sábado, 27 de diciembre de 2025

Erosión


 + Y termina el prólogo con una cita del poeta editado, Villamediana: «al viento dado ya, en la arena escrito». Así queda el trabajo ciclópeo, determinado por una envite al tiempo, que todo lamina, que todo erosiona.


+ Mantener este diario en línea es una obligación que me impuesto y, en ocasiones, funciona a la manera de un taller donde se experimenta y prueban artefactos, se contrastan ideas y se aclara la voz. Como sucede con las guitarras, hay un elemento que coadyuva  con el sortilegio y el conjuro. Ese hacedor de creencia, hacer como si se creyese. El trabajo del interprete, teatral o musical, al fin y al cabo: son mis modelos. A veces funciona.


+ [Guitarras asequibles]: continuan mis tribulaciones sobre las guitarras, su naturaleza y sus derivaciones. Una cosa es tocar el instrumento y otra es el fetichismo que implica su atesoramiento. La palabra instrumento en sí define la naturaleza propia del objeto, que no deja de ser una herramienta y un medio. Ninguna guitarra hará que el guitarrista toque mejor, quizá sí que suene peor, pero no en la vía contraria. El guitarrista hace la guitarra excelente o la hunde en su irrelevancia. No hay una posibilidad de que por casualidad suene perfecta, algo que sí sucede con una cámara de fotos [un mono podría apretar el botón y lograr una foto memorable]. Me quedo en su esencia, con su abstracción: seis cuerdas y una afinación, unos acordes o una melodía, la maestría de la mano derecha [en el caso de los diestros, contrario es el de los zurdos], que gobierna el barco, la estructura de la mano izquierda [o derecha]. Poco más, porque el resto es coleccionismo y eso no interesa. Vuelvo a mi queridísima Olivia.


+ Otra cosa bien distinta es los condicionantes psicológicos que trae consigo determinado instrumento. Somos humanos, pues. 


+ Personas que necesitaron respeto y no lo tenían, ahora lo han alcanzado. Escucho, mientras, Kashmir - Led Zeppelin. 


+ Ayer en coche. Días despejado y anochece. Playas, Led Zeppelin, el pasado que regresa y las guitarras como emblemas y reconstrucción del mundo que no fue. Carreteras, cafeterías de hoteles, la navidad diluida. Personas que se disuelven en una grisalla muy parecida a la noche que atravesamos. Las guitarras. Leo algo sobre las Burst y me gusta eso que no termino de entender, vibra la posibilidad y pienso en mis guitarras. Kashmir sigue su curso. Todo es tan antiguo, ya, me digo y la noche es un hecho. El año se termina y vendrá otro. La alegría de la música y el coche que se desliza sin sobresaltos. Todo está bien. En un instante la iluminación me asalta y reconozco esta realidad: todo está bien.


+ Imagen: contra la erosión.

sábado, 20 de diciembre de 2025

Ebriedad (et alii)

 


+ Todo lo vivido tiende a convertirse en relato, en novela, aunque no alcance el formato al que. tiende. Hoy, en algún periódico, tratan de analizar los años de la heroína. Recurren a una película que recientemente se ha estrenado. La ficción tamiza la circunstancia de otro tiempo y termina por conseguir una extraña materia que se aleja de su origen, pero que, al mismo tiempo, convierte en universales hechos  locales. El arte, cuando acierta, lleva en sí mismo una extraña capacidad de síntesis. Las artes narrativas hablan desde lo particular y llegan a la generalidad. Yo asistí como espectador a esos años de la heroína y no es un recuerdo grato. Algunas personas murieron y otras quedaron estigmatizadas de por vida, con un rostro cadavérico y enfermedades innombrables, hubo algunos que se libraron y gozan de un impropio aspecto saludable. ¿Cómo construir una historia? La confesión, la distancia, la cercanía, el paisaje urbano, el paisaje rural, las calles o los callejones, la jeringuilla como emblema, la heroína fumada, la muerte, la vida, los hijos o los amigos. Todo se desvanece y, creo, el acierto reside en transmitir aquella voluntad de marginación y dolor. Ahora, desde el periódico, parece más un asunto curioso que el recorrido por extraños laberintos de fascinación por la caída. Siempre la caída.


+ Acabo el libro del hijo de Luis Rosales sobre su padre, Luis Cristobal Rosales sobre Luis Rosales. Ha resultado una agradable lectura que termina por afianzar el descubrimiento, Luis Rosales. Una de las cosas que me llamó la atención fue el consumo de coñac y de anfetaminas que el poeta utilizaba para escribir en su casa de verano, en Cercedilla. No lo hubiera pensado. La cita dice: “Se encerraba en su despacho y se recluía con la poesía. No comía, únicamente se tomaba un ponche para no interrumpir la concentración; los puros, la simpatina y el coñac Bobadilla 103 Etiqueta Negra era sus únicos acompañantes.” La simpatina es la anfetamina a la que yo aludí anteriormente. La ebriedad y la poesía son, en muchas ocasiones, dos realidades que caminan juntas, la poesía de Rosales se puede leer desde este punto. Ahí iré, a esa lectura que parte de la ebriedad. 


+  Al mismo tiempo, he comenzado a leer el libro de Juan Francisco Fuentes Hambre de patria. Me interesa el matiz que los exiliados aportan sobre la Segunda República Española y como se enfrentan a la posibilidad de instaurar un régimen democrático en España tras la muerte de Franco. He leído cuarenta o cincuenta páginas, que es casi un veinte por ciento de su totalidad. Estas primeras páginas abordan los antecedentes de la Segunda República y la Guerra Civil, es decir: el discurrir de siglo XIX y la dictadura de Primo de Rivera. El núcleo de la inicial de la exposición es un cierto deseo de guerra civil, que hunde sus raíces en el siglo XIX, que llega a manifestarse en ciertas posiciones de destacados intelectuales y políticos. No sé si esto era algo generalizado o a partir de ciertos hechos se realiza una generalización. Una anécdota que. se convierte en piedra de toque. No tengo capacidad para saberlo porque requiere una indagación para la que no tengo tiempo ni competencia. Sin embargo, hay cuestiones que se desprenden de las que no dudo. Por otra parte, compruebo que la polarización no es algo exclusivo de nuestro momento, incluso, lo que hoy sucede resulta de menor intensidad que lo que sucedía en aquellos años. Para mí no es nuevo, pero mal no está recordarlo. La violencia siempre ha estado presente en la historia de la humanidad y no dejará de estarlo. Mientras, pienso en diversas ebriedades y me veo frívolo, ligero, irrelevante, pero soy hijo de mi tiempo y mi circunstancia. Continuo la lectura y, entremedias, lo comparo con algo de Julián Casanova. No creo que se deba tener una visión naïf de la República, pero tampoco se puede reducir la maldad que consigo trajo el franquismo. Debo continuar la lectura hasta el final para poder tomar una posición, esa cambiante estabilidad. Una cuestión de equilibrios y balances.


+ Otra vez vuelvo a escuchar la guitarra de Rafael Riqueni. One more time.


+ Nada temo, pero ante los espectros del pasado soy cauto. Palabras que hoy cobran sentido, palabras que hoy pierden su valor. Espejos que han extraviado su azogue. El tiempo es un crisol. He alcanzado una serenidad solida, aunque los embates contra ella produzcan vibraciones no agradables. Y me preguntó: para qué sirve todo esto, ante su victoria? Lo sé. Es el vacío, la constancia del olvido. Sin lugar a dudas, materia para olvidar, lo que no impide la prevención contra los fantasmas del pasado. Y no es ebriedad. No en este caso.

 

+ Imagen: bares, la ebriedad, el tiempo elevado.


sábado, 13 de diciembre de 2025

Lo hermético

 


+ Sinestesia: “esperar oscuro” (Villamediana)


+ Ayer llovió mucho. Hoy le cambié la cuerdas a la Telecaster. Marilín parece feliz. Es feliz. Todo está en orden y armonía. La lluvia me devuelve tiempos de la infancia y la guitarra se suma a la sensación. La gata es un regalo divino. La transparencia y la emoción son simétricas. Leo, escucho, guardo silencio. La lluvia, las guitarras, los gatos. La unidad, también, se construye.


+ Los elementos descontextualizados causan perplejidad. En el museo se utiliza esta técnica para desconcertar al visitante. Se consigue en ocasiones. Pienso en las paredes de una casa que se han desmontado y se muestran como si fuese un recortable destinado a los niños o el plano que se puede ver en el proyecto de una edificación. Esto me ha servido para, mientras paseo en soledad, ver una pared y reconocer en ella lo pictórico que contiene. A veces, el paseo es una extensión del museo, del arte. Exprimo, cuando puedo, esta posibilidad.


+ He llegado a un punto en que cuando alguien me habla de cualquier asunto y, subrepticiamente, sale a colación “lo espiritual”, me pongo en prevención. Sé que hay algo que chirría, que me va a molestar. Yo vivo, de alguna manera, en lo oscuro o, mejor dicho, en lo hermético. He decidido permitir a muy pocas personas adentrarse en este recinto. Yo supongo que es algo que se relaciona, sin duda, con la edad. Me vale así y hablarme de espiritualidad es violentar las normas que he impuesto, por esto, y no por otra cosa, necesito protegerme. Lo sé, la previsión no siempre es necesaria, pero anticiparse es construir la victoria, si es que victorias y derrotas se trata, que no lo creo. Solo es protección, porque no quiero soporta el fastidio que supone esa simpleza. El día se termina y todo llegará, así, a su final.


+ Me detengo en la idea de hermético: “impenetrable, cerrado, aun tratándose de algo inmaterial.” Esta es la segunda acepción que ofrece el diccionario de la RAE. Me parece perfecta y acota lo expresado en el párrafo anterior con precisión.


+ “No hemos conocido el bien hasta que le hemos perdido.” (Fragmento del Quijote que alguien utiliza como pórtico de su libro). Lo hago mío porque me parece más que acertado y conveniente para el momento.


+ Vuelvo a escuchar Exile On Main St. Me subyuga, todavía. Es mi disco favorito, si discos favoritos está permitido tener, de los R.S. Lo entiendo a la perfección. La guía que sostiene las guitarras, una vibración, el instante previo al último aliento de la juventud. La madurez. Mis guitarras son mi castillo. Extrañas canciones que parecen haber estado ahí siempre. Suena y yo reflexiono sobre el papel de las guitarras y la música en mi vida. Lo sé, hay gente que no escucha música y se le nota. Para ellos solo es una elongación sin sentido. Yo estoy en la otra orilla. La música es importante, el Exile es fundamental.

 

+ Imagen:  los últimos días del otoño.


sábado, 6 de diciembre de 2025

En suspenso

 


+ La lluvia envuelve el paisaje. Al poco, la ciudad se ve arropada por el manto gris de la niebla. Ahora la niebla es ya un negro apagado, mate. Escribo y escucho el preciso desarrollo de algunas piezas para piano de Clara Schumann. Hay sintonía entre la música, el tiempo metereológico y el momento. No me desvío de mi tarea. Me hace sentir una punzada de felicidad, una breve y auténtica felicidad. Bebo un sobro de café. Regreso al texto que trato de elaborar y las palabras texto y elaborar no me gustan, pero no encuentro, ahora mismo, mismo otras. Ensayo, tesis, reflexión, análisis. Escribir, pergeñar, proyectar, producir. No me valen. Lo dejo así. Salgo un momento y estudio la lluvia sin pensar en nada más que en su cadencia, ese ritmo hipnótico. Hay un mensaje oculto que no se puede desvelar. Ese mensaje lo creo y lo destruyo yo. Ni más, ni menos.


+ La lectura de la poesía del Conde de Villamediana desde el presente en el que vivo revela claves insospechadas. El desengaño se ha erigido en rasgo de una época. El desengaño político, como apunto Rosales, y el desengaño amoroso que se extiende desde las redes sociales a la televisión en su versión más obscena y adocenada. La política es muy visible y el amor se ha convertido en un concurso de realidad televisada. No todo es así, pero sí hay una percepción de ambas realidades como muy rebajadas, como si hubiese un mundo anterior que fue perfecto. No entro en ello, pero sí en la piedra de toque que resulta ser esta poesía que ocupa mis días y mis pensamientos. La codificación de los sentimientos tiene un valor que desconocemos y nos permite adentrarnos en mundos insospechados, con los que, a diario, convivimos. Es ahí donde me valgo de las herramientas que me proporciona el poeta. El desengaño y el escarmiento son claves útiles para entender este mi presente.


+ Paisajes, libros, café, el piano lejano de Clara Schumann. Pienso en febrero, otra vez en el Auditorio Nacional. Otro concierto. Grigori Sokolov. 


+ Recuerdo la extraña sensación que me asaltó en Madrid. En un descanso di un paseo hasta llegar a un parque. Me senté en un banco y me dejé llevar por la mañana limpia de finales de septiembre. Me invadió la impresión de que estaba dentro de una maqueta, de tan perfecto que todo parecía. No duro mucho, pero fue algo intenso. La deficiencia de la vida ordinaria se había visto suplantada. Ancianos que hacía deporte suave, parejas de paseo, perros felices, algún corredor, los jardineros y sus labores: la adecuación de sus uniformes, el brillo de las máquinas. Salí de parque y sentí que un aliento poético me había invadido. Más tarde caminé por calles sin personalidad y llegué a la biblioteca a la que debía llegar. La sensación se atenuó pero se mantiene la idea de lo imposible, de la reducción de todo a lo más pequeño y perfecto. No mucho más.

 

+ Imagen: los equívocos.

sábado, 29 de noviembre de 2025

Objetos

 

+ La abstracción es un bien. Me ayuda. Me aleja de lo cotidiano o me lo devuelve en su esquema necesario. He pensado en personas que han pasado por mi vida y no han dejado huella. Es un rasgo del momento. Una tendencia a la melancolía, esa enfermedad o vicio, según dictamen de Pessoa. El otro día, de regreso a casa tras el trabajo, vi a alguien con quien tuve relación. Evitó mi mirada y luego, al pasar a mi altura, me observó de refilón. Recuerdo su nombre, el nombre de sus hermanas, la conciencia de un tiempo y el olvido de los gestos y preguntas. Todo se desvanece en un instante. Ya carece de la materia necesaria para ser mínimamente importante. ¿Importante? Qué palabra. Todo se desvanece y me dejo mecer por la agradable calma del mes de noviembre. No pensé, no dije nada y aquí queda una señal de ese no-encuentro. La vida nos aleja y convierte en extraños a los antiguos compañeros de farras, supongo que es el signo al que estamos subordinados. Un día seremos olvido. ¿Quién pronunció esta frase? No lo recuerdo, no quiero averiguarlo, pues en el mes de noviembre encuentro un antídoto para la fatiga.


+  Reflexiono sobre los objetos, su envejecimiento y la adquisición de valor que conlleva el paso del tiempo. No se puede separar ninguna de estas razones de la arbitrariedad. Nada es por sí, lo que le da ese valor es lo que nosotros ponemos en ellos: los objetos. Cuadros, instrumentos musicales y antigüedades varias. La necesidad de construir una identidad tiene que ver con el coleccionismo. Romper con ello no es conveniente, al menos en público: no suele ser entendido. Pero tenerlo presente es un plus. El sentido de la realidad viene dada por nuestra posición, es un algo interno y la manifestación de esta realidad nos conduce a lo que somos. Nada tiene sentido, salvo el que nosotros le otorgamos. El sentido es interno, que no externo.


+ Los objetos y su precio, lo arbitrario.

 

+ Imagen: acumulación.

sábado, 22 de noviembre de 2025

Tiempo

 


+ Un viaje que trae consigo olvido y tristeza. El paso del tiempo, su huella en las personas, en los edificios. No hay voluntad, una ceguera. El tiempo. Todo permanece en el recuerdo. Me alejo y la tristeza persiste. No hay otra cosa que la serena certeza de caducidad. El paso de los años. Vuelvo la vista atrás y veo lo que sé que habría de ver. 


+ Fuimos a la segunda de Mahler. Todavía no me lo he explicado y persiste su influjo. En algún lugar leo que la pregunta de la obra es si hay vida tras la muerte. Yo sé que durante la interpretación de la obra el tiempo se suspendió. Me embargó la idea de impermanencia. Terminó la segunda de Mahler y ya no llovía. El público, a la salida, se arremolinaba en la entrada del metro. El viaje subterráneo, los rostros de las personas, el regreso a la superficie. Todo parecía encajar con extraña perfección. No es otra cosa: el vuelo del tiempo.


+ Como un futuro no previsto, así vague por la calles de Madrid. El primer día, visité el Prado yo solo y allí volví a ver cuadros con los que he establecido una relación íntima. El segundo caminamos juntos y fuimos al cine. Un entretenimiento. El tercero, una obra de teatro que no me gustó. El lunes, caminamos mucho y sentí el tacto de las palabras, una medicina, un ensalmo, el reverso del tiempo. El tiempo, me dije, es el tema. De regreso a Galicia, pensé en el paisaje, en los amigos, en los sueños y en la posibilidad de permanecer silenciosamente, con la mirada suspendida, sin pensar en nada, en absolutamente en nada. Es cierto, dibujé cuatro escenas urbanas y un interior: el Museo del Prado,  y fue suficiente. Los dibujos son una imagen de la muerte, también.

 

+ Imagen:  esos pasadizos futuristas que hablan del pasado, del presente y del futuro, que se repiten secuencialmente como se repiten las estaciones y las edades. Vale. El orden de las transiciones.

sábado, 15 de noviembre de 2025

Sin indicaciones (32)



+ Dreams, Fleetwood Mac. Canciones que nos llevan a otro tiempo. Lo sé, una ilusión. Recuerdo escuchar la canción y preguntarme qué significado tenía la letra. Hoy no necesito respuestas, la música es suficiente y rechazo aquella hermenéutica sencilla y doméstica que trata de encontrar claves en las palabras porque las palabras se sitúan en un lugar más próximo a la música que a la lexicografía. 


+ [Desplazamiento (-s)]: nos relatan los preparativos de su próximo viaje, que las llevará a Buenos Aires. A mí me gustaría ir a Buenos Aires por razones literarias, principalmente: por el recuerdo que tengo del libro de Ernesto Sábato Sobre héroes y tumbas. Sin embargo, pensar en un viaje tan largo, pensar en el encierro en el avión durante tantas horas me desmotiva de una manera absoluta. El avión no me gusta y tantas y, lo dicho: tantas horas encerrado en el avión, me hace sentir angustia. Pensarlo me devuelve a lo terrenal y a la racional idea de que nada voy a encontrar allí que no hubiese encontrado en el libro de Sábato. Sé que admite discusión. Pero hoy el desplazamiento por placer es uno de los rasgos que definen nuestra época. Lo he pensado muchas veces, sobre todo cuando estaba en el avión hacia algún destino Europeo [yo nunca he salido de Europa y es muy posible que la cosa quede ahí]. Yo no me resisto, pero me resultan situaciones ásperas: el desplazamiento al aeropuerto, el aeropuerto en sí mismo, el avión, todos los rituales que implica el vuelo y la entrada en otro país, otro aeropuerto, otro desplazamiento del aeropuerto a la ciudad y el camino inverso. Me condiciona. No es la edad. Nunca me he sentido cómodo en el avión. Creo que no iremos a Buenos Aires y, simultáneamente, abrimos la posibilidad de viajar a los Países Bajos. Nosotros, aunque nos resistamos, también estamos imbuidos en el desplazamiento. Todos somos turistas. El fin de semana, las vacaciones como enseña. Ese fin de semana eterno que es el siglo XXI, mientras otros nos contemplan extrañados: los que pueden permitirse el viaje y los que no pueden permitirse el viaje. Se hace solida la posibilidad de un viaje a los Países Bajos [esta vez, con una idea pictórica].


+ De la misma manera que me recreo en esta boutade: “solo leo escritores muertos”, traspaso la idea a la música y, así, me interesa el rock o el blues porque me remiten a músicos muertos, una música que es ya arqueología. Por eso he comprado una Gibson Standard 50’s (Olivia es su nombre, ya que se terminó de fabricar el día 3 de febrero de 2025 y es Olivia, virgen y mártir, santa del día, entre otras y otros). Porque me relaciona con la muerte. Por eso conservo la Telecaster (Odette, proustianamente nombrada). Entiendo las guitarras eléctricas como una referencia al pasado, a mi pasado, algo que tiene aquel nombrado acento arqueológico o museístico. ¿Monumento o documento?, me digo. Cuestión siempre presente. Cómo vemos el arte: como objeto digno de admiración y culto, o, por el contrario, como una herramienta que nos permite adentrarnos en una realidad con la idea de reconstruirla. Creo que las guitarras y el rock and roll me dan la posibilidad de aunar en un solo objeto las dos posibilidades. [Durante la media hora diaria que me puedo permitir ese contacto con tan extraña realidad, media hora no es asunto menor]. La realidad que se distancia y que es preciso reelaborar.


+ Imagen: el vacío de la hora prima: lo inalcanzable. 6:45 am.

sábado, 8 de noviembre de 2025

Sin indicaciones (31)

 


+ En tres noches, antes de dormir, he leído La casa encendida de Luis Rosales. La sensación de pertenencia a un mundo que ya no existe me ha embargado durante esas tres noches. Todo parece estar bien en el refugio. La luz, las ventanas, los libros. El verso preciso, la palabra medida, el peso de las imágenes en su justa dosis. Pronto regresaré a Madrid y quizá visite este entorno de la calle Princesa, en donde se desarrolla el poema [si es que los poemas tienen un desarrollo y no son, más bien, elementos estáticos y ajenos al tiempo en sí mismo, que lo fosilizan para una posterior reconstrucción]. Conozco este barrio. He dormido en pensiones y pisos que alquilan habitaciones por días en las proximidades de la calle Princesa, por la que . he paseado y he ido caminando al mirador que se asoma desde los jardines del Templo de Debot, el Parque del Oeste y, desde allí, el sur de Madrid. Librerías, cafés y tiendas de instrumentos musicales. Percibí algo que se desprende del libro: la rutina como estancia agradable: los libros, el calor del hogar, la luz amarillenta de los salones de aquellas modestas casas que se construyeron a principios del siglo XX y hoy son mansiones, más por su elevado precio que por sus dimensiones. Tanto ha cambiado todo. Un mundo que yo conocí y hoy es arqueología. Sin remedio avanza la rueda de la Fortuna.


+ La Fortuna, tema tan particularmente propio de Villamediana, que hoy comprendo mucho mejor, aunque todavía no alcanzo sus dimensiones totales. 


+ Los papeles me acechan. Pongo orden y, otra vez, crecen para mi espanto. No lucho contra ello y en esa marea me dejo descansar.


+ Se resiste el pensamiento. Detenido por labores meramente contables, parece no haber espacio para la ocurrencia. No siempre es igual. Lo fluido no se busca, se encuentra. Una frase, me digo. Descanso un momento y retomo la lectura de poemas escritos en cancioneros con más de cuatrocientos años de antigüedad. ¿Cuatrocientos años, cuánto es esto? ¿Un suspiro?


+ Imagen: el banco: un espacio a preservar frente al mar: dimensiones, ubicación y materia.

sábado, 1 de noviembre de 2025

Forsan et haec olim meminisse iuvabit

 



+ Extrañas citas que me llegan sin desearlo. No sé a qué atenerme. Dedico un instante a la reflexión y no digo nada. ¿El silencio es una decisión o una muestra de la falta de sangre en las venas? No le doy importancia porque yo no quiero responder. Sé demasiadas cosas como para expresar mi rechazo. Es un truco que aprendí hace no demasiado: el silencio ante los terraplanistas es aplicable a muchas otras necedades, incontables necedades. Este es mi silencio. Leo, otra vez, la cita que ha puesto en su perfil y creo desvelar ciertos secretos, pero no es así. En realidad he recompuesto las piezas y me he aproximado un poco más a la totalidad, su totalidad. Lo dejo a un lado. No tiene importancia.


+ Estampas de la gran ciudad: obras, autopistas, aeropuertos, el metro, taxis, calles desiertas, calles abarrotadas, tiendas y bares giratorios, discotecas y pubs elegantes, decadentes, miserables. Todo lo recuerdo y nada olvido. Acabo de leer un breve texto de un escritor que en otro tiempo me gustó mucho . No leeré otra vez sus novelas, no quiero correr el riesgo de una decepción o de que regrese un transido entusiasmo. El gesto de una mujer con falta muy larga que apoya su pie en una pared para atar los cordones de sus zapatillas de baloncesto verdes: estudiar el gesto desde la anatomía y conformarse con el esbozo que se hace mientras todo se desvanece. Ese extraño erotismo que es suponer una vida, encajar en la suposición el amor y el deseo. Estampas que no olvido. La mujer que llora en el metro como si susurrase, nadie le dice nada, yo tampoco. En el metro otra vez, alguien ofrece pañuelos de papel mientras enseña la llave de una casa que dice que acaban de embargarle, nadie le mira y él pide que le miren a la cara, una mujer le da una moneda y él le ofrece el paquetito de pañuelos de papel, ella rechaza los pañuelos y le desea suerte al hombre. Desayuno tres días en el mismo bar, pido, los tres días, la misma comanda, veo que hay rostros que se repiten, otros no, no creo que haya un significado oculto en estas simetrías. Una pensión cerca del corazón de la ciudad: largos pasillos, puertas cerradas, la decoración extraña de las pensiones, algo humano, algo impersonal, célebres cuadros en formatos muy reducidos, un llavero con tres llaves: la del portal de la calle, la de la puerta de entradas, la llave de la habitación. Veo la televisión a oscuras. En la calle hay una manifestación. Rostros, animales de compañía, ropa de deporte, canciones que ya no recuerdo y alguien las silba mientras pasa delante de mí: estoy sentado en un banco y observo. Una lámina de agua muy brillante, un hombre vestido de verde y amarillo riega los árboles, no hay ruido alguno. Paseo y veo una placa: consulto el teléfono y veo que aquí asesinaron a un hombre de treinta y cinco años, soltero. Volvía de hacer deporte. Yo no olvido, fue ETA: qué miseria. Cerca hay otra placa: una mujer de setenta y dos años volvía de una celebración, la alcanzó una bomba, murió. Queda la placa. Todo se olvida, me digo y sigo el paseo sin poder dejar de pensar en aquellas vidas quebradas hace cuarenta años. Quizá son más de cuarenta años. No lo sé. Ya nadie se acuerda. ¿Alguien se para en estas placas? La vida no admite definiciones. La muerte cesa todo intento de definir la vida. Demasiado amplio todo para un instante. El metro una vez más y hay otras historias que prefiero dejar a un lado. Quizá en otro momento. Hoy no. Son las estampas de unos días que estuve en Madrid. Son asunto que poco a poco olvidaré. O tal vez no.


+ No es verdad que el buen paño en el arca se venda. Hoy menos verdad que nunca antes. Lo que no implica calidad, ni bondad, ni un posible optimismo.


+ En uno de los cuadernos de Luis Rosales me encuentro con la cita en latín:  «Forsan et haec olim meminisse iuvabit» se traduce con un significado similar a "Quizás algún día nos acordemos de esto con alegría" o "Tal vez algún día nos plazca recordar estas cosas”.  Gobierna el afán del día la posibilidad que abre, a modo de cura, a modo de táctica en el conjunto de la estrategia. Un día recordarás esto que te causa dolor con cierto agradecimiento: soy el que soy por aquello que fue. El afán del día de hoy es este.


+ Imagen: tres momentos: la pensión y la pintura simétrica [la reproducción del cuadro de Murillo que encuentro en el pasillo de la pensión habla desde el pasado y ofrece una visión que nos desarma, esa es la duplicidad o simetría], la calle y su expresión plástica que tiende a lo espontáneo [carteles que anuncian diversas noticias y convocatorias, el perro impasible que corona el conjunto, se conforma una inveterada expresión artística: la necesidad de ser y ser escuchado y el arte se destila de esta casualidad], el metro [la soledad, lo actual y la fugacidad: el tiempo se hace carne es su fluida realidad].

sábado, 25 de octubre de 2025

Su noble palabra demiúrgica

 

+ Vuelvo a Roland Barthes. Hoy que llueve y no dejo de pensar en guitarras, regreso a Roland Barthes. Ay, las guitarras y mi mismidad. Leo, una vez más, un artículo que aparece en Mitologías, “El escritor en vacaciones”. Resulta ilustrativo de una idea romántica de la creación literaria y del trabajo que conlleva y que permanece en el imaginario colectivo. El escritor en vacaciones es una asociación entre el mito en sí mismo del escritor y su realidad de la vida cotidiana. El acento que sobre esta circunstancia pone R.B. es definitorio y se extiende desde el momento del artículo hasta el presente. El libro, Mitologías, es un libro propio del momento, de los años sesenta, pero lo que desvela permanece. La duplicidad que encontramos entre la persona y el personaje. A la persona le gusta lo mundano en comunión con el resto de sus conciudadanos, pero tiene aquel rédito intangible: “su noble palabra demiúrgica”. Y es aquí donde se produce la intersección con las guitarras. ¿Por qué? El viernes pasado C. y yo, junto a otra pareja, L. y J., fuimos a lo que se denomina un “clinic” de dos enormes guitarristas. Los guitarritas en su atuendo roquero adquirían un tinte mitológico similar al escritor, pero acentuado por las guitarras y los amplificadores, la interpretación musical y las poses que ornamentan al roquero: herederos de un cierto romanticismo y de una idea cirquense de la vida y el espectáculo. Está bien. Son necesarias estas expresiones de divinidad y armonía. Las guitarras, los libros o las ciudades, mecanismos que activan la ilusión de una existencia verdadera o auténtica, en un sentido que ya nadie utiliza. Lo auténtico quedo relegado por otras formulaciones, pero, tanto en la escritura como en la interpretación musical, permanece incólume. Por un momento, los dioses nos visitan y los honramos en la justa medida del orden, la armonía y la serenidad.


+ Repaso anotaciones a lápiz de L.R.C. en una antología del Conde de Villamediana elaborado por él mismo. Me resulta muy difícil entender su letra, aunque tampoco es mala su caligrafía [bueno, quizá sea redundante lo dicho porque dentro de la palabra está contenido el concepto de belleza: Κάλλος, y ahí no se puede entrar: o es buena o no es caligrafía, con todo: así queda]. Pienso en cuando tomó nota, en la extrema realidad de que nunca se sabe quien terminará por leer lo que escribimos, aunque no sea nuestro propósito que alguien lo lea terminará en otras manos. Reflexiono sobre esta circunstancia a menudo. Escribimos sin saber quién será nuestro destinatario, a pesar de que esto no se considere comunicación stricto sensu, ya que para que la comunicación se produzca debe existir una intencionalidad y en este caso no la hay. La tarea se desarrolla arropada por excelsas interpretaciones de piano y con la lluvia como telón de fondo. He adelgazado mis pretensiones y ahora con observar me conformo. La letra de Luis Rosales me devuelve otra imagen de mí, un otro yo.


+ Apunto: “la imagen del barco varado y la idea de fortuna”. Podría amplificar el apunte, pero así está bien. Así queda.


+ La casualidad me lleva a una frase que flota en la página web de una compañía de logística. La frase, en su literalidad, flota: “Children are like wet cement, whatever falls on them makes an impression” [la traducción automática parece válida: “Los niños son como el cemento húmedo, todo lo que cae sobre ellos les deja una impresión”]. Pensar en la frase es pensar en si las comparaciones son acertadas por la simple inserción de la partícula que establece la comparación misma o se les debe exigir algo más. Supongo que lo último es lo que se impone, pero hay que pensar. Las cuestiones de pragmática lingüística siempre son inquietantes porque parecen desvelar aspectos que se esconden en lo cotidiano y lo dado. En realidad, lo que dice la frase a todos nos sucede y la comparación no hace otra cosa que acentuar la observación con la indiscutible realidad de la infancia, donde todo está magnificado. La frase es de un maestro y psicólogo israelí del siglo pasado, que murió a los cincuenta y un años. Bueno, no es cemento, es hormigón o mortero, por ejemplo, el cemento es un polvo gris que precisa del agua y la grava para ser algo. ¿Podría llevar este error hasta las consecuencias hermenéuticas que de él se desprenden, cuando se confunde el ingrediente con el resultado, una confusión que desarma toda la metáfora? La precisión no es cortesía, sino necesidad. Punto.


+ Las frases de calendario bien se merecen un tatuaje en su punto, siempre que reine la ironía o el sarcasmo. Pero no es posible. El tatuaje es talismán y ni la ironía, ni el sarcasmo protegen de nada.


+ Leo algo sobre Gerhard Richter y encuentro ciertas concomitancias con ideas sobre la imagen y el devenir del presente. Son ideas que tienen algo en común con una forma que he desarrollado de ver, pero que nunca termina de plasmarse [si dejamos a un lado las fotografía de este blog y las imágenes de aquel que abandoné cuando murió mi madre]. Es algo que se relaciona con lo cotidiano, con lo que carece de valor, una suerte de elevación del desecho, pero también con una tendencia hacia un intento de capturar un esbozo de lo contemporáneo, a sabiendas que esto no deja de ser la fundación de una arqueología. En fin. Me interesó el artículo y recordé al artista. Poca cosa no es. 


+ Imagen: la biblioteca, como residencia de aquella palabra demiúrgica que es escritor empuña.


sábado, 18 de octubre de 2025

Sin indicaciones (30)


+ Si me preguntan por mis opiniones sobre el arte, me mantengo al margen. Me cuesta. Cada año que pasa, más me cuesta tener una opinión. Ay, las opiniones. La observación de la realidad me distancia de aquella manera del yo siempre presente y dispuesto para el combate. El concepto me abruma, digo. Solo hay concepto, repito y me abstengo de opinar. Mi interlocutor sonríe. Tiene veintiséis años y hay en su mirada la ilusión que yo he descargado: soy un observador, me digo, casi sin saber que es algo más propio de la edad que de mi condición. Ahora, tras ver las impresiones sobre paneles de madera de grandes páginas de conocidos tabloides que hizo en los años noventa Sarah Lucas, me reafirmo. En realidad, son más balizas que objetos en sí mismos estas extrañas expresiones. Se transforman en expresión de un tiempo. El contexto y del discurso que las ampara le otorga el sentido. Eso busco, le digo y él vuelve a sonreír. Son cosas sin importancia que puntean el día a día de transiciones, agradables transiciones.


+ Clara Shumann, es el sábado. El piano desliza dificultades y soluciones. Una parte de luz, otra de sombra. El piano sugiere las medidas precisas. El sábado resulta luminoso, extraño para esta época del año. Un camino en el bosque, accidentes, conversaciones, silencio. El mar, quizá.


+ En una transcripción de un texto alguien confunde espera con esfera. ¿Es un hallazgo? ¿Es el camino para un hallazgo? La esfera se podría unir a una idea de totalidad y, al tiempo, de perfección. La espera casi se puede tomar como una cualidad. La esfera y la espera, la determinación en la espera de una cierta armonía perfecta. Aunque, claro, ya sabemos, la perfección de la esfera solo existe en la abstracción de una geometría matemática, en cuanto esta se materializa, la perfección desaparece. Ahí está la espera, la espera de la perfección. Solo fue una confusión entre palabras que tienen cierta proximidad en el sonido, pero tender puentes entre orillas imposibles resuelve un entretenimiento más. 


+ Imagen: otro recorte, el recorte acentúa una nota absurda en lo cotidiano. Poco más.


sábado, 11 de octubre de 2025

Le flâneur

 


+ Escucho, en el reproductor en línea, a Miguel Sánchez-Ostiz leer un fragmento de su dietario de 1995. Me quedo con la idea del naufragio y el no saber a dónde de se va. La escritura de los diarios que tienen por objetivo su publicación tiene algo de puesta en escena, un aderezarse en trucos y emboscaduras. He escuchado a M.S.-O. con interés. Me intereso, así mismo, por su libro La negra provincia de Flaubert, que  es más el interés por el título que ninguna otra cosa. No poca cosa, me digo. Y sigue la tarde en su órbita.


+ El bosque, árboles. El monte, árboles esparcidos y otras cosas. No sé. La división entre una realidad y la otra tiende a unos límites imprecisos, pero el bosque se impone magnánimo. Un capricho, solamente.


+ Veo unas fotos y un texto de Sophie Calle en una revista antigua. La revista se acerca, o sobrepasa, ya, los treinta años. Los años noventa, me digo. El Europeo. Es antigua, pero no ha envejecido y mantiene un aliento de actualidad. Reflexiono sobre el texto de S.C., sobre los días que pasé en Madrid, sobre las tareas y su resolución. Esa felicidad que produce rematar bien las tareas, por una parte. Por otra, la suma de conversaciones, paseos y desplazamientos, clases y reuniones informales y productivas. Vuelvo a S. C. y me doy cuenta que hay una serie de intereses que se han mantenido a lo largo de los años. Antes no, pero ahora sí lo comprendo: ciertos meandros me han conducido hasta donde estoy. La travesía es un relato. Todo narrar es un viaje. Llegué a Madrid un domingo y regresé un viernes. Llegué a las dos y a las dos me fui. Ese arco. Los cuerpos, las voces, la silueta de los cuerpos. Una definición que no se deja atrapar. El texto de S. C. habla de matrimonios, divorcios, encuentros y despedidas, Paris o Nueva York, por ejemplo. El aeropuerto de Orly, una avenida sin nombre, el filo de una foto en blanco y negro. Todo deviene en una escritura automática, la que se desliza de las sugerencias que ofrece el tomar de una estantería la revista de la que me había olvidado. Se trata de eso: pasear sin rumbo ni propósito. Je suis le flâneur.


+ La rutina desdibuja el peso de los gestos y el movimiento de los cuerpos. Las personas pierden su sustancia, se diluyen en un gris extraño y profundo. Bastan unos días fuera de los días de trabajo, con sus ritmos y sus pausas, para volver a ver lo que ya no veíamos. Lo decía David Hockney: el mayor espectáculo es ver a las personas en su desarrollo diario. Lo suscribo. 


+ “The idea that figure painting might disappear has always seemed naive to me. The most interesting thing we see in the world is another human being." David Hockney.


+ ”Other people fascinate me, and the most interesting aspect of other people— the point where we go inside them— is the face. It tells all.” David Hockney.


+ Con esta idea implícita fuimos a París y allí nos encontramos con esto que el pintor manifestó en su momento y hace un poco copié. 


+ Imagen: fruto de la casualidad es el recorte. Recorto un pequeño fragmento de una foto y aplico una serie de efectos. Queda lo que queda. Un baño de irrealidad. Como el paseo mismo, como la observación misma.