sábado, 30 de noviembre de 2024

Le flanêur

 


+ Pasear. Pasear y charlar. Pasear y guardar silencio. En compañía, en soledad, pasear. La ciudad se despliega y evoluciona con ese caminar sin rumbo ni propósito. No hay nada artístico en esto o, tal vez, sí. Un arte menor, un recodo de lo posible y lo sorprendente. Lugares que se descubren, bares que alumbran lo improbable, fotografía que nunca se habrán de disparar. Es un poco aquello de “prefería no hacerlo”. Casa bien con mi carácter [insisto: el carácter es el destino]. Alumbro una idea que se disuelve en un escaparate que me gusta, que me sugiere mundos entrevistos en la infancia. Es un destello. La conversación es otra cosa, pero hay que encontrarse con la persona adecuada, una sintonía que se articula mediante una armonía de ideas, expresiones y memoria. Lleva tiempo, aunque, si se insiste, se logra. Así han sido estos días de Madrid, cuatro, cinco, tres días. La medida del tiempo no siempre refleja el desarrollo temporal [bien lo sabían los griegos]. La oportunidad, el dibujo de los edificios, los temores al futuro, la estela de la intolerancia, la ingenuidad, el nihilismo que nos guía [otra no hay, porque mucho no se puede esperar]. En fin, días felices que no emboscan el temporal que se gesta. Lo hemos visto, lo hemos constatado. El paseo continúa. 


+ El viaje es una quimera. Somos turistas. No cabe el engaño. Así se resume el espíritu de nuestro tiempo: el desplazamiento, las estancias vacacionales, la compra de recuerdos y la degustación de los platos locales. Hay otros rasgos que caracterizan nuestra existencia en este primer cuarto del s. XXI, que ya casi se ha terminado, pero, este, este en concreto nos engasta en cierta forma de estar: el veloz desplazamiento y la estancia. Luego está el regreso. Los regalos, los comentarios y las anécdotas, las experiencias y los desencuentros. El viaje no, es el turismo el que configura nuestra personalidad, a pesar de que nos cuesta verlo o nos desagrade esa brisa de colectividad, de vulgarización. No somos sublimes sin interrupción, que rogaba Baudelaire, hoy la literatura que nos caracteriza es la de Houellebecq, no la de Charles B.


+ En algún lugar apunto: “la errancia y el límite”


+ “[…] pues son treinta mil los inmortales que se mueve  sobre la tierra y que, envueltos en niebla, vigilan sin cesar a los hombres.” Bowra.


+ Imagen: el paseo y las balizas.

sábado, 23 de noviembre de 2024

El fragmento (y 2)

 


+ Hoy he leído, en la cama, sobre la heroína, aquella droga coloquialmente conocida como caballo. Su tenebrosa presencia en los años setenta y ochenta hacía que esta esta droga fuese la droga por antonomasia, aquel desquiciado camino hacia la ruina. Tras ello, leí un poco sobre la imposibilidad de la biografía. Luego, un artículo donde se intentaba acercar la figura de Maquiavelo al presente [cómo si esto fuese posible, a pesar de que existen rasgos en el pensador italiano fácilmente traspasables, la diferencia entre nuestra sociedad  y aquella se traduce en abismos, por mucho que algunos deseen lo contrario: esto me dejo pensativo: qué permanece del pasado y qué se transforma, las lecciones del pasado válidas y las inválidas, etc.]. Quedó, así, en suspenso una niebla de irrealidad. La lectura es otra droga. Encendí el teléfono y consulté las noticias. La actualidad. El presente. Lo caduco y lo eterno. Desconozco por qué estas lecturas me trasladaron, antes de caer en un profundo sueño, a un bar de paredes de madera, mullidos sillones de cuero y grandísimas copas de cognac. Un sueño que se amasaba en la vigilia, con la misma e inexplicable textura. Pasó la noche y, sin darle importancia, me levante y comencé con las tareas del día. Sin pensar mucho, sin convencimiento, pero con determinación.


+ Elijo la pintura de David Hockney. Ni siquiera es una elección estética. La razón es meramente vital y se enlaza con el disfrute de tener una libreta para dibujar, fijarse en los pequeños detalles y en los objetos, en los rostro y sus inestables expresiones, en la importancia del color. Por ejemplo. Pero es mucho más. ¿Vitalidad? Es esto lo que me hace falta y es lo que ahora me aporta D.H.


+ La misteriosa calidad de una vieja guitarra se manifiesta, principalmente, en su sonido, pero también en esa presencia que se decanta por el paso del tiempo sobre sus materiales: maderas, barnices y herrajes. Su envejecimiento noble, la nobleza del craquelado en el barniz, una hermosa oxidación, huellas de golpes y del rasgueo de los dedos sobre la honesta tabla, la aristocrática tabla. Surge una duda: ¿en qué momento de su curación el instrumento comienza a ser el que es?, ¿cuándo se constituye su naturaleza, antes de ensamblar sus partes, cuando sus partes se escogen, cuando desarrolla su función? Las preguntas, lo sé, son un poco tontas, pero son las preguntas que no admiten una respuesta definitiva porque abren un abanico insospechado. Esto veo hoy. Fragmentariamente me acerco a esta naturaleza porque pretendo establecer un paréntesis, un antes y un después de este breve viaje a Madrid. La guitarra y su constitución atesora en sí una capacidad de síntesis que me sirve para explicarme el proceso que deseo llevar a cabo. Mientras, suena una vieja Torres y no puedo dejar de hacerme la pregunta: ¿por qué una Torres es una Torres, por todo su proceso y materiales o por la etiqueta?


+ ¿He olvidado aquel impulso fotográfico, el gesto del disparo fotográfico? Tal vez sí. Todo pasa y yo entiendo que hay en mí un nervio que disloca la constancia. He aprendido a vivir con esta condición, pero no me gusta. No me gusta porque me ha impedido llevar a cabo empresas. Tanto tiempo me ha llevado aceptarlo que no me acuerdo cuándo fue la primera vez que fui consciente de que hay una posibilidad de modulación, pero no de cambio. El impulso fotográfico se desvaneció y dejó una lección: no tenía importancia.


+ Ayer dibujé en la libreta: es una buena señal. Gestos de los que no se espera nada a cambio. Importa el camino, más que la posada.


+ [Para pensar]: Protágoras: el hombre es medida de la verdad.


+ [Para pensar]: Protágoras: el hombre es la medida de todas las cosas.


+ Imagen: insisto en la idea del desgaste noble de la materia, como metáfora, como vía.

sábado, 16 de noviembre de 2024

El fragmento (1)


+ Busco en el ordenador imágenes de Cuento de verano de Rohmer.  La nostalgia, tal vez. La melancolía, no: es una enfermedad. Llueve muy fino y Monito duerme. Los gatos son así: tienen una capacidad para la indiferencia envidiable. El café está en su punto justo de temperatura y sabor. Una buen noticia. En el horizonte se dibuja Madrid. Días que llegarán, días que pasaran. A veces creo haber entiendo un cierto sentido de la totalidad, entonces me duermo: sueño con mujeres maduras, con complejos trámites administrativos, con coches y motos. El olvido se manifiesta y veo como A. pasa en su bici, al borde de la ría. ¿Todo está en calma? Sí, pero tengo sueño.


+ Tengo pendiente la lectura de algunos libros de poesía; aunque mejor sería decir: lírica. No es tiempo para ello. Me centro en la prosa y me evado en “el mundo griego”. No son caras de la misma moneda, pero se entrecruzan en una suerte de tablero. No es un juego, es la vida.


+ Me sorprendo cuando acierto, la frecuencia que tienen mis aciertos. El secreto: el silencio perruno que tengo, ese observar que se va aquilatando. Está bien así.


+ Antes de dormir leo el periódico que compro el domingo. En concreto, los suplementos que con él vienen. El panorama es muy actual y vuelo sobre los titulares. Entender el presente requiere gran atención y huir de la fluidez que vivir da ayuda, ayuda mucho. Reparar en los detalles constitutivos de lo cotidiano es una gran tarea. En ella me centro y así encuentro alabanzas al capitalismo, el muestrario de problemas mentales, el conflicto de la vivienda o consejos para triunfar de la mano de una mujer que sabe que miente ¿[qué argumenta y qué pretende?]. Hay oposiciones significativas: la juventud herida y precaria frente al banquero que afirma que en Occidente la pobreza no existe, la mujer que alegre señala que todo lo que uno se proponga lo puede conseguir, la colección de adminículos carísimos e innecesarios, la voluntad de un escritor que se hace solida en sus deseos de lujo y lejanía. Entonces, antes de caer en las simas del sueño, analizo lo leído. Se desgaja la marmórea realidad del periódico y los fragmentos definen el momento, mucho más que su propia suma. El fragmento, ese es nuestro signo.


+ Imagen: la rutina diaria, también: un fragmento.

sábado, 9 de noviembre de 2024

El observador



+ Los días de otoño no reflejan nada, salvo aquello que en ellos queramos depositar. Me dejo llevar y estudio algunos fragmentos de realidad de la mañana con indiferencia. He conseguido, durante un lapso considerable, el mirar del perro. Un perro, qué poco, qué grandeza.


+ Los bulos son uno de los rasgos que definen nuestro tiempo. Una forma de influir en la sociedad que no se comprende sin los teléfonos y sus posibilidades [ahí está su depósito]. Sin la deriva de las aplicaciones y las redes sociales cibernéticas no existirían los bulos que hoy nos acosan. He leído, y leo, al respecto, pero todavía no tengo una idea clara, aunque los indicios apuntan hacia un algo no precisamente bueno, provechoso. Vislumbro sus peligros y la complejidad de desarmar su poder, pero, también, la necesidad de operar sobre su capacidad de esparcir la mentira. En definitiva, creo que son lo contrario a las instituciones, pilares de la democracia. Su toxicidad la tengo muy presente estos días. Denuncias anónimas, mentiras sangrantes, expertos que no son otra cosa que charlatanes que se arrogan la máscara del periodista, charlatanes que se resuelven en comunicadores o inquisidores. El imperio de la verdad se ve suplantado por una voluble catarata de intereses y detracciones. Ahí está el problema, más fácil de describir que de solucionar, pero, con todo, ¿quién puede acometer esta tarea?


+ ¿Era Borges quien decía que, como a todos los hombres, le tocaron tiempos malos para vivir?


+ Incido en mi condición de observador.


+ Glen Gould murió con 50 años. Escucho las variaciones y encuentro esa dimensión arquitectónica de lo sublime [en su único sentido posible hoy para mí: el que Romanticismo me aporta: la inmensidad y la insignificancia del hombre, del observador].


+ ¿Cuál es el punto de vista en la tarea del observador? ¿Le conduce, tal vez, a la acción? El nihilismo no resulta paralizante, pero aporta una lucidez que muestra la falta de sentido de enfrentarse a las corrientes del tiempo. El observador es un nihilista.¿Hay que enfrentarse a la deriva observada? Sin duda, pero se aparece como un esfuerzo baldío. Problemas que no tienen solución. Basta acercarse, dice, a textos previos al ascenso del nazismo para darse cuenta de que hay un algo irremediable que avanza sin posibilidad de contenerlo, una marea oscura, que habita en el corazón de la masa. La masa suma individuos porque su alimento es el desanimo, la desilusión y la pobreza a la que no hay manera de darle solución. Ha ganado Trump y la incógnita se abre, ¿quién será el próximo alcanzar la soberanía, más próxima al absolutismo que a la democracia? Está escrito ya, dice el observador mientras se esconde en su mismidad.


+ Imagen: el otoño no refleja nada, su opacidad hoy se impone.



sábado, 2 de noviembre de 2024

La pureza de lo indiscutible

 


+ El crimen es un martillo que constantemente golpea. Algo escucho sobre la violencia de los simios superiores. “Los machos más agresivos con las hembras son los que más descendencia tienen. Estos primates intimidan más a sus parejas cuanto más grande es el grupo de rivales” [entradilla de El País, 13/11/2014]. La cita está extraida de  un libro de un célebre primatólogo. A ello se añade lo siguiente: "En la naturaleza, a veces los machos se salen con la suya, porque pueden distanciarse del grupo llevándose a una hembra de safari para evitar las intrusiones de terceros. Hasta pueden blandir ramas a modo de armas para obligar a las hembras a aparearse. Pero en cautividad es imposible quitarse de en medio y a menudo he visto cómo los machos cuyos avances sexuales eran demasiado insistentes suscitaban una ruidosa protesta de la hembra, a cuyos gritos acudía una masa de hembras que la ayudaban a poner en fuga al acosador" [Frans De Waal] El título del artículo es “La violencia sexista de los chimpancés”. Los chimpancés y los humanos son las únicas especies que se atacan entre sí de manera organizada. Queda abierta la discusión porque subyace una idea de determinismo que a mí me parece incontestable. No soy capaz de resolver la ecuación. 


+ Sin embargo, los chimpancés también muestran comportamiento éticos y, al tiempo, sienten la angustia de la muerte, que no deja de ser el inicio de lo humano: esa conciencia de la propia finitud.


+ El título que encabeza la entrada surgió en un paseo con C. La conversación giraba sobre un viejo debate entre las ciencias de la naturaleza  y las ciencias que se alejan de este ámbito para fundar disciplinas en las cuales los resultados resultan más discutibles o donde el discurso es tan importante como el dato en sí mismo. Ponía, yo, en lo alto a matemática y la lógica. Luego, todo lo demás. Una forma de verlo, una verdad construida finalmente. Pensé, más tarde, en el sintagma y nada concluí, salvo que no sonaba mal. Poco más. Se puede ampliar su contexto, me dije y lo llevé hasta las cuestiones donde parece no haber discusión, esos puntos donde todos nos ponemos de acuerdo porque, socialmente, parece lo mejor, a pesar de que vaya en contra de derechos fundamentales. Surge la duda si se debe primar lo deontológico o teleológico. La ley en sí misma y el objetivo moral de la ley. Ahí quedó, sin solución de continuidad.


+ Ordenar es establecer un conocimiento.


+ “Si el νοῦς es propio del ser, lo que se está diciendo que toda la sacralidad, ese acto soberano está en él, por lo tanto, ya no está en los dioses.” Tomado de Quintín Racionero de las lecciones en línea sobre la filosofía griega, en relación con Anaxágoras. Este punto de ruptura me sirve para avanzar o para consolidar posiciones sobre creer y no creer, donde siempre hay un margen para la indefinición. No me queda más remedio que relacionarlo con lo expresado por Aquiles en la Íliada: nada es la gloria de los muertos en comparación con la vida, aunque esta se considere de un nivel inferior: la vida de un criado o de un esclavo. El día continua con sus afanes, pero el gobierno de lo finito impone su ley, su soberanía. La soberanía del tiempo es el ámbito de lo indiscutible.


+ Algunas dudas sobre sintaxis, lexicología y pragmática, que no sé si las he resuelto adecuadamente, pero la semilla queda sembrada. El interrogante germina, finalmente.


+ Un manual es una caja de herramientas. En la línea de Foucault. 


+ Días extraños y poco productivos, días que contrastan con afanes sólidos y duraderos. Mientras, la vida pasa. No hay remedio. Es el aire del nihilismo que habita en nuestros días. Acusaciones, asesinatos, juicios, periódicos que dan cuenta de los asuntos y un cierto velo de irrealidad. Me planteo debates morales que afectan al derecho [la presunción de inocencia y la denuncia anónima] y a la convivencia, pienso en la deontología y la teleología, si las reglas hay que cumplirlas por sí mismas o porque hay un fin que las justifica. La complejidad de la realidad me abruma [como me abruman las dimensiones que se contemplan desde la ventanilla del avión], como esos paisajes románticos donde el espectador es un perfil irrelevante. No creo que haya pureza en lo indiscutible, pero así se presenta hoy. 


+ Imagen: La realidad que se transforma en lo abstracto, en las primeras horas del día. Cables y una pintada, que fuera del contexto son otra cosa: informalismo abstracto. 


sábado, 26 de octubre de 2024

La foto y el arco que describe


+ Me he olvidado, un poco, de la fotografía. Abrí una carpeta en el escritorio del ordenador, escribí algunas notas y lo dejé a un lado, con sus textos, enlaces e imágenes. Me compraría un grueso volumen sobre la fotografía española, recuperaría mi cámara y potenciaría las fotos de mi móvil, lo que se equipara con disparar un cierto método. Eso pensé y nada de ello he hecho. Recupero la palabra ‘método’ y su significado griego: más allá del camino o reflexión sobre el camino, sobre su traza, ancho y dirección. Y el camino se ve interrumpido, sin continuidad. No es triste, pero sí un reflejo de una inconstancia, de los  arrebatos y de un depuesto interés. Fue un relámpago y solo lo tiene continuidad en el anhelo. Conservo el anhelo y como iré próximamente a Madrid trataré, allí, de recuperarlo. Al menos, cuidaré el espectador que hay en mí y veré el espectáculo de la ciudad en esta órbita antes trazada. Finalmente, se trata de la fotografía sin cámara, una manera de estar [ahora se me ocurre, aunque ya lo había pensado mucho antes]. Por ahora, lo dejo.


+ Imagen: Hoy el texto es breve, la imagen intensa. Recuerdo el disparo. En Sevilla. Estaba destinado a llegar hasta aquí. Me interesa esa curva, el arco que describe, la transición desde el momento en que se aparece la imagen y el momento en que se cuelga. Constato, así, la idea de abstracción, los muros y lo pictórico. Podría ser una serie, pero no llegará a tal. Hoy, casi en soledad, aquí queda.


sábado, 19 de octubre de 2024

Secretos



+ No tengo grandes esperanzas respecto a mis dibujos, pero, sin embargo, me resultan muy gratificantes. Ambos juicios no son contradictorios. No espero nada y obtengo un gran beneficio. El beneficio reside en el resultado de una tarea irrelevante y secreta, tan íntima que casi nadie la conoce. He desarrollado una suerte de sistema: dibujo del natural y he terminado por establecer un número limitado de motivos, que van desde lo urbano al detalle de los cafés de los que disfrutamos, sillas, mesas, paraguas o ventanas […] Me he inspirado en algo que le vi hacer a David Hockney en un documental en línea. La idea de tomar la realidad para mí me interesa mucho. Dibujo, luego en casa coloreo. Siempre en pequeñas libretas de bolsillo, siempre con mi portaminas, tan viejo ya, siempre con los colores que compré hace ya casi tres años. No es algo importante y ahí esta su fuerza. Lo hago y no espero nada, es un hacer por sí mismo, un hacer que, al menos es mi impresión, cancela el tiempo. El momento de la línea o el momento del color suspenden una cierta celeridad y me tranquilizan. Podría patentar como terapia este hacer, pero ni siquiera se trata de eso. Es un secreto.


+ Esta escritura, también, es un secreto. Se enlaza con lo anterior, en tanto en cuanto acto íntimo y no traspasable.


+ Oigo decía a alguien que  “lo que se hereda no se compra.” Bien. Determinismo, sin duda. Me agrandan  las posibilidades interpretativas que se despliegan. 


+ Hay una serie de normas que me he impuesto. La primera es no borrar. Sobre estas gravitan todas las demás. Cuando dibujo queda lo que queda. Alguna vez he borrado, pero entiendo que, en este sistema de dibujo y coloreado, no tiene sentido desechar porque lo imperfecto es un reflejo importante e interesante del momento. Tampoco arranco hojas de las libretas. Tiene que ve con una palabra que me gusta especialmente: fluir. Borran líneas o romper hojas va en contra del verbo fluir. La corriente de agua que se aleja no admite correcciones. Leo sobre el dibujo a mano alzada y la poesía que contiene admite el paso de esa idea a la bendita limitación del verso bien medido, el endecasílabo [que en este momento me resulta el más adecuado]. En fin, las normas en lugar de restar liberta, coadyuvan ese elevarse del vuelo. Aunque no exista un propósito, salvo el hacer en sí mismo, las restricciones subliman el hecho mismo. [Pienso, tras lo escrito, en los dibujos de Rafael Moneo y trato de establecer una conexión entre esto y lo construido].


+ En el ínterin, nos debatimos entre el ser y el pensar. Toda una aventura secreta, que reluce en las últimas horas del día y se expande en la promesa del siguiente.


+ Le preguntan a Thomas Bernhard qué importancia tienen en su literatura los lugares a los que va de vacaciones. “Los dos lugares más importantes son el lugar donde se nace y el lugar donde se muere.” En otro lugar habla de injusticia de las habitaciones individuales [que yo he sufrido en más de una ocasión, en otras las he disfrutado]. Habla de ciudades, de gente, trabajos y su escritura, esa práctica. Hoy leí cosas sobre él, en algún momento de la mañana y ese zumbido ha quedado vibrando. Recordé lo leído. Recordé el libro de entrevistas televisivas que compré hace años y lo recuperé [es de aquí de donde he entresacado esas dos citas]. El papel del lector tal vez sea este: navegar despreocupadamente y no emitir juicio. Si la lectura es solitaria de por sí, en mi caso se ve aumentada. Que quede claro: nunca me apuntaría un club de lectura.


+ Busco algo de Thomas Bernhard y cojo una cita: “La ciudad, poblada por dos clases de personas, los que hacen negocios y sus víctimas, sólo es habitable, para el que aprende o estudia, de forma dolorosa, una forma que turba a cualquier naturaleza, con el tiempo la disturba y perturba y, muy a menudo, sólo de forma alevosa y mortal.” Esta extraída de El origen, en un tomo que se lleva el título de Relatos autobiográficos. En la portada aparece el autor entregado a uno de sus placeres: la lectura de periódicos en los cafés de Viena [quizá de cualquier otro sito]. Ahí, en ese placer recóndito, me situó yo, hoy, quizá mañana: la reposada lectura de los periódicos en los cafés [en el descanso en el trabajo lo práctico casi todos los días laborales].


+ Imagen: recorte.


sábado, 12 de octubre de 2024

Los raros



+ Persiste la lluvia. Hace viento. Leo, escucho música, me entretengo con pensamientos vagabundos (el sintagma pertenece, quizá, a una canción de “Radio Futura”). La música se desliza con asombrosa fluidez, es una suerte: la música en línea. Esto me lleva a pensar en aquellos que rechazan el presente y suspiran por un pasado que nunca existió. El equilibrio es necesario, pero la melancolía no me me parece algo precisamente positivo. El tiempo que tenemos es el que abarca desde nuestro nacimiento hasta nuestra muerte y todas la etapas que jalonan el camino son vida y, por lo tanto, nuestro tiempo. Hoy es mi hoy, porque no hay otra. NI pasado, ni futuro. Al mismo tiempo, cada vez con mayor frecuencia, desprecio esas máximas basadas en una suerte de pseudo estoicismo que apuntan a que se debe vivir el presente, que desembocan en horribles tatuajes con un carpe diem sin aliento, o con un error garrafal: carpe día. Todo apunta a la renovación, en lo diario. Qué es lo que sostiene esa ilusión. No lo sé. La lluvia parece contener una enseñanza: el que resiste gana (ese era el lema de Camilo José Cela, cuánto tiempo). Ni resisto, ni gano, porque ni lucho, ni juego.


+ Las indagaciones que he realizado, mientras llovía, en los asuntos históricos que me ocupan me conducen a dudar de toda posibilidad de precisar la relación entre los hechos y su narración. Hay un punto donde esta relación se romper y pasa de una suerte de ciencia a un relato personal, donde el peso del narrador es tan importante como lo narrado. Es un equilibrio, es una mezcla donde lo segundo no debe tener un peso superior a lo primero, ni siquiera la mitad o la cuarta parte de lo primero. ¿Un uno por ciento? No existe un grado cero en la escritura. No se puede dejar a un lado la ficción, el método novelístico recubre su carácter primordial. Finalmente, hay que fiarse del escritor y sus intuiciones, de lo que propone y de lo que niega. Los indicios. Las explicaciones con el paso de los años varían porque la historia es mucho más que el registro de los hechos, me digo y continúo. Su alcance traspasa el presente y se dirige hacia el futuro. [He leído varias explicaciones sobre el asesinato de Villamediana y ninguna me convence o el convencimiento que obtengo es parcial. Todas podrían ser válidas o ninguna lo es. No hay datos, simplemente y eso abre tantas posibilidades que todas las cierra. ¿Hasta dónde puedo trasladar esta idea? Lo sé. Ya no son horas. Debo retirarme. Mañana será domingo y seguiré con lo mismo].


+ Los cuerpos se diluyen en lo fotográfico, toda fotografía es pasado, constatación de la fragilidad, lo temporal y la ceniza donde la vida termina.


+ He apuntado el nombre de un escritor esta mañana, Ángel Vázquez. Nació en Tánger en 1929 y murió en Madrid en 1980. Entre las fechas ganó el Premio Planeta de casualidad [quien debería haberlo ganado había presentado su novela en otra editorial y estaba a punto de ver la luz]. Bien. Ángel Vázquez es un raro, se aparta de lo que se espera y, al mismo tiempo, su malditísimo recubre todo acercamiento a su obra y a su persona. O al contrario: el acercamiento a la obra está condicionada por la idea que se ha elaborado de su persona. Nos interesa particularmente la biografía y, eso espero, su unión con su obra [esperar es equiparable a que llegue la novela que ganó el premio antes citado]. Con todo, a penas escribió tres novelas y nueve o diez cuentos. Su vida es extraña. Extraños trabajos, extranjero en la ciudad donde nació, alcoholizado muere en un pensión de la calle Atocha a la que llamaba “la mansión de Dracula”.  Marcado por una infancia complicada, con el veneno de la lectura en las venas, sin remisión entregado a la escritura: esa enfermedad moral cuya cura es la práctica misma. Una orden que proviene del interior, una diosa doméstica que nos obliga a rendirle pleitesía sin obtener nada a cambio o muy poco. En un recuadro de un periódico se puede leer en referencia al premio: “Ángel Vázquez terminó su novela en seis días antes de cerrarse el plazo. Escribe para distraerse, no está satisfecho con su obra y no tiene proyectos inmediatos.” Son las afirmaciones sobre el ganador del Premio Planeta que están pensadas para hacer apetecible la lectura, ya que se trata de un raro. “No tiene proyectos inmediatos”, reza la última frase, que habla para España y la crónica se fecha en Casablanca. En primer lugar, debo confesar que no sabía nada sobre él y que emergió en un búsqueda sobre la haquetía o jaquetía (ese dialecto del Norte de Marruecos propio de los judío sefardíes). El interés fue súbito e inexcusable. Hay algo que me conecta con la idea que me puedo hacer. Se eleva mientras busco imágenes de Tánger, de sus calles, de la librería donde trabajó Ángel Vázquez, pienso en los humildes y deslavazados trabajos que le dieron un poco de cobijo y encuentro cierta simetría con la figura de Pessoa. Ahora, que es miércoles, espero que llegue el libro que he comprado por menos de tres euros y así vuelvo a esa plegaría que elevo en las librerías de lance, tan caras a internet. Así, espero. Ay, los raros.


+ Y como decía aquella pintada: “Raras somos todas.”


+ Me interesan los obreros [ahora: operarios ]del arte. Los humildes flamencos que fuimos a ver en Sevilla, el libro de Ángel Vázquez que acabo de pedir, fotos que encuentro y no tienen firma. Yo también contribuyo a este conjunto porque, al menos, tenemos una propiedad en común. El trabajo por el trabajo con ningún otro reconocimiento, salvo el trabajo en sí y, en el mejor de los casos, alguna retribución, mayor o menor, pero deficiente.


+ Visiones de personas en una sala de espera: sus gestos, la atención que ponen a sus teléfonos, la disposición propia de las sillas, la funcionalidad sobre toda circunstancia. Ahí reside lo fotográfico, lo que hoy entiendo y quiero entender como fotográfico.


+ Imagen: la maquinaria y su resultado; si lo examinamos en detalle, hasta llegar a su desautomatización, también resulta raros; aquí habitan los raros, aunque ellos no lo sepan. El pequeño detalle arquitectónico, aislado, responde a ese proceso que rompe lo dado.


sábado, 5 de octubre de 2024

Mini-break

 


+ [Fuera de foco]. Entramos en la librería de lance. Rebusco y encuentro muchos libros que me interesan. Sin embargo, decido no adquirirlos. Tantos tengo, tantos por leer. Un acierto. Leer, vaya, es un vicio solamente superado por la loca pasión de comprar libros, que, probablemente, nunca se leerán. “El que lo probó lo sabe”. Así, con esta convicción, me adentro en la estantería de pensamiento, filosofía, ensayo y aledaños, con un orden más acumulativo que clasificatorio, un defecto que tal vez no sea tal y que proporciona hallazgos inesperados. La cala da como resultado un flamboyante ejemplar bilingüe (latín y castellano) en dos volúmenes de La guerra civil Julio César, en Alma mater (CSIC): tapas duras en tela verde con filete dorado. Tan solo 18 euros los dos tomos. Un regalo. No lo compro y creo que no me equivoco. Con todo, hay algo que me reconcome y termino por tomar La República de Platón. Se trata de llevar un solo libro a Sevilla y ese es el propósito de la compra. ¿Propósito o excusa? Lo abro y tiene el nombre de la anterior propietaria escrito a bolígrafo en la primera página, en la segunda otra vez su nombre, esta vez a lápiz. No puedo resistir el vértigo de la búsqueda. Las posibilidades de la red se resuelven en que la investigación arroja el resultado de que C.A.G., con la iniciales es suficiente, falleció el año pasado a la edad de cincuenta y cinco años. No sé que pensar. ¿Nada? Yo ya lo sabía, todos aquellos libros pertenecen a los muertos, como los que tengo yo en mis estanterías. Es una enseñanza que hay que tomarse con alegría porque, al final de la jornada, ni los libros ni los objetos nos pertenecen, pues no dejan de estar en una suerte préstamo. Ese círculo, de radio casi infinito, que implican las librerías de lance, los anticuarios, los mercados de pulgas […] Estaba claro: compraba el libro de Platón, pero el libro regresaría a ese disco eterno donde se funden todas las vanidades.


+ [Mini-break]. Hemos pasado tres o cuatro días en Sevilla. Ha sido un hermoso viaje. Con su programación bien ajustada, con un amplio margen para la improvisación. La música, la arquitectura, la pintura. El paisaje urbano, los bares y la charla, bendita charla. Hubo una pequeña cala, un descenso al pasado con la emergencia de un pesar que no se cura, pero que está apartado con inteligencia y estrategia [esa mirada puesta en el futuro, la anticipación a la tormenta permite una navegación más segura]. Se difuminó. La ciudad nos encandiló.. Una perla de felicidad que atenúa la problemática existencial. La ruptura de la rutina es una bendición porque esta rutina existe. Parece una tautología y no lo es. No leí casi nada, salvo las dos primeras páginas del libro del que hablé en el párrafo anterior y El País. Entendí cosas sobre el flamenco y recordé canciones de la adolescencia, entre Pata negra y Morente. Es la vida que se sedimenta con la sabiduría del tiempo recuperado [a la manera de Proust o no]. Poco más, por el momento; aunque tengo la impresión de que volveré sobre este paréntesis [si el encabezado del párrafo anterior, que también le da título a esta entrada, está en inglés porque me parece ajustado a este tiempo que me toca vivir, que nos toca vivir].


+ He vuelto a Daniel Darc,  “C’est moi le printemps


+ No tolero la expresión: “en mis tiempos”; aquellos tiempos y estos son el contexto, del que nadie se puede evadir. En fin, tampoco se puede ser tan quisquilloso [o sí].


+ Monito [nuestro siamés] me reconoce. Tras cinco días fuera, después de darle algunas golosinas, me reconoce y me adula. Toda una lección de vida.


+  Pesada, insistente, gris. Ha regresado la lluvia y noto un descenso en la energía. Es ese gris, un gris que hace palidecer el paisaje, la traza urbana, los rostros. La energía se diluye en un rítmico repiqueteo de gotas contra el pavimento, contra las fachadas, contra los cristales. Lejos queda la escapada [término preferible, mil veces, a mini-break, pero el último se adaptaba mejor a los días que C. y yo pasamos en Sevilla por ensalmo de la vida moderna, el mundo moderno]. Puedo pensar en esos días de Sevilla, pero no me sirve de consuelo. El pasado siempre es moldeable, aunque, a veces, como es el caso, hoy, falte la fuerza, el impulso necesario para recuperar la ebriedad y la erótica del momento pretérito, del instante feliz. Así, descanso. En el sopor. No me duele la cabeza, pero sí percibo una incierta pesadez que me paraliza. No me gusta. Trato de pensar en como la noche se adueñaba de Sevilla y regresabamos del concierto de Riqueni, Algún grito en el regreso al hotel, el hiriente rasgar de la sirena de una ambulancia, las verjas que bajan con estruendo. Nada más. Aletargado el recuerdo espera momentos mejores. La lluvia es pesada, insistente, gris. Es tarde y no tengo ganas de escribir, nunca tengo ganas de escribir [y, sin embargo, escribo].


+ Imagen: la presencia de la abstracción, constante y perceptible (casi siempre).


sábado, 28 de septiembre de 2024

La fotografía, un reencuentro: la teatralidad




+ La idea, que viene de unos meses atrás, se ha cuajado desde el último día de mayo del presente año (2024). Fuimos a Madrid C. y yo con el objeto de ver una amplia retrospectiva de Tàpies. Cumplimos nuestro propósito y resultó más que satisfactorio. Días antes del viaje relámpago [cómo me gustan las colocaciones léxicas] yo indagué sobre la exposición a visitar. Datos que me sirvieron para recordar y para descubrir facetas del multifacetado universo del pintor catalán. En todo ese maremágnum que me ofrecía la red, por esas casualidades de la errática navegación, recalé en la página de PhotoESPAÑA y me encontré con la, también extensa, muestra del fotógrafo holandés Erwin Olaf. La propuesta de tan teatral resultaba acogedora, inquietante y con la promesa de la esperada reconciliación con la fotografía. No  lo dudé.


+ Erwin Olaf: Hace poco tiempo volví, otra vez, a su página web y rescaté aquella sensación de tener frente a mis ojos la solución a la pregunta que plantea el entramado teatral que se constituye en torno a la vida. Concretamente, Im Wald. El bosque, las personas que lo habitan (durante un breve tiempo, durante toda una vida, a lo largo de un fragmento importante de su vida), el colosal y magnético blanco y negro, la inconmensurable fuerza de la naturaleza atrapa en la tintura romántica [intencionada y cínica pose], las capas narrativas que estratégicamente se superponen. Por ejemplo. No se trata, ahora mismo, de indagar en la vida, en la formación, en la obra del fotógrafo. Al contrario,  todo gira sobre el eje de aquella sensación antes nombrada: el teatro como prisma desde el que entender la vida. Ahí comienza a fraguarse el reencuentro: en ese preciso punto, en aquel 31 de mayo de 2024.


+ Estos días, en la nombrada y errática navegación por la red, encontré la obra de Marta Soul. El punto de unión con el autor citado en el párrafo previo está situado en la teatralidad, que es ahora, grandemente y para mi uso, el interés que tengo en la fotografía. Indago en sus imágenes y me ayudan a transformar lo rutinario en escena. He conseguido tener una intuición propia, sin mayor anclaje que el que yo propongo. Deliberadamente, incluyo a la fotógrafa en una suerte de canon. Termino y pienso que tan errática la navegación no resulta, pues los puertos a los que llego son gratos y allí donde se ubica lo que no me interesa, no recalo. Lo rutinario es un campo para la experimentación. Lo común, lo trillado, la rutina, la sucesión de días y tareas. La captura de estos instantes motiva una reflexión sobre la propia constitución vital. Más allá de estas fotos, hay otras y otras que no se han disparado y no se dispararán. Ese vigor en la constitución de la imagen nutre la mirada y, así, me puedo sentar en una terraza y ver pasar gente. ¿Hay fotografía ahí? Quizá la palabra no sea fotografía y sí teatro, la teatralidad. En esta unión entre lo primero y lo segundo estoy.


+ Finalmente, esta reconciliación con la fotografía está relacionado con que he asumido la complejidad, la extrema complejidad, de las sociedad en las que vivimos. Entiendo que es desde ahí desde donde hay que establecer los contextos necesarios para cualquier lectura. El teatro que guía lo vital, entre muchas otras razones, me ayuda a cartografiar esa complejidad, tarea imposible: la cartografía de lo complejo


+ En relación con los autorretratos de Erwin Olaf, alguien dice que vivimos en la sociedad del yo. ¿El yo en el centro de la escena multiforme que se constituye en el espacio público, físico y digital? Sí, eso mismo.


Nan Golding: Tengo un pequeño libro de Nan Golding. He repasado muchas veces este pequeño libro: imágenes de su vida, que se traducen en un diario ajeno a los usos acostumbrados, pero con la misma descarga y asunción de la intimidad. Explícito, con una continuidad muy marcada y con la extensión de lo inmediato. El hilo rojo que instituye la continuidad de sus fotos tiene una coherencia férrea y, al tiempo, extraña, porque el mundo cotidiano que retrata es extraño. Como extrañas son todas las vidas. La palabra extraño (-a), en principio, resulta un tanto vacía, sin embargo, hay una acepción que el diccionario manifiesta de manera inequívoca la naturaleza que ahora me interesa: “De nación, familia o profesión distinta de la que se nombra o sobrentiende, en contraposición a propio.” Ese alejamiento de lo propio me parece un rasgo importante, ese extrañarse de la circunstancia personal y cotidiana coloca al espectador ante la misma posición: la vida es rara, vivir es raro, pero los automatismos emboscan nuestras propias rarezas (Drae: Emboscarse: “Entrarse u ocultarse entre el ramaje”). Esta realidad no es única, pero tampoco falsa. Hay un mecanismo instintivo en estas fotos que se transforma en voluntad de romper lo dado, porque bajo las capas superficiales encontramos una inconsciente realidad: erótica, monstruosa, violenta, ebria, marginal, absurda o tierna. Se puede, en este sentido, entender  la cámara que utilizaba la fotograma: una Contax t3 [robusta, compacta, pequeña, con flash incorporado] como un emblema. La renuncia a la complicación en beneficio de lo transparente y verdadero. Ese gesto improvisado y provisional se muestra con claridad en sus fotos, que no está alejado de la vida misma, su vida. Ese gesto es el que me interesa y es el donde se inserta este reencuentro o reconciliación. 


+ La casualidad me conduce a la biblioteca pública. Entro y tomo un libro que me conviene para mi investigación, Una larga lealtad. Filólogos y afines de Francisco Rico. No es el tema. Hay, a la entrada de biblioteca, un estante de libros para llevar y no devolver. Entre ellos encuentro un pequeño catalogo de una exposición en Banco de España de su colección fotográfica. Lo sumo al botín. La exposición ya pasó. From Albumen to Pixel. Ni siquiera lo he ojeado, pero ahí está, a la espera. Transcurre la tarde con sus trabajos y descansos. Abro el libro y el material es heterogéneo e interesante, por la disparidad temática y por la lectura que ofrece este solaparse. Lo cierro. Postergo su lectura y regreso all estudio.


+ [El librito está en inglés].


+ Una cita del librito anterior: “Life passes, but the image remains” (Ramón y Cajal).


+ Las fotos, las cámaras, los fotógrafos anónimos, mi relato en imágenes, lo que hablan de mí, lo que de mí callan.


+ Imagen: las tres fotos que cuelgo hoy tienen en común que no hay sujetos, solo espacio, aunque son espacios para los sujetos, para sus vidas, para sus trabajos. ¿Se pueden considerar fotos arquitectónicas? De ninguna manera. Estas fotos intentan elevar una idea de ausencia, ausencia concurrente en todas las fotos que he ido publicado aquí desde hace más de diez años. No hay una conexión necesaria con el texto, pero esta puede surgir espontáneamente, aunque sin intención. Se trata de la continuidad con lo anterior. Así lo entiendo yo y no puedo, ni sé, ni quiero mostrarlo de otra forma.