sábado, 18 de abril de 2026

A Grief Ago


 + Una conversación de circunstancia revela que hay ciertas parcelas oscuras en nuestro interlocutor. Podríamos indagar en su biografía, pero el nerviosismo latente y su referencia a las relaciones personales y de pareja nos muestra un deseo oculto. Eso pensamos. No nos equivocamos, pero solo son indicios, pistas para desvelar un interior que nos esta vedado, pero, al mismo tiempo, no deseamos conocer. Me deshago del pensamiento inmediatamente y paso a otra cosa. No dar importancia a ciertos aspectos de lo cotidiano es salud mental. La curiosidad mató al gato. Me deshago de esa vulgar curiosidad sin especiales dificultades.


+ Siempre hay que tener muy presente que la lectura directa de las obra nunca puede ser suplida por ninguna fuente secundaria, por excelente que esta sea. ¿Qué decir, pues, de lasa terciarias, no ya de la opiniones que vuelan entre las oficinas bancarias o los bares? Silencio.


+ [“A Grief Ago”]: un poema de Dylan Thomas que leo el sábado por la mañana y me entrega una visión. La acojo con cariño y trato de mantenerla viva el mayor tiempo posible. La traducción que aparece es “Desde antes de una aflicción”, me vale y prosigo. Se trata de tener un sentido y regresar a los versos en inglés. La música del idioma se impone.


+ Padres divorciados, hijos de padres divorciados, madres divorciadas. El abanico que nos ofrece la hamburguesería de alta gama en la tarde-noche del sábado es, en sí, una cata sociológica. Sus conversaciones, sus gestos, sus gustos. El futbol, amigos que emergen desde el teléfono, la llamada de la madre, la posibilidad de una serie o una película. Todo pertenece a este particular zeitgeist. Sin ninguna intención sistemática, observo en silencio. La vida se reconduce en el óleo sobre tabla (que alcanza mayor precisión que sobre lienzo). Escenas de lo cotidiano que tienden a la poesía. Subjetivamente, me recojo.


+ Conversaciones sobre la maldad que se diluyen rápidamente. Sin embargo, ese rastro de impudicia queda flotando en el aire. Lo he sentido otras veces. La maldad, llegado un momento, no resulta fácil esconderla. Su manifestación es persistente. La voluntad de esconder el propio daimon se descompone y surge ese dios interno: el mal y la estupidez. Lo bueno, lo malo, los valores transmutados. Soy yo el que juzga y guarda silencio. Lo sé, acierto. Una ver más, acierto. 


+ Un día más alguien insiste en el asunto de la maldad y yo no puedo dejar de estudiar como esta mancha aceitosa se extiende. Un proceso lento e inexorable. Lo estudio, qué hacer si no. La fiebre es lenta y afecta al conjunto, el grupo se contagia y todos alcanzan la misma conclusión que relaciona con la estupidez. Sí. Una idiocia roma, sin ningún atisbo de ingenio, que se recorta contra lo diario. Lo sé. El silencio que debe guardar el observador, pero ¿hay algo más silente que este espacio?


+ Le ha muerto su padre súbitamente y la postración asoma en su extremada delgadez, en su pelo y en las manos. Sus manos tienen la serenidad del que debe aceptar. No hay otra. Así es la muerte. Su lección y lo inexorable del su mandato. 


+ Imagen: este espacio es el espacio de una exposición de muebles de cocina, parece una casa, pero no lo es. La simulación establece sus coordenadas en la primera hora de la mañana. Disparo mientras pego la cámara del teléfono contra el cristal de escaparte y, tras esta acción, continuo mi camino hacia mi trabajo. He roto la rutina, por ensalmo.