sábado, 26 de octubre de 2024

La foto y el arco que describe


+ Me he olvidado, un poco, de la fotografía. Abrí una carpeta en el escritorio del ordenador, escribí algunas notas y lo dejé a un lado, con sus textos, enlaces e imágenes. Me compraría un grueso volumen sobre la fotografía española, recuperaría mi cámara y potenciaría las fotos de mi móvil, lo que se equipara con disparar un cierto método. Eso pensé y nada de ello he hecho. Recupero la palabra ‘método’ y su significado griego: más allá del camino o reflexión sobre el camino, sobre su traza, ancho y dirección. Y el camino se ve interrumpido, sin continuidad. No es triste, pero sí un reflejo de una inconstancia, de los  arrebatos y de un depuesto interés. Fue un relámpago y solo lo tiene continuidad en el anhelo. Conservo el anhelo y como iré próximamente a Madrid trataré, allí, de recuperarlo. Al menos, cuidaré el espectador que hay en mí y veré el espectáculo de la ciudad en esta órbita antes trazada. Finalmente, se trata de la fotografía sin cámara, una manera de estar [ahora se me ocurre, aunque ya lo había pensado mucho antes]. Por ahora, lo dejo.


+ Imagen: Hoy el texto es breve, la imagen intensa. Recuerdo el disparo. En Sevilla. Estaba destinado a llegar hasta aquí. Me interesa esa curva, el arco que describe, la transición desde el momento en que se aparece la imagen y el momento en que se cuelga. Constato, así, la idea de abstracción, los muros y lo pictórico. Podría ser una serie, pero no llegará a tal. Hoy, casi en soledad, aquí queda.


sábado, 19 de octubre de 2024

Secretos



+ No tengo grandes esperanzas respecto a mis dibujos, pero, sin embargo, me resultan muy gratificantes. Ambos juicios no son contradictorios. No espero nada y obtengo un gran beneficio. El beneficio reside en el resultado de una tarea irrelevante y secreta, tan íntima que casi nadie la conoce. He desarrollado una suerte de sistema: dibujo del natural y he terminado por establecer un número limitado de motivos, que van desde lo urbano al detalle de los cafés de los que disfrutamos, sillas, mesas, paraguas o ventanas […] Me he inspirado en algo que le vi hacer a David Hockney en un documental en línea. La idea de tomar la realidad para mí me interesa mucho. Dibujo, luego en casa coloreo. Siempre en pequeñas libretas de bolsillo, siempre con mi portaminas, tan viejo ya, siempre con los colores que compré hace ya casi tres años. No es algo importante y ahí esta su fuerza. Lo hago y no espero nada, es un hacer por sí mismo, un hacer que, al menos es mi impresión, cancela el tiempo. El momento de la línea o el momento del color suspenden una cierta celeridad y me tranquilizan. Podría patentar como terapia este hacer, pero ni siquiera se trata de eso. Es un secreto.


+ Esta escritura, también, es un secreto. Se enlaza con lo anterior, en tanto en cuanto acto íntimo y no traspasable.


+ Oigo decía a alguien que  “lo que se hereda no se compra.” Bien. Determinismo, sin duda. Me agrandan  las posibilidades interpretativas que se despliegan. 


+ Hay una serie de normas que me he impuesto. La primera es no borrar. Sobre estas gravitan todas las demás. Cuando dibujo queda lo que queda. Alguna vez he borrado, pero entiendo que, en este sistema de dibujo y coloreado, no tiene sentido desechar porque lo imperfecto es un reflejo importante e interesante del momento. Tampoco arranco hojas de las libretas. Tiene que ve con una palabra que me gusta especialmente: fluir. Borran líneas o romper hojas va en contra del verbo fluir. La corriente de agua que se aleja no admite correcciones. Leo sobre el dibujo a mano alzada y la poesía que contiene admite el paso de esa idea a la bendita limitación del verso bien medido, el endecasílabo [que en este momento me resulta el más adecuado]. En fin, las normas en lugar de restar liberta, coadyuvan ese elevarse del vuelo. Aunque no exista un propósito, salvo el hacer en sí mismo, las restricciones subliman el hecho mismo. [Pienso, tras lo escrito, en los dibujos de Rafael Moneo y trato de establecer una conexión entre esto y lo construido].


+ En el ínterin, nos debatimos entre el ser y el pensar. Toda una aventura secreta, que reluce en las últimas horas del día y se expande en la promesa del siguiente.


+ Le preguntan a Thomas Bernhard qué importancia tienen en su literatura los lugares a los que va de vacaciones. “Los dos lugares más importantes son el lugar donde se nace y el lugar donde se muere.” En otro lugar habla de injusticia de las habitaciones individuales [que yo he sufrido en más de una ocasión, en otras las he disfrutado]. Habla de ciudades, de gente, trabajos y su escritura, esa práctica. Hoy leí cosas sobre él, en algún momento de la mañana y ese zumbido ha quedado vibrando. Recordé lo leído. Recordé el libro de entrevistas televisivas que compré hace años y lo recuperé [es de aquí de donde he entresacado esas dos citas]. El papel del lector tal vez sea este: navegar despreocupadamente y no emitir juicio. Si la lectura es solitaria de por sí, en mi caso se ve aumentada. Que quede claro: nunca me apuntaría un club de lectura.


+ Busco algo de Thomas Bernhard y cojo una cita: “La ciudad, poblada por dos clases de personas, los que hacen negocios y sus víctimas, sólo es habitable, para el que aprende o estudia, de forma dolorosa, una forma que turba a cualquier naturaleza, con el tiempo la disturba y perturba y, muy a menudo, sólo de forma alevosa y mortal.” Esta extraída de El origen, en un tomo que se lleva el título de Relatos autobiográficos. En la portada aparece el autor entregado a uno de sus placeres: la lectura de periódicos en los cafés de Viena [quizá de cualquier otro sito]. Ahí, en ese placer recóndito, me situó yo, hoy, quizá mañana: la reposada lectura de los periódicos en los cafés [en el descanso en el trabajo lo práctico casi todos los días laborales].


+ Imagen: recorte.


sábado, 12 de octubre de 2024

Los raros



+ Persiste la lluvia. Hace viento. Leo, escucho música, me entretengo con pensamientos vagabundos (el sintagma pertenece, quizá, a una canción de “Radio Futura”). La música se desliza con asombrosa fluidez, es una suerte: la música en línea. Esto me lleva a pensar en aquellos que rechazan el presente y suspiran por un pasado que nunca existió. El equilibrio es necesario, pero la melancolía no me me parece algo precisamente positivo. El tiempo que tenemos es el que abarca desde nuestro nacimiento hasta nuestra muerte y todas la etapas que jalonan el camino son vida y, por lo tanto, nuestro tiempo. Hoy es mi hoy, porque no hay otra. NI pasado, ni futuro. Al mismo tiempo, cada vez con mayor frecuencia, desprecio esas máximas basadas en una suerte de pseudo estoicismo que apuntan a que se debe vivir el presente, que desembocan en horribles tatuajes con un carpe diem sin aliento, o con un error garrafal: carpe día. Todo apunta a la renovación, en lo diario. Qué es lo que sostiene esa ilusión. No lo sé. La lluvia parece contener una enseñanza: el que resiste gana (ese era el lema de Camilo José Cela, cuánto tiempo). Ni resisto, ni gano, porque ni lucho, ni juego.


+ Las indagaciones que he realizado, mientras llovía, en los asuntos históricos que me ocupan me conducen a dudar de toda posibilidad de precisar la relación entre los hechos y su narración. Hay un punto donde esta relación se romper y pasa de una suerte de ciencia a un relato personal, donde el peso del narrador es tan importante como lo narrado. Es un equilibrio, es una mezcla donde lo segundo no debe tener un peso superior a lo primero, ni siquiera la mitad o la cuarta parte de lo primero. ¿Un uno por ciento? No existe un grado cero en la escritura. No se puede dejar a un lado la ficción, el método novelístico recubre su carácter primordial. Finalmente, hay que fiarse del escritor y sus intuiciones, de lo que propone y de lo que niega. Los indicios. Las explicaciones con el paso de los años varían porque la historia es mucho más que el registro de los hechos, me digo y continúo. Su alcance traspasa el presente y se dirige hacia el futuro. [He leído varias explicaciones sobre el asesinato de Villamediana y ninguna me convence o el convencimiento que obtengo es parcial. Todas podrían ser válidas o ninguna lo es. No hay datos, simplemente y eso abre tantas posibilidades que todas las cierra. ¿Hasta dónde puedo trasladar esta idea? Lo sé. Ya no son horas. Debo retirarme. Mañana será domingo y seguiré con lo mismo].


+ Los cuerpos se diluyen en lo fotográfico, toda fotografía es pasado, constatación de la fragilidad, lo temporal y la ceniza donde la vida termina.


+ He apuntado el nombre de un escritor esta mañana, Ángel Vázquez. Nació en Tánger en 1929 y murió en Madrid en 1980. Entre las fechas ganó el Premio Planeta de casualidad [quien debería haberlo ganado había presentado su novela en otra editorial y estaba a punto de ver la luz]. Bien. Ángel Vázquez es un raro, se aparta de lo que se espera y, al mismo tiempo, su malditísimo recubre todo acercamiento a su obra y a su persona. O al contrario: el acercamiento a la obra está condicionada por la idea que se ha elaborado de su persona. Nos interesa particularmente la biografía y, eso espero, su unión con su obra [esperar es equiparable a que llegue la novela que ganó el premio antes citado]. Con todo, a penas escribió tres novelas y nueve o diez cuentos. Su vida es extraña. Extraños trabajos, extranjero en la ciudad donde nació, alcoholizado muere en un pensión de la calle Atocha a la que llamaba “la mansión de Dracula”.  Marcado por una infancia complicada, con el veneno de la lectura en las venas, sin remisión entregado a la escritura: esa enfermedad moral cuya cura es la práctica misma. Una orden que proviene del interior, una diosa doméstica que nos obliga a rendirle pleitesía sin obtener nada a cambio o muy poco. En un recuadro de un periódico se puede leer en referencia al premio: “Ángel Vázquez terminó su novela en seis días antes de cerrarse el plazo. Escribe para distraerse, no está satisfecho con su obra y no tiene proyectos inmediatos.” Son las afirmaciones sobre el ganador del Premio Planeta que están pensadas para hacer apetecible la lectura, ya que se trata de un raro. “No tiene proyectos inmediatos”, reza la última frase, que habla para España y la crónica se fecha en Casablanca. En primer lugar, debo confesar que no sabía nada sobre él y que emergió en un búsqueda sobre la haquetía o jaquetía (ese dialecto del Norte de Marruecos propio de los judío sefardíes). El interés fue súbito e inexcusable. Hay algo que me conecta con la idea que me puedo hacer. Se eleva mientras busco imágenes de Tánger, de sus calles, de la librería donde trabajó Ángel Vázquez, pienso en los humildes y deslavazados trabajos que le dieron un poco de cobijo y encuentro cierta simetría con la figura de Pessoa. Ahora, que es miércoles, espero que llegue el libro que he comprado por menos de tres euros y así vuelvo a esa plegaría que elevo en las librerías de lance, tan caras a internet. Así, espero. Ay, los raros.


+ Y como decía aquella pintada: “Raras somos todas.”


+ Me interesan los obreros [ahora: operarios ]del arte. Los humildes flamencos que fuimos a ver en Sevilla, el libro de Ángel Vázquez que acabo de pedir, fotos que encuentro y no tienen firma. Yo también contribuyo a este conjunto porque, al menos, tenemos una propiedad en común. El trabajo por el trabajo con ningún otro reconocimiento, salvo el trabajo en sí y, en el mejor de los casos, alguna retribución, mayor o menor, pero deficiente.


+ Visiones de personas en una sala de espera: sus gestos, la atención que ponen a sus teléfonos, la disposición propia de las sillas, la funcionalidad sobre toda circunstancia. Ahí reside lo fotográfico, lo que hoy entiendo y quiero entender como fotográfico.


+ Imagen: la maquinaria y su resultado; si lo examinamos en detalle, hasta llegar a su desautomatización, también resulta raros; aquí habitan los raros, aunque ellos no lo sepan. El pequeño detalle arquitectónico, aislado, responde a ese proceso que rompe lo dado.


sábado, 5 de octubre de 2024

Mini-break

 


+ [Fuera de foco]. Entramos en la librería de lance. Rebusco y encuentro muchos libros que me interesan. Sin embargo, decido no adquirirlos. Tantos tengo, tantos por leer. Un acierto. Leer, vaya, es un vicio solamente superado por la loca pasión de comprar libros, que, probablemente, nunca se leerán. “El que lo probó lo sabe”. Así, con esta convicción, me adentro en la estantería de pensamiento, filosofía, ensayo y aledaños, con un orden más acumulativo que clasificatorio, un defecto que tal vez no sea tal y que proporciona hallazgos inesperados. La cala da como resultado un flamboyante ejemplar bilingüe (latín y castellano) en dos volúmenes de La guerra civil Julio César, en Alma mater (CSIC): tapas duras en tela verde con filete dorado. Tan solo 18 euros los dos tomos. Un regalo. No lo compro y creo que no me equivoco. Con todo, hay algo que me reconcome y termino por tomar La República de Platón. Se trata de llevar un solo libro a Sevilla y ese es el propósito de la compra. ¿Propósito o excusa? Lo abro y tiene el nombre de la anterior propietaria escrito a bolígrafo en la primera página, en la segunda otra vez su nombre, esta vez a lápiz. No puedo resistir el vértigo de la búsqueda. Las posibilidades de la red se resuelven en que la investigación arroja el resultado de que C.A.G., con la iniciales es suficiente, falleció el año pasado a la edad de cincuenta y cinco años. No sé que pensar. ¿Nada? Yo ya lo sabía, todos aquellos libros pertenecen a los muertos, como los que tengo yo en mis estanterías. Es una enseñanza que hay que tomarse con alegría porque, al final de la jornada, ni los libros ni los objetos nos pertenecen, pues no dejan de estar en una suerte préstamo. Ese círculo, de radio casi infinito, que implican las librerías de lance, los anticuarios, los mercados de pulgas […] Estaba claro: compraba el libro de Platón, pero el libro regresaría a ese disco eterno donde se funden todas las vanidades.


+ [Mini-break]. Hemos pasado tres o cuatro días en Sevilla. Ha sido un hermoso viaje. Con su programación bien ajustada, con un amplio margen para la improvisación. La música, la arquitectura, la pintura. El paisaje urbano, los bares y la charla, bendita charla. Hubo una pequeña cala, un descenso al pasado con la emergencia de un pesar que no se cura, pero que está apartado con inteligencia y estrategia [esa mirada puesta en el futuro, la anticipación a la tormenta permite una navegación más segura]. Se difuminó. La ciudad nos encandiló.. Una perla de felicidad que atenúa la problemática existencial. La ruptura de la rutina es una bendición porque esta rutina existe. Parece una tautología y no lo es. No leí casi nada, salvo las dos primeras páginas del libro del que hablé en el párrafo anterior y El País. Entendí cosas sobre el flamenco y recordé canciones de la adolescencia, entre Pata negra y Morente. Es la vida que se sedimenta con la sabiduría del tiempo recuperado [a la manera de Proust o no]. Poco más, por el momento; aunque tengo la impresión de que volveré sobre este paréntesis [si el encabezado del párrafo anterior, que también le da título a esta entrada, está en inglés porque me parece ajustado a este tiempo que me toca vivir, que nos toca vivir].


+ He vuelto a Daniel Darc,  “C’est moi le printemps


+ No tolero la expresión: “en mis tiempos”; aquellos tiempos y estos son el contexto, del que nadie se puede evadir. En fin, tampoco se puede ser tan quisquilloso [o sí].


+ Monito [nuestro siamés] me reconoce. Tras cinco días fuera, después de darle algunas golosinas, me reconoce y me adula. Toda una lección de vida.


+  Pesada, insistente, gris. Ha regresado la lluvia y noto un descenso en la energía. Es ese gris, un gris que hace palidecer el paisaje, la traza urbana, los rostros. La energía se diluye en un rítmico repiqueteo de gotas contra el pavimento, contra las fachadas, contra los cristales. Lejos queda la escapada [término preferible, mil veces, a mini-break, pero el último se adaptaba mejor a los días que C. y yo pasamos en Sevilla por ensalmo de la vida moderna, el mundo moderno]. Puedo pensar en esos días de Sevilla, pero no me sirve de consuelo. El pasado siempre es moldeable, aunque, a veces, como es el caso, hoy, falte la fuerza, el impulso necesario para recuperar la ebriedad y la erótica del momento pretérito, del instante feliz. Así, descanso. En el sopor. No me duele la cabeza, pero sí percibo una incierta pesadez que me paraliza. No me gusta. Trato de pensar en como la noche se adueñaba de Sevilla y regresabamos del concierto de Riqueni, Algún grito en el regreso al hotel, el hiriente rasgar de la sirena de una ambulancia, las verjas que bajan con estruendo. Nada más. Aletargado el recuerdo espera momentos mejores. La lluvia es pesada, insistente, gris. Es tarde y no tengo ganas de escribir, nunca tengo ganas de escribir [y, sin embargo, escribo].


+ Imagen: la presencia de la abstracción, constante y perceptible (casi siempre).


sábado, 28 de septiembre de 2024

La fotografía, un reencuentro: la teatralidad




+ La idea, que viene de unos meses atrás, se ha cuajado desde el último día de mayo del presente año (2024). Fuimos a Madrid C. y yo con el objeto de ver una amplia retrospectiva de Tàpies. Cumplimos nuestro propósito y resultó más que satisfactorio. Días antes del viaje relámpago [cómo me gustan las colocaciones léxicas] yo indagué sobre la exposición a visitar. Datos que me sirvieron para recordar y para descubrir facetas del multifacetado universo del pintor catalán. En todo ese maremágnum que me ofrecía la red, por esas casualidades de la errática navegación, recalé en la página de PhotoESPAÑA y me encontré con la, también extensa, muestra del fotógrafo holandés Erwin Olaf. La propuesta de tan teatral resultaba acogedora, inquietante y con la promesa de la esperada reconciliación con la fotografía. No  lo dudé.


+ Erwin Olaf: Hace poco tiempo volví, otra vez, a su página web y rescaté aquella sensación de tener frente a mis ojos la solución a la pregunta que plantea el entramado teatral que se constituye en torno a la vida. Concretamente, Im Wald. El bosque, las personas que lo habitan (durante un breve tiempo, durante toda una vida, a lo largo de un fragmento importante de su vida), el colosal y magnético blanco y negro, la inconmensurable fuerza de la naturaleza atrapa en la tintura romántica [intencionada y cínica pose], las capas narrativas que estratégicamente se superponen. Por ejemplo. No se trata, ahora mismo, de indagar en la vida, en la formación, en la obra del fotógrafo. Al contrario,  todo gira sobre el eje de aquella sensación antes nombrada: el teatro como prisma desde el que entender la vida. Ahí comienza a fraguarse el reencuentro: en ese preciso punto, en aquel 31 de mayo de 2024.


+ Estos días, en la nombrada y errática navegación por la red, encontré la obra de Marta Soul. El punto de unión con el autor citado en el párrafo previo está situado en la teatralidad, que es ahora, grandemente y para mi uso, el interés que tengo en la fotografía. Indago en sus imágenes y me ayudan a transformar lo rutinario en escena. He conseguido tener una intuición propia, sin mayor anclaje que el que yo propongo. Deliberadamente, incluyo a la fotógrafa en una suerte de canon. Termino y pienso que tan errática la navegación no resulta, pues los puertos a los que llego son gratos y allí donde se ubica lo que no me interesa, no recalo. Lo rutinario es un campo para la experimentación. Lo común, lo trillado, la rutina, la sucesión de días y tareas. La captura de estos instantes motiva una reflexión sobre la propia constitución vital. Más allá de estas fotos, hay otras y otras que no se han disparado y no se dispararán. Ese vigor en la constitución de la imagen nutre la mirada y, así, me puedo sentar en una terraza y ver pasar gente. ¿Hay fotografía ahí? Quizá la palabra no sea fotografía y sí teatro, la teatralidad. En esta unión entre lo primero y lo segundo estoy.


+ Finalmente, esta reconciliación con la fotografía está relacionado con que he asumido la complejidad, la extrema complejidad, de las sociedad en las que vivimos. Entiendo que es desde ahí desde donde hay que establecer los contextos necesarios para cualquier lectura. El teatro que guía lo vital, entre muchas otras razones, me ayuda a cartografiar esa complejidad, tarea imposible: la cartografía de lo complejo


+ En relación con los autorretratos de Erwin Olaf, alguien dice que vivimos en la sociedad del yo. ¿El yo en el centro de la escena multiforme que se constituye en el espacio público, físico y digital? Sí, eso mismo.


Nan Golding: Tengo un pequeño libro de Nan Golding. He repasado muchas veces este pequeño libro: imágenes de su vida, que se traducen en un diario ajeno a los usos acostumbrados, pero con la misma descarga y asunción de la intimidad. Explícito, con una continuidad muy marcada y con la extensión de lo inmediato. El hilo rojo que instituye la continuidad de sus fotos tiene una coherencia férrea y, al tiempo, extraña, porque el mundo cotidiano que retrata es extraño. Como extrañas son todas las vidas. La palabra extraño (-a), en principio, resulta un tanto vacía, sin embargo, hay una acepción que el diccionario manifiesta de manera inequívoca la naturaleza que ahora me interesa: “De nación, familia o profesión distinta de la que se nombra o sobrentiende, en contraposición a propio.” Ese alejamiento de lo propio me parece un rasgo importante, ese extrañarse de la circunstancia personal y cotidiana coloca al espectador ante la misma posición: la vida es rara, vivir es raro, pero los automatismos emboscan nuestras propias rarezas (Drae: Emboscarse: “Entrarse u ocultarse entre el ramaje”). Esta realidad no es única, pero tampoco falsa. Hay un mecanismo instintivo en estas fotos que se transforma en voluntad de romper lo dado, porque bajo las capas superficiales encontramos una inconsciente realidad: erótica, monstruosa, violenta, ebria, marginal, absurda o tierna. Se puede, en este sentido, entender  la cámara que utilizaba la fotograma: una Contax t3 [robusta, compacta, pequeña, con flash incorporado] como un emblema. La renuncia a la complicación en beneficio de lo transparente y verdadero. Ese gesto improvisado y provisional se muestra con claridad en sus fotos, que no está alejado de la vida misma, su vida. Ese gesto es el que me interesa y es el donde se inserta este reencuentro o reconciliación. 


+ La casualidad me conduce a la biblioteca pública. Entro y tomo un libro que me conviene para mi investigación, Una larga lealtad. Filólogos y afines de Francisco Rico. No es el tema. Hay, a la entrada de biblioteca, un estante de libros para llevar y no devolver. Entre ellos encuentro un pequeño catalogo de una exposición en Banco de España de su colección fotográfica. Lo sumo al botín. La exposición ya pasó. From Albumen to Pixel. Ni siquiera lo he ojeado, pero ahí está, a la espera. Transcurre la tarde con sus trabajos y descansos. Abro el libro y el material es heterogéneo e interesante, por la disparidad temática y por la lectura que ofrece este solaparse. Lo cierro. Postergo su lectura y regreso all estudio.


+ [El librito está en inglés].


+ Una cita del librito anterior: “Life passes, but the image remains” (Ramón y Cajal).


+ Las fotos, las cámaras, los fotógrafos anónimos, mi relato en imágenes, lo que hablan de mí, lo que de mí callan.


+ Imagen: las tres fotos que cuelgo hoy tienen en común que no hay sujetos, solo espacio, aunque son espacios para los sujetos, para sus vidas, para sus trabajos. ¿Se pueden considerar fotos arquitectónicas? De ninguna manera. Estas fotos intentan elevar una idea de ausencia, ausencia concurrente en todas las fotos que he ido publicado aquí desde hace más de diez años. No hay una conexión necesaria con el texto, pero esta puede surgir espontáneamente, aunque sin intención. Se trata de la continuidad con lo anterior. Así lo entiendo yo y no puedo, ni sé, ni quiero mostrarlo de otra forma.

sábado, 21 de septiembre de 2024

Otra hoguera

 



+ Lo vano y lo sutil gobiernan, no pocas veces, el día a día. Basta que por error nos llegue un correo electrónico para constatar la estupidez de una persona, su falta de entidad, su estólida transición de la nada a la nada. Me interesa observar cómo crece en esta persona la pasión por acciones que antes le resultaban tediosas y como este crecimiento no se debe a otra cosa que a una suerte de resorte de socialización. Lo apunto y lo advierto a mi mismidad: hay principios inamovibles: las personas, fundamentalmente, no cambian, pueden mejorar, pero existe un principio rector que se mantiene a lo largo de toda su biografía. Queda el principio rector constatado cuando finalmente fallece y, al estudiar su vida, esta se explica por su misma, con la perfección que otorga el principio, el medio y el final. Lo vano se ha impuesto esta semana y no he podido hacer nada, tampoco lo he deseado. Lo dicho: acechar, estudiar, guardar silencio. El observador vierte en este espacio las notas que ha tomado. La caza se traduce en la nota misma. 


+ Un día de la semana pasada, por ensalmo, me encontré con una entrevista en donde se ponía en cuestión todo un movimiento musical que en su tiempo me interesó mucho y en el que, de alguna manera, participé. Participe, sí, como espectador y en la elección de mis atuendos. La música indie, esa suerte de cultura urbana de finales de los noventa y principios del milenio, pero también un cajón de sastre. Indagar en su génesis y en su ocaso se traduce en la investigación sobre el paso del tiempo y el camino hacia la edad madura. Siempre ha sido así, siempre será así. De la misma manera, los términos que emplean hoy los más jóvenes mañana serán materia arqueológica. Me concentro y lo dejo a un lado. Prefiero el instante. aquellos momentos resultaban gloriosos, pero no por sí mismos sino porque la juventud se estaba desvaneciendo. Todo acto de despedida aporta lírica y melancolía, resta prestancia, pero este es otro tema. Reconocí que había una gran falta de competencia musical, algo que ya percibía en su momento, pero, como dijo cierto cantante, la música es cuestión de actitud (¿y el talento?). Ya no hace falta destreza en la técnica, la tecnología ha suplido el estudio y la disciplina. Hoy por hoy, en mayor medida. Pero, cierto es, se trataba de una cuestión de actitud.


+ [Prince & The Revolution - “Raspberry Beret”]. Continúa su trabajo la melancolía. Intenta, la pobre, sin éxito, socavar los hermosos días del final de verano, cuando ya el otoño se adivina en las puestas de sol, en el oscuro y nocturno camino al trabajo [6:40 A.M.]. Me alegra el regreso a casa la canción de Prince. Hermosos días del pasado que se reflejan en las últimas horas de luz de la tarde de septiembre. El día termina, la noche reina y el coche se inunda de música y alegría. Prince, qué grande. Pronto iremos de viaje y este no es un mal presagio. No soy supersticioso, pero me gusta dejar marcas en lo diario que infundan color a las tareas diarias, a sus afanes y a sus precisos límites, los perfiles. Las definiciones vagas también me atraen por la poesía que contienen, por esa falta de apreciación que deja un gran margen a la inventiva. Atraviesa el cielo una nube, despacio y casi imperceptible en la profundidad de la noche. La canción de Prince eleva su magia entre las copas de los árboles, mañana es lunes y la vida nos sonríe. ¿Qué más pedir? La boina color fresa o frambuesa, ¿fresa o frambuesa?


+ La pregunta anterior carece de sentido y ahí radica su necesidad. Ese punto dadaísta que requieren ciertos afanes diarios, para verse contrarrestado. La insuperable modalidad que lo aleatorio ofrece. Esta es la utilidad de lo inútil.


+ He vuelto a ver a los dos actores de papel sobrevenido, en sus entallados atuendos, en sus floridas chaquetas, en sus inalcanzables tacones. Pero ahora regresaban de la playa y su brillo se había diluido. Así de frágil es la estampa que arrojamos, impermanente, deslucida en cuanto la función se termina. El teatro tiene una realidad tras el telón, en la fría humedad del camerino los rostros se enfrentan a la implacable sentencia del espejo. No son secretos para nadie, todos nos vemos en el espejo y, ay, hay momentos donde resulta imposible reconocerse. Así, así estaban aquellos dos actores del momento, en sus papeles sobrevenidos. Sin embargo, y eso me alegraba, había un rescoldo de celebración que puede hacer que prenda otra hoguera.


+ Hogueras que iluminan la travesía.


+ Imagen: La última hora del día, la primera hora del día. Hogueras.


sábado, 14 de septiembre de 2024

La sombra de la ceniza, una constatación



+ La Metafísica de Aristóteles se abre con la afirmación de que “[t]odos los hombres por naturaleza desean saber.” Un amor, dice un poco más adelante, al margen de utilidad. En ello estamos y en ello descansamos. La explicación nos sirve y nos orienta, pero nuestra limitaciones nos inquietan, porque no hay posibilidad de llegar a comprender la totalidad, aunque ese anhelo estructure los placeres y los afanes de los días, con sus tareas y descansos. El deseo de saber me acompaña desde la infancia y ahora veo reflejos en recuerdos que se alejan, reflejos de mi deseo de ir un poco más allá, reflejos que han condicionado mi biografía. No alcanzo a ver el horizonte, pero sé que es el trabajo lo que me da una pequeña satisfacción, que ni es felicidad, ni alegría, sino concentración y reserva: la sospecha que aumenta y me orienta.


+ [Nostalgia]: Prefab Sprout: “Cars and Girls”


+ ¿Que hacían los otros mientras yo escuchaba la canción antes citada? “But look at us now, (Quit driving)” Quizá ahí esté la clave. La quietud, que paraliza y no permite llegar a una meta [que, para mí, siempre fue algo difuso y sin sustancia]. Así, ayer, C. y yo vimos al arquitecto y a su mujer levitar sobre el paseo marítimo de la ciudad de veraneo. Cómo han cambiado los dos. Se han afilado y se han cambiado de bando y continúan en la misma milicia. Mejor: cómo se han transformado para seguir en lo mismo. No sé a qué achacarlo, pero la transformación es manifiesta [¿una enfermedad, una infidelidad, una crisis económica?]. Atuendo y peluquería se unen para otorgar la pulcra y estudiada imagen teatral. Tan llamativa. Él: terno floreado, imposible camisa y el paso firme [aunque, más bien, se trata de una levitación]. Ella: un triunfo del blanco sobre los nocturnos entretenimientos, el pelo tan blanco, los zapatos muy blancos, la blanca falda drapeada y una nota de amarillo intenso en algún punto de su vestimenta. Quizá no amarillo sino oro. Todo el paseo los miró y ellos eran felices. Ya los habíamos visto con anterioridad y su indumentaria estaba muy estudiada para llamar la atención. Para resaltar triunfalmente. Qué importante es reconocer la teatralidad de la vida, no por su buenas o malas vibraciones, sino por alcanzar una definición que oriente en el inescrutable camino hacia la disolución. El teatro resta dramatismo a la esencia del comienzo, del medio y del final. Irremisiblemente, el tiempo pone todo en su sitio, pero mientas tanto es digno de celebración ese asumir la escena y el escenario como punto de definición y presencia. [Lo que me quedo claro es que su posición económica es excelente y la vida les sonríe / lo cual puede ser una ilusión, un error mío de apreciación porque de ellos nada sé, salvo el triunfo en la villa turística y la verdad de la sorpresa de los grises veraneantes ante tal extensión de la vida].


+ Los otros que se dibujan en el horizonte de la mañana a penas sé nada. El gozne es ese: la ignorancia, lo que me permito suponer, lo que supongo y lo que fantaseo. Un entretenimiento sin maldad, un motivo de conversación frívola, la distancia entre lo vivido y nuestras sospechas y presunciones. Aprecio gestos y maneras, pero no quiero ir más allá. Sin nombres, sin apellidos, sin direcciones. La vida como una abstracción. Sin un todo profesional que ayude a constituir una imagen, un capital simbólico. Vestir así es poder vestir así. En ese “poder” es donde está clave. Yo puedo llevar el pelo largo y esto tiene una traducción: puedo. Hay maneras de ganarse la vida que impiden esta libertad, al menos lo permanente, en la medida que algo permanece: el pelo, los tatuajes. No sé. Los otros se prestan a especulación y, ya lo he dicho, un entretenimiento inocente, fútil y efímero. Ya nada queda, tal vez la sombra de la ceniza, poco más.


+ Busco en internet el sintagma ‘la sombra de la ceniza’ y la búsqueda me arroja dos resultados: unos relatos japoneses y una novela autoeditada. No investigo. Se trata de constatar que la originalidad no existe: lo sabía ya, pero es eso: una constatación.


+ Tarde de domingo. He terminado de escribir y no esto satisfecho, pero tengo la opción de apagar la relación con el texto que está en curso y, así, apartar ese sentimiento culpable que tanto me molestaba en el pasado. Son técnicas que he construido para mi tranquilidad. ¿La felicidad es la tranquilidad o la tranquilidad es la felicidad? No lo sé, pero no tengo duda de que están íntimamente unidas. Sin cierta serenidad la felicidad o la alegría resultarían imposibles. La serenidad rige la tarde del domingo. Bach en el reproductor en línea. Todo en orden.


+ Opiniones sobre música que me gustó y hoy no me gusta, no me gusta tanto o todo ha pasado por el tamiz del tiempo. Termino por recibir una lección: la falta de estabilidad en los gusto, pero, al mismo tiempo, una competencia en el asunto o una falta de ella. Lo último impone unos límites. 


+ Imagen: Sombras en la primera hora del día. Un intento de reproducir el "expresionismo" entrevisto en películas antiguas, mudas, en blanco y negro.

sábado, 7 de septiembre de 2024

Capturas de pantalla

 



+ Las fotos que, últimamente, publico para ilustrar la publicación semanal las disparé en las primeras horas del día [entre las siete menos cuarto y las siete de la mañana, cuando todavía el día no ha abierto]. El recorrido es siempre el mismo, pero hacer fotos mientras me dirijo al trabajo me aporta una extraña perspectiva de lo real [siempre: un fragmento de lo real]. Pienso en arquitecturas y en arte, un arte que comprima el paseo mismo y todo lo que el se desprende. ¿Es un paseo? No, es un itinerario y aquí comienza su verdad, la expansión de su verdad. Los detalles que reflejan las fotos son chispas que surgen con la fricción de lo cotidiano. Por eso las fotos se van engarzando con las canciones que escucho (muchas de estas fotos queda unidas a las portadas de los discos que suenan en el reproductor de mi teléfono, al tiempo que ambas capturas de pantallas se depositan en una aplicación que hace de diario [en la línea de los inicios del siglo XXI]). Una arquitectura mínima y un arte portátil, que se embosca en las tripas del teléfono y en su extensión: la nube. Comienza la jornada y el trayecto solo es pasado, pero su transformación se altera conforme la jornada avanza: luego, será regreso. ¿Más fotos? Todo queda en suspenso hasta que se utiliza la imagen como ilustración.


+ Sobre tres ejes se organiza la realidad: la religión, la política y la ciencia. Quizá más que organizar, la palabra correcta sería explicar. La realidad se explica con dosis de las tres razones. Vigilar esta dosificación es comenzar a comprender. ¿Para qué? Resulta tan entretenido, apunta el observador. [Pugna entre formas del saber: las tres razones son formas de organización del poder; el saber por ciencia, el saber por principios morales y el saber por convenciones o acuerdos: Quintín Racionero].


+  Tarde de sábado. Tras la escritura, un momento de silencio. El momento de no hacer nada. Suena el ronroneo del deshumificador y me traslado al territorio del sueño, pero no dormiré. Hay calma. Por un momento hago el arqueo del día y entiendo, a mi manera entiendo, que resulta positivo. Lectura, alejamiento. La espera. Queda apare el afán del día, y pienso un poco en la triada que me ocupa: religión, política y ciencia. Qué iluminación para tratar de entender los trabajos y los días. Cierro el ordenador: por hoy ya está bien.


+ [Lunes]: Vamos, C. y yo, a la Biblioteca de la Universidad de Vigo a buscar un grueso tomo que contiene una parte de la prosa completa de Quevedo, el tomo III. El desplazamiento no deja de ser una curiosidad. El coche se desliza entre bosques y el gris suave del cielo le otorga a la escena un aire alemán, la música barroca que suena en el reproductor contribuye a la sensación. La edificación de la facultad de Filología y Traducción e Interpretación es un conjuntos de módulos cúbicos que se debieron de construir en los años ochenta del siglo pasado. Resulta agradable. No hay nadie. Sin embargo, se está rodando en la instalaciones una película. Cruzamos los pasillos entre el equipo técnico y su aparataje. Dos chicas muy jóvenes cargan con grandes bandejas de bocadillos envueltos en papel de aluminio. Los trabajadores del cine visten de negro. [Luego, C. me dirá que junto a nosotros pasó un actor célebre, pero yo no lo recuerdo]. El cine siempre me da esa sensación entre lo provisional y una extraña distancia. Esa seriedad circunspecta. Llegamos a la sala y me recibe, muy amablemente, una bibliotecaria que indica donde esta el tomo que necesito. Tomo fotos de las cuarenta páginas que preciso, Los anales de quince días. Mientras C. consulta su teléfono. Hasta la sala de lectura llegan los ruidos de la filmación. Termino. La toma de imágenes, la copia del libro, me ha producido fatiga. Salimos, otra vez debemos pasar entre los técnicos de la filmación, unos de pie, otros agazapados tras sus aparatos: mesas de sonidos, pantallas, cables, focos […]. Más tarde, en el coche, otra vez con el abrigo de la música barroca, descendemos hacia la ciudad de Vigo. Me pierdo y retomo la ruta. Comentamos algo sobre los bosques que rodean las facultades. Hay algo retrofuturista en todo. Poco más. Puedo decir que fue una buena tarde, algo poco planificado y con una enseñanza en sí: la tendencia a la serenidad aporta serenidad. El trabajo bien hecho, la observación precisa, la brevedad de la vida y los afanes del trabajo. El reflejo del inicio de septiembre, cuando ya se atisba el otoño. Vale.


+ Imagen: En la primera nota de esta entrada hago mención a fotos que hice durante las primeras horas del día, mientras me dirijo a mi trabajo. Hoy es distinto. La foto se tomó según lo relatado en la última nota. Queda de manifiesto el contraste, que es una relación, a la vez, complementaria: la pieza que se acopla a su compañera en la solución del puzzle. Qué conste. 

sábado, 31 de agosto de 2024

Sin indicaciones (25)

 


+ Una extraña melancolía me invade y que, creo yo, está relacionada con una inflada sensación de abandono, con una cierta incapacidad para escribir lo que estoy obligado a escribir. ¿Quién obliga? ¿Yo? Yo, sin duda, pero yo es un otro y ese otro me ha embarcado en un proyecto que hace aguas y que me resisto a abandonar. Resistir. No hay otra. La melancolía no es otra cosa que la inundación de la bilis negra, la etimología es clara. Una enfermedad moral, donde se enfrenta el deber y la ausencia de resultados. Por el momento, no cumplo plazos y eso me duele. Me duele la falta de seriedad. No puedo hacer que los demás pierdan su tiempo y el mes de agosto se termina: todavía queda un buen trecho. Trataré de sacudirme esa podredumbre que me acecha. Lo conseguiré.


+ “El verdadero arte […]”, comienza el poeta. Soy un nihilista, me digo y acierto. No existe un verdadero arte. 


+ “Una casa en la playa, humano / es el viento que durante el amanecer acaricia / la tumba entre los pinos, acero humano.” Simplemente, copio lo que escribí hace casi quince años y no añado nada, tampoco quito nada. 


+ Extraños caminos que me conducen al pasado y me produce este regreso una desazón que se relaciona con la melancolía de la que antes hablaba. Hundirse en biografías de personas que ya nada significan, que se alejan en el espacio y en el tiempo para transformarse en irreconocibles siluetas. Así, la melancolía no es nostalgia, porque yo no añoro nada: no deseo regresar, sino permanecer el aquí y ahora [y no lo logro].


+ Atrapo la palabra “sobredeterminado” y la apunto. ¿Su significado, una posible traducción, una exégesis? No. No es posible. Si elimino el contexto histórico y filosófico de donde la he extraído, ya no tiene sentido. Así, creo, sucede con un pez que se convierte en pescado; ya no es lo que era y ahora es otra cosa. El apunte que acabo de anotar me da medida de cómo los días van pasando: en esta rutina y en esta inercia. Lo veo y así lo quiero.


+ “Religión, política, ciencia. Las tres son formas de saber y son también formas de la organización del poder.” Continúa el curso en línea de QR. Tomo nota y anoto la cita. Aquí y ahora. Sigue una discusión personal sobre la ἀρχή. Reflexionar y tratar de recordar lo escuchado y anotado, el intento de recordar de una manera ordenada y precisa, me da cierta estabilidad. ¿Se ha disuelto la melancolía, en este punto de la semana? Al menos, se ha emboscado. En ese bosque, hundida en sus profundidades, ya no se percibe. Bien así.


+ Imagen: Un muro a las 6:45, hora mágica, en el camino al trabajo.