+ La soberbia es un tema. La estulticia va de su mano. Lo he visto en tres o cuatro ocasiones en el último viaje a Madrid y, lejos de indignarme, se convirtió en un tema muy interesante para observar. Esta soberbia vino de la mano de hombres jóvenes, bien parecidos y bien vestidos. Su altisonancia resultaba, por otra parte, un tanto ridícula. Yo sé que la edad me otorga un punto de vista privilegiado. Todo eso lo he visto antes y he visto cómo se desmoronaba, que es el destino de todos los pecados, vicios y virtudes. Esa plantación de la finitud desmonta cualquier presunción. Sin embargo, me agradó en el probador el gesto de una chica de la tienda a la que el mocetón ignoró tras darle un golpe mientras miraba hacia el frente embutido en su chaqueta de pelo y sus gafas de dorado cristal espejado. Nos miramos y sonreímos. Aquello desmontaba cualquier tontería del bigardo. Me reí internamente y me despreocupé, era un emblema de nuestro tiempo: el mío, con casi sesenta, y el de chica, que no llega a los treinta. Nada permanece, todo es cambio, pero se mantienen usos y costumbre tan estúpidos y prescindibles como aquellos del pasado.
+ Sigo con Saavedra Fajardo y su República Literaria. Hay una enseñanza: no hace falta tener demasiados libros y se debe sospechar de aquel que presume de extensa biblioteca. Pocos libros, poco tiempo, más vida que la libresca o la cultura, con mayúscula o minúscula, siempre con “k”. Pero esto es pedir demasiado. El silencio se impone. Al poco tiempo, entro en un debate sobre la redacción del libro, sobre las dos versiones de la redacción, que hasta se pueden considerar, en algún momento, contradictorias. La lección me enseña, o me recuerda, la necesidad de no dar nada por hecho y que la inconsistencia de la autoría es una norma más estable de lo que, en un principio, podría parecer. Pocos libros y con un acercamiento desconfiado, la desconfianza contra la autoría. Una suma que va más allá de los sumandos y se dispara hacia un punto de vista que deshecha los tópico, o esa es la voluntad. La voluntad que impone al afán del día.
+ La soberbia es todo un tema. La ira, el rencor o la cólera. Buscaría adjetivos, encontraría rostros y recordaría situaciones y daría a la redacción anécdotas para sustentar la vieja idea de que “el carácter es el destino”, aunque disiento: la soberbia la atempera la trayectoria vital, bien en un sentido, bien en otro sentido. Me quedo con la estampa recibida en Madrid estos días, que fue suficiente para unir soberbia y estúpida disposición. El imbécil que se admira en el espejo, como un emblema.
+ Añado: la estupidez es todo un tema. Observaciones en el discurrir de lo diario, reflejos que se anotan y luego se desechan. Una estupidez observada que se relaciona con una incierta hybris. El estudio no se detiene. Soberbia y estupidez se juntan en un punto. Es punto me interesa, esa confluencia es lo que observo.
+ Imagen: escaleras, puertas, ventanas y sombras.


