sábado, 9 de mayo de 2026

Humus: tierra

 


 Le daba vueltas a un poema de H. sobre la venta de pisos y los agentes inmobiliarios, sobre un barrio de París en donde se encuentra, conforme a su poema y que no recuerdo en su literalidad y no busco la cita, una de las avenidas más lúgubres de Europa. El poema se veía acompañado de un plano extraído de algún navegador y mostraba el precio de una vivienda en el segundo piso de una torre de treinta y tres plantas [casi medio millón de euros]. Pensé en París, pensé en “La Place de la Nation”, pensé en todo lo leído y todo lo olvidado, sobre la ciudad y las personas que nos cruzamos en el metro, en la calle, sus rostros y sus atuendos, pensé en una cierta rutina melancólica y ensimismada que me embarga con frecuencia. Dejé el libro y volví al teléfono. Siempre vuelvo a mi iPhone, mi muy viejo iPhone [como en una novela de H., Aneantir]. Allí estaba la noticia. G.B.M. había muerto tras una larga lucha contra el cáncer. Un deportista destacado,. 58 años. El filo del tiempo que indica aquella frase “nadie es tan joven como para morir mañana, ni tan viejo como para vivir un día más”.  Me conmovió. Una señal. Recordé la última vez que le vi: en una plaza, sentado en la terraza de un bar, mucho más viejo y sonriente, rodeado de gente, un día de verano, tal vez, y poco más. Volví a la lectura, volví al Romanticismo y todo estaba allí, nada se había movido de su sitio. Yo, imperturbable, debía esperar mi turno y, mientras, escapar de los sortilegios que nos impulsan a creer que somos más de lo que somos. Ay, trampantojos y engaños para soportar los días y sus noches. La lectura no sirve de cura, pero tampoco se pretende.


+ Tras la noticia de la muerte del deportista, rescato de la estantería el libro de fotos de Nan Goldin. Aunque me he apartado de la fotografía en ese sentido impuesto de que considero que ya está cerrada, me siguen interesando ciertas fotos [incluso las que yo disparo]. Me interesa la falta de pretensiones y un horizonte que sitúa en documentar la vida, algo que podría valer, simultáneamente, para la escritura. Un diario, tal vez. Desgarradas cartas y emociones y trazos de amistad y amor. La violencia, el espesor de lo cotidiano, los instrumentos del día a día, el reflejo, la luz, la presencia de la muerte, el trabajo imperceptible del cambio, esencia de la realidad. Los cuerpos, los gestos, los espacios. Tal vez un apunte se convierta en el proyecto vital que hemos trazado y desconocemos su alcance. Esa frontera entre lo planificado y lo espontáneo define lo cotidiano. Las fotos de Nan Goldin me devuelven aquel momento en que comencé a entender cómo se articulan las relaciones, el poder y las deserciones. Ese entender tan frágil y cambiante. Dejé el libro en su sitio, bebí un largo trago de café y me centré en mis investigaciones. Se desvanecía todo lo vivido, sentí el tiempo desleírse.


+ ¿58 años, cuánto es? ¿60? ¿Poco, nada?


+ Cierta asunción de la mortalidad nos lleva a desplazar los valores hacia ámbitos en donde se desvanece el dominio de lo inmediato y los afanes diarios. Hay una exactitud en la hora de la muerte. Se nos ha comunicado nuestra finitud mediante la muerte de G.B.M., pero todavía hay muchas cosas pendiente que, de ser así, si no se terminan, tampoco pasaría nada. Un impulso a la tarea pendiente, que solo es una e importante, pero prescindible. Así es lo humano, tendiente al humus. [En el Corominas: Humano: fin S. XII Tom. del lat. Humanos ‘relativo al hombre, humano’ (relacionado con el lat. humus ‘tierra’ y sólo desde más lejos como homo: hombre / 1220-50].


+ La tierra, la tierra vegetal, negra y aceitosa, con restos de hojas, raíces y tallos, profunda, aromática, orgánica y fructífera, el receptáculo de la vida, los tiempos y las esperas, el renacer, el morir, el renacer. La temporalidad es la única respuesta posible a cualquier enigma, el sentido de toda la poesía es la muerte.


+ Imagen: Extraña prisión.