Un duplicado.

sábado, 4 de mayo de 2024

Sin título

+ Escucho música de guitarra flamenca y llego a la conclusión de que la mayoría de las piezas deberían recibir la etiqueta S/T (sin título). Me parece una imposición innecesaria esto del título. Pero cargamos con ello. La música se eleva con facilidad, pero también, a veces, solo es decorado y eso está bien. Música que se adapta sin dificultad a cualquier idea, casi a cualquier idea. Me centro en lo último mientras escribo. Hoy leeré otras cosas y mañana no trabajaré nada en lo que he emprendido (¿escritura de sí?). Sin título. Vale.


+ Formato biográfico: “la narración de una vida y descripción de un carácter, explicando sus constantes, evolución y y elementos determinantes.” (Antonio Sánchez Jiménez, Lope. El verso y la vida: 17) Veo aquí puntos cardinales que se deberían desarrollar, he aquí la partida desde donde iniciar el recorrido por ese yo, este yo.


+ He leído sobre pintura en esta primera hora. El domingo y el cielo despejado me inspiran. Lo bello y las bellas artes, en horizonte. Función y alejamiento, la distancia y la verdad (?). Reflexiono pausadamente: se trata de la preparación necesaria para ir a la exposición en Madrid de Tápies. El texto es el texto de Tápies (La práctica del arte) y su verdad es la que se establece entre la pintura y el pensamiento que al pintor genera, que transmite y yo, hoy, recibo. Yo soy el receptor y establezco límites, fronteras, que termino por derribar. Este entramado describe la idea del viaje hacia esta exposición. Ese es el juego. Me preparo para la visita. No es una tarea, sino un extraño placer. La límpida mañana rescata la ilusión. Son estos pequeños afanes los que cimientan lo cotidiano.


+ Por otra parte, creo haberlo dicho ya, la visita a lo de Tàpies trata de un intento de encontrarme con una parte de mi biografía, que se hunde, quizá, en la infancia y en la adolescencia. A ello debo unir el acercamiento, tras el viaje a Cádiz, al flamenco. Otro reencuentro. Quizá el balance no resulte negativo, pero la valoración queda a un lado y lo que deseo es un descripción minuciosa del paso del tiempo y de las balizas que lo acotan. Tàpies y las guitarras salvajes me ayudan a recomponer partes de la biografía, sin medias verdades, sin mentiras ocultas. No hay emboscadas, sin rendición.


+ La ociosidad: “cuchillo de la virtud y noche del entendimiento” (Lope de Vega). Pero también tiene el ocio y la pereza su parte positiva, el alejamiento de las condiciones de lo diario, esa soga que aprieta a los que nunca descansa. Pero cada persona es la que es y de ahí no se puede escapar. Solo el ocioso crece en la ociosidad, porque que al que laborioso es le espanta esa inercia o esa ausencia de inercia y dinámica. Observar la pereza otorga un punto moral que ahora no acepto: no hay mérito, tampoco culpa. Adagio que diluye todo un mundo y de ahí tenemos que emerger, nuevo y alegres. Ay, la alegría. 


+ C. y yo visitamos dos ciudades romanas que, en su momento, hoy ruinas, se asomaban al mar. La primera fue Pompeya, la segunda, Baelo  Claudia. Una brisa de melancolía en ambas ocasiones me invadió y, al tiempo, parecía entender yo que tras la derrota que implica toda victoria permanece un espíritu tutelar que impregna a los visitantes, a aquellos que estamos dispuestos a escuchar el rumor de la vida que ya no está. El tiempo siempre vence. Se deberá a la lectura o a la opacidad de ciertos momentos que me lleva el sueño hasta tiempos que no son los míos. 


+ Imagen: aquel olvidado vacío de la pandemia. Recuperar fotos es un poco recordar lo que no llegamos a ser, aunque tampoco lo pretendimos. Un juego de espejos.

sábado, 27 de abril de 2024

El don y el reflejo necesario

 


+ Es sábado. La mañana, un día más, es una mañana radiante, el sol intenso y el cielo despejado. Hay un algo que me reconcome, está ahí y lo identifico. Lo estudio. Me estudia. He hecho ejercicio y, como siempre, ha resultado una medicina exacta, en el punto exacto ha actuado. Me reconcome mi idea sobre la determinación, sobre mi propia determinación. Lucho contra mi condición y en el principio rector se eleva una decisión: continuar sin pensar demasiado. Me estudia y me estudio. Pero me dejo llevar por el propio ejercicio y la música de guitarra flamenca (es un homenaje al que fui, una reconciliación con el adolescente que hasta aquí me ha traído). Alcanzo la deseada tranquilidad. Le doy una golosina al gato y otra a la gata. Los dos son hermosos y opuestos. Leo, bebo algo de agua, el café me espera, leo. Debo escribir y no sé por dónde comenzar. Todo se ha desplazado, el zócalo me impide continuar, aunque mi obligación es esa: continuar. También la voluntad es un don.


+ La fina línea del horizonte me inspira. Desde la playa veo donde el océano Atlántico se confunde con el cielo. Más que un recuerdo, se trata de una emblemática imagen. Los detalles del viaje llegan mediante la insinuación de una música que cuando estábamos allí no escuchamos. La paradoja casa bien con mi principio rector: la busco y me encuentra. El horizonte es el emblema. Un lugar que está presente pero no se alcanza. Me diluyo en su verdad. Como una letra, como el dibujo del arabesco de una melodía. El sábado avanza y en la tarde se perfilan las nubes, el viento canta leve y sostenido. He tocado un poco la guitarra, ni siquiera diez minutos, he intentado escribir y casi lo consigo. La persistencia apuntala el carácter, pero está ahí desde el inicio. Nadie lo cambia. El tanguillo me rescata y devuelve una alegría fundamental y momentánea, queda la alegría aleando y se aleja.


+ La definición de don, que no es otra, según la RAE, que “gracia especial o habilidad para hacer algo”. Se ve ya en la primera infancia cómo apunta esta capacidad. No se aprende, aunque admite perfección. Pero la capacidad de perfección no deja de ser otro don. También la voluntad, la determinación y la constancia. En inglés la palabra, más o menos, equivalente es gifted, que equivale a la otra acepción que tiene don en español: regalo. El don es un regalo, nadie ha hecho nada para tenerlo y tenerlo no implica mérito. El mérito y la culpa, un debate abierto hace tiempo y que creo que he resuelto, porque he llegado al punto en que no admito ni una cosa ni la otra, pero sí la ficción necesaria que representan ambos conceptos.


+ Mientras, las guitarras suenan. También la voluntad es un don, repito y reflexiono, lo dejo y escucho cómo las guitarras trazan sus arabescos, las líneas finas que se enredan entre sí y resuelven la ecuación, pero la incógnita se eleva, una vez más. La vida, qué complicación.


+ El barquito de vapor / está hecho con la idea / que en echándole carbón / navegue a contra marea […] Esteros de Sancti-Petri / salinas de San Fernando / espejos de sol y sal  / donde se duermen los barcos (Camarón, “Bahía de Cádiz”, 1979).


+ Siempre ha sido así. Una etapa, un tiempo, un espacio entre el cielo y el mar. Ahora toca esto y luego vendrán otras cosas. Hoy solo flamenco. Extraña intimidad. Se eleva sobre el tiempo, busca esa conjunción y no la encuentra. Soy yo y un otro yo que fui. Ahora lo escucho con más respeto y un entendimiento más afinado. El barquito de vapor…


+ Me detengo y observo a las hormigas. Su trabajo incesante e incansable. ¿Mérito? ¿Y la metáfora, la fábula de la hormiga y la cigarra? ¿Puede la hormiga dejar de ser hormiga, puede la cigarra dejar de ser cigarra? El barquito de vapor cruza la bahía.


+ Me he comprado un libro que aborda la historia del flamenco, Una historia del flamenco de José Manuel Gamboa. Con esto todo queda dicho. En los libros está todo, pero esa totalidad siempre espera que se reescriba. El reflejo necesario. Leer, pensar, conversar. La triada se eleva sobre la rutina. Ay, bendita rutina con sus leves acentos. 


+ Imagen: la etiqueta es indescifrable, ahora mismo. La observo y recuerdo. Nada queda ya de aquello: el afán y su olvido, tal vez.

sábado, 20 de abril de 2024

Sin indicaciones (19)


+ Ahora que he regresado al flamenco, escucho, ahora mismo, un mix de Camarón en YouTube. Al final se trata de una rememoración, la reconstrucción de un pasado que fue y que no fue. Aquí están las guitarras, los paisajes y las fotos, viejas amistades el recuerdo de mañanas despejadas de sábado. 


+ Hay siempre una extraña nostalgia de una vida que nunca se llegó a vivir. La nostalgia remite al nostos, la necesidad de regresar a la patria o el simple y sencillo regreso. Escucho a Camarón, iremos a ver la exposición de Tapies, a Cádiz viajamos. De una manera inefable, regreso a ese un mundo que no germinó en su momento y ahora se convierte en una isla de ilusión. Las ideas que dejé a un lado ahora regresan cargadas de fuerza. Así, la guitarra despierta y ensayo acordes flamencos y la luminosa idea de una ciudad bañada por la luz se hace materia en recuerdos de Cádiz. Son idea, fugaces ideas que relevan el día, su afán.


+ Sigo el desarrollo de la guitarra de Sabicas en su esplendor y parece como si yo comprendiese algunas cosas. Cosas, me digo en la indeterminación de la palabra. No se trata de un descubrimiento, sino de reconocerse en el anclaje que nos lleva a esa nostalgia de la que antes hablé. Falta de claridad, me digo, esta es una de mis carencias. La claridad no como cortesía, sino como obligación. Trataré de corregirme, pues de eso se trata. Ahora.


+ Una vez establecido el adagio que yo solo leo escritores fallecidos, ahora construyo algo similar para la música. Mi resucitado flamenco. Soy el de antes y el ahora. Y, así, escucho al Niño Miguel o a Rafael Riqueni. El tiempo dibuja una silueta que no termino de reconocer, pero que voy atisbando. Ese soy yo, en el cambio y la impermanencia.


+ Imagen: paseos al atardecer, grises cuando el sol todavía brilla. Un apunte, otro olvido.

sábado, 13 de abril de 2024

Sin indicaciones (18)

 


+ [Quince días antes]. Se termina la Semana Santa. He escuchado algunas misas en el reproductor en línea porque son un buen telón de fondo y me ayudan a concentrar. Bach. La función crea al órgano y ninguna obra de arte se escapa del uso puro o espurio que se le pueda dar en el futuro, en cuanto sale de la mano del autor ya no le pertenece. La reflexión se diluye en el final de tarde, no llueve. Escribo esto antes de ir a Cádiz y se supone que se publicará tras el viaje. No sé si es necesario hacer una descripción, una valoración del viaje. Ni siquiera sé si es un viaje, pues al turismo estoy plegado, ya que me desprendo de actitudes elitistas que me han lastrado. Libros que termino, libros que comienzo. 


+ La melancolía y la acedía me acechan, me subyugan, pero me opongo a su poder. No es mérito. Las ruinas quedaron a un lado.


+ [Días de Cádiz]: No sé si fue el cielo o fue el paisaje, la luz, tal vez. Una inspiradora temporada de alegría, la felicidad en el margen, la tristeza en la lejanía. Playas, carreteras, pinares. Aprendía algo sobre la identidad y cierto respeto que se debe tener por lo otros, que comienza en el respeto por uno mismo. Sin embargo, tampoco me alejé de mi idea de la necesidad de un grado cero de los atributos personales. Difícil equilibrio, necesario balance. 


+ “¡Osad primero a creeros a vosotros mismos - a vosotros y a vuestras entrañas! El que no se cree a sí mismo miente siempre.” F. Nietzsche.


+ El Dios del momento se embosca en lo cotidiano y no resulta fácil descubrirlo entre el follaje, pero ahí está. El Dios del momento es una ficción necesaria. Aparece y desaparece dejando un rastro de verdad y fuerza, sin mostrar nunca su rostro. Una apariencia que se hace carne en el fluir del día. Poco más.


+ Desde hace unos días no escucho otra cosa que flamenco y regresa, así, una parte de mi juventud. Una parte que cuaja en alegría e ilusión. Ahora mismo suena Pata Negra. La guitarra duerme, deseo comprar una guitarra flamenca. No se dará tal cosa. Se apaga la música y regreso al trabajo lector.


+ Breves notas, apuntes del natural que luego coloreo en el cuarto de estudio, acumulo tareas y afanes. El día muere.


+ Imagen: Baelo Claudia. 2024.

sábado, 6 de abril de 2024

Sin indicaciones (17)


+ Observé la foto que colgó en su estado. El niño que fue y la expresión se mantiene a lo largo del tiempo, en el niño y en el adulto la severidad de la expresión representa una manera de conducirse. El emblema mantiene a la persona, me digo. Cierro la foto y regreso a lectura. Pierdo demasiado tiempo en divagaciones. No sé si son necesarias, pero no las puedo evitar. Es parte de mi núcleo, de mi principio. Nada se opone a lo que nos constituyó. Me centro en lo reflexionado ayer por la noche, antes de dormir, sobre el nihilismo. Así, dejé el tomo sobre la mesilla y me sumergí en el sueño. Recordé la sequedad, la falta de sentido de la vida, de mi aislamiento elegido. La soledad elegida. La foto flotaba en el sueño y era mi propia infancia la que se veía cuestionada. Demasiados exámenes de conciencia, la conciencia como otra parte del yo, un enfrentamiento entre las multiplicidades que el día ofrece. Fue el sábado cuando vi la foto, el domingo la recuperé y en la última hora se deshilachaba una idea sobre mí que se trenzó a lo largo del fin de semana: la tristeza, aparentemente, inmotivada. Desperté temprano, fui al ejercicio diario y me salvó, por un momento: me salvó.


+  Recojo palabras y las anoto en un word creado a tal efecto. Utilizo para ello el arbitrario orden alfabético y pienso si no sería mejor intentar establecer una alternativa acorde con mis propósitos. Un orden, tal vez, basado en las facetas de las palabras, sus conexiones o sus antónimos. Estas divagaciones me rescatan de tempestades y naufragios. La culpa intoxica el día y el antídoto se resuelve en lectura y trabajo, también en la certeza de que la determinación gobierna nuestras vidas y el mérito y la culpa novelan los afanes y las derrota. No tiene sentido. Así, regreso a las palabras y su apunte; mientras, decido su orden adecuado o inadecuado. La tempestad desparece, pero tampoco me interesa el despejado horizonte que ahora se atisba. El día muere, otro nace.


+ Arribo una vez más a las playas del determinismo. No es una meta, sino un camino, una explicación que me permite reconstruir mi biografía con unas claves distintas que me curan. Quizá el mérito y la culpa no sean otra cosa que una suerte de toxicidad que nos carga con unas deudas y unos haberes que no nos corresponden. Complejo su desmontaje, el debate: imposible. Aunque lo último no me interesa porque mi objetivo se ciñe a lo personal y a la mecánica terapéutica de mi yo, que precisa cuidado. El mérito estructura el mundo, la culpa es su envés. La otra cara de la moneda aporta un conocimiento más allá de lo complementario. No siempre uno y uno es igual a dos. En el papel, sí. En el desarrollo de lo cotidiano, no. El determinismo ha llegado hoy de la mano de una recomendación automática de lectura: Decidido: Una ciencia de la vida sin libre albedrío, Robert Sapolsky. He leído un fragmento que ofrece la librería en línea y he reconocido ideas que yo he desarrollado hace tiempo: no hay mérito, no hay culpa, tanto la inteligencia como la belleza tienen que ver con la genética y al mismo tiempo: el carácter, bueno o malo, la disposición para el trabajo o para la pereza están tan determinadas como la belleza o la inteligencia, la estupidez o la bondad. Una larga cadena de pesados eslabones que me ha constreñido durante mucho tiempo, demasiado. 


+ “Los hijos perdidos se arrojan a tus pies”, traduzco al vuelo de la Pasión según San Mateo de Bach [hay tres niveles de subtítulos: japonés, alemán y francés, y es del último de donde yo saco la traducción]. Y la frase se enlaza con la reflexión anterior, con la culpa y su perdón, con el mérito y su premio. Lo dejo todo a un lado y me centro en alimentar la ataraxia. Poco más. Sin embargo, el desarrollo de la Semana Santa sigue su camino. Yo me aparto y no debato. Ya no tengo ganas, ya no tengo tiempo.


+ [...] “un desengaño fiel,/ un alivio traidor” (Villamediana, 1629: 362). Una lectura sin contexto es un error, pues no cabe entender estos dos versos sin la codificación petrarquista. Fuera de ello, sentido no hay. ¿Hasta donde es traspasable este error? ¿Qué lejos puede llegar la plantilla? ¿Hasta lo humano, hasta el comportamiento, la inteligencia o la belleza? De ello me ocupo y todo me sirve, como, por ejemplo, estos dos octosílabos. Leo y aplico, sin solución de continuidad.


+ [Cuando esta entrada se publique estaremos en Cádiz; vale].


+ Imagen: Un cierto desorden: hoy que subo la foto me doy cuenta de que en primer término hay un libro de Nietzsche, se trata de Así habló Zaratustra. No creo que haya nada significativo en ello, pero me gusta que quede constancia [rememoración de viejos ritos que se han desvanecido].